El alegre mensaje educativo de la religión



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El alegre mensaje educativo de la religión

Don Bosco al alcance de la mano

Pedro Braido,

Cap. 7

1. PEDAGOGÍA TEOLÓGICA
El amor educativo; la amabilidad de Don Bosco, también se traduce enérgicamente en una amplia comprensión de las fundamentales exigencias de la educación y de la vida: las exigencias religiosas.
En este aspecto la posición de Don Bosco es extremadamente clara y coherente frente a teorías pedagógicas antitéticas o equívocas.
Hay quien opina que la religión no debe ocupar ningún lugar en la vida de los hombres y ni siquiera en la escuela ni en la educación: es un elemento inútil, nocivo, es un auténtico veneno del que es preciso desintoxicar el alma del muchacho.
Sobre el particular se han escrito disquisiciones pedagógicas como el “Poema pedagógico” y “Las banderas sobre las torres”, de A. S. Makarenko, en donde el elemento religioso no solamente es ignorado sino burlado y combatido explícitamente.
Nuestra segunda conquista fue el cine. Ello nos permitió un ataque a fondo contra el templo situado en medio de nuestro patio. A pesar de las amenazas y quejas del consejo eclesiástico, comenzábamos nuestro espectáculo justamente cuando las campanas tocaban a vísperas. Nunca esta vieja llamada había reunido a tantos creyentes como ahora. Y jamás con tal rapidez. Descendía el campanero del campanario, entraba el sacerdote en la iglesia y he aquí que ya contábamos con la presencia de unas doscientas o trescientas personas. Mientras el preste se ponía la estola, el operador introducía el celuloide y cuando el reverendo pronunciaba las primeras palabras de la función religiosa se ponía en movimiento la máquina”. (A. S. Makarenko, Poema Pedagógico. Roma, 1952.)

Otro ensayo pedagógico más antiguo fue escrito para demostrar que la religión no puede tener sitio en la vida y por consiguiente ni siquiera en la escuela y en la educación de los chicos, sino solamente en la del joven ya encauzado hacia la madurez adulta, mental y espiritual.


¿Pretexto?: “aquello que más ofende a la Divinidad no consiste en no pensar en ella sino en pensar mal”. “Si el alumno aprende demasiado pronto corre el riesgo de no saber jamás.>> “Guardémonos de anunciar la verdad a aquellos que no están en condiciones de comprenderla. Serla como sustituirla por el error. Mejor que tener sobre Dios ideas groseras, fantásticas, ofensivas, indignas, serla mejor no tener ninguna. Es mejor ignorarlo que ultrajarlo”. (2 J J. Rousseau, Emile, 1. IV.)
Es conocida la posición idealística, sostenida en el plano teórico y práctico-organizativo por Gentile según el cual la religión es considerada y querida solamente en la vida y en la escuela del niño traduciéndose posteriormente en la edad adulta en la religión del pensamiento filosófico, en la educación del joven maduro para la filosofía.
Esto —escribe Gentile— tiene su verdad y legitimidad en la experiencia inmediata del momento religioso del espíritu. (G. Gentile, Sommario di Pedagogia, vol. I. Florencia, 1943.) Es fatal que, si el espíritu no se detiene en la posición religiosa, sin embargo se deba pasar. En efecto, el no pasar por el momento religioso del espíritu —puesto que este momento es su propia objetividad— sería interrumpir el ritmo de la vida del espíritu que, como conocer que es, supone continua objetivación de sI mismo o realización de la autoconciencia en la conciencia. (Ibíd., p. 240.) Así pues, el concepto del arte, como puro arte, lo mismo que el concepto de religión como pura religión y el de ciencia (ya se entienda a la manera de los antiguos o de los modernos), no están adecuados a la concreción de la vida espiritual. Y por tanto jamás se realizarían sin contaminarse en una forma de realidad espiritual más concreta: en la cual las tendencias opuestas pueden equilibrarse y a la que, en efecto, se adecua el concepto de la filosofía, o sea, el concepto del espíritu como desarrollo, autoafirmación o unidad de autoconciencia y de conciencia. La única, la verdadera educación laica es la educación filosófica que no es negación de la educación religiosa ni de la educación estética sino de la exclusividad de ambas. (Ibíd.., pp. 251-252)



  1. O religión o paIo”...

Don Bosco no era ciertamente ni un ateo ni un laicista ni un partidario de Rousseau. Pensaba que una religión que no le va bien a los adultos tampoco le va bien a los chicos. Tomaba siempre en serio al muchacho. Tampoco veía claro por qué una religión válida y verdadera para el adulto no debiera ser gradualmente introducida en la vida y en la escuela del niño.


Sobre el ateísmo tenía ideas muy claras sosteniendo que sin religión no puede darse ni auténtica vida y educación del chico ni auténtica y sólida vida adulta. La experiencia de las cárceles, de los reformatorios, el extenso conocimiento que tenía sobre la “juventud pobre y abandonada” le habían hecho palpar lo difícil que resulta ser “humanos” con profundidad sin recurrir a los auxilios religiosos, sobrenaturales. Por lo demás, si hubiese podido leer el “Poema pedagógico” de Makarenko, Don Bosco se hubiera enfrentado con un desconcertante resultado de la educación sin Dios: la justificación “pedagógica” hasta de un aborto por parte de una madre jovencita.
En el fondo, con los debidos matices y precisiones, él se inspiró —también en su actividad educativa— en el principio enunciado al final de su “Historia de Italia” (1855): “Quede bien grabado en la mente la idea de que la religión fue considerada en todo tiempo como el cimiento de la sociedad humana y de las familias y que donde no se da la religión hacen sus estragos la inmoralidad y el desorden”. (Opere e scritti editi ed inediti di Don Bosco..., vol. III. TurIn, 1935.)
Este criterio se tradujo en una tesis de teología de la educación en la biografía del joven alumno Francisco Besucco:
Dígase cuanto se quiera sobre los distintos sistemas de educación pero yo no encuentro base segura como en la frecuencia sacramental de la confesión y comunión. Y creo no exagerar asegurando que omitidos estos dos elementos, la moralidad brilla por su ausencia”. (Don Bosco. II Pastorello delle Alpi... Turín, 1932.)
Y en el opúsculo del Sistema Preventivo dice: “La frecuente confesión y comunión, la Eucaristía diaria, son las columnas que deben sostener un edificio educativo, del cual se quieran alejar la amenaza y el azote”.
La tesis fue felizmente sintetizada en un slogan —célebre por cierto en la tradición salesiana— con el que se concluyó una conversación famosa de Don Bosco sostenida con un funcionario inglés. Este se había quedado boquiabierto al comprobar que en Valdocco reinaban un orden y disciplina admirables sin necesidad de acudir a la fuerza. ¿Cuál era el secreto? La religión, respondía Don Bosco. “Si no se usan estos resortes de la religión es preciso recurrir a Ia amenaza y al palo”. El inglés zanjó la cuestión divertidamente exclamando: “Tiene razón, tiene razón. O religión o palo. Lo contaré en Londres”. (MB XIII, 921 (nota). MB VII, 556-557. MB XI, 221. Cfr. Opúsculo sobre el Sistema Preventivo.)
Años antes ya este tema había constituido objeto de un cordial coloquio del sacerdote educador con el mismo liberal piamontés Urbano Ratazzi, un domingo por la mañana del mes de abril de 1854 hacia las diez y media. (“Bollettino Salesiano”, año 6, 1882.): “Entre las varias preguntas que el Sr. Ratazzi formuló a Don Bosco, una de ellas se refería al método elegido para conservar el orden entre tantos jovencitos como afluían al Oratorio”. (BS 1882)
La respuesta subraya la esencial e imprescindible religiosidad del sistema: “Ante todo se procura infundir en el corazón de los jovencitos el santo temor de Dios. Con la enseñanza del catecismo y con apropiadas exhortaciones morales se les inculca al amor a la virtud y la aversión al vicio. Con oportunos y afectuosos avisos y de forma especial con las prácticas de piedad y de religión, se les encauza por el camino del bien y en él permanecen. Además, siempre que es posible se ven protegidos por una amorosa asistencia durante el recreo, el estudio, las clases, el trabajo, se les anima con palabras amistosas y apenas se descuidan un poco en el cumplimiento de sus obligaciones son amonestados con buenos modales y alentados con sanos consejos. En una palabra: se echa mano de todas las industrias que la caridad cristiana sugiere para que hagan el bien y huyan del mal formando de esta manera una conciencia iluminada por la religión y afianzada en ella”. (Ibid., MB V, 52-53.)
Un año después, la famosa excursión organizada por Don Bosco con los casi trescientos reclusos jóvenes de “La Generala” constituiría la prueba más convincente de la bondad del sistema. (Ibid., pp. 180-182. MB V, 217-226.)



  1. Teología de la educación y narraciones pedagógicas

La tesis de la religión como fuente de la “fuerza de la buena educación” inspira igualmente la narración biográfica titulada “La fuerza de la buena educación. Curioso episodio contemporáneo”, escrito por el sacerdote Juan Bosco. (Turín. Tipografía Paravia y C. 1855.)


Aquí se comprobará la fuerza que tiene la buena educación sobre el porvenir de los hijos. Veremos a una madre modelo, veremos a un hijo ejemplar. Una madre que en medio de múltiples dificultades consigue proporcionar a su hijo la mejor educación y traer al buen sendero al marido extraviado”. (G. Bosco, La forza della buona educazione... Al lector...)
Leemos en la conclusión: “He aquí, querido lector, la fuerza que tiene la buena educación y hasta podemos subrayar los efectos de una primera comunión bien hecha... ¡Padres y madres! Si deseáis tener hijos bien educados que constituyan vuestro consuelo en la edad provecta, imitad a la madre de Pedro, trabajad para instruirlos en la religión y sobre todo en la edad infantil. Sed solícitos en atender la asiduidad con que frecuentan la iglesia y estad atentos al peligro de las malas compañías de vuestros hijos”. (Ibid., pp. 101-102.)
Todo el librito, que es por cierto una elaboración casi entera de otro francés, pero en perfecta sintonía con las ideas de Don Bosco, se convierte en una abierta apología de la religión como condición fundamental para una educación bien lograda.
Pedro frecuentaba el catecismo. Se mostraba sumiso a la más insignificante indicación de su padre. Este, por supuesto, se gloriaba de tener un hijo bastante mejor que los de algunos vecinos suyos. No ignoraba que las buenas cualidades del hijo se debían a la religión que su mujer había conseguido que practicara el primogénito”. (Turín. Tipografía del Oratorio de San Francisco de Sales, 1886.)
El autor hace defender esta tesis hasta por un borrachín amigo del padre de Pedro: “Hay que confesarlo claramente... Esta religión es la que consigue que la mujer de Juan sea tan virtuosa y que el hijo sea tan respetuoso y obediente. Es la religión que lleva la felicidad a la familia. Con toda seguridad si yo hubiera tenido una mujer como la suya y si mi hijo hubiese tenido la suerte de ser conducido como el suyo, yo no seria tan desgraciado y no me vería obligado a mitigar la tristeza de la vida con una botella”. (Ibíd.., p. 41)
Un inconsciente pero todavía más decidido anti-Emilio nos presenta Don Bosco en otro relato pedagógico suyo titulado “Valentín o la vocación contrariada”, episodio contemporáneo presentado por el sacerdote Juan Bosco. Tanto en la educación familiar como en la colegial tiende a contraponer la eficacia de la inspiración cristiana a los errores de la perspectiva laicista. (Turín. Tipografía del Oratorio de San Francisco de Sales, 1886.)
En la familia de Valentín la contraposición de las ideas está personificada por la madre, muy religiosa, y por el padre, indiferente, a quien “un error de gran tamaño martillea la cabeza: se imagina que puede conseguir que su hijo llegue a ser un ciudadano honrado y virtuoso sin que en primer lugar sea un buen cristiano”. (G. Bosco, Valentino..., p. 4)
La muerte de la madre, cuando el chico llega a los doce años, las excesivas ocupaciones del padre, las exigencias del estudio, le obligan a continuar su educación en el colegio: “se eligió un lugar de mucha fama, donde, según se decía, la ciencia, la moralidad, la corrección, hacían progresos extraordinarios. Los uniformes, las plumas, los sombreros bordados, encantaban a los alumnos y a sus padres”.
Pero desde el punto de vista pedagógico y religioso la situación no era igualmente ideal: a la intensa vida religiosa anterior le sustituye una religiosidad vaga y convencional sin dedicación intensa: “no se hacía meditación ni lectura espiritual. Las oraciones rezadas en común tenían lugar una sola vez al día, de pie y con mucha prisa. Los alumnos participaban en la Eucaristía exclusivamente los días festivos. Las confesiones se hacían una sola vez al año por Pascua de Resurrección”. No mucho más airoso resultaba el panorama moral: “Con los alumnos novatos se permitía toda clase de libertades, cualquier agudeza indecente era tolerada. Es más, las cosas llegaban a tal extremo que los libros y periódicos obscenos corrían libremente de mano en mano”. (Ibíd.., pp. 10-11)
A las protestas del hijo “el padre le hizo poco caso diciéndole que no había que actuar dejándose llevar por los escrúpulos, sino más bien vivir libremente sin prejuicios”. (Ibíd.., p.11).
Poco a poco el muchacho se va aclimatando. Pero el aumento de la corrupción moral y la frialdad religiosa, contribuyen también a que los estudios vayan aflojando hasta el fracaso total y que las vacaciones fueran las de un holgazán. Observa el narrador que “si no existe moralidad los estudios irán por mal camino”. (Ibíd..,p. 12)
Finalmente, el padre llega a preocuparse. Al Comerciante no le desagrada una religión que resulte práctica. Por tanto se empeña en la búsqueda de un colegio mejor después de reflexionar seriamente. “He seleccionado en el curso pasado —decía para sí— un colegio demasiado a la moda, dejándome alucinar por las apariencias que no comunican ciencia ni moralidad. Quiero buscar otro donde la religión sea enseñada, recomendada y practicada excepcionalmente. Por desgracia hay que reconocerlo: sin religión es imposible educar a Ia juventud”. (Ibíd.., p. 17)
En el colegio de Don Bosco los hechos confirman la teoría: “Pocos días después Valentín entró en su nuevo colegio... Separado de los antiguos camaradas y apartado de lecturas dañinas, el trato de los buenos condiscípulos, la emulación en las clases, la música, el teatro, le hicieron pronto olvidar la vida disipada que había llevado hacía casi un año”. (Ibíd.., pp. 21-22)
La transformación es total e incluso al final de los estudios medios aflora la vocación a! sacerdocio.
A partir de este momento la narración llega a convertirse en el drama de una vocación brutalmente combatida por el padre, quien pone junto al muchacho a una persona que con redomada picardía llegará a arruinarlo. El penúltimo capítulo de la narración tiene en cuenta una carta de Valentín dirigida al director del antiguo colegio desde la cárcel. En esa carta todavía se nota la viva influencia de la educación religiosa recibida expresando la aceptación de la pena en expiación por la culpa cometida y la promesa de una vida que debe rehacerse por el camino del bien.
Al cerrarse el libro emerge la tesis teológica: la recomendación calurosa a los padres de los jóvenes estudiantes de que “abran bien los ojos a la hora de enviar a sus hijos para ser educados en un centro donde existan principios religiosos y morales”... (Ibíd.., p. 50)

2. LA AMABILIDAD EN LA RELIGIÓN
En el opúsculo del Sistema Preventivo, después de haber reafirmado el principio religioso de la educación, Don Bosco advierte inmediatamente: “en los Ejercicios Espirituales y en otras ocasiones propicias y parecidas, no se deje de poner de relieve la hermosura, la grandeza, la santidad de la religión que propone unos medios tan sencillos y útiles para la sociedad, para la tranquilidad del corazón, para Ia salvación de las almas, como son justamente los sacramentos. Los chicos se acercan de buena gana a ellos y se yen atraídos por estas prácticas de piedad” (p. 28).
Nos encontramos nuevamente, frontalmente, con el carácter específico, con el meollo de la pedagogía de Don Bosco: la caridad hecha amabilidad que es alegría interior y exterior y el alma del alma religiosa de su pedagogía.
A pesar de partir de premisas teológicas y de llegar al concepto de la religiosidad necesaria en materia educativa, Don Bosco no se centra en consideraciones “sistemáticas” en la actuación práctica y en la organización de la metodología pedagógica.
También él probablemente se encontrará alguna vez ante instituciones terriblemente religiosas (demasiado religiosas) donde el fundamento teológico se hacía realidad de la forma teóricamente más perfecta pero ignorando las exigencias de los jóvenes: una “pietas” teológicarnente irreprochable pero falta de psicología, de tacto, de garra, por tanto contraproducente, antieducativa, peligrosamente abocada a la irreligiosidad.
El método de la asistencia-presencia ha puesto a Don Bosco en contacto con el muchacho, con su idiosincrasia, con sus gustos. No le resulta dificultoso comprender sus fastidios, sus dudas; sus fatigas, su hostilidad frente a la religiosidad rígida, mesurada, gravosa, de los adultos.
Por ello, a pesar de haber tornado prestados los “materiales” de su construcción espiritual de otras prácticas y organizaciones anteriores y ofreciendo a sus jóvenes un sistema de vida religiosa cotidiana rico y consistente, casi instintivamente, sintió la necesidad de ponerlo al nivel de las exigencias, de los gustos y del tono psicológico de los muchachos. Las mismas prácticas religiosas de los adultos intentó presentarlas a los chicos con un sello de alegría, de agrado, de libertad y de adaptación psicológica y didáctica.


  1. Temor y amor

La decisión de elegir a San Francisco de Sales como ideal inspirador de su obra no fue tomada por Don Bosco casualmente. La espiritualidad del Sistema Preventivo es la misma del “Teótimo”, de la “Filotea”: llena de humildad, de dulzura. Le gana la partida a la alfonsiana de los Novísimos. Si en los labios del santo educador era familiar el pensamiento y el temor de la muerte, de forma especial dirigiéndose a los jóvenes, como medio soberano para ayudarles a dominar las pasiones que comienzan a brotar rebeldes, su última palabra era siempre sobre la paternidad de Dios, sobre su bondad, sobre la protección maternal de la Virgen, sobre la fuerza tranquilizadora y purificadora de la confesión, sobre el gozoso encuentro de la comunión.


Entre los Novísimos, el Paraíso domina claramente en el horizonte espiritual de Don Bosco y esto no ocurre al acaso. Sus muchachos más finos espiritualmente, como Domingo Savio, Miguel Magone, Francisco Besucco, en el lecho de muerte hablan tranquila y serenamente del Paraíso como si se tratase de su propia “casa”, aceptan “encargos” y sonríen esperanzadamente a la espera del formidable acontecimiento.
El caso de Magone llama la atención: “Cualquiera que observase la escena quedaría estupefacto. Su apagado ritmo vital reflejaba que el fin era inminente pero su aspecto sereno, jovial, su sonrisa y su perfecta cordura parecían posesión de una persona en estado de absoluta salud”. (Cenno biografico sul giovinetto Magone Michele..., p. 70.)
Tiene todavía el ánimo y el tiempo suficiente para hacer con ingenua seriedad una pregunta peliaguda que pondría en aprieto a cualquier teólogo. Téngase en cuenta que se trata de un joven muy despierto de quince años. “Tengo una cosa que me produce resquemor, dice Magone. Cuando mi alma se separe del cuerpo y se disponga a entrar en el Paraíso ¿qué deberé decir y a quién tendré que dirigirme?”.
El retorno a la casa del Padre es el final de una vida en la que el pensamiento y el encuentro con Él, en filial e íntimo abandono juvenil, es la regla constante. Se ha esfumado toda idea de una religión dominada por el escrúpulo y la angustia, como si se tratase de un tormento irracional y farisaico. La confesión, “carnificina animarum”, en las manos de Don Bosco, tan sabias, se convierte en algo bien distinto a una anticuada cuestión polémica... Los chicos acuden a él en tropel como si estuviesen en el patio, pero de sus rostros desaparece la despreocupación propia del juego bullicioso y se hace presente la confianza serena, promesa de alegría explosiva, recobrada. La profunda amistad con el educador es un camino para que retorne una y otra vez la amistad sobrenatural con Dios. ¿Acaso no era éste el pensamiento dominante en las primeras visitas que hizo a las cárceles y al reformatorio?: “¿quién sabe —decía para su Capote— si estos muchachos contasen fuera de su encerrona diana con un amigo que se preocupase de ellos, que les asistiera, que les instruyera en la religión los días festivos... quién sabe lo que ocurrirla?... (M. 123).


  1. Religión y alegría

Nadie debe asombrarse de que tratando de cuestiones religiosas prestemos atención a ciertas expresiones de la alegría como son el canto, la música, la participación activa y personal.


La cosa viene ya de antiguo... En sus Memorias, Don Bosco recuerda aquel primitivo Oratorio de invierno de 1841-42: “En el transcurso de aquel invierno me dispuse a dar consistencia al pequeño Oratorio. Si bien mi intención era la de recoger exclusivamente a los chicos en condición más peligrosa —y preferentemente a los que habían conocido ya la cárcel— también invité a otros de buena conducta y algo instruidos para que me aliviasen de algún peso a la hora de reforzar la moralidad y la disciplina. Estos últimos me ayudaban a conservar el orden y hasta a leer y cantar alabanzas sagradas. Me di cuenta por entonces de que sin la difusión de libros de canto y de lectura amena nuestras celebraciones festivas hubieran sido como un cuerpo sin alma” (M. 128).
El canto, la música, la mezcla de realidades gozosas con otras de más compromiso caracterizan inmediatamente los primeros encuentros de Don Bosco con los jóvenes e inspiran las festividades religiosas, procesiones, excursiones, peregrinaciones, paseos...
El lugar fijo, las señales de benevolencia del Sr. Arzobispo, las funciones solemnes, la música, el bullicio propio de un jardín de recreo, atraían a los jóvenes de todas partes”. (M. 174). Esta es una observación que se refiere al año 1846 pero que se repetirá “in crescendo” en 1848 (M. 209), en 1852 (M. 233) y más adelante.


  1. Convicciones religiosas y método didáctico

No nos referimos a una religiosidad superficial, desmañada, a la buena. Don Bosco es un apologeta y ha conservado desde sus estudios iniciales de teología el gusto por las “razones” y el convencimiento en materia religiosa.


Quiere que sus muchachos tengan una fe luminosa, fundamentada en cimientos razonables, históricos, en un estudio fervoroso y sistemático. Sus primeras obras para los jóvenes son publicaciones de cultura religiosa, historia sagrada, eclesiástica, apologética, ascética. Son típicos sus “Avisos a los católicos”, sus “Fundamentos de la religión católica” (1850) que serán incluidos definitivamente en su Manual religioso para jóvenes conocido por “il giovane provveduto” (segunda edición en 1851).
El biógrafo afirma expresamente: “En la catequesis cifraba el principio de la educación moral de sus bribones”. (MB II, 148). Su programa era “catequizar a los jóvenes” (MB X, 64), en línea con el comienzo simbólico y real de la Obra de los Oratorios en aquel lejano 8 de diciembre de 1841 cuya primera piedra fue “una sencilla catequesis festiva en la iglesia de San Francisco de Asís”. (MB I, 240)
En el Reglamento del Oratorio Festivo, al igual que en el elaborado para los alumnos internos, domina la preocupación constante por una cultura religiosa, regular, profundizada.
Para los alumnos de cursos superiores de Valdocco, Don Bosco dispuso una lección semanal de cultura religiosa que estuviese a la altura de la edad y de la comprensión de aquellos alumnos. (MB VI, 205 y 209)
Entra la tentación de afirmar que el santo educador, sin que neguemos el fervor del sentimiento religioso, estuviese animado por el espíritu “iluminista” de su siglo, a la búsqueda de claridad de ideas y de convicciones en la vida religiosa. Sus “Lecturas Católicas” tienen precisamente la finalidad de ofrecer “libros buenos para alimentar el espíritu y los corazones con doctrina moral”.
Don Bosco tuvo claramente presentes las exigencias de la psicología juvenil y de la didáctica religiosa: utilización de la fantasía, rechazo del abuso de la memorización abstracta y de la lógica pura, preocupación por trasplantar la verdad a la vida. A pesar de que el santo estuviese influenciado por las exigencias objetivas y ambientales de la “pietas” de su tiempo, intentó la profundización de la instrucción y de la vida religiosa de sus jóvenes.
No es un inventor de nuevos caminos pero demuestra una viva sensibilidad para adoptar en la enseñanza religiosa métodos e ideas propuestos por pedagogos contemporáneos como F. Aporti y el grupo de educadores promotores de la revista didáctica turinesa “L’educatore primario” (1845-1849) que él cita explícitamente.
Encontramos una demostración irrebatible en la Introducción de uno de los primeros volúmenes publicados por él: “Historia Sagrada para uso de las escuelas. Útil para cualquier clase de personas, comentada con adecuadas ilustraciones” (Compilato dal Sacerdote Giovanni Bosco. Turín. Tipog. Speirani y Ferrero, 1847.)
Después de haber manifestado la preocupación de preparar una obra especialmente adaptada a los jóvenes, prosigue: “en cada página tuve siempre fijo aquel principio: iluminar la mente para hacer bueno el corazón y hacer popular dentro de lo posible la ciencia de la Biblia que es fundamento de nuestra santa religión, conteniendo los dogmas fundamentales resultando sencillo de esta forma el paso de la narración bíblica a la enseñanza moral, religiosa. Por este motivo no existe ninguna otra materia más útil e importante que ella. Los más sabios maestros inculcan que la Historia Sagrada sea enseñada con ilustraciones graficas relativas a los hechos que se contemplan. Igualmente en este caso se han incluido láminas y comentarios relativos a los hechos mas luminosos”. (Opere e scritti editi di Don Bosco, vol. I, parte I. Turin, 1929).
A propósito de su Historia Sagrada, Don Bosco dice así en sus Memorias (Memorias del Oratorio, 185): “Con toda intención me puse a escribir una “Historia Sagrada para uso de las escuelas”. No podré garantizar que mi trabajo haya resultado elegante pero lo cierto es que lo he hecho poniendo a contribución toda mi buena voluntad al servicio de la juventud. Pretendí que mi libro no tuviese ciertos defectos que habla encontrado en otros textos semejantes: falta de lenguaje popular, hechos inoportunos, cuestiones pesadas y prolijas...”
Sobre la puesta al día de la enseñanza religiosa desde el punto de vista psicopedagógico, enseñanza que debe ser “veraz, moral, discreta”, Don Bosco trata en una inédita “advertencia en torno al uso que se debe hacer en las escuelas de los relatos sagrados traducidos a las lenguas extranjeras” inspirada, calcada de un trabajo semejante de Cristóbal Bonavino (Ibíd.., pp. 19-22)
En sus Memorias, Don Bosco recuerda uno de sus numerosos exámenes o pruebas escolares desarrolladas ante verdaderas autoridades en el campo pedagógico:
Terminados algunos meses de clase, hemos ofrecido públicos exámenes de nuestra enseñanza festiva en los que los alumnos fueron interrogados sobre toda la materia de Historia Sagrada y la de geografía que estuvo a su alcance. El célebre abogado Aporti, el teólogo Pedro Baricco, el profesor Rayneri, fueron excepcionales testigos de estas pruebas y todos aplaudieron la experiencia” (M. 185).
Don Bosco se injerta con su “pietas laeta” y luminosa en aquel humanismo que Bremond califica de “devoto” y que en San Francisco de Sales cuenta con el más conspicuo representante: un humanismo que es la traducción popular y universal del más aristocrático humanismo cristiano de Picco de la Mirándola, Sadoleto y Molina y que nuestro santo educador transforma en vivaz, interior y convencida religiosidad educativa juvenil. (H. Brémond, Histoire littéraire du sentiment religieux en France..., vol. I: L’Humanisme dévot (1580-1660). ParIs, 1921)






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