El agente secreto



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IV

La mayoría de las más o menos treinta mesas, cubiertas con rojos manteles estampados de blanco, estaban alineadas sobre el oscuro piso de madera del subsuelo. Arañas de bronce can muchas lámparas colgaban del cielo raso bajo, apenas abovedado, y los frescos recubrían todas las paredes sin ventanas, extendiéndose opacos con sus escenas de caza y una francachela medieval al aire libre; jóvenes hidalgos, vestidos con chaquetones verdes, blandían cuchillos de caza y levantaban grandes vasos de espumosa cerveza.


—O mucho me equivoco o usted es la persona que quisiera conocer por dentro este condenado asunto— dijo el robusto Ossipon inclinado hacia adelante, con los codos desparramados sobre la mesa y los pies recogidos bien atrás bajo la silla. Sus ojos miraban con fijeza y con salvaje ansiedad.
Una pianola, cerca de la puerta, flanqueada por dos palmeras en macetas, ejecutó de pronto y por sí misma un tiempo de vals con virtuosismo agresivo. El sonido era ensordecedor. Cuando paró, tan abruptamente como había empezado, el sucio hombrecito anteojudo que enfrentaba a Ossipon detrás de un grueso vaso de vidrio lleno de cerveza, emitió con calma lo que parecía una proposición general.
—En principio, lo que uno de nosotros pueda o no saber sobre un hecho dado no puede ser materia de indagación para otros.
—Así es— convino el camarada Ossipon en voz baja y tranquila. En principio.
Con su cara roja y grande sostenida entre las manos, siguió mirando con dureza, mientras el hombrecito sucio de anteojos tomaba serenamente un trago de cerveza y colocaba otra vez el vaso de vidrio sobre la mesa. Las grandes orejas lisas que se le salían a los costados del cráneo, parecían bastante delicadas como para que Ossipon las triturara entre el pulgar y el índice; la piel tensa de las mejillas se veía grasienta, enferma, y estaba apenas manchada por la miserable pobreza de una fina barba oscura. La lamentable humildad de todo su físico resultaba ridícula por contraste con el porte de suprema confianza en sí mismo del sujeto. Era de pocas palabras y tenía una manera muy imponente de guardar silencio.
Ossipon, a través de sus manos, habló otra vez en un murmullo.
—¿Estuvo mucho tiempo afuera hoy?
—No. Me quedé en la cama toda la mañana contestó el otro— ¿Por qué?
—¡Oh! por nada dijo Ossipon— mirando serio y temeroso por dentro, con el deseo de averiguar algo— pero era obvio intimidado por el asombroso aire de indiferencia del hombrecito. Cuando hablaba con sus compañeros (lo que ocurría pocas veces) el robusto Ossipon sufría de un sentimiento moral, y a veces hasta físico, de insignificancia. Sin embargo, aventuró otra pregunta. ¿Vino caminando hasta aquí?
—No; en ómnibus— contestó el hombrecito con bastante rapidez.
Vivía muy lejos, en Islington, en una casita que estaba en una calle sucia, cubierta de paja y papeles roñosos, donde fuera de las horas de clase una banda de chicos de todo tipo corría y peleaba entre gritos estridentes, tristes, groseros. Alquilaba, amueblado, un solo cuarto trasero, notable por su enorme armario, a dos solteronas mayores, modistas de segunda, con una clientela de sirvientas en su mayoría.
Cerraba el gran armario con un candado imponente, pero, por otro lado, era un huésped modelo, que no ocasionaba problemas y que casi no requería atenciones. Sus singularidades consistían en estar presente cuando su cuarto tenía que ser limpiado y que, cuando salía, cerraba la puerta y se llevaba la llave.
Ossipon entrevió esos anteojos redondos de marco negro avanzando por las calles, en la parte alta de un ómnibus: sus reflejos, seguros de sí mismos, caían aquí y allá sobre las paredes de las casas o se abatían sobre las cabezas del flujo inconsciente de los hombres que anclaban por las veredas. El fantasma de una sonrisa endeble alteró la curvatura de los labios gruesos de Ossipon con el pensamiento de las paredes cabeceando, la gente corriendo para salvar su vida ante la vista de esos anteojos. ¡Si supieran! ¡Qué pánico! Interrogativamente murmuró:
—¿Hace mucho que está sentado aquí?
—Una hora o más— contestó el otro, negligente, y tomó un trago de la oscura cerveza. Todos sus movimientos, la forma en que agarraba el vaso, el acto de beber, la manera de colocar otra vez el vaso sobre la mesa y cruzar los brazos, tenían una firmeza, una precisión tan certera que el corpulento Ossipon, echado hacia atrás con su mirada fija y sus labios abultados, parecía la figura misma de la indecisión anhelante.
—Una hora. Entonces no debe haberse enterado afín de las noticias que acabo de oír en la calle. ¿Las oyó?
El hombrecito sacudió apenas la cabeza en señal de negación. Pero como no demostró curiosidad, Ossipon se atrevió a agregar que se había enterado justo antes de entrar allí. Un diariero había voceado el asunto debajo de sus mismas narices y como él no se esperaba semejante cosa, se había sentido lleno de espanto y desconcierto. Había llegado hasta allí con la boca seca.
—No se me había ocurrido que lo iba a encontrar aquí agregó con un murmullo sordo, los codos plantados en la mesa.
—A veces vengo por aquí dijo el otro, manteniendo su comportamiento provocativamente frío.
—Es notable, usted es el único que no oyó nada de esto continuó el robusto Ossipon. Sus párpados se agitaron nerviosos sobre los ojos brillantes—. Usted, el único— repitió tanteando. Esta evidente restricción develaba una increíble e inexplicable timidez por parte del fortachón frente al calmo hombrecito, quien una vez más levantó el vaso de vidrio, bebió y lo bajó de nuevo con movimiento brusco y terminante. Y eso fue todo.
Ossipon, luego de esperar algo, una palabra o una señal que no llegó, hizo un esfuerzo para asumir algún tipo de indiferencia.
—¿Usted— dijo bajando aún más la voz— le ha dado su material a alguien que se lo haya pedido alguna ver?
—Mi regla absoluta es no negar nunca nada a nadie, siempre que me quede una pizquita para mí— contestó el hombrecito con decisión.
—¿Es un principio?— comentó Ossipon.
—Es un principio.
—¿Y usted cree que es sano?
Los grandes anteojos redondos, que daban un aspecto de tozuda confianza a la cara pálida, observaron a Ossipon como esferas desveladas, sin parpadeos, centelleando con un frío fuego.
—Totalmente. Siempre. En cualquier circunstancia. ¿Qué me podría detener? ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué tendría que pensarlo dos veces?
Ossipon tartamudeó, por así decir, con discreción.
—¿Quiere decir que se las daría a un “poli” si le viniera a pedir sus cosas?
El Otro sonrió apenas.
—Déjelos que vengan y lo intenten y ya va a ver— dijo—. Ellos me conocen pero yo también los conozco bien. No se me van a acercar; por cierto que no.
Sus finos, lívidos labios se apretaron con fuerza. Ossipon empezó a retrucar.
—Pero ellos podrían mandar a alguno... un desconocido... y usted lo equiparía. ¿Se da cuenta? De ese modo obtendría el material de sus manos y luego lo arrestaría con las pruebas a la vista.
—¿Pruebas de qué? De andar con explosivos sin licencia, tal vez.
Esto fue dicho con una expresión de soberbia burlona, aunque la delgada cara enfermiza permaneció inalterable y el tono era descuidado.
No creo que alguno de ellos esté ansioso por hacer tal arresto. No me parece que consigan uno que se anime a probarlo, Quiero decir uno bueno. No, ni uno.
—¿Por qué? preguntó Ossipon.
—Porque saben muy bien que siempre tengo el cuidado de no desprenderme del último puñado de mis ingredientes. Siempre los tengo aquí— se tocó el saco suavemente—. En un frasco grueso de vidrio— agregó.
—Así me habían dicho dijo Ossipon, con una sombra de admiración en su voz. Pero no sé si...
—Ellos saben— lo interrumpió el hombrecito, encrespado, apoyándose en el respaldo de la silla que se levantaba por encima de su frágil cabeza.
—Nunca seré arrestado. El jueguito no es atractivo para ninguno de esos policías. Habérselas con un hombre como yo exige elevado, simple y oscuro heroísmo.
Una vez más sus labios se cerraron con un chasquido de confianza en sí mismo. Ossipon dominó un movimiento de impaciencia.
—O temeridad, o simplemente ignorancia— contestó—. Sólo tienen que conseguir para el trabajo a uno que no sepa que usted tiene en el bolsillo lo suficiente como para volarse a sí mismo y a cualquier otra cosa en quince metros a la redonda.
—Nunca sostuve que no puedo ser eliminado— replicó el otro— sino que no voy a ser arrestado. Además, no es tan fácil como parece.
—¡Bah!— contradijo Ossipon—. No esté tan seguro de eso. ¿Cómo rechazar a media docena de ellos saltándole por la espalda en la calle?
Con sus armas escondidas a los costados no podría hacer nada, ¿qué podría hacer?
—Sí; podría. Rara vez ando por la calle después que ha oscurecido dijo el hombrecito, imperturbable y jamás tarde por la noche. Siempre camino con mi mano derecha cerrada alrededor de una pelota de goma que llevo en el bolsillo del pantalón. Una presión sobre esta pelota activa un detonador dentro del frasco; es el principio neumático instantáneo del disparador del lente de una cámara. La pelota sirve de transmisor...
En un rápido gesto descubrió a la mirada de Ossipon un tubo de goma que se parecía a un pequeño gusano oscuro, asomado por debajo de la bocamanga del chaleco y sumergido en el bolsillo interno de su saco. Sus ropas, de una indescriptible mezcolanza de marrones, estaban hechas harapos y acribilladas de manchas, grasientas en los bordes, con los ojales deshilachados.
—El detonador es en parte mecánico, en parte químico— explicó con condescendencia casual.
—¿Es instantáneo, por supuesto?— murmuró Ossipon, estremeciéndose ligeramente.
—Al contrario— confesó el otro, con cierta reticencia que parecía estremecer dolorosamente su boca. Pasan sus buenos veinte segundos desde que presiono la pelota hasta que se produce la explosión.
—¡Fiu!— silbó Ossipon, espantado por completo ¡Veinte segundos!
¡Qué horror! ¿Usted quiere decir que podría aguantar eso? Yo me volvería loco...
—No remediaría nada con volverse loco. Por supuesto aquí está el punto débil de ese sistema especial, que es de mi uso particular. Lo malo es que el modo de explotar es siempre nuestro punto débil. Estoy tratando de inventar un detonador que se ajuste por sí mismo a todas las condiciones de acción e incluso a cambios inesperados en las condiciones.
Un mecanismo variable pero preciso y perfecto. Un detonador realmente inteligente.
—Veinte segundos— murmuró otra vez Ossipon—. ¡Uf! Y después...
Un ligero giro de la cabeza y los resplandecientes anteojos parecieron medir la superficie de la cervecería, en el sótano del renombrado restaurante Silenus.
—Nadie tendría esperanza de salvarse aquí— fue el veredicto de la inspección—. Ni siquiera esa pareja que ahora sube las escaleras.
El piano, al pie de la escalera, hacía retumbar una mazurca con descocado ímpetu, como si un fantasma vulgar y desfachatado estuviera ejecutándola. Las teclas bajaban y subían misteriosamente. Luego hubo un silencio. Por un momento Ossipon imaginó el salón lleno de luces convertido en un espeluznante agujero negro, vomitando espantosas humaredas, tapado de horribles escombros de mampostería y cadáveres mutilados. Tuvo una sensación tan clara de ruina y muerte que se estremeció otra vez. El otro observó, calmo y suficiente:
—En última instancia sólo el carácter constituye la seguridad de una persona. Hay pocas personas en el mundo cuyo carácter sea tan firme como el mío.
—Estoy maravillado de ver cómo maneja usted el asunto— gruñó Ossipon.
—Fuerza de personalidad— dijo el otro, sin elevar la voz; proveniente de un organismo a todas luces miserable, el aserto hizo que el robusto Ossipon se mordiera el labio inferior— fuerza de personalidad repitió con ostentosa calma—. Tengo los medios para convertirme a mí mismo en un elemento mortífero, pero esto, en sí, usted comprende, no significa nada en cuanto a protección. Lo efectivo es que esa gente cree que yo soy capaz de usar esos medios. Ése es su miedo. Su miedo absoluto. A partir de ahí soy mortífero.
—Entre ellos también hay individuos de carácter— murmuró ominoso Ossipon.
—Es posible. Pero se trata de una cuestión relativa, es evidente, ya que, por ejemplo, a mí ellos no me impresionan. Por lo tanto son inferiores.
Y no pueden ser distintos. Su carácter se asienta en una moralidad convencional. Se recuesta en el orden social. El mío está libre de todo lo artificioso. Ellos están atados a todo tipo de convencionalismos; su referente es la vida, que en este plano es un hecho histórico rodeado por todo tipo de limitaciones y miramientos, un hecho complejo, organizado y preparado para que se lo ataque en todos sus puntos.
En cambio yo me atengo a la muerte, que no reconoce límites y no admite embestidas. Mi superioridad es evidente.
—Esa es una explicación trascendental del asunto— dijo Ossipon, observando el centelleo frío de los anteojos redondos—. Lo he oído a Karl Yundt diciendo más o menos lo mismo no hace mucho tiempo.
—Karl Yundt— murmuró el otro, con desprecio— el delegado del Comité Rojo Internacional, toda su vida ha sido una sombra en pose.
¿Ustedes los delegados, son tres, no es cierto? No quiero definir a los otros dos ya que usted es uno de ellos. Pero lo que usted diga no tiene importancia. Ustedes son dignos delegados para la propaganda revolucionaria, pero el problema no es sólo que no son capaces de pensar con independencia, sino que no tienen carácter frente a nada.
Ossipon no pudo reprimir un impulso de indignación.
—¿Pero qué quiere de nosotros?— exclamó con voz amortecida—.
¿Qué es usted además de usted mismo?
—Un detonador perfecto— fue la respuesta perentoria—. ¿Qué cara se fabrica para oponer a eso? Ya lo ve, ni siquiera es capaz de mencionar algo concluyente.
—Yo no me ando fabricando caras— gruñó el abrumado Ossipon, con aspereza.
—Ustedes los revolucionarios— continuó el otro, en su total confianza en sí mismo— son los esclavos de la convención social, que les teme; tan esclavos como la misma policía que se pone de pie en defensa de esa convención. Por supuesto que lo son ya que quieren llevar la revolución a ese ámbito. Lo convencional condiciona el pensamiento de ustedes, sin duda, y también la acción, y de este modo ni el pensamiento ni la acción que desarrollen llegarán jamás a nada terminante.—Hizo una pausa, tranquilo, con ese aire de cerrado, inacabable silencio, luego, casi de inmediato, prosiguió—: Ustedes no son ni un poquito mejores que las fuerzas que los persiguen.., que la policía, por ejemplo.
Los otros días me tropecé de pronto con el jefe Inspector Heat en una esquina de la calle Tottenham Court. Él me miró muy fijamente. Pero yo no. ¿Por qué tendría que dedicarle más que una ojeada? Él estaba pensando en muchas cosas... sus superiores, su reputación, los tribunales, su sueldo, los diarios... un centenar de cosas. Pero yo sólo pensaba en mi perfecto detonador. Él no representó nada para mí. Era tan insignificante como... no se me ocurre nada tan insignificante que pueda compararse con él... excepto Karl Yundt, tal vez. Tal para cual.
El terrorista y el policía, ambos provienen de la misma bolsa. Revolución, legalidad: los opuestos se mueven dentro del mismo juego; formas de una inutilidad que en el fondo es la misma. El policía juega su jueguito y ustedes, los propagandistas, hacen otro tanto. Pero yo no juego; yo trabajo catorce horas por día y a veces paso hambre. Mis experimentos cuestan plata, y entonces me quedo sin comida por uno o dos días. Usted está mirando mi cerveza. Sí. Ya me tomé dos vasos y tengo otro aquí. Estoy celebrando una reducida fiesta y la celebro solo.
¿Por qué no? Tengo la entereza de trabajar solo, bien solo, totalmente solo. He trabajado solo durante años.
La cara de Ossipon se había puesto roja como un tomate.
—En el detonador perfecto, ¿eh?— se burló muy bajito.
—Sí— replicó el otro. Es una buena definición. No se podría encontrar nada que fuese ni la mitad de preciso para definir la naturaleza de la actividad de ustedes, con todos sus comités y delegaciones. Soy yo el verdadero propagandista.
—No vamos a discutir ese punto— dijo Ossipon con el aire del que se eleva por encima de toda consideración personal, me temo que voy a estropearle su fiesta privada, sin embargo. Volaron a un hombre en Greenwich Park esta mañana.
—¿Cómo se enteró?
—Han estado voceando las noticias en las esquinas desde las dos de la tarde. Compré un diario y corrí hacia acá. Entonces lo vi a usted sentado a esta mesa. Debo tenerlo aún en el bolsillo. Desenfundó el diario. Era una hoja grande, rosada, como si estuviera engreída por el entusiasmo de sus propias convicciones, que eran optimistas. Revisó las páginas con rapidez.
—¡Ah! Aquí está. Bomba en Greenwich Park. Nada hasta aquí.
Once y media de la mañana. Mucha niebla. Los efectos de la explosión se sintieron hasta la calle Romney y Park Place. Enorme agujero en la tierra, bajo un árbol, lleno de raíces trituradas y ramas rotas. Alrededor, trozos del cuerpo de un hombre que voló en pedazos. Esto es todo. El resto son puros chismes del diario. Sin duda un inicuo intento de volar el Observatorio, dicen. Hum. Es difícil de creer.
Miró el diario por un rato más, en silencio; luego lo pasó al otro que, después de fijar la vista con aire abstraído en el impreso lo dejó en la mesa sin comentarios.
Ossipon fue el primero en hablar aún lleno de resentimiento.
—Los pedazos de un hombre solo, ve usted. Ergo: se voló a sí mismo. Esto le estropea el día ¿no? ¿Se esperaba este tipo de lance? Yo no tenía ni la menor idea, ni siquiera la sombra de una sospecha de que algo de este tipo se estuviera planeando aquí, en Inglaterra. En esta coyuntura es un hecho criminal.
El hombrecito levantó sus delgadas cejas negras con desprecio desapasionado.
—¡Criminal! ¿Qué es eso? ¿Qué es el crimen? ¿Cuál puede ser el sentido de semejante aseveración?
—¿Cómo me podría explicar? Uno tiene que usar las palabras corrientes— dijo Ossipon con impaciencia—. Lo concreto es que este asunto puede incidir muy negativamente en nuestra posición en este país. ¿Eso no le parece bastante criminal? Estoy convencido de que usted debe haber estado desparramando algo de su materia prima en estos días.
Ossipon lo encaró con dureza. El otro, sin claudicar, subió y bajó su cabeza con lentitud.
—¡Lo ha hecho!— estalló el editor de los panfletos F. P. en un intenso susurro—. ¡No! ¿Y de veras anduvo repartiendo por todos lados, a cualquiera, al primer tonto que se le apareciera?
—¡Justamente! El maldito orden social no se edificó con papel y tinta y yo no fabulo que una combinación de papel v tinta pueda alguna vez ponerle fin, sea lo que sea lo que usted pueda pensar. Sí, yo quisiera repartir mi material a manos llenas a cada hombre, mujer o loco que ande por ahí. Ya sé lo que está pensando. No acepto directivas del Comité Rojo. A ustedes me gustaría verlos con los perros atrás o arrestados... o degollados por esto... y no se me movería un pelo. Lo que nos pase a nosotros como individuos no traerá ni la más mínima consecuencia.
Habló con negligencia, sin enardecerse, casi sin sentimiento, y Ossipon, muy afectado en el fondo, trató de copiar ese despego.
—Si la policía de aquí aprendió bien su función, van a llenarlo de agujeros o bien tratarán de eliminarlo por la espalda, a plena luz del día.
Pareció que el hombrecito ya había considerado esa posibilidad en su desapasionado, suficiente estilo.
—Sí— asintió con la mayor buena voluntad—. Pero para eso tendrían que hacer frente a sus propias instituciones. ¿Se da cuenta? Eso requiere un valor poco común. Un valor muy especial.
Ossipon parpadeó.
—Me imagino que eso es exactamente lo que le hubiera pasado si usted hubiese establecido su laboratorio en Estados Unidos. Allá no se andan con vueltas con las instituciones.
—No estoy dispuesto a ir y ver. Por otro lado su observación es exacta— admitió el otro. Allá tienen más carácter y su específica esencia es anarquista. Campo fértil para nosotros los Estados Unidos... muy fértil. La gran república tiene en sí el germen de la destrucción. El temperamento colectivo es antilegalista. Excelente. Nos pueden limpiar, pero...
—Usted es demasiado trascendental para mí— gruñó Ossipon con malhumorada ansiedad.
—Lógico— protestó el otro—. Hay muchos tipos de lógica. Ésta es la esclarecida. América está en lo justo. Este país es el peligroso, con su condición idealista de la legalidad. El espíritu social de este pueblo está impregnado de escrúpulos prejuiciosos y eso es fatal para nuestro trabajo.
¡Usted habla de Inglaterra como de nuestro único refugio! Antes bien, es el peor. ¡Capua! ¿Qué nos importan los refugios? Aquí usted imprime sus palabras, conspira y no hace nada muy conveniente para los Karl Yundt, estoy seguro.
Se encogió de hombros apenas, luego agregó con la misma pausada seguridad:
—Nuestro objetivo ha de ser romper la superstición y el culto de la legalidad. Nada me gustaría más que ver al Inspector Heat y a sus pares asumiendo la tarea de limpiarnos a plena luz del día con la aprobación de la gente. Entonces habremos ganado la mitad de nuestra batalla; la desintegración de la vieja moralidad se habrá asentado en su propio templo. Eso es lo que ustedes tendrían que tratar de lograr. Pero ustedes los revolucionarios jamás llegarán a entenderlo. Planean el futuro, se pierden en ensoñaciones de sistemas económicos derivados del actual, mientras que lo que se busca es barrer con todo y dar comienzo a una nueva concepción de la vida. Ese tipo de futuro se cuida solo, con tal que ustedes le hagan lugar. Por eso fue gustaría desparramar a paladas mi material, a montones en las esquinas, si tuviera la cantidad necesaria; y como no la tengo, hago lo que puedo perfeccionando un detonador seguro de veras.
Ossipon, que en mente había estado navegando en aguas profundas, se agarró de las últimas palabras como si fueran una tabla de salvación.
—Sí. Sus detonadores. No me asombraría que fuera uno de sus detonadores el que hizo la limpieza del hombre en el parque.
Una sombra de enojo oscureció la cara resuelta, pálida, que enfrentaba a Ossipon.
—Mi problema consiste precisamente en experimentar, en la práctica, los distintos modelos. Después de todo, hay de probarlos. Además...
Ossipon interrumpió.
—¿Quién sería ese tipo? Le aseguro que en Londres no conocemos...
¿No podría hacerme una descripción de la persona a la que le dio el material?
El otro volvió sus lentes hacia Ossipon, como un par de reflectores.
—Describirlo— repitió con lentitud—. Creo que ahora no hay el menor inconveniente. Se lo voy a describir con una sola palabra: Verloc.
Ossipon, cuya curiosidad lo había levantado varios centímetros de la silla, se derrumbó como si lo hubieran golpeado en la cara.
—¡Verloc! Imposible.
El hombrecito dueño de sí cabeceó apenas una vez.
—Sí. De él se trata. En este caso usted no podrá decir que le di mi materia prima al primer loco que iba pasando. Era un prominente miembro del grupo, por lo que sé.
—Sí— dijo Ossipon—. Prominente, No, no exactamente. Era el centro para la inteligencia general y siempre recibía a los camaradas que venían aquí. Más útil que importante. Hombre sin ideas. Años atrás solía hablar en concentraciones públicas, creo que en Francia. No muy bien, con todo. Confiaban en él hombres como Latorre, Moser y todo ese antiguo grupo. El único talento que en realidad demostró fue su habilidad para eludir, de un modo u otro, la atención de la policía. Aquí, por ejemplo, no parecía que lo vigilaran de cerca. Estaba legalmente casado, como sabe usted. Supongo que fue con la plata de ella con la que inició ese negocio. Parece que también lo hizo caminar.
Ossipon se interrumpió con brusquedad. Luego murmuró para sí mismo:
—¿Qué irá a hacer esa mujer ahora? y se sumergió en sus pensamientos.
El otro esperó, ostentando indiferencia. Nadie conocía a la familia de ese hombre y en general se aludía a él por el sobrenombre de Profesor.
Se había ganado tal designación porque una vez había sido ayudante de química en algún instituto técnico. Tuvo un altercado con las autoridades por una cuestión de trato desleal. Después obtuvo un puesto en el laboratorio de una fábrica de anilinas. También allí fue tratado con injusticia sublevante. Sus luchas, sus privaciones, su arduo trabajo para elevarse en la escala social, lo habían henchido de una exaltada convicción acerca de sus méritos, tan importantes, que era muy difícil para el mundo hacerles justicia, ya que la pauta de esa noción dependía en alto grado del sufrimiento del individuo. El Profesor tenía genio pero era falto de la gran virtud social de la resignación.
—En el plano intelectual una nulidad— pronunció Ossipon en voz alta, abandonando de pronto la íntima contemplación de la acongojada persona y desolado negocio de Mis. Verloc—. Una personalidad bien vulgar. Usted se equivoca al no mantenerse en un contacto más estrecho con los camaradas, Profesor— agregó en tono reprobatorio—. ¿Él le dijo algo... le dio alguna idea de sus intenciones? No lo veía desde hacía un mes. Parece mentira que se nos haya ido.
—Me dijo que iba a hacer una demostración contra un edificio -dijo el Profesor—. Yo tenía que saber cómo preparar el explosivo. Le advertí que no tenía la cantidad suficiente para un completo resultado destructivo, pero me encareció que hiciera lo que pudiese. Como quería algo que pudiera ser llevado al descubierto en la mano, le propuse usar una lata vieja de barniz que, por casualidad, tenía en mi casa. Le agradó la idea. Me costó cierto trabajo porque primero tuve que cortar el fondo y después volver a soldarlo. Cuando estuvo lista, contenía un frasco de boca ancha, bien tapado, de vidrio grueso, envuelto en arcilla húmeda y lleno con cuatrocientos gramos de polvo verde X 2. El detonador estaba conectado con el tornillo de la tapa de la lata. Era ingenioso, una combinación de tiempo y percusión. Le expliqué el sistema; había un tubo delgado, de lata, que contenía...
La atención de Ossipon volvió de su vagabundeo.
—¿Qué cree usted que ha pasado?— interrumpió.
—No puedo decirlo. Tal vez atornilló la tapa demasiado ajustada, ese movimiento hizo la conexión y él se olvidó del tiempo. Tenía un margen de veinte minutos. Pero, una vez hecho el contacto, una sacudida brusca podría haber producido la explosión de inmediato. O dejó transcurrir demasiado tiempo o bien, simplemente, dejó caer la lata.
Que el contacto se produjo con exactitud, para mí está bien claro; el sistema trabajó a la perfección. Y sin embargo se podría pensar que un tonto cualquiera sería capaz de olvidarse, en el apuro, de hacer el contacto total. Estaba pensando para mí, con preocupación, acerca de ese tipo de descuido, principalmente. Pero hay más clases de tontos que las que uno puede prever. No se puede pretender que un detonador sea a prueba de tontos.
El Profesor hizo señas a un mozo. Ossipon estaba sentado, rígido, con la mirada abstraída de quien realiza un trabajo mental. Después que el mozo se alejó con el dinero, se despabiló mostrando una profunda desazón.
—Esto me es muy desagradable— rumió— Karl ha estado en cama con bronquitis durante una semana. Existe la posibilidad de que no se vuelva a levantar. Michaelis está regodeándose en el campo, en cualquier lugar. Un editor de moda le ofreció quinientas libras por un libro.
Va a ser un terrible problema: ya sabe usted que él perdió en la cárcel el hábito de pensar con coherencia.
El Profesor, de pie, abotonándose el saco, lo miró con perfecta indiferencia.
—¿Qué va a hacer usted?— preguntó Ossipon, fastidiado. Temía la censura del Comité Rojo Central, un cuerpo que no tenía lugar fijo de residencia y de cuyos componentes él no tenía conocimiento cabal. Si este asunto incidía en la cesación del modesto subsidio adjudicado para la publicación de los panfletos F. P., entonces sí tendría que lamentar la inexplicable locura de Verloc.
—Una cosa es la solidaridad con las formas extremas de acción, y otra la temeridad absurda— dijo con una especie de brutalidad taciturna—.
No sé qué le pasó a Verloc; hay algo misterioso ahí. Pero él ya no está. Usted puede tomarlo como quiera, pero en estas circunstancias la única actitud posible para el grupo de militantes revolucionarios es desconocer toda conexión con esta maldita extravagancia suya. Lo que me preocupa a mí es cómo hacer que esa declaración sea convincente en alto grado.
El hombrecito de pie, con el saco ya abotonado y listo para irse no era más alto que Ossipon sentado; con sus lentes apuntó a la cara de este último.
—Tiene que pedir un certificado de buena conducta a la policía.
Ellos saben dónde durmió cada uno de ustedes esta noche pasada. Tal vez, si usted se lo pide, consientan en publicar alguna declaración oficial.
—Sin duda que ellos saben muy bien que nosotros no tenemos nada que ver con este asunto— refunfuñó Ossipon, con amargura—. Lo que dirán es otra cosa—. Permaneció pensativo, sin mirar la pequeña figura del búho andrajoso que estaba parada a su lado. Tengo que agarrarlo de inmediato a Michaelis y llevarlo a una de nuestras asambleas, y que hable de corazón. El público tiene una especie de consideración sentimental por ese tipo. Su nombre es conocido y yo tengo contacto con algunos periodistas de los grandes diarios. No dirá más que pura palabrería, pero él tiene una forma de hablar que les hace tragar cualquier cosa.
—Hasta veneno— profirió el Profesor en voz baja, manteniendo una expresión impasible.
El perplejo Ossipon siguió hablándose a sí mismo— apenas se lo oía— como un hombre que reflexiona en perfecta soledad.
—¡Maldito burro! Dejar este asunto idiota en mis manos. Y ni siquiera sé si...
Permanecía sentado con los labios apretados. La idea de ir a buscar noticias al negocio no lo seducía. Suponía que el negocio de Verloc estaría convertido en una trampa de la policía. Se dedicarían a hacer algunos arrestos, pensaba, con algo así como una indignación virtuosa hasta la sustancia de su vida revolucionaria estaba amenazada por un crimen que no había cometido. Y si no iba allí, corría el riesgo de permanecer en la ignorancia de lo que quizá le sería fundamental conocer.
Luego reparó que, si el hombre del parque había quedado deshecho en pedazos como decían los diarios de la tarde, tal vez no hubiera sido identificado. Y si era así, la policía no debía tener motivos especiales para vigilar el negocio de Verloc con más empeño que cualquier otro lugar habitualmente frecuentado por anarquistas marcados... no más especiales, de hecho, que para vigilar las puertas del Silenus. Debía haber mucha vigilancia en todas partes, en cualquier lugar. Con todo...
—¿Cómo saber qué me conviene hacer ahora?— musitó pidiéndose consejo a sí mismo.
Una voz ronca dijo a su lado, con sosegado desprecio:
—Apúrese a ver qué cosas de valor tiene esa mujer.
Después de emitir estas palabras, el Profesor se alejó de la mesa.
Ossipon, a quien esa muestra de perspicacia tomó desprevenido, hizo un amago inútil pero todavía permaneció allí con la mirada fija y sin esperanza, como si estuviera por siempre clavado a la silla. El solitario piano, sin mucho más que un taburete que lo ayudara, atacó con coraje una selección de aires nacionales, tocándole por último la tonada “Blue Bells of Scotland”. Las notas penosamente arrancadas crecieron lánguidas a espaldas de Ossipon, mientras subía con lentitud las escaleras, cruzaba el hall y llegaba a la calle.
Frente a la gran puerta de entrada una funesta fila de vendedores de diarios parados sobre la calle vendían sus ejemplares desde el cordón.
Era un día frío, nublado, de comienzos de primavera; y el cielo de hollín, el barro de las calles, los andrajos de los hombres sucios armonizaban a la perfección con el brote de las húmedas hojas de diario, manchadas de basura y de tinta. Los carteles, llenos de inmundicias, guarnecían como tapices las curvas del cordón. La venta de diarios de la tarde era animada y, a pesar de ello, en comparación con el ágil y constante movimiento de peatones, el efecto era de indiferencia, de distribución desigual. Ossipon miró con rapidez a uno y otro lado antes de meterse en el gentío, pero el Profesor ya no estaba al alcance de la vista.




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