El abuso sexual infantil


c) Los abusadores subindividuados con una diferenciación moderada



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c) Los abusadores subindividuados con una diferenciación moderada.
Estos sujetos muestran un grado moderado de diferenciación lo que les permite funcionar normalmente en ambientes relacionales equilibrados, pero no lo suficiente para afrontar momentos de crisis que los enfrentan al riesgo de perder sus fuentes de afecto y de consideración. En esos momentos de crisis regresan a una posición de subindividuación, abusando de sus hijos ya sea para dominar su angustia de abandono, o para compensarla en el caso de separación, divorcio o muerte de su madre, etc.

Este tipo de abusador presenta una tendencia regresiva y abusa de sus hijos en un momento de desinhibición ligado al consumo del alcohol.



d) Los abusadores sobreindividuados no diferenciados.
Aquí los abusadores adoptan una posición de aislamiento social acompañado de una desconfianza paranoica. Son adultos que han quedado atrapados, en su infancia, en relaciones privilegiadas y exclusiva con la figura materna, estuvieron además confrontados a una figura paterna maltratadora y autoritaria. El abuso sexual producido por este abusador es mayoritariamente intrafamiliar, homo y heterosexual. Desde el punto de vista de la estructura de la personalidad, estos sujetos funcionan preferentemente sobre un modo paranoico.
e) Abusadores sobreindividuados, con escasa diferenciación.
La sobreindividuación es la consecuencia de una relación fusional y gratificante con la madre, pero a diferencia del grupo precedente, esta estableció con su hijo una relación emocional y a menudo sexualmente incestuosa. Aquí, el padre es un sujeto pasivo, dependiente de su mujer, por lo que el hijo toma el lugar del hombre de la madre y el marido es como un hijo para su esposa. Este tipo de abusador corresponde al obsesivo descrito anteriormente. El abuso sexual es casi siempre extrafamiliar homo o heterosexual. A través de la seducción de un niño y/o de un adolescente y de su abuso sexual el sujeto trata por una parte de realizar su proyecto de perfección narcisista y por otra de reencontrar el placer sexual de la relación con su madre. Estos pedófilos corresponden a estructuras de personalidad perversa.
f) Los abusadores sobreindividuados con una diferenciación moderada.
Estos abusadores se han diferenciado en el marco de un proceso familiar caracterizado por interacciones afectivas de seducción y rechazo. Este modelo relacional es predominante en la díada madre- hijo y la experiencia de rechazo está reforzada por la presencia de un padre mucho más presente que en otros casos, pero autoritario, cruel y violento. Estos sujetos, libres de angustia y de culpabilidad, son manipuladores y seductores, son responsables de abusos sexuales intra y extrafamiliares , a menudo usan la fuerza y la amenaza para abusar de sus víctimas.
En el caso de abusos extrafamiliares, estos sujetos son a menudo responsables de violación con asesinato de sus víctimas. A nivel de la estructura de la personalidad, funcionan en un registro psicopático.
El papel de la madre: cómplice o inocente de incesto.
Muchas veces cuando se conoce de un caso de incesto se culpa a la madre por lo ocurrido, sin embargo, la experiencia clínica muestra que si bien muchas madres subordinan sus necesidades a las de su marido, muchas también actúan correctamente una vez que se enteran de los abusos, haciendo todo lo posible por ayudar a la víctima.
La dinámica de la madre en las familias incestuosas se caracteriza por la elección prioritaria, y a veces rígida, que hacen de su pertenencia al subsistema conyugal. Son principal y prioritariamente, la mujer de sus maridos y a veces también, su madre. El papel de madre de sus hijos es secundario y dependiente de este.

Varias de estas mujeres son además víctimas de violencia de su cónyuge. Esta posición de víctimas es la continuación del proceso de victimización infantil que se denomina como la "carrera moral del niño maltratado". Habiendo ya vivido experiencias de abuso sexual, maltrato físico y abuso psicológico, estas mujeres confirman, en su relación con su cónyuge maltratador, sus sentimientos de impotencia, sumisión, e incompetencia. Paradójicamente, estas mujeres se sienten culpables por no dar a su cónyuge lo que necesita; por este motivo soportan y justifican también sus agresiones, disculpando a su hombre. Muchas de estas mujeres además fueron víctimas de abuso durante su infancia.


Generalmente se califica a estas mujeres de irresponsables, frágiles y pasivas, sin embargo esto sólo corresponde a prejuicios y mitos que conducen a los profesionales a una desconfianza extrema hacia ellas, reforzando el proceso de cosificación que siempre han conocido. Un porcentaje considerable de estas madres se presentan como dominantes, fuertes y controladoras, pero su historia infantil nos revela antecedentes de abandono y negligencia.
Según la reacción de las madres al momento de la denuncia por abusos hacia sus hijos se puede distinguir:
La madre de tipo A que corresponde a una esposa que se encontraba en el momento de la denuncia en el mundo de la violencia impensable. Esta madre no puede ni siquiera imaginar la posibilidad, de que su cónyuge pudiera hacer algo parecido con sus hijos. Además estos abusadores se presentan como hombres normales y respetables, buenos esposos y padres, y a menudo son manipuladores y borran todas las pistas que pudieran delatarle.
Los niños tratan muchas veces de decirle a la madre lo que está pasando, pero a las madres les resulta extremadamente difícil decodificar las señales, y junto a esto se suma el hecho de que para ellas el tema es inconcebible. Cuando este tipo de madres obtiene la prueba irrefutable del incesto, para ella es un verdadero cataclismo. La mujer se siente culpable y al dolor se suma el apoyo a la víctima aún cuando esta puede ser ambigua por algunos momentos.
Las madres tipo B: Corresponde a madres que son cómplices indirectas del abuso , aquí las madres saben lo que pasa, pero prefiere callarse. Se trata de mujeres dependientes del abusador y/o comparten el mismo sistema de creencias respecto a que los adultos tienen todos los derechos sobre los niños. Por esto son incapaces de brindarle protección.
Las madres tipo C: Son cómplices directas. Conforman un grupo minoritario y participan activamente del abuso junto a su cónyuge y en casos extremos pueden ser las verdaderas instigadoras.
Dinámicas conyugales en las familias sexualmente abusivas.
Se postula la existencia de una complicidad invisible en la elección recíproca de la pareja. Estas personas se unen inconscientemente no para ser y formar una familia, sino al contrario para sabotearla, sacrificando parte de su integridad y/o la de sus hijos.
La triangulación de las víctimas en las dinámicas conyugales.
Se pueden observar tres dinámicas que permiten la triangulación de la víctima y su abuso sexual:
1) Padre abusador dominante, esposa sumisa dominada, hija adultificada y protectora.
Estas mujeres aparentemente sumisas le proporcionan al abusador la ilusión de poder esto refuerza en el hombre la sensación de abandono y los padres se vuelcan a sus hijas en busca de protección y amor incondicional.
2) Padre abusador sumiso, esposa dominante, hija dominada.
Estas mujeres aparentemente dominantes proprocionan al varón abusador la ilusión de estar protegido, pero al mismo tiempo un sentimiento de impotencia y de insatisfacción en lo que se refiere al ejercicio del poder y del control de la relación conyugal.En estas condiciones el abusador seducirá a una o varias de sus hijas. Al abusar sexualmente de ellas se le ofrecerá la ilusión de poder y de control que existe en una relación.
3) Padre abusador dominante, esposa dominante, hija abusada y utilizada como reguladora de la relación.Ambos esposos pelean por el poder en la relación. En esta dinámica simétrica, la hija, víctima potencial de una relación incestuosa, se implica o es arrastrada a jugar el papel de enlace entre sus padres. De esta forma se ve obligada a aliarse una vez con el padre otra vez con la madre.
CONSECUENCIAS DE LOS ABUSOS SEXUALES PARA LOS NIÑOS.
Para hablar de ello parece pertinente abordar la familia incestuosamente abusiva como un sistema o una institución totalitaria, controlando y vigilando la totalidad de las actividades de sus miembros. El grado de totalitarismo familiar es diferente en cada situación, pero es pertinente para describir la relación que el abusador impone a su víctima. El agresor ejerce un control sobre su víctima, a través de la sugestión, de mentiras, chantaje afectivo, intimidación y/o utilizando la violencia. En el abuso intrafamiliar, la víctima depende de manera vital de su abusador, está en situación de dependencia extrema, y si es muy joven, sin distancia afectiva y social que le permita defenderse de su abusador.
En el abuso sexual, las experiencias extremas son el goce sexual, la manipulación de los lazos afectivos, un discurso culpabilizante, la obligación del silencio y del secreto. Las consecuencias de ello son la aparición de efectos traumáticos (angustia, miedo) y también el proceso llamado "alienación sacrificial", que es la adaptación de la niña y niño a la situación, teniendo en cuenta su dependencia del abusador y el proceso de sumisión y manipulación que éste le impone.

Se ha llamado "proceso de vampirización" a este caso, y se compara con el proceso de "lavado de cerebro", para lograr la sumisión incondicional de sujetos rebeldes, sin utilizar violencia física.


Los efectos de la traumatización se manifiestan rápidamente una vez comenzado el abuso, pero la víctima, a pesar del sufrimiento, mantiene una distancia con respecto a su abusador. Tiene aún el sentimiento de su víctima, aún cuando no le permita hablar de lo que le sucede. Las manifestaciones que genera la alienación sacrificial son efectos a largo plazo. Aquí el grado de manipulación afectiva y las prescripciones del abusador hacen desaparecer la distancia con su víctima, que ya no tiene posibilidad de reconocerse como tal y cambia la imagen de sí misma, considerándose la "sinvergüenza" o "mala" que ha inducido la situación. Se instala así el proceso de vampirización.
El carácter traumático del abuso sexual es porque el actuar del adulto se sitúa fuera del cuadro habitual del niño. Ello altera la percepción y emociones respecto a su entorno, crea una distorsión de la imagen que tiene de sí mismo, de su visión de mundo y de sus capacidades afectivas.

Las agresiones se dan en el tiempo, por ello hay que distinguir los signos de la fase inicial de la interacción abusiva, de aquellos que corresponden a la fase intermedia o de equilibrio, donde la víctima acepta bajo presión la situación como única posible; y los signos de una tercera fase, la desestabilización, provocada por fluctuaciones introducidas por la víctima, o cambios en el cuadro familiar, o rebelión activa contra el abusador, lo que suele conducir a una revelación de los hechos.


El comienzo de la interacción abusiva: La ruptura del cuadro vital de la víctima.
El niño primero se enfrenta a un cambio inesperado en su cuadro de vida habitual y produce un estado de confusión, de pérdida de puntos de referencia, con la experiencia subjetiva de "un estado de sideración". Hay una ruptura de contexto. El abuso, con su contenido paradójico, produce el cambio de un contexto de cuidados o intercambio familiar hacia uno abusivo sexualizado. La víctima pierde su equilibrio habitual. Esta situación desencadena estrés, angustia y pérdida de energía psicológica en el niño, la que necesita para continuar creciendo, y que es desviada para adaptarse a ese cambio de contexto.
También los cambios del comportamiento del padre perturban la relación del niño con su cuerpo y el descubrimiento de su sexualidad. Niña y niño afrontan brutalmente la visión concreta de una sexualidad adulta, percibida como diferente e impresionante, sin tener elementos para comprender esa diferencia. La confusión se refuerza por la ambigüedad de las actividades del abusador que trata de normalizar las relaciones o minimizar el sufrimiento de la víctima. El aislamiento y la ausencia de puntos de referencia refuerzan la angustia y la culpabilidad inducida por el abusador. Así la víctima sólo tiene a ese adulto como referencia de normalidad y de ley.
Las escenas agresivas son revividas en pesadilla, terrores nocturnos y diurnos, incluso en ausencia del abusador.

Es un proceso recurrente y progresivo, el niño vive con el temor de su repetición, ello amplía la angustia y agota las reacciones defensivas más estructuradas. El agresor es parte de su "cuerpo familiar", el niño no puede nombrarlo, denunciarlo o poder utilizar palabras para elaborar el estrés.


Los niños de los que se abusa sexualmente presentan una hipersensibilidad frente a diversos estímulos que les recuerdan los hechos abusivos. Las reminiscencias de los acontecimientos traumáticos se expresa por medio de estados disociativos. En un contexto alejado del abusador, ej. escuela; el niño puede verse invadido por el ambiente abusivo (flashback) y comportarse durante minutos u horas como si reviviese la agresión. Ello como consecuencia de la angustia o estrategia para representarse lo acontecido imaginando que se puede controlar; es el fenómeno de repetición mórbida, donde la víctima, en la fase intermedia, trata de repetir algunos de esos actos o de desencadenar "afectos" para controlarlos y superar así la angustia de ser una víctima pasiva.
En adolescentes puede darse el consumo de drogas, como equivalente, desafiando a la droga y experimentar la sensación de controlarla; y además por su efecto que le da la sensación de goce comparable a la que el abusador les había hecho sentir.

También la víctima puede presentar un síndrome persistente de hiperactividad e hipervigilancia, dificultades para conciliar el sueño, terrores nocturnos, dificultades de concentración y para terminar una tarea, comportamientos agresivos. En situaciones menos graves la víctima muestra un carácter irritable, con dificultad para adaptarse a los cambios y manejar la frustración e imprevistos, por miedo a perder el control y no controlar las emociones. En casos más graves, en que la víctima recibió abusos por largo tiempo, y sobre todo con violencia física, hay frecuentes explosiones de cólera imprevisibles, es el miedo el que desencadena la agresividad.


Asustada por el fenómeno de revivificación, la víctima trata de evitar pensamientos y sentimientos asociados a los abusos. Sus mecanismos defensivos hacen reducir contactos con el mundo exterior, es la "anestesia psíquica y emocional" (DSM IV) o el estado de evitación e insensibilidad (Ammerman y Hersen,1990). Los síntomas son: resistencia a determinado lugar, aislamiento social con tendencia a replegarse y detenciones bruscas en juegos habituales, pérdida de interés en actividades que eran atractivas antes del abuso.
Disminuye la capacidad de sentir emociones asociadas a la intimidad, contacto físico y sexualidad. En edad escolar aparecen trastornos de aprendizaje con caída brusca del rendimiento, perturbaciones en la concentración y memoria, sobre todo ligadas a los acontecimientos traumáticos. La no simbolización en la memoria de la experiencia, crea luego dificultades para describir con detalle las circunstancias del abuso.
La víctima, para resistir la agresión, utiliza estos mecanismos disociativos, entregando su cuerpo al agresor, porque no tiene otra alternativa, pero refugiándose en su pensamiento.

Otros mecanismos de defensa: las fobias a situaciones o actividades que recuerdan o simbolizan el abuso, también la somatización. Ambas perturban el desarrollo del niño. En la fase de equilibrio del abuso, como consecuencia del proceso de vampirización, la víctima puede realizar actos agresivos con connotaciones sexuales, que pueden provocar reacciones de rechazo en su entorno o exponerlo a nuevas agresiones. Ej. conductas de seducción, masturbación compulsiva en niños(as) pequeños, interés exagerado por los genitales de otros y de animales, dibujos de orden sexual evocadores de la situación abusiva. Estos trastornos del comportamiento y el contenido de sus dibujos, son indicadores indirectos y su presencia facilita el diagnóstico de abuso sexual.


La carrera moral de los niños abusados sexualmente.
La alienación sacrificial aparece a mediano plazo en el proceso relacional del abuso sexual. La interacción abusiva se "circulariza" a tres niveles: actuaciones del abusador, respuesta adaptativa de la víctima y necesidad de cohesión de la familia.

La víctima es objeto de un proceso de "resocialización secundaria" bajo la influencia de su abusador. La víctima se adapta a la intimidad de este proceso tratando de salvar lo que le es posible salvar.


La resocialización es una socialización forzada, típico de las instituciones totalitarias (Páez,1979), es secundaria porque el abusador impone a su hija un rol específico de una mujer capaz de responder a sus deseos y exigencia de relación sexual, y le impone la creencia de ser la responsable de lo que ocurre. La "socialización forzada" se facilita por la asimetría de derechos y poderes, entre los sexos y entre adultos y niños, reforzada por el arquetipo cultural de dominación de hombre sobre mujeres y niños.
El adulto utiliza un argumento para implicar a la víctima o mantener el secreto, basado en la edad y vulnerabilidad emocional de la víctima, se presenta como un juego secreto, otros acusan a sus hijas de excitarlos "tú eres la que me acosas", "estoy seguro que esto te gusta", etc. También el abusador puede delegar una misión en su víctima, que sacrifique sus deseos y necesidades para satisfacer los suyos.
El abusador intenta aislar a la víctima de su entorno inmediato, responsabiliza a la madre saboteando la confianza en ella de la víctima y amplía su aislamiento, "si le cuentas a tu madre no te creerá" o "ella sabe muy bien de esto". El abusador también crea un clima de terror con amenazas físicas, de asesinato colectivo a toda la familia, suicidio, etc. Entonces la resocialización forzada es resultado del contenido de los mensajes y del carácter paradójico de la comunicación con el abusador, y comunica su drama con trastornos de comportamiento que denuncia en forma encubierta.
La víctima acepta la ley del silencio como fuente de seguridad para ella y su familia, la impotencia procede de la dependencia, de la simetría de poder y del aprendizaje forzado de la sumisión impuesta por el adulto, el niño está a merced de su abusador y para controlar la angustia, culpabilidad y soledad, recrea una imagen satisfactoria de sí mismo y de su agresor, distorsionando la realidad e idealizando a este último y negando su propio sufrimiento (Miller,1984). Tal idealización es por una distorsión cognitiva, consecuencia de la necesidad vital del niño de los cuidados de los adultos y pertenecer a una familia; y también porque el abusador desorienta objetivamente a su hijo y se presenta como un sujeto lleno de cualidades. El abusador se autoidealiza y ello le impide ponerse en el lugar de la víctima y representarse sus actos como abuso de poder o consecuencia de su propio sufrimiento y fragilidad.
Así, el niño preescolar y escolar tiene dificultad para percibir su situación como abusiva y anormal, y como resultado recibe una revelación tardía y no convincente. Por su parte los jóvenes poseen vocabulario y nivel de desarrollo que les da más autonomía e independencia, pero el abuso los ha perturbado gravemente, por eso la denuncia es impulsiva, no reflexiva y a menudo poco convincente. Ej. después de una disputa con el abusador o cuando éste descubre su primera relación amorosa. O también, continuando el proceso abusivo, la víctima se encuentra en predelincuencia, marginación, con comportamientos fuertemente sexualizados y/o consumiendo drogas y alcohol.
En otros casos, la víctima tiene un funcionamiento bien adaptado a nivel familiar, escolar; y aparece externamente como un niño normal, sin problemas, lo que dificulta la credibilidad de su revelación; a veces tratan de convences a la víctima del carácter imaginario del contenido de su experiencia. Las enormes dificultades del niño para romper la ley del silencio y el aislamiento son mal aceptadas por los adultos, es difícil creer que la víctima haya podido tolerar la situación tanto tiempo sin decir nada, pero se olvida que el niño está atrapado por alguien que, por su posición y rol, tenía la función de educarle y protegerle.
Luego de denunciar hay alto riesgo de retracción, depende de las intervenciones exteriores a la familia, cómo escuchen, asistan y protejan a la víctima y su revelación. La denuncia fuera de la familia supone una perturbación que hace peligrar la homeostasis familiar y también de los sistemas institucionales que rodean al niño (en los cuales deposita su secreto).
La crisis de la divulgación puede ser insoportable para todo implicado y dirigen mensajes directos o indirectos a la víctima, para obligarle a callar o retractarse; y la víctima sacrifica la ilusión de salvar una vez más lo que se pueda salvar, nuevamente se ofrece para mantener el "equilibrio familiar" y del entorno social, preservando la homeostasis familiar y de los sistemas implicados, puede incluso vivir su retracción como un alivio.
Hoy, afortunadamente hay cada vez más profesionales sensibilizados sobre la existencia de tal violencia impensable, y tienen atención especial que ofrecer en ayuda activa a la víctima disminuyendo la posibilidad de retracción.

Hasta este momento hemos visto que el abuso sexual a niños puede ocurrir en la familia, pero también puede suceder fuera de ella, por ejemplo por un amigo, persona que lo cuida, un vecino, maestro o un desconocido. Sin embargo, cuando el abuso ocurre, el niño desarrolla una variedad de pensamientos e ideas angustiantes.


No hay niño preparado psicológicamente para hacer frente al estímulo sexual. El niño que es víctima de un abuso prolongado, usualmente desarrolla una pérdida de autoestima, tiene la sensación de que no vale nada y adquiere una perspectiva anormal de la sexualidad; puede volverse muy retraído, perder la confianza en todos loa adultos y hasta llegar a considerar el suicidio. Pueden, también tener dificultades para establecer relaciones con otras personas, a menos que tengan una base sexual. Algunos niños abusados se convierten en adultos que abusan de otros niños o ejercer la prostitución.
En resumen, las secuelas o consecuencias del abuso sexual en un niño son muchas y pueden servir como indicadores de tal situación; las repercusiones pueden ser a corto o largo plazo y son manifestaciones clínicas inespecíficas, difíciles de identificar como emergentes del abuso sexual:


  • Manifestaciones ansiosas y depresivas, sentimientos de inseguridad, terror (a la presencia de un adulto del sexo masculino) o a otras situaciones, cambios notorios en la personalidad y falta de confianza.

  • Evitación situaciones análogas al traumatismo.

  • Desarrollo de estados fóbicos o de pánico, miedos repentinos.

  • Tristeza, culpabilidad y vergüenza.

  • Modificación del comportamiento a nivel del sueño: pesadillas, insomnio, terrores nocturnos.

  • Trastornos de la alimentación: anorexia, bulimia compulsiva.

  • Trastornos de la actividad escuela: modificaciones bruscas del rendimiento, dificultad de concentración, negarse a ir a la escuela, mala integración.

  • A nivel social fugas, aislamiento de amigos y familia.

  • Agresividad excesiva, ira, hostilidad.

  • Abuso de drogas o alcohol, delincuencia.

  • Ideas o intentos suicidas o conductas autodestructivas.

  • En niños pequeños comportamientos regresivos, ej. mojar la cama.

  • En relación a problemas de comportamiento sexual, identidad sexual, etc.:

  • Interés excesivo o evitación de todo lo de naturaleza sexual.

  • Comportamiento seductor manifiesto.

  • Conocimiento y comportamiento sexual raro, sofisticado o inusual.

  • Relato de abuso sexual por parte del niño.

  • Decir que tiene el cuerpo sucio, dañado o tener miedo de que haya algo malo en sus genitales.

  • Juego sexual no apropiado a la edad.

  • Evidencia de abuso o molestias sexuales, por el contenido de sus dibujos, juegos o fantasías.

  • Formación precoz de parejas pasajeras.

  • Masturbación compulsiva.

  • Promiscuidad, prostitución.

  • Confusión en cuanto a la identidad y normas sexuales.

  • Repliegue de los amigos.

  • Desconfianza extrema.

Por último también hay consecuencias físicas en el niño abusado sexualmente:




  • Dificultad para caminar o sentarse.

  • Dolor, hinchazón o picazón en la zona genital.

  • Dolor al orinar.

  • Enfermedades transmitidas sexualmente.

  • Contusiones, laceraciones, sangramiento en los genitales externos, vagina o área anal.

  • Embarazo, especialmente en la adolescencia.





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