Ejercicio de aplicación ¿Son ensombrecidas las verdades por los lenguajes con que las expresamos?



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Ejercicio de aplicación
¿Son ensombrecidas las verdades por los lenguajes con que las expresamos?

El lenguaje es un sistema al cual estamos tan acostumbrados, que lo utilizamos y entendemos de forma inmediata sin necesidad de mayor reflexión. En cualquier instante podemos formular una oración y entender sin mayor dificultad lo que alguien nos dice. Rara vez nos detenemos a analizar hasta qué punto llega la complejidad del lenguaje y la importancia del papel que juega sobre el conocimiento humano. Todo lo que se considera conocimiento, lo que el hombre toma como verdadero, no puede ser expresado ni estructurado fuera del sistema lingüístico. Bajo estas condiciones, cabe hacerse la pregunta ¿son ensombrecidas las verdades por los lenguajes con que las expresamos? Para sustentar esta hipótesis, debe hacerse un análisis de cómo el lenguaje llega a determinar nuestro concepto de realidad, nuestra forma de conocimiento.


Para encontrar una respuesta a esta incógnita, es necesario analizar el papel que juega el lenguaje en los diferentes tipos de conocimiento que puede llegar a tener el hombre, conocimiento práctico, emocional, matemático, científico y humanístico, para enseguida examinar cómo puede determinar y limitar aquello que tomamos como verdadero en cada una de estas ramas de la sabiduría de la humanidad.

En el conocimiento práctico que nos permite vivir el día a día, la manera como describamos un hecho y como lo interprete nuestro interlocutor puede determinar la verdad que se tiene sobre un acontecimiento. Supongamos que después de un espectáculo de circo, Juan le relata la experiencia a Pedro y le dice - “fue un espectáculo muy bonito!”. Es muy posible que Pedro crea que es en realidad una función de maravilla. Sin embargo el valor que le dan nuestros dos individuos a la palabra “bonito” puede ser distinto: puede que para Juan “bonito” sea sinónimo de “estuvo bien” y que para Pedro sea sinónimo de “impresionante”. En consecuencia, los dos personajes tendrían una verdad distinta sobre un mismo hecho: está determinada por el lenguaje, su expresión y su interpretación.

En el conocimiento emocional, como lo es la estética, el lenguaje determina en gran medida e inclusive oscurece las verdades. Un individuo sólo puede llegar a conocer perfectamente sus propias emociones, únicamente sobre ellas tiene un conocimiento verdadero. Son verdades relativas a cada sujeto. Por otro lado, sólo podemos llegar a conocer las emociones de los demás según la descripción que se nos da de estas, es decir, en forma de lenguaje. Ante esta situación cabe preguntarse ¿podemos describir completamente un sentimiento? Creo que todo el mundo dudaría bastante en afirmar que sí es posible. Todos nuestros sentimientos tienen, sin duda, una palabra correspondiente, rabia, tristeza, decepción, etc. ¿Pero cómo podemos estar seguros que todos sentimos la rabia o la tristeza exactamente igual? No es posible saberlo. Según esto, el lenguaje limita a unas pocas palabras las sensaciones humanas y haciendo esto, puede ser, que desvíe lo expresado de la realidad vivida. En este tipo de conocimiento el lenguaje no puede expresar la verdad de una situación, resulta limitado y ambiguo.

Las verdades del conocimiento matemático son el ejemplo clásico de una verdad universal; nadie puede cuestionar, en sano juicio, que 2+2 = 4. Estas verdades evidentes e innegables son clásicas del conocimiento matemático y lógico, se trata de verdades de coherencia, es decir, proposiciones que mediante la razón y el método deductivo aceptamos como verdaderas. En este tipo de conocimiento, el lenguaje no determina, de ninguna manera, aquello que tomamos como verdadero: tratándose de sistemas cerrados, estructurados a partir de axiomas, las verdades sólo dependen de su coherencia dentro del sistema, basta con que no sean contradictorias. Estos sistemas pueden considerarse como otros tipos de lenguaje, que representan operaciones mentales del hombre, al “traducirlos” al lenguaje cotidiano una proposición verdadera no se ve alterada, su veracidad no radica en, ni depende de la forma como es expresada. Por ejemplo 3+4 =7 no deja de ser verdad si lo expreso como “tres más cuatro igual a siete”, el lenguaje no determina las verdades de este tipo de conocimiento: las verdades solo dependen de las reglas internas del sistema.

Por alguna razón la cultura occidental ha crecido con una fe ciega en la ciencia. Es extraño para muchos preguntarse hasta que punto son verdades universales las verdades de la ciencia. En esta rama del conocimiento, aquello que tomamos por verdad son aquellas leyes según las cuales parece regirse el mundo, la ley de la gravedad, la atracción de polos opuestos, la proporcionalidad entre masa y fuerza, etc. Estas leyes son tomadas como verdaderas pues existe una correspondencia entre ellas y la realidad, es decir, las verdades científicas explican el mundo tal y como lo observamos. En este momento no hay por qué afirmar que el lenguaje limita o determina estas verdades, pues sólo se limita a describir los fenómenos observados. Claro está que la exactitud y universalidad de las verdades científicas pueden ser cuestionadas, pero no por el papel que ejerce el lenguaje sino por factores propios de la estructura del pensamiento humano, por ejemplo se podría cuestionar el método inductivo.

Ahora bien, la correspondencia entre el mundo y nuestra concepción del mundo no necesariamente tiene por que ser verdadera, universal. Es interesante ver que el hombre, a lo largo de la historia y en todas las civilizaciones, ha otorgado un nombre único a un grupo de objetos en particular, por ejemplo, ha llamado “jirafa” a todos los seres amarillos con cuello largo y manchas cafés que habitan en las praderas africanas y “gato” a todos los animalitos que toman leche, ronronean y maúllan. Este fenómeno de correspondencia entre una palabra y un grupo de individuos u objetos viene de la tendencia humana de generalizar y clasificar. Aparece aquí un punto interesante para indagar cómo el lenguaje puede desviar nuestra concepción del mundo de la realidad en sí.

Para clasificar, el hombre observa la realidad y agrupa individuos que presentan más o menos las mismas características, creando un grupo y luego otorgándole un nombre. Así, al observar que había similitud entre varios seres voladores, con pico y dos patas, les dio el nombre de “aves” aunque no todas fueran exactamente iguales. Sin embargo, no se puede decir que la naturaleza ya está clasificada y que nosotros solo hemos tenido que “bautizarla”, no importa que tan evidente nos parezca la clasificación. Nadie puede negar que es posible que un tribu lejana viera el mundo de manera distinta a la nuestra, que su criterio para agrupar individuos fuera el color y textura de la piel y que, en consecuencia, para ella no existiera mayor diferencia entre un dálmata, una jirafa y una vaca, todos, siendo parte de unos animales llamados “gluxp” por tener piel a manchas. Esta clasificación sería tan evidente para ellos como es evidente para nosotros que una vaca y

una jirafa son animales distintos.

Tomando este ejemplo, algo extremo, podemos afirmar que la clasificación es arbitraria, que podría realizarse de otra forma, menos o más útil, pero que determinaría la forma en que vemos el mundo. Al generalizar, puede que nuestra representación del mundo esté completamente alejada de lo que este es en realidad; los patrones que observamos en cuanto al comportamiento del mundo estarían determinados por la forma en que hemos organizado nuestro sistema lingüístico. Según esto se podría afirmar que las verdades de correspondencia podrían estar “oscurecidas” por el lenguaje ya que ni siquiera este correspondería a la realidad.

Sin embargo, hay que admitir que la ciencia desarrollada por el hombre, a pesar de sus límites, parece ajustarse al mundo y ser muy útil para el avance de la civilización, así no sea un modelo exacto de la realidad. Es importante además recalcar que este tipo de conocimiento reconoce los limites y ambigüedades del lenguaje común mencionados anteriormente, y por esto se intenta traducir los fenómenos observados al lenguaje matemático que parece ser mucho más exacto para así evitar el “ensombrecimiento” de la verdad Este fenómeno de la 90 generalización arbitraria no sólo se aplica a la ciencia experimental, los términos técnicos utilizados en las ciencias humanas para referirse a un fenómeno específico (como en psicología, “depresivo”, “claustrofóbico”, etc.) también pueden ser completamente ajenos a la verdad y sin embargo los tomamos como ciertos: nuestra representación de la realidad y las verdades que conforman nuestra sabiduría, dependen del lenguaje.



Al analizar el papel del lenguaje en algunas de las ramas del conocimiento humano, hemos podido ver cómo este llega a determinar aquello que tomamos como verdadero.

Aparentemente todos los tipos de verdad correspondientes a cada tipo de conocimiento pueden estar limitadas por el lenguaje, ya sea conocimiento humanístico, subjetivo e inclusive científico: la forma como expresamos nuestros pensamientos y teorías, las dificultades encontradas para expresarnos claramente, los términos precisos utilizados en cada ciencia y las ambigüedades del sistema lingüístico humano son barreras que puede alterar la verdad. La existencia de verdades absolutas puede, según lo dicho, cuestionarse; parece que nuestro conocimiento es un conocimiento cultural y que toda verdad que lo conforma es relativa no sólo a la lectura que hagamos de la realidad sino a la forma como la expresemos. A pesar de los límites que la lengua impone al conocimiento, es la única forma de que este sea posible, es la primera herramienta, quizá la más importante que tiene el hombre para abstraer la realidad, entenderla, comunicarla y manipularla: es el puente entre nuestro pensamiento y el mundo.


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