Editorial & Estaciones



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LA CARA OCULTA DEL

DESARROLLO
La visión mecanicista cartesiana ha tenido gran influencia en todas nuestras ciencias y en la mentalidad general de los occidentales. El método de reducir fenómenos complejos a sus constituyentes ele­mentales y de buscar los mecanismos a través de los cuales se pro­ducen las interacciones de estos elementos ha quedado tan arraigado en nuestra cultura que a menudo se lo ha identificado con el método científico. Las opiniones, conceptos e ideas que no concordaban con la estructura de la ciencia clásica no se tomaban en serio y general­mente se despreciaban, o incluso se ridiculizaban. A consecuencia del abrumador énfasis puesto en la ciencia reduccionista, nuestra cul­tura se ha vuelto cada vez más fragmentaria y ha creado tecnologías, instituciones y modos de vida que son profundamente insanos.

No debe sorprendernos que esta visión fragmentaria del mundo sea malsana en vista de la estrecha relación que existe entre la «salud» y la «totalidad». Ambas palabras (en inglés health y whole), y tam­bién los términos hale (sano), heal (curar) y holy (santo) derivan de la raíz hal, que en inglés antiguo significa sano, íntegro y saludable. De hecho, el sentirse sano supone una sensación de integridad física, psicológica y espiritual, una sensación de equilibrio entre los distin­tos componentes del organismo y entre el organismo y su entorno. Este sentido de integridad y de equilibrio ha desaparecido de nuestra cultura. La visión fragmentaria y mecanicista del mundo lo impregna todo y el sistema de valores sensato, unilateral y «orientado hacia el yang» en el que se apoya esta visión ha llevado a un profundo sequilibrio cultural y ha generado muchísimos síntomas de mala sa­lud.

El crecimiento tecnológico excesivo ha creado un ambiente en el que la vida se ha vuelto malsana física y mentalmente. El aire con­taminado, los ruidos molestos, la congestión del tráfico, los conta­minantes químicos, los peligros de la radiación y muchas otras fuen­tes de tensión física y psicológica han pasado a formar parte de la vida cotidiana de la mayoría de nosotros. Estos numerosos peligros para la salud no son una simple consecuencia fortuita del progreso tecnológico, son, por el contrario, un aspecto integral de un sistema económico obsesionado por el crecimiento y la expansión, que in­tensifica cada vez más la alta tecnología en una tentativa de incre­mentar la productividad.

Además de los peligros para la salud que podemos ver, oír y oler, existen otras amenazas para nuestro bienestar que podrían ser mucho más peligrosas, pues nos afectarán en una escala más amplia, tanto en el espacio como en el tiempo. La tecnología creada por los seres humanos está alterando y trastornando los procesos ecológicos que sustentan nuestro entorno natural y que son la base misma de nuestra existencia. Una de las amenazas más serias, que hasta hace poco tiempo había permanecido prácticamente olvidada, es el envenena­miento del agua y del aire por los desechos químicos tóxicos.

El público norteamericano tomó conciencia de los graves peligros que representan los desechos químicos hace unos años, cuando la tragedia del Love Canal apareció en la primera página de los perió­dicos. El Love Canal era una zanja abandonada en un área residencial de Niágara Falls, en el estado de Nueva York, que se utilizó durante muchos años como vertedero de desechos químicos tóxicos. Estos venenos químicos contaminaron las aguas circundantes, se filtraron en los patios de las casas adyacentes y generaron gases tóxicos, cau­sando entre los residentes de la zona altos índices de malformaciones congénitas, daños en el hígado y los riñones, dolencias respiratorias y varias formas de cáncer. Finalmente, el estado de Nueva York la declaró zona de emergencia y procedió a evacuarla.

La historia del Love Canal fue reconstruida por Michael Brown, periodista de la Niágara Gazette, que luego siguió investigando otros vertederos de desechos peligrosos parecidos al Love Canal en todos los Estados Unidos1. Sus extensas investigaciones han demos­trado claramente que la tragedia de Love Canal fue sólo la primera de una larga lista de catástrofes similares que se revelarán segura­mente en los próximos años y que afectarán seriamente la salud de millones de norteamericanos. En 1979 el Ministerio de Protección Ambiental de los EEUU estimó que había más de 50.000 lugares conocidos donde se almacenaban o se enterraban materias peligrosas, y que menos del 7 por ciento de estas materias han sido destruidas debidamente2.

Estas enormes cantidades de desechos químicos peligrosos son re­sultado de los efectos combinados del crecimiento tecnológico y eco­nómico. Obsesionados por la expansión, por el incremento de las ganancias y por el aumento de la «productividad», los Estados Uni­dos y otros países industrializados han creado una sociedad de con­sumidores competitivos a quienes se les ha inducido a comprar, usar y tirar cada vez más productos de utilidad marginal. Para producir estos productos —suplementos alimenticios, fibras sintéticas, plás­ticos, fármacos y pesticidas, por ejemplo— se creó una serie de tec­nologías que requerían un uso intensivo de los recursos naturales, en su mayoría dependientes en gran parte de los productos químicos complejos; y con el incremento de la producción y del consumo, también aumentaron los desechos químicos, que son la consecuencia inevitable de estos procesos industriales. Los Estados Unidos pro­ducen cada año un millar de compuestos químicos nuevos, y muchos de ellos son más complejos que sus predecesores y más ajenos al organismo humano; por otra parte, la cantidad de desechos peligro­sos acumulados cada año ha aumentado de diez a treinta y cinco millones de toneladas en los últimos diez años.

Mientras el consumo y la producción seguían este ritmo acelerado y frenético, no se crearon tecnologías adecuadas para resolver el pro­blema de los residuos superfluos. El motivo de este descuido era muy simple: mientras que la producción de bienes de consumo superfluos era altamente rentable para los industriales, el necesario tratamiento y recuperación de los residuos no les traía beneficio alguno. Durante muchas décadas, la industria química vertía sus desechos en la tierra sin preocuparse de las consecuencias, y esta práctica irresponsable ha tenido como consecuencia la aparición de miles de vertederos químicos peligrosos, «bombas de relojería tóxicas» que probablemente se conviertan en la más grave amenaza ambiental de los años ochenta.

Enfrentada con las siniestras consecuencias de sus métodos de pro­ducción, la industria química ha dado la respuesta típica de todas las empresas. Como demostró Brown caso por caso, las industrias quí­micas han tratado de ocultar los peligros de sus procesos de pro­ducción y de los desechos químicos engendrados por estos procesos; también han disimulado los accidentes y han ejercido presión sobre los políticos para evitar una investigación minuciosa de los hechos. Pero gracias en parte a la tragedia de Love Canal, la conciencia del público ha aumentado radicalmente. Mientras los industriales pro­claman en sus astutas campañas de publicidad que la vida sería im­posible sin los productos químicos, un número cada vez mayor de personas están tomando conciencia de que la industria química des­truye la vida en vez de mantenerla. Cabe esperar que la opinión pú­blica ejerza cada vez más presión sobre la industria, obligándola a crear tecnologías adecuadas para tratar y recuperar los desechos, como ya se está haciendo en varios países europeos. A la larga, los problemas generados por los desechos químicos sólo podrán resol­verse si se logra reducir al mínimo la producción de substancias pe­ligrosas, lo que supone un cambio radical en nuestras actitudes como productores y como consumidores.

El consumo excesivo y el fuerte énfasis que ponemos en la alta tecnología no sólo crean cantidades masivas de desechos, sino que también requieren enormes cantidades de energía. La energía no re­novable derivada de los combustibles orgánicos impulsa la mayoría de nuestros procesos de producción, y con el agotamiento de esos recursos naturales la energía misma se ha convertido en un recurso escaso y caro. En sus tentativas de mantener e incluso aumentar ac­tuales niveles de producción, los países industrializados han explo­tado ferozmente los recursos de combustible orgánico disponibles. Estos procesos utilizados para la producción de energía pueden oca­sionar trastornos ecológicos sin precedentes y muchísimo sufri­miento humano.

El uso exorbitante del petróleo ha tenido como consecuencia un enorme tráfico de petroleros que con frecuencia suelen chocar, ver­tiendo enormes cantidades de petróleo en los mares. Estos derrames de petróleo no sólo han contaminado las más hermosas costas y pla­yas de Europa, sino que también han alterado gravemente los ciclos alimentarios marinos, creando así peligros ecológicos sobre los que aún sabemos muy poco. La producción de electricidad a partir del carbón es aún más peligrosa y más contaminante que la producción de energía con petróleo. La minería subterránea perjudica grave­mente la salud de los mineros, y la explotación de minas a cielo abierto trae consecuencias muy evidentes para el ambiente, pues las minas suelen abandonarse una vez agotado el carbón, dejando atrás inmensas zonas de terrenos devastados. El peor daño de todos, tanto para el medio ambiente como para la salud humana, es el resultado de la combustión del carbón. Las fábricas que utilizan este proce­dimiento emiten grandes cantidades de humo, cenizas, gases y varios compuestos orgánicos, muchos de ellos tóxicos o carcinógenos. El más peligroso de estos gases es el anhídrido sulfúrico que puede per­judicar seriamente los pulmones. Otro contaminante liberado por la combustión del carbón es el monóxido de nitrógeno, que es también el principal ingrediente de la contaminación producida por los au­tomóviles. Una sola fábrica puede emitir la misma cantidad de mo­nóxido de nitrógeno que varios centenares de miles de automóviles.

Los anhídridos sulfúricos y nítricos liberados por las fábricas ali­mentadas de carbón no sólo son peligrosos para la salud de las per­sonas que viven en las cercanías de la fábrica, sino que además ge­neran una de las formas más insidiosas y completamente invisibles de la contaminación del aire: la lluvia ácida3. Los gases que emanan de las centrales eléctricas se mezclan con el oxígeno y el vapor de agua presentes en la atmósfera y, a través de una serie de reacciones quí­micas, se convierten en ácido sulfúrico y en ácido nítrico. Estos gases son transportados por el aire hasta ciertos puntos de la atmósfera donde se acumulan para luego descender sobre la tierra en forma de lluvia o de nieve ácida. La parte oriental de Nueva Inglaterra, las provincias orientales del Canadá y el sur de Escandinavia están muy afectados por este tipo de contaminación. Cuando la lluvia ácida cae en un lago mata peces, insectos, plantas y otras formas de vida; los lagos acaban por desaparecer completamente a causa de una acidez que ya no pueden neutralizar. Miles de lagos escandinavos y cana­dienses han desaparecido o están en vías de hacerlo; redes enteras de vida cuya evolución duró miles de años están desapareciendo a gran velocidad.

Como siempre, en el centro del problema se halla la falta de una perspectiva ecológica y la codicia de las empresas. Ya se han inven­tado varias tecnologías para reducir los agentes contaminantes que provocan la lluvia ácida, pero las industrias propietarias de las cen­trales termoeléctricas se oponen enérgicamente a una reglamentación del ambiente y tienen suficiente poder político para impedir contro­les severos. En los Estados Unidos, las empresas de servicios públi­cos han obligado al Ministerio de Protección Ambiental a suavizar las normas sobre los niveles de emisión de las centrales termoeléc­tricas en el Midwest; estas fábricas siguen soltando grandes canti­dades de substancias contaminantes que son transportadas por el viento y que serán en 1990 el origen del 80 por ciento de las emi­siones sulfúricas en los Estados Unidos. Estas acciones se basan en el mismo comportamiento irresponsable que ocasiona los peligros de los desechos químicos. En vez de neutralizar los residuos contami­nantes, las industrias los vierten simplemente en otra parte, sin im­portarles que en un ecosistema finito no existe lugar alguno que sea «otra parte».
En los años setenta, el mundo se dio cuenta de la gran escasez de combustibles orgánicos y, con la inminencia del inevitable agota­miento de estas fuentes convencionales de energía, los principales países industrializados se embarcaron en una enérgica campaña a fa­vor de la energía nuclear como fuente de energía alternativa. La po­lémica sobre cómo resolver la crisis energética se suele centrar en las costas y riesgos de la energía nuclear con respecto a los de la pro­ducción de energía con petróleo, carbón y aceite esquistoso. El ra­zonamiento de los economistas al servicio del gobierno y de las gran­des empresas, que coincide con las propuestas de otros representan­tes de la industria energética, suele caracterizarse por dos tipos de prejuicios; en primer lugar, la energía solar —la única fuente de ener­gía abundante, renovable, de precio estable y que no perjudica al medio ambiente— es considerada «antieconómica» o «aún no fac­tible» pese a la gran cantidad de pruebas que indican lo contrario y en segundo lugar, la necesidad de más energía, que es algo que se acepta incondicionalmente.

Cualquier discusión realista sobre la «crisis energética» tiene que partir de una perspectiva mucho más amplia, una perspectiva que tenga en cuenta las raíces de la actual escasez de energía y sus co­nexiones con los otros problemas críticos con los que hoy nos en­frentamos. Tal perspectiva pondría en evidencia algo que a primera vista puede parecer una paradoja: lo que necesitamos para resolver la crisis energética no es más energía, sino menos energía. Nuestras crecientes necesidades de energía reflejan la expansión general de nuestros sistemas económicos y tecnológicos; su causa radica en los modelos de crecimiento no diferenciado que agotan nuestros recur­sos naturales y contribuyen en gran medida a los numerosos sínto­mas de malestar individual y social. Por consiguiente, la energía es un importante parámetro del equilibrio social y ecológico. En nues­tra situación actual, extremadamente desequilibrada, más energía no resolvería nuestros problemas, sino que, por el contrario, los em­peoraría. No sólo aceleraría el agotamiento de nuestros minerales y metales, de nuestros bosques y de nuestras reservas ícticas, sino que también acarrearía más contaminación, más envenenamientos quí­micos, más injusticia social, más cáncer y más delictividad. Para su­perar nuestra polifacética crisis no necesitamos más energía, sino una profunda modificación de nuestros valores, actitudes y modos de vida.

Una vez entendidos estos hechos básicos, se vuelve evidente que el uso de la energía nuclear como fuente de energía es una locura total. En el campo ecológico, supera con mucho el impacto de la producción en gran escala de energía a partir del carbón, ya de suyo devastador, en varios órdenes de magnitud, amenazando con enve­nenar nuestro ambiente por miles de años y, además, con extinguir toda la especie humana. La energía nuclear representa el caso más extremo de una tecnología que se les ha escapado de las manos a sus creadores, impulsada por una obsesión por la autoafirmación y el control que ha alcanzado un nivel altamente patológico.

Al describir la energía nuclear en estos términos, me estoy refi­riendo tanto a las armas nucleares como a los reactores nucleares. Una propiedad intrínseca de la tecnología nuclear es la imposibilidad de separar estas dos aplicaciones. El término mismo, nuclear power tiene dos significados vinculados entre sí. El término «power» (po­tencia, energía) no sólo tiene el significado técnico de «fuente de energía» sino también es sinónimo de «posesión del control o in­fluencia sobre los demás». En el caso de la energía nuclear, estos dos tipos de energías van inextricablemente ligados y ambos representan la mayor amenaza actual para nuestra supervivencia y nuestro bie­nestar4.

En las dos últimas décadas, el Ministerio de Defensa de los Estados Unidos y la industria militar han logrado crear una suerte de histeria colectiva sobre la defensa nacional con objeto de recibir cada vez más fondos para sus gastos militares. Con este fin, los analistas militares han perpetuado el mito de una carrera armamentista en la que los soviéticos aventajan a los norteamericanos. En la realidad, los Es­tados Unidos han llevado la delantera a la Unión Soviética en esta carrera de locos desde el comienzo. Daniel Ellsberg ha demostrado de manera convincente, publicando información de difusión secreta, que los militares norteamericanos conocían perfectamente su supe­rioridad sobre los soviéticos en lo referente a armamento nuclear en las décadas de los años cincuenta y sesenta5. Los planes norteame­ricanos, basándose en esta superioridad, contemplaron la posibilidad de lanzar el primer misil nuclear —en otras palabras, de iniciar una guerra nuclear— y varios presidentes de los Estados Unidos ame­nazaron explícitamente con el uso de estas armas, algo que se ha mantenido en secreto para el público.

Mientras tanto, la Unión Soviética también ha construido una ma­siva fuerza nuclear, y en la actualidad el Pentágono está tratando nuevamente de lavarles el cerebro a los norteamericanos y hacerles creer que los rusos llevan ventaja. En realidad hay un equilibrio de fuerzas: decir que hay equivalencia de armamentos describiría exac­tamente la situación actual. El motivo por el que el Pentágono está tratando de tergiversar la verdad es porque quiere que los militares norteamericanos obtengan otra vez la superioridad que tuvieron entre 1945 y 1965, lo que permitiría a los Estados Unidos proferir las mis­mas amenazas nucleares que hacían en aquellos tiempos.

Oficialmente, la política nuclear norteamericana se basa en la di­suasión, pero si examinamos más atentamente el actual arsenal nuclear de los Estados Unidos y las nuevas armas que se están pro­yectando veremos que los planes del Pentágono no tienden de nin­guna manera a la disuasión. Su único objetivo es asestar el primer golpe nuclear a la Unión Soviética. Para tener una idea de la fuerza de disuasión norteamericana basta pensar en los submarinos nuclea­res. En palabras del presidente Jimmy Carter: «Sólo uno de nuestros prácticamente invulnerables submarinos Poseidón, —cuyo número es menos del 2 por ciento de toda nuestra fuerza nuclear compuesta de submarinos, aviones y misiles de base a tierra— tiene suficientes cabezas atómicas para destruir todas las grandes ciudades de la Unión Soviética. Nuestra fuerza de disuasión es abrumadora»6 Entre veinte y treinta de estos submarinos están siempre en el mar, donde son prácticamente indestructibles. Aun si la Unión Soviética mandase to­das sus armas nucleares en contra de los Estado Unidos, no podría destruir un solo submarino norteamericano: y cada submarino puede amenazar a todas sus grandes ciudades. Por consiguiente, los Estados Unidos siempre tendrán el poder para destruir cada ciudad rusa veinte o treinta veces. Teniendo en cuenta estas circunstancias, está clarísimo que el actual incremento de armamentos no tiene nada que ver con la disuasión.

En la actualidad, los proyectistas militares norteamericanos están desarrollando armas de alta precisión, como los nuevos misiles Cruise y MX, que pueden alcanzar su objetivo con la máxima pre­cisión desde una distancia de unos 9654 kilómetros. El objetivo de estas armas es la destrucción de un misil enemigo en su silo de al­macenamiento antes de que sea lanzado; en otras palabras, se trata de armas destinadas a asestar el primer golpe nuclear. Al no tener sentido el lanzamiento de un misil dirigido por láser contra un silo vacío, no se las puede considerar armas defensivas: son, sin ninguna duda, armas de agresión. Uno de los estudios más detallados sobre la carrera armamentista nuclear que llega a la misma conclusión fue publicado por Robert Aldridge, un ingeniero aeronáutico que an­teriormente había trabajado en la Lockheed, la principal empresa fa­bricante de armas de los Estados Unidos7. Durante dieciséis años, Aldridge ayudó a proyectar todos los misiles balísticos lanzables desde submarino comprados por la Marina de los Estados Unidos, pero dejó su trabajo en la Lockheed en 1973, al convencerse de que la política nuclear norteamericana se iba desplazando de una política de represalias a otra de asestar el primer golpe. Sus conocimientos de ingeniería le permitieron ver la clara discrepancia entre los objetivos anunciados en los proyectos en los que trabajaba y los pro­yectos intrínsecos. Desde entonces, Aldridge se ha percatado de que la tendencia descubierta por él ha continuado a ritmo acelerado. Su gran preocupación por la política militar de los Estados Unidos lo llevó a escribir una relación detallada que concluye con las siguientes palabras:



Muy a mi pesar me he visto obligado a concluir la evidencia de que los Estados Unidos están hoy en primer lugar y se aproximan rápi­damente a alcanzar la capacidad de asestar el primer golpe —y que el despliegue habrá de comenzar a mediados de los años ochenta. Mientras tanto, la Unión Soviética parece estar luchando por mejorar la eficacia del segundo golpe. No tenemos ninguna prueba de que la URSS haya logrado combinar la letalidad de los misiles, el potencial bélico anti-submarino, la defensa de los misiles balísticos o la tecnología de la «guerra de las galaxias» para obtener la capacidad de asestar el primer golpe antes del final de este siglo, o aun más tarde8.

Este estudio, como el de Ellsberg, demuestra claramente que las nuevas armas militares, al contrario de lo que el Pentágono quiere hacernos creer, ya no aumentan la seguridad de los Estados Unidos. Al contrario, la posibilidad de una guerra nuclear se vuelve mayor con cada arma que se añade al arsenal Norteamericano.

En 1960-1961, según Ellsberg, existían planes norteamericanos para atestar el primer golpe a la Unión Soviética en el caso de que hubiese cualquier enfrentamiento militar directo con los rusos en cualquier parte del mundo. Podemos estar seguros de que el Pentágono sigue teniendo estos planes. Si los tiene, eso significa que en respuesta a cualquier conflicto local en Oriente Próximo, en África o en cualquier parte del mundo, el Ministerio de Defensa tiene la intención de iniciar una guerra nuclear por todo lo alto en la que quinientos millones de seres humanos morirían tras el primer en­frentamiento.

Toda la guerra podría durar entre treinta y sesenta mi­nutos, y prácticamente ningún ser viviente sobreviviría a sus con­secuencias. En otras palabras, el Pentágono está planeando la des­trucción de la especie humana y también la extinción de todas las demás. En el Ministerio de Defensa este concepto se conoce por el nombre de «destrucción mutua asegurada»: (mutually assured des­truction) sus siglas —muy adecuadas, por cierto— son MAD.*

El trasfondo psicológico de esta locura nuclear es el excesivo én­fasis puesto en la autoafirmación, en el control y en el poder, la com­petitividad excesiva y la obsesión por «ganar» —los típicos rasgos de una cultura patriarcal. Las mismas amenazas agresivas que los hom­bres han hecho a lo largo de la historia se hacen hoy con armas nu­cleares, sin reconocer la enorme diferencia entre la violencia y el po­der destructivo. Así pues, las armas nucleares nos muestran el más trágico ejemplo de unas personas que se aferran con tenacidad a un paradigma anticuado que ha dejado de funcionar hace mucho tiempo.

En la actualidad, el comienzo de un conflicto nuclear ya no de­pende únicamente de los Estados Unidos y de la Unión Soviética. La tecnología nuclear norteamericana —y con ella las materias pri­mas para fabricar bombas nucleares— se exportan a todo el mundo. Sólo se necesitan entre diez y veinte toneladas de plutonio para fa­bricar una bomba, y cada reactor nuclear produce entre cuatrocientas y quinientas toneladas de plutonio al año, lo suficiente para fabricar de veinte a cincuenta bombas atómicas. El plutonio establece una estrecha relación entre la tecnología de los reactores y la tecnología de las armas.

La tecnología nuclear está siendo fomentada especialmente en el Tercer Mundo. El objetivo de este fomento no es el satisfacer las necesidades de energía de los países tercermundistas, sino promover los intereses de las multinacionales que extraen los recursos naturales de estos países con la mayor rapidez posible. Ahora bien: los polí­ticos del Tercer Mundo suelen alegrarse de la llegada de la tecnología nuclear porque la pueden utilizar para construir armas nucleares. Las ventas norteamericanas de la tecnología necesaria para construir reac­tores en el extranjero garantizan que, para finales de siglo, decenas de países tendrán suficiente material nuclear para fabricar sus propias bombas, y es de suponer que estos países no sólo adquirirán la tec­nología norteamericana, sino que imitarán también los modelos de comportamiento de este país y utilizarán la energía nuclear para pro­ferir amenazas agresivas.
La posibilidad de la destrucción del mundo a través de la guerra nuclear es la principal amenaza ambiental que comporta el uso de la energía nuclear. Si somos incapaces de impedir una guerra nuclear, todas las inquietudes sobre el medio ambiente se convertirán en un problema puramente teórico. Pero aun sin llegar al holocausto nu­clear, el impacto de la energía nuclear en el medio ambiente supera con mucho todos los demás peligros causados por nuestra tecnolo­gía. Al comienzo del uso «pacífico» de la energía atómica, la energía nuclear se consideraba barata, limpia y segura. Desde entonces nos hemos dado cuenta de que no posee ninguna de estas características. La construcción y el mantenimiento de las centrales nucleares re­quieren cada vez más inversión de capital a consecuencia de las com­plejas medidas de seguridad que la protesta del público ha impuesto en la industria nuclear: los accidentes nucleares han amenazado la salud y la seguridad de miles de personas, y las substancias radiac­tivas siguen envenenando el medio ambiente.

Los peligros que la energía nuclear supone para la salud son de naturaleza ecológica y funcionan a escala extremadamente grande, tanto en el espacio como en el tiempo. Las centrales nucleares y las instalaciones militares liberan substancias radiactivas que contaminan el medio ambiente, afectando de esta manera a todos los organismos vivientes, incluso a los seres humanos. Los efectos no son inmedia­tos, sino graduales, y constantemente se están acumulando y alcan­zando niveles cada vez más peligrosos. En el organismo humano, estas substancias contaminan el ambiente interno con muchas con­secuencias a corto y largo plazo. El cáncer tiende a aparecer después de un período de diez a cuarenta años y en las generaciones futuras pueden manifestarse trastornos genéticos.

Muchas veces los científicos y los ingenieros no logran compren­der a fondo los peligros de la energía nuclear, en parte debido a que nuestra ciencia y nuestra tecnología siempre han tenido grandes di­ficultades para ocuparse de conceptos ecológicos. Otro motivo es la gran complejidad de la tecnología nuclear. Todos los responsables de su desarrollo y de sus aplicaciones —físicos, ingenieros, economistas, políticos y generales— están acostumbrados a un enfoque fragmentario y cada grupo se preocupa de unos problemas definidos sólo en parte. Con frecuencia, desconocen cómo están ligados estos problemas y como se combinan para producir un impacto total en el ecosistema mundial. Además, muchos científicos e ingenieros nu­cleares sufren de un profundo conflicto de intereses. La mayoría de ellos trabaja para la industria militar o para la industria nuclear, y ambas ejercen una gran influencia en ellos. Por consiguiente, los úni­cos expertos que pueden proporcionar un asesoramiento completo de los peligros de la energía nuclear son aquellos que no dependen del complejo militar-industrial y que son capaces de adoptar una am­plia perspectiva ecológica. No resulta sorprendente que todos estos expertos casi siempre formen parte del movimiento antinuclear9.

En el proceso de producir energía con combustibles nucleares, tanto los trabajadores de la industria como todo el medio ambiente se hallan contaminados con substancias radiactivas en cada etapa del «ciclo de combustión». Este ciclo comienza con la extracción, la tri­turación y el enriquecimiento del uranio, continúa con la fabricación de varillas de combustible y con el funcionamiento y mantenimiento del reactor, y concluye con la manipulación y el almacenamiento o la recuperación de los desechos nucleares. Las substancias radiactivas liberadas en el ambiente en cada fase de este proceso emiten una serie de partículas —partículas alfa*, electrones o fotones— que pueden ser extremadamente energéticas, penetrando en la piel y dañando las células somáticas. Las sustancias radiactivas también se pueden in­gerir en alimentos o en agua contaminada y entonces causarán daños a los órganos internos.

Cuando se consideran los peligros de la radiactividad para la salud, es importante tener en cuenta que no hay ningún nivel «seguro» de radiación, al contrario de lo que la industria nuclear quiere hacernos creer. En la actualidad, los médicos suelen estar de acuerdo en que no se puede demostrar la existencia de un nivel determinado por de­bajo del cual la radiación pueda considerarse inofensiva10; incluso las cantidades más diminutas pueden producir mutaciones y enferme­dades. En la vida cotidiana estamos expuestos continuamente a una radiación de fondo de bajo nivel que ha existido en la tierra durante millones de años y que tiene su origen en ciertas fuentes naturales presentes en las rocas, el agua y en las plantas animales. Los riesgos relacionados con esta radiación de fondo natural son inevitables, pero incrementarlos significa poner en peligro nuestra salud.

La fisión es la reacción nuclear que ocurre en un reactor. Se trata de un proceso en el que los núcleos de uranio se descomponen en fragmentos —en su mayor parte substancias radiactivas— produciendo calor y uno o dos neutrones libres. Estos neutrones son ab­sorbidos por otros núcleos que, a su vez, se descomponen, y de este modo ponen en movimiento una reacción en cadena. En una bomba atómica esta reacción en cadena acaba en una explosión, pero en un reactor se la puede controlar con varillas de control que absorben algunos de los electrones libres. De este modo se puede regular la velocidad de fisión. El proceso de fisión libera una enorme cantidad de calor que se usa para hervir agua. El vapor que resulta de ello impulsa una turbina que genera electricidad. Un reactor nuclear, por tanto, es un aparato altamente sofisticado, carísimo y extremada­mente peligroso que se usa para hervir agua.

El factor humano implicado en todas las etapas de la tecnología nuclear, utilizada con fines militares o no, hace imposible el evitar los accidentes. De estos accidentes resulta la liberación de materiales radiactivos extremadamente tóxicos en el medio ambiente. Una de las posibilidades más aterradoras es la fusión de un reactor nuclear, en cuyo caso toda la masa del uranio fundido pasaría a través del contenedor del reactor y penetraría en la tierra, desencadenando po­siblemente una explosión de vapor que esparciría por todas partes materiales radiactivos mortales. Los efectos serían parecidos a los de una bomba atómica. Miles de personas morirían inmediatamente al quedar expuestas directamente a la radiación; en dos o tres semanas habría más muertes a consecuencia de graves enfermedades produ­cidas por la radiación; y vastas zonas de terreno quedarían conta­minadas y serían inhabitables durante miles de años.

Ya han ocurrido muchos accidentes nucleares, y muchas veces ha faltado poco para que ocurriesen catástrofes graves. El accidente de la central nuclear de Three Mile Island cerca de Harrisburg, Pennsyl­vania, en el que la salud y la seguridad de cientos de miles de personas se vió amenazada, sigue estando muy presente en nuestra me­moria. Menos conocidos, pero no por ello menos espantosos, son los accidentes en los que intervienen armas nucleares, accidentes que se hacen cada vez más frecuentes debido al aumento del número y de la capacidad de estas armas11. Antes de 1968 habían tenido lugar más de treinta accidentes de importancia en los que armas nucleares norteamericanas habían estado a punto de explotar. Uno de los más serios ocurrió en 1961, cuando se lanzó una bomba atómica por equivocación sobre Goldsboro, Carolina del Norte, y cinco de sus seis dispositivos de seguridad no funcionaron. El único dispositivo de seguridad que funcionó nos salvó de una explosión termonuclear de veinticuatro millones de toneladas de TNT, una explosión mil veces más potente que la de Nagasaki y, de hecho, más fuerte que la combinación de todas las explosiones en todas las guerras de la humanidad. Varias de estas bombas de veinticuatro millones de to­neladas de TNT han sido lanzadas accidentalmente sobre Europa, los Estados Unidos, y otras partes del inundo, y estos accidentes se repetirán con una frecuencia cada vez mayor mientras más y más países construyan armas nucleares, probablemente con dispositivos de seguridad mucho menos sofisticados.

Otro problema de capital importancia relacionado con la energía nuclear es la eliminación de los desechos nucleares. Cada reactor produce anualmente toneladas de desechos radiactivos que mantie­nen su toxicidad durante miles de años. El plutonio, el más peligroso de todos, es también el de más larga vida: sigue siendo tóxico durante al menos 500.000 años*. Es difícil imaginar la enorme duración de este espacio de tiempo, que supera con mucho la duración a que estamos acostumbrados en nuestras propias vidas, o en el ámbito de la vida de una sociedad, de un país o de una civilización. Medio millón de años, como indica el gráfico siguiente, es más de cien veces el tiempo de toda la historia documentada. Es un espacio de tiempo cincuenta veces más largo que el tiempo transcurrido desde el período glacial hasta hoy, y diez veces más largo que toda nuestra existencia como seres humanos con las características físicas que posee­mos actualmente. Este es el espacio de tiempo durante el que el plu­tonio ha de permanecer aislado del medio ambiente. ¿Qué derecho moral tenemos para dejar una herencia tan terrible a miles y miles de generaciones?

Ninguna tecnología humana puede crear contenedores que duren un tiempo casi infinito. De hecho, no se ha descubierto ningún mé­todo seguro para destruir o almacenar los desechos radiactivos, pese a los millones de dólares gastados en las tres décadas que duran las investigaciones. Varios escapes y accidentes han demostrado los de­fectos de todos los dispositivos de seguridad actuales. Mientras tanto, los desechos radiactivos se siguen acumulando. La industria nuclear prevé que antes del año 2000 habrá un total de 575 millones de litros de desechos intensamente radiactivos, de «alto nivel» y, sí bien las cantidades exactas de desechos radiactivos militares se man­tienen en secreto, es de suponer que sean muy superiores a los pro­ducidos por los reactores industriales.



El plutonio, llamado así por Plutón, dios Griego de los infiernos, es con mucho el más mortal de todos los desechos nucleares. En cantidades inferiores a una millonésima de gramo —una dosis invi­sible— es carcinógeno; menos de medio kilo, distribuido unifor­memente, podría engendrar un cáncer de pulmón en todos los ha­bitantes del mundo. En vista de ello, es realmente terrorífico saber que cada reactor comercial produce anualmente entre 180 y 230 kilos de plutonio. Además, toneladas de plutonio se transportan normal­mente en las carreteras, los ferrocarriles y aeropuertos de los Estados Unidos.

Una vez creado, el plutonio tiene que permanecer aislado del am­biente prácticamente para siempre, pues incluso las cantidades más diminutas lo contaminarían durante miles de años. Es importante darse cuenta de que el plutonio no desaparece con la muerte de un organismo contaminado. Un animal muerto de contaminación ra­diactiva, por ejemplo, puede ser comido por otro animal, o puede descomponerse y pudrirse, y sus cenizas serán esparcidas por el viento. De todas maneras el plutonio permanecerá en el ambiente y seguirá su actividad sin cesar, pasando de un organismo a otro, du­rante medio millón de años.

Al no haber ninguna tecnología que sea segura al ciento por ciento, una parte de plutonio queda liberada inevitablemente durante el pro­ceso de tratamiento. Se ha estimado que, si la industria nuclear nor­teamericana se expande según las previsiones realizadas en 1975 y si logra retener el plutonio con una eficacia del 99, 99 por ciento —lo que sería casi un milagro— sería responsable de 500.000 casos ter­minales de cáncer de pulmón al año durante los veinte años siguientes al año 2020. Esto equivale a un aumento del 25 por ciento en el índice de mortalidad total de los Estados Unidos12. En vista de estas esti­maciones, es difícil comprender cómo puede alguien afirmar que la energía nuclear es una fuente de energía segura.

La energía nuclear crea también otros problemas y riesgos. Entre ellos figuran el problema aún no resuelto de cómo se ha de desarmar o «poner fuera de servicio» un reactor nuclear al final de su vida útil; la creación de reactores de «reproducción rápida» que utilizan el plu­tonio como combustible y son mucho más peligrosos todavía que los reactores comerciales ordinarios; la amenaza del terrorismo nu­clear y la consiguiente pérdida de los derechos civiles elementales en una «economía del plutonio» totalitaria; y las desastrosas conse­cuencias económicas engendradas por el uso de la energía nuclear como fuente de energía altamente centralizada, que requiere un uso intensivo de capital y de tecnología13. El impacto total de las ame­nazas sin precedentes que supone el uso de la tecnología nuclear demuestra claramente a todos que dicha energía es poco segura, cara, irresponsable e inmortal; en resumen: totalmente inaceptable.

Si las pruebas en contra de la energía nuclear son tan convincentes ¿por qué, entonces, se sigue promocionando tanto la tecnología nu­clear? La verdadera razón es la obsesión por el poder. De todas las fuentes de energía disponibles, la energía nuclear es la única que con­duce a una mayor concentración de poder político y económico en manos de una pequeña élite. En virtud de su complejidad tecnológica requiere unas instituciones extremadamente centralizadas y, a causa de sus aspectos militares, se presta a un secreto excesivo y a un acen­tuado uso del poder policial. Los distintos protagonistas de la eco­nomía nuclear —los servicios, los fabricantes de reactores, y las em­presas de energía— se benefician de una fuente de energía muy cen­tralizada y que requiere una fuerte inversión de capital. Sus parti­darios han invertido miles de millones de dólares en tecnología nu­clear y siguen fomentándola enérgicamente a pesar de que sus riesgos y problemas se hacen cada vez más evidentes. No están dispuestos a abandonar esta tecnología, ni siquiera cuando se ven obligados a pedir el subsidio de los contribuyentes y a emplear una gran fuerza policial para protegerla. En palabras de Ralph Nader, la tecnología nuclear se ha vuelto, en muchos aspectos, el «Vietnam tecnológico» de los Estados Unidos14.


Nuestra obsesión por el crecimiento económico y por el sistema de valores en el que se apoya han creado un ambiente físico y mental en el que la vida se ha vuelto extremadamente malsana. Quizá el aspecto más trágico de nuestro dilema social sea el hecho de que los riesgos para la salud creados por el sistema económico no sólo son el resultado del proceso de producción, sino también del consumo de muchos productos a los que se da gran publicidad para mantener la expansión económica. A fin de aumentar sus beneficios en un mer­cado saturado, los fabricantes tienen que producir sus bienes a un costo inferior, y una manera de hacerlo es reducir la calidad de estos productos. Para que el cliente quede satisfecho a pesar de la baja calidad de estos productos, se gastan enormes sumas de dinero para condicionar la opinión y los gustos del consumidor a través de la publicidad. Esta práctica, que se ha vuelto parte integrante de nuestra economía, comporta un grave peligro para la salud, pues muchos de los productos que se fabrican y se venden de esta manera influyen directamente en ella.

La industria alimentaria es un ejemplo notable de peligros para la salud generados por intereses comerciales. Si bien la nutrición es uno de los factores que más influyen en nuestra salud, nuestro sistema de asistencia sanitaria le da poca importancia y los médicos desco­nocen casi todo sobre los problemas dietéticos. Con todo, son bien conocidos los aspectos básicos de una dieta sana15. Para ser sana y nutritiva, nuestra dieta tiene que ser equilibrada, con un bajo con­tenido en proteínas animales y un alto contenido en carbohidratos naturales y no refinados. Este resultado se puede lograr basándose en tres alimentos básicos: cereales integrales, verduras y frutas. In­cluso más importantes que la composición detallada de nuestra dieta son los tres requisitos siguientes: nuestros alimentos han de ser na­turales, compuestos de ingredientes orgánicos en su estado natural e inalterado; también tienen que ser integrales, completos y no frag­mentados, ni refinados ni enriquecidos artificialmente; por último, tienen que estar libres de venenos, cultivados orgánicamente, sin re­siduos químicos ni aditivos tóxicos. Estos requisitos dietéticos son extremadamente simples; sin embargo es casi imposible cumplirlos en el mundo de hoy.

Para aumentar sus ganancias, los industriales añaden substancias conservantes a los alimentos, con objeto de alargar su período de conservación en los almacenes; reemplazan la sana comida orgánica con productos sintéticos, y tratan de compensar la falta de contenido nutritivo añadiendo sabores artificiales y colorantes. Estos alimentos artificiales y ultra elaborados se anuncian en vallas anunciadoras y en televisión, junto con las bebidas alcohólicas y el tabaco, otros dos graves peligros para la salud. Estamos expuestos a un bombardeo de anuncios de «comida de pacotilla» —bebidas gaseosas, piscolabis dulces, comida con alto contenido de grasas— que se ha demostrado perjudicial para la salud. Un estudio reciente realizado en la ciudad de Chicago sobre la publicidad de las industrias de la alimentación en cuatro canales de televisión llegó a la conclusión de que «más del 70 por ciento de los anuncios de comida emitidos en los días de dia­rio, y más del 85 por ciento en los fines de semana, están relacionados negativamente con las necesidades sanitarias del país». Otra encuesta reveló que más de la mitad del dinero gastado en publicidad de comida en la televisión se utiliza para fomentar las ventas de ali­mentos vinculados con los principales factores de riesgo de la dieta norteamericana16.

Para muchas personas de nuestra cultura, los problemas de una dieta malsana son agravados ulteriormente por el consumo excesivo de drogas, medicinales y no medicinales. A pesar de que el alcohol sigue causando más problemas a la salud individual y social que todas las demás drogas combinadas, otros tipos de abuso de drogas se han convertido en una grave amenaza para la salud pública. En los Es­tados Unidos se consumen 20.000 toneladas de aspirina al año, lo que equivale a casi 225 tabletas por persona17. Pero el peor problema con el que nos enfrentamos hoy es el uso excesivo de fármacos ob­tenidos con receta médica. Sus ventas han experimentado un auge vertiginoso y sin precedentes, especialmente en los últimos veinte años, y el aumento más fuerte se nota en las recetas de drogas psicoactivas —tranquilizantes, sedativos, estimulantes y anti­depresivos18.

Si se usan inteligentemente, los fármacos pueden ser de una gran ayuda. Han mitigado una gran cantidad de dolor y de sufrimientos y han ayudado a muchos pacientes con enfermedades degenerativas que, hace tan sólo diez años, hubieran sufrido aún más. Al mismo tiempo, numerosas personas han sido víctimas del uso equivocado o excesivo de estas medicinas. El uso excesivo de drogas en la medicina contemporánea se basa en un modelo conceptual limitado de la en­fermedad y es perpetuado por la poderosa industria farmacéutica. El modelo biomédico de la enfermedad y el modelo económico en el que la industria farmacéutica basa sus ventas se refuerzan mutua­mente, pues ambos reflejan el mismo enfoque reduccionista de la realidad. En ambos casos un complejo sistema de fenómenos y de valores queda reducido a un único aspecto dominante.

La industria farmacéutica es una de las mayores industrias cuyos beneficios han seguido teniendo el mismo nivel en los últimos veinte años, superando los de otras industrias en un margen muy signifi­cativo. Una de las principales características de la industria farma­céutica es el excesivo énfasis que pone en la diferenciación de productos básicamente similares. La investigación y la comercialización de estos fármacos se dedican en gran medida a desarrollar fármacos que se consideran distintos y superiores, no importa si éstos se pa­recen a los productos de la competencia, y se gastan enormes sumas de dinero en anunciar y fomentar las ventas de estos productos, ha­ciendo hincapié en su «diferencia» con respecto a los demás sin tener ninguna justificación científica para ello19. A consecuencia de esto, el mercado ha sido inundado de miles de drogas medicinales super­fluas que a veces sólo tienen efectos marginales y que siempre tienen efectos secundarios perjudiciales.

Puede ser muy instructivo estudiar las técnicas que la industria farmacéutica utiliza para vender sus productos20. En los Estados Unidos, la industria está controlada por la Asociación de Fabricantes Farmacéuticos, (PMA) entidad que crea sus propias normas direc­tivas y que influye en casi todos los aspectos del sistema médico. La PMA mantiene estrechos vínculos con la Asociación de Médicos Norteamericanos (AMA) y gran parte de los ingresos de la AMA provienen de los anuncios que publica en sus revistas médicas. El más importante de estos períodos es el Journal of the American Me­dical Association, cuyo objetivo aparente es el de mantener a los médicos informados de los nuevos descubrimientos realizados en su campo, pero que en realidad está dominado en gran parte por los intereses de la industria farmacéutica. Lo mismo puede decirse sobre la mayoría de las demás revistas de medicina, que según fuentes fia­bles reciben aproximadamente la mitad de sus ingresos de la publi­cidad pagada por las empresas farmacéuticas21.

Es de suponer que la gran dependencia económica de las revistas médicas respecto de la industria —una característica singular de la profesión médica— influye en el criterio editorial de estos periódi­cos. De hecho, se han observado muchos ejemplos de conflicto de intereses. En uno de ellos se trataba de una hormona llamada Nor­lutin, que resultó tener efectos perjudiciales en el feto si la tomaban mujeres embarazadas22. Según un reportaje publicado en el número de marzo de 1960 del JAMA, los efectos secundarios de la hormona Norlutin ocurrían con suficiente frecuencia para evitar su uso o su publicidad como hormona segura que se puede tomar durante el em­barazo. A pesar de ello, en el mismo número de la revista y durante los tres meses siguientes, la revista siguió publicando un anuncio de una página de Norlutin sin referencia alguna a sus posibles efectos secundarios. Por último, el fármaco fue retirado del mercado.

Este no fue un acontecimiento aislado. La AMA tiene por cos­tumbre no informar suficientemente a los médicos sobre los efectos perjudiciales de los antibióticos, que quizá sean las drogas de que más abusan los médicos y las más peligrosas para los pacientes. De las recetas innecesarias o descuidadas han resultado miles de muertes, pero la AMA proporciona un espacio publicitario ilimitado a los antibióticos sin tentativa alguna de rectificación. Desde luego, la pu­blicidad irresponsable está relacionada con el hecho de que la publicidad de los antibióticos —después de la de los sedantes y tranquilizantes— es la principal fuente de ingresos de la Asociación de Médicos Norteamericanos.

La publicidad farmacéutica está diseñada específicamente para in­ducir a los médicos a recetar una cantidad cada vez mayor de fár­macos. De ahí que estos medicamentos se describan como la solución ideal a una gran variedad de problemas cotidianos. Las situaciones angustiosas de la vida engendradas por causas físicas, psicológicas o sociales se presentan como enfermedades curables con un trata­miento a base de fármacos. Así pues, los tranquilizantes se anuncian como un remedio para «la depresión ambiental» o para situaciones incómodas, y otros se describen como el medio adecuado para «apaciguar» a los enfermos de una cierta edad o a los niños desobedientes. El tono de algunos anuncios, que están dirigidos a los médicos, cau­saría horror a un lego, especialmente cuando se refiere a las mujeres23. Las mujeres sufren desproporcionadamente del trata­miento a base de fármacos; son ellas quienes toman más del 60 por ciento de las drogas recetadas y más del 70 por ciento de todos los fármacos antidepresivos. Usando un lenguaje descaradamente ma­chista, muchos anuncios les aconsejan a los médicos cómo sacarse de encima a sus pacientes de sexo femenino: recetándoles tranqui­lizantes a las que se quejan de vagos malestares y fármacos a las que están descontentas con su papel en la sociedad.

La influencia de la industria farmacéutica en la atención médica se extiende mucho más allá de la publicidad en las revistas. En los Es­tados Unidos, el Physician's Desk Reference es el libro de consulta sobre fármacos más difundido y lo usan regularmente más del 75 por ciento de los médicos. Contiene una lista de todos los fármacos dis­ponibles en el mercado, con sus usos, las dosis recomendadas y sus efectos secundarios. No obstante, esta obra clásica es poco más que un anuncio publicitario directo, pues su contenido es preparado y pagado por las industrias farmacéuticas y se distribuye gratis a todos los médicos del país. La información recibida por la mayoría de los médicos no viene de los estudios realizados por farmacólogos in­dependientes y objetivos, sino casi exclusivamente de los fabricantes de fármacos, que saben explotar perfectamente las posibilidades de los medios de comunicación. Podemos medir la fuerza de esta in­fluencia si advertimos lo poco que los médicos usan los términos técnicos exactos cuando se refieren a ciertos fármacos; en cambio, suelen usar los nombres comerciales inventados por las empresas far­macéuticas, fomentando ulteriormente las ventas de estos productos.

El cuerpo de representantes de la industria farmacéutica es aún más influyente que sus anuncios en los libros de consulta y en las revistas. Con objeto de vender sus productos, estos representantes «al por menor» saturan a los médicos con su verbo fácil y además les regalan carteras llenas de muestras farmacéuticas y de todas las estratagemas de promoción imaginables. Muchas compañías ofrecen premios, re­galos y primas a los médicos en proporción a las cantidades de fár­macos recetados: grabadoras, calculadoras de bolsillo, lavadoras, ne­veras y televisores portátiles24. Otras ofrecen «seminarios educati­vos» de una semana en las Bahamas con todos los gastos pagados. Se calcula que las empresas farmacéuticas gastan colectivamente unos 4.000 dólares al año por cada médico en sus trucos publicitarios25, lo que equivale a 65 veces más que lo que gastan en investigación y desarrollo.

Resulta interesante señalar que la industria farmacéutica influye en la práctica de la medicina de igual manera que la industria petro­química influye en la agricultura y la ganadería. Los agricultores, como los médicos, se ocupan de organismos vivientes que sufren graves daños a causa del enfoque mecanicista y reduccionista que caracteriza a nuestra ciencia y a nuestra tecnología. Como el orga­nismo humano, la tierra es un sistema viviente que ha de conservar un equilibrio dinámico para tener salud. Si se perturba este equilibrio surge un crecimiento patológico de ciertos componentes —bacterias o células cancerosas en el cuerpo humano, malas hierbas e insectos dañinos en los campos: entonces se desarrolla una enfermedad y, a la larga, todo el organismo podría morir y convertirse en materia orgánica. Estas consecuencias se han vuelto el principal problema de la agricultura moderna debido a los métodos de cultivo fomentados por las empresas petroquímicas. De igual manera que la industria farmacéutica ha condicionado a médicos y enfermos para que crean que el cuerpo humano necesita una continua supervisión médica y un continuo tratamiento con fármacos para mantenerse sano, también la industria química les ha hecho creer a los agricultores que la tierra necesita infusiones masivas de productos químicos, supervi­sadas por científicos y técnicos expertos en agricultura, para seguir produciendo. En ambos casos, estas prácticas han trastornado seria­mente el equilibrio natural del sistema viviente generando gran cantidad de enfermedades. Además, los dos sistemas están directamente ligados, pues cualquier desequilibrio de la tierra afectará a los cul­tivos que se producen en ella y a la salud de las personas que comen estos alimentos.

Una tierra fértil es una tierra viva que contiene miles de millones de organismos vivientes en cada centímetro cúbico; es un ecosistema complejo en el que las substancias esenciales para la vida pasan cí­clicamente de las plantas a los animales, luego a las bacterias de la tierra, y finalmente de nuevo a las plantas26. El carbono y el nitró­geno son dos elementos químicos básicos que pasan por estos ciclos ecológicos, como también lo hacen muchas otras sustancias nutri­tivas químicas y minerales. La energía solar es el combustible natural que mantiene en movimiento los ciclos de la tierra y se necesitan organismos vivientes de todos los tamaños para sostener el sistema y mantenerlo en equilibrio. Así pues, las bacterias llevan a cabo dis­tintas transformaciones químicas, como el proceso de la fijación del nitrógeno, que facilita el acceso de las plantas a las substancias nu­tritivas; las malas hierbas profundamente arraigadas traen oligomi­nerales a la superficie de la tierra, donde pueden ser utilizados por las plantas cultivadas; las lombrices desmenuzan la tierra y aflojan su compacidad, y todas estas actividades son interdependientes y se combinan armónicamente para proporcionar la nutrición que sus­tenta toda la vida del planeta.

Para preservar la integridad de los grandes ciclos ecológicos, la naturaleza básica de la tierra requiere, ante todo, de la agricultura. Este principio estaba expresado en los métodos de agricultura tra­dicionales, que se basaban en un profundo respeto por la vida. Los agricultores cultivaban diferentes plantas cada año, siguiendo un mé­todo de rotación que preservaba el equilibrio de la tierra. No se ne­cesitaban pesticidas, pues los insectos que eran atraídos por un cul­tivo desaparecían con el siguiente. En vez de usar fertilizantes quí­micos, los agricultores enriquecían el suelo con estiércol, restitu­yendo así a la tierra la materia orgánica, que entraba nuevamente a formar parte del ciclo biológico.

La antiquísima práctica de la agricultura ecológica cambió drás­ticamente hace unos treinta años, cuando los agricultores sustitu­yeron los productos orgánicos por productos sintéticos que crearon un vasto mercado para las compañías petroleras. Mientras que la in­dustria farmacéutica manipulaba a los médicos induciéndoles a re­cetar cada vez más medicamentos, las empresas petroleras manipu­laban a los agricultores para que usaran cada vez más productos quí­micos. Tanto la industria farmacéutica como la industria petroquí­mica se convirtieron en negocios de miles de millones de dólares. En el caso de los agricultores, la consecuencia inmediata de los nuevos métodos de cultivo fue un mejoramiento espectacular de la produc­ción agropecuaria: la nueva era de la agricultura química fue acla­mada como la «Revolución Verde». Pero muy pronto, la cara oculta de la nueva tecnología se hizo evidente, y hoy está clarísimo que la Revolución Verde no ha beneficiado ni a los agricultores, ni a la tie­rra, ni a los millones de personas que se mueren de hambre. Las únicas que le sacaron algún provecho fueron las industrias petro­químicas.

El uso masivo de pesticidas y de fertilizantes químicos ha cam­biado toda la estructura de la agricultura y de la ganadería. La in­dustria convenció a los agricultores de que podían hacer dinero plan­tando grandes extensiones de terreno con un solo cultivo altamente rentable y controlando las malas hierbas y los insectos dañinos con productos químicos. El resultado de estas prácticas de monocultivo fue una inmensa pérdida de la variedad genética en los campos y, consiguientemente, un alto riesgo de que enormes extensiones de te­rreno fueran destruidas por un solo insecto. Los monocultivos afec­taron también la salud de las personas que vivían en las zonas agrí­colas, que ya no pudieron obtener una dieta equilibrada de los ali­mentos cultivados en su zona y, por tanto, se volvieron más pro­pensos a contraer enfermedades.

Con las nuevas substancias químicas, la agricultura se hizo más mecanizada y más dependiente de un gran uso de energía: las sega­doras, las alimentadoras y las regadoras, automatizadas, reempla­zaron la mano de obra, realizando trabajos que antes habían hecho millones de personas. Las nociones parciales de rendimiento ayu­daron a ocultar los inconvenientes de estos métodos agrícolas basados en una gran utilización de capital, pues los agricultores que­daron seducidos por los milagros de la tecnología moderna. Todavía en 1970 un artículo publicado en la revista National Geographic pre­sentaba esta entusiasta y totalmente ingenua visión de lo que sería la agricultura en el futuro:



Los campos serán más grandes, con menos árboles, setos y caminos. Las máquinas serán más grandes y más potentes... Serán automáticas o incluso estarán controladas por radio, con un televisor o circuito cerrado que permitirá a un operador sentado en el porche de su casa saber lo que pasa... El control climatológico podrá llegar a dominar los peligros del granizo y de los tornados. La energía atómica podrá utilizarse para nivelar las colinas o para obtener agua de irrigación del agua de mar27.

La realidad, desde luego, era mucho menos prometedora. Mien­tras los agricultores norteamericanos lograban triplicar sus cosechas de maíz por acre y, al mismo tiempo, reducir la mano de obra en dos tercios, la cantidad de energía utilizada para producir un acre de maíz aumentó cuatro veces. El nuevo estilo de agricultura benefi­ciaba a los grandes agricultores reunidos en sociedades anónimas que disponían de capital, y obligó a la mayoría de los agricultores in­dependientes que no podían darse el lujo de mecanizar su trabajo a abandonar sus tierras. De este modo se han eliminado más de tres millones de granjas norteamericanas desde 1945, y una gran cantidad de personas se han visto obligadas a dejar las zonas agrícolas y unirse a las masas de los parados urbanos como víctimas de la Revolución Verde28.

Los agricultores que lograron quedarse en el campo tuvieron que aceptar una profunda transformación de su imagen, su papel y sus actividades. De cultivadores de alimentos comestibles, orgullosos de alimentar a los habitantes del mundo, pasaron a ser productores de materias primas para la industria que luego las transforma en bienes destinados al consumo de masas. Así pues, el maíz se convierte en fécula o en almíbar; la soja se transforma en aceite, en comida para animales domésticos o en concentrados de proteína; la harina de trigo se convierte en masa congelada o mezclas en paquete. Para el consumidor, la relación de estos productos con el campo ha desa­parecido casi del todo, y no puede sorprender que muchos niños de hoy estén convencidos de que la comida viene de las repisas del su­permercado.

Toda la agricultura se ha convertido en una enorme industria en la que las decisiones esenciales son tomadas por «agrocientíficos» que luego las pasan a los «agroempresarios» o a los «técnicos en agri­cultura» —anteriormente simples agricultores— a través de una ca­dena de agentes y vendedores. Por eso los agricultores han perdido gran parte de su libertad y de su capacidad creadora y se han con­vertido, de hecho, en consumidores de las técnicas de producción. Estas técnicas no se basan en consideraciones ecológicas, sino que son determinadas por las exigencias del mercado. Los agricultores ya no pueden plantar y criar lo que la tierra indica, ni lo que las personas necesitan: tienen que cultivar y criar lo que dicta el mer­cado.

En este sistema industrializado que trata a la materia viva como una substancia muerta y usa a los animales como máquinas, ence­rrados en corrales y jaulas, el proceso agropecuario está práctica­mente controlado por la industria petroquímica. Los agricultores ob­tienen casi toda su información sobre las técnicas agropecuarias de los representantes de la industria, igual que la mayoría de los médicos obtienen su información sobre los fármacos de los vendedores «al por menor» de la industria farmacéutica. La información sobre la agricultura química no tiene prácticamente ninguna relación con las necesidades reales de la tierra. En palabras de Barry Commoner:

«Uno podría llegar incluso a sentir admiración por el espíritu de ini­ciativa y por la habilidad de los vendedores de la industria petro­química. En cierto modo han logrado convencer al agricultor para que renuncie a la energía solar gratuita que impulsa los ciclos eco­lógicos y compre, en cambio, la energía necesaria —en forma de fer­tilizantes y de combustible— a la industria petroquímica»29.

A pesar de este adoctrinamiento masivo por parte de las empresas energéticas, muchos agricultores han conservado su intuición eco­lógica, transmitida de generación en generación. Estos hombres y mujeres saben que los productos químicos perjudican la tierra, pero muchas veces no tienen más remedio que usarlos, pues toda la eco­nomía agrícola —la estructura fiscal, el sistema de créditos, la venta de parcelas y así sucesivamente— se ha programado de manera tal que no les deje otra opción. Para citar una vez más a Commoner: «Las grandes empresas han convertido las zonas rurales de los Es­tados Unidos en una colonia»30.

Pese a ello, los agricultores son cada vez más conscientes del pe­ligro que supone la agricultura química y están regresando a los mé­todos orgánicos y ecológicos. En el ámbito agrícola hay un movi­miento de vuelta a los valores tradicionales semejante al movimiento a favor de la medicina popular en el campo de la salud. Los nuevos agricultores «orgánicos» cultivan sus plantas sin usar fertilizantes sintéticos, alternándolos cuidadosamente y controlando los insectos dañinos con nuevos métodos ecológicos. Los resultados obtenidos son muy interesantes. Sus alimentos son más sanos y saben mejor, y sus actividades han demostrado ser más rentables que las de las granjas convencionales31. La nueva agricultura orgánica ha desper­tado recientemente gran interés en los Estados Unidos y en varios países europeos.


Se ha comprobado que los efectos a largo plazo de una «quimio­terapia» excesiva en agricultura han sido desastrosos para la salud de la tierra y la de las personas, y también para nuestras relaciones so­ciales y para todo el ecosistema del planeta. Año tras año se plantan y se fertilizan sintéticamente los mismos cultivos y, a consecuencia de ello, el equilibrio de la tierra se encuentra trastornado. La can­tidad de materia orgánica disminuye y con ella la capacidad de la tierra para retener la humedad. Estos cambios en la composición del terreno comportan una gran cantidad de consecuencias que están re­lacionadas entre sí. El agotamiento de la materia orgánica hace que la tierra quede muerta y árida: el agua fluye a través de ella pero no la humedece. El terreno se vuelve duro y compacto, y los agricul­tores se ven obligados a usar máquinas más potentes. Por otra parte, la tierra muerta se vuelve menos resistente a la erosión del viento y el agua, que causa cada vez más pérdidas. En los últimos veinticinco años, por ejemplo, la erosión ha hecho desaparecer la mitad del man­tillo del estado de Iowa, y en 1976 dos tercios de los condados agrí­colas norteamericanos fueron declarados zona catastrófica a conse­cuencia de la sequía. Los fenómenos conocidos por el nombre de «sequía», «erosión por obra del viento» o «daños debidos al frío» son en realidad consecuencias de una tierra estéril.

El uso masivo de fertilizantes químicos ha afectado seriamente el proceso natural de la fijación del nitrógeno, dañando a las bacterias que desempeñan un papel en este proceso. A consecuencia de ello, los cultivos están perdiendo la capacidad de absorber substancias nu­tritivas y se están volviendo cada vez más dependientes de los pro­ductos químicos sintéticos. Al reducirse de esta manera la eficacia en la absorción de substancias nutritivas, los cultivos tampoco absorben todas las substancias químicas: éstas se lixivian en el agua subterránea o se desaguan de los campos a los ríos y lagos.

El desequilibrio ecológico causado por el monocultivo y por el uso excesivo de fertilizantes químicos tiene como resultado inevi­table un enorme incremento de los insectos y de las enfermedades que atacan a los cultivos. Los agricultores tratan de solucionar este problema pulverizando dosis cada vez mayores de pesticidas, com­batiendo los efectos negativos del uso excesivo de productos quí­micos con otras substancias aún más dañinas. Con frecuencia, los pesticidas no logran destruir las plagas, pues éstas tienden a desa­rrollar una resistencia a las substancias químicas. Después de la Se­gunda Guerra Mundial, época en que comenzó el uso masivo de los pesticidas, las pérdidas agrícolas causadas por los insectos no han disminuido; por el contrario, casi se han duplicado. Además, muchas plantas son hoy atacadas por nuevos insectos que nunca habían sido considerados dañinos, y estos nuevos parásitos se vuelven cada vez más resistentes a todos los insecticidas32.

Desde 1945 el uso de fertilizantes químicos en las granjas norteamericanas se ha multiplicado por seis y el uso de los pesticidas se ha hecho doce veces mayor. Al mismo tiempo, el aumento de la mecanización y el aumento de las distancias por las que estos productos se transportan han contribuido ulteriormente a la dependencia de la agricultura moderna respecto de la energía. Como resultado de ello en la actualidad el 60 por ciento de los costes de los alimentos son costes de petróleo. El agricultor Wes Jackson resumió la situación en las siguientes palabras: «Literalmente hemos desplazado la base de nuestra agricultura del terreno al petróleo (from soil to oil)»33. Cuando la energía era barata, a la industria petroquímica le resultaba fácil convencer a los agricultores de que pasaran de una industria orgánica a una química, pero cuando el precio del petróleo comenzó a aumentar constantemente, muchos agricultores se dieron cuenta de que ya no podían comprar los productos químicos de los que hoy dependen. Con cada nuevo desarrollo de la tecnología agrícola tam­bién aumentaban las deudas de los agricultores. Ya en los años se­tenta un banquero de Iowa comentó con mucha franqueza: «A veces me pregunto si el agricultor medio logrará algún día pagar todas sus deudas »34.

Si la Revolución Verde ha tenido consecuencias desastrosas para el bienestar de los granjeros y para la salud de la tierra, los riesgos para la salud humana no han sido menos graves. El uso excesivo de fertilizantes y pesticidas ha hecho que grandes cantidades de subs­tancias químicas tóxicas se infiltren en el suelo, contaminando la capa freática y apareciendo en los alimentos. Posiblemente la mitad de los pesticidas del mercado están mezclados con destilados de petróleo que podrían destruir el sistema inmunizador natural del cuerpo. Otros contienen substancias que están relacionadas específicamente con el cáncer35. Pese a ello, los alarmantes resultados no han afectado prácticamente las ventas y el uso de fertilizantes y pesticidas. Varios de los productos químicos más peligrosos han sido prohibidos en los Estados Unidos, pero las empresas petroquímicas siguen vendién­dolos en los países del Tercer Mundo donde la legislación es menos severa, de igual manera que las compañías farmacéuticas venden los fármacos más peligrosos. En el caso de los pesticidas todas las po­blaciones se hallan directamente afectadas por esta práctica inmoral, pues las substancias tóxicas regresan a los países industrializados en las frutas y verduras importadas de los países del Tercer Mundo36.

Una de las principales justificaciones de la Revolución Verde ar­guye que la nueva tecnología agrícola es necesaria para alimentar a los hambrientos del mundo. En una época de escasez, o por lo menos eso se alega, el problema del hambre sólo puede resolverse con el incremento de la producción, y las empresas agrícolas a gran escala son las únicas que tienen la capacidad de producir más alimento. Este razonamiento se sigue usando, a pesar de que minuciosas investi­gaciones han evidenciado que el problema del hambre en el mundo no es en absoluto un problema técnico, sino un problema político y social. Uno de los análisis más lúcidos de la relación entre las em­presas agrícolas y el hambre en el mundo se puede hallar en la obra de Frances Moore Lappé y Joseph Collins37, fundadores del Insti­tuto para la Alimentación y el Desarrollo con sede en San Francisco. Después de estudiar detalladamente el problema, estos autores lle­garon a la conclusión de que la escasez de comida es un mito y de que las empresas agrícolas no resuelven el problema del hambre, sino que, por el contrario, lo perpetúan e incluso lo agravan. Moore Lappé y Collins han señalado que el problema central no es cómo aumentar la producción, sino qué se ha de cultivar y quién ha de comerlo, y que las respuestas son determinadas por los que controlan los recursos para la producción de alimentos. Limitarse a introducir nuevas tecnologías en un sistema corrompido por las desigualdades sociales nunca resolverá el problema del hambre; por el contrario, lo empeorará. De hecho, estudios realizados sobre el impacto de la Revolución Verde en el hambre de los países tercermundistas han confirmado repetidamente el mismo trágico y paradójico resultado. A pesar de que se produce más comida, cada vez hay más personas con hambre. Como escriben Moore Lappé y Collins: «En el Tercer Mundo, en general, hay más comida y menos para comer.»

Las investigaciones dirigidas por Moore Lappé y por Collins han demostrado que no hay ningún país del mundo en el que los habi­tantes no se puedan alimentar de sus propios recursos, y que la can­tidad de comida producida actualmente en el mundo es suficiente para proporcionar una dieta adecuada a ocho mil millones de per­sonas, más del doble de la población mundial actual. La escasez de terrenos de cultivo tampoco se puede considerar causa del hambre. Por ejemplo, el número de personas por acre cultivado en China es el doble que el de la India, y sin embargo en la China no hay hambre a gran escala. La desigualdad es el principal obstáculo que se alza ante las actuales tentativas de luchar contra el hambre en el mundo. La «modernización agrícola» —una agricultura mecanizada a gran escala— resulta muy rentable para una pequeña elite, los nue­vos «granjeros» empresariales, y hace que millones de personas aban­donen el campo. Así pues, un número cada vez menor de personas está tomando el control de una cantidad cada vez mayor de terrenos agrícolas, y estos terratenientes, una vez establecidos, ya no cultivan las plantas destinadas a satisfacer las necesidades locales, sino que se dedican a cultivos más rentables para la exportación, dejando que las poblaciones locales se mueran de hambre. Ejemplos de esta inco­rrecta manera de proceder abundan en todos los países del Tercer Mundo. En América Central, al menos la mitad de los terrenos agrí­colas —y precisamente las tierras más fértiles— se usan para cultivos destinados a la exportación, mientras un 70 por ciento de los niños centroamericanos sufren de desnutrición. En los mejores terrenos del Senegal crecen verduras que se exportan a Europa, mientras la ma­yoría de la población rural del país padece hambre. Las tierras me­xicanas más ricas y fértiles, que antes producían una docena de ali­mentos locales, se usan hoy para cultivar espárragos destinados a la mesa de los gourmets europeos. Otros terratenientes mexicanos han comenzado a cultivar uva para la producción de coñac, mientras que, en Colombia, los empresarios renuncian a la producción de trigo para cultivar claveles que luego exportan a los Estados Unidos.

El hambre en el mundo sólo podrá vencerse transformando las relaciones sociales de tal manera que la desigualdad se reduzca a todo nivel. El problema central no es la redistribución de la comida, sino la redistribución del control sobre los recursos agrícolas. Sólo cuando este control se haya democratizado, los hambrientos podrán comer lo que se produce. Muchos países han demostrado que esta suerte de cambios sociales puede tener éxito. De hecho, el 40 por ciento de la población del Tercer Mundo vive hoy en países donde el hambre ha sido eliminado a través de un esfuerzo hecho en común. Estos países no usan la agricultura como un medio para obtener di­visas, sino para alimentarse a sí mismos en primer lugar. Esta polí­tica, que da prioridad a los alimentos, requiere, como han señalado Moore Lappé y Collins, que las plantas destinadas a la industria se cultiven sólo después de que se hayan satisfecho las necesidades bá­sicas de la población, y que el comercio se vea como una extensión de las necesidades internas y no como algo estrictamente determi­nado por la demanda externa.

Al mismo tiempo, los que vivimos en países industrializados ten­dremos que darnos cuenta de que la seguridad de nuestro abasteci­miento de alimentos no está amenazada por las masas hambrientas del Tercer Mundo, sino por las empresas alimentarias y agrícolas que perpetúan esta situación de hambre masiva. Las multinacionales de la alimentación están creando hoy un único sistema agrícola mundial que les permita controlar todas las fases de producción de alimentos y manipular tanto la oferta como el precio de la comida a través de un monopolio bien establecido. Este proceso está hoy bastante en­caminado. En los Estados Unidos, casi el 90 por ciento de la producción de verduras está controlada por las principales empresas de transformación y muchos agricultores no tienen más remedio que trabajar para ellas o cesar en sus actividades.

El control de la producción alimentaria por parte de las grandes empresas a nivel mundial haría imposible para siempre eliminar el hambre. De hecho, se crearía un Gran Supermercado Mundial en el que los pobres del mundo competirían directamente con los ricos y por ello nunca lograrían recibir la alimentación adecuada. Este efecto se puede observar hoy en muchos países del Tercer Mundo, donde las personas pasan hambre pese a que en el lugar donde viven se cultivan plantas alimenticias en abundancia. Incluso puede suceder que el mismo gobierno del país subsidie la producción y que la po­blación del país sea quien la cultive y la coseche y, a pesar de ello, nunca llegue a comerla al no poder pagar el precio impuesto por la competencia internacional.

En sus continuos esfuerzos por extenderse y aumentar sus ganan­cias, las empresas agrícolas no sólo perpetúan el hambre en el mundo, sino que también tratan con extrema incuria el medio ambiente, creando graves amenazas para el ecosistema mundial. Por ejemplo, gigantescas empresas multinacionales como la Goodyear, la Volkswagen y la Nestlé aplanan hoy con excavadoras millones de hectáreas de la cuenca del río Amazonas en el Brasil para criar ganado destinado a la exportación. Las consecuencias ambientales de talar una zona tan vasta de la selva tropical serán probablemente desas­trosas. Los ecologistas advierten que la acción de las torrenciales llu­vias tropicales y del sol ecuatorial podría desencadenar una reacción en cadena capaz de alterar de manera significativa el clima en todo el mundo.

Así pues, las empresas agrícolas destruyen los terrenos de los quo defiende nuestra existencia, perpetúan la injusticia social y el hambre en el mundo, y amenazan gravemente el equilibrio ecológico mundial. Una empresa destinada en su origen a la producción de alimentos para sustentar la vida se ha convertido en una de las peores amenazas para la salud individual, social y ecológica.

Cuanto más estudiamos los problemas sociales de nuestra época más nos damos cuenta de que la visión mecanicista del mundo y el sistema de valores relacionado con ella han generado unas tecnologías, unas instituciones y unos modos de vida que son profundamente perjudiciales para la salud. Muchos de los riesgos que amenazan nuestra salud se ven agravados por el hecho de que nuestro sistema de asistencia sanitaria parece incapaz de enfrentarse a ello adecuadamente debido a su adhesión al mismo paradigma que perpetúa las causas de la enfermedad. La asistencia sanitaria actual se reduce a una asistencia médica dentro de la estructura biomédica esto es, a una serie de curas basadas en una medicina orientada hacia la recuperación en hospitales y hacia el uso masivo de fármacos. La asistencia sanitaria y la prevención de enfermedades se perciben como dos problemas diferentes y, por ello, los profesionales de la salud no suelen apoyar activamente las medidas ambientales y sociales relacionadas directamente con la salud pública.

Las deficiencias de nuestro actual sistema de asistencia sanitaria son resultado de la sutil interacción de dos tendencias que hemos examinado detalladamente en los capítulos precedentes. La primer es la adhesión a la limitada estructura biomédica, que niega sistemáticamente la importancia de los aspectos no biológicos en la comprensión de la enfermedad. La segunda, no menos importante, es la búsqueda del crecimiento económico e institucional y del poder po­lítico por parte de la industria sanitaria, que ha invertido enormes sumas de dinero en unas tecnologías surgidas de una concepción re­duccionista de la enfermedad. El sistema norteamericano de asisten­cia sanitaria consiste en una gran aglomeración de poderosas insti­tuciones motivadas por el crecimiento económico, que carecen de cualquier incentivo efectivo para mantener bajos los costos de la asis­tencia sanitaria38. El sistema está dominado por las mismas fuerzas económicas y empresariales que han plasmado los otros sectores de la economía, fuerzas que no están interesadas primordialmente en la salud pública pero controlan prácticamente todas las facetas de la asistencia sanitaria: la estructura de los seguros contra enfermedad, la administración de los hospitales, la producción y venta de fár­macos, la orientación de las investigaciones y de la instrucción mé­dica, el reconocimiento de los títulos profesionales y la concesión de permisos a los terapeutas no médicos. El predominio de los valores impuestos por las grandes empresas a este sistema resulta evidente en las actuales discusiones sobre los seguros nacionales contra la en­fermedad, en los que nunca se ponen en duda los modelos básicos de poder. Esta es la razón por la que ninguno de los esquemas que hoy se discuten tiene probabilidades de satisfacer las necesidades sa­nitarias de los ciudadanos estadounidenses. Como se puede leer en un estudio sobre la asistencia sanitaria en los Estados Unidos: «Igual que las asignaciones federales para la defensa subsidian el complejo militar-industrial, así también los seguros nacionales contra la en­fermedad financiarán el complejo médico-industrial»39

El objetivo de la industria sanitaria ha sido convertir la asistencia sanitaria en un lujo que pueda venderse a los consumidores según las leyes de la economía del «mercado libre». Para conseguirlo, el sistema de «prestación de la asistencia sanitaria» se ha estructurado y organizado imitando las grandes industrias de producción. En vez de fomentar las curas sanitarias en pequeños centros de salud co­munitarios, donde la asistencia puede ser adaptada a las necesidades individuales y practicada insistiendo particularmente en la preven­ción y en la educación sanitaria, el sistema actual favorece un enfoque altamente centralizado que implica un uso intensivo de la tecnología, que resulta rentable para la industria pero caro y perjudicial para los pacientes.

La actual «camarilla de la salud» ha realizado grandes inversiones en el status quo y se opone enérgicamente a toda revisión funda­mental de la asistencia sanitaria. Controlando eficazmente la ins­trucción, la investigación y la práctica de la medicina, la industria sanitaria trata de suprimir todas las iniciativas que tiendan al cambio y de hacer que el enfoque actual sea rentable intelectual y econó­micamente para la elite médica que dirige las prácticas de la asistencia sanitaria. Sin embargo, los problemas creados por el incremento de los costos sanitarios, por la disminución de ganancias de la asistencia médica y por la creciente evidencia de que los factores ambientales, laborales y sociales son la causa principal de la mala salud obligarán inevitablemente al cambio. De hecho, este cambio ha comenzado ya, y está adquiriendo cada vez más fuerza. El movimiento para la salud holística desarrolla su actividad tanto dentro como fuera del sistema médico, y está apoyado e integrado por otros movimientos popu­lares —los grupos a favor de la protección del medio ambiente, las organizaciones antinucleares, los grupos de consumidores, los mo­vimientos por la liberación social que se han dado cuenta de las in­fluencias ambientales y sociales en la salud y que se oponen y tratan de prevenir los peligros para la salud a través de la acción política. Todos estos movimientos aceptan una visión holística y ecológica de la vida y rechazan el sistema de valores que domina nuestra cultura, perpetuado por nuestras instituciones sociales y políticas. La nueva cultura comparte una visión de la realidad que hoy se está discu­tiendo y estudiando y que a la larga se impondrá como un nuevo paradigma, destinado a eclipsar la visión cartesiana que nuestra so­ciedad tiene del mundo.

En los siguientes capítulos intentaré trazar las líneas generales de una estructura conceptual coherente basada en la nueva visión de la realidad. Espero que esto ayude a los diferentes movimientos de la nueva cultura a darse cuenta de las bases que tienen en común. Este nuevo sistema conceptual será profundamente ecológico, compatible con los conceptos de muchas culturas tradicionales y coherentes con los conceptos y teorías de la física moderna. Como físico, observo con placer que la visión del mundo de la física moderna no sólo está teniendo un fuerte impacto en las demás ciencias, sino que también tiene la posibilidad de ser terapéutica y culturalmente unificadora.



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