Editorial & Estaciones



Descargar 1.37 Mb.
Página5/15
Fecha de conversión28.01.2018
Tamaño1.37 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15

LA VISION MECANICISTA

DE LA VIDA
En el siglo XX, mientras se formulaban los conceptos de la nueva física, la visión mecanicista cartesiana y los principios newtonianos seguían manteniendo su influencia en el pensamiento científico de Occidente. Aún hoy muchos científicos siguen aferrándose al, pa­radigma mecanicista, a pesar de que los mismos físicos ya han lo­grado superarlo.

Sin embargo, la nueva concepción del universo surgida de la física moderna no significa que la física newtoniana esté equivocada o que la teoría de la relatividad y la cuántica sean correctas. La ciencia mo­derna se ha percatado de que todas las teorías científicas son meras aproximaciones a la verdadera naturaleza de la realidad y ha descu­bierto que cada teoría es válida para una descripción, satisfactoria dé la naturaleza y se ve obligada a encontrar nuevas teorías para reem­plazar la antigua o, más bien, ampliarla, mejorando la aproximación. Así pues, los científicos construyen teorías limitadas y aproximati­vas, llamadas «modelos», cada vez más exactas, pero incapaces de suministrar una descripción completa y definitiva de los fenómenos naturales. Louis Pasteur lo describió magníficamente con esta frase: “La ciencia avanza a través de respuestas vacilantes hacia una serie de preguntas cada vez más sutiles que van penetrando gradualmente en la esencia de los fenómenos naturales”1.

La pregunta, entonces, será: ¿Hasta qué punto el modelo new­toniano puede servir de base para las distintas ciencias y dónde se hallan los límites de la visión cartesiana en esos campos? Los físicos tuvieron que abandonar el paradigma mecanicista al llegar al nivel microscópico (física atómica y subatómica) y macroscópico (astro­física y cosmología). En otros campos existen diversos tipos de li­mitaciones, que no están necesariamente ligadas a la magnitud de los fenómenos que hay que describir. Lo que nos interesa no es tanto la aplicación de la física newtoniana a otros fenómenos, sino la apli­cación de la visión mecanicista en la que se basa la teoría de Newton. Cada ciencia tendrá que encontrar las limitaciones que esta visión del mundo tiene en su contexto.

Para los biólogos, la estructura conceptual dominante sigue siendo la visión cartesiana que concibe los organismos vivientes como má­quinas constituidas de diferentes partes. A pesar de que la biología cartesiana, simple y mecanicista, no podía llegar muy lejos y que hubo de ser modificada considerablemente durante los trescientos años que siguieron a su formulación, la idea de que todos los as­pectos de un organismo podían entenderse reduciéndolos a sus cons­tituyentes más pequeños y estudiando los mecanismos de interacción de éstos sigue hallándose en la base misma de la mayoría de los con­ceptos biológicos actuales. Este pasaje, tomado de un libro de texto actual sobre biología moderna, ilustra claramente el credo reduccio­nista: «Una prueba de fuego que permite saber si en verdad hemos entendido un objeto es la capacidad de reconstruirlo a partir de sus partes constitutivas. A la larga, los biólogos moleculares tratarán de someter sus ideas sobre la estructura y la función celular a esta suerte de prueba, en una tentativa por sintetizar una célula2.

El enfoque reduccionista ha cosechado grandes éxitos en el campo de la biología, culminando con el descubrimiento de la naturaleza química de los genes y de las unidades básicas de la herencia y de­sentrañando el código genético. Por otra parte, también ha tenido una serie de graves limitaciones. Según el eminente biólogo Paul Weiss:

Podemos afirmar definitivamente... basándonos en investigaciones estrictamente empíricas, que por el mero hecho de reunir una vez más, sea en la realidad o en nuestra imaginación, las partes del uni­verso que hemos disecado en nuestro análisis anterior, no lograremos explicar completamente ni siquiera el comportamiento del sistema vi­viente más elemental3.

Esto resulta muy difícil de admitir para la mayoría de los biólogos contemporáneos. Entusiasmados por los triunfos del método reduc­cionista, especialmente los avances recientes en el campo de la in­geniería genética, los biólogos tienden a creer que es el único enfoque válido y han organizado sus investigaciones de acuerdo con él. Los estudiantes no tienen ningún incentivo para desarrollar conceptos in­tegradores y los centros de investigación utilizan sus fondos casi ex­clusivamente para resolver problemas formulados dentro de la es­tructura cartesiana. Se piensa que no vale la pena investigar cientí­ficamente cualquier fenómeno que no pueda explicarse en términos reduccionistas. Por consiguiente, los biólogos han ideado unas téc­nicas muy curiosas para tratar los organismos vivientes. Como ha hecho notar el distinguido biólogo y ecólogo René Dubos, los bió­logos suelen sentirse más tranquilos cuando el organismo que están estudiando ya no vive4.

No es fácil determinar las limitaciones exactas del enfoque carte­siano en el estudio de los organismos vivientes. La mayoría de los biólogos, al ser fervientes reduccionistas, ni siquiera están interesa­dos en discutir el problema. Ha requerido mucho tiempo y consi­derable esfuerzo por mi parte el descubrir dónde se derrumba el mo­delo cartesiano5. Los problemas que los biólogos actuales no pueden resolver, aparentemente debido a su enfoque parcial y fragmentario, parecen estar relacionados con el funcionamiento de los sistemas vi­vientes como unidades y con las interacciones que éstos tienen con el entorno. Por ejemplo, la actividad integradora del sistema ner­vioso sigue siendo un profundo misterio. A pesar de que los neu­rocientíficos han podido esclarecer muchos aspectos del funciona­miento del cerebro, aún no han logrado entender la interacción de las neuronas* —cómo se integran en el funcionamiento de todo el sistema. De hecho, casi nunca se formula una pregunta de este tipo. Los biólogos se ocupan en disecar el cuerpo humano hasta reducirlo a sus componentes más diminutos y, por consiguiente, han reunido una cantidad impresionante de conocimientos sobre los mecanismos celulares y moleculares del cuerpo, pero todavía no saben cómo res­piramos, cómo regulamos la temperatura de nuestro cuerpo o por qué dirigimos nuestra atención a un objeto y no a otro. Los biólogos conocen algunos de los circuitos nerviosos, pero aún les queda por entender la mayoría de las acciones integradoras. Lo mismo puede decirse de la curación de heridas, de la naturaleza y vías del dolor, que siguen estando en gran medida envueltas en misterio.

Un caso extremo de actividad integradora que ha fascinado a los científicos de todas las épocas, pero que, hasta hoy, sigue siendo prácticamente inexplicable es el fenómeno de la embriogenia —el proceso que conduce a la formación y desarrollo de un embrión— que abarca una serie ordenada de procesos, a través de los cuales las células se especializan formando los diferentes órganos y tejidos del cuerpo adulto. La interacción de cada célula con su entorno es un; punto crucial de estos procesos y el fenómeno es un resultado de la actividad coordinadora e integradora de todo el organismo —un proceso demasiado complejo para prestarse a un análisis reduccionista. Por este motivo, la embriogenia se considera un tema de investiga­ción biológica muy interesante pero en el que se obtienen escasos resultados.

Se puede comprender perfectamente la razón por la cual los biólogos no se preocupan de las limitaciones del enfoque reduccionista. El método cartesiano ha contribuido al espectacular progreso realizado en varios campos y sigue produciendo asombrosos resultados.

Los problemas para los que este enfoque resulta inadecuado suele pasar inadvertidos, cuando no son directamente evitados, aunque por ello se alteren gravemente las dimensiones del campo en su conjunto.

¿Cómo, entonces, se podrá modificar la situación? A mi parecer el cambio vendrá a través de la medicina. Las funciones de un organismo que no se prestan a una descripción reduccionista —todas aquellas que representan las actividades integradoras del organismo y sus interacciones con el entorno— son precisamente las que determinan la salud del organismo. La medicina occidental ha adoptado el sistema reduccionista de la biología moderna, adhiriéndose a la distinción cartesiana y sin tener en cuenta toda la persona del pa­ciente; por consiguiente, los médicos modernos se ven incapacitados para entender, y también para curar, muchas de las principales en­fermedades de hoy. Poco a poco, estos médicos han comenzado a plantearse que muchos de los problemas con los que se enfrenta nuestro sistema sanitario tienen su origen en el modelo reduccionista del organismo humano sobre el que se apoya dicho sistema. Este hecho lo reconocen no sólo los médicos sino también —incluso más— los enfermeros y otros técnicos sanitarios, y también gran parte del público. Actualmente, la sociedad ejerce una presión con­siderable en los médicos para que superen la parcial estructura me­canicista de la medicina contemporánea y desarrollen un criterio más amplio y holístico de la salud.

Ir más allá del modelo cartesiano significaría una revolución im­portante en las ciencias médicas y, puesto que la investigación actual en el campo de la medicina está estrechamente vinculada —tanto en sus conceptos como en su organización— a la investigación bioló­gica, esta revolución necesariamente hará mella en el futuro desarro­llo de la biología. A fin de ver a donde podrá llevarnos este desa­rrollo, resultaría útil revisar la evolución del modelo cartesiano en la historia de la biología. Tal perspectiva histórica demostrará también que la relación entre la biología y la medicina, no es nueva, sino que se remonta a la antigüedad y que ha sido un factor de importancia a lo largo de la historia6.


Los dos médicos más destacados de la antigua Grecia —Hipócra­tes y Galeno— contribuyeron de manera decisiva a los conocimien­tos biológicos de la antigüedad y, durante la Edad Media, se les si­guió considerando la máxima autoridad en el campo de la biología y en el de la medicina. En la época medieval, los árabes se convir­tieron en depositarios de la ciencia occidental y dominaron todas sus disciplinas; los mayores adelantos en el campo de la biología los rea­lizaron médicos árabes, entre ellos Razes, Avicena y Averroes, que eran además destacados filósofos. Los alquimistas árabes de aquella época, cuya ciencia estaba vinculada por tradición a la medicina, fue­ron los primeros en tratar de analizar químicamente la materia viva y, por este motivo, se les considera precursores de los bioquímicos modernos.

El estrecho nexo entre biología y medicina siguió existiendo a lo largo del Renacimiento hasta la era moderna, cuando varios científicos que poseían ciertos conocimientos de medicina realizaron, una y otra vez, adelantos decisivos en el campo de las ciencias biológicas. Linneo, el gran taxonomista del siglo XVIII, no sólo fue un destacado botánico y zoólogo sino también un médico de talla; de he­cho, la botánica se desarrolló a partir del estudio de plantas con po­deres curativos. Pasteur, pese a no ser médico, sentó las bases de la microbiología, ciencia que revolucionaría la medicina. Claude Bernard, creador de la fisiología moderna, era médico; Matthias Schleiden y Theodor Schwann, descubridores de la teoría celular, tenían título de medicina; también Rudolf Virchow, que formuló la teoría celular en su forma actual, era doctor en medicina. Lamarck tuvo cierta experiencia médica y Darwin realizó estudios en este campo, aunque con poco éxito. Estos son algunos ejemplos de la interacción que siempre han existido entre la biología y la medicina y que duran todavía; en la actualidad, un alto porcentaje de los fondos destinados a la investigación biológica provienen de instituciones médicas. Por consiguiente, es muy probable que la medicina y la biología vuelvan a coincidir cuando los investigadores médicos se den cuenta de la necesidad de ir más allá del paradigma cartesiano a fin de comprender mejor los problemas de la salud y de la enfermedad.

Desde el siglo XVIII el modelo cartesiano ha tenido muchos fra­casos y muchos triunfos en el campo de la biología. Descartes ideó una imagen inflexible de los organismos vivos, concibiéndolos como sistemas mecánicos y, en consecuencia, estableció un esquema conceptual rígido que fue utilizado en todas las investigaciones que realizaron desde entonces en el campo de la fisiología. Por otra parte, el filósofo francés dedicó poco tiempo a la observación y a los ex­perimentos fisiológicos y dejó que sus seguidores elaboraran los de­talles de su visión mecanicista de la vida. El primer triunfo en esta dirección fue obra de Giovanni Borelli, un discípulo de Galileo, que logró explicar ciertos aspectos básicos de la acción muscular en términos mecanicistas. Pero el gran adelanto de la fisiología del siglo XVIII no llegó hasta que William Harvey no aplicó el criterio me­canicista a los fenómenos de la circulación sanguínea, resolviendo el más fundamental y el más difícil de los problemas fisiológicos desde los tiempos más remotos. Su tratado Sobre el Movimiento del Co­razón, da una lúcida descripción de todo lo que se podía saber sobre el sistema sanguíneo en términos de anatomía y de hidráulica sin la ayuda de un microscopio. Este tratado representa el punto culmi­nante de la fisiología mecanicista y como tal fue elogiado con gran entusiasmo por el mismo Descartes.

Inspirados en el éxito de Harvey, los fisiólogos de su tiempo tra­taron de aplicar el método mecanicista a la descripción de otras fun­ciones orgánicas, como la digestión y el metabolismo, pero todas sus tentativas resultaron amargos fracasos. Los fenómenos que los fisió­logos intentaban explicar —a menudo con la ayuda de grotescas ana­logías— comportaban una serie de procesos químicos y eléctricos desconocidos en aquella época y que no podían describirse en tér­minos mecánicos. Si bien en el siglo XVII no hubo grandes progre­sos en el campo de la química, sí existió una escuela de pensamiento arraigada en la tradición alquimista, que intentó explicar el funcio­namiento de los organismos vivientes en términos de procesos quí­micos. El creador de esta teoría fue Paracelso de Hohenheim, un pionero de la medicina del siglo XVI y sanador de gran éxito, medio mago, medio científico, y, en conjunto, una de las figuras más ex­traordinarias en la historia de la medicina y de la biología. Paracelso, que practicaba la medicina como arte y cano ciencia oculta basada en conceptos alquimistas, creía que la vida era un proceso químico y que la enfermedad era el resultado de una falta de equilibrio en la química del cuerpo. Una visión tal de la enfermedad era demasiado revolucionaria para la ciencia de su época y hubo de esperar varios siglos para encontrar una aceptación general.

En el siglo XVII la fisiología se hallaba dividida en dos campos contrarios. De un lado estaban los seguidores de Paracelso, que se llamaban a sí mismos «iatroquímicos»* y que creían que las funcio­nes fisiológicas podían explicarse en términos químicos. De otro lado estaban los «iatromecanicistas», partidarios del enfoque cartesiano, que sostenían que los principios mecánicos eran la base de todas las funciones fisiológicas. Los mecanicistas, por supuesto, eran mayoría y siguieron construyendo elaborados modelos mecánicos, a veces notoriamente falsos, pero conformes al paradigma que dominaba el pensamiento científico del siglo XVII.

La situación cambió radicalmente en el siglo XVIII, cuando se efectuaron una serie de importantes descubrimientos en el campo de la química, entre ellos el descubrimiento del oxígeno y la formula de la teoría moderna de la combustión de Antoine Lavoisier. El «padre de la química moderna» logró demostrar también que la respi­ración es una forma especial de oxidación y, con ello, confirmó la importancia de los procesos químicos en el funcionamiento de lo organismos vivientes. A finales del siglo XVIII la fisiología adquirió una nueva dimensión cuando Luigi Galvani demostró que la transmisión de los impulsos nerviosos estaba relacionada con una corriente eléctrica. Este descubrimiento llevó a Alessandro Volta al estudio de la electricidad y, por consiguiente, se convirtió en la fuente de dos nuevas ciencias: la neurofisiología y la electrodinámica.

Todos estos desarrollos elevaron la fisiología a un nuevo nivel de complejidad. Se abandonaron los modelos mecánicos simplistas de la descripción de los organismos vivientes, pero la esencia de la idea cartesiana sobrevivió. Los animales seguían considerándose máquinas sujetas a una serie de fenómenos químicos y eléctricos y, por tanto, más complicadas que un mecanismo de relojería. Así pues, biología dejó de ser cartesiana en el sentido de la imagen estricta mente mecánica que Descartes daba de los organismos viviente pero siguió siéndolo en un sentido más amplio, a saber, en su tentativa de reducir todos los aspectos de un organismo a las interacciones físicas y químicas de sus componentes más pequeños. Al propio tiempo, la fisiología estrictamente mecanicista halló su expresión más elaborada y contundente en el polémico tratado de La Mettrie El Hombre Máquina, cuya fama perduró mucho más allá del siglo XVIII. La Mettrie refutaba el dualismo mente/cuerpo cartesiano negando que los humanos fuesen esencialmente diferentes de los animales y comparaba el organismo del hombre —y su mente— a un complejo mecanismo de relojería:
¿Se necesita algo más... para probar que el Hombre no es más que un animal, o un ensamblaje de muelles imbricados de modo tal que resulta imposible determinar en qué punto del círculo humano comienza la naturaleza?... Efectivamente, no me equivoco: el cuerpo humano es un reloj, pero un reloj inmenso, construido con tanta ha­bilidad e ingenio, que si la rueda cuya función es marcar los segundos, se detiene, la rueda que indica los minutos sigue girando y continúa su curso7.
El extremo materialismo de La Mettrie generó muchas polémicas y controversias, algunas de las cuales perduraron hasta el siglo XX. En su juventud, el biólogo Joseph Needham escribió un ensayo en defensa de La Mettrie, que fue publicado en 1928 con el mismo título de la obra del biólogo francés: El Hombre, una Máquina8. Needham dijo claramente que, para él —al menos en aquella época— la ciencia tenía que identificarse con el enfoque mecanicista cartesiano. «El me­canicismo y el materialismo —escribió— son las bases del pensa­miento científico»9. En esta ciencia incluía explícitamente el estudio de los fenómenos mentales: «No admito de ninguna manera la opi­nión según la cual es imposible someter los fenómenos de la mente a una descripción físico-química. Todo lo que podremos llegar a sa­ber de ellos será a través de una visión mecanicista»10.

Hacia el final de su ensayo, Needham resume su postura ante el enfoque cartesiano-científico de la naturaleza humana con una frase lapidaria: «En ciencia, el hombre es una máquina; y, si no lo fuese, no sería nada»11 Con todo, después de un tiempo, Needham aban­donó el campo de la biología y se convirtió en uno de los principales estudiosos de la ciencia china y, como tal, en ardiente defensor del enfoque orgánico que es la base de la filosofía china.

Sería una tontería negar categóricamente la afirmación de Need­ham cuando dice que, algún día, los científicos podrán describir to­dos los fenómenos biológicos desde el punto de vista de las leyes físicas y químicas o, como diríamos hoy, desde el punto de vista de la biofísica y de la bioquímica. Ahora bien: esto no significa que estas leyes se apoyarán en una visión mecanicista de los organismos vi­vientes; tal afirmación significaría limitar la ciencia a la ciencia new­toniana. Para entender la esencia de los sistemas vivientes, los cien­tíficos —sea en la biofísica o en la bioquímica, o en cualquier otra disciplina que trate del estudio de la vida— tendrán que refutar la creencia reduccionista según la cual los organismos vivientes se pue­den describir como máquinas, desde el punto de vista de sus pro­piedades y del comportamiento de sus elementos constituyentes. En la actualidad, esto resultaría más fácil de hacer que en los años veinte, ya que los científicos han tenido que abandonar el enfoque reduc­cionista incluso en el estudio de la materia inorgánica.
En la historia del modelo cartesiano en las ciencias biológicas, fue en el siglo XIX cuando hubo nuevos e impresionantes desarrollos a causa de los extraordinarios adelantos que en aquella época se rea­lizaron en el campo de la biología. El más importante de ellos, sin lugar a dudas, fue la comprobación de la teoría de la evolución, si bien es cierto que en este siglo se realizaron otros descubrimientos significativos, entre ellos la formulación de la teoría celular, los co­mienzos de la embriología moderna, la creación de la microbiología y el descubrimiento de las leyes de la herencia. La biología se hallaba entonces firmemente apoyada en la física y en la química, y los cien­tíficos centraron sus esfuerzos en buscar explicaciones físico-químicas de la vida.

Una de las generalizaciones más convincentes en la historia de la biología fue la comprobación de que los animales y las plantas están formados de células. Este descubrimiento marcó un hito decisivo en la comprensión, por parte de los biólogos, de la estructura, la herencia, la fertilización, el desarrollo y la diferenciación del cuerpo, la evolución y muchas otras características de la vida. El término «célula» fue acuñado por Robert Hooke en el siglo XVII para des­cribir las diminutas estructuras que había observado a través del recién inventado microscopio, pero el desarrollo de una teoría celular exacta fue un proceso lento y gradual en el que trabajaron un gran número de investigadores y que culminó en el siglo XIX, cuando los biólogos creyeron que habían encontrado definitivamente las unidades primordiales de la vida. Esta idea dio un nuevo significado al paradigma cartesiano. A partir de entonces, todas las funciones de un organismo tenían que entenderse desde el punto de vista de sus células. En vez de reflejar la organización de un organismo en conjunto, las funciones biológicas se consideraban como resultados de las interacciones entre los bloques constituyentes de las células.

Entender la estructura y el funcionamiento de las células supone un problema que se ha hecho característico de toda la biología mo­derna. La organización de una célula suele compararse a la de una fábrica: primero, las distintas partes se manufacturan en diferentes sitios, luego se almacenan en instalaciones intermedias y, por último, se transportan a talleres de montaje donde se convierten en produc­tos terminados que son utilizados por la misma célula o bien ex­portados a otras células. La citología ha hecho grandes adelantos en lo que respecta a la comprensión de la estructura y las funciones de muchas subunidades de la célula, pero sigue ignorando en gran me­dida las actividades coordinadoras que integran estas operaciones en el funcionamiento de toda la célula. La complejidad del problema aumenta considerablemente debido a que el equipo y la maquinaria de una célula, a diferencia de los de una fábrica construida por el hombre, no son instalaciones fijas, sino que periódicamente se en­samblan y reconstruyen de acuerdo con ciertos modelos específicos y en armonía con la dinámica global del funcionamiento de esta cé­lula. Los biólogos han llegado a la conclusión de que las células son organismos por derecho propio, y cada día son más conscientes de que las actividades integradoras de esos sistemas vivientes —espe­cialmente el equilibrio de sus ciclos metabólicos—son incompren­sibles desde un esquema reduccionista.

La invención del microscopio a comienzos de siglo XVII había abierto una nueva dimensión en el campo de la biología, pero el ins­trumento no fue utilizado en todas sus posibilidades hasta el siglo XIX, cuando finalmente se solucionaron varios problemas técnicos del antiguo sistema de lentes. El nuevo microscopio perfeccionado engendró un nuevo campo de investigación —la microbiología— que reveló la riqueza y la complejidad insospechada de los organismos vivientes de dimensiones microscópicas. La investigación en este campo estuvo dominada por Louis Pasteur, cuyas penetrantes ideas y claras fórmulas tuvieron un impacto duradero en la química, la biología y la medicina de su época.

Utilizando ingeniosas técnicas experimentales, Pasteur logró ex­plicar un problema que los biólogos habían discutido a lo largo del siglo XVIII: el problema del origen de la vida. Desde la antigüedad había existido la creencia generalizada de que la vida, al menos a un nivel inferior, podía surgir espontáneamente de la materia no viva. En los siglos XVII y XVIII se puso en tela de juicio esta idea, co­nocida por el nombre de «generación espontánea», pero el problema no fue resuelto hasta que Pasteur no hubo demostrado de manera concluyente, con una serie de experimentos claramente diseñados y rigurosos, que los microorganismos que se desarrollaban en una serie de condiciones favorables provenían de otros microorganismos. Fue Pasteur quien trajo a la luz la inmensa variedad del mundo or­gánico a nivel microscópico. En particular, logró determinar la fun­ción de las bacterias en ciertos procesos químicos, por ejemplo en la fermentación, y con ello contribuyó a sentar las bases de una nueva ciencia: la bioquímica.

Después de veinte años realizando investigaciones sobre las bac­terias, Pasteur se dedicó al estudio de las enfermedades de los ani­males y realizó otro significativo adelanto, al demostrar la correla­ción definitiva que existe entre los gérmenes y la enfermedad. A pe­sar de que este descubrimiento tuvo un tremendo impacto en el de­sarrollo de la medicina, muchas personas siguen teniendo una idea equivocada sobre la correlación de las bacterias y la enfermedad. La «teoría de los gérmenes» de Pasteur y su papel en la patología, in­terpretados de manera simplista, hizo que los investigadores biomé­dicos tendiesen a considerar las bacterias como la única causa de la enfermedad. Por consiguiente, la identificación de las bacterias y el objeto ilusorio de diseñar «balas mágicas» —medicinas que destrui­rían ciertas bacterias específicas sin dañar el resto del organismo se volvió una obsesión para los investigadores.

El enfoque reduccionista de las enfermedades eclipsó una teoría alternativa forjada unos años antes por Claude Bernard, médico a quien se suele considerar el fundador de la fisiología moderna. Si bien es cierto que Bernard, partidario del paradigma de su tiempo, veía los organismos vivientes como «una máquina que necesaria­mente funciona en virtud de las propiedades físico-químicas de sus elementos constituyentes»12, su visión de las funciones fisiológicas era mucho más sutil que la de sus contemporáneos. Bernard daba mucha importancia a la estrecha e íntima relación del organismo con su entorno, y fue el primero en reconocer la existencia de un milieu intérieur, un medio interno en el cual vivían los órganos y los tejidos del organismo. Bernard señaló que en un organismo sano, el milieu intérieur permanece esencialmente constante, aun cuando el entorno exterior fluctúe considerablemente. Este descubrimiento lo llevó a formular su famosa frase: «La constancia del entorno interno es una condición esencial para la existencia de una vida independiente13.

Las teorías de Claude Bernard, que ponían el equilibrio interno como condición para la salud, no pudieron contrarrestar la rápida aceptación del enfoque reduccionista de la enfermedad por parte de médicos y biólogos. La importancia de estas teorías no fue redes­cubierta hasta el siglo XX, cuando los investigadores se percataron de la crucial función cumplida por el entorno en los fenómenos bio­lógicos. Hoy, el concepto de la constancia del entorno interno enun­ciado por Bernard ha sido elaborado y ha llevado a la importante noción de la homeostasis, término acuñado por el neurólogo Walter Cannon para describir la tendencia de un organismo viviente a man­tener un estado de equilibrio interno14.


La aportación más significativa de la biología a la historia de las ideas en el siglo XIX fue la teoría de la evolución. Esta teoría obligó a los científicos a refutar la imagen newtoniana del mundo/máquina que surgió perfectamente construido de manos de su creador, y a reemplazarla por el concepto de un sistema en continua evolución y cambio. Con todo, los biólogos no modificaron el paradigma re­duccionista, sino que, por el contrario, centraron sus investigaciones en lograr la adaptación de la teoría darwiniana a la estructura car­tesiana. Tuvieron mucho éxito explicando muchos de los mecanis­mos físicos y químicos de la herencia, pero no lograron comprender la naturaleza esencial del desarrollo y de la evolución15.

La primera teoría de la evolución la formuló Jean Baptiste La­marck, científico autodidacta que inventó la palabra «biología» y que comenzó a estudiar las especies animales a la edad de cincuenta años. Lamarck observó que los animales cambiaban con la influencia del medio, y creía que estos cambios podían transferirlos a su descen­dencia. La transmisión de las características adquiridas era, en su opi­nión, el principal mecanismo de la evolución. Aunque posterior­mente se descubrió que Lamarck estaba equivocado con respecto a esto16, su identificación de los fenómenos de la evolución —la apa­rición de nuevas estructuras biológicas en la historia de las especies—fue una idea revolucionaria que afectó profundamente a todo el pen­samiento científico subsiguiente.

Lamarck influyó profundamente en Charles Darwin, que comenzó su carrera científica como geólogo y empezó a interesarse en biología en el curso de una expedición a las islas Galápagos, donde tuvo la posibilidad de observar la gran riqueza y variedad de la fauna isleña. Estas observaciones le animaron a especular sobre los efectos del aislamiento geográfico en la formación de las especies y, posiblemente, a formular su teoría de la evolución. Otras influencias significativas en el pensamiento darwiniano fueron las ideas sobre la evolución del geólogo Charles Lyell y el concepto de lucha competitiva por la supervivencia del economista Thomas Malthus. De estas observaciones y estudios emergieron los conceptos gemelos en los que Darwin basó su teoría: el concepto de la variación casual que más tarde se llamó mutación aleatoria, y la idea de la selección natural a través de la «supervivencia del más preparado».

Darwin publicó su teoría de la evolución en 1859 en una monumental obra titulada Sobre el Origen de las Especies y la completo doce años después con La Descendencia del Hombre, en la cual el concepto de transformación evolutiva de una especie en otra se extiende a los seres humanos. En esta obra, Darwin demostró que su ideas sobre los caracteres humanos estaban fuertemente matizada por los prejuicios patriarcales de su época, pese a la naturaleza revolucionaria de sus teorías. En su opinión, el hombre típico es fuerte, valiente e inteligente, mientras la mujer era un ser pasivo, de cuerpo débil y de cerebro deficiente. «El hombre —escribió— es más valiente, más belicoso y más enérgico que la mujer. Además de ser más ingenioso que ella»17.

Pese a que los conceptos darwinianos de la variación discontinua y de la selección natural se convertirían en las claves de la teoría evolucionista moderna, en poco tiempo se tomó evidente que la variaciones casuales, tal y como fueron concebidas por Darwin nunca podrían explicar la aparición de nuevos caracteres en la evolución de las especies. Las opiniones que los científicos del siglo tenían sobre la herencia se basaban en la suposición de que los caracteres biológicos de un individuo representaban una «mezcla» de los de sus padres, quienes contribuían en partes más o menos iguale a la mezcla. Esto significa que el hijo de un padre con una variación causal útil heredaba sólo el 50 por ciento del nuevo carácter y sólo podía transmitir el 25 por ciento de éste a la nueva generación. Así pues, el nuevo carácter iría desapareciendo y sería casi imposible que se estableciese a través de la selección natural. El mismo Darwin re­conoció que éste era un grave fallo de su teoría para el cual no tenía solución.

Es irónico que la solución al problema de Darwin fuese descu­bierta por Gregor Mendel sólo pocos años después de la publicación de la teoría darwiniana, y que permaneciese en el olvido hasta prin­cipios de este siglo, cuando la obra de Mendel fue redescubierta por los científicos. Realizando minuciosos experimentos con guisantes, Mendel dedujo la existencia de «unidades hereditarias» —que más tarde serían llamadas genes— que no participaban en el proceso reproductivo y que, por tanto, no se diluían, sino que eran trans­mitidas de generación en generación sin cambiar su identidad. Con este descubrimiento se podía admitir que las mutaciones aleatorias no desaparecerían en un plazo de pocas generaciones sino que se conservarían, y serían eliminadas o reforzadas por la selección na­tural.

El descubrimiento de Mendel no sólo desempeñó un papel deci­sivo en la implantación de la teoría darwiniana sino que también abrió todo un nuevo campo de investigación: el estudio de la heren­cia a través de la investigación de la naturaleza física y química de los genes. A principios de siglo William Bateson, ardiente defensor y divulgador de la obra mendeliana, dio el nombre de «genética» a este nuevo campo e introdujo muchos de los términos utilizados ac­tualmente por los geneticistas, además de bautizar a su hijo menor con el nombre de Gregorio, en honor de Mendel.

En el siglo XX, la genética se convirtió en la rama más activa de la investigación biológica y proporcionó un firme refuerzo al enfoque cartesiano de los organismos vivientes. Muy pronto resultó evidente que el material genético se encontraba en los cromosomas, esos cuer­pos filiformes presentes en el núcleo de todas las células. Poco des­pués se descubrió que los genes ocupaban posiciones específicas den­tro de los cromosomas; con mayor exactitud, estaban dispuestos en hilera a lo largo de los cromosomas. En virtud de estos descubri­mientos, los geneticistas creyeron que finalmente habían localizado los «átomos genéticos» y se pusieron a explicar los caracteres biológicos de los organismos vivientes desde el punto de vista de sus unidades elementales —los genes— con cada gen correspondiendo a su carácter hereditario definido. Sin embargo, poco después nuevos descubrimientos demostraron que un solo gen puede afectar a una gran variedad de caracteres y que, por el contrario, muchos genes separados pueden combinarse para producir un solo carácter. No cabe ninguna duda de que el estudio de la actividad integradora y de la cooperación entre los genes tiene una importancia primordial, pero también en este caso, el esquema cartesiano ha sido un obstáculo para ocuparse de cuestiones. Cuando los científicos reducen una unidad íntegra a sus componentes elementales —sean estos genes, células o partículas elementales— y tratan de explicar todos los fenómenos desde el punto de vista de estos elementos, pierden la capacidad de comprender las actividades integradoras de todo el sistema.

Otra idea errónea del enfoque reduccionista es la creencia de que la estructura genética es lo único que determina los caracteres de un organismo. Este «determinismo genético» es una consecuencia di­recta de la concepción según la cual los organismos vivientes son máquinas controladas por cadenas lineales de causa y efecto. Esta idea no tiene en cuenta el hecho de que los organismos son sistemas compuestos de muchos niveles: los genes están engarzados en los cromosomas que, a su vez, funcionan dentro de los núcleos celula­res, y las células están incorporadas a los tejidos, y así sucesivamente. Todos estos niveles comprenden una serie de interacciones que influyen en el desarrollo del organismo y tienen como resultado un sinfín de variaciones del cariotipo genético.

Argumentos similares a los anteriores rigen también para la evolución de una especie. Los conceptos darwinianos de la variación casual y de la selección natural son sólo dos aspectos de un complejo; fenómeno que resulta mucho más comprensible dentro de una teoría holística que afecta el conjunto de los sistemas18. Una estructura tal es mucho más útil que la postura dogmática de la llamada teoría neo-newtoniana, que tuvo su más ferviente defensor en el geneticista y premio Nobel Jacques Monod:



La casualidad es la única fuente de toda innovación, de toda creación en la biosfera. La casualidad pura, absolutamente libre pero ciega, en la raíz misma del estupendo edificio de la evolución: este concepto central de la biología moderna ya no es una hipótesis concebible entre otras. Hoy es la sola y única hipótesis concebible, la única que cuadra con los hechos observados y comprobados. Y no hay nada que justi­fique la suposición —o la esperanza— de que nuestra posición al res­pecto sea revisada en un futuro19.

En los últimos años la falacia del determinismo genético ha en­gendrado una teoría muy discutida llamada sociobiología, según la cual todo el comportamiento social está predeterminado por la es­tructura genética20. Muchos críticos han hecho notar que este en­foque no sólo carece de fundamento científico, sino que también re­sulta muy peligroso, pues fomenta justificaciones pseudocientíficas racistas y machistas al interpretar las diferencias del comportamiento humano como algo programado genéticamente y que no se puede cambiar21.


Durante la primera mitad del siglo XX la genética logró explicar muchos aspectos de la herencia, pero la exacta naturaleza química y física de su concepto central —el gen— seguía envuelta en el mis­terio. La complicada química de los cromosomas no fue aprehendida hasta los años cincuenta y sesenta, un siglo después de Darwin y de Mendel.

Mientras tanto, la nueva ciencia de la bioquímica iba avanzando gradualmente, estableciendo entre los biólogos la creencia de que to­das las propiedades y funciones de los organismos vivientes, a la larga, serían explicados en términos químicos y físicos. Esta opinión fue expuesta claramente por Jacques Loeb en La Concepción Me­canicista de la Vida, obra que ejerció una gran influencia en el pen­samiento biológico de su época. «Los organismos vivientes son má­quinas químicas —afirmaba Loeb22— que tienen la peculiaridad de conservarse y de reproducirse.» Explicar el funcionamiento de estas máquinas exclusivamente desde el punto de vista de sus componentes básicos era para Loeb —y para todos los reduccionistas— la esencia del enfoque científico: «El objeto final de las ciencias físicas es ima­ginar todos los fenómenos desde el punto de vista de su agrupación y del desplazamiento de sus partículas primordiales y, al no haber discontinuidad entre la materia que constituye el mundo vivo y la que forma el mundo no vivo, la meta de la biología puede expresarse, de la misma manera»23.

Una consecuencia trágica de esta visión de los organismos vivien­tes como máquinas ha sido el uso excesivo de la vivisección* en la investigación biomédica y del comportamiento24. El mismo Descartes defendía la visección, creyendo que los animales sometidos a ella no sufrían y que sus gritos no significaban nada más que el crujido de una rueda. En la actualidad, la inhumana práctica de la tortura sistemática de animales sigue existiendo en las ciencias biológicas.
* * *
En el siglo XX ha habido un cambio significativo en la investigación biomédica que podría muy bien ser la última etapa del enfoque reduccionista de los fenómenos vitales, llevándolo a su mayor triunfo y, al mismo tiempo, a su fin. Mientras que, en el siglo XIX, las células eran consideradas como los componentes básicos de los orga­nismos vivientes, a mediados del siglo XX los geneticistas comen­zaron a centrar su atención en las moléculas y se pusieron a explorar., la estructura molecular de los genes. Las investigaciones culminaron en el descubrimiento de la estructura física del ADN —la base molecular de los cromosomas— que fue uno de los mayores triunfos de la ciencia del siglo XX. Los progresos de la biología molecular han llevado a los biólogos a creer que todas las funciones biológicas pue­den explicarse desde el punto de vista de las estructuras y mecanis­mos moleculares, y esto ha tergiversado considerablemente la inves­tigación en las ciencias de la naturaleza.

En sentido general, el término «biología molecular» se refiere al estudio de cualquier fenómeno biológico desde el punto de vista de sus estructuras moleculares y de las interacciones que este fenómeno entraña. Más específicamente, ha llegado a significar el estudio de unas moléculas biológicas muy grandes llamadas macromoléculas.

Durante la primera mitad del siglo XX se hizo evidente que los constituyentes esenciales de todas las células vivas —las proteínas y los ácidos nucleicos— eran estructuras muy complejas, similares a ca­denas, que contenían miles de átomos. Investigar las propiedades químicas y la exacta forma tridimensional de estas grandes moléculas encadenadas se volvió la tarea principal de la biología molecular25.

El primer gran logro en el campo de la genética molecular fue el descubrimiento de ciertos catalizadores llamados enzimas, conteni­dos en las células, que podían provocar determinadas reacciones quí­micas. Durante la primera mitad del siglo, los bioquímicos lograron determinar la mayoría de las reacciones químicas que ocurren en las células y descubrieron que las reacciones más importantes son esen­cialmente las mismas en todos los organismos vivientes. Cada una de ellas depende de la presencia de una enzima en particular, y por ello el estudio de las enzimas tiene una importancia primordial.

En los años cuarenta los geneticistas se apuntaron otro triunfo al descubrir que la función principal de los genes era controlar la sín­tesis de las enzimas. Gracias a este descubrimiento se comenzaron a perfilar los amplios límites del proceso hereditario: los genes deter­minan los caracteres hereditarios dirigiendo la síntesis de las enzimas y éstas, a su vez promueven las reacciones químicas cine correspon­den a estos caracteres. Si bien estos descubrimientos representaron un gran adelanto en la comprensión de la genética, la naturaleza del gen siguió siendo una incógnita. Los geneticistas desconocían la es­tructura química de los genes y eran incapaces de explicar cómo lo­graban éstos llevar a cabo sus funciones esenciales: la síntesis de las enzimas, la fiel reproducción de sí mismos en el proceso de la di­visión celular y los bruscos y permanentes cambios llamados mu­taciones. En cuanto a las enzimas, se sabía que eran proteínas, pero se ignoraba su estructura química precisa y, por consiguiente, se des­conocía el proceso a través del cual promovían las reacciones quí­micas.

Esta situación cambió drásticamente en las dos décadas siguientes, en las que se realiza el mayor adelanto de la genética moderna, al que se suele llamar la ruptura del código genético: el descubrimiento de la estructura química exacta de los genes y las enzimas, de los mecanismos moleculares de la síntesis proteínica, y de los mecanis­mos de reproducción y mutación de los genes26. Este avance revolucionario supuso una tremenda lucha y una feroz competencia entre los biólogos, pero a la vez fomentó la colaboración entre un grupo de destacados científicos, cuyos principales protagonistas fueron Francis Crick, James Watson, Maurice Wilkins, Rosalind Franklin, Linus Pauling, Salvador Luria y Max Delbrück.

Un elemento de primordial importancia para la ruptura del código genético fue el hecho de que varios físicos de aquella época comenzaron a interesarse por la biología. Max Delbrück, Francis Crick y Maurice Wilkins, entre otros, habían realizado estudios de física antes de unirse a los bioquímicos y los geneticistas para estudiar las leyes de la herencia. Estos científicos trajeron consigo un nuevo ri­gor, una nueva perspectiva y nuevos métodos que transformaron completamente la investigación. Los físicos habían comenzado a interesarse por la biología en los años treinta, cuando Niels Bóhr especuló sobre la importancia del principio de incertidumbre y del concepto de la complementariedad en la investigación biológica27. Las teorías de Bóhr fueron elaboradas nuevamente por Delbrück, cuyas ideas sobre la naturaleza física de los genes llevaron a Edwin Schródinger a escribir un pequeño libro titulado ¿Qué es la vida? Este opúsculo influyó profundamente en el pensamiento biológico de los años cuarenta y fue la razón principal por la que varios científicos dejaron la física y se volvieron a la genética.

El atractivo de la obra de Schródinger reside en el tratamiento claro y convincente que el autor da al gen, concibiéndolo como una substancia física y concreta y no como una unidad abstracta y proponiendo varias hipótesis definitivas sobre su estructura molecular, que estimularon a los científicos a cambiar su visión de la genética. Schródinger fue el primero en sugerir que el gen podía verse como un portador de información cuya estructura física correspondía a una sucesión de elementos en un código hereditario. Su entusiasmo convenció a los físicos, a los bioquímicos y a los geneticistas de la aper­tura de una nueva frontera científica y de la inminencia de grandes descubrimientos. A partir de entonces estos científicos comenzaron a referirse a sí mismos como «biólogos moleculares».

La estructura básica de las moléculas biológicas fue descubierta a comienzos de los años cincuenta gracias a la confluencia de tres efi­caces métodos de observación: el análisis químico, la microscopia de electrones y la cristalografía de rayos X*. El primer descubrimiento importante —la determinación de la estructura de la molécula pro­teínica— fue obra de Linus Pauling. Se sabía que las proteínas eran moléculas coloidales que consistían en una secuencia de diferentes compuestos químicos, llamados aminoácidos, unidos por los extre­mos.

Pauling demostró que el elemento principal de la estructura pro­teínica está enroscado en una hélice que gira hacia la derecha o hacia la izquierda, y que el resto de la estructura está determinada por la secuencia lineal exacta de los aminoácidos a lo largo de este camino helicoidal. Estudios realizados posteriormente sobre la molécula proteínica demostraron cómo la estructura específica de las enzimas les permite unir las moléculas cuyas reacciones químicas promueven.

El gran éxito de Pauling inspiró a James Watson y a Francis Crick para centrar sus esfuerzos en determinar la estructura del ADN, ácido nucleico que para entonces ya había sido reconocido como el material genético de los cromosomas. Después de dos años de tra­bajos extenuantes, de muchos falsos comienzos y de grandes desen­gaños, Watson y Crick fueron premiados con el éxito. Utilizando los datos obtenidos por Rosalind Frank y Maurice Wilkins, lograron determinar la arquitectura exacta del ADN, llamada también estruc­tura Watson Crick. Se trata de una doble hélice formada por dos cadenas entrelazadas cuyas estructuras se complementan. Los com­puestos químicos situados en hilera a lo largo de estas cadenas son unas estructuras complejas llamadas nucleótidos, de las cuales existen cuatro clases diferentes.

Tuvo que pasar otra década para que se pudiese comprender el mecanismo básico a través del cual del ADN cumple sus dos fun­ciones fundamentales: la autorrepetición y la síntesis proteínica. Nuevas investigaciones, dirigidas por Watson y Crick, revelaron ex­plícitamente la manera en que la información genética se codifica en los cromosomas. Para decirlo en términos extremadamente simples, los cromosomas están compuestos de moléculas ADN que muestran la estructura Watson-Crick. Un gen es la longitud de una doble hélice ADN que determina la estructura de una enzima específica. La síntesis de esta enzima es el resultado de un complicado proceso de dos etapas que requiere la presencia del ARN, el segundo ácido ribonucleico. Los elementos del código genético son los cuatro nucleótidos cuya secuencia aperiódica a lo largo de la cadena contiene la información genética. La secuencia lineal de nucleótidos en el gen determina la secuencia lineal de los aminoácidos en la enzima correspondiente. En el proceso de la división de los cromosomas, las dos cadenas de la doble hélice se separan y cada una de ellas sirve de plantilla para la formación de una nueva cadena complementaria. La mutación genética viene causada por un error casual en este proceso de duplicación, cuando un nucleótido es reemplazado por otro, lo que tiene como resultado un cambio permanente en la información que este gen transporta.

Estos, pues, son los elementos básicos de lo que ha sido acogido como el mayor descubrimiento en el campo de la biología desde la teoría de la evolución darwiniana. Llegando a niveles aún más microscópicos en su exploración de los fenómenos de la vida, los biólogos descubrieron que los caracteres de todos los organismos vi­vientes —desde las bacterias hasta los seres humanos— están codificados en sus cromosomas en la misma substancia química y utilizados en la misma escritura codificada. Después de dos décadas de exhaustivas investigaciones, se han logrado descifrar los detalles precisos de este código. Los biólogos han descubierto un alfabeto verdaderamente universal para el lenguaje de la vida.

El éxito espectacular obtenido por la biología molecular en el campo de la genética llevó a los científicos a aplicar sus métodos a todos los campos de la biología, en una tentativa de resolver los problemas reduciéndolos a su nivel molecular. Así pues, la mayoría de los biólogos se tornaron ardientes reduccionistas, centrando su atención en el nivel molecular. En la actualidad, la biología molecular—originalmente una rama casi insignificante de las ciencias bioló­gicas— se ha convertido en un modo de pensamiento general y ex­clusivista y ha tenido como resultado una grave tergiversación en la investigación biológica. Los fondos se destinan a encontrar soluciones básicas y asuntos de moda, mientras se hace caso omiso de importantes problemas teóricos que no se prestan al enfoque reduccio­nistas. Sidney Brenner, uno de los principales investigadores en este campo, ha señalado que «nadie publica teorías en biología, salvo po­cas excepciones. En cambio, descubren la estructura de otra pro­teína»28.

Hacia 1970 surgieron una serie de problemas que no podían ex­plicarse a partir de la visión reduccionista de la biología molecular. Los científicos comprendían perfectamente la estructura del ADN y los mecanismos moleculares de la herencia de los organismos uni­celulares simples, pero desconocían todo lo referente a los organis­mos multicelulares. Por consiguiente, los biólogos tuvieron que en­frentarse con los problemas del desarrollo y de la diferenciación ce­lular que la ruptura del código genético había eclipsado. En las pri­meras etapas del desarrollo de los organismos multicelulares, el nú­mero de sus células pasa de una a dos, a cuatro, a ocho, a dieciséis, y así sucesivamente. Puesto que se considera que la información ge­nética es idéntica en cada célula, ¿cómo es posible que cada célula tenga una especialización diferente, y que se conviertan en células musculares, sanguíneas, óseas, nerviosas y así sucesivamente? Este problema fundamental del desarrollo, del que existen numerosas va­riaciones en el campo de la biología, demuestra claramente las li­mitaciones del enfoque reduccionista. Los biólogos modernos co­nocen la estructura exacta de algunos genes, pero saben muy poco sobre la manera en que estos genes se comunican y cooperan en el desarrollo de un organismo —cómo son sus interacciones, cómo se agrupan, cuándo comienzan y cuándo dejan de funcionar y en qué orden lo hacen. En la actualidad, los biólogos entienden perfecta­mente el alfabeto del código genético pero desconocen casi por com­pleto su sintaxis. No cabe ninguna duda de que sólo un pequeño porcentaje del ADN —menos del 5 por ciento— se utiliza para es­pecificar las proteínas; pero todo el resto muy bien podría utilizarse para ciertas actividades integradoras que los biólogos ignoran y que seguirán desconociendo si persisten en su empeño de adherirse a mo­delos reduccionistas.

El otro campo en el que resultan evidentes las limitaciones del en­foque reduccionista es el campo de la neurobiología. El sistema ner­vioso central es un sistema holístico por excelencia cuyas actividades integradoras no pueden entenderse reduciéndolas a mecanismos moleculares. Al propio tiempo, las células nerviosas son las más grandes, y, por tanto, las más fáciles de estudiar. Por consiguiente, es probable que los neurocientíficos sean los primeros que propongan modelos holísticos del funcionamiento del cerebro para explicar fenómenos como la percepción, la memoria y el dolor, que no pueden entenderse dentro de la actual estructura reduccionista. Veremos que ya se han realizado algunas tentativas en este sentido que prometen abrir interesantes y nuevas perspectivas. Para ir más allá del actual enfoque reduccionista, los biólogos tendrán que reconocer que; como dice Paul Weiss, «en un sistema vivo no hay ningún fenómeno, que no sea molecular, pero tampoco existe ningún fenómeno que sea únicamente molecular»29. Para este fin se necesita una estructural: conceptual mucho más amplia que la utilizada por la biología moderna. Los espectaculares adelantos en este campo no han ampliado las bases de su filosofía: el paradigma cartesiano sigue dominando las ciencias de la naturaleza.

Aquí cabe realizar una comparación entre la biología y la física. En el estudio de las leyes de la herencia, el período anterior a 1941 se suele llamar el de la «genética clásica», diferenciándolo de la genética moderna» de las décadas siguientes. Es posible que estos términos deriven de una analogía con la transición de la física clásica, la física moderna ocurrida a finales del siglo pasado30. Así como átomo era una unidad indivisible de una estructura desconocida, la física clásica, también lo era el gen en la genética clásica. Pero esta analogía se derrumba en un aspecto significativo. La exploración del átomo ha obligado a los físicos a corregir radicalmente sus conceptos básicos sobre la naturaleza de la realidad física. El resultado de esta revisión ha sido una teoría dinámica coherente —la mecánica cuántica— que va más allá de los principales conceptos de la ciencia cartesiano-newtoniana. En cambio, en biología, la exploración del ge no ha servido para transformar los conceptos básicos de los biólogos y tampoco ha resultado en una teoría dinámica universal. No existe una estructura que unifique los conceptos, permitiendo a los biólogos sobreponerse a la fragmentación de su ciencia mediante una evaluación de la importancia relativa de los problemas de la inves­tigación y el reconocimiento de la manera en que éstos se relacionan.

El único esquema que utilizan para esta evaluación sigue siendo el cartesiano, según el cual los organismos vivientes son máquinas fí­sicas y bioquímicas explicables desde el punto de vista de sus me­canismos moleculares.

No obstante, varios importantes biólogos actuales creen que la biología molecular está llegando al final de su utilidad. Francis Crick, que dominó el campo desde sus comienzos, reconoce las graves li­mitaciones del enfoque molecular para entender los fenómenos bio­lógicos elementales:

Por una parte, se podrían considerar todas las obras sobre genética y biología molecular de los últimos sesenta años como un largo inter­valo... Ahora que el programa ha sido perfeccionado hemos dado toda la vuelta, y nos enfrentamos nuevamente con los mismos problemas... que habíamos dejado atrás sin solucionar. ¿Cómo se regenera un or­ganismo herido y cómo llega a tener exactamente la misma estructura que antes? ¿Cómo puede un óvulo formar un organismo?31.

Para resolver estos problemas se necesita un nuevo paradigma, una nueva dimensión conceptual que vaya más allá del enfoque carte­siano. Es probable que la visión de sistemas se convierta en la base conceptual de esta nueva biología, como parece insinuar Sidney Brenner en unas recientes especulaciones sobre el futuro de su cien­cia:



Creo que durante los próximos veinticinco años los biólogos tendrán que aprender otro idioma... Aún no sé cómo se llama ese idioma; de hecho, nadie lo sabe. Pero lo que se trata de hacer, en mi opinión, es solucionar el problema elemental de la teoría de los sistemas elabo­rados... Y es aquí donde surge un grave problema de niveles: quizá sea un error creer que toda la lógica se halla a nivel molecular. Tal vez tengamos que ir más allá de los simples mecanismos de relojería32.


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad