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I.—LA FUNCIÓN SEMIÓTICA Y LA IMITACIÓN



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I.—LA FUNCIÓN SEMIÓTICA Y LA IMITACIÓN

Los mecanismos senso-motores ignoran la representa­ción y antes del transcurso del segundo año no se ob­serva una conducta que implique la evocación de un objeto ausente. Cuando se constituye, hacia los nueve-doce mes, el esquema del objeto permanente, existe,



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ciertamente, la búsqueda del objeto desaparecido, pero acaba de ser percibido, y corresponde, pues, a una ac­ción ya en curso, y un conjunto de indicios actuales permite encontrarlo.

Si no hay aún en esto representación, existe por lo menos, e incluso desde el principio, constitución y uti­lización de significaciones, ya que toda asimilación sen-so-motora (comprendida la perceptiva) consiste en con­ferir significaciones. Pero si hay ahí significación de conjunto, es decir, dualidad entre "significados" (=los propios esquemas con sus contenidos relativos a las ac­ciones en curso) y "significantes", éstos son siempre perceptivos, indiferenciados en sus significados, lo que excluye hablar, a ese nivel, de función semiótica. Un significante indiferenciado no es aún, en efecto, ni un "símbolo" ni un "signo" (en el sentido de los signos verbales); es, por definición, un "indicio" (comprendi­das las "señales" que intervienen en el condicionamien­to, como el sonido de la campana que anuncia la ali­mentación). Un indicio está efectivamente indiferenciado de su significado, en el sentido de que constituye un aspecto (la blancura para la leche), una parte (el sector visible para un objeto semioculto), un antecedente tem­poral (la puerta que se abre para la llegada de la ma­dre), un resultado causal (una mancha), etc.

1. Aparición de la función semiótica.—En el curso del segundo año (en continuidad con el estadio VI del § I) aparece, por el contrario, un conjunto de conductas que implica la evocación representativa de un objeto o de un acontecimiento ausentes y que supone, en consecuen­cia, la construcción o el empleo de significantes dife­renciados, ya que deben poder referirse a elementos no actualmente perceptibles tanto como a los que están presentes. Pueden distinguirse, cuando menos, cinco de esas conductas, de aparición casi simultánea, y que va­mos a enumerar en orden de complejidad creciente:

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  1. Hay, ante todo, la imitación diferida, es decir, la
    que se inicia en ausencia del modelo. En una conducta
    de imitación senso-motora, el niño comienza por imitar
    en presencia del modelo (p. ej., un movimiento de la
    mano), después de lo cual puede continuar en ausencia
    de ese modelo, sin que ello implique ninguna represen­
    tación en pensamiento. Por el contrario, en el caso de
    una niña de dieciséis meses, que ve a un amiguito en­
    fadarse, gritar y patalear (espectáculos nuevos para ella)
    y que, pero sólo una o dos horas después de su marcha,
    imita la escena riéndose, esta imitación diferida consti­
    tuye un comienzo de representación, y el gesto imita­
    dor, un inicio de significante diferenciado.

  2. Hay, seguidamente, el juego simbólico o juego de
    ficción, desconocido en el nivel senso-motor. La misma
    niña ha inventado su primer juego simbólico, aparen­
    tando dormir, sentada y sonriendo ampliamente, pero
    cerrando los ojos, con la cabeza inclinada y el pulgar
    en la boca, asiendo un pico de la sábana que simula
    el de su almohada, según lo que habitualmente suele
    hacer cuando se duerme; poco después hace también
    dormir a su oso de peluche, desliza una concha en una
    caja, diciendo "¡miau!" (acaba de ver un gato sobre
    un muro), etc. En todos esos casos la representación es
    neta y el significante diferenciado es, de nuevo, un gesto
    imitador, pero acompañado de objetos que se han hecho
    simbólicos.

  3. El dibujo o imagen gráfica es, en sus comienzos,
    un intermediario entre el juego y la imagen mental, aun­
    que no aparece apenas antes de los dos o de los dos
    años y medio.

  4. Viene luego, pronto o tarde, la imagen mental, de
    la que no se encuentra huella alguna en el nivel senso-
    motor (si no fuera así, el descubrimiento del objeto
    permanente se facilitaría mucho) y que aparece como
    una imitación interiorizada.

62 Psicología del niño

5) Por último, el lenguaje naciente permite la evo­cación verbal de acontecimientos no actuales. Cuando la mencionada niña dice "miau", sin ver ya al gato, exis­te representación verbal, además de imitación. Cuando, algún tiempo después, dice "Panéné patf (=grand-papa parti) *, señalando el camino en cuesta que él ha se­guido al dejarla, la representación se apoya exclusiva­mente (o acompañándose de una imagen mental) en el significante diferenciado constituido por los signos de la lengua en vías de aprendizaje.

2. Papel de la imitación.—Siendo tales las primeras manifestaciones de la función semiótica, el problema que se plantea, ante todo, es comprender el mecanismo de su formación. Pero la solución de ese problema se sim­plifica mucho por el hecho de que las cuatro primeras de dichas formas de conducta se basan en la imitación, y que el lenguaje mismo, que, contrariamente a las precedentes conductas, no es inventado por el niño, se adquiere en un contexto necesario de imitación (porque si se aprendiese sólo por un juego de condicionamientos, como a menudo se dice, debería aparecer al segundo mes). La imitación, pues, constituye a la vez la prefigu­ración senso-motora de la representación y, en conse­cuencia, el término de paso entre el nivel senso-motor y el de las conductas propiamente representativas.

La imitación es de inmediato una prefiguración de la representación, es decir, que constituye, en el curso del período senso-motor, una especie de representación en actos materiales, todavía no en pensamiento1.

* Dejamos este ejemplo según aparece en el original francés por razones fonéticas. Podría fácilmente hallarse una equiva­lencia castellana. (N. del T.)

1 La imitación comienza (desde los estadios II y III del ca­pítulo I, $ I) por una especie de contagio o de ecopraxia debida al hecho de que cuando otra persona realiza ante el niño gestos que él mismo sabe efectuar (cuando aquélla acaba de hacerlo ' luego después de un intervalo), hay asimilación de esos espec-

Función semiótica o simbólica 63

Al término del período senso-motor, el niño ha adqui­rido una capacidad suficiente, en dominio de la imitación así generalizada, para que se haga posible la imitación diferida: realmente, la representación en acto se libera entonces de las exigencias sensomotoras de copia per­ceptiva directa para alcanzar un nivel intermedio en el que el acto, desprendido así de su contexto, se hace significante diferenciado y, consecuentemente, en parte ya representación en pensamiento. Con el juego sim­bólico y el dibujo, ese paso de la representación en acto a la representación-pensamiento se ve reforzado: el "simular dormir" del ejemplo recién citado no es tam­poco, aún, sino un acto desligado de su contexto, pero es también un símbolo generalizable. Con la imagen mental, seguidamente, la imitación no es ya sólo dife-



táculos en los esquemas propios y liberación de éstos. Segui­damente, el sujeto se dedica a reproducir esos modelos por interés hacia esa propia reproducción y no por asimilación au­tomática, lo que señala el comienzo de la función en cierto modo pre-representativa desempeñada por la imitación; luego, el niño llega pronto a copiar gestos nuevos para él, pero en la medida en que son ejecutables en regiones visibles del propio cuerpo. Se inicia una nueva etapa esencial cuando se trata de modelos relativos al rostro (abrir y cerrar la boca o los ojos, etcétera): la dificultad estriba entonces en que el rostro propio sólo es conocido táctilmente y el ajeno visualmente, aparte de algunas raras exploraciones táctiles de ese rostro ajeno, muy interesante de señalar a ese nivel en que el niño cons­truye correspondencias entre las claves visuales y tactilocines-tésicas, para poder generalizar la imitación en las partes no visibles de su cuerpo. Mientras tales correspondencias no se han elaborado, la imitación de los movimientos del rostro es imposible o accidental: el bostezo, p. ej., tan contagioso más tarde, no es imitado antes de alrededor de un aña, si se ha presentado silenciosamente. Una vez construida las correspon­dencias, merced a una serie de indicios (sonoros, etc.), la imi­tación se generaliza, y se ve entonces el importante papel que desempeña en ese nivel a título de instrumento de conocimiento del cuerpo propio en analogía con el ajeno. No es, pues, exage­rado considerarla como una especie de representación en acto; y, desde ese punto de vista, puede seguirse a Baldwin, cuando ve en ella un instrumento esencial de la construcción comple­mentaría del otro y del yo.

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rida, sino interiorizada, y la representación que hace posible, disociada asf de todo acto exterior en favor de esos esbozos o bosquejos internos de acciones que la soportarán en lo sucesivo, está entonces presta para convertirse en pensamiento. La adquisición del lenguaje, hecha accesible en esos contextos de imitación, cubre finalmente el conjunto del proceso, asegurando un con­tacto con los demás, mucho más potente que la simple imitación y que permite a la representación naciente aumentar sus poderes apoyándose en la comunicación.

3. En suma, la función semiótica engendra así dos clases de instrumentos: los símbolos, que son "moti­vados", es decir, que presentan, aunque significantes di­ferenciados, alguna semejanza con sus significados; y los signos, que son arbitrarios o convencionales. Los símbolos, como motivados, pueden ser construidos por el individuo solo, y los primeros símbolos del juego del niño son buenos ejemplos de esas creaciones indi­viduales, que no excluyen, naturalmente, los simbolis­mos colectivos ulteriores: la imitación diferida, el juego simbólico y la imagen gráfica o mental dependen enton­ces directamente de la imitación, no como transmisión de modelos exteriores dados (ya que hay una imitación de sí mismo igual que de otros, como demuestra el ejemplo citado del juego de simular el sueño), sino como paso de la pre-representación en acto a la representa­ción interior o pensamiento. El signo, por el contrario, como convencional, ha de ser necesariamente colectivo: el niño lo recibe por el canal de la imitación, pero esta vez como adquisición de modelos exteriores; él sola­mente lo acomoda en seguida a su manera y lo utiliza como veremos en el capítulo m, $ VI.

Función semiótica o simbólica 65

II.—EL JUEGO SIMBÓLICO



£1 juego simbólico señala, indudablemente, el apogeo del juego infantil. Corresponde, más aún que las otras dos o tres formas de juego que vamos también a exami­nar, a la función esencial que el juego llene en la vida del niño. Obligado a adaptarse incesantemente a un mundo social de mayores, cuyos intereses y reglas siguen siéndole exteriores, y a un mundo físico que todavía comprende mal, el niño no llega como nosotros a satisfacer las necesidades afectivas e incluso intelectuales de su yo en esas adaptaciones, que para los adultos son más o menos completas, pero que para él siguen siendo tanto más inacabadas cuanto más pequeño es. Resulta, por tanto, indispensable a su equilibrio afectivo e intelec­tual que pueda disponer de un sector de actividad cuya motivación no sea la adaptación a lo realj sino, por el contrario, la asimilación de lo real al yo, sin coacciones ni sanciones: tal es el juego, que transforma lo real, por asimilación más o menos pura, a las necesidades del yo, mientras que la imitación (cuando constituye un fin en sí) es acomodación más o menos pura a los modelos exteriores, y la inteligencia es equilibrio entre la asimilación y la acomodación1.

Además, el instrumento esencial de adaptación es el lenguaje, que no es inventado por el niño, sino que le es transmitido en formas ya hechas, obligadas y de natu­raleza colectiva, es decir, impropias para expresar las necesidades o las experiencias vividas por el yo. Es, pues, indispensable para el niño que pueda disponer igualmente de un medio propio de expresión, o sea, de un sistema de significantes construidos por él y adapta­bles a sus deseos: tal es el sistema de los símbolos propios del juego simbólico, tomados de la imitación a



1 Piaget, J.: La formation du symbole chez Fenfant, Dela-chaux & Niestlé, 1945.

. 3

66 Psicología del niño

título de instrumentos; pero de una imitación no per­
seguida por ella misma, sino simplemente utilizada como
medio evocador al servicio de la asimilación lúdica*: tal
es el juego simbólico, que no es sólo asimilación de lo
real al yo, como el juego en general, sino asimilación
asegurada (lo que la refuerza) por un lenguaje simbólico
construido por el yo y modificable a la medida de las
necesidades *. '

La función de asimilación al yo que cumple el juego simbólico se manifiesta bajo las formas particulares más diversas, en la mayor parte de los casos afectivas, sobre todo, pero a veces al servicio de intereses cognoscitivos. Una niñita que había hecho diversas preguntas acerca del mecanismo de las campanas, observado en un viejo campanario de aldea, en las vacaciones, se puso en pie

9 Hay tres categorías principales de juego y una cuarta que forma la transición entre el juego simbólico y las actividades no lúdicas o adaptaciones "serias". La forma primitiva del juego, la única representada al nivel senso-motor, pero que se conserva en parte después, es el "juego de ejercicio", que no entraña ningún simbolismo ni técnica alguna específicamente lúdica, pero que consiste en repetir por placer actividades ad­quiridas con un ñn de adaptación: por ejemplo, el niño que ha descubierto por azar la posibilidad de balancear un objeto suspendido, reproduce en seguida el resultado para adaptarse a él y para comprenderlo, lo que no es un juego, ya que, hecho esto, utiliza esa conducta por simple "placer funcional" (K. Bühler)** o por placer de ser causa y de afirmar un saber nuevamente adquirido (lo que hace todavía el adulto con un nuevo automóvil o un nuevo aparato de televisión). Después viene el juego simbólico, cuyos caracteres ya hemos visto, y que encuentra su apogeo entre los 2-3 y los 5-6 años. En tercer lugar, aparecen los juegos de reglas (canicas, rayuela, etcétera), que se transmiten socialmente de niño en niño y aumentan en importancia, por tanto, con el progreso de la vida social del niño. Finalmente, a partir del juego simbólico se desarrollan juegos de construcción, impregnados aún, al principio, de simbolismo lúdico, pero que tienden seguidamente a constituir verdaderas adaptaciones (construcciones mecánicas, etcétera) o soluciones de problemas y creaciones inteligentes.

* Adoptamos el término lúdico/a por ser el más usual, aunque el admitido por la Real Academia de la Lengua es lúdicro, del latín ludicrus. (N. del T.)

** Ver el estudio del juego en Bühler, K.: Crisis de la psicolo­gía; Madrid, Morata, 1966. (N. del T.)

Función semiótica o simbólica 67

e inmóvil al lado de la mesa de su padre, haciendo un ruido ensordecedor: "Me estás estorbando; ya ves que trabajo" — "No me hables —repuso la pequeña—, soy una iglesia". De igual modo, vivamente impresionada por un pato desplumado que vio en la mesa de la co­cina fue hallada por la noche tendida en un canapé, al punto de que se la creyó enferma, y se la acosó a pre­guntas, que al principio quedaron sin respuesta; luego, con voz apagada, dijo: "¡Yo soy el pato muerto!" Se ve en esos ejemplos que el simbolismo lúdico puede llegar a cumplir la función de lo que sería para un adulto el lenguaje interior; pero, en lugar de repensar simplemente en un acontecimiento interesante o impre­sionante, el niño tiene necesidad de un simbolismo más directo, que le permita volver a vivir ese acontecimien­to, en vez de contentarse con una evocación mental'.

De esas múltiples funciones del juego simbólico se han derivado diferentes teorías que pretenden ser expli­cativas del juego en general y hoy ya abandonadas (sin hablar de la hipótesis de la recapitulación hereditaria de Stanley-Hall, que anunciaba, en el ámbito del jue­go, las concepciones más aventuradas de Jung en lo concerniente a los símbolos inconscientes). La principal de esas antiguas teorías es la de Karl Groos, que tuvo

' Son, sobre todo, los conflictos afectivos los que reaparecen en el juego simbólico. Puede estarse seguro, por ejemplo, de que si se produce una escena trivial en el desayuno, una o dos horas después el drama será reproducido en un juego de muñecas y, sobre todo, llevado a un ñnal más afortunado, bien porque el niño aplique a su muñeca una pedagogía más inteligen­te que la de sus padres, bien porque integre en el juego lo que su amor propio le impedía aceptar en la mesa (como terminar el plato de un guisado que le parezca detestable, sobre todo si es la muñeca quien se lo toma simbólicamente). Puede estarse seguro, también, de que si el niño tiene miedo de un perrazo, las cosas se arreglarán en un juego simbólico, en el que los perros dejarán de ser malos o los niños se harán valientes. De un modo general, el juego simbólico puede servir así para la liquidación de conflictos; pero también para la compensa­ción de necesidades no satisfechas, inversión de los papeles (obediencia y autoridad), liberación y extensión del yo, ett

68 Psicología del niño

el mérito de ser el primero en descubrir que el juego de los niños (y de los animales) presenta una significa­ción funcional esencial y no es un simple desahogo. Pero él veía en el juego un pre-ejercicio de las actividades futuras del individuo, lo cual es verdad e incluso evi­dente si nos limitamos a decir que el juego, como toda función general, es útil para el desarrollo, pero que pier­de toda significación si se entra en el detalle: el niño que juega a ser una iglesia, ¿se prepara a ser diácono? Y el que juega a ser un pato muerto, ¿se apresta a ser ornitólogo? Mucho más profunda es la teoría de J. J. Buytendijk, que liga el juego a las leyes de la "di­námica infantil", solo que esa dinámica no es lúdica en sí misma, y para darse cuenta de lo que el juego pre- , senta de específico parece necesario, como proponemos antes, apelar a un polo de asimilación al yo, distinto del polo acomodador de imitación y del equilibrio entre ellos (inteligencia)1; en el juego simbólico, esa asimi­lación sistemática se traduce en una utilización par­ticular de la función semiótica, consistente en construir símbolos a voluntad para expresar todo lo que, en la experiencia vivida, no podía ser formulado y asimilado sólo por los medios del lenguaje.

Pero ese simbolismo centrado en el yo* no consiste sólo en formular y en alimentar los diversos intereses conscientes del sujeto. El juego simbólico se refiere




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