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partes ni síntesis de sus relaciones. Por ejemplo, G



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partes ni síntesis de sus relaciones. Por ejemplo, G. Meili-Dworetski ha utilizado una figura equívoca en la que puede percibirse, bien un par de tijeras, bien un rostro humano, pre­sentándose las dos estructuraciones de modo alternativo en los mayores, y siguiendo incompatibles simultáneamente (ya que son los mismos círculos los que representan, bien los ojos, bien los aros de las tijeras); algunos muchachos han respon­dido, por el contrarío: "Es un señor al que le han echado unas tijeras a la cara." Ese sincretismo, pues, no obedece a leyes comparables a las de los efectos de campo; revela, simplemente, una carencia de actividad exploradora sistemática.

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tanto más interesante cuanto que el sujeto ignora todo acerca de sus resultados, lo que excluye la intervención de refuerzos externos y nos lleva a interpretar esa for­ma de aprendizaje como debida a una equilibración progresiva ("acoplamientos" más completos cada vez). En el niño de siete a doce años se encuentran los mis­mos efectos, pero tanto más débiles cuanto más jóvenes son los sujetos, con progresión bastante regular con la edad. En cambio, no se ha podido establecer con esa misma técnica ninguna acción del ejercicio o de la re­petición por debajo de los siete años: la curva de los errores oscila entonces alrededor de una misma media, hasta las 20 o incluso las 30 ó 40 repeticiones (el sujeto se fatiga tanto menos cuanto que no atestigua ninguna exploración activa) sin aprendizaje. Tiene cierto interés señalar que éste no empieza, pues, sino hacia los siete años, edad en que se debilita fuertemente el sincre­tismo y en la que los movimientos oculares están mejor dirigidos; y, sobre todo, la edad en que se constituyen las primeras operaciones lógico-matemáticas, es decir, en que la actividad perceptiva puede ser dirigida por una inteligencia que capta mejor los problemas: no es, na­turalmente, que la inteligencia sustituya entonces a la percepción, pero, al estructurar lo real, contribuye a programar las tomas de información perceptiva, o sea, a indicar lo que se trata de mirar con más atención. E, in­cluso en el ámbito de las simples longitudes lineales, esa programación desempeña un papel evidente, susti­tuyendo por una métrica las evaluaciones globales o simplemente ordinales (véase después cap. IV, § II-6). ' Esa acción orientadora de la inteligencia es aún más clara en el ámbito de las coordenadas perceptivas, es decir, en el establecimiento de referencia con los ejes horizontales y verticales, para juzgar la dirección de las figuras o de las líneas. H. Wursten ha estudiado, a petición de uno de nosotros, la comparación de las lon­gitudes de una vertical de 5 cm y de una oblicua va-

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riable (comprendida la posición horizontal), cuyo origen esté situado a 5 cm de la primera. Esa comparación es desafortunada en el adulto, y presenta muchos erro­res; pero es mucho mejor a los cinco y a los seis años, porque los pequeños no se preocupan de la orientación de las líneas (la prueba es que cuando se experimenta esa orientación, en sí misma, por comparación entre las figuras, cometen el máximum de errores, mientras que, para el adulto, la estimación es fácil). El error acerca de las longitudes crece de cinco-seis años a doce, hasta los nueve-diez, en que pasa por un máximo, para dismi­nuir ligeramente en seguida (gracias a nuevas actividades perceptivas de transporte de las longitudes, indepen­diente de las direcciones). Y en esa edad de nueve-diez años es, precisamente, en la que se organiza, en el ámbito de la inteligencia, el sistema de las coordenadas operatorias, o sea cuando el sujeto empieza a captar las direcciones, lo que le estorba entonces, en ese caso, para la evolución perceptiva de las longitudes'.



Se ve así, de una manera general, que las actividades perceptivas se desarrollan con la edad, hasta poder ple­garse a las directrices que les sugiere la inteligencia

* P. Dadsetan ha completado seguidamente la experiencia precedente, haciendo estimar la horizontalidad de una recta dibujada en el interior de un triángulo cuya base es oblicua, todo ello figurado en una gran hoja blanca cuyos bordes estaban orlados de trazos negros, para facilitar los puntos de referencia. Sin entrar en el detalle de los resultados, señalemos lo prin­cipal: sólo hacia los 9-10 años, el niño vuelve a ser sensible a las referencias de conjunto (exteriores al triángulo), porque, bajo su influencia de las coordenadas operatoria* nacientes, llega —pero solamente entonces— a encontrar la "idea de mirar" los bordes de la hoja, saliendo, en fin, de las fronteras de la figura triangular. Testimoniando, por lo demás, acerca de los mismos sujetos, su capacidad de utilizar las coordenadas operatorias (haciendo anticipar la línea de superficie del agua en un jarro, cuando se inclina éste: ver cap. III, $ III), Dad­setan ha encontrado un ligero avance de la coordinación ope­ratoria sobre su prueba de percepción, lo que demuestra, una vez más, el papel de la inteligencia en la programación de la actividad perceptiva.

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en sus progresos operatorios. Pero antes que se cons­tituyan las operaciones del pensamiento, la acción entera es la que desempeña el papel de orientación, como he­mos visto en el capítulo II, $ I. Hay que excluir, pues, el considerar las actividades perceptivas como resultado de una simple extensión o de un simple suavizamiento de los efectos de campo, como sugiere la perspectiva propia de la teoría de la Gestalt. Son, por el contrario, los efectos de campo los que aparecen como sedimen­taciones locales de actividades perceptivas de niveles variados, porque hay precoces, y el establecimiento de relaciones o comparaciones, globales al menos, comienza en las primeras semanas.

IV.—PERCEPCIONES, NOCIONES Y OPERACIONES

Establecidos esos datos, podemos volver al problema suscitado en la introducción de este capítulo: ¿el des­arrollo de las percepciones basta para explicar el de la inteligencia o, al menos, de su contenido (nociones), o el sensualismo ha olvidado, simplemente, el papel de la acción y de su esquematismo senso-motor, que puede constituir a la vez la fuente de las percepciones y el punto de partida de las operaciones ulteriores del pen­samiento?

1. Métodos.—En cuanto a las nociones, la tesis mí­nima del empirismo es que su contenido está sacado de la percepción, consistiendo su forma, simplemente, en un sistema de abstracciones y de generalizaciones, sin estructuración constructiva, es decir, fuente de re­laciones extrañas o superiores a las suministradas por la percepción. Vamos a comprobar, por el contrario, que esa estructuración se manifiesta incesantemente, que pro­cede de la acción o de las operaciones, y que enriquece las nociones de contenidos no perceptivos (además, na-

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turalmente, de las informaciones obtenidas por la per­cepción) porque, desde el principio, el esquematismo senso-motor rebasa la percepción y él no es, en sí mis­mo, perceptible.

El método adecuado para discutir el problema con­siste en elegir determinado número de nociones cuya evolución pre-operatoria y operatoria se conoce bien, y analizar las percepciones correspondientes (p. ej., las per­cepciones de velocidad para las nociones de velocidad, etcétera) de modo que se decida si son suficientes o no para dar cuenta de esas nociones.

Se hallan, a tal respecto, cuatro clases de situación. La primera (situación I) es aquella en que percepción y noción (o prenoción) aparecen al mismo nivel, por estar entonces la noción constituida por un esquema sen­so-motor y no ser aún representativo. Ya hemos visto en el M ejemplos de esas relaciones (objeto perma­nente y constancias perceptivas o efecto "túnel", cau­salidad senso-motora y perceptiva), que son en ese caso relaciones de interacción, porque el esquema senso-mo­tor no puede reducirse a las estructuras perceptivas correspondientes.

Las situaciones II a IV se presentan, como veremos, cuando la formación de las percepciones precede, con mucho, a la de las nociones correspondientes, las cuales consisten esta vez en conceptos representativos.

2. Nociones y percepciones proyectivas.—En la situa­ción de forma II hay evolución divergente entre la noción y la percepción. Por ejemplo, las nociones y re­presentaciones de perspectivas (repetición a distancia, fugitivas, etc.) no aparecen sino a partir de los siete años (comprensión de los cambios de tamaño o de for­ma según el punto de vista, representación de la pers­pectiva en el dibujo, etc.) y encuentran un nivel de equilibrio a los nueve-diez años (coordinación de los puntos de \ista con relación a un conjunto de tres obje-

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tos). Por el contrario, la percepción de los tamaños proyectivos o aparentes (apreciar la igualdad de las di­mensiones aparentes de una vara constante de 10 cm situada a 1 metro y de una variable situada a 4 metros, que deberían tener entonces 40 cm) es muy difícil para el adulto, salvo entre los dibujantes de profesión (¡el adulto medio escoge, en ese caso, una vara de alrede­dor de 20 cm a 4 metros I), mientras que al niño de seis-siete años le cuesta mucho trabajo comprender la cuestión; pero, una vez la ha comprendido, da resul­tados mucho mejores. Después de eso, la percepción disminuye, mientras que la noción se desarrolla, prueba de que ésta no se deriva únicamente de aquélla: en ese ámbito, la percepción sólo proporciona, en efecto, ins­tantáneas que corresponden a tal o cual punto de vista, que es el del sujeto en el momento considerado; mien­tras que la noción supone la coordinación de todas las perspectivas y la comprensión de las transformaciones que conducen de un punto de vista a otro.

3. Constancias perceptivas y conservaciones operato­rias.—Las situaciones de forma III son aquellas en que hay, por el contrario, isomorfismo parcial entre la cons­trucción de las percepciones y la de las nociones co­rrespondientes, y donde, en consecuencia, la percepción prefigura la noción, según la excelente expresión de Mi-chotte. Pero el término de prefiguración puede em­plearse en dos sentidos muy distintos: el de una filiación, propiamente dicha, que es en la que piensa Michotte —cuyas preferencias gestaltistas y aristotélicas son co­nocidas—, o el de una simple analogía en los procesos de construcción, con afinidad colateral y no directa, sien­do la fuente común el esquematismo senso-motor.

Pueden citarse, como ejemplos de esas prefiguraciones simples, las relaciones que unen las constancias percep­tivas, de las que ya hemos hablado (cap. II, § I), con las conservaciones operatorias, de las que nos ocupare-

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mos más adelante (cap. IV, § I). Las dos consisten, efectivamente, en conservar alguna propiedad del obje­to: su tamaño real o su forma en el caso de las cons­tancias perceptivas cuando el tamaño o la forma apa­rentes son modificados; la cantidad de su materia, su peso, etc., en el caso de las conservaciones operatorias cuando se trasvasa un líquido de un recipiente a otro o se modifica la forma de una bolita de barro. Ambas se basan, por lo demás, en mecanismos de compensación por composición multiplicativa (en el sentido lógico del término). En el caso de la constancia de los tamaños, el aparente disminuye cuando aumenta la distancia y el real es percibido como resultante de constancia apro-ximativa de la coordinación de esas dos variables. En el caso de la conservación de la materia, la cantidad de líquido es juzgada permanente cuando el niño, aun comprobando que la altura del nivel aumenta en un vaso más estrecho, comprueba también que la anchura de la columna decrece, y que, en consecuencia, el pro­ducto es constante por compensación (compensación ló­gica o deductiva, naturalmente, sin ninguna medida ni cálculo numérico). Hay, pues, en ello analogía de cons­trucción o isomorfismo parcial entre los mecanismos de las constancias y de las conservaciones. Sin embargo, las primeras conservaciones operatorias no empiezan hasta los siete-ocho años (sustancia) y se escalonan has­ta los doce (volumen), ya que el mecanismo de las compensaciones deductivas está ausente durante todo el período preoperatorio hasta los seis-siete años. Las constancias perceptivas aparecen, en cambio, como he­mos visto, desde el primer año (período senso-motor). Verdad es que evolucionan aún hasta los diez años: los sujetos de cinco-siete años disminuyen un poco los ta­maños a distancia, y los mayores y el adulto los sobre­estiman (superconstancia por exceso de compensación). Pero el mecanismo de las compensaciones perceptivas actúa desde los seis a los doce meses, es decir, alrede-



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dor de siete años antes del de las compensaciones ope­ratorias.

Para juzgar acerca del parentesco genético o de la filiación eventual entre las constancias y las conserva­ciones hay, pues, que explicar, ante todo, ese desnivel considerable. La razón es sencilla. En el caso de las constancias perceptivas, el objeto no está modificado en realidad, sino sólo en apariencia, es decir, desde el punto de vista del sujeto. En ese caso no hay necesidad de razonar para corregir la apariencia y basta una regula­ción perceptiva (de ahí el carácter aproximativo de las constancias y las hiper-regulaciones que entrañan las su-perconstancias). En cambio, en el caso de las conserva­ciones, el objeto está modificado en realidad, y para comprender su "no-variación" es necesario construir ope­ratoriamente un sistema de transformación que asegure las compensaciones.

La conclusión, por tanto, es que si las constancias y las conservaciones se construyen de modo análogo por compensaciones reguladoras u operatorias, las segundas no se derivan por ello de las primeras, dada su com­plejidad muy superior. Son, pues, parientes, pero de manera colateral: las conservaciones operatorias cons­tituyen una prolongación directa de esa forma precoz de invariante que es el esquema del objeto permanente (precoz porque el objeto no es entonces modificado, sólo es desplazado como en el caso de las constancias, pero saliendo enteramente del campo perceptivo); y, como se ha visto, entre el esquema y las constancias nacientes existen interacciones.

4. Las situaciones de forma IV presentan prefigura­ciones análogas a las precedentes, pero con acción de retorno de la inteligencia sobre la percepción'.

' Puede citarse como ejemplo el ya discutido de las coorde­nadas perceptivas. Hay aquí prefiguración de la noción en la percepción, en el sentido de que, a todos los niveles percepti-

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5. Conclusión.—De modo general, está excluido así concebir las nociones de la inteligencia como abstraídas, sin más, de las percepciones por simples procesos de abstracción y de generalización, porque, aparte de las informaciones perceptivas, entrañan siempre construc­ciones específicas de naturaleza más o menos compleja. En el caso de las nociones lógico-matemáticas, suponen un juego de operaciones que son abstraídas, no de los objetos percibidos, sino de las acciones ejercidas sobre los objetos, lo que no es en modo alguno equivalente, ya que si cada acción puede dar lugar a percepciones extero- y propioceptivas, los esquemas de esas acciones no son perceptibles. En cuanto a las nociones físicas, etcétera, la parte de información perceptiva necesaria es entonces más grande; pero, por elementales que sean en el niño, tales nociones no pueden tampoco ser ela­boradas sin una estructuración lógico-matemática que rebase de nuevo la percepción.

Respecto a las operaciones en sí mismas, de las que trataremos en los capítulos IV y V, es bien sabido que Max Wertheimer, uno de los creadores de la teo­ría de la Gestalt, ha tratado de reducirlas a una estruc­tura así10, y que el "gestaltismo" interpreta la inteligen­cia entera como una extensión a ámbitos cada vez más amplios, "formas" que gobiernan inicialmente el mundo de las percepciones. Ahora bien: no sólo cuanto se acaba de decir (1 a 4) contradice tal interpretación, sino, además, en lo que concierne a las operaciones como tales, puede concluirse este capítulo con las considera­ciones siguientes: Las estructuras perceptivas son esencialmente irrever-

vos, algunas direcciones están evaluadas en función de refe­rencias (el propio cuerpo o los elementos próximos del objeto considerado); pero una vez constituidas las coordenadas ope­ratorias, como generalizaciones de las operaciones de medida en dos o tres dimensiones, actúan, en retorno, sobre la per­cepción, como hemos visto en el $ III. 10 Productive Thinking, Nueva York, Harper, 1945.

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sibles, porque se asientan en un modo de composición probabilista, evidente en el terreno de los efectos de campo, pero que están en juego también en las regula­ciones propias de las actividades perceptivas (aunque esas regulaciones atenúan la parte del azar o de la mez­cla irreversible). Ahora bien: las operaciones, aunque constituyen también estructuras de conjunto, son esen­cialmente reversibles: +n es exactamente anulado por n. Por otra parte, y en consecuencia, las estructuras perceptivas entrañan una composición no aditiva; y pre­cisamente por ese carácter los gestaltistas definen su noción central de Gestalt: pero una operación es rigu­rosamente aditiva, porque 2 + 2 hacen exactamente 4 y no un poco más o un poco menos, como si se tratase de una estructura perceptiva. Parece, pues, excluido obtener las operaciones o la inteligencia en general de los sistemas perceptivos; e incluso si las formas preope­ratorias del pensamiento presentan toda clase de estados intermedios que recuerdan las formas perceptivas, sub­siste, entre la irreversibilidad de las adaptaciones per­ceptivas en las situaciones hic et nunc y las construc­ciones reversibles propias de las conquistas lógico-mate­máticas de la inteligencia operatoria, una dualidad fun­damental de orientación, tanto desde el punto de vista genético como desde el de sus destinos en la historia del pensamiento científico.

CAPITULO III

LA FUNCIÓN SEMIÓTICA O SIMBÓLICA

Al término del período senso-motor, hacia un año y medio o dos años, aparece una función fundamental para la evolución de las conductas ulteriores, y que consiste en poder representar algo (un "significado" cualquiera: objeto, acontecimiento, esquema conceptual, etcétera) por medio de un "significante" diferenciado y que sólo sirve para esa representación: lenguaje, imagen mental, gesto simbólico, etc. Siguiendo a Head y a los especialistas de la afasia, se denomina, en general, "sim­bólica" esa función generadora de la representación; pero como los lingüistas distinguen cuidadosamente los "símbolos" y los "signos", es mejor emplear con ellos la expresión de "función semiótica" para designar los funcionamientos referentes al conjunto de los signifi­cantes diferenciados.



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