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parte, H. Gruber ha realizado una investigación sobre los mismos problemas con gatos pequeños; éstos pasan, en ge­neral, por los mismos estadios; pero llegan a un inicio de permanencia desde los tres meses. El niño, en este punto como en otros muchos, se halla retrasado con respecto al animal; pero ese retraso atestigua asimilaciones más acentuadas, ya que, seguidamente, el primero consigue sobrepasar ampliamente al segundo.

1 Poincaré tuvo el gran mérito de prever que la organización del espado iba ligada a la construcción del "grupo de los des­plazamientos"; pero, como no elaboraba psicología, consideró eso a priori, en lugar de como el producto de una construc­ción progresiva.

El nivel senso-motor 27

estructura fundamental, que constituye la armazón del espacio práctico, en espera de servir de base, una vez interiorizada, a las operaciones de la métrica euclidiana: es lo que los geómetras llaman "grupo de desplazamien­tos", y cuya significación psicológica es la siguiente: a) Un desplazamiento AB y un desplazamiento BC pueden coordinarse en un solo desplazamiento AC, que forma aún parte del sistema •; Ü) Todo desplazamiento AB puede ser invertido BA, de donde resulta la con­ducta de "retorno" al punto de partida; c) La compo­sición del desplazamiento AB y de su inverso BA da el desplazamiento nulo AA; d) Los desplazamientos son asociativos, es decir, que en la serie ABCD se tiene AB+BD=AC+CD; esto significa que un mismo pun­to D puede ser alcanzado a partir de A por caminos diferentes (si los segmentos AB, BC, etc., no están en línea recta), lo que constituye la conducta del "radio", cuyo carácter tardío se conoce (estadios V y VI en el niño, conducta comprendida por los chimpancés, pero ignorada de las gallinas, etc.).

En correlación con esa organización de las posiciones y de los desplazamientos en el espacio, se constituyen, naturalmente, series temporales objetivas, ya que en el caso del grupo práctico de los desplazamientos, éstos se efectúan materialmente de modo progresivo y uno tras otro, por oposición a las nociones abstractas que construirá más tarde el pensamiento y que permitirán una representación de conjunto simultánea y cada vez más extratemporal.

3. La causalidad.—El sistema de los objetos perma­nentes y de sus desplazamientos es, por otra parte, in-disociable de una estructuración causal, porque lo pro-'o de un objeto es ser la fuente, el lugar o el resultado

trayecto AC puede no pasar por B si AB y BC no están ■» recta.

28 Psicología del niño

de acciones diversas cuyas relaciones constituyen la ca­tegoría de la causalidad.

Mas, en paralelo completo con el desarrollo de los esquemas precedentes, la causalidad sólo se hace obje­tiva y adecuada al término de una larga evolución, cuyas frases iniciales se centran en la acción propia e ignoran aún las relaciones espaciales y físicas inherentes a los esquemas causales materiales. En el estadio III, todavía (cfr. § I), cuando la criatura llega ya a sonreír a lo que ve y a manipular los objetos según diversos esquemas (cambiar de sitio, balancear, golpear, frotar, etc.), sólo conoce como causa única su acción propia, indepen­dientemente, inclusive, de los contactos espaciales,

En la observación del cordoncillo que cuelga del techo de la cuna (§ 1-4), el niño no sitúa en el cordón la causa del movimiento de los sonajeros suspendidos, sino en la acción global de "tirar del cordón", lo cual es muy distinto: la prueba de ello es que continúa tirando del cordón para actuar sobre objetos situados a dos metros de distancia o sobre sonidos, etc. De igual modo, otros sujetos de ese nivel III se encorvan y se dejan caer para mover su cuna, y también para actuar sobre ob­jetos distantes, o, más tarde, guiñan los ojos ante un conmutador para encender una lámpara eléctrica, etc.



Esa causalidad inicial puede denominarse mágico-fe-nomenista; fenomenista, porque cualquier cosa puede producir cualquiera otra según las reacciones anteriores observadas; y "mágica", porque se centra en la acción del sujeto, sin consideración de los contactos espacia­les. El primero de esos dos aspectos recuerda la inter­pretación de la causalidad por Hume, pero con centra-tion, puesta en el centro, exclusiva en la acción propia. El segundo aspecto recuerda las concepciones de Maine de Biran; pero no hay aquí conciencia del yo ni deli­mitación entre éste y el mundo exterior.

El nivel senso-motor 29

A medida, por el contrario, que el universo es estruc­turado por la inteligencia senso-motora según una or­ganización espacio-temporal y por la constitución de objetos permanentes, la causalidad se objetiva y se es-pacializa; es decir, que las causas reconocidas por el sujeto no están ya situadas en la sola acción propja, sino en objetos cualesquiera, y que las relaciones de causa a efecto entre dos objetos o sus acciones suponen un contacto físico y espacial. En las conductas del so­porte, de la cinta y del bastón (§ I, estadios V y VI) está claro, p. ej., que los movimientos de la alfombra, de la cinta o del bastón tienen que actuar sobre los del objeto (independientemente del autor del desplaza­miento), ello a condición de que haya contacto: si el objeto está colocado junto a la alfombra, pero no encima de ella, el niño del estadio V no tirará del soporte, mientras que el del estadio III, e incluso el del IV, al que se le haya enseñado a servirse del soporte (o que haya descubierto casualmente su papel), tirará todavía de la alfombra, si el objeto deseado no sostiene con él la relación espacial "situado encima".



III.—EL ASPECTO COGNOSCITIVO DE LAS REACCIONES SENSO-MOTORAS

Si se comparan las fases de esta construcción de lo real con la que corresponde a los esquemas senso-motores que intervienen en el funcionamiento de los reflejos, de los hábitos o de la inteligencia, se com­prueba la existencia de una ley de desarrollo, que ofrece alguna importancia porque regirá igualmente toda la evo­lución intelectual posterior del niño.

El esquematismo senso-motor se manifiesta, en efec­to, bajo tres grandes formas sucesivas (las precedentes no se pierden, por lo demás, hasta que aparecen las siguientes):

30 Psicología del niño

  1. Las formas iniciales están constituidas por estruc­
    turas de ritmos, como las que se observan en los mo­
    vimientos espontáneos y globales del organismo, cuyos
    reflejos no son, sin duda, sino diferenciaciones progre­
    sivas. Los mismos reflejos particulares dependen tam­
    bién de la estructura de ritmo, no sólo en sus acomo­
    damientos complejos (succión, locomoción), sino porque
    su desarrollo conduce de un estado inicial X a un esta­
    do final
    Z, para recomenzar seguidamente en el mismo
    orden (de inmediato o de manera diferente).

  2. Vienen en seguida regulaciones diversas que di­
    ferencian los ritmos iniciales siguiendo múltiples es­
    quemas. La forma más corriente de esas regulaciones
    es el control por tanteos que intervienen en la forma­
    ción de los primeros hábitos Gas "reacciones circulares"
    aseguran a tal respecto la transición entre el ritmo y
    las regulaciones) y en los primeros actos de inteligencia.
    Esas regulaciones, cuyos modelos cibernéticos entrañan
    sistemas de boucles o feedbaks, alcanzan así una semi-
    reversibilidad aproximada, por el efecto retroactivo de
    las correcciones progresivas.

  3. Aparece por fin un comienzo de reversibilidad^
    fuente de futuras "operaciones" del pensamiento, pero
    ya actuando al nivel senso-motor desde la constitución
    del grupo práctico de los desplazamientos (cada despla­
    zamiento AB lleva consigo entonces un desplazamiento
    inverso BA). El producto más inmediato de las estruc­
    turas reversibles es la constitución de nociones de
    conservación o de invariantes de "grupos". Al nivel
    senso-motor ya, la organización reversible de los des­
    plazamientos entraña la elaboración de tal invariante,
    bajo la especie de un esquema del objeto permanente.
    Pero es obvio que, a ese nivel, ni esa reversibilidad en
    acción ni esa conservación son completas, por falta de
    representación.

Si las estructuras de ritmo no aparecen ya en los

El nivel senso-motor 31

niveles representativos posteriores (de 2 a 15 años), toda la evolución del pensamiento estará dominada —como se verá después— por un paso general de las regulaciones a la reversibilidad interiorizada u opera­toria, es decir, a la reversibilidad propiamente dicha.

IV.—EL ASPECTO AFECTIVO DE LAS REACCIONES SENSO-MOTORAS

El aspecto cognoscitivo de las conductas consiste en su estructuración, y el aspecto afectivo, en su energéz tica (o, como decía P. Janet, en su "economía"). Esos dos aspectos son, a la vez, irreducibles y complementa­rios: no hay que extrañarse, pues, de hallar un para­lelismo notable entre sus respectivas evoluciones. De un modo general, en efecto, mientras el esquematismo cognoscitivo pasa de un estado inicial centrado sobre la acción propia a la construcción de un universo obje­tivo y descentrado, la afectividad de los mismos niveles senso-motores procede de un estado de indiferenciación entre el yo y el "entorno" físico y humano para cons­truir a continuación un conjunto de cambios entre el yo diferenciado y las personas (sentimientos interindi­viduales) o las cosas (intereses variados, según los ni­veles).

Pero el estudio de la afectividad del lactante es mucho más difícil que el de sus funciones cognosciti­vas, porque en él es mayor el riesgo del adultomorfis-mo. La mayoría de los trabajos conocidos son de na­turaleza psicoanalítica y se han contentado, durante mucho tiempo, con una reconstitución de los estudios elementales, a partir de la psicopatología adulta. Con R. Spitz, K. Wolf y Th. Gouin-Décarie, el psicoaná­lisis del bebé se ha hecho, por el contrario, experimen­tal; y con las actuales investigaciones de S. Escalona.

32 Psicología del niño

de inspiración psicoanalista y lewiniana, a la vez, se libera del detalle de los cuadros freudianos para al­canzar el nivel del análisis y del control objetivos.

1. El adualismo inicial.—Los afectos propios de los dos primeros estadios (I-II del § I) se inscriben en un con­texto ya descrito por J. M. Baldwin con el nombre de "adualismo", en el que no existe aún, sin duda, nin­guna conciencia del yo, es decir, ninguna frontera entre el mundo interior o vivido y el conjunto de las reali­dades exteriores. Freud habló de narcisismo, a tal res­pecto, sin percibir suficientemente que se trataba de un narcisismo sin Narciso. Anna Freud precisó después ese concepto de "narcisismo primario", en el sentido de una indiferenciación inicial entre el yo y los otros. Wal-lon describe esa misma indiferenciación en términos de simbiosis; pero sigue siendo importante especificar que, en la propia medida en que el yo continúa incons­ciente de sí mismo, es decir, indiferenciado, toda la afectividad queda centrada sobre el cuerpo y la acción propios, ya que sólo una disociación del yo y de los otros o del no-yo permite la décentration tanto afectiva como cognoscitiva. Por eso, la intención contenida en la noción de narcisismo sigue siendo válida, a condición de precisar que no se trata de una centration consciente sobre un yo, por lo demás idéntico al que se constituirá una vez elaborado, sino de una centration inconsciente por indiferenciación.

Establecido esto, los afectos observables en ese con­texto adualista dependen ante todo de ritmos generales que corresponden a los de las actividades espontáneas y globales del organismo (§ I): alternancias entre los estados de tensión y de laxitud, etc. Esos ritmos se diferencian en búsquedas de los estímulos agradables y en tendencias a evitar los desagradables.

Uno de los síntomas más estudiados de la satisfac-



El nivel senso-motor 33

ción es la sonrisa, que ha dado lugar a múltiples inter­pretaciones. Ch. Bühler y Kaila ven en ella una reacción específica a la persona humana. Pero, de una parte, se observa al principio una especie de sonrisa fisiológica, inmediatamente después de mamar, sin ningún estímulo visual. De otra, uno de nosotros ha notado sonrisas muy precoces en presencia de objetos en movimiento. La reacción al rostro humano ha sido estudiada por medio de máscaras más o menos completas (ojos y frente sin la boca, etc.) análogas a los "engaños" de que se sirven los etólogos de la escuela de Tinbergen y Lorenz para analizar los desencadenantes perceptivos de los mecanismos innatos *. Se ha observado, a tal res­pecto, que los ojos y la parte superior del rostro des­empeñan un papel preponderante; y ciertos autores (Bowlby) consideran esos estímulos como análogos a los desencadenantes hereditarios (IRM)10. Pero, de acuer­do con Spitz11 y Wolf, es más prudente ver sólo en la sonrisa un signo de reconocimiento de un complejo de estímulos en un contexto de satisfacción de las ne­cesidades. No supondría, pues, desde el principio, reco­nocer la persona de otro, sino que, como la sonrisa del niño es muy frecuentemente provocada, sostenida y re­forzada o "gratificada" por la sonrisa del compañero humano, se convierte, con más o menos rapidez, en un instrumento de intercambio o de contagio y, en conse­cuencia, poco a poco, en un medio de diferenciación de personas y de cosas (las primeras sólo son, durante largo tiempo, centros particularmente activos e impre­vistos, asimilados en función de las reacciones propias sin diferenciación neta de las cosas).

* Ver Sandstróm, C. L: Psicología del niño y del adoles­cente. Madrid, Morata, 1968. (N. del T.)

10 WM: innate releasing mechanisms.

11 Spitz, R.: La premiére année de la vie de Venfant: Cé­
nese des premieres relations objectales. París, 1958.

34 Psicología del niño

2. Reacciones intermedias.—Durante los estadios III y IV, de manera general, se asiste, en función de la cre­ciente complejidad de conductas, a una multiplicación de las satisfacciones psicológicas, que vienen a añadirse a las satisfacciones orgánicas. Pero si las fuentes de interés se diversifican así, se observan, igualmente, nue­vos estados en presencia de lo desconocido, cada vez más diferenciados de lo conocido: inquietudes en pre­sencia de personas extrañas al medio ambiente (Spitz), reacciones ante situaciones insólitas (Meili), etc.; y mayor o menor tolerancia al stress *, la cual aumenta en un contexto de contactos agradables.



El contacto con las personas se hace más importante cada vez, anunciando el paso del contagio a la comu­nicación (Escalona). En efecto: antes que se constru­yan de manera complementaria el yo y los otros, así como sus interacciones, se asiste a la elaboración de todo un sistema de intercambios, gracias a la imitación, a la lectura de los indicios gesticulares y de los mími­cos. El niño comienza entonces a reaccionar ante las personas, de modo cada vez más específico, porque és­tas actúan de otra manera que las cosas, y lo hacen según esquemas que pueden relacionarse con los de la acción propia. Se establece, incluso, antes o después, una especie de causalidad relativa a las personas, en tanto que éstas proporcionan placer, confortación, tran­quilidad, seguridad, etc.

Pero es esencial comprender que el conjunto de esos progresos afectivos es solidario de la estructuración ge­neral de las conductas. "Mis datos —concluye Escalo­na— sugieren la posibilidad de extender a todos los aspectos adaptativos del funcionamiento mental lo que Piaget propone para la cognition: la emergencia de fun­ciones tales como la comunicación, la modulación de los

* Palabra inglesa, de diversos significados, pero que, en este caso, equivale, fundamentalmente, a "tensión". (N. del T.)

El nivel senso-motor 35

efectos, el control de las excitaciones, la posibilidad de diferir las reacciones (delay), ciertos aspectos de las relaciones entre objetos como identificación, son, en to­dos esos casos, el resultado de las secuencias del des­arrollo senso-motor, antes que las funciones se liguen a un ego en un sentido más restringido" '*.

3. Las relaciones "objétales" *.—Durante los estadios V y VI (con preparación desde el estadio IV) se asiste a lo que Freud llamaba una "elección del objeto" afec­tivo, y que consideraba como una transferencia de la libido, a partir del yo narcisista, sobre la persona de los padres. Los psicoanalistas hablan ahora de "relaciones objétales"; y desde que Hartmann y Rapaport insistie­ron sobre la autonomía del yo con respecto a la libido, conciben la aparición de esas relaciones "objétales" como señal de la doble constitución de un yo diferenciado de otro, y de otro que se convierte en objeto de afec­tividad. J. M. Baldwin había insistido ya, hace tiempo, en el papel de la imitación en la elaboración del yo, lo que atestigua la solidaridad y la complementariedad de las formaciones del ego y del alter.

Los problemas consisten, entonces, en comprender las razones por las que esa décentration de la afectividad sobre la persona de otro, en tanto que es a la vez dis­tinta y análoga al yo que se descubre en referencia con ella, se produce a ese nivel del desarrollo; y, sobre todo, en comprender de qué manera se efectúa esa dé­centration. Nosotros hemos supuesto que la afectiva era correlativa de la cognoscitiva, no que una domine a la otra, sino que ambas se producen en función de un mismo proceso de conjunto. En efecto, en la medida

u Escalona, S. K.: Patterns of infantile experience and the developmental process, The psychoanal. Study of the Child, vol. XVIII (1963), p. 198.

* Objetal: Tendencia o conducta hacia un objeto por oposi­ción a las dirigidas a la personalidad. (N. del T.)

36 Psicología del niño

en que el niño deja de relacionarlo todo con 6us estados y su propia acción, para sustituir un mundo de cuadros fluctuantes sin consistencia espacio-temporal ni causa­lidad exterior o física por un universo de objetos permanentes, estructurado según sus grupos de despla­zamientos espacio-temporales y según una causalidad objetivada y espacializada, es claro que su afectividad se adherirá igualmente a esos objetos permanentes lo-calizables y fuentes de causalidad exterior en que se han convertido las personas. De ahí la constitución de las "relaciones objétales" en estrecha unión con el es­quema de los objetos permanentes.

Esta hipótesis, muy verosímil pero aún no probada, ha sido verificada recientemente por Th. Gouin-Déca-rie IS. Esta psicólogo canadiense ha controlado en 90 sujetos (como hemos visto en el § II) el desarrollo regular de las etapas de la formación del esquema del objeto. Pero, acerca de esos mismos sujetos, ha reali­zado el análisis de las reacciones afectivas en función de una escala referente a las "relaciones objétales" (la evolución así observada es neta, aunque menos regular que la de las reacciones cognoscitivas). Recogidas ya esas dos series de materiales, Th. Gouin ha demostrado la existencia de una correlación significativa entre ellos " y que las etapas de la afectividad corresponden, en lí­neas generales, para cada grupo de sujetos, a las de la construcción del objeto".

11 Gouin-Décarie, Th.: Intelügence et affectivité chez le jeune enfant. Delachaux y Niestlé, 1962.

14 Antony, J., ha demostrado igualmente la existencia de la­
gunas en el esquema del objeto permanente en los niños psicó-
ticos que presentan perturbaciones de las relaciones "objétales".
Véase: Six applications de la théorie génétique de Piaget i la
pratique psychodynamique, Revue suisse de Psychologie, XV,
núm. 4, 1956.

15 Queda por señalar que, en la medida en que se verifican
tales correlaciones, es decir, donde la afectividad es solidaría
del conjunto de la conducta sin consistir en una causa ni en
un efecto de las estructuraciones cognoscitivas, el factor esen-

El nivel senso-motor 37

Esas diversas correlaciones cognoscitivo-afectivas e interacciones interindividuales son de naturaleza que matiza las conclusiones que pueden obtenerse de las reacciones al hospitalismo. Sabido es que, bajo esa de­nominación, los psicoanalistas Spitz, Goldfarb, Bowl-by, etc., han estudiado los efectos de la separación de la madre, de la carencia maternal y de la educación en las instituciones hospitalarias. Los datos recogidos demuestran la existencia de retrasos sistemáticos (y, además, electivos) de desarrollo e incluso de detenciones y regresiones en caso de separación duradera. Pero, aun aquí, ha de tenerse en cuenta el conjunto de los facto­res: no es necesariamente el elemento maternal, como afectivamente especializado (en el sentido freudiano), el que desempeña el papel principal, sino la falta de inter­acciones estimuladoras; porque éstas pueden estar uni­das a la madre, no sólo como madre, sino porque se ha creado un modo de intercambio particular entre esa per­sona, con su carácter, y el niño con el suyo.

cial en las relaciones "objétales" es la relación como tal entre el sufeto y el objeto afectivo; es, pues, la interacción entre ellos, y no esencialmente el factor "madre" el que actúa como variable independiente, según supone aún el psicoanálisis neo-freudiano. Como bien ha demostrado S. Escalona, a quien sus finas observaciones de psicología individual y diferencial han llevado a una posición más relativista, una misma "compañera" maternal provoca resultados diferentes según el comportamiento general del niño, así como niños diferentes desencadenan reac­ciones distintas en la misma madre.

CAPITULO II

EL DESARROLLO DE LAS PERCEPCIONES

En lo concerniente al desarrollo de las funciones cog­noscitivas en el niño, el capítulo I nos ha hecho entrever —y los siguientes lo confirmarán— que las estructuras senso-motoras constituyen la fuente de las posteriores operaciones del pensamiento. Esto significa, pues, que la inteligencia procede de la acción en su conjunto, por­que transforma los objetos y lo real, y el conocimiento, cuya formación puede seguirse en el niño, es esencial­mente asimilación activa y operatoria.

Ahora bien: la tradición empirista, que tanta influen­cia ha tenido sobre cierta pedagogía, considera el co­nocimiento, por el contrario, como una especie de copia de lo real, con lo que la inteligencia habría de tener sus orígenes en la sola percepción (por no hablar ya de sensaciones). Incluso el gran Leibniz, que defendía la inteligencia contra el sensualismo (añadiendo nisi ipse intellectus al adagio nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu), acepta la idea de que, si las formas de las nociones, juicios y razonamientos no de­rivan de los "sentidos", sus contenidos proceden de ellos íntegramente: ¡como si no existiesen en la vida mental más que las sensaciones y la razón..., olvidando la acción!

Es, por tanto, indispensable, para comprender el des-



Desarrollo de las percepciones 39

arrollo del niño, examinar la evolución de sus percep­ciones, después de recordar el papel de las estructuras o del esquematismo senso-motores. La percepción cons­tituye, en efecto, un caso particular de las actividades senso-motoras. Pero su carácter particular consiste en que depende del aspecto figurativo del conocimiento de lo real, mientras que la acción en su conjunto (y ya en tanto que acción senso-motora) es esencialmente ope­rativa y transforma lo real. Importa entonces, y es aquí la cuestión capital, determinar el papel de las percep­ciones en la evolución intelectual del niño, con relación al de la acción o de las operaciones que se derivan en el curso de las interiorizaciones y estructuraciones ulte­riores.

L—CONSTANCIAS Y CAUSALIDAD PERCEPTIVAS



Convendría comenzar nuestro análisis por el estudio de las percepciones desde el nacimiento y durante todo el período senso-motor. Por desgracia, nada es más di­fícil que captar las percepciones del recién nacido y del lactante, ya que no se les puede someter a experiencias precisas de laboratorio; y si poseemos algunos datos neurológicos acerca del desarrollo de los órganos sen­soriales1, no nos bastan en absoluto para reconstituir

1 Así, según W. E. Hunt, los electro-retinogramas demuestran que, algunas horas después del nacimiento, los receptores reti­ñíanos se hallan ya en estado de funcionamiento (la mielina no es necesaria para el funcionamiento, pero sirve para aislar los axones y corresponden a reacciones electrofisiológicas más ma­duras). Según A. H. Keeney, el desarrollo posnatal de la fóvea y del área pericentral es muy rápido durante los cuatro primeros meses. Seguidamente, hay un cambio gradual hasta la adoles­cencia; en particular la estratificación de los conos aumenta a partir de una capa sencilla en el nacimiento a tres capas a las 16 semanas; y la profundidad máxima de 4 o de 5 no se alcanza hasta la adolescencia.

Según U. L. Conel, durante una buena parte de la infancia, la región de los lóbulos occipitales que recibe una gran propor-

40 Psicología del niño

lo que son en sí mismas esas percepciones. En cambio, dos famosos problemas de percepción pueden relacio­narse con las reacciones senso-motoras del primer año: el de las constancias y el de la causalidad perceptiva.

Se llama constancia del tamaño la percepción del ta­maño real de un objeto situado a distancia, con inde­pendencia de su aparente disminución; la constancia de la forma es la percepción de la forma habitual del objeto (p. ej., visto de frente o en plano frontal-parale­lo, etc.), independientemente de su presentación pers­pectiva. Esas dos constancias perceptivas se inician bajo una forma aproximativa desde la segunda mitad del primer año, para luego afirmarse hasta los diez o doce años y aun después'. Podemos preguntarnos, por tanto, cuáles son sus relaciones con los esquemas senso-mo-tores, sobre todo con el del objeto permanente.

1. La constancia de la forma.—Comenzando por la constancia de la forma, uno de nosotros' ha compro­bado la ligazón de algunas de sus manifestaciones con la permanencia del objeto. Al presentar el biberón in­vertido a un niño de siete u ocho meses, comprobó que éste lo volvía con facilidad al ver, en segundo plano, una parte de la tetina de caucho rojo; pero no con­seguía esto si no le era posible ver nada de la tetina y sólo tenía ante sí la base blanca del biberón lleno de leche. Ese niño no atribuía, pues, una forma constan­te al biberón; pero desde el momento en que, a los nueve meses, comenzó a buscar los objetos detrás de

ción de fibras a partir de la mácula está menos desarrollada, en todos los respectos, que las regiones que reciben las suyas de la periferia de la retina. Según P. I. Yakolov, la cantidad de mie-lina a lo largo de los tractos nerviosos se aumenta hasta los 16 años.

1 Sin hablar de la "superconstancia" de las magnitudes o sobrestimación de la altura de los objetos alejados, que empieza a los 8 ó los 9 años y es bastante general en el adulto.

1 Piaget, J.: Les mécanismes perceptifs, Presses Universitai-res de France, 1961.

Desarrollo de las percepciones 41

lo que los ocultaba, consiguió volver fácilmente el bi­berón presentado a la inversa, como si la permanencia y la forma constante del objeto estuviesen ligadas entre sí. Puede suponerse que interviene en este caso una interacción entre la percepción y el esquema senso-mo-tor, porque la primera no basta para explicar el segundo (la búsqueda de un objeto desaparecido sólo depende de su forma), ni el segundo la primera.

2. La constancia de los tamaños.—En cuanto a la constancia de los tamaños, se inicia hacia los seis me­ses: el niño, una vez decidido a escoger la mayor de dos cajas, continúa eligiéndola si se aleja la más grande, aunque ésta corresponda entonces a una imagen reti-niana más pequeña (Brunswik y Cruikshank, Misumi). Esa constancia se inicia, por tanto, antes de la cons­titución del objeto permanente, pero después de la coordinación de la visión con la aprehensión (hacia los cuatro meses y medio). Ahora bien, este último hecho es de cierta importancia, porque cabe preguntarse por qué existe una constancia perceptiva de los tamaños, mientras que desaparece más allá de cierta distancia en­tre el objeto y el sujeto, y la inteligencia basta entonces para hacer conocer el tamaño real de los elementos aparentemente disminuidos. La respuesta es, indudable­mente, que el tamaño de un objeto resulta variable a la visión, pero constante al tacto; y que todo el des­arrollo senso-motor impone el establecimiento de una correspondencia entre la clave perceptiva visual y la cinestésica o táctil. No sería, pues, casual que la cons­tancia de los tamaños se inicie después y no antes que la coordinación de la visión y la aprehensión: aunque de naturaleza perceptiva, dependería así de los esque­mas senso-motores de conjunto (y, si puede favorecer en lo sucesivo la permanencia del objeto, la constancia de los tamaños se mejorará, en compensación, una vez adquirida esa permanencia).

42 Psicología del niño

3. Objeto permanente y percepción.—Esos dos pri­meros ejemplos tendían, por tanto, a mostrar la irredu-cibilidad de lo senso-motor con relación a lo perceptivo, pues en los dos casos parece que si la percepción presta naturalmente servicios indispensables a la actividad sen-so-motora, la primera se enriquece recíprocamente por la segunda, y no podría bastar para constituirla ni para constituirse ella misma con independencia de la acción. No se ha dejado, sin embargo, de buscar explicar la constitución del objeto permanente por factores per­ceptivos. Así, p. ej., Michotte ve en esa permanencia un producto de los efectos perceptivos denominados por él "efecto pantalla" (el paso de un objeto A bajo otro B se reconoce, cuando A está en parte oculto, en la organización de las fronteras según las leyes figura fon­do); y "efecto túnel" (cuando A pasa bajo B a una velocidad constante percibida antes de la entrada, se experimenta una impresión perceptiva, pero no senso­rial, de sus posiciones y se anticipa su salida). Pero la cuestión estriba en saber si el niño presenta o no los efectos "pantalla" y "túnel" antes de haber cons­truido la permanencia del objeto. Para el segundo, la experiencia muestra que no es así. Se presenta un objeto móvil que sigue la trayectoria ABCD, siendo visibles los segmentos AB y CD, el segmento BC situado bajo una pantalla y el móvil sale en A de otra pantalla para entrar en D bajo una tercera pantalla: en ese caso, el niño de cinco o de seis meses sigue con los ojos el trayecto AB, y cuando el objeto desaparece en B, lo busca en A; luego, sorprendido de verlo en C, lo sigue con los ojos de C a D; pero cuando desaparece en D, ¡lo busca en C y luego en A! Dicho en otros términos: el efecto túnel no es primitivo, y no se constituye sino una vez adquirida la permanencia del objeto: en este caso, un efecto perceptivo es, pues, netamente deter­minado por los esquemas senso-motores, en lugar de explicarlos.

Desarrollo de las percepciones 43

4. La causalidad perceptiva.—Recordemos, finalmente, las bien conocidas experiencias de Michotte sobre la causalidad perceptiva. Cuando un cuadradito A, puesto en movimiento, toca un cuadrado inmóvil B, y éste se desplaza, quedando inmóvil A después del impacto, se experimenta una impresión perceptiva de lanzamiento de B por A sometido a condiciones precisas de velo­cidad y de relaciones espaciales o temporales (si B no parte inmediatamente, la impresión causal se borra y el movimiento de B parece independiente). Se experi­mentan, asimismo, impresiones de arrastre (si A conti­núa su marcha detrás de B después del impacto) y de disparo (si la velocidad de B es superior a la de A).

Michotte ha tratado de explicar nuestra interpreta­ción de la causalidad senso-motora por su causalidad perceptiva concebida como más primitiva. Pero surgen, para ello, varias dificultades. La primera es que, hasta alrededor de los siete años, el niño no reconoce el lan­zamiento más que si ha percibido un contacto entre A y B, mientras que los sujetos de siete a doce años y el adulto experimentan una impresión de "lanzamien­to a distancia" si subsiste un intervalo percibido de 2-3 mm entre A y B. Luego la causalidad senso-motora que hemos llamado "mágico-fenoménica" (§ II) es pre­cisamente independiente de todo contacto espacial y no puede, pues, derivarse de la causalidad perceptiva, sometida en el niño a condiciones de impacto mucho más exigentes*.

1 Por otra parte, la causalidad perceptiva visual está carac­terizada por impresiones de choque, de impulso, de resistencia, de peso, etc. (cuando el cuadrado B se desplaza más lentamente que A, parece más "pesado" y más resistente que a la misma velocidad), que no tienen nada de auténticamente visual. En este caso, como en tantos otros, se trata, pues, de impresiones de origen tactilocinestésico, pero traducidas ulteriormente en los correspondientes términos visuales. En efecto: existe una causalidad perceptiva tactilocinestésica, que el propio Michotte considera como genéticamente anterior a la causalidad visual. Ahora bien: la causalidad perceptiva tactilocinestésica depende

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II.—LOS EFECTOS DE CAMPO

Considerando ahora las percepciones entre los cuatro-cinco y doce-quince años, es decir, en las edades en que son posibles las experiencias de laboratorio, cabe distinguir dos clases de fenómenos perceptivos visuales: 1. Los efectos de campo o de centration que no suponen ningún movimiento (actual) de la mirada y son visibles en un solo campo de centration, como puede controlarse con el taquistoscopio en muy cortas duraciones de pre­sentación (2/100 a 1-2/10 de segundo, lo que excluye los cambios de fijación); 2. Las actividades perceptivas que suponen desplazamientos de la mirada en el espacio o comparaciones en el tiempo, orientados, unos y otras, por una búsqueda activa del sujeto: exploración, trans­porte (de lo que se ha visto en X a lo que se ha visto en Y) en el espacio o en el tiempo, transposición de un conjunto de relaciones, anticipaciones, establecimien­to de referencias de las direcciones, etc.

Las actividades perceptivas se desarrollan naturalmen­te con la edad, en calidad y en número: un niño de nueve-diez años percibirá referencias y direcciones (coor­dinadas perceptivas) inadvertidas a los cinco-seis años; explorará mejor las figuras, anticipará más, etc. En principio, las actividades perceptivas hacen la percepción más adecuada y corrigen las "ilusiones" o deformaciones sistemáticas propias a los efectos del campo. Pero, al crear nuevas aproximaciones, pueden engendrar nuevos errores sistemáticos que aumentan entonces con la edad (al menos hasta cierto nivel)5.



de la acción entera, ya que las únicas causas conocidas táctil­mente son las acciones de impulso, etc., que emanan del propio cuerpo. Parece, pues, evidente, también en este ejemplo, que es el esquemático senso-motor, en su conjunto, el que determina los mecanismos perceptivos, en lugar de resultar de ellos.

5 Ejemplo de la ilusión llamada de peso: comparando los pesos iguales de dos cajas de volúmenes diferentes, la más

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Los efectos de campo siguen siendo cualitativamente los mismos en cualquier edad, salvo que pueden cons­tituirse, más o menos tarde, otros nuevos, por sedi­mentación de actividades perceptivas. Proporcionan per­cepciones aproximadamente adecuadas, pero sólo apro­ximadamente, porque una percepción inmediata es el producto de un contraste de naturaleza probabilista. Contemplando una configuración, aun muy sencilla, no se ve todo, en efecto, con la misma precisión, ni todo a la vez: la mirada se posa en un punto o en otro y los "encuentros" entre las diferentes partes de los ór­ganos receptores y las diferentes partes del objeto per­cibido siguen siendo aleatorios y de desigual densidad, según las regiones de la figura, las de la retina y los momentos en que esas regiones están centradas por la fóvea (zona de visión neta) o queden en la periferia (zona perifoveal). De ello resulta que los efectos de campo, aunque adecuados en masa, son siempre parcial­mente deformantes: esas "ilusiones", o deformaciones sistemáticas, siguen siendo cualitativamente las mismas en cualquiera edad; pero disminuyen de intensidad o de valor cuantitativo con el desarrollo, bajo el efecto corrector de las actividades perceptivas (exploración, etcétera).

Decir que las ilusiones óptico-geométricas "primarias" (que dependen de los efectos de campo) no varían cualitativamente con la edad significa que la distribu­ción de la ilusión en función de las variaciones de la figura y, sobre todo, sus máxima positivo y negativo

grande parece más ligera por contraste con la medida, por lo que se espera que sea más pesada. Este error perceptivo es mayor a los 10-12 años que a los 5-6, porque la anticipación es más activa, y los débiles profundos, que no anticipan nada en absoluto, no presentan esa ilusión. Binet distinguía ya las ilusiones que aumentan con la edad de las que disminuyen. En realidad, las primeras dependen todas, directamente, de activi­dades perceptivas; mientras que las segundas se derivan de los erectos de campo.

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conservan las mismas propiedades a cualquier edad. Por ejemplo, la percepción de un rectángulo (sin dibujo de las diagonales) sobreestima los lados largos y subestima los cortos; se hacen variar entonces los pequeños, de­jando constantes los largos, y se comprueba que la ilusión es tanto más fuerte cuanto más cortos son los lados pequeños; y se presenta el máximum (espacial) cuando el rectángulo se confunde con la recta más fina que pueda dibujarse. En la ilusión de los círculos con­céntricos (Delboeuf), el círculo pequeño es sobreesti­mado y el grande subestimado, alcanzándose el máxi­mum espacial positivo cuando los radios están en una relación de 3 a 4; si el círculo pequeño presenta un diámetro más corto que la anchura de la banda que separa los dos círculos, la ilusión se invierte (subesti­mación del círculo pequeño) y presenta un máximum negativo para una relación dada. Esas posiciones de má­xima se encuentran en cualquiera edad, así como la de la ilusión nula mediana que separa los errores positivos y negativos. En cambio, e independientemente de la per­manencia de esas propiedades cualitativas, el valor cuan­titativo de la ilusión disminuye con la edad; es decir, que para una misma figura que presenta el mismo máximum a cualquier edad (p. ej., la relación 3/4 de Delboeuf), la ilusión es más fuerte a los cinco años que después y no alcanza en el adulto sino la mitad o el tercio de su valor inicial.

Valía la pena de citar esos hechos, porque proporcio­nan un ejemplo bastante raro de reacción que no varía con el desarrollo sino en intensidad; naturalmente, hay que reservar lo que ocurre en los primeros meses de la existencia: pero como se encuentra la ilusión de los círculos concéntricos hasta en los gobios, debe ser bas­tante precoz en la criatura humana8.

' La razón de la identidad de reacciones se desprende de la simplicidad del mecanismo probabilista que explica esas defor­maciones perceptivas. Como uno de nosotros ha demostrado,

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Esta dualidad de factores, representados por el nú­mero de los "encuentros" y de los "acomodamientos" completos o incompletos, puede ser justificada por el fenómeno del máximum temporal de las ilusiones, don­de se encuentran entonces algunas diferencias con la edad. Si se presenta una figura durante tiempos muy cortos, que varíen entre 1 y 2/100 de seg. y 1 seg., la ilusión pasa por un máximum en general hacia 1 a 3/10 de segundo. La razón es, ante todo, que en los tiempos más cortos hay pocos encuentros, lo que hace probables los acomodamientos bastante completos y, en consecuencia, una débil ilusión. Con duraciones de 0,3-0,5 a 1 seg., los movimientos de la mirada se posi­bilitan, y con ellos una exploración más aguda: los encuentros se hacen, pues, muy numerosos, los acopla­mientos son relativamente completos y la ilusión dis-

es posible, efectivamente, reducir todas las ilusiones primarias (efectos de campo) a efectos de centration, consistiendo ello en que los elementos centrados por la mirada (fóvea) sean sobrees­timados y que los elementos situados en la periferia del campo visual sean subestimados. De esa heterogeneidad de campo vi­sual resulta, aun cuando la mirada se desplace (exploración), una heterogeneidad de los "encuentros" con el objeto, en el sentido ahora mismo indicado, ya que las centrations no están repartidas igualmente, y que cada una entraña una sobreestima­ción local en función del número de los encuentros. Llamamos "acoplamientos" a las correspondencias 1 a n entre los encuen­tros sobre un elemento de la figura y aquellos sobre otro ele­mento: no habrá ya entonces deformación o ilusión si los "aco­plamientos" son completos (y, en consecuenca, homogéneos los encuentros); ese es el caso de las "buenas formas", como la de un cuadrado, en el que todos los elementos son iguales. Habrá, por el contrario, ilusión, si los "acoplamientos" son incompletos, lo cual facilita las desigualdades de longitudes en luego; y puede calcularse, pues, la distribución de la ilusión (máxima, etc.) por medio de una fórmula sencilla fundada sólo en esas diferencias de longitud entre los elementos de la figura:

e (deformación) =(L1-L2)L2/S xL1/Lmax en que L1 = la mayor

de las dos longitudes comparadas; L2 = la más pequeña; Lmax — la mayor de la figura; y S = la superficie o con-lunto de acoplamiento posibles.

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minuye. Pero entre dos, los encuentros aumentan sin exploración sistemática posible: hay ahí, pues, una gran probabilidad de acomodamientos incompletos, lo que produce el máximum temporal (y no ya espacial) de la ilusión. Pero como el máximum temporal depende de la rapidez de las reacciones y de la calidad de la exploración, varía un poco con la edad, contrariamente al máximum espacial, y se presenta en el niño pequeño con duraciones un poco más largas que en los mayores y en los adultos.



III.—LAS ACTIVIDADES PERCEPTIVAS

Ya se ha visto que si los efectos del campo siguen relativamente constantes con la edad, las actividades perceptivas se desarrollan, por el contrario, progresiva­mente. Tal es el caso, ante todo, de la más importante de ellas: la exploración de las configuraciones por des­plazamientos más o menos sistemáticos de la mirada y de sus puntos de fijación (centrations). Uno de nos­otros ha estudiado, p. ej., con Vinh-Bang (mediante registro cinematográfico) la comparación de dos hori­zontales oblicuas, o de la vertical y la horizontal de una figura en L (la consigna era juzgar sobre la igualdad o desigualdad de las rectas). Y dos diferencias netas opo­nen las reacciones de seis años a las de sujetos de más edad. Por una parte, los puntos de fijación están mucho menos ajustados y se distribuyen en un área mucho más amplia (hasta algunos centímetros de las líneas que se miran) que en los adultos. Por otra, los movimientos de transportes y de comparación, al pasar de un seg­mento a otro, son proporcionalmente menos frecuentes en los pequeños que los simples desplazamientos de índole aleatoria. En una palabra: los sujetos menores se comportan como si esperasen ver, incluso a partir de centrations aberrantes, mientras que los mayores mi-

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ran más activamente, dirigiendo la exploración por una estrategia o un juego de decisiones tales que los puntos de centrado ofrecen el máximum de información y el mínimum de pérdidas'.

Pero la exploración puede ser polarizada y entrañar por ello errores secundarios: ese es el caso de las ver­ticales, que son sobreestimadas con relación a las ho­rizontales de la misma longitud, porque las centrations más frecuentes se fijan en el medio de éstas y en la cumbre de las primeras (lo que confirma el registro de los movimientos oculares). Ese error de la vertical aumenta, más bien, con la edad.

La exploración puede, por otra parte, combinarse con efectos de ejercicio y, en consecuencia, con transportes temporales, cuando se repiten las mismas medidas en las mismas figuras 20 veces seguidas o más. Se obser­van entonces diferencias muy significativas con la edad, que han sido establecidas, bajo la dirección de uno de nosotros, por G. Noelting con la ilusión de Müller-Lyer (figuras emplumadas) y del losange (subestimación de la diagonal mayor). En el adulto la repetición de las medidas conduce a una reducción progresiva del error sistemático, que puede llegar a la anulación completa: ese efecto de ejercicio o de exploración acumulativa es

7 Ese fallo de exploración activa explica un carácter que se ha descrito clásicamente en las percepciones de los nifios me­nores de 7 años: el sincretismo (Claparéde) o carácter »lobal (Decroly), tal que el sujeto sólo percibe, en una configura­ción compleja, la impresión de conjunto, sin análisis de las


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