EclesiologíA



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ECLESIOLOGÍA



INTRODUCCIÓN

Para muchos hombres de nuestro tiempo, la Iglesia puede aparecer, sin duda, como un cúmulo de contradicciones: santa y llena de pecadores, mirando al cielo y ocupada en múltiples tareas humanas, abierta al diálogo y cerrada en la Tradición, presuntamente inmutable y zarandeada, sin embargo, por las olas de cada tiempo y lugar.


Pero sólo cuando se mira a la Iglesia con los ojos de la fe, aparece en su auténtica y profunda realidad. La Iglesia, como el misterio mismo de Cristo, es divina y humana, en ella actúa el Espíritu que la mantiene fiel, sin dejar de ser una realidad humana y próxima. Está en medio de los tiempos y se mantiene fiel a los orígenes por la fuerza del Espíritu que la anima. Es universal y se realiza, en su plenitud, en cada Iglesia particular que se encuentre en comunión con Roma. Es universal y católica y se ciñe a los límites de lo local y particular.
Jesucristo fue enviado al mundo con una misión específica. Durante su ministerio aquí en la tierra, Jesús dedicó toda su vida al trabajo de transformar vidas. Él dijo que vino a buscar y salvar a todo aquél que se había perdido.

Antes de retornar al cielo, Cristo capacitó y perfeccionó a un pequeño grupo de personas para continuar la tarea que había iniciado. Para congregar a este grupo, creó y edificó la Iglesia, como un organismo vivo, que sería Su Cuerpo aquí en la tierra.

Así que, después del retorno de Cristo al cielo, su obra continuaría aquí en la tierra, por medio de la Iglesia.

En este estudio introductorio sobre ECLESIOLOGÍA, estaremos estudiando la Iglesia como un organismo vivo, capacitada por el Espíritu Santo y que posee las armas espirituales para vencer todas las batallas. La eclesiología es el estudio de la Iglesia, en todo su conjunto, pertenece al apartado de la Teología sistemática en la que se encuentra la teología dogmática.


ETIMOLOGÍA DEL TÉRMINO IGLESIA

EKKLESIA: es el vocablo griego que el Nuevo Testamento usa para referirse a la comunidad cristiana, viene de la expresión EK-KALEO que significa literalmente "llamar afuera".

En la Grecia antigua, se tenía por costumbre convocar al pueblo a Asambleas públicas, con el objeto de tratar temas políticos. Por el gran número de participantes, se congregaban fuera de los muros de la ciudad al ser invitados por un anunciador o mensajero oficial llamado heraldo.

En la primera traducción bíblica del A.T., realizada 250 años antes de Cristo, denominada Septuaginta o versión de los 70 (por haber intervenido 70 judíos en la traducción del hebreo al griego) aparece por primera vez la palabra EKKLESIA, la cual no era equivalente o igual a la palabra Iglesia tal cual la usamos hoy.

Ekklesia fue la traducción de la voz hebrea "qajal" que designaba a la congregación de Israel. En el A.T. tienen el mismo significado "QAJAL" (hebreo), ekklesía (griego) o congregación (español) y aparecen por ejemplo en 1R. 8:14, 1 Cr.13:2-4, Sal. 22:22, etc.

Ya en el Nuevo Testamento se combinan las dos modalidades: el concepto griego del llamado afuera (EK-KALEO) con el concepto de congregación de Israel (QAJAL), para definir a la Iglesia como el Israel espiritual, o sea los llamados afuera del mundo por Dios, los convocados por Él y apartados de Él.

Habiendo visto brevemente un poco de historia, estamos en condiciones de dar una definición de la Iglesia: "La Iglesia es un pueblo llamado afuera, llamado a salir del mundo y entrar al Reino de Dios (Jn 17,14-16 y Jn 18, 36), entendiendo por el mundo todo el sistema impío que actúa independiente de Dios y hostil a Cristo, en sus más diversas expresiones culturales, políticas, religiosas, económicas, laborales, sociales, etc. (2 Cor 6,17-18).



Sin embargo, una definición de Iglesia realmente hablando no la encontramos; ya que pertenece al plano del misterio. El Vaticano II hizo un acercamiento en su reflexión afirmando que la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (LG 1). Con ello entendemos su misión que es ser signo de la presencia de Cristo y su ser que es la unidad entre Dios y todo el género humano, unidad que traerá la salvación a todos.
TEMA 1
LOS ORÍGENES DE LA IGLESIA

1. LA IGLESIA Y LA TRINIDAD
Desde que el Vaticano II, al abordar el tema de la Iglesia en Lumen Gentium, señala que su origen hemos de buscarlo en la Trinidad. En (LG 1,2,3,4), es ya obligado seguir este procedimiento no sólo por la autoridad inherente al Concilio, sino por la misma lógica de su planteamiento. La Iglesia, en efecto procede de la Trinidad (Ecclesia de Trinitate), en cuanto que ha nacido de la misma comunión personal del Dios Trino que ha querido extender su comunión a los hombres. La Iglesia ha nacido del amor del Padre eterno, ha sido fundada en el tiempo por el Hijo y es vivificada continuamente por el Espíritu.
La mayor parte de los tratados clásicos de la Iglesia no subrayaban esta conexión con la Trinidad, que aparecía en la mayoría de los casos como una realidad intangible e insondable, cuando en realidad la salvación cristiana nace de ella y culmina en ella. La revelación, enseña a conocer las personas divinas precisamente en su actividad salvadora. Y de la misma manera que la gracia no puede ser entendida al margen de la presencia e inhabitación de las personas divinas en el hombre (gracia increada en su primacía total sobre la creada), la Iglesia no puede ser entendida al margen de la salvación que el Padre ha dispuesto concedernos por la encamación de su Hijo y la efusión de su Espíritu.
Pero Ecclesia de Trinitate no expresa sólo el origen de la Iglesia a partir de la Trinidad, sino que indica también la continua participación de la Iglesia en el misterio y la vida de la Trinidad. La Iglesia es icono de la Trinidad en el sentido que es una imagen que participa en la vida trinitaria que de ella vive. La Iglesia es la presencia viviente de la Trinidad en el tiempo por la misión del Hijo y del Espíritu. Por ello la unidad de las personas divinas es para la Iglesia el origen, el modelo y el fin de su existencia. La Iglesia vive de la Trinidad y en la Trinidad, y no la podemos entender simplemente como el mero resultado de una decisión divina que pertenece al pasado.
La Lumen Gentium opta por partir de la dimensión vertical y de dentro hacia fuera en la perspectiva del misterio eclesial.
En los tratados clásicos era frecuente iniciar el De Ecclesia partiendo de la voluntad fundacional de Cristo. Se ponía así el énfasis en la dimensión cristológica, en su dimensión de encamación en lo visible, en una perspectiva que podríamos llamar exclusivamente cristocéntrica. Era ésta una perspectiva que se había desarrollado precisamente en contraste con el espíritu de la Reforma, la cual proponía una Iglesia invisible con el rechazo de toda dimensión mediadora e histórica, por considerarla adulterada en razón de la corrupción padecida por el hombre en virtud del pecado original. En el protestantismo se caía, en efecto, en una especie de contraposición entre la Iglesia invisible, constituida por la congregatio sanctorum, y una Iglesia externa, que puede reconocerse en la profesión de un mismo credo y en la participación de los mismos sacramentos, la cual comprende a justos y pecadores. Calvino, por su lado, separaba también la Iglesia de los predestinados, elegida por Dios y sólo por él conocida, de la Iglesia visible, que quedaba reducida a pura manifestación antropológica.
Así las cosas, se entiende que Belarmino, en el siglo XVI, nos diera su conocida definición de la Iglesia como sociedad perfecta, aunque lo que pretendía era evitar toda separación posible entre lo visible y lo invisible. Decía así Belarmino: «La Iglesia es una sola, no dos, y es única y verdadera comunidad de los hombres congregados mediante la profesión de la verdadera fe, la comunión con los mismos sacramentos, bajo el gobierno de los legítimos pastores y, principalmente, del vicario de Cristo en la tierra, el Romano Pontífice». Y dice también a continuación; «Para que uno pueda ser declarado miembro de esta verdadera Iglesia, de la que hablan las Escrituras, no creemos que haya de exigirse de él ninguna virtud interior. Basta la profesión exterior de la fe y la comunión de los sacramentos, cosas que podemos constatar con los sentidos. En efecto, la Iglesia es una comunidad tan visible y palpable como la comunidad del pueblo romano o del reino de Francia o de la república de Venezuela».
Lo que, en realidad, intenta Belarmino es insistir en la inseparabilidad de lo humano y lo divino en el misterio de la Iglesia, de modo que le interpretaría mal el que pensara que olvida lo divino. Aunque sigue siendo verdad que Belarmino coloca el acento en el rechazo de la concepción de la Iglesia por parte de la Reforma y, por ello, pone todo el énfasis en la continuidad del misterio de la Encarnación en la Iglesia. Es algo que, incluso, con el paso del tiempo se irá acentuando todavía más.
Algunos posteriormente contribuyeron decisivamente a la presentación de la Iglesia como una realidad divina bajo la acción del Espíritu Santo, deduce los elementos extremos de la Iglesia del principio interior de unidad que en ella habita. Y, finalmente, construye una eclesiología armónica basada en la encarnación, respecto de la cual la Iglesia se muestra como continuación en el mundo.
La Iglesia es como un misterio de vida en el que participan los fieles por la fe y los sacramentos, en su dimensión de vida que se nos comunica en Cristo por el don del Espíritu y nos hace así entrar en la comunidad de la Santa Trinidad. El hombre de hoy, el hombre que ha salido de la segunda guerra mundial, que ha conocido la experiencia nazista o el tormento marxista, es un hombre despersonalizado, perdido y solitario que busca una sincera comunión de vida. Y así se le quiere presentar la Iglesia como una humanidad en Cristo. Si no existiera esta humanidad nueva en Cristo, al hombre no le quedaría otra cosa que la camaradería en el anticristo. Esta es la razón por la que el hombre de hoy se interesa más que nunca por la idea de la gran familia de Dios sobre la tierra, en la cual pueda sentirse como en su propia casa. Al hombre de hoy se le hace difícil, incluso, creer en el propio hombre para formar la humanidad nueva y siente la necesidad de que Dios mismo extienda su calor y su ternura para formarla. Esto es la Iglesia.
Por todo ello, se siente la necesidad de superar la condición puramente externa de la Iglesia en pro de la comprensión de los elementos sobrenaturales y místicos de la misma, y es así como se siente la necesidad de presentar la Iglesia en su calidad de misterio de salvación que nace del seno de la Trinidad, mediante la misión del Hijo y del Espíritu. Hoy en día, se da claramente un descubrimiento del misterio de la interioridad de la Iglesia. A ello ha contribuido el desarrollo de los estudios bíblicos y patrísticos, que nos han devuelto conceptos tan profundos y ricos de contenido como los de misterio, sacramento o comunión. Lo que, en todo caso, se busca es comprender que la Iglesia responde al misterio de salvación que brota de la comunión de la Trinidad y que, realizado por la misión del Hijo y del Espíritu, tiende también a unirnos con el Padre en el Hijo por medio del Espíritu. La Constitución Lumen Gentium (LG 1) viene a decir claramente, en su primer párrafo, que la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

1.1.- La Iglesia obra del Padre

Para comprender la acción del Padre en el ser de la Iglesia acudimos a LG 2. Este número hace dos afirmaciones fundamentales sobre el origen de la Iglesia: Es el mismo Dios Padre quien CONVOCA a los creyentes en Cristo a la Iglesia. Nos da el proceso temporal de la convocación de nuestra Iglesia: prefigurada, preparada, constituida, manifestada y perfeccionada al fin de los tiempos.
El catecismo de la Iglesia nos ayuda para comprender y profundizar cada una de estas etapas de nuestra Iglesia. En estas etapas vemos la acción de las otras dos personas de la Santísima Trinidad, la del Hijo, sobre todo cuando hablamos de la Iglesia constituida e instituida por Cristo; y la del Espíritu Santo cuando hablamos de la Iglesia manifestada en Pentecostés. (ver los núm. 760-762).
1.2.- La Iglesia constituida por Cristo
El mismo catecismo en los números siguientes (763-766). Expone la obra del Hijo al Constituir e instituir la Iglesia. “Corresponde al Hijo realizar el plan de salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos…”
La Iglesia es inseparable de Cristo porque Él la fundó por un acto expreso de su voluntad, sobre los doce cuya cabeza es Pedro, constituyéndola como sacramento universal y necesaria de salvación. Además no un resultado posterior ni una simple consecuencia desencadenada por la acción evangelizadora de Jesús. Ella nace ciertamente de esta acción, pero de modo directo, pues es el mismo Señor quien convoca a sus discípulos y les participa el poder de su Espíritu, dotando a la naciente comunidad de todos los medios y elementos esenciales que el Pueblo católico profesa como institución divina. (Cfr. Documento de Puebla 222).
¿Cristo fundó la Iglesia?


  • Jesucristo no instituye la Iglesia como un hecho aislado, sino que la Iglesia tiene su origen en el Acontecimiento de Cristo.

  • El acontecimiento de Cristo incluye todo lo que vivió desde su Encarnación hasta su glorificación a la derecha del Padre.

  • Todo este acontecimiento de Cristo se resume en dos palabras: los dichos (palabras) y los hechos (obras) de Jesús.

  • Sin embargo, la Iglesia es inseparable de Cristo, Él la fundó como un acto expreso de su voluntad sobre los doce, cuya cabeza es Pedro.

  • Al morir Cristo en la cruz nace místicamente la Iglesia, pues brota sangra y agua de su costado abierto. El agua es el símbolo del Espíritu Santo y simboliza los sacramentos del bautismo y la confirmación; la sangre es símbolo de la Eucaristía. Estos tres son los sacramentos de Iniciación.

  • Ahora bien, la Iglesia nace visiblemente en Pentecostés; se manifiesta públicamente y se inicia la difusión del Evangelio.

1.3.- La Iglesia manifestada por el Espíritu Santo


La Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación (AG 4). La presencia del Espíritu Santo, ayuda a entender que como fuerza de cohesión ayuda a entender que la Iglesia debe vivir en la misión específica del amor y de la comunión.

Esta realidad de manifestación, también alude a su organización (jerarquía), también a sus dones y carismas (de todos los miembros de la Iglesia). En la Iglesia se va creando la vocación universal a la santidad.


Tema 2
EL MISTERIO DE LA IGLESIA
La palabra Misterio viene del griego y del latín y significa dos cosas: primero, un signo visible y segunda, una realidad oculta de la salvación. Aplicada a la Iglesia decimos que el grupo humano es el signo visible y la obra de Dios por medio de la Iglesia es la realidad oculta de la salvación, está oculta y solo la descubre el que tiene fe.
La Iglesia es un misterio de lo humano y lo divino: es visible (sociedad dotada de órganos jerárquicos, grupo visible de comunidad) e invisible (cuerpo de Cristo, comunidad espiritual)
El concilio vuelve a la teología del misterio. La Iglesia sólo puede ser entendida como lo que es, como el misterio de salvación que, naciendo en el seno de la Trinidad, se realiza en Cristo por obra del Espíritu para introducir a los hombres en la familia de Dios, superando el pecado y la muerte. La Iglesia, en efecto, sólo puede ser entendida de arriba hacia abajo, pues no nace de iniciativa humana alguna ni de intento de superar los límites y sufrimientos de la vida. No es una fraternidad puramente social ni consecuencia de fuerzas puramente humanas. La Iglesia es anterior al tiempo y está preparada desde toda la eternidad en el designio salvador de Dios Padre en Cristo.
Responde, pues, la Iglesia a la concepción bíblica de misterio: designio de salvación de Dios que, escondido desde toda la eternidad, se nos ha revelado ahora en Cristo. En el mundo greco-romano se conocía el término de misterio en plural.
Misterios eran los ritos paganos importados del Oriente y en los que sólo podían participar los iniciados. En el cristianismo, se habla del misterio de Cristo que el hombre no puede conquistar por su inteligencia, sino recibir sólo como don.
«Como plan divino, la Iglesia se dibuja en la oscura lejanía de la eternidad, de donde arranca y hacia donde camina. Y, aunque se realiza en el tiempo, la eternidad permanece siempre subyacente en su mismo ser... La Iglesia es vida y acción de Dios sobre la historia humana. Cada individuo es una Iglesia en pequeño, porque en lo más íntimo de la decisión personal se desarrolla el drama de su propia entrega a la acción salvadora de Dios o de su frustración como elegido. La Iglesia, en grande, no es otra cosa sino la socialización de la acción divina que se realiza comunitariamente en todos aquellos que aceptan la llamada de Dios».
Un tema central de la teología paulina es el concepto del misterio. No es una alusión a lo imposible de comprender, sino que se refiere al designio salvador de Dios, que ha estado oculto en él durante toda la eternidad y ahora se nos ha manifestado en Cristo. Y, en este sentido, en cuanto que Cristo es el sacramento del Padre que lo manifiesta y hace presente, es como hemos de entender a la Iglesia como sacramento de Cristo, como signo que hace presente entre nosotros el misterio o designio salvador de Dios. Pero veamos más en concreto el concepto de misterio en la teología de San Pablo:
El término usado por San Pablo para hablar de la revelación es el del «misterio»; el misterio, escondido de Dios desde la eternidad, ha sido revelado y hecho manifiesto en Jesucristo, llevado al conocimiento de las naciones por medio del Evangelio y la predicación, para conducirnos a la fe y a la obediencia.
Este misterio no es otra cosa que el plan de salvación, escondido durante toda la eternidad y ahora revelado, por el cual Dios establece a Cristo como centro de la nueva economía (economía: designio e historia de salvación), constituyéndolo, por su muerte y resurrección, en único principio de salvación tanto para los gentiles como para los judíos. Concretamente, el misterio, el plan salvífico de Dios, es Cristo (Rm 16, 25; Col 1, 26-27; 1 Tm 3,16).
Pero este misterio tiene diversas etapas en su realización:
1.- En una primera fase, este plan de salvación está en la intención de Dios. Está escondido en Él. Es el secreto lleno de Sabiduría (7 Co 2, 7) y que no conocieron las generaciones pasadas (Ef 3, 5; Col 1, 26).
2.- En una segunda fase, este misterio es revelado en Cristo (Rm 16, 25-27; Col 1, 26). Mediante la vida, muerte y resurrección de Cristo, el misterio entra en su fase de realización, pues en Cristo se cumple y desvela, a un tiempo, el designio salvífico de Dios (Ef l, 7-9).
3.- La tercera fase del misterio la constituye la predicación del mismo. En la economía de salvación, el misterio es comunicado, sobre todo, a testigos privilegiados: los apóstoles y profetas del misterio (Ef 3, 5; Col 1, 26), los cuales vienen a ser los mediadores del misterio y constituyen, con su predicación, el fundamento de la Iglesia, de la que Cristo es piedra angular (Ef l, 22-23; 2, 20-21). Pablo es, precisamente, anunciador del misterio a los paganos (Ef 3, 8-9), para lo que ha recibido una profunda inteligencia del mismo. La misión de los apóstoles es proclamar el contenido del misterio, o, lo que es lo mismo, el Evangelio (1 Ts 1, 8), Evangelio de Cristo (Rm 15, 19-20.

Misterio y Evangelio son términos equivalentes: en los dos casos se trata del plan divino de salvación, bien como revelado (misterio), bien como proclamado (evangelio) y ambos tienden a la promesa de la gloria (Col 1, 28.


A veces, también San Pablo designa el contenido del mensaje cristiano con el término de «palabra» (Col 1, 25-26), «palabra de Dios» (l Ts 2, 13) o del Señor (l Ts 1, 8) o de Cristo (Rm 10, 14. 15) y da gracias a Dios porque la palabra por él anunciada ha sido recibida no como palabra humana, sino como palabra de Dios (1 Ts 1, 13), de cuya autoridad participa. Es palabra de salvación (Ef 1,13), de vida (Flp 1, 16), de verdad (2 Co 6, 7) y de reconciliación (2 Co 5, 19), no sólo porque tiene todo esto como objeto, sino porque introduce a la vida.(1 Co 1, 21; 1 Ts 2, 13; Ef l, 13).
4.- La cuarta fase es: la Iglesia es la realización efectiva del misterio. La Iglesia es el misterio de Cristo hecho visible a través de los siglos. El plan de salvación no es sólo revelado o proclamado por medio del Evangelio, sino que es también realizado efectivamente en la Iglesia. Como Cristo es el misterio de Dios hecho visible, así la Iglesia es el misterio (aquí podríamos decir sacramento) de Cristo hecho visible en los siglos. En este sentido, «misterio» es equivalente a «sacramento»: Cristo, sacramento de Dios; la Iglesia, sacramento de Cristo.
5.- Quinta fase: para San Pablo, la revelación del misterio tiene lugar ahora ya {Rm 16, 25-26. Él y los apóstoles han recibido la misión de anunciarlo; pero la revelación, que ha tenido en Cristo el culmen de su realización, nos ha sido comunicada, en esta fase histórica, bajo el ropaje de los signos humanos, los cuales, al mismo tiempo que revelan, ocultan la realidad por ellos significada. Sólo en la fase final o escatológica llegaremos al cara a cara del misterio de Dios, sin el ropaje de los signos. Ésta será la plenitud de la revelación (1 Co 1, 7; 2 Ts 1, 7), en la que aparecerá también la gloria de todos los que se han configurado a Cristo (Rm 8, 17-19). Hay ya desde ahora una tensión entre la revelación histórica y la final.
Entendemos así el origen trinitario de la Iglesia, sin perder para nada su realización histórica. En efecto, la Iglesia, siendo una realidad visible e histórica, es, en el fondo, la realización histórica del designio de salvación que nace de la Trinidad y que a ella conduce. La Iglesia, en la teología paulina, es el término del misterio de salvación en lucha permanente con el misterio de iniquidad: «Porque el misterio de iniquidad ya está actuando (2 Ts 2, 7). El misterio de Dios operado en Cristo por medio de la Iglesia tiene, pues, como contrapunto el misterio de iniquidad. Es la acción de Satanás que pone obstáculos a la acción salvadora de Dios. Pero la victoria final de los elegidos tiene ya su base y fundamento en el misterio pascual de Cristo. Jesucristo no es solamente un misterio, es el misterio, y fuera de él no hay ningún otro... Y San Agustín nos dice claramente: en Dios no hay más misterio que Cristo.
Por consiguiente, la Iglesia es un misterio, pero misterio derivado. Es misterio porque, viniendo de Dios y puesta por completo al servicio de su designio de salvación, es el organismo salvífíco. Más en concreto, es misterio porque se relaciona por completo con Cristo y no tiene ningún valor, ninguna existencia, ninguna eficacia más que en él18. Toda la importancia de la Iglesia deriva de su relación con Cristo. Se comprende así que misterio y sacramento vienen a ser lo mismo. Normalmente, el término sacramentum traduce el término griego de mysterion.
Éste es el misterio de la Iglesia, humana y divina, visible e invisible, activa y contemplativa, presente en el mundo y en tensión escatológica. Por eso la Iglesia, vista desde fuera, puede parecer, un contraste de santidad y de pecado, de inmutabilidad y dependencia del tiempo. Vista, en cambio, a los ojos de la fe, se presenta como la realización en el mundo del plan salvífíco de Dios; «La Iglesia es humana y divina; se nos da desde arriba y procede de abajo... La Iglesia se vuelve hacia el pasado recogiéndose en el recuerdo de todo aquello que ella misma sabe que contiene y que jamás podrá pasar, pero al mismo tiempo abre sus brazos al porvenir, exaltándose en la esperanza de una consumación inefable que ningún signo sensible es capaz de dejar entrever.
Destinada, en su forma presente, a desaparecer por completo, como «la figura de este mundo», también está destinada a permanecer para siempre en la medida de su propia esencia, a partir del día en que ella se manifieste tal cual es. Múltiple y multiforme, es, sin embargo, una con la unidad más activa y exigente. Es un pueblo, es una inmensa turba anónima, y sin embargo... es el ser más personal. Católica, esto es, universal, quiere que sus miembros se abran a todos, y no obstante no es plenamente Iglesia más que cuando se recoge en la intimidad de su vida interior y en el silencio de la adoración. Es humilde y majestuosa. Asegura que integra toda cultura y que eleva en sí todos los valores y, al mismo tiempo, quiere ser el hogar de los pequeños, de los pobres, de la muchedumbre simple y miserable».
En la Iglesia se hace presente, sin duda, la pascua del Señor, que es nuestra salvación. Y es, sobre todo, en el misterio de la Eucaristía donde la Iglesia se genera como Iglesia y como cuerpo de Cristo. En efecto, dice San Pablo que, «puesto que todos nos alimentamos del mismo pan, formamos la misma familia» (l Co 10,17). Y de la Eucaristía nace el concepto de Iglesia particular en la Iglesia antigua. El misterio de la Iglesia se realiza allí donde se reúnen los fieles mediante la predicación y se alimentan del cuerpo del Señor bajo la presidencia del pastor (LG 26).



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