Dragon rojo



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DRAGON ROJO

Thomas Harris


Se puede ver sólo lo que se observa y se observa sólo lo que ya está en la mente. »

ALPHONSE BERTILLON

...Porque la Misericordia tiene un corazón humano,

la Piedad un rostro humano,

Y el Amor la divina forma humana,

Y la Paz el ropaje humano.

WlLLIAM BLAKE, Cantos de la Inocencia

(Una imagen Divina)

La Crueldad tiene un Corazón Humano,

y los Celos un Rostro Humano,

el Terror la Divina Forma Humana,

y el Secreto el Ropaje Humano.


El Ropaje Humano está forjado en Hierro,

La Forma Humana una Forja Ardiente,

El Rostro Humano un Horno sellado,

El Corazón Humano su Fauce Hambrienta.



WlLLIAM BLAKE, Cantos de la Experiencia

(Una Imagen Divina)*



  • Este poema fue encontrado después de la muerte de Blake junto con impresiones de los grabados para los Cantos de la Experiencia.

  • Aparece solamente en las ediciones póstumas.


I

Will Graham hizo sentar a Crawford junto a una mesa de picnic, entre la casa y el océano, y le ofreció un vaso de té helado.

Jack Crawford miró la casa vieja y simpática cuyas maderas cubiertas de litre plateado resplandecían en la diáfana luz.

—Debí haberte agarrado en Marathón cuando salías de trabajar — dijo Crawford—. No querrás hablar de este asunto aquí.

—No quiero hablar de eso en ninguna parte, Jack. Tú tienes que hacerlo, de modo que adelante. Pero no se te ocurra mostrarme ni una sola fotografía. Si trajiste algunas, déjalas en tu portafolio, Molly y Willy volverán pronto.

—¿Qué es lo que sabes?

Lo que publicaron el Herald de Miami y el Times —respondió Graham -. Dos familias asesinadas en sus casas con un mes de diferencia. Una en Birmingham y otra en Atlanta. Las circunstancias eran similares.

—Similares no. Las mismas.

—¿Cuántas confesiones hasta ahora?

—Ochenta y seis cuando llamé esta tarde —manifestó Crawford—. Todos locos. Ninguno conocía los detalles. Destroza los espejos y utiliza los pedazos rotos. Ni uno solo lo sabía.

¿Qué otra cosa les ocultaste a los periodistas?



—Que es rubio, diestro y realmente fuerte, calza zapatos número cuarenta y cinco. Un verdadero Hércules. Las impresiones son todas de guantes de goma.

—Eso lo dijiste en público.

—No es muy hábil con las cerraduras —comentó Crawford—.

Utilizó un cortavidrio y una ventosa de goma para entrar en la última casa. Ah, su sangre es AB positiva.

—¿Lo hirió alguien?



—Hasta ahora no lo sabemos. Analizamos su semen y saliva. Abundan sus secreciones. —Crawford contempló el mar calmo. —Will, quiero hacerte una pregunta. Leíste todo en los diarios. El segundo caso fue ampliamente comentado en la televisión. ¿Se te ocurrió alguna vez llamarme?

No.

—¿Y por qué no?

—Al principio no había muchos detalles del primer caso, el de Birmingham. Podía haber sido cualquier cosa, una venganza, un pariente.

—Pero supiste de qué se trataba después del segundo.



—Sí. Un psicópata. No te llamé porque no quise. Ya sé con quién trabajarás en este caso. Cuentas con el mejor laboratorio. Con Heimlich en Harvard, Bloom en la Universidad de Chicago...

—Y te tengo aquí a ti, arreglando unos malditos motores de lanchas.

—No creo que fuera de mucha utilidad, Jack. Ya no pienso más en eso.



—¿De veras? Atrapaste a dos. Los dos últimos que tuvimos los atrapaste tú.

—¿Y cómo? Haciendo las mismas cosas que haces tú y los demás.

—Eso no es del todo cierto, Will. Es la forma en que piensas.



—Creo que se han dicho muchas estupideces sobre mi modo de pensar.

—Llegaste a conclusiones sin que nunca nos explicaras cómo lo hiciste.

—Las pruebas estaban a la vista —respondió Graham.

—Seguro. Seguro que estaban a la vista. Y después aparecieron muchas más. Antes del arresto teníamos tan pocas que difícilmente hubiéramos podido continuar.

—Tienes la gente necesaria, Jack. No creo que yo pueda mejorar en nada el equipo. Me mudé aquí para alejarme de todo ese ambiente.

—Lo sé. La última vez te hirieron. Ahora pareces estar bien.



—Lo estoy. Pero no es el hecho de quedar herido. A ti también te lastimaron.

—Me hirieron pero no en esa forma.



No se trata de haber sido herido. Decidí simplemente que ya era suficiente. No creo poder explicarlo.

—Por Dios, te aseguro que comprendería perfectamente bien que ya no pudieras volver a enfrentarlo.

—No. Mira... siempre es feo tener que verlos, pero en cierta forma te las arreglas para poder funcionar, siempre y cuando estén muertos. El hospital, las entrevistas, eso es lo peor. Tienes que apartarlo de tu mente para poder seguir pensando. No me creo capaz de hacerlo ahora. Podría obligarme a mirar, pero me resultaría imposible pensar.

—Will, éstos están todos muertos —dijo Crawford lo más suavemente que pudo.

Jack Crawford escuchó el ritmo y la sintaxis de sus propias frases en la voz de Graham. Había oído a Graham hacerlo en otras oportunidades, con otras personas. A menudo, en medio de una animada conversación, Graham adoptaba la forma de hablar de su interlocutor. Al principio Crawford pensó que lo hacía deliberadamente, que era una treta para mantener el ritmo.

Pero más adelante Crawford se dio cuenta de que Graham lo hacía involuntariamente, que a veces trataba de evitarlo y no podía.

Crawford metió dos dedos en el bolsillo de su chaqueta. Arrojó luego sobre la mesa dos fotografías boca arriba.

—Todos muertos —repitió.

Graham lo miró durante un instante antes de tomar las fotos. Eran simples instantáneas: una mujer seguida por tres niños y un pato, llevando una canasta de picnic junto a la orilla de una laguna. Una familia de pie detrás de una torta de cumpleaños.

Depositó nuevamente las fotografías sobre la mesa al cabo de medio minuto. Las puso una sobre la otra y dirigió su mirada a la playa, a lo lejos, donde el chico en cuclillas examinaba algo en la arena. La mujer lo observaba, apoyada su mano sobre la cadera mientras la espuma de las olas se arremolinaba en torno a sus tobillos. Se inclinó hacia atrás para sacudirse el pelo mojado pegoteado sobre la espalda.

Graham, haciendo caso omiso de su visita, observó a la mujer y al muchacho durante un lapso igual al que había dedicado a mirar las fotos.

Crawford estaba contento. Con el mismo esmero que había puesto para elegir el lugar de la conversación, cuidó que la satisfacción no se reflejara en su rostro. Le pareció que había conseguido a Graham. Tenía que dejarlo recapacitar.

Aparecieron tres perros increíblemente feos que se echaron junto a la mesa.

—Dios mío... —murmuró Crawford.


  • Probablemente son perros. La gente los abandona continua mente por aquí cuando son pequeños —explicó Graham —. Puedo deshacerme de los más o menos lindos y el resto se queda dando vueltas por el lugar hasta que son más grandes.

  • Están bastante gordos.

—Molly tiene un corazón muy blando y le dan lástima. —Qué buena vida debes pasar aquí, Will. Con Molly y el chico. ¿Cuántos años tiene?

  • Once.

  • Es un lindo muchacho. Va a ser más alto que tú.

—Su padre lo era —afirmó Graham—. Tengo suerte de poder estar aquí. Lo sé.

  • Quería traer a Phyllis a Florida. Me gustaría conseguir un lugar para instalarme cuando me jubile y dejar de vivir como un topo. Ella dice que todas sus amigas están en Arlington.

  • Siempre quise agradecerle los libros que me llevó al hospital pero nunca lo hice. Hazlo por mí.

  • Lo haré.

Dos pequeños y coloridos pajaritos se posaron sobre la mesa esperando encontrar algo dulce. Crawford los observó mientras daban pequeños saltitos de uno a otro lado hasta que finalmente volaron.

—Will, este degenerado parece actuar siguiendo las fases de la luna. Asesinó a los Jacobi en Birmingham la noche del sábado 28 de junio, noche de luna llena. Mató a la familia Leeds en Atlanta anteanoche, 26 de julio. Un día antes de cumplido el mes lunar. De modo que si tenemos suerte, todavía nos quedan un poco más de tres semanas hasta que vuelva a actuar.

»No creo que tú quieras esperar aquí en los cayos y enterarte del próximo caso por medio del Herald. Caray, no soy el Papa, no estoy diciéndote lo que debes hacer, pero quiero preguntarte una cosa: ¿mi opinión significa algo para ti, Will?

Sí.

—Creo que las posibilidades de atraparlo rápido son mayores si tú nos ayudas. Vamos, Will, anímate y danos una mano. Ve a Atlanta y a Birmingham a echar un vistazo y luego pasa por Washington.

Graham no contestó.

Crawford esperó hasta que cinco olas rompieron en la playa.



Se puso entonces de pie y se echó la chaqueta de su traje sobre un hombro.

—Conversaremos después de la comida.

—Quédate a comer con nosotros.

Crawford meneó la cabeza.

—Volveré más tarde. Debe de haber mensajes en el Holiday Inn y tengo que hacer unas cuantas llamadas. De todos modos agradécele a Molly de mi parte.

El auto alquilado por Crawford levantó una fina capa de polvo que se depositó sobre los arbustos próximos al camino de grava.

Graham volvió junto a la mesa. Tenía miedo de que ése fuera su último recuerdo del cayo Sugarloaf: hielo derritiéndose en dos vasos con té, servilletas de papel cayendo de la mesa impulsadas por la suave brisa y Molly y Willy allá lejos en la playa.

Atardecer en Sugarloaf: las garzas inmóviles y el disco rojo del sol haciéndose más grande cada segundo.



Will Graham y Molly Foster Graham estaban sentados sobre un tronco desteñido arrastrado por la marea, sus caras tenían un tinte anaranjado por el reflejo del sol poniente y sus espaldas estaban envueltas en sombras violáceas. Ella le tomó la mano.

—Crawford pasó por la tienda para verme antes de venir aquí —dijo -. Me pidió la dirección. Traté de llamarte. Creo que de vez en cuando deberías contestar el teléfono. Vimos el auto cuando llegamos a casa y dimos vuelta hacia la playa.

—¿Qué más te preguntó?

—Cómo estabas.

—¿Qué le contestaste?



—Que estabas bien y que debería dejarte tranquilo. ¿Qué quiere que hagas?

—Ver unas pruebas. Soy especialista forense, Molly. Has visto mi diploma.

—Lo que vi fue cómo remendaste una rajadura en el papel del techo con tu diploma. —Se sentó a horcajadas sobre el tronco para mirarlo de frente. —Si extrañaras tu otra vida, lo que hacías antes, supongo que hablarías de ello. Jamás lo haces. Ahora estás tranquilo, cómodo y comunicativo... y eso me encanta.

— ¿Lo pasamos bien, verdad?

Ese único y lento parpadeo le indicó que debería haber dicho algo mejor, pero ella insistió antes de que pudiera corregirlo.

—Lo que hiciste por Crawford fue malo para ti. El tiene muchas otras personas, supongo que todo el bendito departamento. ¿Es posible que no pueda dejarnos en paz?

¿Crawford no te lo contó? Fue mi jefe las dos veces que dejé la Academia del FBI para volver al campo de batalla. Esos dos casos fueron los únicos de ese tipo que jamás había tenido y hace mucho tiempo que Jack está en el FBI. Ahora se le ha presentado otro. Esta clase de psicópata es muy poco común. El sabe que yo he tenido... experiencia.



—Sí, así es —respondió Molly. Por la camisa desabrochada de Will podía ver la curva de la cicatriz sobre el estómago. Era sobresaliente y de un dedo de ancho y jamás se bronceaba. Corría desde la cadera izquierda y se torcía hasta alcanzar las costillas del lado opuesto.

Se la había hecho el doctor Hannibal Lecter con un cuchillo el año anterior a que Molly conociera a Graham. Casi lo llevó a la tumba. El doctor Lecter, apodado por los diarios «Hannibal el Caníbal», era el segundo psicópata que había atrapado Will Graham.

Cuando salió finalmente del hospital, presentó su renuncia a la Oficina Federal de Investigaciones, abandonó Washington y se puso a trabajar como mecánico de motores diesel para lanchas en un astillero de Marathón, en los cayos de Florida. Se había criado haciendo ese tipo de trabajo. Dormía en una casa rodante en el astillero hasta que apareció Molly y su destartalada mansión del cayo Sugarloaf.

El se sentó también a horcajadas sobre el tronco y aferró las manos de Molly. Los pies de ella se deslizaron bajo los de Graham.



  • Muy bien, Molly. Crawford cree que yo tengo un olfato especial para los monstruos. Es casi como una superstición.

  • ¿Y tú piensas como él?

Graham contempló tres pelícanos que volaban en fila sobre los bajíos del mar.

—Molly, un psicópata inteligente, especialmente un sádico, es muy difícil de atrapar por varias razones. En primer lugar porque no existe un motivo que se pueda rastrear. De modo que esa posibilidad queda descartada. Y generalmente no podrás contar con ninguna ayuda por parte de soplones. Verás, en la mayoría de los arrestos es más importante el papel de los soplones que el de los detectives, pero en casos como éste no hay soplones. Quizás él ni siquiera sabe lo que está haciendo. De modo que debes aprovechar todas las pruebas que tengas y deducir lo demás.

Tienes que tratar de reconstruir su forma de pensar. Tratar de encontrar pautas.

—Y seguirlo y enfrentarlo —acotó Molly —. Tengo miedo de que si te lanzas tras ese maniático, o lo que sea, te haga lo mismo que te hizo el último. Exactamente. Y eso es lo que me aterra.

—Nunca me verá ni conocerá mi nombre, Molly. La policía será la encargada de detenerlo si es que lo encuentran. Yo no. Todo lo que Crawford quiere es otro punto de vista.

Ella observó el sol color púrpura que parecía desparramarse sobre el mar. Unos cirros altos resplandecían sobre él.



A Graham le encantaba la forma en que Molly giraba la cabeza, ofreciéndole con gran naturalidad su peor perfil. Podía ver latir el pulso en su cuello y recordó súbita e intensamente el sabor a sal en su piel. Tragó y dijo:

—¿Qué demonios puedo hacer?



— Lo que ya has decidido. Si te quedas aquí y ocurren nuevas muertes tal vez eso te haga odiar este lugar. A la hora señalada y todas esas tonterías. Si fuera así, no me harías realmente ninguna pregunta.

—¿Y qué responderías si te hiciera una pregunta?



—Quédate aquí conmigo. Conmigo. Conmigo. Conmigo. Y Willy, lo incluiría también a él si sirviera de algo. Se supone que debo secarme los ojos y agitar mi pañuelo. Si las cosas no funcionan bien, tendré la satisfacción de que hiciste lo correcto. Durará tanto como el toque de silencio. Entonces podré volver a casa y conectar un solo lado de la frazada eléctrica.

—Estaré detrás de todos.

—No lo creo ni por un minuto. ¿Qué egoísta soy, verdad?

—No me importa.



—A mí tampoco. Esto es tan agradable y pacífico. Todo lo que te pasó antes contribuye para que lo sepas. Para que lo valores, quiero decir.

El asintió.

—No quiero perderlo por nada del mundo —dijo Molly.

—No. No lo perderemos.



Oscureció rápidamente y Júpiter apareció, bajo, en el sudoeste.

Crawford volvió después de la comida. Se había quitado la chaqueta y la corbata y arremangado la camisa para parecer más informal. A Molly le parecieron repulsivos los gruesos y pálidos antebrazos de Crawford. Le daba la impresión de ser un maldito mono sabio. Le sirvió una taza de café bajo el ventilador del porche y se sentó junto a él mientras Graham y Willy salían a darles de comer a los perros. No dijo una sola palabra. Las mariposas golpeaban suavemente contra las persianas.



—Tiene muy buen aspecto, Molly —dijo Crawford—. Ambos lo tienen, delgados y bronceados.

—¿Diga lo que diga se lo llevará, verdad?

—Sí. Tengo que hacerlo. Es preciso. Pero le juro por Dios, Molly, que trataré de que sea lo más llevadero posible para él. Ha cambiado. Qué gran cosa que se casaran.

—Cada vez se siente mejor. Ya no sueña tan seguido. Estuvo realmente obsesionado por los perros durante un tiempo. Pero ahora sólo se ocupa de ellos; no habla de ellos constantemente. Usted es su amigo, Jack. ¿Por qué no puede dejarlo en paz?

—Porque tiene la mala suerte de ser el mejor. Porque no piensa como los demás. Porque no sé cómo nunca se ha encasillado.

—El cree que usted quiere que vea unas pruebas.



—Quiero que vea unas pruebas. No hay nadie mejor para eso. Pero tiene esa otra cosa además. Imaginación, percepción, lo que sea. Pero esa parte no le gusta.

—Si usted la tuviera tampoco le gustaría. Prométame algo, Jack. Prométame que se encargará de que no se acerque demasiado. Creo que lo destruiría tener que luchar.

—No tendrá que luchar. Puedo prometérselo.

Molly ayudó a Graham a preparar su equipaje una vez que terminó con los perros.

II
Will Graham condujo lentamente el auto mientras pasaba frente a la casa en la que había vivido y muerto la familia de Charles Leeds. Las ventanas estaban a oscuras. Una luz brillaba en el patio. Estacionó el auto a dos cuadras y caminó en medio de la cálida noche, llevando en una caja de cartón el informe de los detectives de la policía de Atlanta.

Graham había insistido en ir solo. La razón que le dio a Crawford había sido que cualquier otra persona que estuviera en la casa lo distraería. Tenía otra, una privada: no sabía cómo iba a comportarse. No quería que un par de ojos lo estuvieran mirando todo el tiempo.

Había reaccionado bien en la morgue.



La casa de ladrillos de dos pisos se alzaba en un lote arbolado, alejada de la calle. Graham permaneció un buen rato bajo los árboles contemplándola. Trató de conservar la calma en su interior. En su mente, un péndulo de plata se mecía en la oscuridad. Esperó hasta que el péndulo se quedó quieto.

Unos pocos vecinos pasaron en sus autos; miraban la casa pero rápidamente volvían la cabeza. El lugar donde se ha cometido un crimen resulta desagradable para el vecindario, como si fuera el rostro de alguien que los traicionó. Solamente los forasteros y los niños se detenían a mirarla.

Las persianas estaban levantadas. Graham se alegró de ello. Significaba que no había entrado ningún pariente. Los parientes siempre bajan las persianas.

Caminó hacia un costado de la casa, moviéndose cuidadosamente, sin utilizar la linterna. Se detuvo dos veces para escuchar. La policía de Atlanta sabía que estaba allí, pero los vecinos no. Debían de estar nerviosos. Podrían dispararle.

Al mirar por una ventana de atrás pudo ver la luz del patio del frente que se filtraba sobre las siluetas de los muebles. El aire estaba saturado por el perfume del jazmín del Cabo. Un porche enrejado se extendía casi a todo lo largo de la parte de atrás de la casa. En la puerta del porche podía verse el sello de la policía de Atlanta. Graham rompió el sello y entró.

El vidrio que la policía había quitado de la puerta que comunicaba el porche con la cocina, había sido reemplazado por una madera terciada. Abrió la puerta a la luz de la linterna utilizando la llave que le había dado la policía. Tenía ganas de encender las luces. Tenía ganas de colocarse su reluciente insignia y hacer algunos ruidos que justificaran su presencia en la silenciosa casa en la que habían muerto cinco personas. Pero no hizo nada. Entró a la oscura cocina y se sentó a la mesa de desayuno.

La llama azul del piloto de la cocina brillaba en la oscuridad. Percibió olor a lustramuebles y a manzanas.

El termostato hizo clic y comenzó a funcionar el aire acondicionado. Graham se sobresaltó al oír el ruido y sintió miedo. Tenía larga experiencia con el miedo. Podría controlarlo en esa oportunidad. Estaba simplemente asustado pero podría seguir adelante.

Veía y oía mejor cuando estaba asustado; no podía hablar tan concisamente y a veces el miedo lo volvía algo grosero. No había nadie allí con quien hablar; nadie ya a quien pudiese ofender.

La locura irrumpió en esa casa a través de esa puerta y entró a esa cocina avanzando sobre unos pies con zapatos número cuarenta y cinco. Sentado en medio de la oscuridad, Graham olfateaba la locura como un sabueso huele una camisa.

Durante todo el día y parte de la tarde había estudiado el informe de la sección homicidios de Atlanta. Recordaba que la policía, al entrar a la cocina, encontró encendida la luz de la campana de ventilación. La encendió.

Dos rectángulos de tela bordada y enmarcada colgaban de la pared a ambos lados de la cocina. En uno podía leerse: «Los besos se olvidan, la buena cocina no». Y en el otro: «Es a la cocina adonde prefieren venir nuestros amigos para sentir el pulso de la casa y solazarse en su trajín».

Graham miró su reloj. Once y media. Según el patólogo, las muertes habían ocurrido entre las once de la noche y la una de la madrugada.

En primer lugar estaba la entrada. Se puso a pensar en eso...



El demente deslizó el gancho de la puerta exterior de alambre tejido. Permaneció en la oscuridad del porche y sacó algo de -su bolsillo. Una ventosa. Tal vez la base de un sacapuntas diseñado para adherirse a la tapa del escritorio.

Acurrucado junto a la parte inferior, de madera, de la puerta de la cocina, el maniático alzó la cabeza para espiar por el vidrio. Sacó la lengua y lamió la ventosa, la apretó contra el vidrio y torció el mango para que se adhiriera. Un pequeño cortavidrios estaba sujeto a la ventosa con un cordel, como para poder cortar un círculo.

El débil chirrido del cortavidrios y un golpe seco para quebrar el cristal. Una mano para golpear y otra para sujetar la ventosa. El vidrio no debía caer. El pedazo era ligeramente ovalado porque el cordel se enroscó alrededor del mango de la ventosa al cortar el cristal. Un ligero ruido mientras tira el pedazo de vidrio hacia afuera. No le importa dejar rastros de saliva del tipo AB en el vidrio.

La mano cubierta por un ajustado guante se desliza en el agujero, hasta encontrar la cerradura. La puerta se abre silenciosamente. Ya está adentro. La luz de la campana le permite ver su cuerpo en esa cocina extraña. Reina una fresca y agradable temperatura en el interior de la casa.

Will Graham ingirió dos Di-Gels. Le molestó el crujido del celofán al guardar el paquete en su bolsillo. Atravesó el living sujetando la linterna lo más apartada de él que podía, por pura costumbre. A pesar de haber estudiado bien la planta, hizo un giro equivocado antes de encontrar la escalera. No crujía.

En ese momento estaba parado en la entrada del dormitorio principal. Podía ver vagamente sin utilizar la linterna. El reloj digital que estaba sobre la mesa de noche, proyectaba la hora en el cielo raso y una luz anaranjada titilaba en la pared junto al baño. Era intenso el olor dulzón a sangre.

Los ojos acostumbrados a la oscuridad podían ver bastante bien. El maniático pudo distinguir al señor Leeds de su esposa. Había luz suficiente como para permitirle cruzar el cuarto, agarrar a Leeds por el pelo y degollarlo. ¿Y después qué? ¿Vuelta al interruptor de luz en la pared, un saludo a la señora Leeds y luego el disparo que la inmovilizó?

Graham encendió la luz y las manchas de sangre parecieron insultarlo desde las paredes, el colchón y el piso. El mismo aire parecía salpicado de alaridos. Se sintió acobardado por el ruido de ese silencioso cuarto repleto de manchas oscuras.

Graham se sentó en el piso hasta que su mente se serenó. «Tranquilo, tranquilo, quédate tranquilo.»

La cantidad y variedad de manchas de sangre desconcertaba a los detectives de Atlanta que trataban de reconstruir el crimen. Todas las víctimas habían sido encontradas muertas en sus camas. Eso no concordaba con la ubicación de las manchas.

Al principio creyeron que Charles Leeds había sido atacado en el dormitorio de su hija y su cuerpo, arrastrado hasta el dormitorio principal. Pero un detenido examen de las salpicaduras les hizo reconsiderar esa teoría.

Todavía no habían quedado determinados exactamente los movimientos del asesino en los diferentes cuartos.

Con la ventaja de la autopsia y los datos suministrados por el laboratorio, Will Graham comenzó a ver cómo había ocurrido.

El intruso degolló a Charles Leeds mientras dormía junto a su esposa, regresó al interruptor de la luz en la pared y encendió las luces (pelos y fijador de la cabeza del señor Leeds fueron dejados en la placa del interruptor por un guante suave). Le disparó a la señora Leeds cuando se incorporó y luego se dirigió a los cuartos de los chicos.

Leeds se levantó con la garganta seccionada y trató de proteger a sus hijos, dejando a su paso grandes gotas de sangre y el inconfundible rastro de una arteria cortada mientras trataba de luchar. Fue empujado hacia un lado, cayó y murió con su hija en el dormitorio de ella.

Uno de los dos niños fue muerto en la cama de un disparo. El otro fue encontrado también en la cama, pero tenía en el pelo pequeñas bolitas de tierra. La policía creía que había sido sacado primero de debajo de la cama y luego muerto de un balazo.

Cuando estaban todos muertos, a excepción posiblemente de la señora Leeds, comenzó el destrozo de espejos, la selección de trozos y la ulterior dedicación a la señora Leeds.

En la caja de cartón Graham tenía copias de los informes completos de las autopsias. Allí estaba el de la señora Leeds. La bala había entrado a la derecha de su ombligo y se había alojado en la espina dorsal pero la mujer había muerto por estrangulamiento.

El aumento del nivel de serotonina y de histaminas en la herida de bala indicaba que había vivido por lo menos cinco minutos después del disparo. El nivel de la histamina era mucho más alto que el de serotonina, por lo tanto no había sobrevivido más de quince minutos. La mayoría de sus otras heridas habían sido hechas, probablemente, después de muerta.

Si las demás heridas eran postmortem, ¿qué hacía el asesino en ese intervalo mientras la señora Leeds esperaba la muerte? En eso pensaba Graham. Luchar con Leeds y matar a los otros, por supuesto, pero eso no le habría llevado más de un minuto. Romper los espejos. ¿Y qué más?

Los detectives de Atlanta eran muy meticulosos. Habían medido y fotografiado todo exhaustivamente, limpiaron y rastrillaron y retiraron las válvulas de los desagües. No obstante Graham lo revisó todo por su cuenta.

Sabía dónde habían sido encontrados los cadáveres gracias a las marcas hechas por la policía en los colchones y a las fotografías que tomaron. Las pruebas —rastros de nitrato en las sábanas en los casos de heridas de bala— indicaban que habían sido encontrados en posiciones aproximadas a aquéllas en que habían muerto.

Pero la profusión de manchas de sangre y de marcas y huellas borrosas en la alfombra del hall seguían sin poder explicarse. Uno de los detectives sugirió que algunas de las víctimas habían tratado de escapar del asesino arrastrándose. Graham no estaba de acuerdo; evidentemente el criminal las había movido después de muertas y luego las había colocado nuevamente en el lugar donde estaban cuando las asesinó.

Era obvio lo que había hecho con la señora Leeds. ¿Pero y los demás? No los había desfigurado, como hizo con la señora Leeds. Cada uno de los niños tenía una única herida de bala en la cabeza. Charles Leeds se desangró hasta morir, contribuyendo la sangre aspirada. La única marca adicional que presentaba era superficial, la de una atadura alrededor del pecho, aparentemente postmortem. ¿Qué hizo con ellos el asesino después de matarlos?

Graham sacó de la caja las fotografías policiales, los informes del laboratorio sobre los diferentes tipos de sangre y las manchas orgánicas del cuarto y muestras comunes para comparación de trayectorias de regueros de sangre.

Repasó minuciosamente todos los dormitorios del primer piso, tratando de hacer coincidir las heridas con las manchas, tratando de trabajar marcha atrás. Dibujó cada mancha en un plano en escala del dormitorio principal, valiéndose del muestrario para comparar y poder así estimar la dirección y velocidad del goteo. En esta forma esperaba poder descubrir la posición de los cuerpos en diferentes momentos.

Había una hilera de tres manchas que subían y daban la vuelta a un rincón de la pared del dormitorio y tres pequeñas manchas en la alfombra debajo de ellas. La pared de la cabecera de la cama estaba manchada del lado donde había estado Charles Leeds y se veían las marcas de unos golpes sobre los zócalos. El diagrama de Graham empezó a parecerse a esos juegos de entretenimiento en que deben unirse los números con una raya para obtener un dibujo, pero en este caso no había números. Se quedó contemplándolo, miró nuevamente la habitación, y luego retomó el dibujo hasta sentir que su cabeza estaba por estallar.

Entró al baño y tomó sus dos últimas pastillas de Bufferin, utilizando las manos para beber el agua de la canilla del lavatorio. Se mojó la cara y la secó luego con el faldón de su camisa. El agua se derramó sobre el piso. Había olvidado que habían quitado las válvulas y sifones de los desagües. De no ser por eso, el baño estaba perfecto, a excepción del espejo roto y de los rastros del polvo rojo utilizado para las impresiones digitales llamado Sangre de Dragón. Los cepillos de dientes, las cremas faciales, la afeitadora, todo estaba en su lugar.

Daba la impresión de que el baño todavía era utilizado por la familia. Las medias de la señora Leeds colgaban todavía del toallero donde las había dejado para que se secaran. Advirtió que había cortado la pierna de un par que tenía unos puntos corridos, para poder utilizar dos pares de una sola pierna, y en esa forma ahorrar dinero. La pequeña y modesta economía de la señora Leeds le llegó muy hondo; Molly hacía exactamente lo mismo.



Graham se deslizó por una ventana hacia el techo del porche y se quedó sentado sobre las ásperas tejas. Abrazó las rodillas al sentir el frío de la camisa húmeda en su espalda y resopló para ahuyentar el olor a masacre que impregnaba su nariz.

Las luces de Atlanta iluminaban el cielo y resultaba difícil poder contemplar las estrellas. Debía de ser una noche clara en los Cayos. Podría estar junto a Molly y Willy, esperando ver las estrellas fugaces y escuchar el ruido que ellos tres juraban que hacían al caer. La lluvia de meteoros del Delta Aquarid estaba en su punto máximo y Willy estaría observándola.

Se estremeció y resopló nuevamente. No quería pensar en Molly en ese momento. Era de mal gusto y lo perturbaba.

Graham tenía serios problemas con el gusto. A menudo sus pensamientos no eran placenteros. No existían divisiones categóricas en su mente. Lo que veía y aprendía influía en todo lo que ya sabía. Resultaba difícil convivir con algunas combinaciones.



Pero no podía preverlas, no podía bloquearlas y suprimirlas. Sus principios de decencia y corrección subsistían, escandalizados por sus asociaciones, absortos por sus sueños; le daba lástima que en ese campo de batalla que era su cráneo, no existieran defensas para lo que amaba. Sus asociaciones se presentaban a la velocidad de la luz. Sus juicios sobre valores, a ritmo mesurado. Nunca lograban mantenerse a la par y dirigir su pensamiento.

Consideraba su mentalidad algo grotesca pero útil, como una silla hecha con cornamenta. Mas no podía hacer nada al respecto.

Graham apagó las luces de la casa y salió por la cocina. En el extremo más alejado del porche de atrás, la luz de su linterna iluminó una bicicleta y una canasta de paja para perros. Había una casilla de perro en el patio posterior y un plato junto a los escalones.

Las pruebas indicaban que los Leeds habían sido sorprendidos mientras dormían.

Sujetó la linterna entre el pecho y el mentón y escribió una nota: Jack, ¿dónde estaba el perro?

Graham regresó a su hotel. Tenía que concentrarse en el manejo del auto, por más que a esa hora, las cuatro de la mañana, no había mucho tráfico. Seguía doliéndole la cabeza y buscó una farmacia de turno.

Encontró una en Peachtree. Un desaliñado sereno dormía junto a la puerta. Un farmacéutico con una chaqueta sucia sobre la que resaltaba más su caspa, le vendió Bufferin. El reflejo de la luz del local le resultaba molesto. A Graham no le gustaban los farmacéuticos jóvenes. Tenían un aspecto de cachorros raquíticos. A menudo eran relamidos y sospechaba que eran desagradables en sus casas.

—¿Qué más? —preguntó el farmacéutico con los dedos apoyados sobre las teclas de la máquina registradora—. ¿Qué más?

La oficina del FBI de Atlanta le había reservado una habitación en un absurdo hotel próximo al nuevo Peachtree Center. Tenía unos ascensores de vidrio en forma de capullos como para que no le cupieran dudas de que estaba realmente en la ciudad.

Graham subió a su cuarto acompañado por dos miembros de una convención en cuyos distintivos estaba impreso, además de su nombre, el saludo «¡Hola!». Ambos se agarraron del pasamanos y echaron una mirada al vestíbulo mientras subían.

—Mira allí, un poco más lejos del mostrador, es Wilma y los otros que acaban de regresar —dijo el más grande. —Maldita sea, cómo me gustaría arrancarle un pedacito.

—Hacerle el amor hasta que le sangre la nariz —acotó el otro.

Miedo y deseo y rabia por el miedo.

—¿Sabes por qué las mujeres tienen piernas?

—¿Por qué?

—Para no dejar un rastro como el caracol.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—¿Llegamos? Sí, ya llegamos —afirmó el grandote, tambaleándose contra las puertas al salir.

—Este es el ciego que guía al otro ciego —comentó el otro.



Graham depositó la caja de cartón sobre la cómoda de su cuarto. Pero luego la guardó en un cajón para quitarla de su vista. Ya había tenido suficiente por ese día con esos muertos de ojos abiertos. Tenía ganas de llamar a Molly pero era demasiado temprano.

A las ocho de la mañana debía presentarse en el departamento central de la policía de Atlanta. No tenía mucho que contarles.

Trataría de dormir. Su mente parecía un ruidoso vecindario repleto de disputas y en uno de sus pasillos había una pelea. Se sentía entumecido y vacío; se sirvió dos dedos de whisky en el vaso del baño y los bebió antes de acostarse. La oscuridad parecía aplastarlo. Encendió la luz del baño y se metió nuevamente en cama. Imaginó que Molly estaba en el baño cepillándose el pelo.

Párrafos del informe de la autopsia resonaban con su propia voz, aunque nunca los había leído en voz alta: «...las heces estaban formadas... un rastro de talco en la parte inferior de la pierna derecha. Fractura de la pared de la órbita debido a la inserción de un trozo de espejo...»

Graham trató de pensar en la playa del Cayo Sugarloaf y escuchar el ruido del oleaje. La imagen de su banco de trabajo acudió a su mente y pensó en el escape para el reloj de agua que él y Willy estaban fabricando. Cantó Whiskey River en voz baja y trató de repasar mentalmente Black Mountain Rag del principio al fin. La canción de Molly. La parte de la guitarra de Doc Watson salía perfecta, pero siempre se perdía cuando entraban los violines. Molly había tratado de enseñarle a zapatear en el patio de atrás de la casa y comenzó a saltar... hasta que por fin se durmió.

Se despertó al cabo de una hora rígido y empapado en sudor y la silueta de la otra almohada contra la luz del baño se transformó en la señora Leeds acostada junto a él, mordida y destrozada, con espejos en sus ojos y sangre sobre las sienes y orejas como si fueran patillas de anteojos. No podía girar la cabeza para mirarla. Lanzó mentalmente un alarido y estiró la mano hasta tocar la tela seca.

Esa acción le proporcionó un alivio inmediato. Se levantó; el corazón le latía fuertemente, y se cambió la camiseta por otra seca. Tiró la camiseta mojada en la bañera. No podía correrse al lado seco de la cama. En cambio puso una toalla sobre la parte empapada por su transpiración y se instaló sobre ella, recostándose contra la cabecera con un buen whisky en la mano. De un trago vació la tercera parte del contenido del vaso.



Buscó algo en qué pensar, cualquier cosa. La farmacia en la que había comprado el Bufferin; tal vez porque era la única experiencia de ese día que no estaba relacionada con la muerte.

Recordaba los viejos drugstores y sus helados. De chico pensaba que los drugstores tenían cierto aire furtivo. Cuando uno entraba siempre pensaba en comprar preservativos, así los necesitara o no. Había cosas en los estantes a las que no se debía mirar mucho.

En la farmacia en la que compró el Bufferin, los anticonceptivos con sus envolturas cubiertas de ilustraciones se exhibían en estuches de plástico en la pared de atrás de la caja, enmarcados como objetos de arte.

Prefería el drugstore y los helados de su niñez. Graham estaba próximo a los cuarenta años y empezaba a sentirse tironeado por el mundo de antaño; como un ancla de mar con mal tiempo.

Pensó en Smoot. El viejo Smoot que servía los helados y atendía el drugstore local, propiedad del farmacéutico, cuando Graham era chico. Smoot, que bebía durante las horas de trabajo, se olvidaba siempre de bajar el toldo y las suelas de las zapatillas se derretían en la vidriera. Smoot, que olvidó desenchufar la cafetera hasta que hubo que llamar a los bomberos. Smoot, que les fiaba helados a los chicos.

Su crimen mayor fue encargar cincuenta muñecas Kewpie a un mayorista cuando el dueño del negocio estaba de vacaciones. A su regreso el propietario despidió a Smoot por una semana. Y entonces realizaron una liquidación de muñecas Kewpie. Cincuenta muñecas fueron dispuestas en semicírculo en la vidriera de forma que todas miraban a cualquiera que se parara a contemplarlas.

Tenían grandes ojos de color azul. Era una exhibición sorprendente y Graham se quedó mirándola durante un buen rato. Sabía que eran solamente muñecas Kewpie pero se sentía el centro de su atención. Eran tantas las que lo miraban. Muchas personas separaron para contemplarlas. Muñecas de yeso, todas con el mismo rulito ridículo, sin embargo sus miradas fijas le habían provocado un cosquilleo en la cara.

Graham comenzó a relajarse un poco. Muñecas Kewpie mirándolo fijo. Se dispuso a beber un trago, se atoró y lo escupió sobre su pecho. Manoteó para encender la luz de la lamparita de la mesa de noche y sacó la caja del cajón de la cómoda. Buscó los informes de la autopsia de los tres niños Leeds y sus diagramas del dormitorio principal y los desparramó sobre la cama.

Allí estaban las tres manchas de sangre en línea oblicua en el rincón y las otras en la alfombra. Encontró las medidas de los tres chicos. Hermano, hermana, hermano mayor. Coincide. Coincide. Coincide.

Habían estado sentados en fila contra la pared mirando hacia la cama. Un público. Un público muerto. Y Leeds. Atado por el pecho contra la cabecera. Dispuesto como para que pareciera que estaba sentado en la cama. Por eso tenía la marca de una atadura y estaba manchada la pared encima de la cabecera.

¿Qué estaban observando? Nada; todos estaban muertos. Pero tenían los ojos abiertos. Estaban mirando una actuación en la que las estrellas eran el maniático y el cadáver de la señora Leeds, además del señor Leeds sentado en la cama. Espectadores. A los que el loco les podía mirar las caras.

Graham se preguntó si habría encendido una vela. La luz vacilante habría simulado una expresión en sus rostros. Pero no se encontró ninguna vela. Tal vez se le ocurriera hacerlo la próxima vez...

Ese primer y pequeño nexo con el asesino dolía y pinchaba como una sanguijuela. Graham mordió la sábana, abstraído en sus pensamientos.

«¿Por qué los movió nuevamente? ¿Por qué no los dejó como estaban?», se preguntó Graham. «Hay algo que usted no quiere que yo sepa sobre su persona. Vaya, hay algo que lo avergüenza. ¿O se trata de algo que usted no puede permitirse que yo sepa?»

«¿Les abrió los ojos?»

«¿La señora Leeds era encantadora, verdad ? Usted encendió la luz después de degollarlo para que la señora Leeds pudiera verlo desplomarse, ¿no es así? ¿Era desesperante tener que usar guantes cuando la tocó, verdad?»

Tenía talco en la pierna.

No había talco en el baño.

Parecía que alguna otra persona hubiera expresado esas dos verdades en voz baja.

«¿Se quitó los guantes, no es así? El polvo cayó de un guante de goma cuando se lo quitó para tocarla, ¿NO ES ASI, HIJO DE PUTA? La tocó con sus manos desnudas y luego se puso nuevamente los guantes y borró sus impresiones. Pero ¿LES ABRIÓ LOS OJOS, cuando no tenía puestos los guantes?»

Jack Crawford contestó el teléfono la quinta vez que sonó. Había atendido varias veces el teléfono durante esa noche y no estaba aturdido.

—Jack, soy Will.

—Sí, Will.

—¿Sigue estando Price en Huellas Ocultas?

—Sí. No sale mucho ya. Está trabajando en el índice de impresión única.

—Creo que debería venir a Atlanta.

— ¿Por qué? Tú mismo dijiste que el tipo que trabajaba aquí era bueno.

—Es bueno, pero no tanto como Price.

—¿Qué quieres que haga? ¿Adónde tendría que buscar?

—En las uñas de las manos y los pies de la señora Leeds. Están pintados, es una superficie lisa. Y las córneas de los ojos de todos. Creo que se quitó los guantes, Jack.

— Cielos, Price va a tener que salir a toda carrera —dijo Crawford — . El funeral se realizará esta tarde.




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