Domingo santos



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III
Viajaron toda la noche a trote rápido, con el zird por delante, como una gigantesca luciérnaga. Cuando el alba empezó a teñir el oriente, se hallaban ya en las montañas al este de Falklyn, subiendo sus laderas.

Cuando Alan pudo distinguir los detalles de su guía nocturno, pensó por unos instantes que se trataba de un enorme hussir. Utilizaba la misma amplia chaqueta, abierta por delante, y los mismos anchos calzones. Pero no tenía cola, ni orejas puntiagudas. Era una muchacha de casi su misma edad.

Era la primera persona humana que veía completamente vestida. Alan pensó en lo ridículo que ella se veía y, al mismo tiempo, sintió que aquello era un sacrilegio.

Penetraron a través de un estrecho paso y llegaron a un profundo valle, y caminaron en vez de trotar. Por primera vez desde que dejaron las inmediaciones del castillo de Wiln pudieron decir algo más que unas cortas y deshilvanadas frases.

—¿Quién eres y adónde me llevas? —preguntó Alan. A la fría luz del amanecer, empezaba a dudar si había hecho bien huyendo del castillo.

—Me llamo Mara —dijo la muchacha—. ¿Has oído hablar de los Humanos Salvajes? Yo soy uno de ellos, y vivimos en estas montañas.

Alan sintió que se le erizaban los cabellos, y estuvo tentado de escapar. Mara lo sujetó por un brazo.

—¿Por qué creen todos los esclavos en esas absurdas historias de canibalismo? —preguntó desdeñosamente.

La palabra canibalismo era desconocida para Alan.

—No te vamos a comer, muchacho —dijo la chica—. Te vamos a convertir en un humano libre. ¿Cómo te llamas?

—Alan —contestó él con voz temblorosa, dejándose llevar—. ¿Qué es esa libertad de la que habla el zird?

—Ya lo sabrás —prometió ella—. Pero el zird no sabe. Los zirds no son más que animales que vuelan. Les enseñamos a decir esta única frase y a guiar a los esclavos hasta nosotros.

—¿Y por qué no entran ustedes mismos en los corrales? Podrían trepar muy fácilmente las cercas —el miedo estaba siendo sustituido por la curiosidad.

—Lo hemos intentado, pero esos tontos esclavos se ponen a gritar cuando ven a un extraño. Los hussires han capturado a varios de nosotros por culpa de ello.

Apareció el doble sol: primero el azul, y unos segundos más tarde el blanco. Las montañas a su alrededor iban despertando con la claridad.

En medio de la oscuridad había creído que el cabello de Mara era negro, pero la luz del amanecer le reveló que era dorado oscuro. Sus ojos eran castaños como el fruto del tornot.

Se detuvieron junto a un manantial que brotaba entre dos grandes rocas, y Mara lo estudió atentamente, observando su delgado y fuerte cuerpo.

—Estás bien hecho —dijo—. Ya quisiera que todos los que conseguimos fueran tan saludables como tú.

Transcurridas tres semanas. Alan se parecía a todos los demás Humanos Salvajes..., al menos exteriormente. Se acostumbró a ponerse ropa y, aunque torpemente, acarreaba con un arco y flechas. En aquel momento, él y Mara se hallaban a varios kilómetros de las cuevas donde vivían los Humanos Salvajes.

Estaban cazando animales para comer, y Alan se pasó la lengua por los labios ante este pensamiento. Le gustaba la carne cocida. Los hussires alimentaban a sus rebaños humanos con tortas de cereales y los restos de su propia cocina. La única carne que había comido antes era la de pequeños animales que había logrado agarrar con su agilidad.

Llegaron a una cima, y Mara, que iba delante de él, se detuvo bruscamente. Alan se le acercó.

No muy por debajo de ellos avanzaba un hussir, con un corto y pesado arco y un carcaj de flechas. El hussir miraba atentamente hacia todos lados, pero no los vio desde su posición por encima de su cabeza.

Alan tembló de miedo. En aquel momento no era más que un miembro escapado del rebaño y le esperaba la muerte como castigo por haber huido del corral.

Oyó junto a él el vibrar de una cuerda, y el hussir tropezó y cayó, con el pecho atravesado por una flecha. Mara bajó tranquilamente su arco y sonrió al ver el temor reflejado en sus ojos.

—He aquí a uno que no encontrará Haafin —dijo. Los Humanos Salvajes llamaban Haafin a su comunidad.

—¿Hay..., hay hussires en las montañas? —preguntó temblorosamente Alan.

—Unos cuantos. Cazadores. Si los matamos antes que entren en el valle, podemos estar tranquilos. Pero algunos lo han visto y han conseguido escapar, y por eso hemos tenido que cambiar la situación de Haafin una docena de veces durante el último siglo, y siempre hemos perdido mucha gente peleando por escapar. Esos diablos atacan con grandes pertrechos.

—¿Pero de qué sirve todo esto, entonces? —preguntó Alan con desconsuelo—. No hay más que cuatrocientos o quinientos humanos en Haafin. ¿Para qué esconderse y correr de un lado para otro, si más tarde o más temprano llegará el momento en que los hussires nos exterminen a todos?

Mara se sentó en una roca.

—Aprendes rápido —dijo—. Probablemente te sorprenderá saber que esta comunidad ha conseguido durar, en estas montañas, más de mil años. Pero de todos modos has puesto el dedo en la llaga del problema que nos atormenta desde hace varias generaciones.

Vaciló, y dibujó unos trazos en el polvo con el pie.

—Es aún pronto para que te lo diga, pero mientras tanto puedes empezar a abrir tus oídos —comentó—. Cuando lleves un año aquí, serás admitido como miembro de la comunidad. Entonces tendrás una entrevista con El Refugiado, que es nuestro jefe. Y él siempre pregunta a los recién llegados si tienen algo que decir precisamente sobre este problema.

—¿Pero qué es lo que tengo que escuchar? —preguntó ansiosamente Alan.

—Hay dos ideas principales acerca de cómo resolver el problema, pero prefiero que las oigas de labios de las personas que creen en ellas. Recuerda simplemente que el problema es salvarnos a nosotros mismos de la muerte, y a los cientos de miles de otros humanos de la esclavitud. Para ello tenemos que obligar a los hussires a aceptar a los humanos como iguales y no como simples animales. Y esto no va a ser sencillo.

Gran parte de la vida de Alan en Haafin no era muy distinta de la existencia que había conocido. Cumplía con su parte de trabajo en los pequeños campos pegados a la orilla del río en el centro del valle, ayudaba a cazar animales para aprovechar su carne y también para hacer utensilios como los que empleaban los hussires. A veces tenía que pelear con los puños para defender sus derechos.

Pero eso que los Humanos Salvajes llamaban libertad era un elemento extraño que se mezclaba en todo lo que eran y hacían. Básicamente, según logró comprender Alan, la palabra significaba que los Humanos Salvajes no pertenecían a los hussires, sino que eran sus propios dueños. Cuando recibían órdenes éstas tenían que ser obedecidas, pero provenían de humanos y no de hussires.

Había otras diferencias. No existían relaciones familiares formales, puesto que no había tradiciones sociales en un pueblo que durante generaciones no había sido más que un grupo de animales domésticos. Pero la presión y el rígidamente forzado sometimiento a la época de acoplamiento no existían, y algunas viejas parejas permanecían juntas permanentemente.

Libertad, decidió Alan, significaba una dignidad que hacía de un humano el equivalente a un hussir.

Llegó el primer aniversario de la noche en que Alan siguió al zird, y Mara, temprano por la mañana, lo llevó al otro extremo del valle. Lo dejó a la entrada de una pequeña cueva, de la que muy pronto salió un hombre del que Alan había oído hablar mucho, pero al que nunca había visto.

El cabello y la barba de El Refugiado eran grises, y su rostro reflejaba las arrugas de la edad.

—Eres Alan, que vino del castillo de Wiln —dijo el anciano.

—Cierto, grandeza —contestó respetuosamente Alan.

—No me llames grandeza. Eso es hablar como esclavos. Soy Roand, El Refugiado.

—Sí, señor.

—Cuando te vayas de aquí hoy, serás miembro de la comunidad de Haafin, la única comunidad libre del mundo —dijo Roand—. Tendrás todos los derechos de cualquier otro miembro: ningún hombre puede tomar a una mujer sin su consentimiento, nadie puede quitarte el alimento que caces o cultives sin tu permiso. Si eres el primero en ocupar una cueva vacía, nadie puede ir a vivir en ella sin que tú quieras. Eso es libertad. Como sin duda te habrán explicado ya, debes decirme lo que piensas acerca de la manera de lograr que todos los humanos sean libres. Antes que digas nada —levantó una mano—, voy a proporcionarte una pequeña ayuda. Entra en la cueva.

Alan lo siguió al interior. A la luz de una antorcha, Roand le mostró una serie de diagramas grabados en una pared con ayuda de una piedra, como pueden hacerse dibujos en el polvo con un palo.

—Eso son mapas, Alan —dijo Roand, explicándole lo que era un mapa.

Alan agitó la cabeza en señal de comprensión.

—Debes saber ya que hay dos maneras de pensar en relación con lo que debemos hacer para liberar a los humanos —dijo Roand—, pero seguramente no debes entender bien ninguna de ellas. Estos mapas te muestran la primera, que fue ideada hace ciento cincuenta años, pero que nuestra gente nunca ha estado de acuerdo en intentar. Muestra cómo, a través de un ataque por sorpresa, podríamos adueñarnos de Falklyn, la principal ciudad de toda esta región, aunque los hussires que viven en la ciudad son más de diez mil. Tomando Falklyn, podríamos liberar a los cuarenta mil humanos de la ciudad, y entonces seríamos lo suficientemente fuertes como para tomar los lugares cercanos y atacar gradualmente las ciudades, como muestran estos otros mapas.

Alan asintió con la cabeza.

—Me gusta más el otro sistema —dijo Alan—. Debe haber alguna razón por la que no dejan que los humanos entren en la Torre de la Estrella.

La desdentada sonrisa de Roand no destruía la innata dignidad de su rostro.

—Joven Alan, eres un místico como yo. Pero la tradición dice que no es suficiente que un humano entre en la Torre de la Estrella. Déjame contarte la tradición: la Torre de la Estrella fue una vez el hogar de todos los humanos. Entonces no existían más que apenas una docena de ellos, pero tenían grandes y extraños poderes. Pese a lo cual, cuando salieron de la Torre, los hussires lograron esclavizarlos por la simple fuerza de su número. Tres de esos primitivos humanos escaparon a las montañas y se convirtieron en los primeros Humanos Salvajes. De ellos nos viene la tradición que tenemos sus descendientes, así como los humanos que hemos ido liberando de la esclavitud de los hussires. La tradición dice que el humano que entre en la Torre de la Estrella podrá liberar a todos los demás humanos del mundo..., si lleva consigo la Seda y la Canción.

Roand metió la mano en un agujero en la roca.

—Esta es la Seda —dijo, sacando una bufanda color durazno, en la que había algo pintado.

Alan reconoció que era escritura como la que empleaban los hussires y que se rumoreaba que les había sido enseñada por los humanos. Respetuosamente, Roand la leyó:

—REG. B-XIII. CULTURA M. SOS.

—¿Qué significa? —preguntó Alan.

—Nadie lo sabe —contestó Roand—. Es el gran misterio. Puede que sea un encantamiento.

Cuidadosamente, colocó de nuevo la Seda en su lugar.

—Esta es otra escritura que tenemos —dijo Roand, extrayendo un fragmento de material amarillento, muy delgado y quebradizo—, que nos ha sido legada por nuestros antepasados.

A Alan le pareció que era como una tela fina que se hubiera endurecido con el paso de los años, pero sin embargo tenía una consistencia distinta. Roand lo manejó con sumo cuidado.

—Esto es un pedazo de lo que se perdió hace varios siglos —dijo, leyéndolo—: Octubre 3, 2..., la nuestra es la última..., tres expediciones perdidas..., demasiado lejos para seguir intentando..., cómo podríamos...

Alan tampoco entendió nada, al igual que las palabras de la Seda.

—¿Cuál es la Canción? —preguntó Alan.

—Todos los humanos la saben desde su niñez —dijo Roand—. Es la más conocida de todas las canciones humanas.

Brilla, brilla, estrella de oro —dijo Alan inmediatamente—. Te alcanzaré aunque estés tan lejos...

—Esa es, pero hay otro verso que tan sólo conocemos los Humanos Salvajes. Debes aprenderlo. Dice así:
Brilla, brilla, insecto,

Redondo y largo, de color vivo,

En un cuarto marcado con una cruz.

Pícame en el brazo cuando te encuentre,

Y me tenderé en una profunda cama,

Y no tendré más que hacer sino dormir.
—No tiene sentido —dijo Alan—. Como tampoco lo tiene el primer verso, aunque Mara me mostrara lo que es una tortuga.

—No debe tener sentido hasta que se cante en la Torre de la Estrella; e incluso entonces, tan sólo si se tiene la Seda.

Alan meditó largo rato. Roand permaneció en silencio, esperando.

—Algunos de nosotros quieren que un humano trate de llegar a la Torre de la Estrella —dijo finalmente Alan—, y piensan que esto nos hará milagrosamente libres a todos los humanos. Los demás piensan que todo esto no es más que un cuento infantil, y que es necesario vencer a los hussires con arcos y flechas. Me parece, señor, que una cosa o la otra debería ser intentada. Siento mucho no saber lo suficiente como para poder ofrecer algo distinto.

Roand adoptó una expresión triste.

—Y en consecuencia, te unirás a uno u otro bando, y discutirás durante el resto de tu vida la conveniencia de hacer esto o lo otro. Y nada podremos hacer, puesto que no conseguimos ponernos de acuerdo.

—No veo por qué tenga que ser así, señor.

Roand lo miró con súbita esperanza.

—¿Qué quieres decir?

—¿No puede usted, o alguna otra persona, ordenarles lo que se debe hacer?

Roand movió negativamente la cabeza.

—Tenemos reglas, pero nadie puede decirle a otro lo que debe hacer. Somos libres.

—Cuando yo era chico —dijo Alan lentamente—, jugábamos a un juego que llamábamos el de los Dos Rebaños. Comenzábamos con el mismo número de muchachos en cada bando, con un árbol como refugio. Cuando dos jugadores de distinto bando se encontraban en el campo, el último que había salido de su refugio capturaba al otro, y pasaba a engrosar su propio bando.

—Jugué a eso hace muchos años —dijo Roand—. Pero no entiendo cuál es tu idea.

—Como sea que, para ganar, uno de los bandos tenía que capturar a todos los miembros del bando contrario, con tantas capturas en uno y otro lado llegaba la noche y el juego nunca había terminado. Así que siempre juzgábamos que el bando que tenía mayor número de muchachos al llegar la noche era el bando que ganaba. ¿Por qué no hacer lo mismo aquí?

La comprensión iluminó poco a poco el rostro de Roand. En su mirada se podía apreciar también una cierta reverencia ante la idea de estar asistiendo a un gran paso adelante en la ciencia del gobierno humano.

—¿Contar los partidarios que tenga cada bando y aceptar lo que diga la mayoría?

—Sí, señor.

Roand se echó a reír, mostrando sus vacías encías.

—Realmente acabas de traer una idea nueva, muchacho..., pero me temo que tú y yo vamos a tener que abandonar nuestro punto de vista. He contado bien, y sé que hay más gente en Haafin que piensa que debemos atacar a los hussires con las armas en la mano que la que cree en viejas tradiciones.



IV
Alan llevaba al cuello la Seda, mientras la muchedumbre armada de los Humanos Salvajes se acercaba a Falklyn. Roand, uno de los viejos que se habían quedado en Haafin, se la había entregado.

—Cuando tomen Falklyn, muchacho, lleva la Seda contigo al interior de la Torre de la Estrella y canta la Canción —fueron sus palabras de despedida—. Puede que pese a todo haya algo de cierto en las viejas tradiciones.

Tras muchas discusiones entre los Humanos Salvajes que habían pensado en ello durante tantos años, surgió un plan militar que tenía toda la simplicidad de una raza no militar. Sencillamente, marcharían sobre la ciudad, matando a todos los hussires que encontraran, y penetrarían en ella, matando a todos los que se les enfrentaran. Su propia fuerza aumentaría gradualmente a medida que liberaran a los humanos esclavizados de la ciudad. Nadie pudo encontrar nada equivocado en el plan.

Falklyn estaba edificada como una rueda: alrededor del parque donde se hallaba la Torre de la Estrella, las calles formaban círculos concéntricos. Otras calles, como radios, iban desde el parque hasta los límites de la ciudad.

Sin ningún tipo de formación, los humanos penetraron por una de esas calles radiales. Algunas almas osadas se separaron del grueso de las fuerzas para aventurarse en cada intersección. Era la hora de la cena en Falklyn, y había pocos hussires en la calle. Los humanos se sintieron felices cuando los pocos que consiguieron escapar de las flechas huyeron silbando despavoridos.

Habían recorrido una tercera parte de la distancia que les separaba del centro cuando empezaron a tañer las campanas, primero las más cercanas, luego todas las de la ciudad. Aparecieron hussires en los balcones y en las puertas, y empezaron a volar flechas contra los humanos. La revuelta tropa inició una desbandada cuando sus soldados empezaron a buscar refugio. Su avance se hizo más lento, y empezaron las luchas cuerpo a cuerpo.

Alan se encontró, con Mara, agazapado tras una puerta. Ante ellos los Humanos Salvajes corrían de casa en casa, prosiguiendo su avance. Algún que otro hussir intentaba cruzar la calle, lográndolo a veces y otras cayendo bajo las flechas humanas.

—No creo que la cosa funcione —dijo Alan—. Nadie pensó que los hussires estuvieran preparados para repeler un ataque. Estas campanas deben ser un sistema de alarma.

—Pero seguimos avanzando —dijo Mara confiadamente.

Alan agitó la cabeza.

—Esto puede significar, sencillamente, que vamos a tener más problemas para salir de la ciudad. Los hussires nos llevan una ventaja de veinte a uno, y están matando a más de los nuestros que nosotros de los suyos.

Una puerta se abrió junto a ellos, y un hussir saltó afuera antes de verlos. Alan lo mató con un golpe de su lanza y corrió hacia otra puerta, seguido por Mara. Los gritos de los humanos y los silbidos y gritos de los hussires se oían por todas partes.

Peleando, los humanos habían llegado quizá a la mitad del camino que conducía hasta la Torre de la Estrella cuando frente a ellos se escuchó un ruido de gritos y cantos. En la semioscuridad, parecía como si todo un río blanco se precipitara hacia ellos, llenando la calle de pared a pared.

Un Humano Salvaje, al otro lado de la calle donde se encontraban Alan y Mara, dio un grito de triunfo:

—¡Son humanos! ¡Los esclavos llegan a ayudarnos!

Un gran grito escapó de las gargantas de los luchadores Humanos Salvajes. Pero cuando se apagó pudieron comprender lo que decían los cantos y los gritos que avanzaban junto a aquella desnuda mole humana:

—¡Maten a los Humanos Salvajes! ¡Maten a los Humanos Salvajes! ¡Maten a los Humanos Salvajes!

Recordando su propio miedo, en su infancia, a los Humanos Salvajes, Alan comprendió lo que estaba ocurriendo. Con una confianza plenamente justificada, los hussires habían vuelto a los propios humanos contra ellos.

Los invasores se miraron alarmados, guareciéndose bajo los balcones. Las flechas de los hussires silbaban cerca de ellos desde todas direcciones.

Dudaron. No podían matar a sus hermanos esclavos, y no podían romper aquella avalancha humana que se les venía encima. Primero solos o de dos en dos, luego en grupos, trataron de retroceder y salir de la ciudad.

Pero el camino estaba bloqueado. Por la calle, en la dirección por la que habían venido, avanzaban ordenadas filas de hussires armados.

Algunos de los Humanos Salvajes, entre ellos Alan y Mara, corrieron hacia las calles transversales. Pero también por ellas llegaban hussires guerreros.

Los Humanos Salvajes estaban atrapados en el centro de Falklyn.

Presas del terror, los hombres y las mujeres de Haafin convergieron y se arremolinaron en el centro de la calle. Las flechas hussires que caían de las ventanas cercanas los iban atravesando uno a uno. Los hussires que avanzaban por un lado de la calle estaban casi a tiro de flecha, y por el otro lado los desarmados esclavos humanos estaban aún más cerca.

—¡Las ropas! —gritó Alan, con una súbita inspiración—. ¡Tiren las ropas y las armas y únanse a los esclavos! ¡Traten de regresar a la montaña!

Casi con un solo movimiento, se deshizo de la abierta chaqueta y de los amplios calzones y tiró el arco, las flechas y la lanza. Tan sólo la Seda quedó enrollada a su garganta.

Mara lo contempló unos instantes con la boca abierta, y él intentó arrancarle impacientemente la chaqueta. Súbitamente, Mara comprendió la idea y se desnudó en un santiamén; los otros Humanos Salvajes comenzaron a hacer lo mismo.

Las flechas de los escuadrones hussires empezaban a llover sobre ellos. Alan tomó a Mara de la mano y se lanzó directamente hacia la avalancha de esclavos humanos.

Otros Humanos Salvajes se le adelantaron y se arrojaron contra la muralla de hombres; iracundas manos los intentaron agarrar mientras trataban de perderse entre los esclavos, y Alan y Mara se vieron envueltos en un súbito remolino de gritos y confusión.

Había cuerpos sudorosos y desnudos rodeándolos por todas partes, fueron empujados de un lado para otro como las olas en una rompiente. Desesperadamente, se agarraron de la mano, luchando por mantenerse juntos.

Estaban arrinconados a un lado de la calle, contra la pared. La marea humana los arrastró contra las ásperas piedras y los arrojó a la entrada de una casa. La puerta cedió ante la tremenda presión y se vino abajo. Afortunadamente, tan sólo ellos perdieron el equilibrio y cayeron sobre la alfombra del piso.

Un hussir apareció por la puerta interior, con una puntiaguda lanza en la mano.

—¡Piedad, grandeza! —exclamó Alan en lenguaje hussir, arrastrándose.

El hussir bajó la lanza.

—¿Quién es tu amo, humano? —preguntó.

Un lejano recuerdo acudió a la mente de Alan:

—Mi amo vive en el Noroeste, grandeza.

La lanza se elevó de nuevo.

—Esto es el Noroeste, humano —dijo en forma amenazadora.

—Lo sé, grandeza —lloriqueó Alan, rogando que no se presentaran más coincidencias—. Pertenezco al mercader Senk.

La lanza descendió de nuevo hacia el suelo.

—Estaba seguro que eras un humano de la ciudad —dijo el hussir, contemplando la Seda enrollada en el cuello de Alan—. Conozco bien a Senk. ¿Y tú, mujer? ¿Quién es tu amo?

Alan no esperó a averiguar si Mara hablaba hussir.

—También pertenece a mi señor Senk, grandeza. —Otro recuerdo acudió a su mente, y añadió—: Es la época del acoplamiento, grandeza.

El hussir lanzó el peculiar silbido que era la risa de su raza. Les hizo la seña para que se levantaran.

—Salgan por la puerta de atrás y regresen a casa —dijo benévolamente—. Han tenido suerte de no verse separados entre todo ese rebaño.

Agradecidos, Alan y Mara se deslizaron por la puerta indicada y, a través de un oscuro pasillo, llegaron hasta una calle. Alan condujo a la muchacha hacia la izquierda.

—Tenemos que encontrar otra calle para salir de Falklyn —dijo—. Esta pertenece a las circulares.

—Espero que la mayor parte de los demás puedan escapar —dijo ella fervorosamente—. En Haafin no quedan más que niños y ancianos.

—Tendremos que andar con cuidado. Puede haber guardias en los límites de la ciudad. Hemos conseguido escapar de ese hussir, pero sería mejor que te adelantaras un poco hasta que lleguemos a las afueras. Es menos sospechoso que si nos ven juntos.

En una esquina, giraron hacia la derecha. Mara iba delante, a unos diez metros de distancia, y Alan la seguía. Vio su delgada y blanca figura avanzando bajo las luces de gas de Falklyn, y de pronto se echó a reír silenciosamente. A su memoria acudió el recuerdo de la rubia del castillo de Wiln, y pensó que no le había hecho falta.

Las calles estaban casi desiertas. Una o dos veces se cruzaron con humanos que pasaban trotando, y varias veces pasaron junto a hussires. Durante un rato Alan oyó gritos y silbidos no lejos de allí, pero no tardaron en apagarse.

No habrían caminado mucho tiempo, cuando Mara se detuvo. Alan se acercó a ella.

—Debemos estar llegando a las afueras —dijo, señalando el espacio abierto frente a ellos.

Caminaron rápidamente.

Pero se habían equivocado. La esquina de la siguiente calle se doblaba demasiado, y había luces más allá.

—Nos equivocamos cuando salimos del callejón —maldijo Alan en voz baja—. ¡Mira allá enfrente!

Ante ellos, recortada contra el fondo de estrellas, se distinguía vagamente la oscura mole de la Torre de las Estrellas.



V
El enorme edificio de metal se erguía hacia el cielo nocturno, perdiéndose en la negrura. El parque que lo rodeaba estaba a oscuras, pero podían ver el brillo de las lámparas en la entrada de la Torre de la Estrella, allá donde los guardias hussires permanecían en guardia permanente.

—Tenemos que retroceder —susurró Alan.

Ella se pegó a él y lo miró con sus grandes ojos.

—¿Atravesar toda la ciudad? —preguntó con un estremecimiento.

—Me temo que sí.

Pasó su brazo por los hombros de Mara, y dieron la espalda a la Torre de la Estrella. Mientras, lentamente, se llevó la mano a la bufanda.

¡La bufanda! Se detuvo en seco, haciendo que ella también se parara. ¡La Seda!

Sujetó a Mara por los hombros y la miró directamente al rostro.

—Mara —dijo gravemente—, no regresaremos a las montañas. Vamos a penetrar en la Torre de la Estrella.

Regresaron por la calle radial, y corrieron atravesando la última y más pequeña de las circulares. Saltaron la verja, y se deslizaron como fantasmas entre las sombras del parque.

Iban de árbol en árbol y de matorral en matorral, con la facilidad de las criaturas acostumbradas a pasar la noche al aire libre. Había pequeños grupos de guardias repartidos por todo el parque. Probablemente se había reforzado la vigilancia a causa de la invasión de los Humanos Salvajes. Pero los guardias llevaban pequeñas lámparas veladas, y los hussires no podían ver bien en la oscuridad. Los dos humanos pudieron evitarlos con facilidad.

Llegaron hasta el pie de la Torre de la Estrella, y la rodearon sigilosamente. En su base, la rampa de entrada era dos veces más alta que Alan. Había dos guardias, hablando en voz baja bajo las lámparas colgadas a ambos lados de la oscura y abierta puerta de la Torre.

—¡Si tan sólo hubiéramos traído un arco! —exclamó Alan en un susurro—. Puedo dar cuenta de uno aún sin armas, pero no de dos.

—¿Y con mi ayuda? —dijo ella.

—No. Son pequeños, pero fuertes. Mucho más fuertes que una mujer.

A contraluz, se veía un objeto pequeño asomando unos cuantos centímetros por un lado de la rampa, junto a ellos.

—Quizá sea una lanza —susurró Alan—. Te subiré para ver.

Cuando, un momento más tarde, la bajó de nuevo, ella tenía un objeto en la mano.

—Es tan sólo una flecha —dijo la muchacha, disgustada—. ¿Y para qué sirve una flecha, sin arco?

—Puede servir —dijo él—. Quédate aquí, y cuando llegue al pie de la rampa haz algún ruido para distraerlos. ¡Y corre!

Se arrastró hasta el lugar donde la rampa formaba un ángulo con el suelo. Miró hacia atrás. Mara era una mancha pálida en la oscuridad.

Mara empezó a golpear los lados de la rampa con el puño y a cantar en voz baja. Agarrando sus arcos, ambos guardias hussires avanzaron rápidamente hacia el borde. Alan se levantó de un salto y corrió todo lo aprisa que pudo, subiendo la rampa, con la flecha firmemente sujeta en una mano.

Los arcos de los hussires estaban tensados para disparar hacia donde se hallaba Mara cuando notaron la vibración de la rampa. Se giraron rápidamente.

Sus flechas, lanzadas con excesiva precipitación, erraron su blanco. Alan atravesó la garganta de uno con su propia flecha, mientras agarraba al otro. Con una salvaje explosión de fuerza, arrojó al hussir fuera de la rampa.

Mara gritó: una patrulla de tres hussires estaba demasiado cerca. Casi había llegado al pie de la rampa cuando uno de ellos salió de la oscuridad y la agarró desde atrás por la cintura. Los otros dos corrieron hacia Alan, con las lanzas en la mano.

Alan recogió del suelo el arco y el carcaj del hussir al que había matado. Su primera fecha se clavó en uno de los que se acercaban. El que había agarrado a Mara la tiró contra el suelo y levantó su lanza para atravesarla.

La flecha de Alan tan sólo le rozó, pero le hizo soltar la lanza, y Mara anduvo unos instantes a cuatro patas y corrió por la rampa.

El tercer hussir atacó a Alan. Este lo esquivó. La hoja no le tocó, pero el mango le golpeó en un costado, casi arrojándolo de la rampa. El hussir se recobró instantáneamente y levantó de nuevo la lanza. Alan estaba demasiado cerca para usar el arco, y no tenía tiempo de recoger otra arma.

Mara saltó a la espalda del hussir, enroscó sus piernas en torno a su cuerpo, y agarró con ambas manos el brazo que tenía la lanza. Antes que el hussir pudiera sacudírsela de encima, Alan le arrebató el arma y lo traspasó con ella.

Otros guardias acudían corriendo desde todos lados. Las flechas comenzaron a llover en torno a la puerta de la Torre de la Estrella cuando los dos humanos penetraron dentro.

Había una luz en el interior de la Torre de la Estrella, una luz más tenue que las de gas pero más clara. Estaban en una pequeña pieza, con otra puerta que conducía al interior de la Torre.

La puerta apoyada contra el muro de la Torre tenía casi tres cuartos de metro de espesor, y su diámetro era mayor que la altura de un hombre. Estaba fijada a la pared mediante un eje. Los dos al unísono no pudieron moverla ni un ápice.

Las flechas estaban empezando a penetrar por la puerta. Alan había dejado caer fuera las armas de los guardias. En un momento los hussires reunirían el valor suficiente para subir la rampa.

Alan miró desesperadamente a todos lados, buscando un arma. Las paredes metálicas estaban desnudas, excepto unas barandillas de metal y un tablero del que surgían tres barras, también de metal. Alan agarró una de ellas, tratando de arrancarla del tablero para usarla como maza. Tiró de ella y se oyó un ruido silbante en la pieza, pero no se desprendió. Intentó lo mismo con la siguiente, y ésta se desplazó de su lugar pero permaneció fija en el tablero.

Mara, tras él, lanzó un grito. Alan se volvió.

La gran puerta se estaba cerrando sola, lentamente, y afuera la rampa se elevaba del suelo y se deslizaba silenciosamente dentro de la pared de la Torre de la Estrella. Los pocos hussires que se habían atrevido a subir por la rampa estaban cayendo al suelo, como hormigas.

La puerta se cerró con un estruendo final. El silbido desapareció de la pieza tras unos instantes. Un silencio de muerte se adueñó de la Torre de la Estrella.

Atravesaron la puerta interior, tímidamente, tomados de la mano. Estaban en un corredor curvo. Enfrente tenían una pared desnuda. Recorrieron el pasillo circular, dando una vuelta completa alrededor de la Torre de la Estrella hasta volver de nuevo a la puerta de entrada, sin encontrar ningún otro acceso que diera paso a la pared interior.

Pero había una escalerilla. La subieron, Alan primero, Mara después. Se encontraron en otro corredor, y había otra escalerilla.

Subieron y subieron, recorriendo piso tras piso. La pared desnuda se convirtió en amplias estancias, llenas de raros muebles. Algunos tenían compartimientos cerrados y en varios de ellos, a lo largo de tres pisos, había unas cruces rojas pintadas.

Estaban empapados de sudor cuando llegaron a la pieza con las ventanas. Y ya no había más escalerillas.

—¡Mara! —exclamó Alan—. ¡Estamos en la cúspide de la Torre de la Estrella!

La pieza era abovedada, y desde la altura de la cabeza hacia arriba toda la bóveda era como una gran ventana acristalada. Aunque las ventanas miraban casi todas ellas hacia arriba, las que estaban situadas en la periferia dejaban ver la ciudad de Falklyn a sus pies. Había un par de ellas por las que se veía una parte del parque y precisamente la parte que correspondía a la entrada, ya que podían distinguir a un gran número de hussires corriendo, a la luz de las dos lámparas de gas que aún permanecían encendidas a ambos lados de la ahora cerrada puerta.

Todas las ventanas de la parte superior de la bóveda miraban hacia las estrellas.

La parte baja de la pared estaba cubierta con extrañas ruedas, barras de metal, diagramas y pequeños círculos brillantes y luces de colores.

—¡Estamos arriba de la Torre de la Estrella! —gritó Alan con triunfante frenesí—. ¡Y yo tengo la Seda, y cantaré la Canción!



VI
Alan elevó la voz, y sus palabras retumbaron en las paredes de la abovedada pieza:
Brilla, brilla, estrella de oro,

Te alcanzaré aunque estés tan lejos.

Cierra mi boca, halla mi cabeza,

Encuentra un gusano que tenga rayas rojas,

Dalo de comer a la concha de la tortuga,

Y échate a dormir, pues todo irá bien.
No ocurrió nada.

Alan cantó el segundo verso, y tampoco ocurrió nada.

—¿Crees que, si ahora salimos, los hussires dejarán libres a todos los humanos? —preguntó Mara, dudosa.

—¡Eso es una tontería! —dijo Alan, mirando por la ventana a la multitud de hussires que llenaban ahora el parque—. Se trata de una adivinanza. ¡Hay que hacer lo que dice!

—¿Pero cómo? ¿Qué es lo que significa?

—Tiene algo que ver con la Torre de la Estrella —dijo Alan pensativamente—. Quizá la estrella de oro signifique la Torre de la Estrella, aunque yo siempre pensé que significaba la estrella dorada que se ve en la parte sur del cielo. De todos modos, llegamos a la Torre de la Estrella, y es tonto pensar en alcanzar una estrella verdadera. Tomemos el siguiente verso: Cierra mi boca, halla mi cabeza. ¿Cómo puede cerrarse la boca de nadie antes de hallar su cabeza?

—Nosotros tuvimos que cerrar la puerta de la Torre de la Estrella antes de poder subir hasta aquí —se atrevió a decir Mara.

—¡Eso es! —exclamó Alan—. Ahora encontremos un gusano que tenga rayas rojas.

Buscaron por toda la gran piedra, por debajo de las extrañas camas torcidas que podían moverse hacia adelante y convertirse en sillones, y detrás de aquellos raros objetos que estaban por todas partes en el suelo. La parte inferior de la pared estaba llena de cajones, y los fueron sacando uno por uno.

En un momento determinado, Mara dejó caer un pequeño disco de metal, que se abrió al chocar contra el suelo. Un delgado carrete, se desprendió de él, y una cinta blanca se desenrolló.

—¡Un gusano! —gritó Alan—. ¡Hay que encontrar uno que tenga rayas rojas!

Abrieron discos y más discos..., y finalmente, allí estaba: una cinta cruzada diagonalmente con rayas rojas. Había letras en el disco de metal, y Mara deletreó:

Emergencia. Tierra. Despegue automático.

Ninguno de los dos podía imaginar lo que significaba, así que se pusieron a buscar la concha de la tortuga..., y, naturalmente, esta no podía ser más que el objeto transparente, de forma redondeada, que se encontraba en una especie de pedestal, entre las dos camas-sillones.

Fue complicado intentar dar de comer el gusano de rayas rojas a la concha de la tortuga, ya que la única abertura de esta se hallaba en la parte inferior, a un lado. Pero con Alan tumbado en una de las camas-sillones, y Mara tumbada en la otra, y trabajando juntos, consiguieron introducir una punta del gusano dentro de la boca de la tortuga.

Inmediatamente, la concha de la tortuga empezó a engullir el gusano de rayas rojas, con un golpetear que duró unos momentos y que fue ahogado por un poderoso rugido muy abajo, en las entrañas de la Torre de la Estrella.

Las ventanas que miraban hacia el parque florecieron con una llama casi demasiado brillante para los ojos humanos, y las luces de Falklyn comenzaron a desaparecer de las otras ventanas alrededor de la bóveda.

Muchos meses después, se acordarían del segundo verso de la Canción. Penetrarían en una de las estancias marcadas con una cruz, se clavarían con los insectos agujas hipodérmicas, y caerían en el sueño de la animación suspendida.

Pero ahora estaban desnudos, acostados e inconscientes, en la cabina de control de una nave que aceleraba. A causa de la brisa ocasionada por los acondicionadores de aire, el mensaje de la Seda para la Tierra tremolaba en la garganta de Alan.

El Mundo Ha Cambiado


Jacques Sternberg

Aunque la S. F. escrita originalmente en lengua inglesa es la que ha marcado desde un principio las pautas del género, no toda la S. F. de calidad se reduce a los países anglosajones. En Francia, por ejemplo, Jacques Sternberg es un autor conocido mundialmente, cuyas obras han sido traducidas y publicadas en varios países, entre ellos los propios Estados Unidos, en los que sólo otro autor francés de S. F., Gérard Klein, ha conseguido introducirse con una cierta regularidad. Además, Sternberg es uno de los pocos autores europeos de S. F. que ha conseguido salir del encasillamiento del género, siendo considerado como un escritor mayor (con todas las implicaciones de este calificativo) y llegando a firmar los guiones de películas como el discutido Je t’aime, Je t’aime de Alain Resnais.

Para mí, Sternberg tiene literariamente una gran virtud: el saber utilizar su peculiar sentido del humor con pinceladas de absurdo para ofrecernos una crítica feroz y despiadada de nuestro mundo actual visto desde el desolado nivel de los mass media..., y un gran defecto: el ser escritor de un solo argumento, que repite una y otra vez, incisivamente, con sólo ligeras variaciones de detalle. De hecho, este El Mundo Ha Cambiado puede considerarse como la obra arquetípica de Sternberg, compendio de multitud de otras obras suyas, que ha transformado en meras viñetas para la ocasión. Es precisamente esta cualidad arquetípica, y el hecho de ser el fiel exponente de un estilo muy personal de ver la S. F., lo que hace que merezca figurar aquí con todos los honores.

* * *


Cuando, el año 43 después de Cristo II, se lanzó al mercado la máquina de finalidad negativa, se abrió una nueva era.

Los inicios de la máquina de finalidad negativa fueron modestos, pero sus secretas posibilidades eran evidentes y dejaban prever fácilmente una revolución: sus posibilidades, y el éxito que tuvo apenas una semana después de su lanzamiento.

El aspirador escupepolvo fue en efecto el primer objeto de finalidad negativa que se puso a la venta, y millones de amas de casa sin nada que hacer se lanzaron sobre aquella sorprendente máquina doméstica que realizaba en un tiempo mínimo un trabajo, para sabotearlo luego al mismo ritmo y volver a iniciarlo con una destreza que no conocía el agotamiento.

Cuando las administraciones municipales decidieron, para dar trabajo a los millones de cesantes, lanzar a través de las vías públicas una gran cantidad de autos destrozacalles, se comprendió sin el menor error que «negativo» iba a convertirse en sinónimo de eficiente, que la gratuidad absoluta entraba en las costumbres, y que con pleno conocimiento de causa se iba a edificar un nuevo mundo sobre los corolarios del absurdo, de los que el siglo XX, el de los grandes precursores, había esbozado ya las primeras ecuaciones.

Ha transcurrido un año desde entonces.

Y el mundo ha evolucionado un poco.

Todo el mundo piensa tan sólo en la finalidad perdida, en el asunto que no puede reportar nada, en las realizaciones construidas sobre el vacío y haciendo frente al vacío, la mayor parte de las veces monstruosas, erizadas de inútiles complejidades, estrictamente desprovistas de sentido, transparentes y terroríficas como el esqueleto de la palabra Nada.

¿Cómo podían imaginar el industrial y el hombre de negocios de 1986 que sus descendientes directos, sus hijos para ser más precisos, llegarían un día a vender con éxito cristal opaco para escaparates, tazas sin fondo, cuchillos con mango más cortante que la hoja, o incluso, como hizo recientemente una célebre firma, automóviles equipados con un dispositivo que pincha un neumático cada diez kilómetros? ¿Cómo un publicista de finales del siglo XX hubiera podido creer que, a cincuenta años de distancia, una estilográfica sería triunfalmente lanzada al mercado a través de un slogan que la presentaba como la única estilográfica con la cual era rigurosamente imposible escribir sin mancharse?

Y sin embargo, así es.

El mundo ha llegado hasta ahí, aunque no haya cambiado de lugar en el Universo.

Dicho esto, hay que reconocer que la vida no es más divertida por estas razones. No hay que creer que el sentido del humor haya reemplazado al sentido de la seriedad que era la base de todas las empresas de antes. De ninguna manera. El hecho de haber admitido sin segundos pensamientos las más dementes prolongaciones del absurdo no implica de ningún modo la irrupción del humor en nuestra existencia. Por el contrario, nunca ha estado el hombre más sumergido en esa seriedad que le sirve de visado y de documento de identidad. Simplemente, con la misma aplicación del funcionario funcionando de semana a semana, cultiva ahora el amor a lo gratuito como antes cultivaba el amor a lo práctico. Se entrega a sus inútiles actividades como antes se entregaba a sus trabajos utilitarios. Nada ha cambiado. O si algo ha cambiado, no ha sido ciertamente la mentalidad del hombre. Haría falta mucho más que eso para cambiar al hombre, obstinadamente apegado a su convicción de hallarse en el mundo para cumplir con una sacrosanta misión, asumir una función esencial para la gravitación terrestre y servir a un ideal estrechamente ligado a los movimientos de los planetas. Digamos simplemente que el ideal ha cambiado de color. O más bien que se ha descolorido. ¿Pero el hombre se ha dado cuenta de ello? Uno podría dudarlo. Está convencido más que nunca de su utilidad, de su mitología, de su importancia universal. Es más fanático y está más cebado de fe que antes, nunca desengañado, siempre ajetreado, presa entre el pasivo y el activo de sus realizaciones, meticuloso, irreductiblemente abocado a los detalles microscópicos, y a fin de cuentas su conciencia profesional ha seguido intacta.

El trabajo tampoco ha cambiado apenas. Evidentemente se ha complicado, y los horarios obligatorios han sido prolongados. Era previsible: trabajar para nada y sin ninguna finalidad necesita mucha mayor atención y, por supuesto, mucho más tiempo.

Por otro lado, ya no le queda a nadie el recurso del desempleo. Hay trabajo inútil para todo el mundo, puesto que siempre puede hacerse no importa el qué en no importa qué sentido y bajo no importa cuál pretexto. Sin empleo ya no es más que un término pasado de moda que se halla aún en el diccionario del siglo XXI tan sólo como referencia.

¿Qué citar como flagrantes ejemplos de esta nueva forma de asumir la vida, sus responsabilidades y su futuro?

La elección es tremendamente difícil.

¿El gigantesco edificio que la ciudad inauguró la semana pasada? No es únicamente impresionante, con sus quince plantas de cristal, sino que concretiza realmente de modo simbólico toda una mentalidad. Este edificio representa en realidad un banco modelo, con oficinas instaladas según los criterios más progresistas del arte burocrático, con bóvedas blindadas y salas de recepción que forman un auténtico laberinto de lo funcional. Pero nadie entrará jamás en este banco. Una placa de mármol indica con letras de oro que el edificio ha sido erigido como homenaje a la Inutilidad de Toda Empresa, y que tanto la entrada como el uso se hallan estrictamente prohibidos. Lo cual por supuesto no anuló los previsibles discursos de inauguración. Incluso puede suponerse que las bóvedas y las cajas fuertes de este banco se hallan repletas de billetes y de lingotes. ¿Por qué no? Un periódico de gran tirada anunció no hace mucho en primera página que una firma proponía a precios sin competencia posible billetes de banco falsos ligeramente ajados, en liquidación. Y muy a menudo ocurre que los empleados de una firma sean pagados con billetes de los cuales el contable ha arrancado cuidadosamente toda la numeración. Pero esas sutilezas no han alterado en absoluto la eterna avaricia del hombre ni su pasión por el dinero. Simplemente, los medios de ganarlo han evolucionado. Al igual, por otro lado, que los medios de perderlo. El dinero no tiene ya el mismo valor, pero sí el mismo olor.

Lo mismo ocurre con el trabajo.

El mismo olor dulzón a cosa enmohecida, diluido en el color del aburrimiento, que sigue siendo el gris.

¿Qué es lo que ha cambiado? Indudablemente todo. ¿Pero qué hay que sea distinto? Indudablemente nada.

¿Qué podría haber que fuera distinto? Antes, los contables trabajaban para establecer balances cuidadosamente cuadrados, y eran despiadadamente despedidos si se equivocaban en sus cuentas; ahora, los contables trabajan para establecer balances imaginarios y son despiadadamente despedidos si presentan a la dirección sus cuentas en forma matemáticamente exacta. Antes, los empleados enviaban cartas a millones de desconocidos a quienes no debían nada; ahora, las envían a gentes que no existen en la realidad, a personas imaginarias a quienes tampoco deben nada.

La finalidad es distinta, de acuerdo. Pero nada más. Los gestos siguen siendo los de antes. La monotonía del trabajo no ha sufrido ninguna variación, ni por otra parte las monocordes exigencias de los responsables y las quejas igualmente monocordes de los subordinados.

En el siglo XX, las fábricas construían en cadena, en serie, miles de modelos distintos de objetos heterogéneos. ¿Puede alguien imaginar por ejemplo cuántos miles de tipos de puntillas o de botones podían encontrarse en el comercio? En la actualidad, las fábricas construyen miles de variantes de la gratuidad. Tuercas que nunca se adaptan a los pasos de rosca fabricados por ellas mismas, elásticos tan rígidos como astillas de madera, papel secante para escribir, grifos que derraman tinta en las bañeras, televisores perfeccionados que tan sólo transmiten el sonido, armarios cuyas puertas jamás pueden abrirse. Y tantas otras pequeñas naderías. Jamás la industria ha sido tan floreciente, jamás el comercio ha conocido una apoteosis tal. Y esta es la prueba afirmando que la inutilidad absoluta contiene tanta sana lógica y tantas vitaminas como lo utilitario.

¿Dónde nos detendremos? En ninguna parte, a buen seguro. Desde hace tiempo hemos superado los tristes límites de la justa medida. Pero hemos descubierto sin estupor y sin rencor de ninguna clase que más allá de la justa medida yacen otras convenciones tan tristes como las anteriores. ¿Hay que admitir realmente que nada en el mundo puede ser maravilla, delirio viviente y razón válida de hallarse en vida? De todos modos, ya nada puede sorprender al hombre de hoy, ya nada puede alcanzarle. Recorre el absurdo reconocido y vendido en su estado bruto o sabiamente destilado, del mismo modo que en el pasado recorría las bellas artes, los grandes almacenes o las retrospectivas folklóricas. Ese pasado tan superado. Todo destello de entusiasmo o de admiración ha muerto en el hombre. Al igual que todo odio o todo disgusto. Todo reflejo de defensa o de ataque. Acepta, aprueba, admite. No importa el qué, presentado en no importa qué forma. Todo puede ocurrirle, todo le está bien, se halla siempre disponible. La única empresa abocada al fracaso sería la que intentara arrancar al hombre de la tácita aprobación que se ha apoderado de él.

El hombre del siglo XXI sabe que nada esencial puede ocurrirle. Nada trágico, nada crucial, puesto que cualquier cosa que sea sinónimo de algún tipo de finalidad, de un objetivo definido, ha desaparecido de este mundo. Desaparecidas las guerras que estaban basadas en una explosión de opuestas finalidades. Muertas las pasiones que expresaban la voluntad y la rabia de alcanzar una meta precisa. Extinguidos los conflictos que eran el resultado del entrecruzar de pasiones o la colisión de algún ideal enfrentándose a su mortal enemigo.

La última guerra data del año pasado. Como era de prever, estalló sin la menor causa. Y, privada de causas, no tuvo ninguna consecuencia. No ocasionó ninguna víctima. Por otro lado, se desarrolló sin batallas, sin armas y sin ejércitos. Se trató realmente de una guerra abstracta, desarrollada al margen del tiempo y del espacio, sin odio y sin enemigos definidos. Se produjeron de todos modos algunas movilizaciones generales, pero fueron decretadas principalmente para tener el placer de desmovilizar algunas horas más tarde a millones de hombres siempre felices de dejarse arrastrar por un dédalo de imprecisas órdenes y contraórdenes.

Sí, el hombre se ha convertido realmente en un funcionario. Y funciona bien, sin fallos y sin sacudidas. Está bien aceitado, y su cortesía tiene algo de sorprendente. Nada puede contrariarle ni empujarle a ningún tipo de reacción violenta. Es incapaz de una negativa o de un rechazo. Es la sumisión total. Está hecho a la vida que le ha sido impuesta.

Cuando va al cine, sabe que deberá soportar durante horas un documental único sobre una simple hoja de papel, o ensayos experimentales sobre la línea recta, o a lo sumo imperceptibles variaciones de colores que se diluyen los unos en los otros. Si va al teatro, la mayor parte de las veces es para ver obras que representan a empleados trabajando sin pronunciar una sola palabra, o retrospectivas del trabajo realizado en las aduanas. Cuando se queda en casa, por la noche o los domingos, sabe que deberá recibir a los delegados encargados por firmas anónimas de hacerle una gran cantidad de preguntas anodinas y vanas, o representantes que colocan con éxito muestras de no importa qué sin pedir nunca nada a cambio. Cuando anda por las calles, tropieza con miles de vendedores ambulantes que venden al detalle, por unidades o a peso, nada cortada a rodajas y, si consigue escapar de ellos, es tan sólo para hallarse en los almacenes donde venden las mismas inutilidades al por mayor en nombre de una sociedad.

Ninguna obligación acecha nunca al cliente ni al solicitado. Hace ya mucho tiempo que las leyes y los reglamentos han sido suprimidos. Ya no sirven para nada. El hombre nunca rehúsa nada. Acepta, escucha, tiene tiempo que perder, compra incluso, ya que en general esto no le cuesta nada.

Pero nunca sonríe. Incluso cuando el absurdo supera sus propios límites y sus definiciones clásicas. Nadie ha acogido con ironía esa nueva empresa cuya única finalidad es encender los fósforos para probar si se hallan en perfecto estado de funcionamiento. Por el contrario, los fósforos calcinados se venden a un ritmo impresionante, y nadie se ha quejado nunca.

¿Por qué quejarse? ¿Por qué sorprenderse o inquietarse? Se sabe que todo es vendible: el silencio de los discos tanto como los parásitos extraídos de las ondas, el aire enlatado como la caridad en frasco, el agua luminosa como el gas doméstico presentado en cajas fuertes refrigeradas. Siempre hay un hombre para efectuar un hallazgo, un equipo para ponerlo en práctica, una firma para explotarlo comercialmente y un cliente para interesarse en él. Y al igual que el hombre está dispuesto a comprar no importa el qué, está también dispuesto a hacer no importa el qué en no importa qué condiciones.

Ya nada lo desalienta, se doblega a las exigencias más implacables, y todo instinto de revuelta ha muerto en él desde hace mucho tiempo. Lo cual equivale a decir que las innumerables administraciones oficiales, privadas y ocultas, han hecho de cada individuo una presa fácil buena de devorar, suave y que jamás se agota. El hombre no tan sólo se deja acaparar con una desconcertante sumisión, sino que hace un placer del hecho de ir por delante de este solapado deglutir. El mismo experimenta una pasión morbosa por las instancias y los formularios, los cuestionarios y los interminables pasos que figuran en el programa de un gran número de reglamentos administrativos. ¿Qué decir de esos interminables pasos?

En realidad, cada empleado, incluso si trabaja en una administración oficial, se ocupa del caso de los demás durante el día, y se dedica a arreglar el suyo durante la noche. Interroga a los demás en su oficina, responde a domicilio a las preguntas de los demás. Siempre tiene algo en que ocuparse: con una regularidad electrónica, todos los buzones se ven llenos permanentemente de formularios y de boletines que deben ser cumplimentados y enviados de nuevo con toda urgencia. En la mayor parte de los casos es difícil saber dónde hay que enviar de vuelta esos papeles, ya que no llevan forzosamente la mención de un domicilio. Pero este detalle no preocupa nunca a nadie. Son numerosos los habitantes que renuevan cada día su documento de identidad o que solicitan pasaportes sin tener la menor intención de ir al extranjero. Aún más numerosos son los particulares que llenan declaraciones de cambio de domicilio sin motivo o suscriben las abstracciones propuestas en los catálogos que les envían masivamente las casas de venta por correspondencia. Puesto que la venta por correspondencia, como era de esperar, ha alcanzando una considerable extensión. El servicio postal debe utilizar camiones para entregar las toneladas de folletos que las firmas lanzan a través de las ciudades. Algunos de estos folletos no son más que simples hojas en blanco, o repletas de palabras incomprensibles. Pero venden. Como antes. Con la única diferencia que, ahora, no se sabe exactamente qué es lo que venden.

La venta domiciliaria ha tomado también una gran importancia. Puedo hablar mucho sobre ella, ya que este es precisamente el oficio que ejerzo desde hace algunas semanas. Un oficio que no es menos inútil que cualquier otro, pero que sin embargo, cansa mucho más. Además, su complejidad es extrema. Y ello siguiendo las leyes de un código que puede parecer extraño, pero que en realidad es extremadamente banal.

Así, los representantes de nuestra firma no visitan más que a los particulares, practicando el puerta a puerta. No presentamos más que un modelo único de artículo, un juego de cubos variados, cubos de madera pintada cuya gama de colores está limitada al verde, al amarillo, al rojo y al violeta. Los cubos verdes le reportan al representante una comisión de un diez por ciento, los amarillos un quince por ciento, los rojos un veinte por ciento. Los violetas no pueden ser vendidos y sirven como muestra. Los cubos rojos no pueden ser presentados nunca en las casas que tienen más de cuatro plantas. Los verdes deben ser vendidos en las casas construidas con ladrillo rojo. Las casas que forman esquina están prohibidas a los representantes. Los días pares, tan sólo se pueden presentar los cubos verdes a los particulares de las plantas bajas y los amarillos a los habitantes de las plantas superiores. Las aceras de la mano derecha están prohibidas los días pares, pero autorizadas cuando llueve. Existe un centenar de reglas de este tipo, todas ellas consignadas en un manual que el representante debe consultar constantemente, ya que este reglamento es de una complejidad tal que desanima a cualquiera a aprendérselo de memoria. Dicho esto, el trabajo tiene sus ventajas e incluso su encanto. Los cubos adquiridos son entregados al día siguiente, meticulosamente embalados. Los clientes no desembalan jamás esos paquetes, cuyo contenido conocen demasiado bien. Además, ¿qué harían con esos cubos? Se contentan con pagar los gastos de envío y luego pasan por la oficina postal para reexpedir el paquete a la firma responsable de aquella venta, y la firma se ve en la obligación de rembolsar sin discusión los gastos de envío pagados por la clientela.

Los representantes reciben sus comisiones al finalizar cada día, pero a la mañana siguiente estos porcentajes son fatalmente anulados. Lo que hace que en realidad nunca reciban nada, al igual que el cliente nunca pierde nada, al igual que la firma nunca gana nada. Sin embargo, a eso es a lo que se llama, en nuestros días, comercio.

¿Qué hacer, sino aceptarlo?

Además, todos los empleos son iguales, no hay la menor duda. Antes, yo trabajaba como encuestador en una conocida sociedad, y si bien el reglamento interior era infinitamente más sencillo, el trabajo exigido no cansaba menos. En efecto, debíamos recorrer la ciudad y llevar adelante una eterna encuesta acerca de un tema aparentemente simple, pero en realidad enormemente problemático: hallar, mediante preguntas y hábiles interrupciones, cuál podía ser la finalidad de la firma para la cual trabajábamos. Es inútil decir que nadie respondió nunca a este pregunta.

De nuevo, en este caso: ¿qué hacer, sino aceptar?

La elección ya no tiene razón de ser puesto que las cosas se equilibran entre ellas de una forma ideal, químicamente dosificadas con la misma cantidad de gratuidad.

He tenido muchos empleos, muy distintos los unos de los otros, pero me parece como si hubiera pasado toda mi vida ejerciendo un solo trabajo indefinido y monótono, algo confuso que no exigía más que un único gesto de medusa, como si yo hubiera sido una larva condenada a salivar desde hacía millones de años una enorme necesidad sin contornos y sin formas, enormemente viscosa, llena de agujeros y de lívidos destellos, de preguntas grises y de respuestas imposibles.

¿Qué hacer? Es la vida, como se decía. Sin duda siempre se había dicho lo mismo. Seguía siendo aún la mejor excusa que se podía hallar. ¿Y después, qué? Puesto que el hombre aceptaba vivir para nada, con la única demente y grotesca finalidad de alcanzar un día el umbral de su muerte, ¿por qué no debería aceptar el vivir constantemente, cotidianamente, metódicamente, una serie de pequeñas muertes transformadas en trabajos prácticos con conclusión negativa al final del programa?

¿Era realmente tan distinto el mundo bajo el extinto sol del pasado? ¿Ha cambiado realmente tanto cuando uno piensa detenidamente en ello?

¿Era realmente menos absurdo? ¿Más lógicamente organizado? Se pretende que sí. Pero yo no lo creo.

¿Cómo fue la vida de mi padre, por ejemplo, es decir la de un individuo medio, mediocre incluso, del siglo XX? Durante veinte años, con la obstinación de un castor amaestrado, llevó las cuentas de una opulenta casa de transportes que evidentemente estaba dotada de un lema tan preciso como una ecuación, de un ideal comercial, de una finalidad de acero que había que alcanzar de buen grado o por la fuerza. Pero ni mi padre ni los centenares de empleados que trabajaban para aquella casa tenían la menor oportunidad de percibir cuales eran las características de aquella finalidad. Todos ellos estaban relegados demasiado profundamente bajo las cifras y las facturas, las órdenes y los imperativos, las exigencias y el cansancio del aburrimiento. En resumidas cuentas, era como si no hubiera existido ninguna finalidad.

¿Y qué había ocurrido? Simplemente esto: un día, a fuerza de acumular cifras fabulosas, mi padre terminó por obtener un resultado inferior al cero absoluto. Así fue, por absurdo que pueda parecernos, a nosotros que somos sin embargo estibadores del absurdo. La casa se había declarado en quiebra, como si toda aquella pirámide de beneficios y de cuentas hubiera sido edificada en un terreno sin base ni cimientos. Mi padre fue despedido, como todo el mundo, y tuvo apenas el tiempo justo de preguntarse, antes de morir, cómo iba a poder pagar los gastos de los sepultureros que lo estaban ya aguardando, con las palas en las manos.

La suya fue lo que en el siglo pasado se llamaba una vida intensa, una vida de hombre honesto.

Mi padre, los demás, todos los demás, aquellos que reventaban en las fosas comunes y aquellos que se hacían embalsamar en los mausoleos, ¿habían llegado realmente a comprender por qué habían vivido, trabajado y pensado?

Sí, ¿por qué?

Ahora hemos renunciado a plantearnos esta pregunta.

Sabemos tan sólo que no sabemos nada. Simplemente, aceptamos.

¿Por qué?

¿Pero por qué el hombre no se ha hecho esta pregunta antes de venir al mundo, antes de salir de la larva para interpretar su papel en este planeta?


Último Vuelo a Marte


Fausto Cunha

La S. F. brasileña es enteramente desconocida en Europa (y en este apéndice de Europa que es a su pesar España), por la sencilla razón que es reducidísima. Uno de los autores brasileños más conocidos de S. F. (al menos en su país) es Fausto Cunha, que con su libro de relatos As Noites Marcianas intentó emular, sin pretender en ningún momento imitarlo, al mejor Bradbury de sus Crónicas Marcianas. Cunha, que para mí es, junto con André Carneiro, el autor más representativo de la actual S. F. brasileña, pródiga en nombres fugaces y advenedizos, es periodista de profesión, y afirma categóricamente que no le gusta el marchamo de ciencia ficción, sino que prefiere hablar de literatura neogótica. Estoy completamente de acuerdo con la primera parte de su aseveración, aunque no con la segunda.

Este relato, todo él alusión y poesía, es lo más representativo de su obra. Tal vez choque a muchas mentes acostumbradas a leer la rígidamente estructurada S. F. norteamericana, pero a mi modo de ver esta es precisamente su principal virtud: el constituir una parcela aparte, el ir contracorriente de unas formas de escribir que, cada vez más, están cayendo en desuso.

* * *






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