Domingo santos



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Charles L. Fontenay

Declaro públicamente que la inclusión de este relato en la presente antología obedece a una nostálgica debilidad por mi parte. La Seda y la Canción (único relato que, además de El Centinela, sé que ha aparecido precedentemente en español) apareció por primera vez en nuestra lengua en el número 6 de la revista mexicana, de efímera vida, Ciencia y Fantasía (traducción del norteamericano Magazine of Fantasy and Science Fiction), allá por el lejano año 1957; y dejó en mí, un pobre adolescente lleno de ilusiones, una huella tan profunda que fue el motor que me impulsó a lanzarme a la aventura de escribir yo también, a mi subdesarrollada manera hispánica, eso que llaman ciencia ficción. Desde entonces, este relato no se ha borrado nunca de mi memoria, y es por ello que quiero, desde aquí, rendirle mi público homenaje.

Ciertamente, Charles L. Fontenay no ha sido, ni creo que llegue a serlo nunca, un escritor de primera fila dentro de la S. F. anglosajona. Sin embargo, pertenece a esa pléyade de escritores de categoría intermedia que, sin tener ninguna obra descollante, mantienen en toda su producción un nivel apreciablemente alto..., al revés de muchos otros autores de gran renombre que, junto a tres o cuatro best-sellers, arrastran un gran número de obras francamente mediocres. La Seda y la Canción, que ha sido reeditada en los Estados Unidos en numerosas antologías, es un cuento de temática original, dignamente escrito y desarrollado en forma experta, que pese a su avanzada edad (más de veinte años desde su primera publicación) sigue tan fresco y pimpante como si hubiera sido escrito ayer. Lo cual no puede decirse de muchas obras de mayor enjundia firmadas por nombres de mucha más sonoridad que el suyo.

* * *


I
La primera vez que Alan vio la Torre de las Estrellas tenía tan sólo doce años. Fue un día en que condujo a su joven amo, Blik, a la ciudad de Falklyn.

Blik tuvo que discutir mucho con su padre antes de obtener el permiso de montar a Alan, su muchacho favorito. El padre de Blik, Wiln, insistió en que debía montar un hombre, ya que según él el largo viaje hasta la ciudad podía ser demasiado para un muchacho tan joven como Alan.

Al fin, Blik logró salirse con la suya. Estaba un poco mimado, y cuando finalmente se puso a silbar, Wiln terminó cediendo.

—Está bien —aceptó—, el humano es bastante grande para su edad. Te dejaré montarlo si me prometes no cansarle demasiado. No quiero que me estropees uno de los mejores ejemplares de mi cría.

Así pues, Blik aseguró el freno-casco con las asas a la cabeza de Alan, y colocó la silla de montar sobre sus hombros. Wiln ensilló a Robb, un hombre fuerte al que utilizaba frecuentemente en sus viajes largos, y partieron al trote corto hacia la ciudad.

La Torre de la Estrella era visible mucho antes de llegar a Falklyn. Alan pudo ver su cúspide surgiendo entre las copas de los árboles tornot apenas salieron del Bosque Azul. Sujetando el freno-casco con su mano de cuatro dedos, Blik tocó a Alan y señaló:

—Mira, Alan, la Torre de la Estrella —dijo—. Se comenta que hubo un tiempo en que los humanos vivieron en esa torre.

—Blik, ¿cuándo vas a dejar de hablarles a los humanos? —le regañó su padre—. Uno de estos días tendré que castigarte severamente.

Alan no contestó nada, ya que estaba prohibido que los humanos hablaran el idioma hussir excepto para contestar preguntas directas. Mantuvo su ansiosa mirada fija en la Torre de la Estrella y observó que parecía más y más alta a medida que se acercaban, elevándose hacia el cielo muy por encima de los edificios de la ciudad. Aligeró el paso, adelantándose a Robb. Éste tuvo que llamarle la atención.

Había una franja de terreno salvaje, entre el Bosque Azul y Falklyn. La erosión había acabado con la tierra fértil y no había ni granjas ni campos cultivados. Pequeños grupos de tornotes extendían sus ramas aquí y allá, entre los barrancos y las colinas bajas. Eran más abundantes en las inmediaciones del Bosque Azul, tras ellos, haciéndose más escasos hacia el noroeste, más allá de cuya llanura se distinguían las lejanas montañas.

Al girar una curva Blik silbó de emoción. En un pequeño promontorio frente a ellos, asomándose al camino, había una figura, inmóvil.

Al principio Alan pensó que se trataba de un hussir alto y delgado, pues una chaqueta corta ocultaba su desnudez. Luego comprendió que era una muchacha humana. Ningún hussir podría presumir jamás de aquella abundante cabellera oscura ni de aquella elegante curva posterior desprovista de cola.

—¡Un humano salvaje! —gruñó Wiln, asombrado.

Alan se estremeció: se rumoreaba que los Humanos Salvajes mataban a los hussires y se comían a los otros humanos.

La muchacha estaba mirando fijamente hacia Falklyn. Wiln tomó su arco y le lanzó una flecha. Quedó corta, y fue a caer en el polvo a los pies de la muchacha. Esta giró la cabeza, los vio, y desapareció como un venado.

Cuando se acercaron al lugar donde había estado ella vieron algo que destacaba entre los matorrales, junto al camino. Se trataba de un par de pantalones, de tonos fuertes, como los que usaban los hussires, aunque más largos. Estaban enredados entre los espinos: sin duda la muchacha había tenido que quitárselos para salir del matorral.

—Se han vuelto demasiado atrevidos —dijo Wiln, enojado—. ¡En pleno día, y tan cerca de la civilización!

Alan se sintió asombrado cuando penetraron en Falklyn. Las calles y los edificios eran de piedra. Había muy poca piedra al otro lado del Bosque Azul, y los muros del castillo de Wiln habían sido construidos con bloques de madera pulida. Las lisas piedras de las calles de Falklyn estaban recalentadas por los rayos del doble sol, y Alan sintió que se quemaba los pies, saltó un poco, y Blik tuvo que sujetarse para no caer. Le golpeó fuertemente a un lado de la cara.

Había tantas cosas extrañas y nuevas para él en la ciudad, que Alan se sintió mareado. Algunos edificios tenían hasta tres pisos, y las ventanas de los más grandes estaban cubiertas no con persianas de madera o trozos de tela, sino con una sustancia brillante y transparente que, según dijo Wiln a Blik, se llamaba vidrio. Robb, utilizando el lenguaje humano, le dijo a Alan que los hussires no querían decirlo, pero que se rumoreaba que habían sido los humanos quienes habían inventado ese vidrio, y que se lo habían regalado a sus amos. Alan se maravilló porque los humanos pudieran inventar algo, viviendo como vivían encerrados en corrales en pleno campo.

Pero parecía que los humanos de la ciudad vivían más unidos a sus amos. Alan vio a varios de ellos saliendo de las casas, y observó que algunos de ellos no iban completamente desnudos, sino que cubrían varias partes de sus cuerpos con pedazos de tela de vivos colores. Wiln comunicó a Blik su desagrado ante tal costumbre.

—Si empezamos a dejar que los humanos se vistan —dijo—, muy pronto van a creer que son hussires. Por eso las gentes de la ciudad tienen más trabajo que nosotros en vigilar a los humanos. Si se les permiten esas cosas van a terminar volviéndose salvajes.

Fueron a varios lugares de la ciudad y durante mucho rato Alan temió no poder ver de cerca la Torre de la Estrella. Pero Blik nunca la había visto y rogó y silbó hasta que su padre consintió en desviarse unas cuantas calles para complacerle.

Alan olvidó todas las demás maravillas de Falklyn ante el espectáculo de aquel gran monumento creciendo más y más ante sus ojos hasta convertir en enanos a los edificios que lo rodeaban e incluso a la propia ciudad de Falklyn. Una leyenda contaba que los humanos no sólo habían vivido en otro tiempo en la Torre de la Estrella sino que habían sido ellos quienes la habían construido y que Falklyn había crecido a su alrededor cuando ellos abandonaron la Torre. Alan había oído estas historias pero le habían hecho prometer no repetirlas a nadie porque algunos hussires comprendían el idioma humano y si le oían decir tales cosas lo mandarían azotar.

La Torre de la Estrella estaba en el centro de un gran parque circular y las casas a su alrededor parecían de juguete. Se elevaba como un gigantesco dedo hacia el cielo y sus extrañas paredes oscuras reflejaban opacamente la luz del doble sol. Hasta los muros de sustentación en su base, eran más altos que los grandes árboles que la rodeaban en el parque.

Había una verja cerrando los jardines, y bastantes humanos atados a ella o simplemente parados allí, ya que a ellos no se les permitía entrar en el parque. Blik quería desmontar y penetrar en la Torre, pero Wiln no se lo permitió.

—Podrás hacerlo cuando seas mayor y estés en situación de comprender algunas de las cosas que hay allí —le dijo.

Dieron la vuelta por la calle que rodeaba el parque, en la parte exterior de la verja. Había grupos de hussires subiendo y bajando la larga rampa que conducía al interior de la Torre de la Estrella. Su tamaño era la mitad del de los humanos, con grandes cabezas y largas y puntiagudas orejas que se remontaban más allá de sus cráneos y delgadas piernas y una gruesa cola que les servía para equilibrarse. Solían llevar amplias chaquetas y anchos pantalones de colores chillones.

Al pasar cerca de un grupo de humanos junto a la verja, Alan oyó unas estrofas cantadas en voz baja:


Brilla, brilla, estrella de oro,

Te alcanzaré aunque estés tan lejos.

Cierra mi boca, halla mi cabeza,

Encuentra un gusano...
Wiln hizo que Robb diera un rápido giro y cruzó las espaldas del cantante con su fuerte látigo una y otra vez, señalándolas con rojas estrías. Con un grito ahogado, el hombre inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con los brazos para protegerlo.

—¿Dónde está tu amo, humano? —preguntó salvajemente Wiln, con el látigo temblando entre los cuatro dedos de su mano.

—Mi amo vive en Noroeste, grandeza —dijo el humano plañideramente—. Pertenezco al mercader Senk.

—¿Dónde queda Noroeste?

—Es un barrio de Falklyn, grandeza.

—¿Y estás aquí solo en la Torre de la Estrella, sin tu amo?

—Sí grandeza. Hoy es mi día de descanso.

Wiln le propinó otro latigazo.

—Deberías saber que no está permitido que los humanos acudan solos a la Torre de la Estrella —gritó Wiln—. Regresa con tu amo y dile que te azote.

El humano partió a la carrera. Wiln y Blik hicieron dar media vuelta a sus monturas y emprendieron el camino de regreso. Cuando dejaron atrás las calles y las casas de la ciudad y el polvo del camino proporcionó un grato alivio a los ardientes pies de los humanos, Blik preguntó:

—¿Qué piensas de la Torre de la Estrella, Alan?

—¿Por qué no tiene ventanas? —dijo Alan, expresando su más inmediato pensamiento.

No era, estrictamente hablando, una respuesta a la pregunta de Blik, y Alan podía haber sido castigado por haber hablado así en hussir. Pero Wiln había recobrado su buen humor ante la idea que ellos iban a llegar a casa para la hora de la cena, y además había que ser indulgente con los jóvenes.

—Las ventanas están en la parte más alta, pequeño —dijo condescendientemente—. No las has podido ver, porque están por la parte de dentro.

Alan se sintió preocupado durante todo el viaje de regreso al castillo de Wiln. ¿Cómo podían estar unas ventanas por la parte de dentro y no por la de fuera? Si una ventana era una ventana tenía que estar a ambos lados de la pared.

Cuando, ya ocultos los dos soles, Alan se acostó con los demás muchachos en un rincón del corral, todos los emocionantes acontecimientos de aquel día desfilaron por su mente como una sucesión de imágenes en color. Le hubiera gustado hacerle algunas preguntas a Robb pero los humanos adultos y los jóvenes mayores eran encerrados en un barracón aparte, completamente separados de las mujeres y los niños.

Un poco más allá de donde él se encontraba, las mujeres arrullaban a sus hijos pequeños con las tradicionales canciones de los humanos. Sus voces llegaban hasta él junto con la ligera brisa y el perfume de las olorosas hierbas:
Duerme, mi niño, en brazos de mamá.

Nada hay aquí que pueda hacerte daño.

Duerme y ten bonitos sueños, espera a que el sol salga,

Entonces será tiempo de abrir de nuevo tus ojos.
Esa era una auténtica canción infantil, la primera que recordaba en toda su vida. Cantaron otras, y una de ellas era la que Wiln interrumpió en la Torre de la Estrella:
Brilla, brilla, estrella de oro,

Te alcanzaré aunque estés tan lejos.

Cierra mi boca, halla mi cabeza.

Encuentra un gusano que tenga rayas rojas,

Dalo de comer a la concha de la tortuga

Y échate a dormir, pues todo irá bien.
Alan, medio dormido, escuchaba. Esa canción era una de las favoritas de todos los niños. La llamaban La Canción de la Torre de la Estrella, aunque nunca había podido averiguar por qué.

Debe ser una adivinanza, pensó, casi dormido. Cierra mi boca, halla mi cabeza... ¿No debería ser precisamente todo lo contrario? ¿Halla mi cabeza (primero), cierra mi boca (segundo)? ¿Por qué no lo decía así la canción? ¡Y las otras estrofas! Alan conocía lo que eran los gusanos, había visto muchos de aquellos largos y repugnantes animales de colores vivos; pero, ¿qué era una tortuga?

El estribillo de otra canción llegó hasta sus oídos, y le pareció, entre sueños, que era él mismo quien la estaba cantando:
Alan vio un pajarillo,

Con las alas todas brillando.

Lo siguió afuera una noche,

Y llenó su corazón de gran tristeza.
Sólo que la última estrofa no era la que los muchachos cantaban siempre. En un alarde de optimismo, siempre terminaban la canción diciendo:
... hasta donde siempre había deseado ir.
Quizás estaba dormido y lo soñó o tal vez despertó de repente a causa de la música. Sea como fuera estaba acostado allí, y abrió los ojos, y vio a un zird volando sobre la alta cerca y posándose en la hierba junto a él. Sus luminosas escamas pulsaban en la oscuridad, iluminando ligeramente los rostros de los niños que dormían a su lado. Abrió el pico y le habló a Alan, con voz ronca:

—Ven conmigo a la libertad, humano —dijo el zird—. Ven conmigo a la libertad, humano...

Era todo lo que sabía decir, y repitió la invitación una docena de veces. Hasta que irritó a Alan, que sabía que pese a la canción de los niños el seguir la llamada de un zird no podía traer más que desgracias para los humanos.

—¡Lárgate, zird! —dijo, molesto.

Y el zird voló sobre la cerca y se perdió en la oscuridad.

Suspirando, Alan se durmió de nuevo, sin dejar de soñar con la Torre de la Estrella.



II
Blik murió tres años después. El fallecimiento del joven hussir llenó de tristeza el corazón de Alan, pues él había sido el animal favorito de Blik y éste había sido siempre muy bondadoso. Su pérdida, además, estaría siempre asociada en su mente a otro cambio emotivo ocurrido en su vida, cuando Wiln encontró a Alan en compañía de una muchacha rubia junto al riachuelo y lo cambió al corral de los adultos y de los niños mayores, precisamente el mismo día de la muerte de Blik.

—Espero que ese muchacho no la haya preñado —gruñó Wiln a su hijo mayor, Snuk, mientras llevaban a Alan al nuevo corral—. No tenía pensado agregar a esa muchacha al grupo de las lecheras hasta el año próximo.

—Este es el resultado de dejar que Blik consienta a un humano —dijo Snuk, que era ya casi un adulto, y estaba siendo educado para administrar el castillo de Wiln como sucesor de su padre—. Debió hacérsele trabajar ahora que Blik está enfermo en lugar de dejarlo vagar desocupado entre las mujeres y los niños.

Entre la mezcolanza de nuevas emociones que lo confundían, Alan comprendió la justicia de la observación. Había sido precisamente el profundo aburrimiento que le producían sus juegos con los niños menores lo que le había hecho buscar otras experiencias más maduras. Además, se daba cuenta que era el alejamiento en que había estado de sus compañeros, al ser el favorito de Blik, lo que había permitido que no fuera transferido como era costumbre al otro corral dos años antes como mínimo.

Observó por encima de su hombro a la lloriqueante muchacha que contemplaba tristemente su marcha. Ella agitó la mano y le gritó:

—¡Quizá nos veamos otra vez en la época de los acoplamientos!

Él agitó también su mano como despedida, y se ganó un latigazo de Snuk en las espaldas. No lo pondrían con las mujeres, en la época de los acoplamientos, hasta dentro de tres años, mientras que la muchacha tenía ya casi la edad requerida. Cuando la viera de nuevo, probablemente se habría olvidado de él.

El paso a la categoría de adulto fue una prueba que tuvo que pasar de inmediato. Wiln y Snuk se quedaron al otro lado de la barrera, silbando gozosamente mientras contemplaban la paliza que le dieron los hombres y los muchachos mayores. Aquel era un ritual que le hubiera sido más difícil de soportar si no se hubieran retrasado tanto en transferirlo y gracias a ello logró conquistar un estatus elevado para un novato, puesto que era de más edad que muchos otros y estaba muy desarrollado para sus años. Lastimado y golpeado, obtuvo sin embargo el necesario respeto de sus nuevos compañeros debido a que pudo pegarles, y fuerte, a varios muchachos de su mismo tamaño.

Aquella noche, solo y triste. Alan escuchó los lamentos que resonaban en el castillo de Wiln. Los cantos de los hombres entre los que se encontraba ahora eran más sordos y vigorosos que los de las mujeres y niños, pero se fueron apagando cuando les llegó, arrastrado por el viento, el lamento mortuorio. Alan comprendió que aquello significaba que la larga enfermedad de Blik había terminado, y que su joven amo había muerto.

Encontró un lugar solitario y se durmió, llorando bajo las estrellas. Había querido mucho a Blik.

Tras la muerte de Blik, Alan pensó que lo iban a poner con los labradores, para tirar de los arados y trabajar en los cultivos. Sabía que no estaba entrenado para el trabajo dentro y alrededor del castillo, y no creyó que lo conservaran como cabalgadura.

Pero Snuk tenía otra idea.

—Comprendí tus buenas cualidades como cabalgadura humana mucho antes que Blik te escogiera como su favorito —le dijo, echando hacia atrás sus puntiagudas orejas. Le hablaba en humano, pues creía que le sería posible controlar mejor a los humanos si estos sabían que podía entender lo que decían entre ellos—. Blik te echó a perder —continuó—, pero voy a ver si te recompongo y puedo aprovecharte.

Había pasado tan sólo una semana desde la muerte de Blik, y Alan todavía se sentía triste. Cooperó con desaliento cuando Snuk le ajustó el freno-casco y la silla de montar, y se arrodilló para que Snuk se subiera a sus hombros.

Cuando Alan se levantó, Snuk le clavó las espuelas en las costillas.

Alan brincó en el aire y lanzó un grito de dolor.

—¡Silencio, humano! —exclamó Snuk, golpeándole la cabeza con el látigo—. Tienes que aprender a obedecer. Las espuelas significan que corras... ¡Así! —y clavó de nuevo las espuelas en las costillas de Alan.

Alan se revolvió y tuvo un instante de rebeldía, pero su sentido común lo salvó. Si se hubiera tirado al suelo y revolcado, o intentado estrellar a Snuk contra un tornot, eso hubiera significado su muerte inmediata. No había ningún recurso contra la crueldad de su nuevo amo.

Snuk aplicó por tercera vez las espuelas, y Alan se lanzó a la carrera por el sendero entre los árboles, alejándose del castillo. Snuk lo dejó correr, lastimándole despiadadamente los flancos. Únicamente cuando dejó de correr y empezó a caminar, jadeando y sudando, tiró Snuk de las riendas, encaminándolo de vuelta al castillo y obligándole a ir al trote.

Wiln los esperaba en el corral, a su regreso.

—¿No lo estás tratando demasiado duramente, Snuk? —preguntó Wiln mientras examinaba de arriba a abajo al agotado Alan, que sangraba por ambos costados.

—Tan sólo le estoy enseñando desde un principio quién es aquí el amo —dijo Snuk con toda tranquilidad. Con un innecesario golpe en la cabeza hizo que Alan se arrodillara para bajar—. Creo que va a ser una buena adquisición para mi establo de cabalgaduras, pero no tengo ninguna intención de mimarlo como hacía Blik.

Wiln movió las orejas.

—Bueno, ya has demostrado que sabes manejar a los humanos, y dentro de algunos años serás el amo de todos ellos —dijo suavemente—. Pero si quieres un consejo de tu padre, procura no reventar a este antes de tiempo.

Los meses que siguieron fueron terribles para Alan. Tenía las cualidades físicas que Snuk exigía a sus cabalgaduras, y lo montaba con mucha más frecuencia que a cualquiera de sus otros hombres de silla.

A Snuk le gustaba correr, y agotaba a Alan sin la menor piedad. Cuando regresaban, en las tardes calurosas, Alan estaba bañado en sudor, y tan cansado que le temblaban las piernas.

Además, Snuk era un amo duro de crueles sentimientos, que azotaba salvajemente a Alan por los más pequeños descuidos, por no responder inmediatamente a la rienda y por hablar en su presencia. Los costados de Alan estaban cubiertos de cicatrices de las espuelas, y frecuentemente tenía un ojo cerrado por algún latigazo en el rostro.

Desesperado, Alan buscó consejo en su viejo amigo Robb, a quien ahora veía con frecuencia, desde que estaba en el corral de los adultos.

—No puedes hacer absolutamente nada —le dijo Robb—. Doy gracias a la estrella de oro porque es Wiln quien me monta, y que ya estaré demasiado viejo para Snuk cuando Wiln se muera. Pero entonces Snuk será el amo de todos nosotros, y tiemblo al pensar en ese día.

—¿No podría alguno de nosotros matar a Snuk estrellándolo contra un árbol? —preguntó Alan, que a veces había pensado en hacerlo él mismo.

—Ni lo sueñes —le advirtió inmediatamente Robb—. Si ocurriera algo así, todas las cabalgaduras serían muertas para aprovechar su carne. La familia Wiln tiene dinero suficiente para comprar otras nuevas en Falklyn si así lo desean, y ningún hussir permite que viva un humano rebelde.

Aquella noche, Alan, sentado junto al seto más cercano al corral de las mujeres y los niños, se curó las últimas heridas recibidas, dominado por la nostalgia. Suspiraba pensando en los felices días de su infancia, con su buen amo Blik.

El sonido de las suaves voces de las mujeres llegaba hasta él a través del campo. No podía distinguir claramente las palabras, pero las sabía de memoria:
Brillante estrella, luminosa estrella,

Estrella que derramas tu dorada luz,

Cómo desearía poder, cómo desearía poder

Llegar hasta ti, tú que resplandeces en la noche.
Tras él se elevaron las voces de los hombres, más cercanas y fuertes:
Humano, contempla al pequeño zird,

Con sus alas todas brillando.

No lo sigas al corazón de la noche,

No te traerá más que pena y daño.
Los niños lo habían cantado con una letra algo distinta. Y también, una vez, había tenido un sueño...

Era una extraña coincidencia. Le recordaba aquella noche hacía tanto tiempo, cuando fue a Falklyn con Blik y vio por primera vez la Torre de la Estrella. Cuando se desvanecieron las palabras de la canción, vio el brillo del zird que se aproximaba. Se posó en la cerca.

—Ven conmigo a la libertad, humano —dijo el zird.

Alan había visto muchos zirds. Sólo aparecían de noche, y lo único que decían en lenguaje humano era su llamada: «Ven conmigo a la libertad, humano...»

Como otras muchas veces, se sintió asombrado. El zird era tan sólo una pequeña criatura nocturna, alada y con escamas. ¿Cómo podía articular palabras en lenguaje humano? ¿De dónde venían los zirds, y adónde iban durante el día? Por primera vez en su vida, le hizo una pregunta a un zird:

—¿Qué es y dónde está la libertad, zird?

—Ven conmigo a la libertad, humano —repitió el zird. Agitó las alas, levantándose unos centímetros de la cerca, y volvió a posarse en su percha.

—¿Es eso todo lo que puedes decir, zird? —preguntó Alan, molesto.

—Ven conmigo a la libertad, humano —repitió el zird.

Una gran audacia brotó en el corazón de Alan, espoleada por la idea de tener que soportar de nuevo el sadismo de Snuk al día siguiente. Miró por encima del seto.

Hasta entonces, Alan no se había fijado excesivamente en las cercanías. Los humanos no trataban de escapar de los corrales, porque sus padres les decían que aquellos que lo hacían eran capturados y llevados al matadero para aprovechar su carne.

El enrejado de la cerca era bastante espeso, pero podía introducir los dedos de las manos y de los pies. Con una creciente excitación, se sintió dominado por un repentino impulso y trepó la cerca.

Fue ridículamente fácil, y ya estaba en el siguiente corral. Había otras cercas, naturalmente, pero podían ser trepadas, y recordó el corral de las mujeres, y el pensamiento de la muchacha rubia hizo latir más aprisa su corazón. Pero también podía ir al camino que conducía a Falklyn.

Escogió el camino. El zird volaba ante él, cruzando los corrales y posándose en las cercas para esperar a que las trepara. Pasó junto a la cerca del corral donde cantaban las mujeres, y suspiró calladamente; atravesó los campos donde maduraban las espigas de akko y los plantíos de sento, que le cubrían hasta la cintura. Y finalmente trepó la última cerca.

Se hallaba fuera de las propiedades de Wiln, y el polvo del camino que conducía a Falklyn se encontraba bajo sus pies.

¿Qué hacer ahora? Si iba a Falklyn sería capturado y devuelto al castillo de Wiln. Si avanzaba en sentido contrario ocurriría lo mismo. Era fácil distinguir a los humanos. ¿Debía regresar ahora que aún estaba a tiempo? ¿Cruzar de nuevo todas las cercas hasta el corral de los hombres? ¿O detenerse en el corral de las mujeres? Pero tendría innumerables noches en el futuro para ir al corral de las mujeres...

Había que pensar también en Snuk.

Por primera vez desde que salió del corral de los hombres, el zird volvió a hablar:

—Ven conmigo a la libertad, humano —dijo.

Voló, alejándose a lo largo del camino, en dirección contraria a Falklyn, y se detuvo tras un trecho, como si lo esperara. Tras vacilar unos instantes, Alan lo siguió.

Las luces del castillo de Wiln brillaban a su izquierda, al fondo de un camino bordeado de árboles de tornot. Pronto fueron quedando lejos, hasta desaparecer tras una colina. El zird volaba casi a la misma velocidad a la que trotaba Alan.

La resolución de Alan empezó a flaquear.

Una figura surgió junto a él en la oscuridad, una mano humana lo sujetó de un brazo, y una voz femenina dijo:

—Temía que nunca pudiéramos recuperar a otro del castillo de Wiln. Pronto, muchacho: tenemos que andar aún mucho antes que amanezca.





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