Domingo santos



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Ray Bradbury

Es difícil a estas alturas publicar un relato de Ray Bradbury que sea a la vez bueno e inédito. Lo mejor de su obra se halla ya totalmente traducido al español (buena parte de ella varias veces), y los pocos relatos que aún siguen inéditos suelen ser obras de segunda categoría, la mayor parte de ellas muy antiguas y casi todas pertenecientes al género del terror «gótico», que cultivó Bradbury en sus primeros años.

Sin embargo, creo haber hallado con este relato una obra idónea para iniciar esta antología. El Flautista tiene una curiosa historia. Se trata del relato con el que Bradbury inició su carrera de escritor, y fue publicado por primera vez el año 1940, en el número 4 del fanzine Futuria Fantasia que editaba el propio Bradbury (pues, por si alguno de ustedes aún lo ignora, Bradbury inició su carrera como un fan de pro)..., firmado con el seudónimo de Ron Reynolds. Tres años más tarde, una versión muy comercializada del mismo aparecería ya con la firma de Bradbury en el número de febrero de 1943 de la revista Thrilling Wonder Stories, pasando sin pena ni gloria. Hubo que esperar a 1970 y a los buenos oficios de Sam Moskowitz, que lo incluyó en su antología Futures to Infinity, para que la primitiva versión del cuento viera de nuevo la luz con todo su primerizo frescor.

Porque en El Flautista concurren dos circunstancias que considero interesante mencionar. En primer lugar, como ya he dicho, es el primer relato publicado por un autor que hoy es considerado como uno de los pilares de toda la S. F. mundial, y respira una ingenua frescura juvenil que va mucho más allá del amaneramiento estilístico propio de lo más reciente de su obra. Y en segundo lugar, se trata (si bien su autor nunca lo haya reconocido explícitamente) de la auténticamente primera Crónica Marciana. Aunque examinándolo fríamente no sea más que una transposición marciana del conocido cuento infantil del flautista de Hamelin, todos los elementos que más tarde harían famosa la célebre serie se hallan ya aquí. Incluso, me atrevería a decir, algunos de los pertenecientes al más reaccionario Bradbury.

* * *


—¡Ahí está, Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! —cloqueó el viejo, señalando con un calloso dedo—. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!

El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil el flautista.

—¿Y por qué hace esto? —preguntó.

—¿Qué? —el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas—. Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el anochecer hasta el alba.

El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una voz aguda.

El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista..., una silueta..., un símbolo..., una melodía.

—¿De dónde viene el flautista? —preguntó el muchacho.

—De Venus —dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó—. ¡Oh!, hace más de veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.

—¿Cómo se llama? —la voz del muchacho era infantil, curiosa.

—No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.

Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se arrastraban, se arrastraban.

—Marte es un mundo que se muere —dijo el viejo—. Ya no ocurre nada importante aquí. Creo que el flautista es un exiliado.

Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la música.

—Un exiliado —prosiguió el viejo—. Un poco como un leproso. Le llamaban el Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusina hasta que llegaron los terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.

—Marte es un mundo que se muere —repitió el chiquillo—. Un mundo que se muere. ¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?

El viejo dejó oír una risita.

—Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida, muchacho. Pero hay muchos millones más.

—¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.

—Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.

—¿Dónde viven?

—Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin inteligencia, bestias crueles.

—¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? —Los ojos del muchacho estaban clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.

—Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí, siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja. Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas, encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra vida de las venas minerales,

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo —el viejo agitó tristemente la cabeza—. Ni cultura, ni arte, sólo los terrestres ávidos y desesperados.

—¿Y las otras dos ciudades..., dónde están?

—Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.

—Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos —la cabeza del muchacho estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo—. No me gustan los hombres de la Tierra. Son unos expoliadores.

—Siempre lo han sido —dijo el viejo—. Pero algún día hallarán su castigo. Han blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y lentos. Un día... —su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.

Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que llamaba a realizar el destino del hombre.


Flautista de loca mirada, desde tu colina,

tú que cantas y te lamentas:

¡Llama a los seres salvajes a su venganza,

bajo las lunas de Marte agonizante!
—¿Qué es esto? —preguntó el muchacho.

—Un poema —dijo el viejo—. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año, pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las noches del otoño.

—«Llama a los seres salvajes...» —el muchacho se envaró—. ¿Qué salvajes?

—¡Ahí! ¡Mira!

A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.
¡Flautista, vuelve a tocar!

Entonces el flautista tocó,

y las lágrimas acudieron a mis ojos.
—¿Es también el mismo poema? —preguntó el muchacho.

—No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en la escuela.

—La música es extraña —los ojos del muchacho brillaban—. Despierta algo dentro de mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?

—Porque es una música que tiene una finalidad.

—¿Cuál?

—Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas..., inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las carreteras, hasta las ciudades de los hombres.



La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus inmutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.

—Ve al interior —dijo el viejo—. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta es la muerte para los hombres de la Tierra. —Y luego, más alto, cada vez más alto—: ¡La muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres..., ¡en ruta hacia la Tierra! ¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! —Y más agudo, más rápido, más alto, con un ritmo demencial—: El flautista..., el Cerebro..., el que ha sabido esperar noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización en toda su gloria! ¡El regreso del arte entre los seres vivos!

—Pero se trata de salvajes —protestó el muchacho—, de marcianos impuros.

—Los hombres son salvajes —dijo el viejo, temblorosamente—. Siento vergüenza de ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es inmortal!

Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se apretujaba murmurando en la carretera. El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina, avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.

—¡Flautista, vuelve a tocar! —gritó el viejo—. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo! ¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! —Y luego—: ¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes que ellos lleguen! ¡Apresúrate! —y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y permaneció oculto allí toda la noche.

Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva Humanidad avanzaba al asalto de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. ¡El canto del flautista! Las estrellas se estremecían. Los vientos se detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban. Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrom de ébano, se sintió llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!

¡Cohetes zigzagueando en el cielo!

Armas. Muerte.

Y finalmente, en el pálido gris del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.

La voz del viejo le llegó como un eco:

—¡Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis ojos!

Era el amanecer de un nuevo día.

Proceso


Alfred E. van Vogt

Debo confesarles que siento una nostálgica y enfermiza predilección hacia Alfred Elton van Vogt. Él fue quien me descubrió, allá por mis lejanos años mozos el fabuloso mundo de la S. F., a través de la colección Nebulae y su Voyage of the Space Beagle (titulada en español, con aquella incomprensible predilección de los primeros tiempos de Nebulae por cambiar arbitrariamente los títulos de sus novelas, como Los Monstruos del Espacio), a la que siguieron luego otras obras suyas no menos significativas que ayudaron grandemente a mi formación cienciaficcionística.

Hoy, para mí (como supongo que para muchos de ustedes), van Vogt ha quedado ampliamente superado por el tiempo..., aunque nadie podrá quitarle nunca su indiscutible condición de clásico. Y lo es tanto por sus novelas como por sus relatos cortos, en los que, según confesión propia, siempre ha seguido un esquema literario muy personal. Para mí, de todos sus relatos cortos, hay dos que sobresalen netamente de entre el conjunto de su producción, tanto por su originalidad como por su tratamiento literario. Uno de ellos es La Aldea Encantada, publicada en español en el número 4 (hoy inencontrable) de la revista Nueva Dimensión. Y el otro es precisamente este Proceso, en el que van Vogt, sin abandonar una factura académica muy propia de él, nos sumerge en un fabuloso mundo de ensueño.

* * *


Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma.

Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo.

Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claramente que aquella defensa había sido necesaria.

A medida que iba siendo más y más consciente de la aproximación de la nave a través del cielo gris-rojo que había sobre él, sus hojas susurraron un eterno relato de batallas libradas y ganadas. Los pensamientos recorrían su lento camino a lo largo de canales de vibraciones, y las ramas madres de cientos de árboles temblaron casi imperceptiblemente.

Lo vasto de tal temblor, afectando poco a poco a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una tensión. Al principio fue casi impalpable, como una suave brisa soplando a través de un verdeante valle. Pero aumentó de intensidad.

Adquirió sustancia. El sonido llegó a envolverlo todo. Y la totalidad del bosque aguardó, vibrando su hostilidad, esperando la cosa que se le acercaba a través del cielo.

No tuvo que esperar mucho.

La nave aumentó de tamaño mientras seguía la curva de su trayectoria. Su velocidad, ahora que estaba más cerca del suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Planeó amenazadora, por encima de los árboles más cercanos, y descendió aún más, sin preocuparse de las copas. Algunas ramas se rompieron, algunos vástagos se incendiaron, y árboles enteros fueron barridos como si se tratara de seres insignificantes, sin peso ni fuerza.

La nave prosiguió su descenso, abriéndose camino a través del bosque que gritaba y gemía a su paso. Se posó, abriendo un profundo surco en el suelo, tres kilómetros después de tocar el primer árbol. Tras ella, la senda de árboles tronchados se estremecía y palpitaba bajo la luz del sol, un recto sendero de destrucción que —recordó repentinamente el bosque— era idéntico al que se había producido en el pasado.

Empezó amputando los sectores alcanzados. Hizo refluir su savia, y cesó su vibración en el área afectada. Más tarde enviaría nuevos brotes a reemplazar a aquellos que habían sido destruidos, pero ahora aceptó aquella muerte parcial y sufrió por ella. Conoció el miedo.

Era un miedo teñido por la rabia. Sentía la nave yaciendo sobre los troncos partidos, en una parte de sí mismo que aún no estaba muerta. Sentía la frialdad y la dureza de aquellas paredes de acero, y el miedo y la rabia aumentaron.

Un susurrar de pensamientos pulsó a lo largo de los canales vibratorios. Espera, decían, hay un recuerdo en mí. Un recuerdo de un lejano tiempo en el que vinieron otras naves parecidas a ésta.

El recuerdo se negó a precisarse. Tenso pero vacilante, el bosque se preparó a lanzar su primer ataque. Empezó a crecer alrededor de la nave.

Mucho tiempo atrás había descubierto el poder de crecimiento que poseía. Había sido en un tiempo en el que ocupaba una extensión mucho más limitada que la que cubría ahora. Y entonces, un día, se dio cuenta que estaba muy cerca de otro bosque como él mismo.

Las dos masas de árboles en crecimiento, los dos colosos de entremezcladas raíces, se acercaron mutuamente lenta, prudentemente, en una creciente pero cautelosa sorpresa y maravilla manifestando que otra forma de vida similar a la suya hubiera podido existir todo aquel tiempo. Se acercaron, se tocaron..., y lucharon durante años.

Durante aquella prolongada lucha casi nada creció en las regiones centrales, que se detuvieron. Los árboles dejaron de desarrollar nuevas ramas. Las hojas, por necesidad, se robustecieron y afirmaron sus funciones para períodos mucho más largos. Las raíces se desarrollaron lentamente. Toda la energía utilizable del bosque fue concentrada en los procesos de defensa y ataque.

Auténticas murallas de árboles se levantaban en una noche. Enormes raíces cavaban túneles en las profundidades del suelo penetrando kilómetros y kilómetros, abriéndose paso entre rocas y metales, edificando una barrera de madera viva contra el invasor crecimiento del bosque extranjero. En la superficie, las barreras se cerraron en una línea de un kilómetro o más de árboles situados tronco contra tronco. Y, bajo estas bases, la gran batalla se detuvo finalmente. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.

Más tarde, luchó con las mismas armas contra un segundo bosque que lo atacaba desde otra dirección.

Los límites de estas demarcaciones empezaron a ser tan naturales como el gran mar salado del sur, o las heladas cúspides de las montañas que se cubrían de nieve una vez cada año.

Y como había hecho en su batalla contra los otros dos bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave invasora. Los árboles crecieron a un ritmo de treinta centímetros cada pocos minutos. Las plantas trepadoras escalaron los árboles, se proyectaron por encima de la nave. Los incontables filamentos reptaron por encima del metal, y se anudaron por sí mismos alrededor de los árboles del otro lado. Las raíces de aquellos árboles se enterraron profundamente en el suelo, y se anclaron en un estrato rocoso más resistente que ninguna nave jamás construida. Los troncos se ensancharon, y las lianas engrosaron hasta convertirse en enormes cables.

Cuando la luz de aquel primer día dejó paso al gris del atardecer, la nave estaba enterrada bajo cientos de toneladas de madera, y oculta bajo un follaje tan denso que ninguna parte de ella era visible.

Había llegado el momento de pasar a la acción para la destrucción final.

Poco después de oscurecer, pequeñas raíces comenzaron a tantear por debajo de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en su etapa inicial no tenían más que unas pocas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal parecía casi vacío para ellas; tan increíblemente pequeñas que penetraron sin ningún esfuerzo en el duro acero.

Fue en aquel momento, como si hubiera estado aguardando a que llegara aquella etapa, que la nave reaccionó, pasando a la acción. El metal empezó a calentarse, luego quemó, después se puso al rojo vivo. Era todo lo que necesitaba. Las minúsculas raíces se contrajeron y murieron. Las raíces más grandes cerca del metal ardieron lentamente a medida que el creciente calor las alcanzaba.

En la superficie se inició otro tipo de violencia. Chorros de llamas surgieron de un centenar de orificios en la superficie de la nave. Primero las lianas, luego los árboles, empezaron a arder. No era el estallido de un incontrolable fuego, ni el feroz incendio saltando de árbol en árbol en una furia irresistible. Desde hacía mucho tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por los rayos o por la combustión espontánea. Se trataba únicamente de enviar grandes cantidades de savia al área afectada. Cuanto más verde era el árbol, cuanta más savia lo permeaba, más intenso tenía que ser el fuego para mantenerse.

El bosque no pudo recordar inmediatamente haberse hallado nunca frente a un fuego que pudiera arrasar al mismo tiempo toda una hilera de árboles dejando que cada uno de ellos derramase un líquido viscoso por cada una de las resquebrajaduras de su corteza.

Pero este fuego sí podía. Era distinto. No tan sólo poseía llama, sino que era también energía. No se alimentaba tan sólo de madera, sino que vivía con una energía contenida en sí mismo.

Finalmente, este hecho despertó los recuerdos asociativos del bosque. Era un recuerdo agudo e inconfundible de lo que había hecho hacía mucho tiempo para librar, a él y a su planeta, de una nave como aquella.

Comenzó por retirarse de las inmediaciones de la nave. Abandonó su intento de aprisionar aquella estructura alienígena con un andamiaje de madera y hojas. A medida que la preciosa savia se retiraba a los árboles que ahora debían formar la segunda línea de defensa, las llamas adquirieron amplitud, y el fuego se hizo tan brillante que toda la escena adquirió una tonalidad irreal.

Pasó cierto tiempo antes que el bosque se diera cuenta que hacía rato que los rayos de fuego ya no surgían de la nave, y que toda la incandescencia y el humo que aún quedaban eran producidos por la madera ardiendo.

Esto también coincidía con sus recuerdos de lo que había ocurrido en la anterior ocasión.

Frenéticamente pero con reluctancia, el bosque inició lo que ahora se daba cuenta que era el único medio de librarse del intruso. Frenéticamente porque se sentía terriblemente convencido que la llama emitida por la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa traía consigo el sufrir quemaduras de energía apenas menos violentas que las que pudiera producirle la máquina.

Decenas de miles de raíces crecieron hacia las profundidades en busca de formaciones que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Pequeñísimas raíces, estremeciéndose ante lo que tenían que hacer, se obligaron a sí mismas a abrirse camino hacia las profundidades, se enterraron en determinados estratos minerales, y a través de un intrincado proceso de osmosis arrancaron granos de metal puro de las capas naturales de metal impuro. Los granos eran casi tan pequeños como las raíces que habían penetrado en las paredes de acero de la nave, tan pequeños como para poder ser transportados hacia la superficie, suspendidos en la savia, a través del laberinto de gruesas raíces.

Muy pronto hubo miles de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era en sí mismo pequeñísimo, el suelo donde fueron depositados brilló muy pronto a la luz del agonizante fuego. Cuando el sol de aquel mundo ascendió por sobre el horizonte, el plateado reflejo formaba un círculo a treinta metros alrededor de la nave.

Fue poco después del mediodía cuando la máquina alienígena dio señales de comprender lo que estaba ocurriendo. Una docena de escotillas se abrieron, y algunos objetos flotaron fuera de ellas. Se posaron en el suelo, y comenzaron a absorber aquella mancha plateada con cosas terminadas en una boquilla que chupaban el polvo finísimo en forma continua. Trabajaban con grandes precauciones; pero una hora después de oscurecer habían recogido más de doce toneladas del finamente disperso uranio 235.

A la caída de la noche, todas las cosas provistas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La larga nave en forma de torpedo se elevó suavemente del suelo y se dirigió hacia el cielo, donde el sol brillaba aún débilmente.

La primera conciencia de la nueva situación le llegó al bosque cuando las raíces debajo de la nave informaron de un súbito descenso de la presión. Pasaron varias horas antes que llegara a la conclusión que la nave enemiga había sido echada. Y varias horas más antes que se diera cuenta que el uranio que permanecía aún en el suelo debía ser retirado. Sus radiaciones se estaban extendiendo peligrosamente.

El accidente se produjo por una razón muy simple. El bosque había tomado aquella sustancia radiactiva de las rocas. Para librarse de ella, necesitaba tan solo introducirla de nuevo en las más cercanas capas rocosas, particularmente las del tipo de roca que absorbía la radiactividad. Para el bosque, la situación era tan obvia como esto.

Una hora después que iniciara la realización de su plan, la explosión lanzó su hongo hacia el espacio abierto.

Era algo que estaba mucho más allá de la capacidad de comprensión del bosque. Ni vio ni escuchó aquella colosal silueta portadora de muerte. Lo que experimentó fue sin embargo suficiente. Un huracán arrasó kilómetros cuadrados de bosque. Las ondas de calor y de radiación provocaron incendios que requirieron horas para ser extinguidos.

El miedo se apagó lentamente cuando recordó que también había ocurrido lo mismo la otra vez. Pero más aguda que este recuerdo fue la visión de las posibilidades que abría lo ocurrido..., la naturaleza de tal oportunidad.

Poco después del amanecer del día siguiente, lanzó su ataque. Su víctima era el bosque que —según su desfalleciente memoria— había invadido originalmente su territorio.

A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos, entraron en erupción pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que formaban las defensas exteriores del otro bosque se derrumbó ante los sucesivos ataques de tan irresistible energía.

El enemigo, reaccionando normalmente, puso en marcha sus reservas de savia. Cuando estaba plenamente dedicado a la gigantesca tarea de edificar una nueva barrera, las bombas empezaron de nuevo a actuar. Las explosiones resultantes destruyeron completamente las reservas de savia. Y el enemigo, no pudiendo comprender lo que estaba ocurriendo, estuvo perdido desde aquel momento.

En la tierra de nadie donde habían actuado las bombas, el bosque atacante lanzó una oleada de raíces. Cada vez que se manifestaba una resistencia, estallaba una nueva bomba atómica. Poco después del siguiente mediodía una titánica explosión destruyó el centro sensitivo de árboles del otro bosque..., y la batalla finalizó.

Se necesitaron meses para que el bosque creciera en el territorio de su derrotado enemigo, arrancando sus agonizantes raíces, arrasando en su empuje los indefensos árboles que habían quedado, y tomando posesión plena e indiscutida de su nuevo territorio.

Una vez terminada la tarea, se volvió como una furia contra el bosque que lo flanqueaba por el otro lado. Una vez más, atacó con el trueno atómico, e intentó abrumar a su adversario con una lluvia de fuego.

Fue respondido con igual fuerza. ¡Explosiones atómicas!

Su conocimiento se había difundido a través de la barrera de entrelazadas raíces que formaba la separación entre los dos bosques.

Los dos monstruos se destruyeron mutuamente casi por completo. Cada uno de ellos se convirtió en un vestigio, que tuvo que iniciar de nuevo el doloroso proceso de su crecimiento. A medida que pasaban los años, el recuerdo de lo que había ocurrido se fue desvaneciendo. Pero tampoco tenía importancia. Actualmente, las naves venían muy a menudo. Y de todos modos, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no podían estallar en presencia de una nave.

La única forma que había de echar a las naves consistía en rodear cada nave alienígena con un círculo de fino polvo radioactivo. Entonces, la nave absorbía el material y se retiraba apresuradamente.

La victoria del bosque fue desde entonces tan simple como eso.


El Centinela




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