Domingo santos



Descargar 1.54 Mb.
Página10/19
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño1.54 Mb.
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   19
El Hombre Iluminado
James G. Ballard

James Graham Ballard (conocido en España por obras tales como Billenium, El Mundo Sumergido, Playa terminal o El Viento de la Nada, todas ellas editadas por Minotauro), es un autor cuya carrera literaria comprende dos grandes etapas. La primera, a la que pertenecen las obras citadas y algunos otros relatos, como los correspondientes a la serie de Vermilion Sands, se caracteriza por una desbordante imaginación visual, una gran riqueza de lenguaje, y una fantasía que llega a rozar los límites del absurdo sin acabar de penetrar nunca en él. En su segunda etapa, la actual, (eclosionada con Crash, un alucinante relato pseudopornográfico sobre el automóvil como derivativo sexual), Ballard ha abandonado casi totalmente los relatos cortos para dedicarse de lleno a la novela, dejando a un lado sus oníricas fantasías y adentrándose en el mundo de sus particulares obsesiones, para plasmarlas en una serie de obras espeluznantes acerca de los acuciantes problemas de nuestra civilización actual.

Sinceramente, y aún apreciando en su justo valor al Ballard actual, si tuviera que elegir me quedaría con los primitivos relatos de la primera etapa de este autor inglés nacido en Shangai, que sumergen al lector en un mundo onírico del que es difícil sustraerse. A esta primera etapa pertenece este relato, El Hombre Iluminado, que siguiendo la pauta marcada por El Jardín del Tiempo nos presenta a un Ballard en su estado más puro, todo él imágenes visuales (posteriormente, aprovechando este relato y otro también suyo, Equinox, Ballard convertiría el tema del bosque cristalizándose en una novela, The Crystal World). Creo que Ballard fue en su tiempo, aunque ahora haya dado un giro de ciento ochenta grados a su estilo, el más digno sucesor de Bradbury cuando éste empezó a evidenciar que su cerebro se estaba secando..., y creo que el éxito de todas sus obras lo ha demostrado ampliamente.

* * *


Durante el año pasado, desde que el fenómeno conocido bajo distintos nombres, como el Efecto Hubble, el Síndrome Rostov-Lisenko y la Amplificación Sincronoclásmica de LePage, acaparó la atención del mundo entero, han aparecido varios informes contradictorios sobre las tres áreas focales de la Florida, Bielorrusia y Madagascar, de tal modo que considero necesario, antes de dar mi propia versión del fenómeno, hacer constar que está enteramente basado en experiencias de primera mano. Todos los acontecimientos que describo fueron vividos por mí mismo durante la reciente y trágica visita a los Everglades de la Florida organizada por el Gobierno de los Estados Unidos para los científicos agregados en Washington. Los únicos hechos que no he podido verificar directamente son los detalles relativos a la vida de Charles Foster Marquand. Los he obtenido del capitán Shelley, el último jefe de policía de Maynard, y pese a sus ideas preconcebidas creo que, en este caso en particular, su propio testimonio es también digno de credibilidad.

Pueden formularse todo tipo de suposiciones acerca del tiempo que necesitaremos aún antes de convertirnos en expertos sobre la naturaleza exacta del Efecto Hubble. Mientras escribo esto, en la paz y la seguridad del jardín de la Embajada Británica en Puerto Rico, pienso en el informe publicado hoy por el New York Times que dice que casi toda la península de Florida, con excepción de una única carretera que conduce a Tampa, ha sido cerrada, y que los casi tres millones de sus habitantes han sido transferidos a otras partes de los Estados Unidos. Pero aparte de las pérdidas estimadas en valores inmobiliarios y beneficios hoteleros («¡Oh, Miami —no puedo por menos que decirme a mí mismo— ciudad de mil catedrales elevando sus flechas hacia el arco iris del cielo!»), las noticias de esta extraordinaria migración humana parecen haber provocado tan sólo comentarios menores. Tal es nuestro innato optimismo, nuestra convicción de poder sobrevivir a cualquier diluvio o cataclismo, que rechazamos inconscientemente los importantes hechos acaecidos en Florida con un encogimiento de hombros, confiados en que sabremos afrontar y dominar la crisis en el momento en que se produzca.

Sin embargo, parece obvio que la auténtica crisis ya ha pasado. La penúltima página del mismo New York Times alberga una corta noticia acerca del descubrimiento de otra «galaxia doble» por los observadores del Instituto Hubble de Monte Palomar. La noticia ha sido condensada en doce líneas y sin el menor comentario, pese a lo cual es ineludible la implicación que otra zona focal se ha formado en algún lugar de la superficie de la Tierra, quizás en las junglas de Cambodia llenas de templos o en los encantados bosques ambarinos de las altiplanicies chilenas. Pero hace tan sólo un año desde que los astrónomos de Monte Palomar identificaron la primera galaxia doble en la constelación de Andrómeda, la gran diadema aplanada que probablemente es el objeto más hermoso de todo el universo, la galaxia-isla M 31.

De acuerdo, estos descubrimientos parecen cosas sin importancia en la actualidad, y existen al menos media docena de «constelaciones dobles» que pueden ser vistas en el cielo nocturno no importa cuál día de la semana, pero cuando hace cuatro meses nuestro grupo de agregados científicos aterrizó en el aeropuerto de Miami en una visita colectiva a la zona afectada, ignorábamos por completo lo que significaba el Efecto Hubble (puesto que así es como ha sido bautizado en el Hemisferio Occidental y en todo el mundo de habla inglesa). Aparte de un pequeño número de obreros forestales y de biólogos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, muy pocos observadores cualificados habían tenido la oportunidad de seguir el fenómeno, y por los periódicos corrían historias poco creíbles acerca del bosque «cristalizándose» y de todas las cosas «transformándose en cristal coloreado».

Una desafortunada consecuencia del Efecto Hubble es la virtual imposibilidad de fotografiar cualquier cosa transformada por él. Como sabe cualquier lector de revistas científicas, los objetos cristalinos son extremadamente difíciles de reproducir, y ni siquiera los clisés más perfectos utilizados para imprimir papel de arte han conseguido reproducir los brillantes y multifacetados detalles del Efecto Hubble, con sus miríadas de prismas interiores y la luminosidad de sus facetas, no dando más que una imagen borrosa parecida a la nieve a medio fundir.

Quizás en venganza, los periódicos habían insinuado que el secreto que rodeaba el área afectada en los Everglades —que no era mayor que dos o tres hectáreas de bosque al nordeste de Maynard— había sido deliberadamente impuesto por la administración, y a raíz de ello se elevó un clamor general reivindicando el derecho a una inspección y denunciando los horrores que se ocultaban al público. Sucedía también que el área focal descubierta por el profesor Auguste LePage en Madagascar —en el valle Matarre, muy al interior de la isla— estaba a unos doscientos cincuenta kilómetros de la carretera más próxima y totalmente inaccesible, y que las autoridades soviéticas habían erigido un cinturón de seguridad tan ceñido como el de Los Álamos en torno a su propia área afectada en los Pantanos del Pripet, en la Bielorrusia, donde una legión de científicos trabajaban bajo la dirección del metabiólogo Lisenko (todos ellos, incidentalmente, siguiendo un camino equivocado), analizando cada faceta del inexplicable fenómeno.

Antes que aquella campaña de prensa pudiera ser utilizada por algunos políticos, el Departamento de Agricultura en Washington anunció que se darían toda clase de facilidades para inspeccionar el lugar afectado, y la invitación a los agregados científicos fue inscrita como formando parte del programa de misiones y viajes técnicos.

Mientras avanzábamos hacia el oeste, una vez abandonado el aeropuerto de Miami, se nos hizo obvio que en un cierto sentido los periódicos habían tenido razón, y que había mucho más del Efecto Hubble de lo que los estamentos oficiales nos habían dejado entender. La carretera general que conducía a Maynard había sido cerrada al tráfico civil, y nuestro autobús pasó varios convoyes militares en menos de treinta kilómetros. Además, como para recordarnos el origen celeste del fenómeno, los boletines de la radio nos comunicaron la existencia de una nueva manifestación.

—Es un comunicado de la Associated Press de Nueva Delhi —nos informó George Schneider, el agregado de Alemania Occidental—. Y esta vez había millones de testigos indiscutibles. Al parecer fue perfectamente visible la pasada noche en todo el hemisferio occidental. ¿Alguno de ustedes lo vio?

Paul Mathieu, nuestro colega francés, hizo una cómica mueca.

—Anoche estaba observando la Luna, mi querido George, y no el satélite Eco. Suena ominoso, pero si ahora Venus tuviera de repente dos ojos, tanto mejor para él.

Instintivamente, todos miramos hacia afuera a través de las ventanillas del vehículo, buscando por encima de los pinos que flanqueaban la carretera algún destello del satélite Eco. Según el comunicado de la AP, su luminosidad se había incrementado últimamente al menos diez veces, transformando aquel minúsculo punto que desde hacía tantos años se movía en el cielo nocturno en una brillante luminaria superada tan sólo por la Luna. Por toda Asia, desde los campos de refugiados del Jordán hasta los atestados arrabales de Shangai, la gente debía estarlo observando atentamente en el mismo momento en que nosotros recorríamos los ochenta kilómetros que nos separaban de Maynard.

—Quizás el globo se esté desintegrando —sugerí, en un esfuerzo por apaciguar los ánimos—. Los fragmentos de pintura de aluminio son altamente reflectantes y forman una nube local parecida a un gigantesco espejo. Probablemente no tiene nada que ver con el Efecto Hubble.

—Lo siento, James, me gustaría creerlo —Sidney Reston, del Departamento de Estado, que actuaba como nuestro enlace, interrumpió su conversación con el mayor del ejército encargado del autobús, que estaba sentado entre nosotros—. Pero parece como si estuvieran mucho más conectados de lo que parece. Todos los demás satélites muestran el mismo incremento en su albedo. La cosa se parece cada vez más a un efecto del Efecto Hubble.

Aquel absurdo juego de palabras resonaba aún en mis oídos cuando alcanzamos el borde oriental del Gran Pantano de los Cipreses. A ocho kilómetros de Maynard abandonamos la carretera y nos adentramos en un tortuoso camino que conducía, a través de los palmerales, hacia el río Opotoka. La tierra apisonada de la carretera estaba señalada por las huellas de vehículos oruga, y observamos un importante campamento militar instalado bajo los grandes robles, con las líneas de tiendas cuidadosamente disimuladas con verdes guirnaldas de musgo. Grandes montones de paneles ensamblables de cerca metálica eran descargados de enormes camiones de transporte, y observé un escuadrón de hombres pintando con vívida pintura luminosa un buen número de carteles indicadores.

—¿Vamos a ir de maniobras, mayor? —el miembro sueco de nuestro grupo se sentía molesto por el polvo que penetraba en la cabina—. ¿Por qué hemos abandonado la carretera general?

—La carretera general está cortada —respondió el mayor tranquilamente—. Van a poder verlo todo, se lo aseguro, señores. Pero el único medio de acercarse con seguridad es el río.

—¿Con seguridad? —repetí, dirigiéndome a Reston—. ¿Qué quiere decir con esto, Sidney?

—El ejército, James —me tranquilizó—. Ya sabe cómo son cuando se produce una emergencia. Si un arbusto se mueve, le declaran inmediatamente la guerra. —Agitó la cabeza y contempló la actividad que se desarrollaba a nuestro alrededor—. Pero admito que no acabo de comprender por qué tienen que proclamar la ley marcial.

Finalmente alcanzamos la orilla del río, donde media docena de vehículos anfibios estaban amarrados a un dique flotante. Descendimos del autobús, y fuimos conducidos a un gran barracón prefabricado utilizado para recibir a los visitantes. Había allí otros cincuenta o sesenta notables —miembros del gobierno, personal de laboratorio, oficiales médicos y periodistas científicos— que habían llegado un poco antes que nosotros en otro autobús procedentes de Miami. La atmósfera de buen humor ocultaba una creciente inquietud, pero las elaboradas precauciones adoptadas por los militares nos parecían excesivamente exageradas. Tras un intervalo para tomar café, recibimos la bienvenida oficial y una serie de instrucciones para todo el día. Se nos recomendó en particular permanecer estrictamente dentro de las áreas señaladas, no intentar recoger ningún «material contaminado», y sobre todo no detenernos en ningún lugar, sino movernos constantemente, sin intervalos.

Es inútil decir que la cómica pantomima de todos aquellos gestos nos alcanzó a todos, y que nos sentíamos de un mejor humor cuando ocupamos nuestros lugares en tres de las lanchas de desembarco que había en el río y cuando, una vez puestos en marcha, las verdes paredes del bosque empezaron a desfilar a ambos lados. Observé inmediatamente, en contraste, la actitud reservada del pasajero que estaba a mi lado. Era un hombre bajo de unos cuarenta años, vestido con ropas tropicales de color blanco que hacían destacar el delgado anillo de oscura barba que rodeaba su rostro. Sus negros cabellos caían desordenadamente sobre su angulosa frente, y esto, añadiéndose a la cetrina mirada de sus vacuos ojos, le daba la apariencia de un taciturno D. H. Lawrence. Intenté, un par de veces, entablar conversación con él, pero se limitó a sonreír brevemente y a mirar hacia otro lado a través del agua. Imaginé que era uno de los investigadores químicos o biólogos.

Tres kilómetros corriente abajo nos cruzamos con un pequeño convoy de lanchas a motor unidas entre sí a remolque de una lancha de desembarco. Todas ellas estaban atiborradas de carga, sus cubiertas y los techos de sus cabinas desaparecían bajo los utensilios caseros más diversos, coches de niño y colchones, máquinas de lavar y hatos de ropa, que dejaban tan sólo un estrecho espacio libre en su centro. Chicos de rostro grave estaban sentados sobre aquellos montones, sujetando maletas sobre sus rodillas, y tanto ellos como sus padres nos miraron duramente cuando pasamos por su lado.

Cosa extraña, uno no ve muy a menudo en los rostros de los norteamericanos esa expresión de enfermiza resignación tan familiar a cualquiera que haya viajado por otros países del mundo, ese sentimiento de desamparado estupor frente a los desastres naturales o políticos que uno puede ver por ejemplo en los ojos de los refugiados de Caporetto en Corea, y aquella inequívoca estampa de desamparo que ofrecían las familias que nos cruzaron cortó bruscamente nuestra alegría. Cuando el último bote pasó por nuestro lado, balanceándose en las agitadas aguas, todos nosotros nos giramos y les contemplamos en silencio, conscientes que, en un cierto sentido, era a nosotros mismos a quienes transportaba.

—¿Qué es lo que está ocurriendo? —pregunté al hombre de la barba—. ¡Parece como si estuvieran evacuando la ciudad!

Sonrió brevemente, como si captara una involuntaria ironía en mi observación.

—De acuerdo..., ¡parece ridículo! Pero espero que volverán a ella a su tiempo.

Irritado por aquel elíptico comentario, pronunciado en tono desenfadado —el hombre seguía mirando hacia otro lado, como absorto en reflexiones más interesantes—, fui a reunirme con mis colegas.

—¿Pero por qué los rusos abordan el problema de una forma tan distinta? —estaba preguntando George Schneider—. ¿Es lo mismo el Efecto Hubble que su Síndrome de Lisenko? ¿Quizá son dos fenómenos distintos?

Uno de los biólogos del Departamento de Agricultura, un hombre de cabellos grises que llevaba su chaqueta al brazo, agitó la cabeza.

—No, casi con toda seguridad son iguales. Lisenko está haciendo perder como siempre el tiempo a los soviéticos. Sostiene que el rendimiento de las cosechas ha aumentado debido a que existe un aumento en el peso de los tejidos. Pero, por lo que podemos ver, el Efecto Hubble es mucho más parecido a un cáncer —y tan curable como él—, es decir una proliferación de la identidad subatómica de la materia. Es como si una secuencia de imágenes idénticas pero desplazadas fuera producida por refracción a través de un prisma, pero con el elemento tiempo reemplazando el papel de la luz.

Aquellas palabras iban a resultar proféticas.

Bordeamos un meandro del río, que se ensanchaba a medida que se aproximaba a Maynard, y el agua alrededor de las dos lanchas de desembarco que iban en cabeza adquirió una curiosa tonalidad rosada, como si reflejara una lejana puesta de sol o algún enorme y silencioso incendio. Sin embargo, el cielo seguía siendo de un límpido azul, sin ninguna nube. Entonces cruzamos por debajo de un pequeño puente, a partir del cual el río se abría a un amplio estanque de unos cuatrocientos metros de diámetro.

Con una simultánea inspiración de sorpresa nos inclinamos sobre la borda, contemplando la línea de la jungla que hacía frente, en la otra orilla, a las blancas estructuras de los edificios de la ciudad. Comprendí instantáneamente que las descripciones del bosque «cristalizándose» y «transformándose en cristal coloreado» eran absolutamente exactas. El largo arco de árboles alineados en la orilla brillaba y destellaba con miríadas de prismas, los troncos y las frondas de las palmeras parecían aureoladas por una lívida luz amarilla y carmesí que se reflejaba en la superficie del agua, de tal modo que toda la escena parecía haber sido reproducida por un superactivo proceso de technicolor. Toda la longitud de la orilla opuesta relucía con aquel neblinoso claroscuro, las bandas de color se sobreponían aumentando la densidad de la vegetación, de tal modo que era imposible ver más allá de unos pocos metros tras la línea frontal de troncos.

El cielo estaba claro y despejado, los ardientes rayos del sol caían a plomo sobre aquella orilla magnética, pero de tanto en tanto una ligera brisa agitaba el agua, y los árboles entraban en erupción en cascadas de brillantes colores que avanzaban hacia nosotros. Después, suavemente, el fulgor disminuía, y la imagen de los troncos individualizada, cada uno con su gama de colores, reaparecía, con sus frondas chorreando fulgurantes joyas.

Todo el mundo en nuestra lancha se sentía cautivado ante aquel espectáculo: la vívida luz cristalina se reflejaba en nuestros rostros y trajes, e incluso mi taciturno compañero se sentía presa del asombro. Sujetando el respaldo de su silla situada ante él, se inclinaba por encima del empañetado, con la blanca tela de su traje transformada en un brillante palimpsesto.

Nuestra lancha avanzó en un amplio arco en dirección al muelle, donde una hilera de grandes lanchas estaban embarcando a las gentes de la ciudad, y llegamos así a menos de cincuenta metros de la prismática jungla, con las zigzagueantes bandas de color reflejándose en nuestros trajes y transformándonos en arlequines. Hubo un espontáneo coro de risas, que eran más un desahogo que una diversión. Luego algunos brazos señalaron hacia el agua, y vimos que el fenómeno no tan sólo afectaba a la vegetación. Extendiéndose a lo largo de dos o tres metros desde la orilla se apreciaban los brillantes destellos de lo que parecía ser el agua cristalizándose, con las angulares facetas emitiendo una azulada luz prismática que barría el casco de nuestra lancha. Aquellas astillas crecían en el agua como cristales en una solución química, añadiendo más y más material a sí mismas, de tal modo que la orilla era una aglomerada masa de agujas romboédricas semejantes a las agudas puntas de un arrecife.

Sorprendido por la extensión del fenómeno —había esperado, tal vez influenciado por las teorías de Lisenko, algo más que una habitual plaga atacando a los vegetales, como el mosaico del tabaco—, contemplé los altos árboles. Indudablemente, todos ellos vivían, sus hojas y tallos eran recorridos por la savia, y sin embargo se hallaban encostrados en una masa de tejido cristalino, como un inmenso fruto escarchado. Toda la fronda, cualquier tallo verde que emergiera del suelo, estaba encostrado por la misma sustancia translúcida, a través de la cual la luz del sol era refractada en arco iris de color.

Un confuso murmullo de especulaciones brotó en nuestra lancha, en medio del cual tan sólo el hombre de la barba y yo permanecimos en silencio. Por alguna razón imprecisa me sentía de repente despreocupado de encontrarle una explicación autocalificada como «científica» al extraño fenómeno que estábamos contemplando. La belleza del espectáculo había despertado algo en mi memoria, y un centenar de imágenes de mi infancia, olvidadas durante cerca de cuarenta años, me recordaban el mundo paradisíaco de los primeros años, en el que todas las cosas parecen iluminadas por esa prismática luz que Wordsworth ha sabido describir tan bien en sus relatos para niños. Desde la muerte de mi mujer y de mi hija de tres años en un accidente de automóvil, hacía diez años, había reprimido deliberadamente tales sentimientos, y ahora la vívida magia de la orilla ante nosotros brillaba a mis ojos como había brillado la breve primavera olvidada de mi matrimonio.

Pero la presencia de varios soldados y vehículos militares, y los hoscos rostros de las gentes de la ciudad evacuando sus hogares, me aseguraban que el pequeño enclave del transfigurado bosque —ante cuya comparación el resto de la laguna de los Everglades parecía una triste acumulación de turba, barro y marga— iba a ser arrancado, y los árboles de cristal desmembrados y transportados a centenares de asépticos laboratorios.

Los primeros pasajeros empezaron a desembarcar por la compuerta frontal de la lancha. Una mano tocó mi brazo, y el hombre vestido de blanco, aparentemente comprendiendo mi estado de ánimo, señaló con una sonrisa la manga de su traje, como si quisiera animarme. Ante mi asombro, la tela conservaba una ligera mancha multicolor, pese a las sombras de la gente que se apretujaba en torno nuestro, como si la luz del bosque hubiera contaminado la tela y quisiera iniciar allí el mismo proceso.

—¿Qué es...? ¡Espere! —exclamé.

Pero antes que pudiera decirle nada más se había puesto en pie y se apresuraba hacia la compuerta, y el último vestigio de su traje desapareció entre la muchedumbre del muelle.

Fuimos divididos en varios grupos pequeños, cada uno de ellos acompañado por dos suboficiales, y avanzamos a lo largo de la cola de coches y camiones conteniendo las posesiones de los habitantes de la ciudad. Las familias aguardaban pacientemente su turno, flanqueadas por la policía local, mirándonos indiferentemente. Las calles estaban casi desiertas, y aquella era la última gente en irse..., las calles estaban vacías, las contraventanas cerradas y enclavadas, parejas de soldados paseaban ante los bancos y los comercios cerrados. Las calles laterales estaban llenas de coches abandonados, confirmando que el río era la única vía de escape para la ciudad.

Mientras avanzábamos a lo largo de la calle principal, con la resplandeciente jungla visible a cada intersección, a doscientos metros a nuestra izquierda, un coche de la policía penetró en la calle por el otro extremo y se detuvo delante de nosotros. Dos hombres salieron de él, un alto capitán de la policía de cabello rubio y un sacerdote llevando una pequeña maleta y una pila de libros. El cura tendría unos treinta y cinco años, con una amplia frente de intelectual y unos ojos cansados. Parecía inseguro acerca del camino que debía tomar, y esperó a que el capitán de la policía diera la vuelta al coche.

—Va a necesitar su tarjeta de embarque, doctor Thomas —el capitán le tendió un ticket de color al sacerdote, luego rebuscó en su bolsillo y extrajo un manojo de llaves sujeto a una clavija de caoba—. Las he tomado de la puerta. Seguramente las olvidó al cerrar.

El cura vaciló, indeciso acerca de si tomar las llaves.

—Las dejé allí deliberadamente, capitán. Alguien puede acudir a buscar refugio en la parroquia.

—Lo dudo, doctor. De todos modos, no le servirían de nada —hizo un breve gesto—. Le veré en Miami.

Devolviendo el saludo, el sacerdote se quedó observando las llaves en la palma de su mano, luego se las metió con reluctancia en el bolsillo de su sotana. Cuando pasó a nuestro lado para dirigirse al muelle, sus húmedos ojos observaron nuestros rostros con una inquieta mirada, como si sospechara que podía haber algún miembro de su congregación oculto entre nosotros.

El capitán de la policía parecía también cansado, e inició una dura discusión con el oficial encargado de nuestros grupos. Sus palabras se perdieron en la conversación general, pero señaló impacientemente hacia los tejados con un amplio gesto de su brazo, como si indicara que se aproximaba una tormenta. Pese a su fuerza física, había una cierta debilidad y egocentrismo en su alargado rostro de pálidos ojos azules, y evidentemente su única ambición, una vez vaciada la ciudad de todos sus habitantes, era irse él también a la primera oportunidad.

Me giré hacia el cabo que se mantenía algo apartado, cerca de una boca de incendios, y señalé hacia la deslumbrante vegetación que parecía seguirnos, rodeando el perímetro de la ciudad.

—¿Por qué hacen irse a todo el mundo, cabo? Seguro que esto no es infeccioso... ¿Hay algún peligro a causa de un contacto directo?

El cabo miró lacónicamente por encima de su hombro hacia el cristalino follaje que brillaba al sol del mediodía.

—No es infeccioso. Excepto si uno se queda demasiado tiempo. Pero cuando ha quedado cortada la carretera a ambos lados de la ciudad creo que ha sido cuando la gente ha decidido que ya era tiempo de irse a otro lado.

—¿A ambos lados? —hizo eco George Schneider—. ¿Cuán grande es el área afectada, cabo? Nos habían dicho dos o tres hectáreas.

El soldado agitó obstinadamente la cabeza.

—Mejor decir dos o trescientas. O incluso quinientas. —Señaló al helicóptero que volaba sobre el bosque, trazando círculos unos dos kilómetros más allá, ascendiendo y descendiendo sobre los palmerales, aparentemente fumigándolos con algún producto químico—. Se extiende recta hasta allá abajo, hacia el lago Okeechobee.

—Pero lo tienen ustedes todo controlado, ¿no? —dijo George—. Están cortándole el terreno.

—No me atrevería a decirlo —respondió el cabo crípticamente. Señaló al rubio policía que seguía discutiendo con nuestro oficial supervisor—. El capitán Shelley probó hace un par de días el lanzallamas. No causó ningún efecto.

Con las objeciones del policía definitivamente rechazadas —subió a su coche con un portazo y arrancó haciendo chirriar los neumáticos— seguimos avanzando, y en la próxima intersección vimos que nos estábamos acercando al bosque, que ahora estaba tan sólo a cuatrocientos metros de nosotros a cada lado de la carretera. La vegetación era dispersa, la hierba crecía en matojos en medio de un suelo arenoso en la orilla, y había un laboratorio móvil instalado en un remolque en cuyos lados se leía «Departamento de Agricultura, EE. UU.». Una sección de soldados se movían arriba y abajo a su alrededor, recogiendo ramas y hojas de palmera que depositaban cuidadosamente como si fueran trozos de vidriería en una serie de mesas alineadas. La espesura del bosque describía una curva a su alrededor, cercando el perímetro norte de la ciudad, e inmediatamente nos dimos cuenta que el cabo no se había equivocado en su estimación acerca de la extensión del área afectada. Paralelamente a nosotros, al otro lado de un bloque de casas, por el norte, estaba la carretera general Maynard-Miami, cortada por el incandescente bosque tanto en el lado este como en el oeste de la ciudad.

Separándonos en grupos de dos o tres, abandonamos la carretera y nos dispersamos por la explanada. El terreno arenoso parecía curiosamente duro y crujiente, como tierra cocida, y pequeñas agujas de sílice fundido emergían de la costra recién formada.

Examinando los especimenes recogidos y coleccionados sobre las mesas, toqué el translúcido material parecido a cristal que recubría las hojas y las ramas, siguiendo los contornos del original como una imagen desplazada en un espejo defectuoso. Todo parecía como si hubiera sido sumergido en un caldero de cristal en fusión, que se hubiera solidificado inmediatamente en una película muy fina repleta de múltiples fracturas, como venas.

A pocos metros del remolque, dos técnicos estaban haciendo girar varias ramas incrustadas en una centrífuga. Había un continuo relumbrar, y chispas y destellos de luz surgían de la cuba de la centrífuga y se desvanecían en el brillante aire como una descarga eléctrica. Por encima de toda el área de inspección, hasta el perímetro marcado por las barreras que rodeaban como un vendaje blanco la herida prismática del bosque, la gente observaba.

Cuando la centrífuga se detuvo observamos el interior de la cuba, donde había un montón de limpias ramas, con sus hojas adheridas al fondo metálico en un amasijo. Debajo de la cuba, sin embargo, el receptáculo de los líquidos estaba completamente seco y vacío.

A veinte metros del bosque, un segundo helicóptero se preparaba para partir, con sus palas girando indolentemente como despuntadas guadañas en el aire y despertando destellos de luz de la agitada vegetación. Despegó con una brusca sacudida y ascendió penosamente, oscilando en el aire, para adentrarse por encima del bosque, con sus palas pareciendo azotar un aire que no encontraban y que le permitiera al aparato sustentarse. Hubo un confuso grito de «¡Fuego!» entre los soldados de abajo, y todos pudimos ver claramente la vívida descarga de luz irradiada por las palas como un fuego de San Telmo. Luego, con un gruñido de agonía que recordaba el de un animal herido de muerte, el aparato se balanceó hacia atrás y cayó hacia el bosque a treinta metros bajo él, con los dos pilotos luchando visiblemente en los controles. Los coches oficiales estacionados alrededor del área de inspección hicieron rugir sus sirenas, y todos nos precipitamos hacia los árboles mientras el helicóptero desaparecía de nuestra vista.

Mientras corríamos a lo largo de la carretera el suelo tembló por el impacto, y un repentino estallido de luz surgió entre los árboles. La carretera conducía aproximadamente hacia el lugar del accidente, con algunas pocas casas perfilándose al final de vacíos senderos.

—¡Las palas debieron cristalizarse mientras permanecía estacionado cerca de los árboles! —exclamó George Schneider mientras saltábamos por encima de la cerca que delimitaba el perímetro—. Pudimos ver cómo el cristal se fundía, pero no lo bastante aprisa. Espero que los pilotos estén bien.

Algunos soldados corrían delante de nosotros, haciéndonos señas para que retrocediéramos, pero no les hicimos caso y proseguimos hacia los árboles. Pasados tan sólo cincuenta metros nos hallamos en pleno bosque, y penetramos en un mundo encantado, en el que el colgante musgo que pendía de los grandes robles tenía el aspecto de brillantes guirnaldas llenas de joyas. El aire era claramente más frío, como si todo estuviera cubierto por una capa de hielo, pero un cambiante juego de luces se derramaba constantemente sobre nosotros desde la bóveda que nos cubría como un gran vitral, transformando el techo del bosque en un calidoscopio continuo de tres dimensiones.

El proceso de cristalización estaba allí mucho más avanzado. La blanca cerca a lo largo de la carretera estaba tan incrustada que formaba un palizada imposible de cruzar, de a lo menos treinta centímetros de espesor por cada lado. Las pocas casas que podían verse entre los árboles brillaban como pasteles de cumpleaños, sus techos blancos y sus chimeneas convertidos en exóticos minaretes y barrocos domos. En un césped erizado de agujas color esmeralda un juguete infantil, tal vez una bicicleta roja con ruedas amarillas, brillaba como una gema, con las ruedas parecidas a dos coronas de reflejos jaspeados. Viéndolo, recordé los juguetes de mi hija esparcidos por el jardín, tal como los encontré a mi regreso del hospital. Habían brillado, por una última vez, con aquel mismo resplandor prismático.

Los soldados avanzaban delante de mí, pero George y Paul Mathieu se habían distanciado, quedándose atrás mientras intentaban rascar sus zapatos en la cerca. Ahora resultaba obvio por qué la carretera Miami-Maynard había sido cerrada. La superficie de hormigón estaba cubierta por una alfombra continua de agujas, flechas de cristal y cuarzo de hasta quince centímetros de longitud, que reflejaban la coloreada luz que llegaba de entre los árboles. Estas flechas se clavaban en mis zapatos, obligándome a moverme cautelosamente por el arcén, donde una cerca más alta de la instalada para la emergencia revelaba la proximidad de una casa.

Una sirena mugió a mis espaldas, y el coche de la policía que había visto antes apareció rugiendo por la carretera, con sus gruesos neumáticos luchando contra la superficie cristalina. Hizo alto a veinte metros, el motor se detuvo, y el capitán saltó al suelo. Me gritó rabiosamente que retrocediera, señalándome un camino que era ahora un túnel de luz amarillenta formado por los árboles, cuyas ramas se unían por encima de nuestras cabezas.

—¡Atrás! ¡Está llegando otra ola! —Echó a correr tras los soldados que estaban cien metros por delante de nosotros, con sus botas crujiendo sobre la alfombra de cristal.

Preguntándome por qué se preocupaba tanto por desalojar el bosque, me detuve un momento al lado del coche de la policía. Se había producido un cambio apreciable en el bosque, como si el crepúsculo hubiera llegado prematuramente. La capa de escarcha que rodeaba los árboles y las plantas se había vuelto más opaca, y el suelo de cristal era ahora más gris y mate, con sus agujas convirtiéndose en cristales de basalto. La panoplia de coloreada luz se había desvanecido, y una luminosidad ambarina se adueñaba de la superficie del bosque, poniendo sombras entre las hojas.

Simultáneamente, el frío había aumentado. Abandonando el coche, me dispuse a dar media vuelta —Paul Mathieu y un soldado, con las manos contra el rostro, habían desaparecido por un recodo de la carretera—, pero el aire frío bloqueó mi paso como una muralla glacial. Subiéndome el cuello de mi traje tropical, retrocedí hacia el coche, preguntándome si no sería mejor buscar refugio en su interior. El frío seguía aumentando, dándome la sensación como si mi rostro hubiera sido rociado con acetona y mis manos hubieran sido despojadas de toda su carne. En algún lugar oí los gritos del capitán de la policía, y vi el destello de una silueta corriendo a toda velocidad entre los helados árboles.

A la izquierda de la carretera, la oscuridad envolvía completamente el bosque, enmascarando las siluetas de los troncos, y de repente se extendió a través de la carretera. Mis ojos ardieron dolorosamente, y los froté para quitarme los pequeños cristales de hielo que se habían formado en mis pupilas. Por todos lados se estaba formando un intenso hielo, que aceleraba el proceso de cristalización. Las agujas en la carretera tenían ya treinta centímetros de altura, como las púas de un gigantesco puercoespín, y la corteza de los árboles era más espesa y translúcida, de tal modo que los troncos originales parecían haber quedado reducidos a simples líneas poco definidas. Las hojas formaban un mosaico continuo, con los elementos cristalinos mezclándose y fundiéndose. Por primera vez tuve la repentina idea de la posibilidad que todo el bosque se convirtiera en un sólido iceberg de coloreado hielo, conmigo atrapado entre sus intersticios.

Las ventanillas del coche y la negra carrocería estaban ahora recubiertas por una delgada capa parecida al hielo. Intenté abrir la portezuela para poner en marcha la calefacción del vehículo, pero al tocar la manecilla mis dedos se quemaron por el intenso frío.

—¡Eh, usted! ¡Venga aquí! ¡Por este lado!

A mis espaldas, la voz creó ecos en el camino que conducía a la carretera. Entre la oscuridad y el frío, vi al capitán de la policía haciéndome señas desde el porche de la casa. El césped que nos separaba parecía menos oscuro que el resto. La hierba retenía su vívido resplandor líquido, y el blanco alero de la casa creaba un contraste como de aguafuerte con la oscuridad que lo rodeaba, como si aquel enclave hubiera sido preservado como una isla en el ojo de un huracán.

Corrí ascendiendo el camino hacia la casa, y con alivio noté que el aire era al menos diez grados más cálido. La luz del sol brillaba a través del follaje en todo su esplendor. Alcancé el pórtico y busqué al capitán, pero se había marchado de nuevo corriendo hacia el bosque. Vacilé en seguirlo, observando la cortina de oscuridad que poco a poco se iba adueñando del césped y cuyos pliegues apagaban progresivamente las resplandecientes frondas. El coche de la policía estaba ahora recubierto por una espesa capa de opaco cristal, y su parabrisas había florecido con un millar de cristales en forma de flores de lis.

Rodeé rápidamente la casa, a medida que la zona de seguridad retrocedía bajo el bosque, y crucé los restos de un antiguo huerto, donde legumbres de cristal erguían sus tallos y sus hojas de color rosado formando exquisitas esculturas de casi un metro de alto. Alcancé el bosque y esperé que el desplazamiento de la zona tomara una nueva dirección, intentando permanecer en el centro de aquel foco. Parecía como si hubiera descubierto una caverna subterránea, donde enjoyadas rocas se dibujaban en la fantasmal oscuridad como enormes plantas submarinas, con las espirales cristalinas de las enredaderas semejando fuentes heladas en el tiempo.

Durante la siguiente hora corrí desesperadamente a través del bosque, perdida toda orientación, rechazado por las retorcidas vallas de la zona de seguridad que serpenteaban entre los árboles como un tornado benefactor. Crucé varias veces la carretera, cuyas agujas alcanzaban ahora una altura de hasta casi mi cintura, obligándome a pasar por encima de sus afiladas púas. En un momento determinado, mientras me apoyaba contra el tronco de un bifurcado cedro, un enorme pájaro multicolor levantó el vuelo desde una rama por encima de mi cabeza y se alejó lanzando un penetrante grito, con una aureola de luz cayendo en cascada desde sus alas rojas y amarillas, como las llamas del nacimiento de un Ave Fénix.

Finalmente, aquel extraño ballet terminó, y una luz pálida se filtró por la bóveda de cristal, transformándolo todo con su iridiscencia. El bosque se convirtió de nuevo en un lugar de arco iris, donde resplandecientes grutas mostraban todas sus pedrerías. Seguí un estrecho camino que serpenteaba en dirección a una gran casa blanca, parecida a un clásico pabellón de verano, situada sobre una pequeña prominencia casi en el centro del bosque. Transformada por la escarcha cristalina, parecía un fragmento intacto de Versalles o de Fontainebleau, con sus adornadas pilastras y sus frisos esculpidos que colgaban del techo, cuya parte más alta dominaba los árboles. Pensé que desde el piso superior podría divisar las torres de agua de Maynard, o al menos descubrir los meandros del río.

El camino se estrechaba y no se dirigía ascendiendo directamente hacia la casa, pero la costra como recocida que lo recubría, parecida a cuarzo medio fundido, ofrecía una superficie más practicable que las agujas del césped. De pronto tropecé con algo que era sin lugar a dudas una rutilante barca sólidamente apresada en el suelo, con una cadena de lapislázuli sujetándola a un lado. Entonces me di cuenta que estaba siguiendo un pequeño afluente tributario del río. Una pequeña corriente de agua circulaba aún por debajo de la costra sólida, y evidentemente aquel vestigio de movimiento era lo único que preservaba a la superficie de entrar en erupción en las exóticas formas afiladas que tomaba en el bosque.

Mientras me detenía junto al bote, acariciando las enormes rocas de topacio y amatista incrustadas en sus lados, una grotesca criatura a cuatro patas medio enterrada en la superficie luchó por liberarse y emergió a través de la costra con los brillantes fragmentos cristalinos adheridos aún a su hocico y a sus miembros delanteros destellando como las placas de una coraza transparente. Sus mandíbulas mordían el aire sin ruido mientras luchaba con sus patas, pero no podía abandonar el hueco cuyo contorno mantenía exactamente la forma de su cuerpo, sino tan sólo izarse algunos centímetros. Investido por los brillantes destellos luminosos que lanzaba su coraza, el cocodrilo parecía un fabuloso animal heráldico. Intentó lanzarse una vez más contra mí con una repentina energía, y le di una patada en el hocico, haciendo volar los cristales que obstruían su boca.

Dejándole que adoptara de nuevo su inmóvil postura de hielo, escalé la orilla y atravesé el césped hacia la casa, cuyas encantadas torres se perfilaban por encima de los prismáticos árboles. Sin aliento y casi completamente exhausto, tenía sin embargo una curiosa premonición hecha de esperanza y de deseo, como si yo fuera algún fugitivo Adán encontrando de repente una olvidada puerta que conducía al paraíso perdido.

Allá arriba, en una de las ventanas del piso superior, con un fusil apoyado en su brazo, el hombre del traje de tela blanca me observaba reflexivamente.

Ahora que la más amplia evidencia del Efecto Hubble se halla a disposición de todos los investigadores científicos del mundo entero, se ha llegado a un acuerdo sobre sus orígenes y las pocas medidas temporales que pueden tomarse para detener su progresión. Bajo la presión de la necesidad, durante mi huida a través de los bosques de los Everglades, descubrí el principal remedio: mantenerse en constante movimiento, pero asumí que la causa era algún tipo de mutación genética acelerada, aunque incluso los objetos inanimados, como los coches o las cercas metálicas, se vieran igualmente afectados. De todos modos, actualmente, incluso los lisenkistas han aceptado a regañadientes la explicación proporcionada por los investigadores del Instituto Hubble, especulando que las transfiguraciones ocurridas un poco por todas partes en nuestro planeta son el reflejo de lejanos procesos cósmicos de enorme alcance y dimensiones, que han aparecido por primera vez en la espiral de la Andrómeda.

Sabemos ahora que es el tiempo («el Tiempo con el toque de Midas», como lo describe Charles Marquand), el responsable de la transformación. El reciente descubrimiento de antimateria en el Universo implica inevitablemente la concepción del antitiempo como la cuarta dimensión de su continuo cargado negativamente. Cuando una partícula y una antipartícula se encuentran, no sólo destruyen sus respectivas identidades físicas, sino que sus opuestos valores-tiempo se eliminan mutuamente, sustrayendo del Universo otro quantum de su reserva total de tiempo. Son las descargas de este tipo, provocadas por la creación de antigalaxias en el espacio, las que han terminado con las reservas de tiempo que disponía nuestro propio Sistema Solar.

Al igual que una solución sobresaturada se precipita en una masa cristalina, la sobresaturación de la materia en un continuo temporal conduce a su aparición en una materia espacial paralela. A medida que esta «pérdida» de tiempo aumenta, el proceso de sobresaturación sigue su curso, haciendo que los átomos y moléculas originales produzcan réplicas espaciales de sí mismos, una sustancia sin masa que intenta afirmar su derecho a la existencia. El proceso, teóricamente, no tiene fin, y eventualmente le es posible a un simple átomo producir un número infinito de duplicados de sí mismo capaces de llenar todo el Universo, por cuyo motivo el tiempo habrá expirado simultáneamente de una forma definitiva, un último cero macrocósmico más allá de los más audaces sueños de Platón y Demócrito.

Mientras permanecía tendido en uno de los divanes con encajes de cristal en una estancia del piso superior, el hombre de la barba vestido con un traje blanco me explicó algo de todo esto con su brusca e intermitente voz. Permanecía de pie junto a la abierta ventana, vigilando el césped y el riachuelo donde se hallaban presos la barca y el cocodrilo engastados en gemas. La delgada aureola de su barba le daba un aspecto febril y obsesionado. Por alguna desconocida razón, me hablaba como si yo fuera un viejo amigo.

—Maldita sea, B..., la cosa era obvia desde hace años —dijo disgustado—. Mire ese virus, su estructura cristalina, tanto animada como inanimada, y su inmunidad al tiempo —pasó su mano por el alféizar y recogió un puñado de gránulos cristalinos, que arrojó al suelo como si fueran fragmentos de mármol desechados—. Usted y yo seremos muy pronto así, y el resto del mundo. ¡Ni vivos ni muertos!

Se interrumpió para armar su fusil, sus oscuros ojos acechando algo entre los árboles.

—Vamos a irnos de aquí —anunció, apartándose de la ventana—. ¿Cuándo ha visto por última vez al capitán Shelley?

—¿El capitán de la policía? —me puse penosamente en pie, resbalando en el suelo. Varios cristales de las ventanas se habían roto y se habían convertido en una única capa brillante y resbaladiza sobre la alfombra. Los motivos persas ondulaban bajo aquella superficie brillante como el fondo de esas piscinas perfumadas de las Mil y Una Noches—. Inmediatamente después que echáramos a correr en busca del helicóptero. ¿Por qué le tiene usted miedo? —pregunté, pero él se limitó a agitar irritado la cabeza ante la pregunta.

—Es un hombre maligno —dijo—. Y astuto como un cerdo.

Descendimos una escalera de peldaños de cristal. Todo en la casa estaba recubierto por la misma helada película, embellecida por espirales y diseños exquisitos. En las vacías estancias, los muebles estilo Luis XV se habían transformado en enormes terrones de azúcar cande opalescente cuyos reflejos brillaban como quimeras en las paredes de cristal tallado. Mientras desaparecíamos bajo los árboles para alcanzar el río, mi compañero exclamó con una triunfal alegría, dirigiéndose tanto al bosque como a mí:

—¡Estamos llegando al final de tiempo, B..., llegando al final del tiempo!

Seguía intentando localizar al capitán de la policía. No podía buscar a nadie más. No acababa de comprender el motivo, como tampoco el de su aparente deseo de venganza. Yo le había dicho voluntariamente mi nombre, pero él había evitado hacer lo mismo con el suyo. Imaginaba que él había notado una cierta afinidad entre nosotros en el momento en que nos sentamos juntos en la lancha, y que era un hombre capaz de simpatizar con alguien o de odiarle sin ningún límite desde el momento de su primer encuentro. No sabía absolutamente nada de él. Con su fusil apoyado en su brazo, avanzada rápidamente a lo largo de la fosilizada orilla, con precisos y deliberados movimientos, mientras yo chapoteaba tras él. De tanto en tanto cruzábamos algún pequeño yate aprisionado en la costra, o un cocodrilo petrificado que se arqueaba brutalmente a nuestro paso y abría unas fauces de gárgola al vernos, con su cristalina coraza lanzando mil irisados destellos.

Por todos lados había la misma fantástica corona de luz, transfigurando e identificando todos los objetos. El bosque era un interminable laberinto de cristalinas cavernas, aisladas del resto del mundo (que, por lo que sabía, podía haber sido afectado del mismo modo), iluminadas por lámparas subterráneas.

—¿No podemos regresar a Maynard? —grité tras él, con mi voz despertando ecos en las bóvedas cristalinas—. Cada vez estamos penetrando más en el bosque.

—La ciudad está completamente aislada, mi querido B... Pero no se preocupe, le llevaré a ella a su debido tiempo. —Saltó por encima de una fisura en la superficie del río. Bajo los cristales que se disolvían, un minúsculo hilillo de agua iba abriendo obstinadamente un canal.

Durante varias horas, conducido por aquel extraño personaje vestido de blanco que parecía estar siempre espiando algo, avancé por el bosque, a veces en círculos completos, como si mi compañero estuviera familiarizándose con la topografía de aquel mundo constelado de joyas. Cuando me sentaba en un tronco vitrificado para recuperar el aliento o para arrancarme los cristales que, pese a mis continuos movimientos, se iban formando bajo mis zapatos —el aire seguía siendo frío, las sombras oscuras nos acechaban persistentemente a nuestro alrededor—, me esperaba impacientemente, observándome con ojos meditativos, como preguntándose si valía la pena abandonarme o no en el bosque.

Por fin alcanzamos los límites de un pequeño claro, bordeado en tres de sus lados por la quebrada superficie de un meandro del río, donde una construcción ojival lanzaba su techo hacia el cielo a través de un orificio del follaje. Un entretejido de lianas ascendía hacia los árboles, como un velo diáfano envolviendo el jardín y la casa, cuyos reflejos de mármol blanco eran tan intensos que daban una impresión sepulcral. Aquella impresión era reforzada por las ventanas bajo el porche que rodeaba la casa, cuyos complicados arabescos recordaban los practicados en las losas de una tumba.

Haciéndome señas para que permaneciera donde estaba, mi compañero se dirigió hacia el jardín, con el fusil listo para disparar. Avanzó de árbol en árbol, deteniéndose para espiar cualquier movimiento, y luego, con paso felino, atravesó la helada superficie del río. Una oropéndola dorada, con las alas aprisionadas bajo la bóveda de cristal, se balanceó suavemente bajo la luz del atardecer, creando a su alrededor una aureola que la hacía parecer un sol en miniatura.

—¡Marquand!

Los ecos del disparo resonaron entre los árboles, y el rubio capitán de la policía, avanzó corriendo hacia el pabellón, con un revólver en la mano. Cuando disparó de nuevo, los cristales que cubrían el colgante musgo se desmenuzaron y cayeron a mi alrededor, formando como una cascada de espejos. Dando un salto desde el porche, el hombre de la barba corrió encorvado hacia el río, saltando sobre las irregularidades del terreno.

La rapidez con que había ocurrido todo hizo que yo permaneciera de pie, desamparado, al borde del claro, con las dos detonaciones resonando aún en mis oídos. Escruté el bosque buscando señales de mi compañero, y entonces el capitán de la policía, ahora de pie en el porche, me hizo una seña con su pistola.

—¡Acérquese! —Cuando obedecí, tentativamente, bajó los peldaños, estudiándome con suspicacia—. ¿Qué está haciendo usted por aquí? ¿Es uno de los del grupo de visitantes que ha llegado esta mañana?

Le expliqué cómo había sido atrapado, tras la caída del helicóptero.

—¿Puede usted ayudarme a regresar al puesto de control? —pregunté—. Llevo vagando por este bosque todo el día.

Frunció lentamente su alargado rostro.

—El puesto de control está demasiado lejos de aquí. El bosque está cambiando a cada momento. —Señaló hacia el río—. ¿Qué hacía usted con Marquand? ¿Dónde se ha encontrado con él?

—¿El hombre de la barba? Se había refugiado en una casa cerca del río. ¿Por qué ha disparado contra él? ¿Acaso es un criminal?

Tras una pausa, Shelley agitó la cabeza. Su actitud era evasivamente furtiva.

—Mucho peor que eso —dijo—. Está loco. Completamente loco. —Empezó a subir los peldaños, aparentemente decidido a dejar que me las arreglara por mí mismo en el bosque—. Será mejor que vaya con cuidado, no sabemos lo que va a pasar en el bosque. Muévase continuamente, pero hágalo en círculos, o se va a perder.

—¡Espere un momento! —grité tras él—. ¿Puedo quedarme aquí un rato? Necesito un mapa..., quizá usted tenga uno.

—¿Un mapa? ¿De qué le va a servir en estas circunstancias? —Vaciló, mientras yo permanecía inmóvil, con los brazos colgando—. De acuerdo, puede quedarse aquí cinco minutos.

Obviamente, aquella concesión a la humanidad le había sido arrancada.

El pabellón de verano consistía tan sólo en una habitación circular y una pequeña cocina contigua. Las contraventanas estaban sólidamente cerradas, y una capa de cristales había sellado todos los intersticios, por lo que la luz ahora tan sólo entraba por la puerta.

Shelley enfundó su pistola y cerró suavemente la puerta con llave. Los escarchados cristales me dejaban ver tan sólo los imprecisos contornos de una gran cama adoselada, presumiblemente tomada de alguna propiedad vecina. Dorados cupidos revoloteaban en el baldaquino de caoba, y cuatro cariátides desnudas con los brazos levantados formaban las columnas.

—Es la señora Shelley —me explicó el capitán en voz baja—. No se encuentra muy bien.

Por un momento contemplamos a la ocupante del lecho, que estaba recostada en una almohada de satén, con una mano febril apoyada en el cobertor de seda. Por un momento creí hallarme frente a una persona de edad avanzada, probablemente la madre del capitán, pero luego me di cuenta que se trataba de una mujer muy joven, casi una niña, que no tendría más de veinte años. Sus largos cabellos color platino cubrían sus hombros como un chal, su delgado rostro de salientes pómulos se inclinaba hacia adelante para absorber la escasa luz. Quizás en otro tiempo habría poseído aquella frágil belleza de porcelana, pero ahora su ajada piel y el débil resplandor de sus ojos tras unos párpados entrecerrados le daban la apariencia de una persona increíblemente vieja, que me recordó a mi propia esposa durante los pocos minutos que precedieron a su muerte.

—Shelley —su voz resonó quebrada en la luz ambarina de la habitación—. Shelley, vuelve a hacer frío. ¿No puedes encender un poco de fuego?

—La madera no arderá, Emerelda. Toda ella se ha convertido en cristal. —El capitán permanecía de pie junto a la cama, con el casco sujeto entre las manos. Miraba a la joven con una expresión ansiosa, como si siempre estuviera de servicio. Abrió su chaqueta de piel—. Mira lo que te he traído. Esto te aliviará.

Se inclinó sobre ella, depositando sobre el cobertor varios puñados de piedras preciosas, rojas y azules. Rubíes y zafiros de varios tamaños, que brillaron a la débil luz con un renovado poder.

—Oh, Shelley, gracias... —la mano libre de la mujer se deslizó sobre el cobertor para recoger las gemas. Su rostro infantil expresaba una avidez casi animal. Tomó un puñado y lo llevó contra su pecho, apretándolas contra su carne hasta que formaron rojas señales en su piel. Su contacto pareció revivirla. Se irguió penosamente. Varias gemas cayeron al suelo.

—¿Contra quien has disparado, Shelley? —preguntó al cabo de un rato—. He oído los disparos, y eso me ha dado dolor de cabeza.

—Tan sólo era un cocodrilo, Emerelda. Hay algunos por aquí, y hay que vigilarlos. Pero no te preocupes, yo estoy aquí. Descansa.

—Pero, Shelley, necesito muchas más piedras que estas, tan sólo me has traído unas cuantas hoy... —su mano, como una garra, tanteó el cobertor. Luego giró la cabeza hacia el otro lado, con las piedras brillando como escarabajos contra la blanca piel de su pecho.

El capitán Shelley me hizo una seña y ambos pasamos a la cocina. La pequeña estancia estaba casi vacía, tan sólo había un refrigerador desconectado apoyado sobre una cocina sin fuego. Shelley abrió la puerta del refrigerador y fue alineando el resto de las piedras, que parecían cerezas, entre las latas de conserva. Una película de escarcha recubría todo el exterior del mueble, así como todo lo que había en la cocina, pero las paredes interiores permanecían intactas.

—¿Quién es ella? —le pregunté a Shelley, mientras él abría una lata de conserva—. ¿No cree que debería sacarla de aquí?

Shelley me miró con su habitual expresión ambigua. Parecía como si estuviera ocultando algo, a causa de sus ojos siempre entrecerrados.

—Es mi mujer —dijo con un curioso énfasis, remarcando las palabras, como si no estuviera seguro de lo que decía—. Emerelda. Está segura aquí, siempre que consiga mantener a Marquand a distancia.

—¿Por qué querría hacerle ningún daño? Me ha parecido en sus cabales.

—¡Es un psicópata! —gritó Shelley, con una repentina fuerza—. ¡Se ha pasado seis meses en una camisa de fuerza! Quiere robarme a Emerelda para llevarla a su loca casa en medio del pantano. —Y, como una explicación suplementaria, añadió—: Ella estaba casada con Marquand.

Mientras comíamos, pinchando directamente la carne fría de la lata, me habló del extraño arquitecto, Charles Foster Marquand, que había diseñado varios de los mayores hoteles de Miami y que, hacía dos años, había abandonado bruscamente su trabajo, hastiado de todo. Se había casado con Emerelda, tras haber llegado a un acuerdo económico con sus padres, tan sólo pocas horas después de haberla conocido en un parque de atracciones, y se la había llevado a su alucinante mansión de estilo grotesco que había edificado en medio del pantano, entre los tiburones y los cocodrilos. Según Shelley, nunca le había hablado de Emerelda tras la ceremonia de su matrimonio, y la mantenía aislada en su casa, sin nadie a quien hablar excepto un viejo sirviente negro, ciego. Aparentemente veía a su mujer en una especie de sueño prerrafaelista, enjaulada en su casa como el último recurso de su imaginación. Cuando ella consiguió finalmente escapar, con la ayuda del capitán Shelley, tuvo un verdadero ataque de locura asesina y permaneció varios meses en un asilo como enfermo voluntario. Ahora había vuelto, sin más ambición que regresar con Emerelda a su casa en medio del pantano, y Shelley tenía la convicción, seguramente sincera, que aquella mórbida y lunática presencia era la responsable de la repentina enfermedad de Emerelda.

Me fui al anochecer, dejándolos parapetados en aquel pabellón de aspecto sepulcral, y me dirigí hacia el río, que según Shelley se hallaba a ochocientos metros de allí, esperando seguirlo y llegar así a Maynard, donde con un poco de suerte encontraría alguna unidad del ejército estacionada cerca de la zona afectada, y los soldados podrían reconstruir mi camino y acudir en ayuda del capitán de la policía y su agonizante mujer.

La falta de hospitalidad de Shelley no me sorprendió. Enviándome al bosque me utilizaba como cebo, convencido que Marquand intentaría inmediatamente reunirse conmigo para conseguir noticias de su ex esposa. Mientras me aventuraba a través de las grutas de cristal invadidas por las sombras, escuchaba atentamente los ruidos que podían significar su aproximación, pero las vainas de los árboles cantaban y crujían con millares de voces a medida que el bosque se enfriaba en la oscuridad. Por encima mío, entre las frondas, veía el cuarteado disco de la luna. A mi alrededor, en las vítreas paredes, las reflejadas estrellas parecían miríadas de luciérnagas.

En aquel momento me di cuenta que mis ropas brillaban en la oscuridad. La escarcha que cubría mi traje reflejaba la luz de las estrellas, y minúsculas flechas cristalinas se formaban en mi reloj de pulsera, cuya esfera parecía un medallón de luna.

Hacia medianoche alcancé el río, una calzada de gas solidificado que podría haber ascendido hasta la Vía Láctea. Viéndome obligado a abandonarlo a causa de una sucesión de gigantescas cataratas que cortaban su superficie, me acerqué a los arrabales de Maynard, pasando por delante del laboratorio móvil usado por el Departamento de Agricultura. El remolque, las mesas, el equipo, estaban cubiertos ahora por una espesa capa escarchada y en la centrífuga las ramas habían recuperado su floración de brillantes gemas.

En la oscuridad, las casas de blancos techos de la ciudad parecían los monumentos funerarios de una necrópolis. Las cornisas estaban adornadas con flechas y gárgolas que alcanzaban el suelo a medida que se prolongaban. Un viento glacial azotaba las calles, bosques de agujas fósiles en cuya masa los vehículos abandonados parecían saurios prehistóricos depositados en el inmemorial fondo de su océano natal.

El proceso de transformación se iba acelerando por todos lados. Mis pies estaban rodeados por gruesas zapatillas de cristal. Gracias a ellas podía avanzar por la calle, pero muy pronto iban a soldarse a las agujas, y quedaría atrapado.

La salida oriental de la ciudad estaba bloqueada por el bosque y la carretera en erupción. Mientras rehacía penosamente el camino esperando al menos regresar con el capitán Shelley, pasé ante una joyería cuyo escaparate había sido forzado. Allí la acera no presentaba ninguna excrecencia cristalina, pero el suelo estaba repleto de joyas, anillos de rubíes y esmeraldas, broches y pendientes de topacio, mezclados con incontables piedras más pequeñas y diamantes industriales cuyas facetas brillaban a la luz de las estrellas. Me detuve ante las piedras, observando de repente que las agujas que erizaban mis zapatos se iban disolviendo lentamente, como hielo expuesto al calor. La propia costra cayó en pedazos, que se fundieron lentamente y desaparecieron sin dejar la menor huella.

Entonces comprendí por qué el capitán Shelley le había llevado piedras preciosas a su mujer, y por qué la enferma se había apoderado tan ávidamente de ellas. Por algún fenómeno óptico o electromagnético, el intenso foco de luz en el interior de las gemas provocaba una compresión en el tiempo, de tal modo que los rayos luminosos que provenían de sus superficies invertían el proceso de cristalización. (Quizá sea este poder el que explique la eterna atracción ejercida por las piedras preciosas, al igual que por la pintura y la arquitectura barrocas. Sus intrincados bordes y ornamentos ocupan más que su propio volumen de espacio, y así contienen más tiempo ambiente y nos proporcionan esta innegable premonición de inmortalidad que uno siente en el interior de San Pedro o del palacio de Nymphenberg. Por el contrario, la arquitectura del siglo XX, que utiliza característicamente la fachada rectangular desnuda y se apoya en principios euclidianos simples acerca del espacio y el tiempo, se adapta perfectamente al Nuevo Mundo, que cree firmemente tener un pie sólidamente apoyado en el futuro y no se preocupa por esa angustia de mortalidad que siempre ha perseguido el espíritu de la vieja Europa.)

Me incliné rápidamente para recoger las piedras, que metí en mis bolsillos y en mi camisa, e incluso en mis brazos. Luego me quedé allí, con la espalda apoyada en el escaparate. El semicírculo de la acera formaba como un pequeño patio que las excrecencias cristalinas rodeaban como un fantasmal jardín, y el contacto de las piedras contra mi epidermis me proporcionaba una sensación de calor. Unos instantes más tarde, al borde del agotamiento, me hundí en un profundo sopor.

Me desperté bajo un resplandeciente sol, en una calle bordeada de dorados templos, donde millones de arco iris iluminaban el aire en un estallido de prismáticos colores. Me cubrí los ojos para mirar hacia los techos, cuyas doradas tejas estaban incrustadas de pedrería como en Bangkok.

Una mano me sacudió sin contemplaciones. Quise levantarme, y vi que el semicírculo de acera libre había desaparecido: mi cuerpo yacía sobre un lecho de agujas. Estas habían crecido más rápidamente a la entrada de la joyería y mi brazo derecho estaba prisionero en una masa cuyas puntas, de ocho a diez centímetros de largo, alcanzaban casi mi hombro. Mi mano estaba recubierta por un espeso guantelete de cristales prismáticos, apenas podía levantarla, y mis dedos estaban delineados por un arco iris de color.

Presa del pánico, conseguí a duras penas ponerme de rodillas y vi al hombre del traje blanco de cuclillas tras de mí, con el fusil en los brazos.

—¡Marquand! —levanté mi enjoyado brazo—. ¡Por el amor de Dios!

Mi voz desvió su atención del otro extremo de la calle, donde espiaba algo. Su delgado rostro de ojos brillantes estaba transfigurado por extraños colores que tornasolaban su piel, marcando los reflejos azules y violetas de su barba. Su traje irradiaba a su alrededor bandas de irisado color.

Se movió en mi dirección, pero antes que pudiera decir algo sonó un disparo, y la película que recubría el dintel de la puerta de la joyería saltó en pedazos. Marquand se inclinó, luego me obligó a pasar a través del roto escaparate. Sonó otro disparo. Bordeamos los saqueados mostradores y pasamos a un despacho, donde una caja fuerte abierta dejaba ver las cajas metálicas vacías. Marquand las apartó y empezó a recoger las pocas piedras preciosas que había esparcidas por el suelo.

Me las metió en el bolsillo y me hizo salir por una ventana a la calle situada tras el edificio. Desde allí alcanzamos la calle adyacente, transformada en un túnel de luz púrpura. Nos detuvimos en la primera esquina, a cincuenta metros del bosque, y mi compañero señaló hacia él.

—¡Corra, corra! ¡No importa hacia dónde, a través del bosque, es lo único que puede hacer!

Me empujó con la culata de su fusil, que ahora estaba incrustada con una masa de plateados cristales, como un arma medieval. Levanté impotente mi brazo, y el sol hizo destellar las agujas cristalinas que lo recubrían.

—¡Mi brazo, Marquand! ¡Está aprisionado hasta el hombro!

—¡Corra! ¡Ninguna otra cosa le podrá ayudar! —su iluminado rostro resplandecía de agitación—. ¡Y no malgaste las piedras, no le van a durar eternamente!

Esforzándome en correr, penetré en el bosque, introduciéndome en la primera de las cavernas de luz, haciendo girar mi brazo tanto como me era posible, y sintiendo que los cristales se absorbían ligeramente. Por fortuna, alcancé muy pronto un pequeño afluente del río, y me lancé como un loco a lo largo de su petrificada superficie.

Cuántas horas, o cuántos días, vagué por el bosque, es algo que no puedo recordar, ya que toda noción del tiempo me abandonó. Si me detenía tan sólo un minuto, las bandas de cristal se apoderaban de mi cuello y hombros, y tenía que correr entre los árboles hora tras hora, sin más pausas que cuando me derrumbaba, exhausto, en una playa de hielo. Entonces apretaba algunas gemas contra mi rostro para preservarlo de la escarcha. Pero su poder se desvanecía lentamente, y a medida que sus facetas perdían el brillo se iban transformando en trozos de sílice no pulido.

Una vez, mientras corría en medio de la noche haciendo girar mi brazo, pasé junto al pabellón de verano donde el capitán Shelley velaba a su joven esposa moribunda, y le oí disparar contra mí desde el porche, sin duda confundiendo mi espectral figura con la de Charles Marquand.

Finalmente, una tarde, cuando el rojo oscuro del crepúsculo penetraba hasta lo más profundo del bosque, llegué a un claro, desde donde se oían los profundos sonidos de un órgano reverberando entre los árboles. En el centro del claro había una pequeña iglesia, cuyo campanario, destellando mil reflejos de oro, se confundía con los árboles que lo rodeaban.

Empujé con mi enjoyado brazo la puerta de cedro y penetré en la nave. Encima mío, refractada por los vitrales de las ventanas, una brillante luz se derramaba sobre el altar. Escuchando la música, me acerqué al altar y tendí mi brazo hacia el gran crucifijo incrustado de rubíes y esmeraldas. Inmediatamente la escarcha empezó a fundirse como el hielo en mi brazo. A medida que los cristales iban licuándose, la luz huía a chorros de mi brazo y de mis dedos como agua derramándose en una fuente.

Girando su cabeza para observarme, el sacerdote sentado ante el órgano siguió tocando, con sus firmes manos arrancando del instrumento la misma sublime música, entremezclada con armónicos, y el sagrado himno partió a través de los vitrales hacia el lejano y desmembrado sol.


La vida, como un domo de cristal multicoloreado,

Tiñe las blancas radiaciones de la eternidad.
Durante toda una semana permanecí allí con él, mientras las últimas agujas de cristal desaparecían progresivamente de mi brazo. Pasaba todo el día junto a él, accionando los fuelles del órgano con el brazo mientras las ondulantes tonalidades de Palestrina y Bach creaban sus ecos a nuestro alrededor. Al atardecer, cuando el sol se diluía en mil fragmentos en la noche, dejaba el instrumento y permanecía de pie en el porche, contemplando las espectrales siluetas de los árboles.

Recordaba quién era: el doctor Thomas, el sacerdote al que el capitán Shelley había llevado hasta el embarcadero. Su apacible mirada de intelectual, cuya serenidad quedaba desmentida por el movimiento nervioso de sus manos, como la falsa calma de alguien a punto de atravesar una crisis febril, me observaba siempre con la misma insistencia mientras comíamos lo poco que había sentados en un taburete cerca del altar, protegidos del frío que lo petrificaba todo gracias al gran crucifijo y sus joyas. Al principio creí que veía en mi supervivencia una prueba de la intervención divina, y pronuncié algunas palabras simbólicas como expresión de gratitud. Pero él se limitó a sonreír evasivamente.

No intenté saber por qué había regresado. Su iglesia se hallaba ahora rodeada desde todos lados por el entretejido de cristales, como si estuviera atrapada en la boca de un enorme glaciar.

Una mañana halló una serpiente ciega, cuyos ojos se habían transformado en dos protuberantes gemas, reptando penosamente hacia el portal. La tomó entre sus manos y la llevó al altar. Sonrió ligeramente cuando, una vez recuperada la vista, la serpiente se deslizó entre los bancos.

Otro día me desperté muy temprano y lo hallé celebrando, solo, la misa. Se interrumpió, medio embarazado, y mientras desayunábamos me confió:

—Probablemente se estará preguntando usted qué estaba haciendo, pero me pareció un momento muy apropiado para probar la validez del sacramento. —Hizo un gesto hacia los colores prismáticos que se derramaban a través de los vitrales, cuyas escenas bíblicas originales se habían transformado en pinturas abstractas de una sorprendente belleza—. Quizá sea una herejía decir esto, pero el cuerpo de Cristo está con nosotros en cada cosa que nos rodea..., en cada prisma y arco iris, en las cien caras del facetado sol. —Levantó sus delgadas manos, enjoyadas bajo la luz—. Como puede ver, tengo miedo que tanto la iglesia, como su símbolo —indicó la cruz— hayan sobrevivido a su función.

Intenté buscar una respuesta.

—Lo siento. Quizá si usted se fuera...

—¡No! —insistió, irritado por mi incomprensión—. ¿Acaso no lo puede entender? Antes yo era un auténtico apóstata..., sabía que Dios existía pero no podía creer en él. Ahora —sonrió amargamente— los acontecimientos me han superado.

Con un gesto me condujo a través de la nave hasta la puerta abierta, y señaló el domo formado por las cristalinas hojas que surgían del bosque como las columnas de sustentación de una inmensa cúpula de diamante. Aquí y allí se divisaban pájaros encajados en el diseño general, moviendo apenas sus alas desplegadas, doradas oropéndolas y escarlatas guacamayos, expandiendo brillantes oleadas de luz. Las bandas de líquido color ondulaban a través de todo el bosque, y el reflejo de los resplandecientes plumajes nos envolvía con motivos concéntricos constantemente renovados. Por todas partes, especies más pequeñas de pájaros, mariposas, innumerables insectos, unían sus minúsculos halos a la coronación del bosque.

Sujetó mi brazo.

—Aquí en este bosque todo está transfigurado e iluminado en una última comunión del tiempo y del espacio.

Hacia el final, mientras permanecíamos ante el altar, al tiempo que la nave se iba convirtiendo en una oscura galería flanqueada por columnas cristalinas, su convicción pareció abandonarle. Con una expresión casi de pánico, observó el teclado del órgano que se iba cubriendo de escarcha, y comprendí que estaba buscando algún medio de huir.

Entonces, finalmente, se tranquilizó, tomó el crucifijo del altar y me lo metió entre los brazos, con una repentina cólera nacida de la absoluta certeza de la situación, y me empujó casi brutalmente hacia la salida, señalándome una de las bóvedas de verdor que se iba cerrando por momentos.

—¡Márchese! ¡Márchese de aquí! ¡Busque el río!

Vacilé, con la pesada cruz colgando en mis brazos, y él gritó furiosamente:

—¡Dígales que yo le ordené que la tomara!

Cuando le vi por última vez estaba de pie, inmóvil, con los brazos tendidos hacia las deslumbrantes paredes que se iban acercando, en la misma postura que los pájaros iluminados, sus ojos contemplando extasiados los primeros círculos de luz que surgían de las palmas de sus manos vueltas hacia lo alto.

Tambaleándome bajo el enorme peso de la dorada cruz, me abrí camino hacia el río, mi vacilante figura reflejándose en los cambiantes espejos de musgo como un perdido Simón Cireneo extraído de un manuscrito medieval.

La cruz seguía protegiéndome cuando alcancé el pabellón de verano del capitán Shelley. La puerta estaba abierta, y dentro vi el gran lecho en el centro de una enorme joya cuarteada, en cuyas heladas profundidades, como nadadores durmiendo en el fondo de una piscina encantada, Emerelda y su marido yacían juntos. Los ojos del capitán estaban cerrados, y los delicados pétalos de una rosa rojo sangre surgían del agujero de su pecho como una exquisita planta marina. Junto a él, Emerelda dormía serenamente, los invisibles latidos de su corazón rodeándola con una aureola de suave luz dorada, el pálido residuo de la vida.

De repente, algo brilló en el crepúsculo a mis espaldas. Me giré y pude ver una brillante quimera, un hombre con brazos y pecho incandescentes, corriendo entre los árboles y haciendo surgir una cascada de brillantes partículas a su paso. Me incliné, manteniendo el crucifijo ante mí, pero desapareció tan bruscamente como había salido del bosque, sumergiéndose en las deslumbrantes bóvedas. Y mientras, su rastro luminoso se desvanecía, su voz creaba ecos en el aire helado, un lamento cuyas resonancias tenían una pureza cristalina, la misma que aquel mundo transmutado.

—¡Emerelda!... ¡Emerelda!...

Aquí, en esta calma serena de Puerto Rico, en el parque de la Embajada Británica donde me encuentro, unos meses más tarde, los extraños acontecimientos de aquel fantasmagórico bosque me parecen tan lejanos como si hubieran ocurrido en otro mundo. Pero de hecho no estoy a más de mil quinientos kilómetros de la Florida, a vuelo de pájaro (¿o debería decir mejor a vuelo de grifo?), y además, ya hay muchas otras regiones afectadas a distancias mucho mayores de las tres áreas focales. Según he leído en un artículo, la velocidad actual de progresión del fenómeno permite prever que, dentro de diez años, una tercera parte de nuestro mundo se hallará transformada, y veinte de las mayores metrópolis del mundo quedarán petrificadas bajo el cristal prismático como ha ocurrido con Miami... Algunos periodistas han descrito la ciudad abandonada como una ciudad de mil catedrales góticas, como una de las visiones de San Juan.

A decir verdad, de todos modos, esta perspectiva no despierta ningún miedo en mí. Actualmente me resulta obvio que los orígenes del Efecto Hubble no son tan sólo físicos. Cuando salí vacilante del bosque, a dieciséis kilómetros de Maynard, para caer ante el cordón militar establecido allí, con el crucifijo fuertemente apretado entre mis brazos, dos días después de haber visto el fantasma errante que había sido Charles Marquand, estaba determinado a no volver jamás a los Everglades. Pero por una de esas inversiones de la lógica, en lugar de ser aclamado como un héroe, fui arrastrado inmediatamente ante una corte marcial bajo la acusación de pillaje. Aparentemente todas las joyas de la cruz habían sido arrancadas, y en vano protesté explicando que las piedras desvanecidas eran las que habían salvado mi vida. Finalmente fui rescatado por nuestro embajador en Washington, apelando a la inmunidad diplomática, pero mi sugerencia para que una patrulla equipada con cruces enjoyadas entrara en el bosque e intentara rescatar al sacerdote y a Charles Marquand no tuvo el menor éxito. Pese a mis protestas, fui enviado a Puerto Rico a recuperarme.

La intención de mis superiores era que me aislara por completo de todo recuerdo de mi experiencia..., quizá captaban algún pequeño pero significativo cambio en mí. Cada noche, sin embargo, el despedazado globo del satélite Eco pasa por encima de nosotros, iluminando el cielo nocturno como un plateado candelabro. Y tengo la certeza que también el sol ha comenzado su eflorescencia. En el crepúsculo, cuando su disco está velado de rojo, se puede distinguir claramente un entramado que cubre todo su globo, un gigantesco rastrillo que un día se extenderá a todos los planetas y estrellas, para inmovilizarlos en su carrera.

Sé ahora que voy a regresar a los Everglades. Como me demostró el ejemplo del valeroso cura apóstata que me dio el crucifijo, hay una suprema recompensa aguardando en el bosque helado. Allá en los Everglades, la transfiguración de todas las formas vivas e inanimadas se produce ante los ojos de uno, el regalo de la inmortalidad nos es ofrecido como una consecuencia directa del abandono que hagamos de nuestra identidad física y temporal. Por muy apóstatas que seamos en este mundo, nos convertiremos forzosamente en apóstoles del sol prismático.

Así, cuando mi convalecencia haya terminado y regrese a Washington, aprovecharé la primera oportunidad de formar parte de alguna de las misiones científicas que acudan a visitar la Florida. No me será muy difícil preparar mi huida, y cuando lo consiga regresaré a la solitaria iglesia en aquel mundo encantado, donde durante el día fantásticos pájaros vuelan a través del petrificado bosque y enjoyados cocodrilos brillan como salamandras heráldicas a la orilla de los cristalinos ríos, y donde por la noche el hombre iluminado corre entre los árboles, sus brazos como las ruedas de un carro de oro y su cabeza como una diadema espectral.




Compartir con tus amigos:
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad