Distintas posiciones teóricas acerca del concepto de normalidad



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DISTINTAS POSICIONES TEÓRICAS ACERCA DEL CONCEPTO DE NORMALIDAD.


¿Qué es un niño anormal?

Séguin utilizó en 1877 el término “niños anormales” en oposición a “niños normales”. Lo empleó con el deseo de generalizar; una sola palabra englobaba el conjunto de individuos sobre los que había hecho sus estudios: idiotas, imbéciles, cretinos y “otros retrasados.”

Pero la extensión del vocablo no se detuvo ahí: según el propio valor de la palabra, es anormal todo lo que no es normal; seguidamente el término “anormales” comprendió en primer lugar a los individuos que padecen trastornos psíquicos ..., después a los enfermos, incluyendo a los paralíticos y los que tenían deformaciones físicas, haciendo una curiosa salvedad para los ciegos y sordomudos, de quienes se ocupaba de modo especial en otra parte. Por ello la palabra “anormales” adquirió rápidamente un sentido peyorativo, la palabra “anormal” aplicada a un individuo, supondrá para el público la idea de “manicomio”.

...

La clasificación – usada todavía actualmente – en anormales físicos, anormales sensoriales, anormales de carácter y anormales de inteligencia, no ha remediado la confusión existente en la inmensa mayoría de los espíritus, y el sentido peyorativo de la palabra sigue dominando, así como su influencia sentimental. Si en los casos extremos es obligado someterse a la evidencia y aceptar la clasificación en una de las categorías de “anormales”, en todos los casos medios, y con mayor razón en los casos límite, se hace lo imposible para sustraerse a ella. Por otra parte, el extendido valor de la palabra “anormales” ha permitido curiosas agrupaciones. Se ven en ciertas “clases de anormales”, junto a niños al nivel de la imbecilidad, individuos que aspiraban al certificado de estudios primarios, y salían triunfantes. Cada año los responsables de la clase y del establecimiento se hacían cruces de estos éxitos en los exámenes. Fácil es comprender las tendenciosas interpretaciones que esto podía conducir y las falaces esperanzas que concebían los padres de los débiles mentales, quienes llegaban a suponer que, con el tiempo requerido, sus hijos obtendrían los mismos resultados que sus compañeros de clase, perfectamente normales en el aspecto intelectual, aunque considerados como “anormales” debido a los trastornos de su carácter”.1
Desde la perspectiva positivista, el concepto de normalidad fue acuñado por Comte y Durkheim, que plantean una traslación de una oposición construida para el análisis de la naturaleza al ámbito de las ciencias sociales. En la sociología del siglo XIX, el análisis de lo normal y lo patológico adquiere una posición central.

Esta traslación implica analogías organicistas y la metáfora del cuerpo social. Comte hace uso de los conceptos de normalidad y patología en el interior de un marco conceptual que supone leyes sociales análogas a las leyes que rigen el cuerpo individual.

Afirma que cualquier análisis de fenómenos patológicos debe basarse en el conocimiento de fenómenos normales; e inversamente, el estudio de lo patológico es indispensable para conocer las leyes de lo normal; pero no establece ningún tipo de criterio para decidir qué es lo que debe entenderse por normal, y se limita a igualar lo normal con lo “natural”.

Lo normal se reduce entonces a “naturaleza” o a “armonía”, y consecuentemente lo anormal a “desvío” de la naturaleza o a desarmonía. Podemos afirmar que se trata de una distinción estética y moral.

Emile Durkheim, si bien no renuncia a la metáfora organicista, ya no se refiere a la sociedad como una totalidad armónica y unificada en la que no normal es lo antinatural, sino que considera la “pluralidad” propia de las especies y de las poblaciones, en una suerte de relativismo.

Todo fenómeno sociológico – como todo fenómeno biológico – al mismo tiempo que continúa siendo esencialmente el mismo, puede revestir formas diferentes según el caso. Pero estas formas pueden clasificarse en dos clases. Unas son generales para toda la especie; las hallamos, si no en todos los individuos, por lo menos en la mayoría de ellos, y si no se repiten de manera idéntica en todos los casos es que aparecen, y varían de un sujeto a otro, en todo caso estas variaciones se ajustan a límites bastante estrechos. Otras, por el contrario, son excepcionales; no sólo aparecen únicamente en la minoría sino que allí donde se manifiestan ocurre con frecuencia que no duran toda la vida del individuo. Son una excepción tanto en el tiempo como en el espacio. Por lo tanto estamos frente a dos variedades diferenciadas de fenómenos, y es necesario designarlas con distintos términos. Llamaremos normales a los hechos que exhiben las formas más generales, y asignaremos a los restantes el nombre de mórbido o patológico. Si se conviene en denominar tipo medio al ser esquemático que se constituirá reuniendo en un mismo todo, en una suerte de individualidad abstracta, los caracteres más frecuentes en la especie con sus formas más frecuentes, se podrá afirmar que el tipo normal se confunde con el tipo medio, y que todo distanciamiento respecto de este patrón de salud es un fenómeno mórbido”.



Respecto de la dificultad de determinar nítidamente el tipo medio con la misma nitidez que un tipo individual, el autor considera que “cuando sabemos distinguir unas de otras las especies sociales, siempre es posible descubrir cuál es la forma más general de un fenómeno en una especie dada”.2
Es posible calificar de patológico un hecho sólo en relación con una especie dada, pero no es posible definir en abstracto y de manera absoluta las condiciones de la salud y de la enfermedad. Así como cada especie tiene su propia salud ese principio es aplicable a la sociología. Es necesario no juzgar una institución, una práctica o una máxima moral como si fuesen malas o buenas en y por sí mismas, para todos los tipos sociales indistintamente.

Además de variar las normas de salud para un individuo salvaje y otro civilizado, también se producen variaciones que se manifiestan regularmente en todas las especies, y están referidas a la edad.

Por lo tanto no puede afirmarse que un hecho es normal para una especie social dada sino en relación con una fase de su desarrollo; por consiguiente, para saber si tiene derecho a esta denominación, no basta observar en qué forma se presenta en la generalidad de las sociedades que pertenecen a esta especie, sino que además debe tomarse la precaución de considerar la fase correspondiente de su evolución.

La condición de generalidad caracteriza exteriormente a todos los fenómenos, y se establece mediante la observación. Una vez establecida, es necesario intentar su explicación.

Luego, si se quiere calificar de normal un hecho, es necesario comprobar que es útil o necesario relacionándolo con el tipo normal.

Las reglas formuladas son las siguientes:

1. “Un hecho es normal para un tipo social determinado, considerado en una fase determinada de su desarrollo, cuando se manifiesta en la medida de las sociedades de esta especie, consideradas en la fase correspondiente de su evolución.

2. Es posible verificar los resultados del método anterior, demostrando que la generalidad del fenómeno se ajusta a las condiciones generales de la vida colectiva en el tipo social determinado.

3. Esta verificación es necesaria, cuando este hecho se relaciona con una especie social que aún no ha cumplido su evolución integral”.3

En la perspectiva de Durkheim, lo normal adquiere entonces dos caras, una que refiere a la normalidad como la media estadística, como tipología; y la otra refiere a lo normal como valor social, que lo transforma en una meta u objetivo a ser alcanzado.

Lo normal posee así un carácter doble, es al mismo tiempo tipo y valor, y es ese carácter el que le confiere la capacidad de ser “normativo”, de ser la expresión de exigencias colectivas. Desde el momento en que lo normal es afirmado como un valor, la polaridad emerge casi de modo necesario; pues si algo es querido como un valor su contrario será rechazado como un disvalor. Cada uno parece precisar del otro para poder afirmarse. La patología precisa de lo normal en relación al cual se afirma como desvío, pero lo normal precisa de la existencia de su otro para afirmarse como un valor que merece ser perseguido.

En tanto tipología, la norma biológica se construye a partir de una regularidad funcional, la normalidad es una construcción estadística en la que lo normal se opone entonces a lo patológico y lo mórbido, lo desorganizado y el disfuncionamiento. Una de las definiciones más difundidas considera al sujeto sano como sujeto normal.

Más allá de aquella más difundida, existen otras acepciones del término, que varían según el contexto en que es utilizado. En el cuadro siguiente (elaborado por docentes de la carrera de Bioquímica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Misiones) se recuperan distintas acepciones de uso corriente.

Clasificación de acuerdo con los aspectos prácticos

NOCION


  1. Probabilística

a) Población total

b) Individuos sanos




  1. Más representativa en su clase




  1. Cómunmente más observable en su clase



  1. La más apta para la supervivencia




  1. Que no causa daños ni implica castigos




  1. A lo que se aspira en general




  1. Más perfecto en su clase



  1. Que engloba a los individuos que pueden ser atendidos



  1. Efecto más provechoso que nocivo




  1. Ausencia de signos externos raros



  1. Idem anterior, pero percibidos por uno mismo



  1. Ausencia de signos inaceptables para el prójimo



DONDE SE USA


Estadística


Ciencias descriptivas (demografía)


Ciencias descriptivas

(bioquímica)

Genética

Medicina clínica

Política, sociología

Matemática, estética, moral


Sociología, política, economía, administración


Terapéutica, Organización de salud


Diagnóstico profesional

Anamnesis

Vida comunitaria

TÉRMINO PREFERIDO


Curva Normal


Promedio, modal

Habitual

Óptimo, más apto

Inofensivo, no nocivo

Convencional

Ideal

Aceptable

Máximo efecto

Sano

Saludable

Admisible




Desde un punto de vista estadístico puro, un valor puede se normal por la ubicación que tiene dentro de un intervalo, donde están la mayoría de las observaciones realizadas. Se define un intervalo que comprende, por ejemplo al 95% de las personas de ese universo, y se establecen los umbrales de normalidad.

Esto nos conduce al siguiente punto: la normalidad puede variar según las condiciones de vida y desarrollo de los individuos. Cuando una población vive en condiciones adecuadas los valores pueden ser considerados óptimos, típicos o ideales, en ausencia de factores nocivos para la magnitud clínica analizada. Se tratará de valores normales en condiciones de vida normales.

Cuando una población está expuesta a factores ambientales, sanitarios y alimenticios inadecuados, mostrará valores típicos que pueden llegar a diferir bastante de aquellos obtenidos entre los que poseen mejores condiciones de vida.

Para estos casos, la normalidad se corresponde con lo ordinario o habitual, en tal tipo de poblaciones. Entonces, una minoría de la población considerada como ordinaria está sana en realidad.

Finalmente, se puede considerar que un valor es normal cuando forma parte de la proporción de observaciones aceptables para toda la comunidad desde un punto de vista individual, social y económico, habida cuenta de las posibilidades terapéuticas o de otro tipo disponibles.

Existe diferencia del concepto de anormalidad como enfermedad (mediado por lo singular, límite impreciso de la salud y la enfermedad) a la normalidad como desviación social o patología social (no mediada por lo singular, sino evaluada externamente por la desviación respecto de la norma social).

Para algunos fenómenos, el patrón de juicio es exclusivamente biológico (eje: presión arterial), en cambio otros fenómenos son evaluados como normales o anormales según el oficio, la cultura, el ingreso, las posibilidades terapéuticas y la sociedad transforma estas evaluaciones en motivo de exclusión o de condena. Más adelante volveremos sobre estos mecanismos.

Así, y claramente teñido de la marca positivista, la anormalidad biológica se entrelaza con una anormalidad social, una evaluación estética o moral de las conductas, basada en juicios y prejuicios que cambian según la época y la extracción de clase. Cuanto más pobres y excluidos son los sujetos mayor es la probabilidad de que se los defina como “desviados” de la norma social.

Por ejemplo cuando en el siglo XIX, entre los braceros del Valle del Pó aparece la pelagra como enfermedad masiva, se afirmó que “ese como otros males que manifiestan una profunda transformación de la forma y de la composición del organismo, engendrándola, es desgraciadamente hereditaria, transmitiéndola tanto el padre como la madre, por generación alternada, de uno a otro antepasado”4. Esta explicación se construyó para explicar la internación de los peligrosos en los manicomios: se consideró a los braceros como anormales, tarados por constitución, excluyendo ex profeso de la explicación la modificación de la dieta variada con que se alimentaban y la sustitución casi exclusiva por maíz.

También se presenta una mezcla de diagnósticos médicos y juicios morales en el análisis de lo que se consideraban herencias morbosas, por ejemplo, en la descendencia descripta por César Lombroso de la familia de un alcoholista. Una crítica exhaustiva de esta perspectiva será desarrollada luego por Michel Foucault.




La normalidad, en esta perspectiva se constituye en un valor al que debe adherir el conjunto social, pero la norma que le otorga contenido a ese valor, la norma de la que no deben apartarse los sujetos expresa únicamente las aspiraciones de los grupos dominantes en cada sociedad. La normalidad es definida con un criterio moral, se construye un prototipo del individuo deseable.

Podríamos tomar muchos ejemplos, pero pensemos en el mandato social de volver a la normalidad a los discapacitados no hay lugar para la decisión personal. Deben aceptarse todos los avances científicos y las prácticas profesionales, más allá de lo cruentas que puedan ser, como una definición externa al sujeto y a su familia.

Veamos un ejemplo de la consideración de los discapacitados como anormales, y su consideración como amenaza social, extraído de un texto de Luis Borruat, escrito en 1917:


... No dudamos que a través de estas líneas se ha descubierto que damos principal importancia al niño débil, es decir al asténico o psico – somático insuficiente. En verdad que nuestro propósito ha sido ese.

Hablar del niño débil importa preocuparse del anormal cuyo aumento constituye una amenaza para nuestra propia estabilidad social, y por otra parte el de restauración o reeducación posible en su totalidad.

Este interés se explica sin mayor esfuerzo. El niño débil es producto del medio; las menos de las veces de la herencia; mientras que el frenasténico, fruto de ésta, tarado desde su gestación, no siempre es restaurable por completo como en el caso anterior.

...

Ahora preguntamos: esos cien mil niños débiles, futuros enfermos, futuros factores negativos para el desenvolvimiento económico del país, verdadera carga para el hogar y la sociedad ¿demandarán exceso de recursos para volverlos a la vida normal?”5

La estigmatización de los anormales.


Goffman plantea que el término ESTIGMA refiere a los signos corporales con los cuales se intenta exhibir algo malo y poco habitual en el status moral de quien los presenta, y que como tal fue definido por los griegos. Los signos consistían en cortes o quemaduras en el cuerpo y advertían que el portador era un esclavo, un criminal o un traidor.

El autor plantea que la “sociedad establece los medios para categorizar a las personas y el complemento de atributos que se perciben como corrientes y naturales en los miembros de esas categorías. El intercambio social rutinario en medios preestablecidos nos permite tratar con “otros” previstos, sin necesidad de dedicarles una atención o reflexión especial”6. Cuando nos encontramos con un extraño, solemos anticipar en qué categoría se halla de acuerdo a la clasificación de los atributos visibles. Estas anticipaciones se transforman luego en expectativas normativas, en demandas rigurosamente presentadas.

Cuando el extraño posee un atributo que lo vuelve diferente a los demás dentro de la categoría en la que lo hemos ubicado, se convierte en alguien menos apetecible. Esta descrédito no proviene de cualquier diferencia, sino de aquellas que no se ajustan al estereotipo acerca de cómo debe ser una determinada especie de individuos.

Producimos lo que es posible denominar una reducción metonímica del “desviado” a su estigma, con el consiguiente efecto de descrédito, ya que se lo llama falla, defecto o desventaja.

Reducción metonímica que implica tomar la parte por el todo, y pensar a ese otro sólo como su estigma, por lo que queda reducido a una categoría no humana.

En la actualidad, sostiene, se pueden identificar tres tipos de estigma: las abominaciones del cuerpo (las distintas deformidades físicas), los defectos de carácter (la falta de voluntad, las pasiones antinaturales etc.), y los estigmas tribales (raciales o religiosos).

Esta “indeseable diferencia” permite establecer el límite entre lo normal y lo anormal, y presupone la construcción de una “teoría del estigma”, que no es más que un argumento ideológico para explicar su inferioridad y dar cuenta del peligro que representa esa persona. Se utilizan así denominaciones de la discapacidad como insulto: mogólico, idiota, imbécil.

Goffman se posiciona en una perspectiva funcionalista, y desde esa posición teórica es que realiza todo un desarrollo sobre las expectativas de rol para el estigmatizado; por ejemplo al pensar en la “aceptación” que los normales tengan del estigmatizado prevé que éste puede intentar corregir directamente el fundamento de su deficiencia – por ejemplo realizando una cirugía -; también puede hacerlo indirectamente dedicando un enorme esfuerzo personal al manejo de áreas de actividad que por razones físicas o incidentales se consideran inaccesibles para quien posea su defecto (por ejemplo la práctica de deportes). Finalmente, plantea como probable que el sujeto estigmatizado utilice su estigma para obtener “beneficios secundarios” como una excusa.

Si bien no acordamos con esta perspectiva teórica, no podemos dejar de reconocer que estamos marcados por el funcionalismo, que se constituye en un rasgo importante de nuestra matriz de pensamiento, por lo tanto, el análisis crítico del planteo de Goffman nos permite remirar-nos en nuestra relación con aquellos sujetos que tienen algún atributo que nos resulta “indeseable” y lo aparta de la norma social.

Foucault: una arqueología de la anormalidad


Foucault propone una arqueología de la anomalía, analizando cómo se constituye como un dominio específico, a partir de tres elementos específicos que se conforman como tres figuras “o tres círculos dentro de los cuales, poco a poco, va a plantearse el problema de la anomalía”: el monstruo humano, el individuo a corregir y el onanista.
El monstruo humano. El marco de referencia para la existencia del monstruo es la ley: la ley jurídica y la ley de la naturaleza; y su campo de aparición es un punto de intersección entre lo jurídico y lo biológico.

Lo que hace que un monstruo humano sea un monstruo no es únicamente la excepción con respecto a la forma de la especie, es el trastorno que acarrea las regularidades jurídicas. El monstruo humano combina lo imposible y lo prohibido, y aparece como un fenómeno a la vez extremo y extremadamente raro, de un individuo que es a la vez a medias hombre y a medias bestia (mixtura dos especies), de las individualidades dobles -los siameses- (mixtura de vida y muerte, que no puede vivir, pero que sin embargo sobrevive minutos o días), y de los hermafroditas (mixtura de dos sexos).

Sin embargo, el monstruo no es asimilable al deforme, al lisiado, al defectuoso. “La lisiadura es sin duda algo que también trastorna el orden natural, pero no es una monstruosidad, porque tiene su lugar en el derecho –civil y canónico-. Por más que el lisiado no se ajuste a la naturaleza, en cierta forma está previsto por el derecho. En cambio la monstruosidad es una irregularidad natural tan extrema que cuando aparece, pone en cuestión el derecho, que no logra funcionar”.7

El monstruo aparece como un individuo peligroso, porque contradice la ley, es la infracción llevada a su punto máximo pero a la vez no suscita de la ley una respuesta legal, sino la violencia, una “voluntad lisa y llana de supresión, o bien los cuidados médicos o la piedad” .

Es la forma natural de la contra - naturaleza, “es el modelo en aumento, la forma desplegada por los juegos de la naturaleza misma en todas las pequeñas irregularidades posibles; en ese sentido, podemos decir que el monstruo es el gran modelo de todas las pequeñas diferencias. Es el principio de inteligibilidad de todas las formas de la anomalía. Buscar cuál es el fondo de monstruosidad que hay detrás de las pequeñas anomalías, las pequeñas desviaciones, las pequeñas irregularidades: ese es el problema que vamos a encontrar a lo largo de todo el siglo XIX”8. Este análisis de la anomalía genera un principio de explicación que remite a sí mismo: el monstruo está detrás de todos los “monstruos cotidianos” que son los anormales.

El pasaje de la monstruosidad a la anormalidad se produce mediado por la psiquiatría, que ve abierto ante sí todo un ámbito de control, de análisis e intervención: el campo de lo anormal.

Veamos entonces, desde otra perspectiva, el análisis de Lombroso de la descendencia del alcoholista, pretendiendo encontrar el fondo de monstruosidad que tiñe tanto a éste como a toda su familia. El anormal es esto, un monstruo cotidiano, investido de peligro. La pregunta es entonces, a los peritos acerca de la condición de peligrosidad de este individuo monstruoso. Es esta una pregunta que “contradice un derecho penal fundado en la exclusiva condena de los actos y postula una pertenencia de naturaleza entre enfermedad e infracción”9.

En el siglo XVII y XVIII el monstruo siempre conllevaba un indicio de criminalidad, real o virtualmente, siempre se refería a una criminalidad posible. Luego, a partir del siglo XIX, la relación se invierte, y se plantea una sospecha sistemática de monstruosidad en el fondo de toda criminalidad; una patologización del crimen.

En el siglo XVIII el monstruo adopta dos figuras fundamentales: el incestuoso –el rey incestuoso- y el antropófago –el pueblo caníbal -. En los primeros años de la psiquiatría criminal, el loco criminal aparece ante todo como monstruo, es decir como naturaleza contra natura. El pasaje de la monstruosidad a la anormalidad se produce conjuntamente con un pasaje de la psiquiatría abocada al estudio de los grandes monstruos, a otra abocada al estudio de problemas pequeños, menos visibles (malos hábitos, pequeñas perversidades), pasando por el estudio de los monstruos morales y políticos.

La psiquiatría estudiará entonces todos los desórdenes posibles de la conducta, y por lo tanto pueden psiquiatrizarse todos los desórdenes, indisciplinas, agitación, indocilidad, carácter reacio, falta de afecto, etc.. Esa fragmentación sintomatológica conduce, a la vez, a un anclaje de todas las conductas en la medicina a través de la neurología.

Al organizar ese campo, fenomenológicamente abierto, pero científicamente modelado, la psiquiatría va a poner en contacto dos cosas. Por un lado introducirá efectivamente, en toda la superficie del campo que recorre, esa cosa que hasta aquí le es en parte ajena, la norma, entendida como regla de conducta, como ley informal, como principio de conformidad; la norma a la que se oponen la irregularidad, el desorden, la extravagancia, la excentricidad, el desnivel, la distancia. Esto es lo que introduce por su fragmentación del campo sintomatológico. Pero su anclaje en la medicina orgánica o funcional, por intermedio de la neurología, le permite también atraer la norma entendida en un nuevo sentido: como regularidad funcional, como principio de funcionamiento adaptado y ajustado; lo normal al que se opondrá lo patológico, lo mórbido, lo desorganizado, el disfuncionamiento. Tenemos ... ajuste y redescubrimiento parcial, teóricamente aún difícil de pensar, de dos usos, dos realidades de la norma: la norma como regla de conducta y como regularidad funcional; la norma que se opone a la irregularidad y el desorden y la norma que se opone a lo patológico y lo mórbido. De esta manera podrán comprender cómo pudo producirse esa inversión de la que les hablaba.

...

El trastorno de la naturaleza ya no va a perturbar y poner en cuestión el juego de la ley, simplemente en la figura excepcional del monstruo ... La psiquiatría tendrá que vérselas con algo que por una parte, gozará de un status de irregularidad con respecto a una norma y, al mismo tiempo, deberá tener status de disfuncionamiento patológico con respecto a lo normal. Se constituye un campo mixto en donde se entrelazan, en una trama que es absolutamente apretada, las perturbaciones del orden y los trastornos del funcionamiento.

...

Entre la descripción de las normas y reglas sociales, y el análisis médico de las anomalías, la psiquitría será en esencia, la ciencia y la técnica de los anormales, de los individuos anormales y de las conductas anormales”.10

El individuo a corregir. A pesar de haber enunciado su importancia en la constitución de la categoría de anormales, que Foucault no construye una genealogía de este personaje, que se resiste a todas las disciplinas.

La aparición del incorregible es contemporánea a la introducción de las técnicas de disciplina ya sea en el ejército como en las escuelas, los talleres y más tarde en las familias mismas. Por lo tanto, este es un individuo muy específico de la edad clásica (siglos XVII y XVIII).

Su marco de referencia es mucho menos vasto que el del monstruo. El marco de referencia de éste eran la naturaleza y la sociedad, el conjunto de las leyes del mundo; en el caso del incorregible, el marco de referencia es la familia, en el ejercicio interno de su poder o en la gestión de su economía; o la familia en su relación con las instituciones que la apoyan. El individuo a corregir aparece en el juego que hay entre la familia y la escuela, el taller, el barrio, la policía, la parroquia. Por lo tanto, aparece con una frecuencia mucho mayor que el monstruo, es un fenómeno corriente, un desviado que está siempre próximo a la regla . Paradojalmente es regular en su irregularidad.

El niño indócil, registra su aparición como un individuo inasimilable al sistema normativo de la educación. Pero la evidencia de su desviación es tan familiar, que no hay que dar pruebas de ella; pero en tanto no haya que dar pruebas, tampoco se podrá probar su incorregibilidad.

El incorregible se presenta como tal, en la medida en que fracasaron todos los procedimientos y las técnicas de domesticación mediante los cuales se intentó corregirlo. Y sin embargo, en la medida que es incorregible exige que se desplieguen sobre él una serie de intervenciones específicas, de sobre-intervenciones con respecto a las técnicas conocidas de domesticación y corrección. Se desarrolla así toda una tecnología de recuperación, de sobre-corrección. Se esboza así un eje de la corregible incorregibilidad donde más adelante vamos a encontrar al individuo anormal; y que sirve de soporte a todas las instituciones específicas para anormales que se desarrollarán en el siglo XIX.

Los nuevos procedimientos de domesticación del cuerpo, del comportamiento y de las aptitudes naturales inauguran el problema de quienes escapan a esa normatividad, e intentan su enderazamiento. Pueden ser denominados como métodos positivos de rectificación. Es el nacimiento del Gran Encierro, que “excluye de hecho y funciona al margen de las leyes, pero se atribuye como justificación de la necesidad de corregir, mejorar, llevar al arrepentimiento, provocar la vuelta a los buenos sentimientos. A partir de esta forma confusa pero históricamente decisiva, hay que estudiar la aparición en fechas históricas definidas de las diferentes instituciones de rectificación y de las categorías de individuos a las que se dirigen. Nacimiento técnico institucionales de la ceguera, la sordomudez, los imbéciles, los retardaddos, los nerviosos, los desequilibrados”11

El onanista. El campo de la anomalía se ve atravesado casi desde el principio por el problema de la sexualidad, constituyendo un ámbito específico: el de la anomalía sexual.

La psiquiatría pasó de un análisis de la enfermedad mental como delirio al análisis de la anomalía como trastorno del instinto en siglo XIX, pero ya desde el siglo XVII se preparaba un molde distinto, que tiene su origen en la carne cristiana; como carne de concupiscencia; que, recodificada, va a dar origen a un nuevo modelo: el de la convulsión, como prototipo de la locura.

La convulsión había surgido a partir del reemplazo de la figura de la bruja por el de la poseída (que ya no pactaba con el diablo, sino que éste se instalaba en su cuerpo contra su voluntad y en él se desarrollaba una constante lucha por su expulsión); y ahora viene a dar forma a la histeroepilepsia.

La historia de los crímenes monstruosos y de la confesión cristiana confluyen en el análisis psiquiátrico de las convulsiones histeroepilépticas; y la convulsión es transferida del poder y el ámbito de lo religioso al poder y el ámbito de lo médico.

Finalmente, el poder eclesiástico para frenar definitivamente todos los problemas de la posesión y las convulsiones, buscó apoyo en los sistemas disciplinarios y educativos, que diseñaron aparatos disciplinarios de control de los cuerpos, relevándolos minuciosamente y volviendo a ubicarlos en espacios meticulosamente analíticos, que permiten observar la sexualidad en su desenvolvimiento puntual y real. “Así, pues, se trata del cuerpo, de la noche, del aseo, de la ropa de noche, de la cama. Había que reencontrar precisamente entre las sábanas los mecanismos de origen de los trastornos de la carne”12

En el foco de esos trastornos se encuentra el cuerpo vigilado del adolescentes, el cuerpo del masturbador; que genera la evolución del control de la sexualidad en los establecimientos de formación escolar cristiana, fundamentalmente católicos. En ellos se introducen a la vez una regla se silencio y discreción; y un diseño del espacio, una disposición de los lugares y las cosas que reemplazan el discurso indiscreto de la carne que implicaba la dirección de conciencia y la confesión, designando los peligros del cuerpo de placer.

Surge entonces, en el siglo XVIII el discurso de la masturbación, en el intermedio del discurso de la carne y la patología sexual, sobre el que se monta toda una campaña que tiende a impedir que los niños y los adolescentes se masturben.

Lo central de esta campaña no son los temas que aborda sino sus tácticas. Y lo primero que aparece es que el énfasis no está puesto en la moral y la culpa, sino en las consecuencias de patologización que implica la masturbación. A los masturbadores les espera una vida plagada de enfermedades y sufrimiento.

También, dentro de la literatura médica, la masturbación aparece como causa de todas las enfermedades posibles: desde la meningitis y la encefalitis, a las afecciones de la médula espinal, las enfermedades óseas, las enfermedades oculares, las del corazón, la tisis y la tuberculosis; y finalmente, como origen de la locura.

Por último, merece destacarse que los médicos de la época generaron una suerte de “verdadero delirio hipocondríaco, mediante el cual procuraban conseguir que los enfermos mismos asociaran todos los síntomas que experimentaban a esta falta primera y fundamental que será la masturbación”13

Esta se instala, entonces, por obra de los médicos, como una especie de etiología general y difusa, que permite relacionar con ella a todo el campo de lo patológico, hasta la muerte; y explicar todo lo que de lo contrario no es explicable.

El enfermo es responsable, por su conducta infantil, de su propia enfermedad. Pero la responsabilidad de masturbación no está puesta en los niños, sino en los adultos que los cuidan –en especial las nodrizas y criados–; lo que pone en cuestión a los padres y su relación con los hijos en el espacio familiar.

Lo que se requiere entonces es una nueva organización, una nueva física del espacio familiar, que elimine los intermediarios o que los vigile cuidadosamente. El espacio de la familia debe ser un espacio de vigilancia continua, y el cuerpo del niño objeto permanente de atención de los padres.

De lo que se trata es de constituir un nuevo cuerpo familiar, que reemplace a la familia aristocrática y burguesa del siglo XVIII, con sus características de red ampliada de relaciones, por la familia célula, sólida y solidaria, corporal y afectiva, que se desarrolla a expensas de aquella y que es la base de la familia moderna.; que a la vez que sustancial y afectiva es una familia medicalizada (“los padres modelan formas, criterios, intervenciones y decisiones de acuerdo a unas razones y un saber médico: como sus hijos van a enfermarse es preciso vigilarlos”14); en la que el padre y la madre son agentes de salud.

“Un engranaje médico familiar organiza un campo a ala vez ético y patológico, en que las conductas sexuales se dan como objeto de control coerción, examen, juicio, intervención, normalización. Es esa familia, a la que se dio todo el poder inmediato y sin intermediarios sobre el cuerpo del niño, pero a la que se controla desde afuera mediante el saber y la técnica médicos, la que pone de manifiesto, la que ahora, a partir de las primeras décadas del siglo XIX, va a poder poner de manifiesto lo normal y lo anormal en el orden de lo sexual. La familia va a ser el principio de determinación, de discriminación de la sexualidad, y también el principio de enderezamiento de lo anormal”15.



Consecuencias:


construcción de una teoría general de la degeneración que sirve de marco teórico de justificación social y moral a todas las técnicas de señalamiento, clasificación e intervención referidas a los anormales.

Se constituye una nosografía, que tiene, esquemáticamente, tres carácterísticas:



  1. organiza y describe síndromes de anomalías que “valen por sí mismos”, consolida a todas las excentricidades como síntomas especificados, autónomos y reconocibles, pero como síntomas de enfermedades, sino precisamente como síndromes (“una configuración parcial y estable que se refiere a un estado general de anomalía)

  2. se produce un retorno del delirio, se reevalúa el problema del delirio, a partir de lo cual se reconvierte a lo anormal en enfermedad en tanto se pueden reconocer las trazas del delirio en los comportamientos anormales, que se vinculan análisis de los juegos del instinto y del placer.

  3. Aparece la noción de estado, que no es exactamente una enfermedad, sino una especie de fondo causal permanente a partir del cual pueden desencadenarse una serie de procesos y episodios que serán la enfermedad. “El estado es el basamento anormal a partir del cual se tornan posibles las enfermedades”.16

Este estado no se encuentra en los individuos normales, sino que es el elemento a partir del cual se establecen las discriminaciones: quien es portador de un estado es un individuo anormal, y éste una fecundidad etiológica total y absoluta, todo lo que puede ser patológico o desviado, en el comportamiento o en el cuerpo, puede producirse a partir de un estado.

ordenamiento de una red institucional compleja, en los límites de la medicina y la justicia, que sirve a la vez de estructura de recepción para los anormales y de instrumento de defensa de la sociedad. “Esta aparición, esta emergencia de las técnicas de normalización, con los poderes ligados a ellas ... no son meramente el efecto del encuentro, de la armonización, de la conexión entre el saber médico y el poder judicial, sino que, de hecho, a través de toda la sociedad moderna, cierto tipo de poder - ni médico, ni judicial, sino otro – logró colonizar y reprimir el saber médico y el poder judicial ... un tipo de poder que tiene su autonomía y sus reglas. Este surgimiento del poder de normalización, la manera en que se formó e instaló, sin buscar jamás apoyo en una sola institución, sino gracias al juego que consiguió establecer entre diferentes instituciones, extendió su soberanía en nuestra sociedad”17

movimiento acerca del problema de la sexualidad infantil, como principio de explicación de todas las anomalías a partir del siglo XX. Ya no se trata del monstruo de aparición excepcional sino de la universalidad de las pequeñas anomalías de todos los días.

La acción social frente a la anormalidad. El Control Social.


El concepto puede aplicarse a toda actividad que tienda a regular la interacción humana. El control social puede asumir la forma de cooperación, de conflicto o de intentos para superar el conflicto. Suele expresarse que el control social que puede ser ejercitado a través de promociones de identidades de propósito entre aquellos involucrados en la interacción, tanto a través del desarrollo de sistemas normativos comunes como a través de la creación de restricciones y posibilidades a través de la distribución de recompensas e imposiciones de castigo.

La mayor carga de control social recae en otros sistemas, mecanismos y procesos que se encuentran fuera de los legales –familia, trabajo, educación-



Estela Grassi plantea que en relación con el control social que se trata de “todas las formas de dirección de la vida de los pobres, con vistas a disminuir el costo social de su reproducción y a evitar los conflictos sociales derivados de la explotación económica, tendientes a garantizar las relaciones sociales de producción.

1 PRUDHOMMEDAU, M. “Educación de la infancia anormal”. Editorial Luis Miracle. Barcelona. 1961.

2 DURKHEIM, Emile. “Las reglas del método sociológico”. Amorrortu Editores.

3 DURKHEIM, Emile. Op. Cit.

4 BERLINGUER, Giovanni. “La enfermedad. Sufrimiento. Diferencia. Peligro. Señal. Estímulo”. Lugar Editorial. Buenos Aires. 1994.

5 BORRUAT, Luis. “La educación de la infancia anormal”. Ponencia presentada en el Primer Congreso Americano del Niño, reunido en Bs. As. El 9 de julio de 1916. Editado por Salatín Hnos. Santa Fe. 1917.

6 GOFFMAN, Irving. “Estigma. La identidad deteriorada”. Amorrortu Editores. Buenos Aires.1995.

7 FOUCAULT, Michel. “Los anormales”. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2000.

8 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

9 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

10 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

11 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

12 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

13 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

14 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

15 FOUCAULT, Michel. Op. Cit.

16 FOUCAULT, Michel. Op.Cit.

17 FOUCAULT, Michel. Op.Cit.



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