Diseño ¿Por qué? André Ricard



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«le un modo inequívoco v concreto, como solo puede hacerlo la acción que ese objeto realiza.

Otros objetos, en cambio, aun siendo algunos tan remotos v básicos como los anteriores, no han ge­nerado su propio verbo derivado: cuchara, cuenco, lampara, silla, plato, llave, libro, etc. ¿Por qué existe -acuchillar» v no «acucharar»? ¿Por qué se dice abotonar» v no puede decirse «llavear»? ¿Por qué es correcto decir «embotellar» para llenar una botella y i ti i ambio no lo es «omplatar» para llenar un plato?

Vemos también cómo ciertos objetos son de­signados con el nombre propio del materia) con que están hechos, solo anteponiendo el articulo indeter­minado un/una. reservando el artículo'determinado el/la para el propio material en si: un papel, una pluma, un vidrio, una tiza, un corcho, etc.

lambien son significativas aquellas denomi- 1 naciones, generalmente de enseres contenedores, que j solo s«-* refieren al tipo de producto que manejan, sin i especificar la función que ejercen: aceitera, azuca-rero, fichero, salero, huevera, lechera, pecera, ceni­cero, etc., y también aquellos que hablan del lugar de uso: pedal, dedal, delantal, etc. Otros, en cambio, describen clara y llanamente la función que van a cumplir: sacapuntas, pararrayos, cerradura, porta­lámparas, escurridor, exprimidor, reclinatorio, incu­badora, paracaídas, lavadora, en Otros usan de neologismos cultos: automovil, telefono, oscilógrafo, periscopio, podometro, tei efe ri co, etc.

De todas estas denominaciones, aquellas que no se refieren a una determinada forma consolidada en ese preciso nombre, sino que hablan de una fun­ción genérica, permiten amparar, por su propia aper­tura semántica, a toda una suerte de variantes, tanto formales como estructurales, con la única exigencia de que el objeto que designan cumpla la función des­crita en la denominación, Por el contrario, cuando decimos «hacha», «vaso» o «cuchillo», todos recons­truimos en nuestra imaginación un mismo tipo de objeto dentro de un margen muy limitado de varia­ción formal.

Todo ello suscita muchas cuestiones que 110 han hallado aun respuesta y el tema sigue asi abierto a las mas imaginativas hipótesis que pretendan escla­recer la coherencia de esta selectividad denominativa.
III. Evolución de lo antropógeno

Cada pntgreso depara una nueva esperanza, suspen­dida a la vtducton de una nuex’a dificultad El expe­diente ia>tui'i \e nena

Ciando Lrvi-Sirauu»


Ese paralelismo que hemos observado entre el proceso evolutivo de la vida en la Tierra y la evolu­ción de las cosas que el hombre ha ido creando, no se vislumbra siempre en las formas, las materias o las funciones de las sucesivas criaturas de ambos mundos —biológico y antropógeno—, pero se advierte clara­mente en el propio proceder de esas evoluciones: en sus métodos y sistemas básicos.

Identidad en los modos y similitud en los me­dios. Si en las criaturas biológicas las alternativas novadoras surgen por mutación accidental, en las co­sas antropógenas es la voluntad inspirada del hombre que las suscita. En ambos casos las alternativas rete­nidas son espontánea y naturalmente seleccionadas por el contexto: en lo biológico, según su aptitud para sobrevivir, en lo antropógeno: para servir.

Las cosas de factura humana, como entes inorgánicas, no poseen esa capacidad de autorrepro- ducción que constituye la esencia misma de lo vivo. Además, en lo vivo, existe un proceso de acabado y puesta a punto fuera del claustro progenitor. En cierta manera puede decirse que el proceso creativo de lo orgánico se prolonga más allá de su propio na­cimiento: el ser vivo no alcanza su culminación hasta la madurez. El propio organismo participa en su mismo perfeccionamiento. «Vivir es nacer lenta­mente» (Antoine de Saint-Exupéry).21 Lo antropó- geno, en cambio, es inmutable y sólo dispone de las características que se le confirieron al crearlo. Las co­sas tienen la configuración y las prestaciones con que las ha dotado quien las concibió v alcanzan su estado Idefinitivo en el momento en que se culmina su elabo­ración material: en su «nacimiento». En ese instante, lo que hasta entonces era un concepto fluido y modi- ficable, cuaja en una determinada forma que ya no podrá alterarse, en nada podrá variarse el destino que se le asignó.

Al hombre le corresponde la revisión perma­nente del modo de ser de las cosas que configuran su entorno. Estas han de aportar siempre soluciones in­novadoras y congruentes, aquellas que lo antropó- geno precisa para proseguir su evolución. Una evolu­ción que a veces resulta imperceptible, pues no se cambia a un tiempo todo el parque de cosas existen­tes v, a menudo, los cambios que se aportan son muv sutiles en apariencia, si bien trascendentes en su fondo. Las cosas van cambiando continuamente y ha­cen que, a su vez, cambie el modo de convivir con ellas: nuevos usos para nuevas costumbres. Y es que, por ínfima que sea una innovación oportuna en un objeto de uso cotidiano, esta variante acaba indefec­tiblemente por afectar a la forma de vivir de quien lo usa. Por ejemplo, el dotar a los cubiertos de un agu­jero en el extremo del mango, sin otros cambios, pa­rece muv poca cosa, cuando sin embargo esa leve modificación posibilita un importante cambio en la manera de usar la cuberteria. Esta, entonces, puede salir de su oculto «aparcamiento» en un cajón y apa­recer en el paisaje doméstico cotidiano, al alcance de la mano, siempre disponible.

Asi van evolucionando, poco a poco, todo el cúmulo de objetos que conforman nuestro entorno: sin estridencias; sin demagogias, pero con eficacia. La evolución es así, discreta y ponderada. Cada nuevo objeto es el resultado de una realidad anterior a la que supera, de tal suerte que cada objeto encierra en si mismo la historia de su propio pasado. Las cosas que constituyen nuestro equipamiento objetual son el resultado de un largo proceso evolutivo que podría­mos recorrer a la inversa. Así, por derroteros a veces muy abigarrados, llegaríamos hasta las primeras he­rramientas neolíticas. La evolución de los objetos es también una cadena que se forja eslabón a eslabón: sin hiatus que crearía una pérdida de conexión entre el ayer y el mañana. Es como si toda evolución futura va estuviera contenida, como una promesa, en esos toscos útiles: el filo en el pedernal, los recipientes en el cuenco, toda la mecánica en la elemental palanca.

Es posible imaginar un vasto árbol genealó­gico de las cosas que, por entrecruzados linajes que le aportaron riqueza y variedad, englobara a todo el ar­senal de objetos que miles de generaciones humanas han ido incorporando a la cultura. La realidad obje­tual que nos rodea encierra un «banco de datos» en que se recogen las aportaciones del pasado, en que sólo perduran aquellas alternativas que. en su coti­diano enfrentamiento con la práctica del uso, han lo­grado demostrar su insuperable eficacia.

La evolución de las técnicas y de los compor­tamientos, incluso en la Sociedad Industrial, no puede romper nunca esta suerte de continuidad. Los primeros automóviles fueron construidos a semejanza de los anteriores carruajes, el hormigón se utilizcTen t

un principio para imitar la viga de madera antes de *

. adquirir carácter propio. Cualquier nueva propuesta de cambio debe siempre enlazar con lo que se intuye i

ha de ser la normal evolución de ese objeto, ha de ser i

ese eslabón natural siguiente. Una propuesta alterna- i

tiva que no haya seguido esta norma no será fácil- J

mente adoptada por la colectividad. Es difícil quemar i

etapas sin tener, luego, que aguardar a que el con- j

texto, en su evolución fruto de cautas ilaciones, al­cance aquello que se le habia anticipado. La ruptura con el pasado va lográndose por una continua suce- l

sión de ínfimos cambios aparentemente continuistas. \

/ " En todo lo que la Naturaleza hace, nada hace brus- i

/ camente» (Lamarck).22

t
El cambio en las cosas y las costumbres es permanente, si bien éstas no cambian bruscamente y solo enraiza un cambio tras un largo proceso de acu­mulación observativa de aquellos pequeños hechos que difieren de lo que llamamos usual y que vamos advirtiendo y tolerando progresivamente hasta que se acomodan en la atmósfera cotidiana. A nivel no cons­ciente, el hombre destaca lo inusual de lo usual, por­que lo inusual, por su singularidad, atrae más su aten­ción. La repetición frecuente de un hecho inusual va haciéndolo habitual, por lo que va perdiendo su facul­tad de extrañarnos y poco a poco se incorpora a lo usual y asi acabamos aceptándolo. Lo inhabitual sor­prende hasta que su reiteración lo hace famjliar. Mar- cel Proust sugiere la relación entre habitual y habita­ble: c'est l'habitude que rend les lieux habitables.*3 Así. poco a poco,, se crea el ambiente propicio para que lo inhabitual sea aceptable y se consolide el cambio que esa «inhabitualidad» comporta. Parece que exista para todo lo innovador una suerte de sala de espera en que aguarde hasta* tanto deje de sorprendemos y por lo tanto deje de ser nuevo, para así penetrar en nuestras costumbres, en nuestra forma de vivir.

Difícilmente se impondrá una nueva necesi­dad si aquellos que habrían de beneficiarse no la han aceptado ya inconscientemente, si no la están en cierto modo esperando. La evolución de las costum­bres y de los usos va siendo sugerida por los propios individuos que componen el grupo social en que esta evolución se opera. Al reaccionar cotidianamente ante los impactos de la realidad de un modo en aparien­cia esperado, pero que en algo va siendo cada día distinto, la propia sociedad señala el camino de su futuro.

insisto en que la sociedad, como conjunto, es un cuerpo muy sensible y sensato, en el que todos sus individuos —y no sólo los mas perceptivos— tienen capacidad para presentir las lineas de fuerza que emergen del presente y hacen concebir la postura de acomodación necesaria para adecuarse al futuro. Llámese sentido común o instinto de conservación, la gente dicta —sin saberlo— las normas de compor­tamiento que cada momento precisa para ir com- j pensando los errores del presente v hacer posible el ' futuro.

A la larga, nada puede afianzarse en contra de esta sensata voluntad consensual de la sociedad.» Aunque, a veces, hayan modos y modas que, en la es­casa escala de nuestras vidas, nos parezcan eternas. Sólo perdura y se prolonga más allá de unas genera­ciones aquello que enfasa con ese sentir sabio colec­tivo, lo demás, durará hasta tanto el atento sistema sensor de la sociedad detecte la desviación. Las líneas de fuerza de la evolución las marca la sociedad que intuye, calladamente, y sugiere, sin decirlo, lo que ha de estimularse o enmendarse.

Las individualidades creativas, captando ese

mudo mensaje, han de posibilitar la afloración de aquellos sistemas, modos y cosas que encajen con lo que pudiera estar anhelado esa sociedad silenciosa. Hoy, como siempre, el usuario, si bien sabe distinguir lo que le es útil cuando lo usa, es sin embargo incapaz de anticiparlo. Sólo desde el prisma creativo puede el hombre «pre-ver» las próximas necesidades que la colectividad de pronto urgirá. Una atenta e inspirada lectura de la trayectoria filogenética objetual asi como una perspicaz percepción de las incomodidades que la realidad objetual oculta, permiten al creativo anticiparse a ios acontecimientos. La misión del indi­viduo, en su acepción creativa, es. precisamente, saber detectar esas tendencias y estas tensiones, «...puede esperarse del hombre que imagine, antes de que surjan, las sorpresas que este entorno le reserva. Puede esperarse soluciones originales para situacio­nes nuevas» (Henri Laborit).3 En cierto modo, quie­nes asumen la responsabilidad de decidir por otros deben actuar con un oportunismo anticipativo.

El creativo objetual ha de saber aportar, en cada momento, la respuesta instrumental justa que cada colectividad humana va a requerir. Aquellas precisas cosas que esa sociedad está en disposición de asumir y de incorporar en su modo de vida sin asalto. Aquello que el hombre podra aceptar como la próxima y esperada etapa evolutiva. «Lo mejor que. encierra lo nuevo es aquello que responde a un anti­guo deseo» (Paul Valéry).

No es posible creer que cuanto hacemos es simple fruto del azar, que nuesros actos son solo he­chos fortuitos, inconexos, sin ilación ni destino. Aun cuando no seamos conscientes de ello, nuestras accio­nes y decisiones significantes están enmarcadas v en­cauzadas en una trayectoria global que la especie va persiguiendo en su progreso. Nuestro entorno es la materia en la que cuaja esta evolución cultural, y son nuestras mentes y nuestras manos las que la activan e instrumentan. El hombre, guiado por su sentir intui­tivo v su saber reflexivo, va construyendo así su fu­turo. La cultura humana va conformando el devenir de la especie. «El hombre está condenado a inventar a cada instante al hombre (...] hay un porvenir por hacer, un porvenir virgen que aguarda» (Jean-Paul Sartre).11

Nuestro presente está siempre condicionado tanto por las realidades que nos lega nuestro pasado como por las expectativas que suscita nuestro futuro. El presente es sólo el linde entre el mundo concreto de lo ya hecho y el mundo abstracto de lo que puede hacerse. Es ese momento en el que el futuro bascula y se muda en pasado. El presente sólo es el destello que | irradia ese continuo transitar del mañana al ayer y Ique llamamos vivir.

Cuando vemos en su dimensión de pasado lo que en su día Fue futuro, es decir, cuando observamos la Historia, comprendemos que esta encierra algo mas que hechos casuales. Lo que hoy calificamos de azar, ¿no será más bien un determinismo que no sa­bemos explicar aún? Nuestro devenir posee una direc­triz. ignorada, pero existente. La huella que la especie va dejando tras de si revela una coherencia evolutiva v confirma la realidad de una trayectoria pertinente y magistral que. quizas, el propio hombre vaya tra­zando: aquel «se hace camino al andar», de Machado. Las cosas que el hombre crea, como instrumental para ese devenir, se rigen también por las normas de esa misma congruencia. Los objetos evolucionan y, en su evolución, tienden hacia algo.

Asi, es posible imaginar que la filogenia de lo artificial tiende hacia un utópico porvenir de perfec­ción, en que cada carencia y cuestión obtendrá su adecuada respuesta, dentro de un equilibrado sistema instrumental, sin fallos, en que todo se enlace, com­plete, potencie y respete: un auténtico ecosistema ar­tificial qué atienda globalmente al hombre y vele por su total v definitivo bienestar. También, claro está, podrían vaticinarse futuros menos optimistas, yo mismo conjeturaba que cabria un porvenir hipotético de las cosas artificiales, al margen del hombre, al que va no necesitarían para existirá

Lo cierto es que hoy aún nos hallamos en los inicios de una Era Secundaria de lo antropógeno, en que las cosas sólo empiezan a «cefal izarse»: en medio de un proceso evolutivo bastante caótico e inestable, como corresponde a una fase aún primitiva de la evolución filogenética de las «especies» que compo­nen nuestra fauna objetual. «Fauna» hoy muy diversa y morfológicamente distante, pero que proviene de la misma cepa: de esos guijarros tallados, de los que, por sucesivas mutaciones e hibridaciones, se han se­gregado las distintas ramas de lo antropógeno, cada una siendo un phylum que a su vez podríamos orde­nar, según las categorías sistemáticas de la Zoología distinguiendo: clases, órdenes, familias, géneros y es­pecies

Esta andadura evolutiva, común a todo lo an- tropogeno, cesa en un determinado momento en cier­tas «especies» objetuales: objetos de orígenes muy remotos v que ya han cumplido un largo recorrido evolutivo. Parece como si la evolución filogenética de ( las cosas no fuera un proceso inacabable, sino que tu- i viera que culminar en una solución imperfectible, al- 1 canzando asi un climax evolutivo que sería el objetivo finalisia de este mismo proceso. Entendiendo que el procesó evolutivo de cada «especie» objetual, es decir, de cada tipo de objeto con una finalidad operativa diferenciable tiende hacia un «clímax» propio y que éste se logra cuando —dentro del marco de las carac­terísticas de cada «especie» (prestaciones + técnicas + materias)— la superación de la solución existente ^ resulta ya imposible.

Asi, ciertos objetos, tras múltiples soluciones transitorias de tanteo, llegan a una solución concep­tualmente insuperable. El hacha es un claro ejemplo de elIo.lQué escasa es la diferencia entre un hacha neolítica y un hacha actual, a pesar de los siglos transcurridos, su forma es prácticamene la misma y, lo único que ha cambiado, han sido los materiales y las técnicas de elaboración. Esa herramienta llegó, hace siglos, a un máximo nivel de depuración y de eficacia operativa. Es evidente que para cortar o talar disponemos hoy de muchos otros medios, más rápi­dos y menos fatigosos, pero estos nuevos artefactos no pueden considerarse como una mejora del hacha. No pertenecen a la misma «especie» y, por tanto, no se han producido como una evolución de éstaj Proceden de otro phylum generativo —con coordenadas de par­tida distintas: más ambiciosasy tributaria de otros propósitos y tecnologías— y resultan sustancialmente incomparables. Y es asi que el hacha se ha transmi­tido a lo largo de 20 000 generaciones y sigue aún siendo insustituible como herramienta usual, incluso en los países más tecnificados.

Lo mismo ocurre con muchas herramientas v enseres elementales que usamos a diario y que se re­montan a tiempos muy lejanos. Estos miles de años de tanteos les han ido dotando de unas características formales óptimas. Parece como si para un determi­nado problema operativo y en base a unos materiales y conocimientos simples, sólo pudiera existir una única solución perfecta. Las demás, habrán sido parte del proceso de tanteo: útiles momentáneamente,! hasta tanto no aparezca otra solución que las mejore,! y asi sucesivamente hasta dar con la solución: aquella que ha logrado franquear la barrera del tiempo y con- ' solidarse en una configuración definitiva.

Dado que el equipamiento objetual se esta­blece siempre en función de un determinado contexto sociotecnológico. hecho de necesidades y de posibili­dades, no es posible asegurar que el objeto que haya alcanzado ese apogeo evolutivo haya logrado también su eterna vigencia. Lo único claramente demostrado es que esa «especie» objetual ha agotado su potencia­lidad evolutiva: que su filogenia ha concluido.


Por su propia esencia, el objeto ha de cumplir cierta función útil, cierto servicio con la máxima eco­nomía de medios y esfuerzos

Esta operatividad que su función útil le exige, implica unos imperativos que son fácilmente detesta­bles en la propia definición que su uso comporta.{Las cosas están hechas para «cortar» «sujetar», «presio­nar». «iluminar», «guarecer», y así, muchas mas y di­versas acciones. Nos consta que para lograr cierta operatividad bastará con hacer corresponder a cada requerimiento funcional que esta operatividad re­clame, aquel dispositivo que sabemos tiene la capaci­dad precisa para cumplirlo.1 Así, a primera vista, pa­rece que pudieran componerse artefactos, sencilla­mente sumando los diversos elementos funcionales requeribles. Esto es teóricamente factible, pero si­guiendo esta pauta los artefactos jamás podnan al­canzar la optimi*acn evolutiva que su porvenir en­cierra. Este método primario de composición aditiva, esquiva las exigencias de la concordancia sinèrgica, la única vía que posibilita el acceso de las «especies» objetuales al clíw*1* evolutivo.


En su obra Du mode d'existence des objets tech- ñiques, Gilbert Simondon estudia con clarividencia la génesis de los objetos técnicos —que diferencia de los objetos estéticos— y particularmente su coherencia interna: «el objeto surgido de un trabajo abstracto de organización de subcoajuntos es el escenario de un cierto número de relaciones de causalidad recíproca. Son estas relaciones las que hacen que, a partir de ciertos límites en las condiciones de utilización, el objeto encuentre obstáculos en el interior de su pro­pio funcionamiento. En las incompatibilidades que nacen de la saturación progresiva del sistema de sub- conjuntos es donde reside el juego de las limitaciones, cuyo franqueamiento constituye el progreso». Por este recorrido acumulativo que suma órganos diversos e independientes, no será posible alcanzar la plenitud de una optimización conclusiva —el decurso perti­nente es otro— según Simondon, la evolución de la cosa técnica se hace «por convergencia y por adapta­ción a si misma; se unifica interiormente según un principio de resonancia interna* y, utilizando el ejemplo del motor de gasolina, compara los primeros motores con los actuales, en los que ya se manifiesta un proceso de «concretización». es decir, que cada elemento estructural cumple varías funciones y no una sola. «El objeto técnico concreto es aquel que no está en lucha con sí mismo, aquel en el que ningún efecto secundario perjudica el funcionamiento del conjunto [...) (en cambio) en el objeto técnico abs­tracto, cada estructura cumple una sola función esen­cial y positiva, degrada el funcionamiento del con­junto; en los objetos técnicos concretos, todas las fun­ciones que cumple la estructura son positivas, esen­ciales e integradas en el funcionamiento del con- \ junto.» Mientras un objeto no haya llegado a esa coherencia global, a esa «concretización», las diver­gencias que en él subsisten son como «residuos de

abstracción» y es por la «reducción» piogicsiva d- este margen, entre las funciones de las estructuras plurivalentes, que se define el progreso de un objeto técnico; es esta convergencia la que especifica al ob­jeto técnico».

Subraya, además, como en el motor antiguo «las piezas son como personas que trabajaran cada una en su momento, pero que no se conocieran entre si, las unas a las otras» y añade, «cada unidad técnica material ha sido tratada como un todo absoluto, aca­bado en una perfección intrínseca que, para su fun­cionamiento, precisa estar constituido en sistema ce­rrado. La integración al conjunto presenta en ese caso una serie de problemas por resolver, que son llama­dos problemas técnicos y que de hecho son problemas tic -compatibilidad entre conjuntos ya existentes». «En un motor actual, cada pieza importante está tan ligada a las demás, por intercambios recíprocos de energía, que no puede ser otra que la que es.» Las aletas de la culata, por ejemplo, cumplen varias mi­siones a la vez; no tan sólo sirven para el mejor en­friamiento del bloque del motor, sino que, además, poseen una función mecanica, al reforzar la culata y evitar su deformación bajo la presión de los gases; «el desarrollo de esta estructura única no es el resultado de un compromiso, sino de una concomitancia v de una convergencia: la culata nervada puede ser más delgada que una culata lisa con la misma rigidez; y por otro lado, una culata delgada permite intercambios térmi­cos más eficaces que los que podnan lograrse con una culata gruesa, la estructura bivalente aleta-nervadura mejora el enfriamiento, no solamente aumentando la superficie del intercambio térmico (lo que sería propio de la aleta, en tanto que aleta), pero permitiendo tam­bién un adelgazamiento de la culata (lo que es lo propio de la aleta en tanto que nervadura)».


Esta necesidad de lograr una concordancia de funciones que converjan en una resultante coherente, no ha de limitarse al mundo tecnológico que se encie­rra en los objetos técnicos. También es exigible en to­das las demás cosas antropógenas, incluso en simples utensilios formados por una sola pieza monolítica. Esta convergencia se establece entonces entre subzo- nas formales, que se comportan y tratan igual que los subconjuntos que contiene el objeto técnico. Esta I concordancia que exige la «concretización» ha de ser | global, abarcando todo el conjunto del artefacto: las materias, los dispositivos, las estructuras y también la apariencia externa —que no es sino una zona ope­rativa en la que se ejercerán diversas funciones: de maniobra, de protección, de contención, de informa- f ción y, además, de significación—. Es esta misma / coherencia sinérgica la que hallamos y admiramos en [ las obras de la Naturaleza, en las que se alcanza «na­turalmente» la integración y la potenciación de una total eficacia operativa y de una máxima economía de materias y de energías en una resultante estructu­ra/forma, armoniosa y sencilla a la vez. Así también; cada objeto antropógeno encierra en su futuro esa po­sible apoteosis conclusiva y precisamente hacia ella tienden ios esfuerzos creativos constantes del hombre. Todo sistema organizado alcanza su apogeo evolutivo cuando resulta operativa e intrínsecamente insupera­ble. Posee entonces, en plenitud, esa genuina coheren­cia global hecha de equilibrios y armonías evidentes. Toda esa contenida esencia se destaca y percibe, de tal manera, que su sola contemplación produce una 'Traición estética.

Existe una singular relación entre perfección operativa y perfección estética. Una auténtica coales- cencía entre belleza y eficacia: como si hubiera una ¿ley natural que presentimos, pero de la que aún no hemos descubierto las reglas. Porque es un hecho manifiesto que a la optimización de la eficacia, de las cosas y de los seres, corresponde una belleza de las formas y de los gestos. La naturaleza abunda en ejemplos: la hermosa morfología y los elegantes mo­vimientos del leopardo o del tiburón encierran una | tremenda eficacia. En su anatomía y en sus gestos, todo es función, nada es superfluo y todo es bello. ! Para alcanzar su máxima eficacia, las características ) biológicas (los músculos, por ejemplo, o la dimensión j de unos miembros) han de ser tales que logren su má- j ximo rendimiento en el momento en que también los I consideramos más bellos. También en las expresiones i de la cultura se manifiesta esta peculiar coalescencia.

En la ceremonia del té, al margen de su significación simbólica, se ha sublimado cada objeto y cada gesto, i a través de los siglos, hasta hacerles alcanzar una máxima perfección funcional y estética. La forma es i precisa y suficiente, el gesto exacto y depurado, y no ¡ sólo agradan a nuestros sentidos, sino también son la I forma y el gesto que mejor cumplen el cometido prác- | tico que los ha motivado. Allí, el entorno, las cosas, los gestos, son los espacios, objetos y movimientos mínimos y esenciales, para acometer ese acto con la máxima economía objetual y gestual. Así, un acto en j apariencia doméstico y rutinario, consigue una di- j mensión y un contenido simbólico y estético. Sin He- ! gar a este refinamiento trascendente que la cultura t oriental ha conferido al arte de vivir, también pode- * mos observar, en otros ámbitos, como en la práctica de una actividad deportiva, que el tener «estilo» po­sibilita, v a la vez revela, el logro de un máximo ren- j 'dimiento con un menor esfuerzo. Un bonito drive en

l

tenis, o sxving en golf, o godille en esquí, no solamente j



son unos movimientos visual mente muy estéticos, |

ísino que, además, suelen ser aquellos que permiten alcanzar una mayor eficacia.

Esta sugerente relación que parece existir en­tre «eficacia» y «perfección formal» también puede observarse en la estructura misma de nuestra más ín­tima materia viva. Por ejemplo, la neurofisiología ha puesto de manifiesto que el cerebro humano está constituido por tres zonas distintas, tres capas super­puestas y complementarias: 1) el archicortex. que nos proviene de los reptiles v que rige nuestras reacciones más primarias; 2) el paleocortex, que hemos heredado de los primeros mamíferos y que nos ha dotado de los instintos elementales (además del olfato y del sabor), y 3) el neocortex, «padre de la abstracción v madre de la invención» (Prof. MacClean) y que es en donde anida la conciencia. Pues bien, las neuronas que com­ponen el archicortex (bulbo raquídeo, cerebelo, mé­dula) se hallan dispuestas en un completo desorden, las del paleocortex (hipotálamo, hipófisis) ya se estruc­turan más ordenadamente y por último, las del neo­cortex se hallan perfectamente ordenadas v alineadas.

i

Aun siendo un terreno totalmente subjetivo, puesto que la belleza, como todos los valores huma­nos, es siempre una apreciación relativa, me atrevería a decir que en este caso algo escapa y excede a nues­tra apreciación reflexiva v se remonta a la propia na­turaleza intuitiva de la condición humana. Podemos apreciar la belleza sin conocer un orden de valores. Cualquier occidental, por ejemplo, es capaz de sentir cuál de los ejecutantes de una danza guerrera Masai es el mejor. Parece como si de una forma innata, el hombre, a través de los siglos, haya ido deduciendo y comprendiendo la relación que existe entre estética y eficacia, llegando a crear esta coalescencia. Parece como si de una forma no consciente el hombre con-funde los signos externos de la eficacia, que puede constatar, y de la fruición, que siente al apreciar esa aptitud. Quizá sentir la belleza de una cosa sea la manera de manifestarse de la pertinencia natural cuando alcanza su climax. La perfección práctica y la belleza formal están relacionadas: ésta exterioriza aquélla. La eficiencia, como concepto cualitativo abs­tracto. se concreta de un modo aparente en la belleza.



El resumen de lo expuesto podría ser:

  1. que los artefactos tienden, por lógica evolutiva, hacia una perfección insuperable en el marco de su propio ramal;

  2. que este climax se alcanza cuando la saturación de su eficacia operativa se ha logrado con una máxima economía de medios;

  3. que esa meta sólo es posible cuando existe una óptima coherencia interna, y externa, del arte­facto:

  4. que ésta sólo puede ser propiciada por una ade­cuada concordancia de los elementos en juego; y, finalmente,

  5. que cuando todo esto se ha logrado, el artefacto así creado habrá de ser forzosamente bello.

Es este un discurso en cascada, en el que las distintas cualidades biológicas convergen todas y se transforman en una resultante morfológica que será bella cuando se haya logrado ciertamente el apogeo evolutivo. Esto seria la ortomorfia.
En torno a la técnica

En ¡a realidad técnica hay una realidad humana

Gilbert Simondon



Aun cuando el hombre civilizado no sea ple­namente consciente de ello, la supervivencia de la es­pecie humana sigue dependiendo directamente del (equipamiento antropógeno que la cobija. Las cosas serán siempre para el hombre ese complemento artifi­cial que precisa para poder pervivir en el medio natu­ral que. de otro modo, le sometería. Su propio status de especie superior depende de estos artefactos que le auxilian. El hombre ha conseguido eludir una con­ducta primaria en el logro de sus necesidades básicas, gracias a este equipamiento que le ha ido liberando de actos y gestos estrictamente animales. Si hoy un hombre fuera «descontextualizado» y sumido en la realidad de un entorno natural —es decir: salvaje—. para sobrevivir tendría que reencontrar los gestos y las actitudes del animal: acechar, luchar, matar v despedazar sus presas con la sola ayuda de sus manos v dientes, como el depredador que en potencia es. Sin las cosas, volvería a aflorar en el hombre la compo­nente animal de la que procede. La supresión de todo nuestro entorno objetual, con el que estamos acos­tumbrado a convivir, pondría de manifiesto nuestra total dependencia del mismo.

En cierta manera, los individuos en la Socie­dad Industrial se hallan como esos enfermos que, in­gresados en la UVI (Unidad de Vigilancia Intensiva), sobreviven gracias a un complicado sistema de má­quinas que, de desconectarse, supondrían su muerte inmediata. Todo hombre civilizado está, en alguna medida, en esa situación, con el agravante de que todo este complejo entorno tecnológico que el hombre ha ido creando y que precisa absolutamente, es sin embargo muy frágil. Algún fusible salta v media Francia o Estados Unidos se hallan súbitamente su­midos en el más espantoso caos. Al igual que el sub­marinista que sólo dispone de un tiempo limitado de autonomía, el hombre civilizado dispone de un po­tencial limitado de independencia y, tras unas horas de desconexión de la civilización y de sus prestacio­nes, está nuevamente a merced del entorno. Nada más frágil que esta «civilización». El Robinsón Cru- soe, de Defoe, pudo sobrevivir por haber previsto su autor que recuperara armas y multitud de materiales del barco naufragado y haber dispuesto que aquella isla fuera un autentico paraíso, sin hostilidades y con toda suerte de alimentos salvajes al alcance de la mano. Sin todo ello, aquel hombre del siglo xvm no •hubiera podido sobrevivir, aun siendo más autosufi- cíente que el hombre del siglo xx. Y es que a medida que un pueblo se civiliza, sus individuos se hallan más distantes de esta autosuficiencia.

«Si como consecuencia de algún cataclismo la humanidad se hallara mañana sumida en una situa­ción semejante a la que conocieron los primeros neandertalianos, necesitaría, a pesar de toda su cien­cia, por lo menos trescientos años para alcanzar el sa- voir-faire' técnico del muslerciense (Paleolítico supe­rior) (Néstor Albessard).43
La técnica y la organización social, aquello

I que llamamos «civilización» asiste al hombre, tanto, que llega a dependizarlo totalmente, desproveyéndole ' de su autosuficiencia primitiva. Del mismo modo que el hombre ha ido adecuando su entorno a su forma de vivir, también, en contrapartida, este entorno artifi­cial ha llegado a condicionar esta misma forma de vi- I vir. Los artefactos que el hombre ha ido creando para liberarse, acaban también por ligarle y, si por una I parte le ayudan, por otra le constriñen. Si bien por su esencia, el hombre ha dependido siempre de las cosas v de los demás, en la fase primitiva eran cosas y gen­tes que conocía y comprendía- Sus problemas prácti­cos v de convivencia eran simples y diáfanos: a su es­cala. Podía incidir de un modo directo sobre cuanto le rodeaba .'En la Sociedad Industrial en cambio, las co­sas y las gentes se han tomado artefactos elaborados V personas extrañas. Cuando algo falla, el individuo ya no sabe como remediarlo, ni está preparado para hacerlo. El creciente arsenal de artefactos que nos complementan son hoy de un total hermetismo. Estas maquinas y aparatos que nos auxilian, se nos hacen cada vez mas imprescindibles, precisamente en la medida en que nos reemplazan con eficacia. Están tan ligados a nuestra propia vida cotidiana que han llegado a ser parte integrante, e importante, de ella. Existe tal «simpatía» entre esas cosas y nosotros que, cuando algo en nuestro entorno objetual familiar su- ire una averia, la resentimos como si enfermáramos nosotros mismos. Es como si nuestro sistema vegeta­tivo estuviera efectivamente conectado a este equi­pamiento externo: «somatizamos» sus problemas. Las cosas son una suerte de ortopedia para nosotros y nos relacionamos con ellas igual que si se tratase de au­ténticas prótesis. «Somos los instrumentos de nues­tros instrumentos» (Thoreau).
Asi. las cosas, en su constante evolución —y precisamente en función de la misma importancia que van adquiriendo— llegan a provocar una difusa inquietud en los individuos de las sociedades más evolucionadas, por esa incomprensión del sistema tecnológico en que viven y del equipamiento objetual que les auxilia. El propio progreso les aboca a una total pérdida de su capacidad individual. Esta irre­versible dependencia, tanto de las cosas como de sus congéneres, implica que el individuo civilizado ya no puede valerse por sí sólo. Su mundo personal e intimo funcionará siempre que el «mundo global■* funcione. Su propia supervivencia difícilmente puede ser ya in­dividual. depende ahora del mantenimiento de un sis­tema v un equipamiento colectivo en el que se in-

Íerta. A la primitiva dureza de la directa y solitaria jcha por la vida, el hombre civilizado ha sustituido a inquietante comodidad de un sistema de supervi- encia colectiva que no domina.

En el reino animal solo sobreviven aquellos sujetos que. llegados a la madurez, están capacitados para valerse por si mismos. Todo ser vivo nara con­seguir el alimento del que extrae la energía vital, ha de invertir parte de esa energía en esfuerzo' físico. Es este también un precepto al que no escapa la especie humana, aunque resulte menos evidente en la socie­dad civilizada, en la que la división del traoajo y. so­bre todo, la jerarquización permite encubrir a los in­dividuos-parásitos que no cumplen su pane alícuota de esfuerzo y la transfieren a otros.

Es cierto que el hombre se halla S4>metido a esta exigencia del esfuerzo físico, pero también lo es que nunca la ha aceptado como ineludible v asi. pro­gresar es. en cierto modo, buscar formas de redimirse de esta lev. De hecho, el hombre es esa espiecie cuya esencia reside en su capacidad de ir eludiendo las normas naturales. El hombre quiere ser diurno de su destino v no el juguete del azar. Todo, desoe la pri­mera herramienta hasta la novísima biotecnica del tiene spiicinfz persigue ese mismo fin: el ho»mbre no solo quiere sobrevivir sino, además, quiere liberarse

de toda sumisión a la fatalidad. Desde la era paleolí­tica el hombre se ingenia para soslayar o mitigar la dureza del esfuerzo vital. Las herramientas, utensilios y enseres fueron concebidos para facilitar este obli­gado laborar. También la organización de las tareas, la sustitución de la caza por la domesticación de los animales y la invención de la agricultura, son ocu­rrencias que el hombre fue desarrollando a lo largo de muchas generaciones para lograr reducir este es­fuerzo. Pero todo ello, aún siendo ya un enorme avance, no le libera por completo.

La utilización del animal para suplirle, cuando menos en el desgaste energético, anunció ya la posibilidad de una transferencia del propio es­fuerzo a otro ente. La ley natural podía ser burlada, si bien el esfuerzo seguía siendo imprescindible, su eje­cución no era de obligado cumplimiento por el propio individuo, sino que podía ser delegada. De la organi­zación racional del trabajo se llegó a la jerarquiza- ción, constituyéndose clases sociales, lo que de hecho significa que una parte de la población trabaje en lu­gar, v/o en provecho, de la otra. Este hecho es curio­samente considerado por los etnólogos como un signo de «civilización» y es efectivamente notable observar cómo en los pueblos que aún hoy siguen en estado primitivo, no existe ni esclavitud, ni servidumbre en cualquiera de sus formas. Según Lévi-Strauss, las so­ciedades civilizadas necesitan, como la máquina ter­modinámica. de una diferencia de potencial para fun­cionar. Ha sido una constante de la civilización man­tener este desnivel, primero con la esclavitud luego con la servidumbre v finalmente con la íormación del proletariado. Esta utilización del hombre como «he­rramienta» de otro hombre es sólo posible en un mundo jerarquizado, en donde se mantienen clases acultivadas o atemorizadas para poder prolongar estapostergación. La concienciación social iniciada en la edad contemporánea ha evidenciado lo intolerable de esta estratificación v hace insostenible este sometí- miento. El hombre va rebelándose contra este Vasa* llaje y observamos como a cada rebelión del hombre- esclavo corresponde un nuevo empuje tecnológico que pretende compensar las consecuencias de esta libera­ción. Parece como si existiera una relación inversa en­tre tecnología y servidumbre, de tai manera que los avances tecnológicos son espoleados por esta rebelión del hombre contra su utilización como herramienta. Así, vemos como al ocaso de la servidumbre corres­ponde el advenimiento de las más sofisticadas má­quinas: la máquina-servil releva y libera al hombre- siervo. Y así vamos viendo como el desarrollo de los conocimientos y de las tecnologías pudiera conducir­nos a una definitiva liberación del hombre de su ex­plotación por otro hombre. En su búsqueda de una coherente ordenación social, el hombre de hoy es consciente de que sólo las cosas y no los hombres es- tan a su servicio. Según lo vaticinaba Saint-Simon: en los tiempos modernos hay que pasar del «go­bierno de los hombres» al de la «administración de las cosas».

El enfrentamiento entre el Hombre y la Má­quina fue, hace un siglo, un tema que suscitó gran polémica. Esta oposición entre Cultura y Técnica ya no despierta esos encendidos debates literarios y, sin embargo, ahora más que entonces, los avances tecno­lógicos se transforman en productos de consumo que inciden decisivamente en la sociología y la cultura de nuestro tiempo. Estamos en una época en que la tec­nología nos ha permitido beneficiarnos de valiosas ayudas, pero exigiendo contrapartidas nocivas. Mu-chos avances tecnológicos conllevan efectos secunda­rios negativos que no habríamos de tolerar. Es nece­sario un esfuerzo tecnológico capaz de superar esta fase primaria en la que estamos. O damos un paso adelante, logrando una tecnología limpia, o bien he­mos de frenar la aplicación de ciertos pretendidos avances en los que nada se logra sin perder algo a la vez. Una renuncia a los beneficios contaminados de cierta tecnología sería una actitud consecuente y rea­lista hasta tanto se hayan superado sus deficiencias.



Sin embargo, el usuario, como destinatario de este aluvión de objetos tecnificados, no está ni prepa­rado ni informado para tener criterio propio y, en consecuencia, tiende a adoptar sin reparos todo lo que se le propone, hallándose siempre dispuesto, e in­cluso expectante, para acoger lo próximo con la misma tácita conformidad. Sólo una minoría ilus­trada. pero poco informada para dictaminar con efi­cacia, se enfrenta al avance tecnológico desde una ac­titud de rechazo global, haciéndole responsable prio­ritario de las desventuras de nuestro mundo, el ene­migo que deteriora la calidad de nuestra vida, que distorsiona la escala de valores humanos y crea una lalaz realidad que nos aliena v distancia de nuestros más legítimos anhelos.

Es comprensible esta actitud radical ante las constantes muestras de insuficiencia v desvarios que la tecnología nos depara. La recusación global del progreso técnico parece ser la última y desesperada defensa contra un modelo de vida que rehusamos aceptar. No obstante, creo que existe una tercera lec­tura de este fenómeno tecnológico. Una lectura más honda, que no discernimos claramente por lo com­plejo e intrincado de sus implicaciones, que rebasa nuestra capacidad de comprensión, pero que en al-gima manera —cuando la ira que nos provocan las aberraciones que en nombre del progreso se calma— somos capaces de sentir intuitivamente. Existe una visión menos inmediata y puntual, más rigurosa y prospectiva, que considere las recónditas motivacio­nes que el progreso técnico encierra desde sus oríge­nes v que coinciden con los del hombre. No es posible detener el progreso: su desarrollo no depende de la voluntad del hombre, sino de la acción concertada de esa latente pulsión creativa que habita en la especie humana y de la dinámica que el propio progreso promueve.

Desde la prehistoria, cada generación ha aco­gido con recelo cuanto alteraba el orden establecido.

Las innovaciones que el propio hombre va aportando trastornan su modo de vida v parecen hacer periclitar su mundo. «Todas las ideas sobre las que descansa hov la sociedad han sido subversivas antes de ser tu­telares» (Anatole France).44 A pesar del dicho «tiem­pos pasados fueron mejores», hemos de reconocer que. en los diez mil años del tiempo histórico, el hombre ha mejorado sensiblemente sus condiciones de vida gracias a los avances tecnológicos. La volun­tad de supervivencia del hombre ha sido instrumen­tada por el constante desarrollo de las múltiples téc­nicas que ha ido perfeccionando como consecuencia de su creciente capacidad de comprensión. De la ob­servación atenta de una piedra desportillada, cuyo canto vivo solía herirle, el hombre intuyó el filo y de­sarrolló un modo para reproducir artificialmente este tallado: la técnica estuvo presente en la culminación de la primera herramienta. r

La tecnología sólo contempla el mundo de lo material y, en consecuencia, io que ella puede aportar a la cultura será siempre al nivel de la instrumenta­ción práctica. La tecnología encierra una realidad humana que debe estar al servicio de una visión glo­bal de la sociedad humana. La tecnología requiere ser inspirada, guiada e integrada en el «todo cultural». No creo podamos rehuir la necesidad del progreso ni los avances tecnológicos que de él dimanan. No he­mos de hacer de ellos los chivos expiatorios en quie­nes descargar las culpas de nuestra propia incapaci­dad para controlar y aprovechar más adecuadamente este potencial de progreso que la tecnología nos brinda. Lo que no nos gusta en todo ello, es ver cómo el hombre hace, a menudo, un pésimo uso de esos in­creíbles hallazgos que él mismo ha generado; o de cómo dirige su capacidad inventiva hacia dominios frívolos o nefastos para sí mismo. Lo que nos duele en los objetos técnicos es el retrato que éstos hacen de nosotros sus autores.

No seamos ilusos, necesitamos de la tecnolgía porque —a pesar de sus muchas insuficiencias supe­rables y de su utilización a menudo desatinada— en ella tenemos a una aliada liberadora. Entre todos he­mos de saber hacer evolucionar y funcionar este en tomo artificial que nos ampara. Las leves de la Natu­raleza no permiten una pausa en el progreso. El futuro de nuestra especie nos exige ese constante avanzar. Xavier Rubert de Ventos hace, en su libro Utopias de la sensualidad un análisis comparativo ¿le las teorías de Marcuse. McLuhan y Alexander, y observa que «en to­dos ellos se consideraba que el camirfo de tal recupera­ción de lo primitivo no era —como defendían los ede- nismos clásicos— prescindir del progreso tecnológico, sino precisamente lo contrario: llevarlo hasta sus últi­mas posibilidades (...) La posibilidad de una "sociedad no represiva" —impensable para Freud—es imaginada así por Marcuse a partir de la automación de la produc­ción y la eliminación de la escasez; a partir de una ‘'superación técnica”, de la necesidad de represión».



No tengamos la ingenuidad de considerar el progreso tecnológico como responsable de nuestras desgracias, ni tampoco esperemos de él un «mundo feliz». Una vida plena y gozosa puede hallarse tanto en un contexto que integre los más sofisticados logros tecnológicos, como, por el contrario, en otro contexto de un total primitivismo. La felicidad hay que ha­llóla a otros niveles. No proviene del mundo mate­rial que nos rodea, sino de una disposición particular del ánimo que nos permite acomodarnos con lo que vamos siendo, lo que vamos haciendo y lo que vamos teniendo. «Quien sabe contentarse siempre está sa­ciado» (Lao Tse).*4

La tecnología es uno de ¡os frutos naturales y consecuentes que dimana el progreso de la cultura, cuya evolución es la suma de un avance en todos los ordenes. La tecnología es necesaria para posibili­tar y afianzar aquellos cambios evolutivos que preci­san de una instrumentación material. Una sociedad que aicanza altas cotas de tecnicidad es, asimismo, una sociedad evolucionada en los demás ámbitos culturales. La florescencia de las técnicas • sólo es posible en donde exista un medio de cultivo propi­cio, es decir, donde hava un desarrollo cultural am­plio a todos los niveles. No puede ser un fenómeno aislado.

Los «siglos de oro» se caracterizan siempre por esta universalidad pan-cultural del saber y del entender. Una sociedad tecnificada es, normalmente, una sociedad culta, cuya sociología y psicología han seguido también la necesaria evolución, según este mecanismo natural que ajusta reciprocamente la téc­nica ai hombre que la origina y éste, a su vez, se ajusta a esa misma tecnología que ha desencadenado. Pueden existir ligeros desfases, avanzarse el uno al otro, pero pronto se alcanzan y se nivelan armonio­samente.

La madurez científica que supone el logro de altas cotas tecnológicas va lógicamene acompañada de una madurez generalizada de la sociedad en la que estos logros se han alcanzado. En una sociedad en la que existen mentes con la capacidad suficiente para descubrir técnicas sofisticadas, coexisten también mentes con la capacidad necesaria para haber esti­mulado estos descubrimientos y. asimismo, para ca­nalizarlos, asimilarlos y controlarlos. Está dentro de las propias leyes naturales que quienes dispongan del ingenio preciso para visualizar un nuevo mundo tec- nologico, tengan, paralelamente, la sabiduría para beneficiarse plenamente él. No es concebible un dese­quilibrio en este proceso natural. Lo que brota espon­táneo de la Naturaleza posee innata mesura y equili­brio. Las aberraciones que se detectan a veces, son sólo excepciones que en ningún caso pueden invalidar esta norma natural.

Si resulta difícil imaginar que algo básica­mente nefasto para la propia especie humana pueda provenir de su genuina evolución, en cambio son de temer las alteraciones artificiales que pueden infli­girse al equilibrio natural que siempre ha de existir entre un grupo social y sus técnicas. Una sociedad tecnológicamente más avanzada puede, en su impe­riosa búsqueda de nuevos mercados, imponer una tecnología impropia a grupos étnicos culturalmente distintos, rompiendo ese lábil equilibrio. Así avasa­llados por estos «trasplantes tecnológicos», se les asigna un modo de vida que rompe su normal trayec­toria evolutiva y la sincronía necesaria entre necesi­dades y medios, y es que, al negociar, se está trafi­cando con algo más que con simples mercancías. El equipamiento y/o el biow-how que se transfiere, con­tienen, en ciernes, un way of Ufe implícito, que esas mismas mercancías prohíjan y que es, en realidad, lo que se está vendiendo.

Uno de los riesgos de nuestra época —prolija en intercambios— proviene de ios problemas deriva­dos de una descontextualización de los logros tecno­lógicos. Una determinada tecnología, desarrollada por un determinado grupo étnico, en una sociedad de un determinado nivel cultural y psicosociológico. no puede ser trasplantada, por razones de expansión económica, a otra sociedad en la que las circunstan- ) cias de toda índole y la propia evolución cultural sean



Í distintas. Al introducir una tecnología ajena a nuestra cultura, estamos acogiendo a un caballo de Troya.

Vivimos una era de gran permeabilidad in­formativa, estimulada —o forzada, diría— por la proliferación de los medios de difusión y comunica­ción. Países v gentes se asemejan, pero sólo aparen­temente. Todo ello, movido por unos móviles de do­minación económica. El neocolonialismo es ahora tecnologico v cultural. Una tecnología, un way of life son hoy las mercancías que se trasplantan a muchos países. La invasión tecnológica es sólo una parte de una amplia y brutal invasión que barre las culturas autóctonas. La tecnología, por su propia esencia, es la que implementará esta invasión cultural, la que faci­litara las herramientas para instrumentar la irrup­ción de nuevos modos. Pero, ¿qué ocurre detrás de esta invasión incruenta? El «shock del futuro» se pro­duce con extrema violencia en aquellos países avasa­llados que han de ir digiriendo progresos ajenos que no han sentido.

Este es un grave error que se ha estado come­tiendo durante los últimos cincuenta años. Jamás ha­bía sido posible —por la propia lentitud que necesi­taban las técnicas y las modas para divulgarse— lo­grar una forzada invasión cultural. Hasta ahora, las influencias de una cultura sobre otra, se hacían con un tempo más pausado, con menor frecuencia y al­canzaban sólo a un pequeño estrato social que las adoptaba después de adaptarlas a la circunstancia lo­cal, logrando así aclimatar lo ajeno que, entonces, se tornaba propio. Hoy, cuando es posible lanzar cual­quier mercancía técnica o cultural simultáneamente en infinidad de países y a escala inayoritaria, una domesticación de las aportaciones foraneas es ya im­posible.

Estas mercancías son hoy como virus de unas nuevas epidemias que afectan, y a veces arrasan, la psicología y la sociología natural de aquellos países a los que invaden, bruscamente, sin darles tiempo a do­tarse de esa necesaria inmunidad que, normalmente, brota al amparo de una larga convivencia. «Cada so­ciedad sólo puede desarrollarse a partir de sus pro­pias leves autónomas de desarrollo, ligadas a su cul­tura. a sus estructuras. Desarrollo "endogeno" como lo dice la UNESCO, es decir, contrario a un desarrollo impuesto desde el exterior en función de las necesi­dades de otra sociedad, extraña y dominadora» (Ro- ger Garaudv).26



La tecnología es una aliada si, como con los fármacos, tenemos la sabiduría de recetamos sólo aquella que necesitamos y en la dosis que podremos tolerar sin efectos secundarios. De lo ajeno, de aquello que no ha surgido espontáneo de nuestro propio desa­rrollo evolutivo, aprendamos a conocerlo a fondo, a *valorarlo v sepamos extraer de ello aquello que se ajusta a nuestra horma natural, o a inspiramos para crear nuestra propia respuesta genuina, evitando esa - 'rxemez mitnetica que suponen las adopciones sistemá­ticas v globales.

Cada grupo étnico se define v resume en su historia v en sus tradiciones que se han constituido en lomo a móviles auténticos. Las costumbres de un pue­blo encierran y recogen las experiencias de muchas veneraciones de hombres lúcidos v pragmáticos que rueron consolidando el bagaje cultural de su propia • identidad en los enseres, el hábitat, los actos, iodo ello en función de la peculiar forma de ser de sus gentes, de 'U tierra, de su medio ambiente y de sus recursos.

Difícilmente podremos estar a gusto en un -nodo de vida importado, conviviendo con una tec­nología. unos hábitos, que no nos corresponde. Nues- :ra desa/on proviene de intentar ser otros. Para el tu­rista que juzga los países desde íuera, este o aquel país de Europa son idénticos: circulación, atascos, polución. TV. suburbios-dormitorio, discotecas, pelos largos o cortos, whisky, coca-cola, pornografía, etc., y >in embargo, que diferentes son en su cultura v en su temperamento un sajón de un latino, un galo de un eslavo. Algo falla, si damos esta imagen externa es­tandarizada. Alguien está fingiendo, alguien esta in­terpretando un role que no es el suyo. ¿Quién? ¿O es que todos se rigen por un mismo modelo ajeno?

La perdida de las raíces patrimoniales, de la identidad propia, no es un tema exclusivo de los na­cionalismos políticos. Este patrimonio cultural es algo muy hondo v vital para cada grupo étnico. Puede demostrarse que la pérdida brusca de estas raíces provoqa la ruptura del fenómeno evolutivo cultural

básico. Esta ley natural no admite manipulaciones sin causar, a veces, daños irreparables en la sociedad que las infringe, lo que explica el desconcierto caótico de los países artificial y superficialmente desarrolla- \ dos. La evolución debe alcanzarse de un modo natu­ral y no puede ser impuesta por razones de imperia­lismo economico. Sin menospreciar los modelos cul­turales de otras latitudes, no debe perderse nunca el

sentido de lo que nos es genuino. «Es a veces peli­groso entregar la solución a quien no hayá recorrido todo el camino para conseguirla» (Jean Rostand).15
Toda materia viva, animal o vegetal, consume materia orgánica para vivir, a la vez que consume su propia vida. Lo «vivo» ha de nutrirse de otras vidas y estar a la vez en un latente morir. Cuando la vida surge en un organismo, se inicia un continuado con­sumo de energía —de materia viva— que es parte de la misma Naturaleza de la que ese organismo ha sur­gido. Así, cada individuo de cualquier especie orgá­nica se desarrolla según un proceso lásico hasta al­canzar su clímax e iniciar luego un proceso regresivo de degradación que le conducirá a la pérdida de su condición de «vivo». A partir de ese momento, el pro­ceso de degradación se acelera hasta lograr una total reincorporación a la Naturaleza de sus materias. Cuando una materia orgánica pierde su facultad vital, se transforma en alimento y energía para otras for­mas de vida. Su ciclo vital sigue así, desde su concep­ción hasta su muerte, un proceso de desarrollo y de degradación que se cierra con su reincorporación en la masa natural. Es éste un ciclo completo que le permite a la Naturaleza recuperar constantemente todo lo que de ella salió. Ríen ne se perd.-rien ne se crée. Este reciclaje supone un modo de «re-vivencia»
—una suerte de reencarnación— no como protago­nista de la vida, sino como alimento energético nece­sario a la vida de otros. La Naturaleza sería así como un inmenso cuerpo del que se extraen y al que se rein­tegran distintas formas de vida, de una misma mate­ria que rebrota infinitamente, de la que todo procede y a la que lodo retoma. «Vivir es llegar y morir es volver» (Lao Tse).24

s cosas antropógenas, hechas con materias inorgánicas, carecen de esta facultad propia de lo vivo. En ellas, el dejar de ser no implica esa total y natural reabsorción de sus materias en la masa natu- 'ral. Esta imposibilidad congénita de degradación se produce sólo en aquellos productos fraguados con materias inorgánicas, que proceden de un complejo malaxar de moléculas y producen nuevas sustancias .muy resistentes a la degradación. Los materiales or­gánicos, como la madera, el cuero, la lana, el papel, todos ellos provenientes de materias vivas, poseen esa facultad propia de lo vivo. Estos materiales, además de ser reciclables, suelen envejecer bien. Quizá por ello los llamamos materias nobles. Este envejeci­miento superficial se hace en ellos visible y paulatino. La pátina es una cualidad que se estima: el objeto muestra la materia que lo compone, sin engaño, y en ella se vislumbra el discurrir del tiempo. En los obje­tos artesanos, en su mayoría realizados con materias naturales, el envejecimiento se aprecia y suelen valo- rarse esas huellas del tiempo.

£ El producto industrial, que generalmente uti­liza materias artificiales, se rige por otras normas que potucionan nuestro hábitat. Un reciclaje y recu­peración sistemáticos de las materias primas que en­cierran los productos desechados, no sólo evitaría esa invasión de despojos, sino evitaría también el ab­surdo despilfarro que supone.

De la creatividad objetual

No existe modelo para quien busca lo que jamás vio.

Paul Eluard



vitales pueden ser comunes a cierta colectividad, cada individuo reaccionará y registrará cada hecho de un modo distinto. Toda esta información es asi­milada en su mayor parte a nivel subliminal y va configurando un vastísimo «banco de datos» del que. cual un iceberg informático, sólo conocemos cons­cientemente una ínfima parte y, aún quizá, la menos fiable. Sólo somos conscientes de una pequeña por­ción de lo que realmente sabemos y sentimos, sin per- ) catarnos que lo sabemos y sentimos. En muchos ca­sos, «aprender» es tan sólo descubrir lo que ya «sa­bíamos» inconscientemente.

\ Toda esta iniormación adquirida se suma a la

información genética y asi, vivencias e instintos, se resumeti en nuestro actuar de tal modo que nos sor­prendemos al imaginar y sentir cosas e ideas que ig­norábamos, como si tuviéramos in pectore a un apun- 1 tador que nos dictara lo que concebimos. Lo que así intuimos no proviene como resultado de un proceso deductivo o discursivo consciente, sino de un instan­táneo e incontrolable «proceso de datos» no-cons- } cíente. Esta intuición se halla detras de todo lo que hacemos o decimos, nos dicta actitudes cuando fla­quea el discurso logico, suple las lagunas de nuestro conocimiento y es el relevo para la inteligencia cuando algo excede a nuestra capacidad de compren­sión. Es aquel algo que, a veces, nos impele a hacer ciertas cosas y no otras, a pesar de la aparente clari­dad de una decisión racional. La intuición nos anti­cipa cosas que mucho después llegaremos a deducir. Es como un mensaje de un «más allá» hecho de nues­tro pasado y de nuestro futuro, que pre-vé lo que luego podremos ver. Para Aristóteles, este entendimiento in­tuitivo no seria propiamente el «saber», sino más bien una «sabiduna».

Aun cuando se intuye que el pensamiento creativo opera según unos mecanismos idénticos en cual­quier ámbito de la cultura: Arte, Ciencia o Humani­dades, y que sólo varían, en cada caso, los substratos v las finalidades, quiero circunscribir esta descripción del decurso creativo al ámbito de lo objetual, que la praxis me ha permitido conocer más íntimamente.

Esa creatividad objetual que, como hemos visto, esta profundamente vinculada a la afirmación del hombre como especie dominante, cuyas primiti­vas obras son —además de las solas huellas que per­miten situar el advenimiento del ser humano— los ar- t¡Ocios con los que éste instrumentó la implantación y pervivencia de su especie. Aún hoy, en que por la evolución de la sociedad y de sus conocimientos, la supervivencia colectiva parece depender en mayor grado de los descubrimientos fundaméntales de la Ciencia v de su aplicación tecnológica, aún hoy. los objetos, las cosas materiales, siguen siendo el medio por el que se hacen concretos v útiles al hombre, los conocimientos y el saber hacer abstractos que la Cien­cia y la Tecnología van propiciando.
No es posible dar las pautas de un método que revelara la compleja e impenetrable mecánica crea­tiva; sin embargo, podemos inducir —hasta donde lo permite la complejidad del tema— las grandes líneas que se vislumbran en nuestra propia conducta crea­tiva. Como una tentativa más que pueda aportar cierta luz sobre esta potencialidad que el hombre po­see, cuyos ocultos mecanismos no han sido aún some­tidos a la rigurosa investigación que merecen. ¿Quizá porque pretender hurgar en las intrincadas interiori­dades del acto creativo parezca algo sacrilego? Como si, de alguna manera, siendo la creatividad la esencia del hombre, tropezáramos aquí con el secreto inex­pugnable de la propia naturaleza humana.

Hav algo asombroso, indescifrable, en el acto creativo; ese momento en que, sin saber de dónde proviene, surge con fuerza inapelable la idea’ inspi­rada. Ni siquiera intentando reconstruir a posteriori ese momento, logramos explicar el último y decisivo sallo que va del discurso reflexivo/deductivo —sazo­nado incluso de múltiples sugerencias— hasta esa otra dimensión de la iluminación creativa, en la que se nos aparece clara v súbitamente, la propuesta inno­vadora.



Crear, según el Diccionario de la Real Acade- mia, es «producir algo de la nada» y, si sólo se acep­tara el término en este significado, seria evidente­mente impropio hablar de la «creatividad» del hom­bre, cuyas obras parten siempre de algo existente. No obstante, José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofia abreviado, puntualiza queje! ténfímó~cré& cion puede entenderse también como «producción humana de algo a partir de alguna realidad praxis­ tente» v es en esta acepción que ha de entenderse «creai» en nuestra contexto. ÍLa «creatividad» como [u® pOiencialidsíci innata en el hombre y el 'dc-i O c i CQ'ii y o orno ese acto connatural en que se gestaTa~«t rea»,i ».i* El hombre es creativo por esencia y es precisamente en esa creatividad que se mani­fiesta la nueva dimensión que adquiere la especie humana y que la distancia de las demás. Si la capaci­dad de procrear define y condiciona a todo lo vivo, la capacidad de crear distingue al hombre. «Mucho an­tes de que se lograsen las riquezas de la cultura, la Naturaleza había provisto al hombre con su propio modelo dominador, de creatividad inagotable, con lo cual el azar dio paso a la organización y ésta incor­poró gradualmente propósitos y significaciones. Tal creatividad es su propia razón de existir y su autén­tico premio. Ensanchar la esfera de la creatividad significativa y prolongar su período de desarrollo es la única respuesta del hombre a su consciencia de su propia muerte» (Lewis Mumford).16

«Crear es aportar algo imprevisto, algo que no proviene como una inferencia de lo establecido, algo que desborda el marco de lo esperable. Es. en cierto sentido, la manifestación de una rebelión latente con­tra la «necesaria» realidad legada que no es aceptada como «suficiente». La creatividad persigue un cons­tante desmarque con esa realidad: lo hecho, lo que ya existe, se halla encerrado en sí mismo y sólo contiene y refleja su propia imagen. Todo lo que «es», ha sido en función de un momento coyuntura! y transitorio y, otro momento, habrá de segregar, forzosamente, otro resultado.



Añadamos que no todas las obras que acomete el hombre para lograr esa superación de la realidad alcanzan su objetivo y producen obligadamente una «creación». La intención puede ser creativa y la nbra resultante no serlo. Sólo puede hahl'*?* 1 q. ción» cuando la obra es innovad- a. cuando oirece una alternativa original v congrí s.nte.

La creatividad es factible -,'orque el hombre, í además de su racionalidad, posee también esa afecti­vidad que le permite captar aquello que escapa a su razón. «Hav cosas que sólo la inteligencia es capaz de buscar, pero que, por si misma, jamás hallará. Estas cosas solo el instinto las hallaría; pero jamas las bus- I cara» (Henri Bergson).27 «Para Bergson, la intuición I es aquel modo de conocimiento que,'en oposición ai | pensamiento, capta la realidad verdadera, la interio- I ridad, la duración, lo que se mueve y se hace; mien- J tras el pensamiento roza lo externo, convierte lo con- i tinuo en fragmentos separados, analiza y descom- pone, la intuición se dirige al devenir, se instala en el | corazon de lo real» (José Ferrater Mora).28

En estos tiempos de creciente «metodolatria» es conveniente no desorbitar el cometido que el mé- »odo tiene en el acto creativo. Los métodos son nece­sarios para conocer, recopilar, ordenar, comparar. A modo de instrumentos, se utilizan en todas las activi­dades humanas y asi también se necesitan en el hacer creativo. Como conjunto de reglas racionales que —basadas en esquemas que han dado sus pruebas o que por su lógica parecen teóricamente aptos— nos han de permitir seguir cierto recorrido tipificado en busca de cierta información o resultado deductivo. El método es como una operación matematica que posee sus reglas y que solo puede conducir a unos determi­nados resultados: la solución se halla incluida en el 'prjopio planteamiento, no deja oportunidad alguna a lo imprevisto. Limita la conclusión a las posibles combinatorias de lo conocido. Los métodos son así como caminos prefijados por la praxis o la razón ló­gica, que nos señalan un determinado itinerario, en el transcurso de cuyo recorrido habremos de tropezar- nos con la inspiración si queremos culminar algo realmente creativo. Toda solucion innovadora que pretenda haberse producido como consecuencia de la simple aplicación de un método, no será el resultado del acertado planteamiento del método utilizado, sino de la acertada retención de alguna de las múltiples interferencias visionarias que la inspiración, como un duendecillo, habrá ido emitiendo sin cesar a lo largo v en torno al decurso metodológico. El director Na- gisa Oshima, hablando de la inspiración, explica asi cómo nace una idea: «Eso surge en mi mente, un día. en cierto momento, de pronto (...) veo a un ser irreal, oigo a un ser irreal. Y puedo afirmar que únicamente porque veo a seres irreales y oigo voces irreales sov un autor.» 29

Si bien es cierto que las ideas creativas no surgen como resultado directo de un proceso racional y sistematizado, el decurso creativo necesita, sin em­bargo, del «entendimiento» que, según Kant, es esa «(acuitad de las reglas» que permite ordenar los re­cursos de la sensibilidad. El hombre precisa de todas sus capacidades reflexivas, tanto para cosechar la in­formación pertinente que orientará v delimitará el campo de acción; como para valorar las ¡deas que va- van surgiendo en el devaneo creativo. El destello in­novador no puede surgir en el vacio, requiere la pre­existencia de un terreno fertilizado por el conoci­miento. La visión intuitiva ha de ser fustigada y man­tenida en volandas por el Saber. La intuición necesita En su cotidiano existir, el hombre, para vivir, sobrevivir v convivir se ve precisado a relacionarse activamente con su entorno natural, con los demás y con las cosas. Esta relación con la Naturaleza, los hombres v la cultura, implica una participación cons­tante de su fisiologíá y de su intelecto que se traduce en un esfuerzo físico v mental más o menos intenso. La vida del hombre no es sino una continuada conca­tenación de actos exigidos, tanto por sus funciones fi­siológicas como por su condición de ser racional, afectivo y social. Su normal y rutinario trámite vege­tativo, su trabajo e incluso su ocio, se consuman me­diante la ejecución de múltiples y variadas acciones y operaciones. Cada una de estas secuencias operativas -le brinda al hombre una posibilidad de reflexión y análisis que eventualmente le sugiere una nueva solu­ción que las perfeccione. Estas mejoras pueden a ve­ces lograrse simplemente por una más lógica combi­natoria de los elementos en presencia. De un modo natural, puede ajustarse un gesto, modificarse una ac­titud o variarse un tempo. Otras veces, bastantes, sólo es posible tal superación de la eficacia y calidad de una acción mediante la ayuda externa y artificial de un artefacto creado a tal efecto que disponga de las facultades operativas requeridas. Según los casos, puede ser reducir o bien eludir el esfuerzo físico o la tensión mental inherentes a cualquier acto, bien abreviar su curso, bien esmerar su precisión, bien aminorar el consumo de materias y energías necesa­rias a su cumplimentación. La mejora de estas activi­dades suele asi lograrse perfeccionando los artefactos que las instrumentan.

El ambiente humano está lejos de su perfec­ción v sus carencias son, por lo tanto, infinitas. Sin embargo, por fortuna el hombre no es capaz de detec­tarlas todas v solo llega a descubrir aquellas que está capacitado para resolver. Si no existe viabilidad po­tencial de solución a su alcance, el hombre no las ad­vierte. Es connatural esta facultad de proporcionar sus anhelos y sus metas a sus propias facultades y ap­titudes. Son esos problemas prácticos cotidianos los que, progresivamente, le van sugiriendo al hombre los temas sobre los que ejercer su creatividad. El acto creativo es incitado así por unas motivaciones que lo desencadenan y concretado en un objetivo definido, dando al proceso ejecutivo de creación, el ímpetu y la directriz que se precisa para realizarse.



La motivación esencial que impulsa al hom-* bre a crear es un latente y congénito


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