Diseño ¿Por qué? André Ricard



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Antropoides que las clasificaciones modernas de Zoología, retornando a la posición de Linne, lo inclu­yen con ellos en la misma superfamilia de los Homí­nidos. Cuando sin embargo, a juzgar por los resulta­dos bioloaico* de su aparición, ¿no es precisamente ,ilizo muv dilerenle?» 12 Desde entonces, v a pesar de los muchos v recientes descubrimientos de la citoge- netica. la Ciencia no ha encontrado aun un lugar para el Hombre en su representación del Universo.

Un factor extraño se introdujo en el sistema biologico. un elemento hetereogéneo, único, produjo un rompimiento de las leves naturales que, hasta ese momento, habían seguido una}\ilación perfectamente explicable. A pesar de que mucho sabemos va. aún hemos de descubrir aquellas reglas que explicarían este paso —el «eslabón perdido» puede aún ha­llarse—. pero hoy, al seguir la historia de la evolución de la vida en la Tierra, resulta turbador encontrar un tiempo en el que el recorrido que seguíamos y com­prendíamos deja un lapso, una zona nebulosa, oscura, en la que el hilo conductor se pierde y cuando emerge nuevamente, el ser que observábamos ha cambiado —no tanto en apariencia: sus características morfoló­gicas son muy similares—. y. in embargo, ya no es ese autómata alienado, esclavo de unas leves que no está (acuitado para comprender, sino un ser libre.


consciente de su existir, que aprende del medió en que vive v liega incluso a visionar en su mente lo que no existe.

Si consideramos como normativa natural ge­neralizada a las reglas que la Naturaleza impone a todas las especies para sobrevivir —según las cuales solo perdura aquello que dispone de unas caracterís­ticas fisiológicas adecuadas al ecosistema en que vive—. no es exagerado decir que en el Hombre, que no cumple aparentemente este requisito, se establece una pervivencia «contra-natura» y, si bien es evidente que el Hombre se ha adaptado a su medio, esta adap­tación no se halla relacionada, ni explicada, por razo­nes morlologicas o fisiológicas, sino que ha surgido de una nueva v específica dimensión que no podemos calibrar desde la sola biología.

Este hombre emancipado, o consciente de su propia existencia, ve con ojos nuevos cuanto le rodea y va deduciendo de la observación atenta de sus pro­pios gestos v reacciones instintivas y del comporta­miento de los demas seres orgánicos de la launa v de la flora ciertas reglas lógicas y principios naturales que luego puede extrapolar en aquellos otros casos en que asume la responsabilidad deliberada de decidir, vendo más allá de lo que su pauta genética le sugería. El hombre es capaz de elaborar sus propios meca­nismos de toma de decisión, basados en la lectura de­ductiva de los (enomenos y reacciones naturales que observa.

La selección natural fue. posiblemente, eli­giendo de entre las individualidades del homo habilis a aquellos que por su mas desarrollada capacidad sensorial e imaginativa tuvieron va una mayor habi­lidad creativa hasta, depurando la especie, alcanzar

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la estirpe del homo sapiens —el «hombre sabedor», plenamente consciente de lo que hace— en la que esta pulsión creativa ya formó parte de su propia pauta genética. Pero esta facultad no es consecuencia de su sola racionalidad; el hombre no puede definirse ex­clusivamente como un ser racional. Si bien esta es una aptitud que es el único en poseer, no es, sin embargo, su única aptitud ni aquella que pueda explicar lo que hay de trascendente en su conducta. La razón le es indispensable para permitirle analizar y luego com­prender el ¿por qué? y el ¿cómo? de lo que acontece en si mismo y en su entorno sensorial: la razón com­prende e infiere hechos y fenómenos, pero nada hay en ella que le faculte para adivinar aquello que no puede someterse a la comprensión o a la deducción. Otros factores coadyuvantes habían de darse para que la especie alcanzara esa dimensión humana



> Además de su tan mentada racionalidad, el

hombre dispone de una inestimable potencialidad afectiva que le permite asumir e insertar en su vida, al lado del mundo de lo concreto, aquel otro mundo no- racional de lo inconmensurable, en que confluyen in­tuiciones, sentimientos, impresiones, emociones e imaginaciones. (Los trabajos del Prof. Roger Sperry han demostrado que el hemisferio izquierdo del cere­bro humano controla la lógica: lo racional, y el he­misferio derecho, lo intuitivo, lo emocional.) ¡Qué gi­gantesco desmarque en relación con las demas espe­cies poder imaginarse aquello que nuestros ojos no ven, nuestras manos no sienten, aquello que no existe, y a expresarlo, dándole vida con la voz. el gesto o la mano! El hombre suple e imita a la Naturaleza cuando crea.

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Finalmente, toda esta progresión, desdé el pnmer homínido hasta el hombre moderno, ha sido posible también porque esta especie ha vivido en grupos, instaurando la vida comunitaria como fun­damento de su especie. Como dice Gabriel Marcel '«existir es coexistir».19 Y es que el fenomeno de la pervivencia v evolución del ser humano solo es con-



Icebible en colectividad. La vida social ha permitido un enriquecimiento cultural, a la vez simbiótico v si* nereico. Esta connivencia ha forzado la institución del lenguaje como medio de comunicación, indispen­sable para la vida comunitaria de un grupo v. a su vez. ha supuesto el vehículo idóneo para la transmi­sión de los conocimientos adquiridos a las siguientes veneraciones: el hombre hereda asi, ademas de las pautas genéticas de comportamiento, un enorme ba- ¿aie cultural. A una mavor comunicación e informa- v.ion corresponde un mavor desarrollo de la cultura y, asi. cuanto mas amplia la base social que comparte una vida colectiva, mayores serán también las posi­bilidades de un elevado desarrollo de sus conocimien­tos. Asi como al animal le es imposible transmitir su propia experiencia a sus congéneres, el hombre, por el contrario, puede compartir, e incluso legar —gracias al lenguaje v a muchos otros medios de comunicación \ registro que ha ido creando: desde la escritura a las computadoras— todo el fondo cultural que cada gene­ración ha ido enriqueciendo a lo largo de los siglos. Corno ser social, el hombre ha podido asi potenciar su ^audal de conocimientos v, en consecuencia, ampliar la magnitud y complejidad de sus propositos.

Asi, la estirpe humana se resume en esta trico­tomía de lo racional, lo afectivo y lo social. Requisitos esenciales que posibilitan y explican esa distinta ma­lera de sobrevivir —aparentemente en contradicción coto la norma—que caracteriza al Honjbre.

Por esa sincronía evolutiva que existe entre el progreso de los conocimientos del hombre v la cre- * lente complejidad estructural y operativa de sus obras, es evidente que las mayores aportaciones de nuestra época han de ser obras de sofisticada tecnolo­gía v, por lo tanto, de mayor servicio y menor partici­pación del hombre en su manejo.

Sin embargo, el arsenal de cosas antropogenas que hov nos ayuda en nuestra vida cotidiana no se limita a las nuevas generaciones de artefactos, sino que incluve también multitud de cosas de muy diversa pro­cedencia. Aunque lo creado en estas últimas décadas es lo que más destacamos por su novedad, nuestro entorno de este final del siglo xx consta también de un impor­tante legado objetual del pasado, en el que hallamos maquinas del siglo xix, instrumentos del Renacimiento, herramientas del Medioevo e incluso muchos enseres v útiles del Neolítico. Ninguno de ellos se halla en su apariencia original, pero su esencia estructural es la misma que se definió en el momento de su creación. Sin pretender hacer una clasificación taxonómica —que seria por supuesto de un enorme Ínteres y utilidad—



podamos subdividir este vasto arsenal de cosas que nos rodean según su menor o mayor grado de complejidad, de necesidad y posibilidad de participación del hombre en su funcionamiento.

Lo que solemos llamar los objetos forman un grupo importante de artefactos poco complejos, cuya funcion/util suele evidenciarse en la propia forma y en los que la participación del usuario es decisiva. Auxi­lian al Hombre sin substituirle. Este grupo com­prende aquellas cosas cotidianas necesarias para las funciones basicas de la supervivencia. Es, ademas, el área mas apropiada para una actividad creativa en libertad. Libertad que es posible al no estar supedi­tada la creación de estos objetos a unos complejos dispositivos tecnológicos que imponen siempre sus exigencias, a menudo encontradas con las del uso. Li­bertad del creativo que puede aun ser autosuficiente sin dependencia de la tecnología, hallando sus apor­taciones en una nueva combinatoria de los compo­nentes formales.

Los objetos pueden subdividirse en dos ramas. Los objetos simples serian aquellos que, formados por uno o varios elementos y materiales, no contienen ningún dispostivo mecánico y actúan como un todo monolítico. Una forma idónea y un material son sufi­cientes para que, manejados con destreza, cumplan su servicio. Son como accesorios para la mano a la que completan en alguna tarea específica. El hombre sigue siendo el protagonista de la acción operativa al dotar a esos objetos de la intención y de la energía que necesitan para ser útiles.

 Para auxiliarnos, estos objetos imitan y susti-tuven a alguna parte de nuestra morfología: son como una prolongación de algún gesto humano al que supe­ran. Un peine o un rastrillo semejan unos dedos en­treabiertos. Unas pinzas actúan como lo hacen nues­tro pulgar e índice en su función aprehensora. El cuenco, el plato o el vaso imitan a nuestras manos en las actitudes que adoptan cuando pretendemos con­tener algo en ellas. £1 mazo o el martillo simulan un puño cerrado. El cuchillo o la sierra reemplazan la i luncion cortante de nuestros dientes. Estos objetos I engloban utensilios, herramientas o enseres cuya his­toria morfológica y conceptual es paralela a la propia historia del Hombre. No es aventurado decir que toda luncion que pudiera resolverse con una herramienta o un enser es muy posible que ya se haya concebido en los muchos siglos que nos preceden. Desde el Paleolí­tico hasta el final del Medioevo, la creatividad del hombre se ha basado esencialmente en la utilización ingeniosa de unos pocos materiales inmediatos y unas cuantas técnicas elementales.

Los objetos articulados serian los estructura­dos como un conjunto de piezas con distintas formas y/o materiales que. en acción combinada, ejercen cierta función. Su articulación constituve un sencillo sistema con ciertas propiedades mecanicas primarias. La mayoría de sus componentes son externos1 y sus principios mecánicos bastante evidentes. Estos obje­tos articulados son generalmente instrumentos o dis­positivos a ios que cada época y cada cultura ha apor­tado su contribución creativa. En ellos se revela va un sinergismo que, por la interacción de propiedades fí­sicas o mecánicas, permite un desdoblamiento de la resultante funcional. Con una mínima complejidad estructural posibilitan (unciones que no podrían lo­grarse de otro modo. Son objetos articulados, por ejemplo: balanzas, tenazas, tijeras. Aquí también reencontramos esa inspiración antropomorfica: imi­tan, en cierta manera, la propia articulación del cuerpo humano. Poseen una mavor versatilidad v ca­pacidad, pero siguen precisando de la energia y del manejo del hombre para funcionar.

Muchos de estos objetos, ya sean simples o articulados, cumplen aún hoy unas funciones útiles insustituibles. Esos muchos enseres v herramientas tradicionales son resultado de un largo v fiable pro­ceso de uso y perfeccionamiento. Sus principios fun­cionales fueron depurándose de generación en gene­ración hasta cristalizar en las soluciones formales, mecánicas o ambas que hoy poseen. Estos ob|etos hdn alcanzado su apogeo evolutivo v solo es posible apor­tarles una cíclica adecuación al cambiante contexto



Íociotecnológico. La evolucion del modo de vivir iecta al modo de uso de las cosas y puede exigir, en onsecuencia, ciertas adaptaciones funcionales. Tam- fbien. el descubrimiento de nuevos materiales y técni- I cas de fabricación —que permiten aligerar, reducir, i robustecer las partes o el todo de un objeto—, propi­cian variaciones mas o menos sensibles de la configu- ' ración. Asimismo, los estilos estéticos pueden incidir su- i perticialmente en la expresión lormai de estos objetos.

Estas soluciones heredadas son ciertamente insuperables v la lección magistral de creatividad que encierran nos señala un camino creativo que aun si­gue vigente. Por esta vía. de la simplicidad hemos de hallar todavía soluciones para las nuevas necesida- •Jes que van surgiendo como resultado del progreso. Ocurre a menudo que, en un sistema que prefiere la truculencia a la discreción eficaz, estas nuevas nece­sidades prefieren resolverse con engorrosos artefactos motorizados, cuando un simple dispositivo mecánico sena yna solución suficiente.

Hemos visto como desde los primeros objetos hasta los más elaborados instrumentos y herramien­tas, la obra antropógena copia, sustituye y amplía a algún órgano o gesto humano. Los artefactos manua­les, como prótesis que siempre han sido, tienen en el propio hombre a su modelo inspirador. Cuando, reba­sando el nivel elemental del objeto articulado, lo an- tropogeno se hace más complejo, llegando a la elabo­rada organización que llamamos máquina, este antro­pomorfismo directo v evidente, parece perderse, pero solo en apariencia, porque sus entrañas mecánicas si­guen formadas por piezas que semejan nuestros órga­nos que, al actuar, fingen movimientos gestuales hu­manos.

Pero es más. el propio concepto de máquina —es decir, de sistema estructurado en el que conflu- ven coordinadamente múltiples acciones, paralelas o consecutivas para el logro de un resultado— no es sino la traslación de la propia organización del tra­bajo desarrollado por la sociedad humana. Reencon­trando asi ese insoslayable mimetismo incluso al ni­vel de lo puramente conceptual.



Lewis Mumford hace en El mito de la máquina un erudito análisis de los orígenes de la tecnología y destaca su dependencia directa de factores culturales v sociológicos. Señala como la técnica moderna no tuvo su origen en la llamada Revolución Industrial el siglo xviti «sino en los propios principios de la organización de una máquina arquetipica, compues­ta de partes humanas» a la que denomina megamá- quina. Se refiere a esas primeras máquinas humanas que fueron posibles por la jerarquización de la socie­dad llegando a someter al pueblo a los designios de un monarca divinizado. «Sólo los reyes, asistidos por las disciplinas de las ciencias astronómicas y respal-dados por las sanciones de* la religión, tenían capaci­dad suficiente para juntar y dirigir esa megamáquina, que era una estructura invisible, compuesta de partes humanas, vivas, pero rígidas, aplicada cada cual a su tarea especifica, a su trabajo, a su función, para reali­zar entre todas las inmensas obras y los grandiosos designios de tan enorme organización colectiva (...) Tal invento fue la suprema lía/aña de la primitiva ci­vilización: proeza tecnologica que sirvió de modelo a todas las formas posteriores de organización meca- nica [...] tn efecto, ésta extraordinaria invención ha mostrado ser el primer modelo funcional de todas las complicadas maquinas quC vinieron despues, aunque el énfasis del maqumismo fue trasladandose lenta­mente desde los actores humanos a los mecanismos inanimados. »

Las maquinas suponen una nueva generación de lo antropogeno. un agregado de diversos mecanis­mos funcionales independientes que se complemen­tan y potencian para cumplir ciertas operaciones. Cada uno de sus oréanos es un ingenio mecánico ais- lable. con una función especifica parcial que, adecua­damente asociado a otros en la estructura funcional.

< propicia una función global. Estos organos están compuestos poi diversos dispositivos y estos por dis­tintas piezas. Las piezas que componen los dispositi­vos condicionan, no tan sólo la función sino también la fisionomía externa de la maquina en que se inte­gran. Estas exigencias (volumen, tamaño, peso, etc.) que impone la estructura funcional, interfieren —en las máquinas que han de manipularse— con las otras exigencias que reclama su buen manejo. Para lograr una adecuada utilización de determinada máquina es preciso que sus características morfologicas estén en consonancia con los requisitos antropométricos y er- gonómicos del usuario.

Las máquinas también podrían subdividirse en dos ramas: las participativas y las pasivas, aquellas en las que el hombre, a pesar de una alta componente técnica puede aun participar en su manejo, y aquellas otras en las que, despues de haberlas puesto en mar­cha. todo se limita a ser un simple espectador de su actuación.

En las primeras, el hecho de que contengan entrañas mecanicas. no implica la desaparición de un determinado grado de participación del usuario, sino que esos organos permiten optimizar el servicio ofre­ciendo mejores prestaciones a menor esfuerzo y, si bien «comodizan» el servicio, no anulan la interven­ción del usuario. Este sigue viendo en estos aparatos, a un útil que le ayuda sin marginarle, y en ellos sigue comprendiendo la relación que existe entre |a forma externa v la función que propicia

Las otras máquinas, más autonomas. nada di­cen de la relación que existe entre su forma externa y el servicio que prestan, ni de la tecnología en que se amparan. Son artefactos mudos que solo pueden ma­ravillar con sus performances a quienes las usan. Es­tos aparatos distancian al usuario de la comprensión de como se opera la función útil. Su única participa­ción será pulsar algún botón de ese artefacto hermé­tico del que no nos atrevemos ya ni a hurgar en sus entrañas para intentar arreglarlo cuando deja de fun­cionar.

Esta autonomía que van adquiriendo los más sofisticados artefactos significan que nos necesitan menos, en la medida en que nos suplen más. Un apa­rato autónomo ha de hacerse, forzosamente, más es­pecifico. menos versátil. Es decir, que su misión servil habra de ser más definida y que sólo podra realizar

unas predeterminadas acciones. Su mavor autonomía implica también una mavor sofisticacion. A una ma­yor sencillez externa le corresponde una mavor com­plejidad interna. El número de dispositivos que lo componen sera mavor y, en consecuencia, aumentan proporcional mente las probabilidades de averia. Cuando un aparato ofrece un servicio mas completo, sus dispositivos operativos son necesariamente mas complejos, lo que implica una mayor fragilidad de este conjunto servil, con el agravante de que el usua­rio va ni puede remediar estas avenas por si mismo ni comprende como funcionan estos artefactos ni, de hecho, han sido proyectados para que puedan ser repa­rados por manos inexpertas, ü sea. a mayores probabi­lidades de averia corresponden las menores probabili­dades de arreglo.
A partir del momento en que un artefacto se incorpora a la vida cotidiana de una colectividad humana necesita un nombre propio que permita su rdentiticacion por ese grupo social que lo adopta. La denominación de las cosas es simultanea a su primer uso. Asi. los nombres de los objetos que conocemos, ademas de denotar específicamente aquello que de­clinan. también contienen ocluido otro mensaje sub- vacente que nos habla del tiempo en que fueron crea­dos v del primer lenguaje que los denominó.

No pretendo iniciar aquí una teoría sobre la etimología de los nombres de las cosas antropógenas, sino simplemente remarcar cómo estas denominacio­nes encierran ese otro contenido informativo. La in­vestigación etimológica, que tiene precisamente ese objetivo, se ve limitada al ámbito de las lenguas co­nocidas v. las raíces que revela solo se remontan a civilizaciones relativamente recientes: hebrea, greco- latina. ara be, etc. Estas raíces que resultan muy útiles para explicar la procedencia e interrelación de las lenguas modernas, de sus tecnicismos y otros neolo­gismos. nada dicen de los más remotos orígenes, demuchas denominaciones que se remontan más allá del tiempo histórico.

Asi, del término «hacha», que aparece por vez primera en un escrito a mediados del siglo xm (Joan Corominas, Breve diccionario etimológica de la lengua castellana), sólo puede decirse que procede del fran- cico y éste del aleman antiguo happja. La indagación ha de detenerse allí por falta de datos cuando nos consta que esta herramienta, como muchas otras, procede del Neolítico. Al igual que el propio uso, la raíz fonética que le denomina persiste en el objeto, pero se ha perdido la pista que podía llevarnos, a tra­vés de múltiples culturas, hasta el propio lenguaje de quienes lo crearon. Cada cultura hereda de otras an­teriores. cosas y vocablos y por esta vía han llegado hasta nosotros —modificados por las múltiples transferencias que se operan en este largo transitar— esos objetos v sus denominaciones nacidos antes que la Historia. En las cosas, gracias a los hallazgos ar­queológicos, es posible confrontar lo heredado por transmisión popular con sus propios orígenes intac­tos. Sin embargo, de sus denominaciones primarias nada podemos saber, aun cuando las suponemos na­turalmente vinculadas a los primeros esbozos del len­guaje, que fue articulándose en tomo a las crecientes actividades humanas instrumentadas, a su vez, por todo lo antropogeno. La necesaria designación que exigían los primeros utiles v enseres requirió la in­vención de nuevas voces que inauguraban las raíces del lenguaje. A la matière même un verhe est attaché ((ierard de Nerval).20 Es evidente que la auténtica raiz etimológica de ciertos nombres de herramientas y enseres elementales que aun usamos, hay que ha­llarla en el lenguaje de esas épocas en que fueron creados; cuando ese lenguaje se limitaba a un corlo repertorio de sopidos codificados que designaban solo acciones y accesorips básicos. A cada invención de una cosa correspondía la invención de un vocablo que consolidaba su peculiar identidad. Asi. por ejemplo, en un determinado momento evolutivo del phylum del hacha, el hombre hubo de distinguir a la herramienta que iba aflorando con carácter propio de la crisálida primitiva del guijarro desportillado que la sugirió, y dotarla de un nombre que había de difenciarla de su origen: en justa correspondencia al desmarque mor- lologico que ya se había operado. Cada cosa conquista su nombre especifico en el momento en que. por suce­sivas mutaciones, llega a generar una nueva especie. A partir de entonces, si ese nombre es propio, es decir, si describe aquello que esa cosa es, v no su función, lo mantendrá en exclusiva propiedad: ese nombre sólo podra designar a ese particular objeto. Como el voca­blo «árbol» sólo designa al árbol, o «agua» al agua, «hacha» nos refiere sólo a si misma, a la magia os­cura de sus raíces que se pierden en la penumbra que envuelve al alba de la humanidad. Epicentro de su propia fonética, percibimos en ella aun el sonido hosco de las primeras voces humanas. Versión poé­tica. surgida espontanea de una traslación mimética del propio objeto en su totalidad formal y activa. Aun * oímos en «hacha» el sonido del filo hendiendo la ma­teria mezclado al soplo del esfuerzo de quien la usa. Sentimos latir la vida misma en ese vocablo tan cór­lame como lo que nomina. La forma y el acto son re­presentados en él de un modo audible.

Michel Foucault. en su libro Las palabras y ias cosas, en el capitulo V, hace una síntesis de las teorías que explicarían el origen del lenguaje. Destaca la im­portancia de la nominación prima: «Poner al día el origen del lenguaje es reencontrar el momento primiti­vo en que era pura designación.» Previo al lenguaje ha­blado existió un lenguaje gestual —«el lenguaje activo, es el cuerpo que lo habla»—, que permitió establecer una primera codificación de gestos v muecas. Con este Codigoel hombre va podía comunicar con otros: «puede percibir esta mímica como la señal y el sustituto del pensamiento del otro» [ ..) «con el uso concertado de un signo (ya expresión), algo como un lenguaie esta naciendo» ||.| «signos que serian como otras tantas palabras mudas a descifrar v a hacer audibles nue­vamente» . El lenguaje de acción ha lanzado él primer puente comunicativo entre los humanos v a su vez ha servido de modelo para formar otros nuevos (engua- jes. otros nuevos signos, esta vez sonoros, según los esquemas estructurales que establecieron ese len­guaje gestual. Estos signos sonoros lueron la raíz del lenguaje «impuestos por la naturaleza como gritos involuntarios v utilizados espontáneamente por el lenguaje de la acción... Y si todos los pueblos en to­dos los climas, han escogido de entre el material del lenguaje de acción, estas sonoridades elementales, es porque descubrían en ellos, pero de un modo secun­dario v reflexivo, un parecido con el objeto que de­signaban».

Pero muchos otros vocablos denominativos no se remontan tan lejos v lo percibimos en su propia estructura. No encierran esa magia, en ellos sentimos otro idioma, otras huellas menos primarias \ espon­taneas. La simple lectura de un nomenclátor objetual pone de manifiesto estos distintos orígenes y sugiere posibles ordenaciones de acuerdo con la traza esen­cial <|tío encierran. Asi* de un primer examen parecen destacarse va ciertos urupos diferenciables.

Aquellos objetos cuvo nombre ha generado un

verbo denominativo que debe su existencia a la de ese \

objeto: hacha/hachar, cuchillo/acuchillar, botón/abo- tonar. clavo/clavar, botella/embotellar, fusil/fusilar, etcetera. Del mismo modo que la creación de ciertos artefactos hubo de preceder forzosamente a la de su denominación] también ciertos nombres, recién es- I llenados, fueron previos al verbo derivado que había de significar la acción que esas cosas posibilitan. Aun cuando el acto creativo sea motivado por la necesidad de alcanzar un determinado objetivo —e incluso aceptando que esa necesidad/objetivo pueda sustan- tantivarse previamente— el objeto creado, por obra v gracia de ja propia dinamica creativa que lo fragua llegá | distanciarse del proposito generador, ai que acaba por desbordar v al que, por lo tanto, redefine


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