Diccionario de Psicoanálisis



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Censura

José Luis Valls


[freud.] Este concepto sufre una evolución particular en la obra freudiana. Es el proceso en que a una representación -retoño (de otra representación reprimida primariamente) se le impide el acceso a un nivel superior del psiquismo (a la palabra, al pre­consciente*), o se le permite siempre que esté bien disfrazada y no sea reconocida como propia por el yo*.Freud define en primer término la censura onírica. Su función es desfigurar la representación* intolerable para la conscien­cia*. En el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900) y en los escritos metapsicológicos de 1915 llevará el nombre de “represión”*. Esta represión escindirá el aparato psíquico en un Inc.* y un Prec. y a su vez tendrá dos tiempos: la represión primaria*, que se producirá en los distintos momentos de la sexualidad infantil* creando sus fijaciones* que culminan en el período del complejo de Edipo* y generan la amnesia infantil* posterior; y la represión secundaria*, que da caza a los retoños de aquella sexualidad infantil ya reprimida, la que intenta retornar de lo reprimido* a través de ellos, generando, si lo consigue, entre otras cosas los síntomas* neuróticos.Freud describe también una censura consciente que impide el pasaje de las representaciones-palabra* Prec. a la consciencia (Cc.), restándoles valor, o por productoras de vergüenza*, etcé­tera. Esta censura, cuya forma de acción es la de quitarle a la representación-palabra la sobreinvestidura* de atención* que necesita para acceder a la consciencia*, es la que se le pide al paciente que deponga, al entregarle la “regla fundamental”* de la “asociación libre”*.En términos de la segunda tópica, la censura es en ese caso ejercida por el superyó* hacia un yo que no accede al nivel del ideal del yo* exigido. Tomando la forma de autorreproche* o autocensura, expresiones de sentimiento de culpa*. También el superyó puede castigar al yo por permitir éste al ello* ciertas libertades no aceptadas por la consciencia moral* (actuadas o fantaseadas). Es un resabio de la censura de los padres en el momento de la educación; censura que remite entonces, en el in­consciente, a la amenaza de castración*.El yo censura en forma automática a la moción pulsional cuando su representación-cosa* busca representación-palabra en alguna forma asociada por el yo con algo no aceptado por el superyó, pues si no le produce angustia señal* al yo. Éste se defiende de la angustia aplicándole a la pulsión* los mecanismos de defensa* que al sustraerle investidura Prec. (a la representa­ción-palabra) impiden su conocimiento y acceso al yo. Estos mecanismos de defensa son formas cada vez más sofisticadas de la censura. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Ceremonial obsesivo

José Luis Valls


[freud.] Compulsión* compleja a la que en ocasiones se ve sometido el paciente neurótico obsesivo*. Le sirve para controlar la angustia*, la que se hace presente si alguna causa impide su realización. Aunque el ceremonial suele ser molesto, el paciente no puede impedirlo. Freud trae un ejemplo de un niño de once años:“No se dormía hasta no haberle contado a su madre presente, con los mínimos pormenores, todas las vivencias del día; sobre la alfombra del dormitorio no debía haber por la noche ni un papelito y ninguna otra clase de basura; la cama tenía que arrimarse por completo a la pared, debía haber tres sillas delante de ella y disponerse las almohadas de una manera precisa. Y él mismo, antes de dormirse, tenía que entrechocar sus piernas cierto número de veces, y luego ponerse de costado” (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896, A. E. 3:173, nota).El ceremonial tiene un fundamento aparentemente racional, siendo absolutamente irracional. Tiene motivaciones inconscientes que en la mayoría de los casos pueden ser reconstruidas*, y encontrarse así el significado y con él la posibilidad de la vuelta a la racionalidad de la actividad de pensamiento*, propia del yo*. El caso de ese niño “[...] se esclareció de la siguiente manera: Años antes había ocurrido que una sirvienta, encargada de llevar a la cama al bello niño, aprovechó la oportunidad para acostársele encima y abusar sexualmente de él. Después, cuando este recuerdo fue despertado por una vivencia reciente, se anunció a la conciencia a través de la compulsión al ceremonial descrito, cuyo sentido era fácil de colegir y fue establecido en detalle por el psicoanálisis: Sillas delante de la cama, y ésta arrimada a la pared... para que nadie más pudiera tener acceso a la cama; almohadas ordenadas de cierta manera... para q_ estuvieran ordenadas diversamente que aquella noche; los movimientos con las piernas... echar fuera a la persona acostada sobre él; dormir de costado... porque en la escena yacía de espaldas; detallada confesión ante la madre... pues le había callado esa y otras vivencias sexuales, por prohibición de la seductora; por último, mantener limpio el piso del dormitorio... porque el principal reproche que hasta entonces había debido recibir de la madre era que no lo mantenía así” (1896, 3:173, nota). El ceremonial obsesivo es expresión de mecanismos defensi­vos* del yo como la “anulación de lo acontecido”* y el “aislamiento”*, cuya progresiva falla permiten cada vez más el retorno de lo reprimido*; o sea es expresión de la neurosis obsesiva, aunque en algunos caracteres* anales normales la tendencia al orden por momentos tome ciertas características de ceremonial.“El ceremonial neurótico consiste en pequeñas prácticas, agregados, restricciones, ordenamientos, que, para ciertas ac­ciones de la vida cotidiana, se cumplen de una manera idéntica o con variaciones que responden a leyes. Tales actividades nos hacen la impresión de unas meras "formalidades", nos parecen carentes de significado. De igual manera se le presentan al propio enfermo, pese a lo cual es incapaz de abandonarlas, pues cualquier desvío respecto del ceremonial se castiga con una insoportable angustia que enseguida fuerza a reparar lo omitido. Tan ínfimas como las acciones ceremoniales mismas son las ocasiones y actividades adornadas, dificultadas y en todo caso sin duda retardadas por el ceremonial; por ejemplo, vestirse y desvestirse, meterse en cama, la satisfacción de las necesidades corporales. Puede describirse el ejercicio de un ceremonial sus­tituyéndolo de algún modo por una serie de leyes no escritas” (1907, A. E.9:101-2).“En casos leves, el ceremonial se asemeja bastante a la exageración de un orden habitual y justificado. Pero la particular escrupulosidad de la ejecución y la angustia si es omitida singu­larizan al ceremonial como una "acción sagrada". Los hechos que lo perturban se soportan mal, las más de las veces, y casi siempre están excluidas la publicidad y la presencia de otras personas mientras se lo consuma” (id.).Dejamos la palabra a Freud, tan clara resulta su exposición. Solamente resaltaremos el carácter de acción sagrada del cere­monial obsesivo, lo que lo vincula más con el ceremonial religioso. El hecho de que cuando es leve puede pasar inadvertido o secreto, y entonces aparecer una crisis de angustia, al impedirlo alguna causa externa. Por último la vinculación que suele tomar con actos normales cotidianos relacionados con el tocamiento del cuerpo, las zonas erógenas*, su visualización, embellecimiento, etcétera, por lo que éstos, entonces, se tornan tareas intermi­nables, tormentosas (asearse, cambiarse, acostarse, comer, et­cétera). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Chiste

José Luis Valls


[freud.] Procedimiento intelectual por medio del cual un rápido em­pleo de un proceso primario* ahorra parte del gasto que deman­daba la represión* de las pulsiones sexuales* incestuosas, de las pulsiones destructivas* y de sus retoños. Se descarga, entonces, la energía* así ahorrada, energía cuya descarga da origen al placer* de la risa, la que según la clase de chiste (como en el chiste tendencioso) llega a ser risa franca, hasta carcajada. El método que por un instante se utiliza es el de usar un proceso primario, en forma parecida al sueño*, pero sin regre­sión* de palabra a imagen percibida, sino tratando a la palabra como si fuera representación-cosa*, o aprovechando los diferen­tes significados que tienen las palabras y también las varias cosas a las que aluden. A veces se cambia una letra o una sílaba, o las palabras se descomponen en sílabas, gracias a condensaciones* y desplaza­mientos* que aprovechan contigüidades*, analogías*, ho­mofonías, oposiciones*. Son asociaciones* superficiales de las palabras (analogías formales) que ocultan asociaciones más profundas (de significados).En fin, se vuelve a jugar con las palabras como jugaba el niño durante la época del aprendizaje del lenguaje*, para el que las palabras más que representar a las cosas, son una más de éstas. Existen varios tipos de chistes: del juego infantil con las palabras pasamos al chiste inocente o abstracto cuyo efecto nunca es excesivamente reidero; en general nos produce una simple sonrisa. El chiste que produce más placer suele ser el tendencioso, que nace de la pulla grosera o insulto sexual con carácter alegre de los grupos con bajo grado de cultura o inhibi­ción. En el chiste tendencioso, en forma oculta, mediante con­densaciones y desplazamientos, se busca agredir* sexualmente (desnudar) a alguien o agredir simplemente (desacreditar, degra­dar a una autoridad por ejemplo). Para esto se necesita de un tercero que escuche el chiste, éste es el que principalmente, entonces, sentirá el placer al producirse la descarga con la risa. Por lo tanto en el chiste tendencioso hay tres personajes: a) el creador que lo cuenta, b) la persona de quien se cuenta algo (imaginaria o ausente por lo general, salvo en la pulla grosera) y c) el tercero que es el que goza. En el autor o relator del chiste el placer empieza siendo ínfimo, pero por contagio (identificación* con el que goza) llega a ser intenso. Este complejo meca­nismo hace que el chiste tenga un efecto social buscado, necesita espectador, no se puede disfrutar en soledad. Los mejores chistes equilibrarán el disfraz con lo entendible para un tercero; si es muy complejo le demandarán a éste dema­siado esfuerzo y perderá el efecto placentero al demandar gasto. Si es excesivamente fácil necesita de un talante alegre previo del tercero, en el que las inhibiciones* estén disminuidas y se convierta en pulla grosera, con lo que el nivel cultural desciende. Si el tercero es el que más goza es porque la operación intelectual creativa, el uso momentáneo del proceso primario insertado en un discurso en proceso secundario* en forma repentina, le viene regalada por el autor, no le demanda el gasto que exige la ocurrencia creativa. Consigue así, mediante la operación intelec­tual del otro, dar cierto nivel de satisfacción a una pulsión* prohibida interiormente en su aparato psíquico*. Pero el autor necesita del tercero para gozar, pues como hemos dicho el chiste en soledad no produce placer, sólo al producir la risa en el tercero el autor puede sentir placer al contagiarse, por identificación, de la risa de aquel. Esto transfor­ma al chiste en un fenómeno social por excelencia, diferencián­dose así del humor* que es un tipo de placer parecido, pero con libido* narcisista. En el humor el sujeto puede sonreírse de sí mismo, o de los problemas de la realidad*, gastándoles una broma, disminuyéndoles con ésta el valor, tornándose por un instante omnipotente el yo*. El humor no necesita de terceros, si bien éstos pueden disfrutar de él, al sujeto no le son imprescin­dibles para gozar. El chiste es una válvula de escape que en lo social permite desinhibición de pulsiones sin llegar a la acción. Puede estar ayudado por una fachada cómica (véase: cómico), la que va preparando previamente el ambiente para el placer chistoso. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Cloaca

José Luis Valls


[freud.] Segunda de las tres principales teorías sexuales infantiles*. La primera atribuye a todos los seres humanos un pene y la tercera es la concepción sádica del coito. La teoría de la cloaca surge de la ignorancia que tiene el niño sobre la existencia de la vagina como genital, o si se quiere, de la desestimación* de la diferencia de los sexos que el niño realiza. De ahí que atribuya el nacimiento no a un parto sino a una evacuación. Si los hijos nacen por el ano, los varones pueden parir igual que la mujer (esto se corresponde con la primera teoría que dice que las mujeres tienen pene). En realidad, según esta teoría no existirían dos sexos más que por los caracteres sexuales secundarios, la función en la familia, el tipo de prefe­rencias, de manera de ser, etcétera, pero no por lo esencial. Una vez reconocida la diferencia de los sexos, al menos en un primer nivel (la oposición* fálico-castrado), la teoría cloacal es desechada. Sin embargo, puede permanecer en el inconsciente* reprimida o incluso dentro del yo*, merced a mecanismos de escisión yoica* que en parte reconozcan la castración y en parte no. Esto último sucede, en forma característica, en el caso de la desmentida* de la diferencia de los sexos que se produce en la perversión sexual*. En el historial del “Hombre de los lobos” (1918), Freud plantea esta problemática y la manera compleja en que aparece en el caso. El paciente poseía en su yo tres actitudes diferentes frente a la castración:1 ) Abominaba de ella desde su “protesta masculina”, lo que originaba la angustia* de su fobia* (angustia de castra­ción*).2) Tenía una segunda corriente que aceptaba la castración y se consolaba con la feminidad como sustituto. Ésta origi­naba sus síntomas* de constipación como conversión* histérica.3) Había una tercera más antigua y profunda que podía toda­vía ser activable y que seguramente es la teoría de la cloaca desestimadora de la castración, que momentáneamente podría resurgir durante un conflicto agudo. Con la teoría cloacal se vincula íntimamente la trasmutación de las pulsiones* anales a través de la ecuación simbólica: heces-pene­-niño-regalo-dinero, todas identidades para el inconsciente*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Cómico

José Luis Valls


[freud.] Operación anímica placentera, cuyo medio de descarga es la risa. Se origina como un hallazgo de algo no necesariamente buscado en los vínculos sociales entre los seres humanos, que también se puede extender a la apreciación de ciertos animales, objetos inanimados o situaciones, que resultan con ciertos atri­butos exagerados, caricaturescos, cómicos. La descripción co­rresponde, por lo general, a hechos cómicos acaecidos a personas adultas o por lo menos con un aparato psíquico* terminado de establecer; con un ello*, un yo* y un superyó*, y en el que está bien definida la frontera entre lo que es inconsciente* y lo que es preconsciente* y consciente*. Lo cómico es una operación que corresponde al yo en su parte preconsciente (Prec.), lo que pertenece ala actividad de pensa­miento*, al juicio*, al proceso secundario*. No interviene el inconsciente en su gestación, como en el caso del chiste*. Lo cómico es algo que se halla en personas, en sus movimientos, formas, acciones y rasgos de carácter*; originariamente es probable que sea sólo en sus cualidades corporales, más tarde * también en las anímicas o bien en sus manifestaciones. Por otro lado, como decíamos, se puede extender a animales, cosas o situaciones. Reímos de los movimientos del clown porque, des­medidos y desacordes con un fin, nos recuerdan la torpeza infantil. Reímos de un gasto de energía demasiado grande; desde la comicidad de los movimientos se puede ramificar lo cómico a las formas del cuerpo y los rasgos del rostro.¿Por qué produce efecto cómico lo desmedido y carente de fin del movimiento, que incluso luego deriva a otras situaciones? Freud lo atribuye a la comparación entre el movimiento observa­do en el otro y el que uno habría realizado en su lugar. Por el proceso de juicio y a través del “complejo del semejante”* “Adquiero la representación de un movimiento de magnitud determinada ejecutando o imitando ese movimiento, y a raíz de esta acción tengo noticia en mis sensaciones de inervación de una medida para ese movimiento” (El chiste y su relación con lo inconciente, 1905, A. E. 8:182). Comprendemos a un semejante realizando sus mismas accio­nes; luego, una vez conocidas éstas, podemos pasar a comparar­las con las nuestras. El proceso se irá simplificando a medida que participe en él la memoria, lo que nos dispensará de realizar el acto cada vez, sustituyéndolo por un gasto de investidura* de representación*. Al ver a un prójimo realizando actos desmedi­dos o desacordes a un fin -en la comparación que automáticamente hacemos, para comprender, con la acción que realizaríamos nosotros en la misma situación- hay un ahorro de investidura de representación. Esa energía ahorrada se descarga por el meca­nismo placentero de la. risa. Así “[...] la génesis del placer por el movimiento cómico sería un gasto de inervación que ha devenido inaplicable como exce­dente a consecuencia de la comparación con el movimiento propio” (1905, id. 185). El placer de lo cómico surge entonces de un gasto de investi­dura de representación que la desproporción del movimiento realizado por el semejante, nos ahorra. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Complejo de castración

José Luis Valls


[freud.] Excitaciones y efectos relacionados con la pérdida del pene. El desarrollo sexual del niño se realiza en dos tiempos. El primero dura hasta los cinco o seis años, la sexualidad infantil* que cae bajo el manto de la represión*, luego es seguido por un período de latencia*, y el segundo que resurge en forma defini­tiva en la pubertad y posterior adolescencia. En la culminación del período sexual infantil la zona erógena* predominante es la fálico-uretral*; al advenir el predominio de esta zona ocurren simultáneamente múltiples cosas. Por lo pron­to se abren distintos caminos en la evolución del niño y la niña. En el nivel infantil de conocimiento se notan diferencias sexuales, las que son vividas como posesión o no de genital (el que no lo posee es porque fue castrado, el que sí lo posee corre peligro de serlo). Esta realidad difícil de enfrentar y resolver con el aparato psíquico* infantil, es aceptada en parte, lo que originará angustia de castración* en el niño y envidia fálica en la niña. También puede ser desmentida* en ambos casos y esto señalar el camino a las perversiones sexuales*, las que se pueden extender a algún tipo de psicosis*. Tanto en la niña como en el varón, en el nivel infantil de pensamiento* no se reconoce del todo la existencia de la vagina femenina como órgano genital (no obstante, es de suponer que para el yo* realidad todavía incompleto, en parte sí, además para las pulsiones sexuales* objetales también, no hay más que fijarse en los símbolos universales* de ella que aparecen en los sueños*, provenientes del inconsciente*), lo que en forma definitiva debe­rá lograrse en ambos casos en el largo camino hasta la pubertad y adolescencia. La vagina y el clítoris son vividos por ambos, en la etapa fálica, como la castración del único genital que en última instan­cia es considerado como tal en este nivel infantil, el falo. Al miedo del varón ante la posibilidad de la castración, comprobada entonces en la visión del genital femenino, se lo llamará angustia de castración, y es aquella de la que se defen­derá, principalmente, el yo del neurótico adulto con los mecanis­mos de defensa* inconscientes, origen de rasgos de carácter* y síntomas* neuróticos. En la niña la aceptación de la existencia de la castración origina el complejo de castración por excelencia. Fundará su yo basado en esta (sentida por ella) mutilación. Esta situación originará sensación de minusvalía, dependencia extrema, la constitución de su superyó* será más lenta, no estará acuciada por la urgencia de la angustia de castración. Respecto a este punto Freud señala que en la mujer hay tres caminos principales en su evolución sexual:1 ) La represión de la sexualidad* en general.2) La no aceptación de la castración, conducente a la mascu­linidad en el carácter, o a la homosexualidad* como per­versión.3) El pasaje a la feminidad aceptando la diferencia entre los genitales femeninos y los masculinos, entre la masculini­dad y la feminidad, con sus características propias. No como una castración de la posesión de una única forma posible de genital (el falo). Este último paso podrá ser logrado a partir de la pubertad y obviamente será el camino normal, el que sin embargo incluye en parte, reprimidos, los anteriores. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Complejo de Edipo

José Luis Valls


[freud.] Período* culminante de la sexualidad infantil* en el que termina de desarrollarse la pulsión sexual* objetal, la que va a tomar la característica de incestuosa, pues se ha apuntalado en la pulsión de autoconservación* y por lo tanto elegirá como obje­to*, al mismo que satisfacía a esta pulsión*. Así, se originarán diferentes tipos de problemáticas, al ser justamente la prohibición del incesto uno de los pilares básicos sobre los que se edificó la cultura* humana. Transcurre durante un período de la evolución del infante, alrededor de los cuatro a seis años. Luego el niño entra hasta la pubertad en un “período de latencia”* de la sexualidad*, similar a las glaciaciones en el desarrollo de la humanidad. Es decir, la evolución sexual humana se realiza en dos oleadas: desde el nacimiento hasta el período culminante del complejo edípico, su posterior represión* o sepultamiento* junto con toda la sexuali­dad infantil previa (lo que genera la amnesia infantil*) y una segunda y definitiva oleada en la pubertad y adolescencia. En el intervalo, el período de latencia. La represión, o el sepultamiento, del complejo de Edipo centrada en el incesto y el parricidio es condición para el acceso a la cultura. En su lugar, como “monumento conmemorativo se establece una estructura en el aparato psíquico* llamada superyó*. Es el “complejo nuclear de las neurosis”, pues toda la patolo­gía psíquica representacional proviene de la defensa que realiza el aparato psíquico ante la conflictiva que directa o indirecta­mente surge en ese período de la vida. Durante la evolución sexual infantil, al entrar en el período en el que predomina la zona erógena* fálica como punto principal de las sensaciones placenteras, suceden varias cosas. Por lo pronto todas las zonas erógenas predominantes previas (oral, anal, etcétera), con satisfacciones parciales y aisladas entre sí, caen bajo la supremacía fálica, lo que les da una unidad a las distintas sensaciones corporales, y consolida la formación de un yo* cuyo origen es básicamente corporal. Al mismo tiempo que concluye de formarse éste que será un yo realidad definitivo*, también lo hace el objeto, que ya venía siendo reconocido como tal en diferentes niveles a medida que progresaba el aparato muscular, con la realización de juegos infantiles y el aprendizaje del lenguaje*, “comenzados” en la etapa anal. El objeto, decíamos, termina de ser reconocido (o su recono­cimiento tiene un primer nivel de conclusión) como principal fuente de placer*, al mismo tiempo que se admite definitivamente (suele haber avances y retrocesos) que no se lo es (como en el yo­-placer*) y por lo tanto que se desea tenerlo. La aparición de la categoría del tener* sobre la del ser* implica reconocimiento de la oposición* yo-objeto y en parte comienza de entrada con el yo realidad inicial*, se va afirmando en la etapa anal y se confirma en la fálica con el agregado en ésta de la diferencia sexual que aparece, además de la presencia del rival. Hay un primer nivel de elección de objeto* al ser reconocido éste como principal fuente de placer, apuntalado en parte sobre las pulsiones de autoconservación y en parte desde el narcisis­mo* proveniente de] objeto (objeto en ese momento no reconoci­do como tal, sino como yo en la medida en que producía placer). Por lo tanto el primer objeto elegido tanto por la niña como por el varón, más allá de que sea ésta una elección narcisista o por apuntalamiento, será la madre. En la niña, el vínculo materno preedípico* es más firme y duradero que en el varón, desde aquí parten distintos derroteros ya previamente vislumbrados en las metas activas y pasivas de la pulsión (véase: activo-pasivo y meta pulsional), que luego se irán separando cada vez más. El advenimiento definitivo del yo de realidad hará que el autoerotismo*, antes predominante, dé paso al narcisismo; éste podrá ser desexualizado, devenir así en el amor* sobre una abstracción surgida del propio cuerpo (donde tiene su sede principal) pero que no es el cuerpo: el yo. ¿De qué cuerpo nace el yo? De uno con historia y con lenguaje, que puede hablar de él, que puede pensarse, recordarse. Es una creación humana produc­to de su historia y productora a su vez de historia, y también de las huellas dejadas por ella en ese cuerpo. Llegada la etapa fálica, sucumben las teorías sexuales infan­tiles* previas, como la teoría de la cloaca* y la madre fálica*. El niño y la niña se enfrentan a un primer nivel de diferencia sexual, en que se valora narcisistamente el masculino como único ge­nital. Esto resulta traumático: la niña siente que no lo tiene y el varón que corre peligro de ser despojado de él. La diferen­cia sexual, en este período, se plantea en términos de fálico-­castrado. El reconocimiento de la diferencia sexual, necesario para la evolución de la libido* objetal, es una encrucijada para el narcisismo o, lo que es lo mismo, la libido que se satisface en el yo. A este yo que termina de consolidarse con el predominio fálico no le resultará nada fácil superar la posibilidad de perder eso que concentra el narcisismo, el amor a sí mismo; además de que es el arma para amar, desde la libido objetal, al objeto y ser amado por él. Como consecuencia, surge el complejo de castración*, que se acompaña en el varón de la angustia de castración* y en la niña de envidia del pene*. En la niña la castración parece consumada, mientras que en el niño se presenta como posible, por lo que en 61 se va configurando un complejo de Edipo positivo: el objeto deseado es la madre y el temido castrador es el padre (esto último, apoyado en la filogenia). Por lo tanto, en el niño varón que va reconociendo a su madre como castrada y es atraído, desde la libido objetal, por ella, comienza a hostilizarse la identificación* que principalmente había tomado hasta ahora de su padre y teme a la castración como proveniente de él o de un sustituto, que generalmente es un animal (relicto totémico), origen de las zoofobias* infantiles. El caso hasta aquí expuesto en forma somera y típica es el del complejo de Edipo positivo en el varón, con predominio de libido objetal sobre la narcisista. Pero, como todo ser humano, posee una bisexualidad* constitucional y a veces los avatares dificul­tosos del vínculo con el objeto hacen que predomine la libido narcisista. Se tiene entonces mayor necesidad* de la pertenencia segura del pene en sí, y no sólo como medio para amar al objeto, como sostén del narcisismo. En ese caso se recurrirá a defensas* más extremas al llegar el momento del reconocimiento de la diferenciación sexual. La diferencia de los sexos será desmentida*. Si así ocurre, ¿a dónde regresar sino a la teoría infantil de la cloaca? Por lo común la desmentida se alcanza en forma parcial, lo que genera una escisión del yo*, por la que simultáneamente se acepta y no se acepta la diferencia sexual. En estos casos, se buscará como objeto al padre del mismo sexo, ello puede derivar en una ulterior fijación* homosexual, la que a su vez puede ser causa de una ulterior perversión sexual*, o generarle rechazo al yo desde la “protesta masculina” y producirle angustia señal* de castración, siendo posible reprimirla por éste de diversas maneras. Esta angustia sería de castración, pues el ubicarse en una posición femenina en el vínculo con el padre, en este nivel, de psiquismo infantil, implica la aceptación de la castración propia. Ante este peligro se puede reprimir todo esto (fijación homo­sexual con desmentida incluida), pasando a construirse, sobre el complejo de Edipo negativo desplegado de esta manera, una fijación, motor posteriormente de neurosis histéricas*, fobias* o neurosis obsesivas* (por ejemplo: “Dora” y el “Hombre de los lobos”); y por supuesto, la paranoia*, psicosis* en la que además intervienen otros mecanismos (Schreber). El complejo de Edipo positivo y el negativo se superponen en diversas proporciones, configurando el llamado complejo de Edipo* completo. Tanto en el positivo como en el negativo se teme que la castración provenga del padre, y en la fijación neurótica, la angustia de castración es percibida como angustia realista* en el período de la aparición del complejo edípico. El yo la usará, tiempo después, como señal para poner en acción los mecanismos de defensa* ante la pulsión con libido más o menos narcisista, más o menos objetal (con un yo desco­nocedor o reconocedor previamente de la diferenciación sexual). Estos mecanismos de defensa generarán rasgos de carácter* a veces patológicos que derivan en caracteropatías, o bien en neurosis*, cuando fallan en sus objetivos. Es probable que surja la homosexualidad* o el fetichismo* estructurado más o menos sólidamente, cuando la desmentida de la diferencia de los sexos predomine y consiga su objetivo de que no se le produzca angustia de castración al yo; o cuando la ne­cesidad del reaseguro de la imposibilidad de la existencia de la castración, supere a la posibilidad de tolerancia de la angustia de castración. Las vicisitudes de la niña son diferentes. Su vínculo preedípico* con la madre es más largo y profundo (hasta los cuatro o cinco años), al punto de que podríamos decir que el vínculo de la mujer con el objeto madre comienza siendo preedípico y se va convir­tiendo en edípico negativo, en todo ese período infantil primero existe la desestimación* que luego va deviniendo en desmentida de la diferenciación sexual. Cuando comienza a aceptar ésta, se va formando el puerto de arribo al complejo de Edipo positivo. Al descubrir la niña la diferencia entre su clítoris -zona erógena rectora de la etapa fálica en la mujer- y el pene, se siente objeto de una injusticia, de una minusvalía que en un principio es sentida como un castigo propio, luego se extiende a otras niñas y más tardíamente a la madre y a la mujer en general. La comparación del clítoris con el pene la hace sentirse mutilada, y envidia ese órgano al niño, del que siente haber sido despojada; esta envidia la impulsa a sofocar rápidamente la masturbación clitoridiana. El sentimiento de menoscabo deja huellas profundas en el carácter femenino y ayuda, junto al predominio previo de la pasividad como meta pulsional*, a que su aparato psíquico se forme predominantemente como objeto más que como sujeto, a las dificultades en la constitución de su yo. Si el sentimiento de menoscabo es reprimido y queda confun­dido en ella lo femenino con lo castrado, no podrá superarlo justamente por estar reprimido, fuera del alcance de la actividad de pensamiento*. Entonces lo femenino será sinónimo de desva­lorizado (coincidiendo en esto con el niño), y ella tendrá un ideal masculino al que nunca podrá acceder. Caerá presa, entonces, de la envidia fálica e intentará ser un varón o hacer todo lo que se supone que hace un varón, como una forma de obtener el pene anhelado (el juego de las muñecas también implica cierta forma activa de poseer un pene). Su narcisismo sufre una herida fundamental en esta época de la formación definitiva de su yo, herida que, como decíamos, genera marcas indelebles en el carácter femenino (su gran nece­sidad de ser amada, mayor que en el varón, su menor autonomía y su mayor dependencia en consecuencia). En el momento de reconocer la castración como característica universal femenina, por lo tanto la no existencia de la madre fálica, la niña hace culpable precisamente a su madre de su minusvalía y rompe agresivamente su vínculo preedifico y edifico negativo con ella, el que pasa al estado de represión. Al mismo tiempo se acerca al padre en procura de un pene. Por la ecuación simbólica heces-pene-niño, va derivándose este anhelo hacia el deseo* de poseer un hijo del padre. Así entra en el período del complejo de Edipo positivo, el que dura también más que en el varón ya que no hay angustia de castración que fuerce a la represión urgente (la angustia de pérdida de amor* pasa a sentirse respecto del amor del padre y la acerca a éste, más que alejarla). Paulatinamente, se irá instaurando un superyó más laxo y más preconsciente* (Prec. ) que el del varón, más dependiente de las circunstancias exteriores reales y más tardío. A lo largo del camino irá descubriendo las sensaciones rela­cionadas con el resto del aparato genital femenino y desarrollan­do así su feminidad adulta, una oportunidad para restaurar su narcisismo disminuido por el complejo de castración. Éste será reprimido al inconsciente*, y desde allí podrá ser la causa de ulteriores períodos depresivos, paranoides o neuróticos en gene­ral, cuando aumente la cantidad de excitación* (como sucede en la adolescencia o la menopausia). Después del período del complejo de Edipo, en el varón, víctima de la angustia de castración, toda la sexualidad infantil será reprimida y se consolidarán todas las represiones prima­rias*, contrainvestiduras* a las que había apelado el yo incipien­te ante los hechos traumáticos previos al complejo de Edipo y recomprendidos “a posteriori”*. Se termina de estructurar así un aparato psíquico con un ello*, un yo y un superyó. El ello es inconsciente; los otros dos tienen sectores inconscientes, preconscientes y conscientes*. La pulsión sexual incestuosa en el caso “normal” o ideal, es sepultada y desaparece en parte; una parte pasa a integrar el yo como energía libidinal desexualizada, integrando rasgos de su carácter. Otra parte se sublima* a través de acciones yoicas. Si en cambio se reprime, genera rasgos patológicos de carác­ter o, cuando retorna de lo reprimido*, neurosis. Como “monumento conmemorativo” del complejo de Edipo -el período más traumático de la sexualidad infantil- se instalará en el aparato psíquico el superyó, diferenciación del yo que le exige a éste ser corno el ideal del yo*, el que surge de la aspi­ración narcisista de los padres sobre el bebé y del narcisismo infantil previo. Este superyó se formó como una inmensa contra¡ n vestidura contra la pulsión sexual infantil, mediante identificaciones se­cundarias* con los padres y con el superyó-ideal del yo, de los padres. 1 La instauración de la identificación-secundaria “superyó” se suma a la identificación primaria* previa (ubicada en el yo), reforzando su carácter y en el varón también su masculinidad, la que, también podríamos decir, tiene su “verdadero” origen aquí. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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