Diccionario de Psicoanálisis



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Carácter

José Luis Valls


[freud.] El carácter de una persona es esencialmente la manera de funcionamiento de su yo*, su manera de realizar sus acciones específicas* o de no hacerlas, sus puntos de fijación*, sus mecanismos de defensa* más comunes ante sus pulsiones* y ante los peligros del mundo exterior, sus actitudes, sus atributos, en suma las características principalmente de su yo. Por lo tanto el carácter se va formando de la misma manera y a medida que se va formando el yo de una persona. Freud describe al yo como formándose desde la “superficie” del individuo (El yo y el ello, 1923), o sea en contacto con la realidad* exterior, como produciéndose en el vínculo con ella. Y, ¿cómo penetra la realidad exterior en el aparato psíquico* del individuo? Ciertamente, empieza penetrando por el polo perceptual* (PCc.). Pero, ¿cuándo, cómo y por qué una percep­ción* se transforma en el yo de un individuo? Lo hace porque el aparato psíquico busca la identidad. El yo introduce la realidad en sí mismo volviéndose igual a ella, idéntica a ella, identificándose* con ella. Y ¿cuál es la realidad exterior? Fundamentalmente aquella de la que provienen las viven­cias de placer* y dolor*, o sea la realidad de los objetos*, la realidad de que éstos son las fuentes deseadas de placer (lo que en forma paulatina se reconoce, “casualmente” a medida que va formándose el yo). La identificación es “[...] la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona” (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921, A. E. 18: 99). El nombre completo de esta identificación, primera en el tiempo, es “identificación primaria”* también porque es anterior al reconocimiento del objeto de placer como ajeno al yo. Los atributos del objeto, aunque no reconocido como tal, pasan a integrar el yo, pasan a ser sus propios atributos, su manera de manejar la acción. También se incluyen, como tendencia, los puntos de fijación, los mecanismos defensivos, etcétera. Estas identificaciones primarias se producen en un aparato psíquico que funciona con la categoría del ser*. A medida que se reconocen los objetos como fuente de placer, se van estableciendo con ellos distintos vínculos. Unos serán “elecciones de objeto”* en los que predominará la categoría del tener*. Éstas se van haciendo por apuntalamiento* de la pulsión sexual* sobre la pulsión de autoconservación*. Con otros ob­jetos habrá identificación, en la que se mantiene la categoría del ser. La elección de objeto y la identificación con el mismo llega­rán a ser opuestos, en especial tras el reconocimiento definitivo de la diferencia de los sexos. Después del complejo de Edipo* declina la atracción por los objetos que pertenecen a este período (pasan a ser sentidos como incestuosos), gran parte de los atributos de ellos terminan de pasar al yo “reforzando de ese modo la identificación primaria” (El yo y el ello, 1923, A. E. 19:33) y en especial van a integrar, por identificación secundaria* entonces, una parte del yo que se llamará superyó*. En el varón reforzará o dará origen oficial a su masculinidad, a su vez reforzará su carácter*; le dará una modalidad más definitiva en la que se integrarán más firme­mente los mecanismos de defensa o represiones secundarias* que si son muy intensos y/o se rigidifican, generarán una “alteración del yo”* o de su carácter, constituyéndose en caracteropatía. El yo es una entidad eminentemente defensiva contra las pulsiones provenientes del ello*, y las características propias de estos métodos defensivos van a constituir también ciertas par­ticularidades de diferentes tipos de carácter. Una de las principales y más exitosas maneras de defenderse contra la pulsión es la sublimación*, o sea la transformación de la pulsión en una acción aceptada socialmente y por lo tanto por el yo y el superyó. La transformación de las pulsiones anales en tendencia al orden, al ahorro o la tenacidad, es uno de los tantos ejemplos. También la de las pulsiones fálico-uretrales en ambi­ción. En estos casos las sublimaciones no son meros actos satisfactorios, sino que toman el rasgo de una característica yoica, una manera de hacer, se transforman en rasgos de carácter. En relación a los mecanismos de defensa, el paradigma de los generadores de rasgos caracterológicos es la formación reactiva*, la que consigue la “salud aparente, pero, en verdad, de la defensa lograda” (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896, A. E. 3:170), típica del período de latencia* en general y del carácter obsesivo en particular. Los mecanismos defensivos en la medida en que se rigidifican, incluyendo en ellos la desmentida* de la diferencia de sexos perversa, generan rasgos de carácter más o menos patológicos. En suma, el carácter no es una estructura en sí, sino los atributos de una estructura que se llama el yo, en la que participa también el superyó, parte especializada de aquel. Atributos defensivos, entonces, de una estructura yoica contra la pulsión del ello, proveniente desde la realidad exterior y presionada a su vez por otra estructura que surge en el aparato psíquico después del complejo de Edipo y que se va a escindir del yo reforzando la constitución del carácter: el superyó. El carácter termina siendo, por lo tanto, la manera de ser de una persona; precipitado de su historia, sus hechos traumáticos, sus fijaciones, sus compulsiones repetitivas*, sus vínculos y elecciones de objeto, sus mecanismos defensivos, todos éstos a su vez íntimamente vinculados con sus distintos tipos de identificaciones. El carácter de una persona ayuda a mantener su “normalidad”, no es necesariamente patológico. Tomará este rumbo cuando se torne rígido, con pocas variables para enfrentar las frustraciones* de la realidad. Se constituirá así en caracteropatía, la que puede resultar basamento de posteriores neurosis* o cualquier otro cuadro patológico. El psicoanálisis puede producir cambios en el carácter, profundizando en el análisis del yo, de sus defensas*; reconstruyendo también la historia de ellas que es en gran parte la historia de la formación del yo. Historias que vuelven a ser presente, en forma vívida, en el fenómeno de la transferencia*. El carácter es un triunfo del yo sobre la pulsión, pulsión que pasa a estar integrada en él. En tanto hay carácter no hay retorno de lo reprimido*, no hay síntomas*, no hay neurosis. Uno podría hasta decir que no hay conflicto psíquico*. Ocurre que la pulsión está sofocada*, lo que da el aspecto de falta de conflicto. Así y todo, cualquier aumento en la cantidad de excitación fácilmente genera descompensaciones, con lo que retorna lo reprimido y reaparece la neurosis con su conflicto subyacente. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Carta 52 (a Fliess)

José Luis Valls


[freud.] Una de las más famosas cartas de Freud a Fliess (véase: manuscritos a Fliess), fechada en Viena el 6 de diciembre de 1896. En ella hace un esbozo de ordenamiento de las representa­ciones* que le van acercando a definir su primera tópica, mien­tras formula otras ideas importantes que van a perdurar en el resto de su obra. Habla ahí de que la representación de los deseos* psíquicos se va generando por estratificación sucesiva, la que sufre reordenamientos y retranscripciones. La memoria* no es simple sino múltiple. Se registra en diversas variedades de signos. Estarían primero las neuronas* que registran las percepcio­nes*. La primera trascripción sería el signo perceptivo que se asocia por simultaneidad. Luego se pasaría al inconsciente*, en donde intervendrían nexos tal vez causales, las huellas aquí serán recuerdos* de conceptos. En este último sentido globalizador se podría pensar su correspondencia con lo que más adelante llamará representaciones-cosa*. Estas últimas pueden volver a la consciencia* a través de su traducción a un tercer tipo de trascripción ligado a representa­ciones-palabra*, correspondiente al yo* oficial, aquí llamado indistintamente preconsciente*. En la carta se detalla el camino que va desde la percepción, su forma de inscripción en el aparato psíquico*, hasta la posibilidad de su recuerdo merced a la palabra. También se explica el mecanismo de la represión*, relacio­nando cada una de las trascripciones con distintas épocas de la vida. Para Freud, en la traducción de una trascripción a otra una defensa* es normal si las trascripciones corresponden a la misma fase psíquica. En cambio existe una defensa patológica contra una huella mnémica* no traducida de una fase anterior, Esta defensa se llama represión y sucede con la sexualidad* por la particularidad que tiene en su desarrollo evolutivo. Una estimulación genital* sólo será comprendida o “sentida” en el período* que le corresponde; en períodos previos no, sucederá el fenómeno del “a posteriori”* por el que aquella será “recorda­da” en el período genital, con un monto de excitación proveniente del anterior episodio excitatorio, por lo que éste se torna traumático y este displacer* generará la defensa o represión. Volvamos un párrafo atrás para aclarar mejor algunas cosas. Freud dice que una trascripción es traducida a otra. “Según mi mejor saber o conjeturar” se refiere aquí al hecho de que las representaciones-cosa son traducidas a representación-palabra para poder llegar a la consciencia. Si los sucesos que ocurrieron dejando representación-cosa, lo fueron anteriores a la posibili­dad de poseer representaciones-palabra que “comprendan” (véa­se: comprensión) a las representaciones-cosa, corresponden a una zona erógena* todavía no desarrollada, y por lo tanto a las situaciones traumáticas* que dichas representaciones-cosa con­memoran. Se apela, entonces, a la represión, que en este caso es sólo contrainvestidura* (represión primaria*), pues no hay pala­bra a la que desinvestir*. Si la representación-cosa encuentra una sexualidad correspondiente al nivel de la zona erógena en una forma convenientemente desarrollada, comprendida, “pasa­da por una investidura* corporal”, por lo tanto con las represen­taciones-palabra con un cierto nivel de elaboración y vincula­ción entre ellas, se puede establecer una defensa normal, si no es así deberá usarse aquella que aquí llama patológica, pero que es la más común: la represión. En la misma carta trata de relacionar los recuerdos de los hechos con la causa de la neurosis*, la histeria*, la neurosis obsesiva* y la paranoia*. “[...] los recuerdos reprimidos fueron actuales, en la histeria, a la edad de un año y medio a cuatro; en la neurosis obsesiva, a la edad de cuatro a ocho años, y en la paranoia, a la edad de ocho a catorce años" (1896, A. E. 1: 277). Otra consecuencia de las vivencias prematuras es la perver­sión*, cuya condición pareciera ser, a esta altura de la teoría, que la defensa no sobrevenga antes que el aparato psíquico se haya completado, o que no se produzca defensa alguna. Posteriormen­te, a partir de Pegan a un niño (1919) y del historial del “Hombre de los lobos” (1914), se comprende que esta afección es producida por otro tipo de represión o defensa ante el reconocimiento de la diferencia de sexos que aparece en la etapa fálica, durante el complejo de Edipo (fálico-castrado), etapa y período a los que queda fijado, fijación* basada en una desmentida* de aquella diferencia, a la que a partir de entonces se debe dedicar a sos­tener, produciendo escisiones en su yo*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Castigo, necesidad de

José Luis Valls


[freud.] También llamada incorrectamente “sentimiento inconsciente de culpa”*. Es producto de la pulsión de destrucción* (deflexión al exterior de la pulsión de muerte*), reintroducida en el aparato psíquico merced a su ligadura por el superyó* inconsciente*. La necesidad de castigo no es percibida por el sujeto como algo en especial, se infiere de su conducta, o de la persistencia arraigada de su neurosis*. Ocasiona, cuando es predominante y crónica, caracteres* patológicos como “los que fracasan al triunfar”*, o “los que delinquen por sentimiento de culpa”*.Además es una de las resistencias* más fuertes a la cura, generadora de la llamada “reacción terapéutica negativa”* con­sistente en el empeoramiento de la enfermedad cuando se ha conseguido reconstruir o develar el sentido de un síntoma*, de un sueño*, de una compulsión de repetición* o de un rasgo de carácter. Esta resistencia corresponde al superyó. También se puede expresar como tendencia a los accidentes, incluso a las enfermedades orgánicas. En estos casos suele llamársela “neurosis de destino”. No olvidemos que el destino para el inconsciente corresponde al padre, en última instancia al castigo paterno. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Catarsis

José Luis Valls


[freud.] Fenómeno de descarga de la cantidad de excitación*. La descarga puede ser simultánea al hecho traumático y en ese caso el aparato psíquico* actúa casi meramente como arco reflejo, por el principio de inercia*, volviendo inmediatamente al estado anterior (del nivel de estímulo).Puede también ocurrir que se retenga el afecto*. Por ejemplo: cuando una zona erógena* es estimulada en un momento de la vida en que todavía no esté capacitada para la descarga. Cuando llega el momento de la vigencia de la zona erógena en cuestión, el hecho traumático retorna “a posteriori”* produciendo las sensaciones que no produjera otrora y de las que el yo* ahora se defiende con la represión* y su consecuente generación de sín­tomas* (cuando no es exitosa y permite el retorno de lo repri­mido*).El psicoanálisis aquí busca reencontrar los recuerdos* traumáticos que retuvieron el afecto* en su oportunidad, para abreaccionarlo* mediante la catarsis*, y descargarlo. La abre­acción, productora de la catarsis, fue el primer método que suplantó la orden hipnótica, de la que se mostró como mucho más eficaz. Antecedente o primer nivel de psicoanálisis, el que nunca lo dejó de lado, más bien lo incluyó como parte de sí. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Catarsis, según Freud

José Luis Valls


Escribe Freud en “Dos artículos para enciclopedia”: “De las investigaciones que constituían la base de los estudios de Breuer y míos se deducían, ante todo, dos resultados: primero, que los síntomas histéricos entrañan un sentido y una significación, siendo sustitutivos de actos psíquicos normales; y segundo, que el descubrimiento de tal sentido incógnito coincide con la supresión de los síntomas, confundiéndose así, en este sector, la investigación científica con la terapia. Las observaciones habían sido hechas en una serie de enfermos tratados con la primera paciente de Breuer, o sea por medio del hipnotismo, y los resultados parecían excelentes hasta que más adelante se hizo patente su lado débil. Las hipótesis teóricas que Breuer y yo edificamos por entonces estaban influidas por las teorías de Charcot sobre la histeria traumática y podían apoyarse en los desarrollos de su discípulo P. Janet, los cuales, aunque publicados antes que nuestros Estudios, eran cronológicamente posteriores al caso primero de Breuer. En aquellas nuestras hipótesis apareció desde un principio, en primer término, el factor afectivo; los síntomas histéricos deberían su génesis al hecho de que un proceso psíquico cargado de intenso afecto viera impedida en algún modo su descarga por el camino normal conducente a la conciencia y hasta la motilidad, a consecuencia de lo cual el afecto así represado tomaba caminos indebidos y hallaba una derivación en la inervación somática (conversión). A las ocasiones en las que nacían tales representaciones patógenas les dimos Breuer y yo el nombre de traumas psíquicos, y como pertenecían muchas veces a tiempos muy pretéritos, pudimos decir que los histéricos sufrían predominantemente de reminiscencias. La catarsis era entonces llevada a cabo en el tratamiento por medio de la apertura del camino conducente a la conciencia y a la descarga normal del afecto. La hipótesis de la existencia de procesos psíquicos inconscientes era, como se ve, parte imprescindible de nuestra teoría. También Janet había laborado con actos psíquicos inconscientes; pero, según actuó en polémicas ulteriores contra el psicoanálisis, ello no era para él más que una expresión auxiliar, une manière de parler, con la que no pretendía indicar nuevos conocimientos. En una parte teórica de nuestros Estudios, Breuer comunicó algunas ideas especulativas sobre los procesos de excitación en lo psíquico, que han marcado una orientación a investigaciones futuras, aún no debidamente practicadas. Con ellas puso fin a sus aportaciones a este sector científico, pues al poco tiempo abandonó nuestra colaboración”.


Cäcilie m.

José Luis Valls


[psicoan.] Se trata de una paciente histérica mencionada muchas veces en Estudios sobre la histeria (1893-95). Freud dice haberla conocido más a fondo que a las otras, pero que razones persona­les le impiden comunicar con detalle su historial clínico. En una nota al pie sobre los enlaces falsos pone el ejemplo de Cäcilie M., en aquella dice que “[...] el talante perteneciente a una vivencia, así como su contenido, pueden entrar con toda regularidad en una referencia desviante con la conciencia prima­ria” (1893, A. E. 11:90). Aparentemente esta apreciación está dirigida a las racionalizaciones como una forma de enlaces falsos, pero al hablar del talante y la representación como el pasaje de una escena a otra, no deja de referirse al problema de la transferencia y al fenómeno de la represión. Dice que aparecían reminiscencias, como si se repitieran escenas que eran precedidas por el talante correspondiente. La paciente se volvía irritable, angustiada, desesperada, sin vislumbrar en ningún caso que ese estado de ánimo no pertenecía al presente, sino al estado que estaba por aquejarla. En ese período de transición establecía un “enlace falso”. En otra nota al pie, trae ejemplos de comunicaciones del paciente que recuerda en determinado momento un síntoma ya superado tiempo atrás y éste reaparece al ser recordado, como si fuera esto una especie de vislumbre o presentimiento, cosa relativamente común en Cäcilie. “Era siempre una vislumbre de lo que ya estaba listo y formado en lo inconsciente, y la conciencia "oficial" (para em­plear la designación de Charcot), sin sospechar nada, procesaba la representación que afloraba como repentina ocurrencia dándo­le la forma de una exteriorización de satisfacción, que en cada caso, con harta rapidez y puntualidad, recibía su mentís” (1893, A. E. 2:96). Luego: “[...] uno sólo se gloria de la dicha cuando ya la desdicha acecha” (1893). Este tema de los presentimientos o vislumbres, lo va a reto­mar, según mi entender, mucho más adelante en la teoría, en una nota al pie del artículo La negación (1925), sin embargo, es traducido ahí por Etcheverry como invocación. Por último Cäcilie M. es usada como ejemplo de formación simbólica de síntoma. La paciente posee una violentísima neu­ralgia facial que emerge de repente dos o tres veces por año. Cuando Freud intentó convocar la escena traumática, “[...] la enferma se vio trasladada a una época de gran susceptibilidad anímica hacía su marido; contó sobre una plática que tuvo con él, sobre una observación que él le hizo y que ella concibió como grave afrenta (mortificación), luego se tomó de pronto la mejilla, gritó de dolor y dijo: "Para mí eso fue como una bofetada"“ (A. E. 2:190-191). Con ello tocaron a su fin el dolor y el ataque. Esa neuralgia había pasado a ser, por el habitual camino de la conversión, “[...] el signo distintivo de una determinada excitación psíquica; pero en lo sucesivo pudo ser despertada por eco asociativo desde la vida de los pensamientos, por conversión simbolizadora” (id.). El síntoma, en este caso, se forma originalmente por asocia­ción por simultaneidad, merced al conflicto y defensa, y luego se lo evoca por simbolización principalmente de palabra, o sea por analogía de la expresión lingüística. En otra ocasión atormentaba a Cäcilie M. un violento dolor en el talón derecho, punzadas a cada paso, que le impedían caminar. En el análisis se evocó una oportunidad de una internación clínica en la que le había expresado al médico el miedo de “no andar derecha” en esa reunión de personas que le eran extrañas. Freud dice que en ninguna otra paciente ha podido hallar un empleo tan generoso de la simbolización, pero que ésta se debe extender a la histeria en general y que el síntoma conversivo no hace más que animar las sensaciones a que la expresión lingüís­tica debe su justificación. Así por ejemplo, las frases: “[...] me dejó clavada una espina en el corazón”, o el “tragarse algo” (id.192), son metáforas de hechos concretos corporales que pueden expresar el dolor o cierto sometimiento. En estos casos en vez de ser expresados como metáforas verbales vuelven a ser “sentidos”, o realizados, en la histeria. Estas sensaciones o acciones corporales a su vez “simbolizan” a aquellas metáforas verbales, sin que la consciencia, así, tome nota del significado. La representación-palabra en la normalidad puede expresar en forma metafórica, como en esos ejemplos, los afectos corres­pondientes a representaciones de deseo. En la histeria, al ser estas representaciones-palabra desinvestidas por la represión, no le queda al deseo Inc. más que la posibilidad de expresar la misma frase metafórica pero en forma corporal, utilizando el cuerpo en un sentido simbólico de lo que alguna vez fue concreto, para poder saltear la represión, y retornar así lo reprimido. Se apoya en que para Darwin la “expresión de las emociones” consiste en operaciones que en su origen estaban provistas de sentido y eran acordes a un fin, por más que hoy se encuentren en la mayoría de los casos debilitadas a punto tal que su expresión lingüística nos parezca una transferencia figural. Es harto pro­bable que todo eso se entendiera antaño literalmente, y la histeria acierta cuando restablece para sus inervaciones más intensas el sentido originario de la palabra. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno


Celos

José Luis Valls


[freud.] Estado afectivo normal, que está en directa relación con el aspecto de pulsión de apoderamiento* perteneciente a la pulsión sexual*. Se vincula con la intimidad que busca la pareja amoro­sa, pues la pulsión sexual es asocial en ese sentido. El amor* sexual no es compartible, más que con la propia pareja. Freud describe tres niveles de celos: 1) los de competencia o normales; 2) los proyectados y 3) los delirantes. Los primeros están compuestos del duelo* por el objeto* de amor que se cree perdido y por la afrenta narcisista sufrida. Pueden existir sentimientos de hostilidad hacia los rivales y un monto mayor o menor de autocrítica. A pesar de ser normales, son irracionales.“[...] arraigan en lo profundo del inconciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del com­plejo de Edipo o del complejo de los hermanos del primer período sexual” (Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, 1922, A. E. 18: 217). En muchos casos incluso son vivenciados bisexualmente, por ejemplo los celos entre amigos, etcétera. El segundo tipo, los celos proyectados, provienen de la propia infidelidad, sea practicada, fantaseada, o reprimida y en segunda instancia proyectada como alivio del yo* ante su consciencia moral* y ante los embates de lo reprimido*.“Los celos nacidos de una proyección así tienen, es cierto, un carácter casi delirante, pero no ofrecen resistencia al trabajo analítico, que descubre las fantasías inconcientes de la infidelidad propia” (1922, id. 218).Los celos del tercer tipo o estrato (Freud los considera dife­rentes tipos pero éstos pueden coexistir) también provienen de anhelos de infidelidad reprimidos, pero en este caso los objetos de fantasía* son del mismo sexo; las diferencias sexuales están previamente desmentidas* y luego reprimidas de una manera muy particular, en la que intervienen la desinvestidura* de la representación-cosa* y ulterior proyección* del deseo* incons­ciente en el objeto. Corresponden a una forma de la paranoia*, aquella que desmiente la moción homosexual no aceptada por el yo, o sea su “protesta masculina”, la “roca de base”*, tan poco profunda en la paranoia, por lo que se torna tan difícil su acceso terapéutico. La paranoia de celos desmiente la moción homo­sexual que le retorna desde lo proyectado, con la frase “No yo amo al varón - es ella quien lo ama” (en el varón) o “No yo amo a las mujeres - sino que él las ama” (en la mujer) (Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente, 1911, A. E.12:60).“Frente a un caso de delirio de celos, habrá que estar prepa­rado para hallar celos de los tres estratos, nunca del tercero solamente” (1922, A. E. 18:219). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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