Diccionario de Psicoanálisis


Autoestima (sentimiento de sí)



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Autoestima (sentimiento de sí)

José Luis Valls


[freud.] En general, forma de satisfacción de la libido* narcisista en el adulto. Produce una sensación de bienestar indefinido, no relacionada en forma directa con descargas pulsionales; es más bien un estado básico. Está relacionada de manera íntima con la confianza en sí mismo, con el talante o estado anímico, con la autovaloración. En estos sentidos es pilar básico de la salud y de la fortaleza yoica. Una parte del sentimiento de sí es primaria, el residuo del narcisismo* infantil. Éste proviene del autoerotismo* y de las relaciones objetales infantiles, las que son de manera esencial narcisistas (no se distingue en un principio entre el yo* y el objeto* de placer*). Estas relaciones fueron más o menos placen­teras, más o menos traumáticas, dejando diferentes tipos de huellas en la estructuración, del yo y del aparato psíquico*; de forma que un niño que se sintió de manera predominante querido por sus padres, conseguirá primariamente un nivel de autoestima que le dará fortaleza a su yo para alcanzar mejor los otros niveles de satisfacción de la autoestima, o soportará mejor su posterior insatisfacción. Todo esto puede variar como consecuencia del pasaje por el complejo de Edipo* principalmente, el que es posible que deje severas heridas narcisistas constituyentes de posteriores “rocas de base”* en la estructuración del aparato psíquico. En el caso femenino, del complejo de castración* queda muchas veces una sensación de autodesvalorización que en mu­chas ocasiones llega a ser básica en su carácter* y que fuerza entonces a la necesidad de aumentar la autoestima en las formas posteriores, satisfaciendo al superyó-ideal del yo (por lo que la mujer resulta más dócil, más adaptada a la realidad* social en general), o necesitando recibir en forma importante satisfacción narcisista desde la libido de objeto (es más dependiente del objeto, de su amor*). Recapitulando: una parte del sentimiento de sí o autoestima es primaria, el residuo del narcisismo infantil. Hay otras dos partes. Una brota de las acciones realizadas por el yo que cumplen con los mandatos del ideal del yo*, y que por lo general están referidos a la sublimación*. Desde luego también son respecto de muchas otras cosas, como el tener hijos, principalmente en la mujer, pero también en el hombre por el mandato de la descen­dencia (recuérdese a Schreber). Todos los éxitos del yo en el cumplimiento con los mandatos del superyó* elevan la autoestima y dejan una profunda sensación placentera, ligada con el senti­miento de omnipotencia narcisista. La última parte proviene del amor de los objetos, el ser querido, consiste en la forma de satisfacción narcisista corres­pondiente al vínculo objetal. El enamoramiento es un desborde de libido narcisista en el objeto, que vacía al yo y por lo tanto disminuye la autoestima. Ésta se recupera siendo amado. Un trastorno severo de la autoestima retrae libido de los objetos y la ubica en el yo, como para restañar sus heridas, transforma así la disminución de la valoración yoica en la situación contraria, lo que se expresa como diversos rasgos de carácter* del tipo de la altanería y la arrogancia. En los casos más graves se llega al delirio* de grandeza o megalornanía*. Es el caso de las afecciones narcisistas en general y la manía* y la paranoia* en particular. En las neurosis de transferencia* la autoestima suele estar disminuida, pues la libido inviste los deseos* objetales de la fantasía*, los cuales son imposibles de satisfacer por haber sido reprimidos. Esto vacía de investidura al yo, disminuyendo en consecuencia la autoestima. En el tratamiento psicoanalítico de las neurosis trans­ferenciales, cuando se consigue levantar represiones* haciendo consciente* lo inconsciente*, se dejan libres investiduras libi­dinales que refuerzan así al yo y aumentan su autoestima y por lo tanto su capacidad de amar. Un caso especial de disminución de la autoestima lo constitu­ye la melancolía*, en ella la pulsión de muerte* se desmezcla. El objeto es confundido, por la identificación*, con el yo. Y enton­ces el odio* al objeto se convierte en odio al yo. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Autoplástica, conducta

José Luis Valls


[freud.] Se dice de un tipo de conducta, propio de las psicosis* y en parte de las neurosis*, que en su empeño de modificar una realidad* inaceptable, se limita a alteraciones internas*, que a lo sumo modifican la percepción* (alucinación*), la concepción de la realidad (delirio*), o producen alteraciones del cuerpo propio (síntomas* neuróticos, algunos equivalentes de angustia* y la angustia misma), pero no la realidad misma. Freud habla de esta adjetivación de la conducta en su artículo de 1924: La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Autorreproches

José Luis Valls


[freud.] Reproches dirigidos al yo* por el superyó*. En el caso de la neurosis obsesiva* en particular o de las neurosis* en general, por no acercarse el yo al ideal del yo* pretendido por el superyó. En la neurosis obsesiva los autorreproches son particular­mente sádicos, pues la libido* ha regresado* a la etapa del erotismo sádico-anal* y arrastrado con ella al yo y el superyó. La actitud del yo es la de sometimiento frente al superyó, pero bajo protesta y esperando una distracción de éste para rebelarse. Es­to producirá la queja (es la del yo ante su superyó que lo somete), como rasgo de carácter* obsesivo. En el caso de la melancolía*, los autorreproches son casi patognomónicos, y su presencia permite diferenciar a la melan­colía del duelo*. Corresponden a una ruptura libidinal con el objeto*, la desinvestidura* de la representación* inconsciente* (Inc.) de éste, y la identificación* del yo con el objeto, como en la época del yo-placer*. Pero el vínculo de odio* que antes se tenía con el objeto ahora se tiene con el yo y por eso se le “reprocha” desde el superyó. En este caso el yo no se rebela y esto puede conducir al paciente al suicidio, que imaginariamente sería un asesinato del objeto identificado con el yo. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Banquete totémico

José Luis Valls


[freud.] Concepto desarrollado por William Robertson Smith, que Freud aprovechó como parte de su construcción teórica, su por él llamado “mito científico”, sobre el origen de la cultura* humana en general y del totemismo* en particular. Robertson Smith formuló “el supuesto de que una pecu­liar ceremonia, el llamado banquete totémico, había formado parte integrante del sistema totemista desde su mismo comienzo” (Tótem y tabú, 1912-13, A. E. 13:. 135). En este banque­te se sacrificaban en determinadas fechas, animales cuya carne y cuya sangre tomaban en común el dios y sus adoradores. Un sa­crificio así era una ceremonia pública, la fiesta de un clan entero. “El poder ético del banquete sacrificial público descansaba en antiquísimas representaciones acerca del significado de comer y beber en común. Comer y beber con otro era al mismo tiempo un símbolo y una corroboración de la comunidad social, así como de la aceptación de las obligaciones recíprocas. [ ...] El animal sacrificial era tratado como pariente del mismo linaje; la comunidad sacrificadora, su dios y el animal sacrificial eran de una misma sangre, miembros de un mismo clan” (1912-13, id. pág. 136-38). Robertson Smith identifica pues, sobre la base de abundantes pruebas, al animal sacrificial con el antiguo animal totémico. Todos los animales sacrificiales eran originariamente sagrados, y solamente en oportunidades festivas y con la participación de la tribu era lícito comer su carne. “El clan, en ocasiones solemnes, mata cruelmente y devora crudo a su animal totémico, su sangre, su carne y sus huesos; los miembros del linaje se han disfrazado asemejándose al tótem, imitan sus gritos y movimientos como si quisieran destacar la identidad entre él y ellos. [...] Consumada la muerte, el animal es llorado y lamentado. El lamento totémico es compulsivo, arran­cado por el miedo a una amenazadora represalia, y su principal propósito es [...] sacarse de encima la responsabilidad por la muerte”. A continuación prosigue la fiesta, la cual “[ ... ] es un exceso permitido, más bien obligatorio, la violación solemne de una prohibición” (id. pág. 142). Para Freud el banquete totémico, acaso la primera fiesta de la humanidad, sería la repetición y celebración recordatoria del momento en que en la horda primitiva* darwiniana, se unieron todos los hijos en el destierro y mataron al padre devorándolo. Este hecho generó y fue generado por la “alianza fraterna”* que produjo luego los vínculos sociales. Apareció la prohibición del incesto y el parricidio desde dentro de ellos, como producto de la añoranza* por el padre y la culpa* por haberlo matado, generan­do el superyó*. Se repetiría en esa fiesta, ahora desplazado al animal tótem, aquella hazaña memorable y criminal con la cual tuvieron co­mienzo tantas cosas: las organizaciones sociales, las limitacio­nes éticas y la religión. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Barreras-contacto

José Luis Valls


[freud.] En el Proyecto de psicología (1950a [1895]), forma de vincula­ción entre las neuronas* psi que además actúa como barrera entre ellas para el pasaje de la cantidad de estímulo. Merced a esta función de barrera, las neuronas psi consiguen mantener cierta cantidad de energía almacenada, necesaria para posterior­mente realizar la acción específica*. Esta última necesita en general de mayor cantidad de energía que la proveniente de los estímulos que buscan descarga, pues el individuo está expuesto al “apremio de la vida”*. Las barreras-contacto corresponden, entonces, a la función secundaria, el aparato psíquico pasa así del principio de inercia* al principio de constancia*, pues se cuenta con una cantidad constante imprescindible para producir la descarga cuando lle­ga el estímulo. En ese sentido cumple con la función secundaria (principio de constancia) y la primaria (principio de inercia), pues es necesaria la secundaria para poder realizar la primaria. Además las barreras -contacto participan de cierta explica­ción sobre la memoria, que aquí es definida como la aptitud de las neuronas para ser alteradas duraderamente (su manera posterior de descargar, o la forma de ser atravesadas por el estímulo) por un proceso único. Al pasar el estímulo de una neurona a otra, lo hace de una determinada manera, esta forma de pasaje indicará (facilitará) el camino a ulteriores pasajes, que sin embargo en ocasiones, por otras causas, tomarán otra dirección, dejando, desde luego, nuevas huellas y facilitaciones*. La memoria estará constituida, entonces, por las facilitaciones existentes entre las neuronas psi; o mejor dicho, lo estará por las diferencias de facilitación que se crean en los diferentes pasajes entre las neuronas psi. Cuánto estímulo dejará pasar la barrera-contacto dependerá de los siguientes factores: a) que el estímulo esté más o menos facilitado (la facilitación a su vez la produjo la cantidad de estímulo que pasó y el número de repeticiones del proceso, a mayor cantidad y mayor número de veces, mayor facilitación), b) la cantidad de estímulo actual (la cantidad actual también facilita el pasaje), c) la presencia de cantidad en una neurona contigua (aquí ya a la cantidad de excitación* deberíamos llamarla investidura*), la que actúa como polo que atrae (éste es el mecanismo que va a usar el yo*, poniendo investiduras colaterales que desvían la circulación de la energía, consiguiendo de esta manera conducirla). Las barreras-contacto son un mecanismo pensado en el contexto de un esquema neurológico y en ese sentido es mencionado por J. Lacan: “En 1895, la teoría de la neurona no existía. Las ideas de Freud sobre la sinapsis son enteramente nuevas. Freud toma partido por la sinapsis como tal, es decir, por la ruptura de continuidad entre una célula nerviosa y la siguiente” (Seminario II). Para nosotros principalmente son válidas como modelos psicológicos, en especial si sustituimos a las “neuronas” por “representaciones”* (como, por otro lado, lo hace el mismo Freud a medida que transcurre el texto del “Proyecto”) y a las barreras-con tacto como modelos de formas de vínculo entre ellas, como las distintas formas de asociación*, o de relaciones lógicas, por ejemplo. ¿No se produce a través de esas barreras el pasaje al proceso secundario*. ¿Éste no se construye con relaciones lógicas entre las representaciones? Este tipo de relación entre representaciones ¿no necesita fuerte investidura y débil desplazamiento*? ¿A través de qué se producen los desplazamientos? Se producen a través de estos puentes. Son los mismos “puentes”, estas barreras -contacto, que trata de romper el obsesivo con su mecanismo de aislamiento*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Belle indifférence

José Luis Valls


[freud.] Característica de los pacientes (en general mujeres, pues la histeria es más típicamente femenina, de ahí lo de “belle”) histéricos de conversión* principalmente con trastornos motores, pero también cuando los síntomas* mayores residen en el área sensorial. Fue descrita por Charcot. En la histeria de conversión, la represión* de los retoños de las representaciones* incestuosas es exitosa, en tanto consigue hacer desaparecer tanto la representación como el monto de afecto*, mientras que en la histeria de angustia* y en la neurosis obsesiva* la angustia* se hace presente. El contenido representacional de la pulsión* se ha sustraído radicalmente de la consciencia*. En ella no queda ningún tipo de representación-palabra* que pueda “hablar” de lo reprimido. Ha surgido en su reemplazo, como formación sustitutiva* (al mismo tiempo como síntoma) una inervación hiperintensa (somática), unas veces de naturaleza sensorial y otras motriz, ya sea como excitación o como inhibición. Al ser exitosa la desaparición del monto de afecto, se hace notoria la indiferencia de la paciente ante un síntoma corporal, como la parálisis de un miembro, que en un caso de enfermedad orgánica debería despertar angustia realista*, cuando menos. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Beneficio primario (de la enfermedad)

José Luis Valls


[freud.] Tipo de solución a la que arriba el yo* frente a un conflicto psíquico*, probablemente la económicamente más cómoda. El yo está sometido a exigencias muchas veces contrastantes y conflictivas. Por un lado están las pulsiones* del ello*, que suelen chocar con las aspiraciones provenientes del superyó/­ideal del yo*. El yo debe hallar una síntesis entre éstas, lo que implica un arduo trabajo de elaboración, y mientras tanto debe defenderse de la angustia señal* con que lo amenaza el superyó* (angus­tia ante el superyó*), de la realidad* (angustia realista*, angustia social*). No le queda, por lo común, más que apelar al principio de placer* y automáticamente desplegar los mecanismos de defensa* inconscientes*, que generen transacciones creando sín­tomas* neuróticos, rasgos patológicos de carácter*, incluso es­cisiones del yo*. El yo evita así el conocimiento del conflicto haciéndolo inconsciente. El beneficio primario va a resultar una fuerte resistencia* yoica contra la cura. El tratamiento psicoana­lítico tendrá que sacarlo a la luz y traerlo a la consciencia*, al conocimiento del yo Prec. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Beneficio secundario (de la enfermedad)

José Luis Valls


[freud.] Tipo de resistencia* yoica a la cura, o sea al hacer consciente* lo inconsciente*, por lo tanto rellenar las lagunas mnémicas e integrarlas al yo* después de un trabajo de reelaboración*. Se basa en una cierta integración del síntoma* en el yo, merced a la cual se consigue, por ejemplo, cuidados o atención* de parte de los objetos* que quizá de otra manera no se hubieran conseguido (según lo siente el paciente). No está en la base de la enfermedad ni es causa de ella, pero aparece secundariamente y contribuye a sostenerla y hasta ac­túa como motivo para no abandonarla, o como resistencia a hacerlo. Dice Freud: “Cuando una organización psíquica como la de la enfermedad ha subsistido por largo tiempo, al final se comporta como un ser autónomo; manifiesta algo así como una pulsión de autoconservación y se crea una especie de modus vivendi entre ella y otras secciones de la vida anímica, aun las que en el fondo le son hostiles. Y no faltarán entonces oportunidades en que vuelva a revelarse útil y aprovechable, en que se granjee, diga­mos, una función secundaria que vigorice de nuevo su subsisten­cia. [ ... ] Lo que en el caso de la neurosis corresponde a esa clase de aprovechamiento secundario de la enfermedad podemos ad­juntarlo, como ganancia secundaria, a la primaria que ella pro­porciona” (Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1915­-17, A. E. 16: 349-50). En Inhibición, síntoma y angustia (1925) Freud la incluye como una de las tres resistencias yoicas, junto a la de represión* y la de transferencia*; además de las del ello* y el superyó*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Bisexualidad

Juan Carlos Kusnetzoff


[freud.] Disposición originaria y universal de la sexualidad* humana. Su base es biológica y fue esbozada por W. Fliess desde el punto de vista psicológico. Según Fliess, en el hombre y la mujer están los dos sexos en potencia. Uno va reprimiendo* al otro hasta ser el predominante. Una persona del sexo masculino tendría reprimido todo lo relacionado con lo femenino y vicever­sa. En cambio, según A. Adler, todo individuo se resiste a per­manecer en la línea femenina de desarrollo, inferior, y se esfuer­za hacia la masculina, la única satisfactoria, en este caso lo reprimido es siempre lo femenino en ambos sexos. (De ahí la adleriana “protesta masculina”.) La versión de Freud es distinta. Casi toda la sexualidad infantil* es reprimida cuando llega el complejo de Edipo* y las pulsiones sexuales* chocan con los ideales (entre otras cosas). La sexualidad es en su totalidad reprimida (las representa­ciones* de los sucesos de la sexualidad infantil constituirán el inconsciente* reprimido primariamente* y los retoños posterio­res serán reprimidos secundariamente*), tanto la masculina como la femenina. ¿Hay desvalorización de lo femenino? Sólo en el período fálico*, cuando por analogía* se confunde el genital femenino con una castración y entonces en realidad no habría represión de lo femenino sino de la pulsión sexual infantil, pues ésta puede ocasionar el peligro de la castración. En El yo y el ello (1923) considera importantísima a la bisexualidad en tanto responsable del tipo de salida y desenlace del complejo de Edipo, el que normalmente sería en todo sujeto de dos tipos: positivo (haciendo alusión al predominio de su propio sexo, identificándose* con el padre del mismo sexo) o negativo (lo contrario). La bisexualidad sería parte causal de la ambivalencia* en la relación con los padres (Edipo positivo y ne­gativo), lo que complejiza la existencia de la rivalidad de la etapa fálica hasta ahora expuesta en su obra. La rivalidad con el padre de sexo opuesto que aparece en la etapa fálica y/o genital, ahora pasaría a ser exponente del complejo de Edipo positivo única­mente. En el complejo de Edipo negativo el niño se identifica con la madre y quiere tener un coito pasivo con el padre, como una manera de desmentir* la castración, pero este mecanismo falla pues en la misma concepción de un coito pasivo se está aceptan­do, como premisa, una diferenciación sexual y en este momento la diferencia radica en fálico-castrado, por lo tanto, también se siente angustia de castración*. El ejecutor de esta castración es el padre. Ante esta conflictiva insoluble se reprime o sepulta* el complejo de Edipo y se instala el superyó*, como “monumento conmemorativo” de aquel. La conflictiva resurge, con las marcas de su historia, en la adolescencia. [José Luis Valls, Diccionario freudiano] [sexolog.] Condición que tienen todos los seres vivos sexuados, de poseer, en alguna proporción muy variable, características, tanto anatómicas como fisiológicas, psicológicas y de conducta, del otro sexo al que les corresponde genéticamente. Todos los varones tienen un pequeño porcentaje de condiciones orgánicas y psicológicas del sexo opuesto. No confundir con hermafroditismo* . [Juan Carlos Kusnetzoff www.e-sexologia.com]


Bordeline, personalidad

César Pelegrín


[freud.] El término borderline (en cast.: fronterizo o limítrofe) se utilizó ya en el siglo pasado para designar un trastorno psíquico, pero sólo hacia 1950 comenzó a pretender una acepción más rigurosa, a medida que el cuadro polifacético, evanescente, casi inasible iba siendo aislado en la clínica, se reunía una casuística y se realizaban incluso estudios estadísticos. Como el individuo bordeline presenta un collage de síntomas, ni siquiera constantes, algunos terapeutas preferían seguir arreglándoselas con la anterior nosografía y negaban la necesidad de agregar una entidad nueva. En general, el acuerdo era mayor en los hechos, o por lo menos se compartía la misma perplejidad. ¿Por qué los comportamientos y las fantasías de ciertas personas pasaban de neuróticos a psicóticos o psicopáticos, con algunos períodos de normalidad aparente? Al investigar y sobre todo al encarar el tratamiento, el terapeuta ¿tendría que apelar sucesivamente y por separado a las nociones de neurosis, psicosis, psicopatía, etc.? También eran inestables en estos pacientes las relaciones de objeto, las de trabajo, y los sistemas de creencias. Hacía falta una teoría explicativa, y ella comenzó por ser, prudentemente, una teoría de la transición (entre las psicosis, las caracteropatías, las psicopatías y las neurosis). Después se fueron dibujando líneas de desarrollo, en los EE.UU., en Gran Bretaña y en la Argentina. 1) En los EE.UU., Otto Kernberg, tratando de ceñirse al psicoanálisis, y Gunderson, recurriendo a estudios estadísticos, partieron de definir el fenómeno borderline como desórdenes de la personalidad. Desórdenes que Kernberg explica por una fijación a sistemas defensivos arcaicos, una detención del desarrollo en la fase de separación-individuación, descripta y estudiada por Margaret Mahler. Un concepto clave para entender la florida sintomatología del borderline es el de escisión del yo. Sólo un yo escindido puede corresponder a manifestaciones tan caóticas. ¿Y por qué se escindiría, quebraría el yo? Dicho brevemente: para evitar un peligro mayor. 2) En Gran Bretaña, aplicando el modelo de Bion, consideraron tales desórdenes una forma de psicosis: la “psicosis borderline. El yo tiene una parte neurótica y otra psicótica. Está pues escindido. ¿Por qué o para qué? Para defender al individuo evitando el incremento de la parte psicótica, función que está a cargo de la parte neurótica. 3) En la Argentina se intenta sintetizar aspectos de ambas escuelas. César Pelegrín propone un modelo de una escisión múltiple del self con detenciones escalonadas de partes que terminan formando una personalidad múltiple. Explica los desórdenes borderline como la restitución de una psicosis infantil, una restitución incompleta, en tanto partes de la personalidad funcionan unas al modo neurótico, otras al caracterológico, otras al psicopático, con un predominio transitorio de alguna de las tres modalidades. Los tres modelos tienen en común basarse en la escisión del yo. [César Pelegrín]


Cantidad de excitación

José Luis Valls


[freud.] Monto de energía que penetra en el aparato y es percibido en el polo percepción consciencia (PCc.), proveniente del mundo exterior (la naturaleza, los semejantes), del propio cuerpo, o de ambos lugares en forma combinada. El PCc. está compuesto esencialmente por los órganos de los sentidos, en los que se ubican también las diferentes zonas erógenas*. Sea que provenga de la naturaleza, los semejantes o el propio cuerpo la energía produce un primer tipo de respuesta: una “alteración interna”*, tipo de reacción inespecífica, res­puesta refleja, relicto de lo que en la filogenia pudo haber sido una acción sujeta a un fin y ahora expresa una emoción, un afecto*. La cantidad, al ser percibida en el PCc., se torna cualidad*: displacer*. La cantidad de estímulo proveniente del propio cuerpo, una vez penetrada en el aparato psíquico, también se liga con una re­presentación* (primero representación-cosa* o sea Inc., luego representación -p al abra* si quiere llegar a la Ce. del yo* y por lo tanto a la acción). Al ligarse con una representación se transfor­ma en deseo* de algo que ahora posee una meta, y por lo tanto toma cualidad representacional. Si el deseo es sexual se llamará también “libido”*; si está relacionado con la autoconservación, “interés”*. La denomina­ción de “Eros”* abarca a los dos, si bien es verdad que el uso -em­pezando por el de Freud- hizo de “libido” sinónimo de “Eros”. En realidad, este último es más amplio, ocupa a las pulsiones de vida* en general, incluidas las pulsiones de autoconserva­ción*. Eros es entonces pulsión de vida, en oposición a la pulsión de muerte*. La pulsión de muerte no tiene representación inconsciente* (de cosa) de la muerte propia (las representaciones-cosa son principalmente huellas de vivencias, verdades históricas*). Por lo tanto no nos queda más que relacionarla con la representación de la muerte de otro, lo que la transforma en pulsión de destruc­ción* (véase: angustia de muerte). Esta última se muestra en distintos grados de mezcla*, incluso es llevada a la acción o no, o reprimida*, como puede serlo el odio* o la pulsión de apoderamiento*. Sin embargo, en parte queda libre en el aparato psíquico sin representación, como masoquismo* primario, tomando la carac­terística de una tendencia a la desligadura de la cantidad con la representación, contraria al principio de placer*, una tendencia a volver a transformar la ya lograda cualidad (representacional) en pura cantidad (lo inorgánico). En última instancia la pulsión de muerte busca eso: volver a la cantidad, hacer desaparecer el mundo de la cualidad, mucho más vinculado con las pulsiones de vida. La pulsión de muerte, cuando es deflexionada hacia el mundo exterior, gracias al aparato muscular, lleva el nombre de “pulsión de destrucción” e implica ya alguna mezcla con Eros. El aparato psíquico no soporta grandes cantidades de excita­ción y se edifica como una gran complejización que tiende a moderarlas. Lo hace transformándolas en complejidad o en cua­lidad. La cualidad para el aparato psíquico nace de la percepción* consciente, y la representación es el recuerdo*, más o menos desfigurado, de ella. Al ligarse la cantidad a representaciones toma cualidad representacional, cualidad psíquica; ésta busca volver a tener cualidad perceptual o sea a “reencontrar”* (La negación, 1925) al objeto ahora deseado en el mundo exterior y poder, mediante una acción específica* más o menos compleja, dar salida al nivel de cantidad de excitación que había dado el “puntapié inicial”. La energía se liga con las representaciones de dos maneras: como energía libremente móvil* y como energía ligada o energía quiescente*. Como energía libre se desplaza* de una representa­ción a otra utilizando las leyes de la asociación* como identida­des, típica del proceso primario* Inc. con representaciones-cosa. Como quiescente la energía tiene fuerte investidura y débil desplazamiento, con representaciones-palabra típicas del proce­so secundario*, del pensamiento*, cuya sede es el preconsciente* perteneciente al yo. La cualidad está dada aquí por la palabra, al ser ésta de por sí una percepción consciente y por significar, simbolizar o representar a la representación de la cosa ante la consciencia*. La cantidad de excitación, si excede cierta proporción, es traumática. La que proviene de la naturaleza o de la pulsión de destrucción de los semejantes puede originar las neurosis traumáticas*, con sus síntomas* típicos. La cantidad de excitación que proviene de las pulsiones sexuales* de los semejantes, produciendo excitaciones en zonas erógenas no despiertas todavía en la vida del niño, por lo tanto sin posibilidad de ser comprendidas por el aparato psíquico, producirán traumas* sexuales y se generarán los puntos de fijación* de la sexualidad infantil*, origen de ulteriores rasgos de carácter* o neurosis*, etcétera. Cuando a aquella zona erógena le llega la época de su predominio, lo hace con el monto de excitación que corresponde al hecho traumático, lo que hace que el yo tienda a defenderse con una contrainvestidura* extrema. No en todas las épocas de la vida es igual la cantidad de excitación proveniente del cuerpo. En el período del complejo de Edipo* y sus “reediciones”, la pubertad, adolescencia y menopausia, el aflujo es mayor y por eso se suelen originar momentos de descompensación o neurosis. En los escritos metapsicológicos de 1915 Freud llama quantum de afecto* a esta cantidad de excitación que circula de distintas formas por el diferente tipo de representaciones. Quantum y repre­sentación tienen a veces destinos diferentes, en el caso de la represión por ejemplo, lo que se reprime es la representación, esto produce disminución o no de la descarga afectiva pues ésta es independiente de aquella. De todas formas cuanto más se disminuya o desaparezca el afecto (la angustia*) más exitosa resulta la represión (es más exitosa en ese sentido en la histeria que en la fobia* o la neurosis obsesiva*). El trauma del nacimiento consiste en una invasión masiva de cantidad de excitación desde las necesidades corporales funda­mentalmente, la que, en condiciones normales, es calmada por un semejante, por alguien (objeto* psíquico) del entorno del niño al que Freud llamó “asistente ajeno”*; por lo cual y de distintas maneras, de su necesidad de objeto el individuo “no se despren­derá jamás”. Los distintos tipos de angustia de que se defenderá el yo (angustia de pérdida de objeto*, angustia de castración*, angustia ante el superyó* y angustia social*) serán mediaciones ante aquella fundamental que es la invasión de cantidad sobre el aparato psíquico, la angustia automática*. El esquizofrénico es víctima en los inicios de su enfermedad (cuando rompe con el deseo Inc. del objeto desinvistiendo la representación-cosa de éste) de la invasión masiva de cantidad de excitación o angustia automática (la cantidad de excitación después de determinada magnitud automáticamente deviene en angustia), esto coincide con la vivencia de fin de mundo*, producto de la desinvestidura* de la representación Inc. de los objetos, lo que deja inerme al aparato psíquico para poder ligar a la cantidad de excitación y cualificarla, complejizarla (Lo inconciente, 1915; Complemento metapsicológico a la doctri­na de los sueños, 1915-17). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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