Diccionario de Psicoanálisis



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Apronte angustiado

José Luis Valls


[freud.] Estado de sobreinvestidura*, con energía quiescente* (ligada), del aparato perceptual o sistema de percepción-consciencia (PCc.) del yo* (atención*), preparado ante el peligro. Es en realidad el último bastión de la protección antiestímulo*. Freud piensa que quizá haya sido el estado permanente del ser primitivo ante los peligros de la Naturaleza (1915). Un hecho exterior resulta traumático si consigue superar la barrera protectora antiestímulos; o si al no existir esta sobre­investidura de atención en el momento del hecho, se produjo la invasión de estímulos, por lo que el aparato psíquico no pu­do ligarlos con representaciones* del pasado, apareciendo la sensación de terror*. La secuela del suceso traumático es la neurosis traumática*, con sus síntomas* típicos, como los sueños* repetitivos del hecho traumático. Estas repeticiones no están, en forma directa al menos, al servicio del cumplimiento de deseo*, “[...] buscan recuperar el dominio (Bewaltigung) sobre el estímulo por medio de un desarrollo de angustia cuya omisión causó la neurosis traumática” (1920, A. E. 18: 3 l). Si se consigue cierta ligadura del estímulo, éste pasa a pertenecer al principio de placer* y la búsqueda de cumplir con el deseo. Sucede que el polo de percepción consciencia (PCc.) necesita estar investido para poder soportar mejor los estímulos externos; una vez rebasado, el aparato psíquico repite el hecho (en sueños por lo común y en ocasiones en acciones), por compulsión a repetir* por un lado, y por otro para lograr la sobreinvesti­dura angustiada que podría ligar la cantidad de excitación* a las otras representaciones de la historia previa del sujeto. Resulta interesante agregar que en el caso de las neurosis actuales*, como la neurosis de angustia*, Freud describe un estado base de la misma que llama “expectativa angustiada” y lo describe como un estar alerta permanente ante el peligro, claro que el peligro (para el aparato psíquico) en este caso es la cantidad de excitación sexual somática no descargada o mal descargada y no el mundo exterior. Pero el estado expectante, con un polo perceptual sobreinvestido con hiperinvestidura de atención, productora de angustia*, es similar. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Apuntalamiento o apoyo

José Luis Valls


[freud.] Camino facilitado por la pulsión de autoconservación del yo* a la pulsión sexual* para escoger sus predominantes zonas erógenas* y sus elecciones de objeto*. “El quehacer sexual se apuntala (anlehnen) primero en una de las funciones que sirven a la conservación de la vida, y sólo más tarde se independiza de ella” (Tres ensayos de teoría sexual, 1905, agregado de 1915. A. E. 7:165). Formando parte primero de las sensaciones correspondientes a la vivencia de satisfacción* realizada con la madre, va sepa­rándose un plus de placer* que estaba unido en un principio a la pulsión de autoconservación, de la que la pulsión sexual paula­tinamente se va separando, en forma independiente del hecho de que en las primeras épocas para la pulsión sexual predomine el yo-placer* que no distingue a la madre como objeto*. En cambio, ya en las primeras épocas para la pulsión de autoconservación es vigente el yo realidad inicial*. De ahí que en un sentido el objeto pueda ser reconocido como tal y en otro no tanto y pase a predominar el autoerotismo*. Cuando el incipiente yo* investido de pulsión sexual comienza o llega a reconocer al objeto como la fuente de su placer, se decide a tenerlo*; por ello el primer objeto elegido es la madre, tanto para la niña como para el niño. Después del complejo de Edipo*, una vez interiorizada la prohibición del incesto a través del superyó*, pese a ello y justamente sin que el yo se aperciba, se elegirá en general al objeto que posea atributos en algo semejantes a los primeros ob­jetos, satisfacientes de sus pulsiones de autoconservación. De esta manera, se elegirá según los modelos de la madre nutricia o el padre protector. Si predominó más absolutamente el autoerotismo o el “yo placer purificado”, y no se pudo aceptar en forma importante la diferencia de los sexos, probablemente se haga elección de objeto de tipo más o menos narcisista*. Sin embargo, podríamos decir que en ambos casos, la pulsión sexual siempre se “apuntala” sobre la pulsión de autoconserva­ción, sobre todo cuando lo hace sobre los atributos de los primeros objetos; pero con más razón incluso en caso de hacerlo sobre atributos del propio yo. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Arte

José Luis Valls


[freud.] Una de las más elevadas creaciones de la cultura* humana, producto de la sublimación* de las pulsiones sexuales* infantiles rechazadas por esa misma cultura. El arte logra por un rodeo peculiar una reconciliación del principio de placer* con el principio de realidad*. El artista originariamente rechaza la realidad* al no poder aceptar la renuncia a la satisfacción pulsional que desde aquella se le impone. Se entrega entonces a sus fantasías* objetales (eróticas y de ambición); hasta aquí no se distingue del neurótico común, pero a diferencia de éste consigue retornar a la realidad, mer­ced a dotes propias, transformando sus fantasías en un nuevo tipo de realidades valoradas por los demás hombres, las obras de arte. Consigue así en cierto modo ser el héroe*, el rey, el creador, el mimado de la fortuna que querría ser (para lo cual debe tener éxito como artista), sin necesidad de alterar profundamente el mundo exterior. Los espectadores o lectores u oyentes (todos los consumidores de arte), insatisfechos con sus propias pulsiones*, se identifican con la nueva realidad creada por el artista y participan a través de esta identificación* con su goce. El arte, como el juego infantil, es una “fantasía actuada”, que implica una acción, una escenificación (Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico, 1911). Probablemente el arte primitivo tuviera su origen en la ma­gia*, técnica de la concepción animista del universo incluida dentro de la omnipotencia del pensamiento*, y los primeros objetos artísticos surgieran como expresión de la pulsión de apoderamiento* para poder dominar a los enemigos, a los ob­jetos de la Naturaleza, o realizar sus deseos* a través de crear objetos análogos a los deseados o temidos (Tótem y tabú, 1913). También en el niño existe este período animista y probable­mente sus primeras creaciones tengan similares significados para él. En ambos, tanto en el niño como en el artista, está presente la defensa* ante la angustia de pérdida de objeto* cuando se empieza a reconocer el objeto* como fuente de placer. En ese caso el niño busca poseer el objeto o ser querido por él, el artista busca lo mismo en los retoños de aquellos padres de la infancia (sus admiradores). Pero también el artista es el héroe, el que en la fantasía mítica mató al padre, es Edipo en la encruci­jada de Tebas, como cada niño durante el período que lleva su nombre. El niño juega a ser grande, a hacer todas las acciones especí­ficas* que supone que los grandes hacen, el artista es un grande que puede volver a jugar como cuando era niño, sin saberlo, y sin dejar de ser grande. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Asco

José Luis Valls


[freud.] Forma especial de la angustia* que funciona como dique represor (fijación*) de una pulsión* relativa a determinada zona erógena* predominante en un período, y pasar este predominio a otra más evolucionada, con problemáticas más complejas. Es producto de la represión primaria* normal y constitutiva de la primera línea defensiva yoica (véase: yo), en parte entonces contribuyente a la creación de su infraestructura Inc. El mecanis­mo metapsicológico que constituye el asco es la contrainvestidura* y origina un punto de fijación al que se recurrirá en el caso de regresiones* pulsionales ulteriores. Al pasar de] período* oral al anal suele ser común en los niños el sentimiento de asco a la leche, al pecho o a la nata de la leche (representación* del pezón); al superar el período de la satisfac­ción anal como zona erógena predominante queda asco a las heces, principalmente de los demás, así como a todo lo vinculado con ellas. En el caso de lo fálico, puede quedar cierto asco a lo sexual si se permanece fijado a esta zona erógena, razón por la cual los objetos* deseados inconscientemente son predominantemente incestuosos, o derivados próximos a ellos, fenómeno típico de la histeria. Hay diversos grados de fijación, producidos por lo que resulta ser uno de los diques pulsionales, el asco, y por el que se tras­torna el afecto* ante la posibilidad de la satisfacción pulsional (lo que era placentero, se vuelve asqueroso). Estos grados de fijación dependen de cuáles hayan sido los montos de excitación que ocurrieron en cada época. Por lo tanto también dependen de los hechos traumáticos transcurridos en ellas, los que obligaron al yo* débil a aumentar la contrainvestidura (único mecanismo de la represión primaria) para frenar a la pulsión, cambiándole el afecto, que en este caso sin llegar a ser definitivamente an­gustia, es, no obstante, una forma especializada de ella. A mayor contrainvestidura, mayor fijación, más asco. El asco lo siente el yo ante el peligro de que la pulsión consiga su objetivo de descarga. El yo utiliza entonces sus mecanismos de defensa*, de los que el asco resulta un detonante, una señal para que aquellos se desplieguen (dando origen a conver­siones* histéricas, por ejemplo). Situado en pleno frente de ba­talla, puede continuar sintiéndose en forma consciente y egosin­tónica (y formar parte también de ciertos rasgos de carácter*). Dentro de ciertos límites, controlados por el yo, forma parte de la normalidad. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Asistente ajeno

José Luis Valls


[freud.] Nombre usado por Freud en el Proyecto de psicología (1950a [1895]) para señalar al otro, al semejante, cuya presencia es vital para el niño desvalido, además de mostrarnos lo importante de la presencia del objeto* en la estructuración misma del aparato psíquico*. También lo menciona en La interpretación de los sueños (1900), Inhibición, síntoma y angustia (1925), etcétera. En el momento del nacimiento, el bebé entra en estado de desvalimiento* ante la cantidad de estímulos provenientes del interior de su cuerpo, de sus pulsiones*. Esto mueve al proceso de descarga más primitivo, la alteración interna* (expresión de emociones, grito, inervación vascular). A todo este complejo, centrado en la invasión de la cantidad de excitación*, con un aparato psíquico demasiado incipiente para ligarla por falta de experiencias de vida con qué relacionar­la, se le llama también “trauma* de nacimiento”. La alteración interna del bebé es una válvula de escape. Para que el bebé sobreviva y se puedan constituir las bases de su aparato psíquico, la alteración interna debe convertirse en una llamada que deberá ser comprendida por un “asistente ajeno” (la atención de la madre, ni más ni menos, o alguien que cumpla sus funciones) que cubra las necesidades* primitivas y de diversa índole del bebé, haciéndole disminuir las cantidades de excita­ción: alimentándolo, limpiándolo, dándole calor, ternura, etcéte­ra. Ésta implicará una vivencia de satisfacción*, que dejará profundas huellas fundantes del funcionamiento de un psiquismo cada vez más complejo. Las huellas principales serán las del objeto, sus movimientos y la sensación de descarga producida en el contacto con él. En adelante, ante las nuevas apariciones de la cantidad de excitación en el aparato psíquico ya en formación, quedará facilitada* su ligazón con las huellas mnémicas* de la anterior vivencia. Así pasa a constituirse una representación* de deseo* psíquico (representación de deseo del objeto y los movimientos, para poder sentir la sensación buscada), de lo que era cantidad de excitación somática. El razonamiento de Freud, aparentemente biológico, es esen­cialmente social, o mejor dicho una excelente y dinámica ensam­bladura entre lo biológico, lo social y lo psicológico. La representación del objeto (el asistente ajeno de la vivencia de satisfacción) es inauguradora del psiquismo. El deseo surgirá cuando reaparezca la tensión de necesidad somática, la que devendrá ahora en deseo del objeto, indepen­dientemente de que el objeto sea al principio reconocido como tal por el narcisismo* reinante en el yo placer purificado*. La representación-cosa* así fundada es principalmente repre­sentación del objeto, de las cosas sentidas con él. Su presencia fundó el psiquismo de la desvalida cría humana. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Asociación

José Luis Valls


[freud.] Mecanismo de vinculación de una representación* con otra. Se produce por el desplazamiento* de energía* libidinal (quan­tum de afecto*). Este desplazamiento puede ser de dos maneras: a) Por libre desplazamiento, en que las cantidades pueden pasar de una a otra representación regidas por las leyes de la asociación: las analogías*, contigüidades*, etcétera. Éstas se confunden con identidades y por lo tanto las rige la identidad de percepción* y el proceso primario*, y son representaciones/­cosa* principalmente de tipo visual. Corresponden al Inc.* y son las que se ven en los sueños*. b) Con más o menos fuerte investidura y débil desplaza­miento, pues un mayor nivel de ligadura hace más complicado asociar una representación con otra, existen más trámites para ello. Se distingue también entre los motivos de la asociación (la analogía, etcétera) y la identidad (no bastará que algo tenga un atributo análogo a algo deseado para ser eso deseado). Pese a que busca también la identidad con lo deseado, lo hace usando el pensamiento*, busca la “identidad de pensamiento”*. Funciona con representaciones-palabra* y corresponde al yo* Prec., la actividad de pensamiento y el proceso secundario*. El concepto de asociación proviene predominantemente del “asociacionismo”, escuela dentro de la cual Freud se acercó a John Stuart Mill y de la que tomó sus leyes de vinculación entre representaciones agregándoles una direccionalidad, una tenden­cia, signada por el principio de placer* y el deseo* pulsional. La asociación tomó así las características de medios de vincula­ción entre representaciones, pero con un objetivo: la descarga pulsional. Las representaciones-palabra mestizas propenden a cierta libertad de asociación que hace posible el fantaseo, el sueño diurno. En ellas hay mayor desplazamiento que en la actividad de pensamiento. Las palabras están regidas principalmente por el principio de placer e incluso cierto nivel de identidad de percep­ción. En cambio en el pensamiento es más rigurosa la tramitación del pasaje del quantum de afecto entre las representaciones, hay débil desplazamiento, rige el principio de realidad*, se busca la identidad con lo deseado pero pensando, calibrando hasta dónde es así y hasta dónde no, se estudian los atributos del percepto y de la representación comparándolos, se realiza el examen de realidad*, etcétera. En general el libre fantaseo es rechazado por la censura* Cc. En el caso de que las fantasías* se conviertan en retoños de las representaciones reprimidas pueden ser a su vez reprimidas por la censura Inc., pudiendo así ser base de actos fallidos*, sínto­mas* neuróticos, sueños, etcétera. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Asociación libre

José Luis Valls


[freud.] Regla técnica fundamental del psicoanálisis. Se le pide al paciente que diga todas sus ocurrencias, que suprima su censura* consciente* e invista con atención las representaciones-pala­bra* que se van vinculando por las leyes asociativas con un débil nivel de ligadura y un cierto libre desplazamiento*. En otras palabras, se invita en forma activa al paciente a que exprese en voz alta su libre fantaseo, su soñar diurno, que habitualmente es censurado por la censura Cc. No todos los pacientes consiguen asociar en igual medida. La asociación* es más libre cuando predomina la transferencia* positiva, hay pocas resistencias*, no existen rasgos de carácter* demasiado rígidos, etcétera. En esas palabras -que en otro contexto podrían parecer insensatas o absurdas- irán apare­ciendo indicios, rastros dejados por el deseo* Inc.* reprimido en su huida, escondidos tras el síntoma*. El analista podrá gracias a ellos ir armando las interpretaciones -construcciones* que van haciendo consciente lo inconsciente. En realidad la asociación libre es un camino paulatino hacia lo reprimido. En ese camino surgen las resistencias (al asociar, por ejemplo) provenientes del yo*. El análisis de estas resistencias insumirá gran parte de la tarea analítica. No serán sólo resistencias ante lo reprimido sino también ante lo represor, inconsciente también pero pertenecien­te al yo. El análisis de las resistencias tomará conocimiento, entonces, predominantemente de la parte Inc. del yo (los rneca­nismos de defensa*, por ejemplo), por lo tanto, de su carácter y de su grado de alteración*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Ataque histérico

José Luis Valls


[freud.] Forma aguda de la sintomatología de la “gran histeria” a la que Freud describe como ataques convulsivos con un aura y tres fases (para Charcot eran cuatro las fases, pues postulaba un delirio* terminal). El aura proviene de una sensación de las zonas histerógenas*, lugares hipersensibles del cuerpo cuya estimulación desencade­na el ataque. La primera fase es la epileptoide y semeja un ataque epiléptico común; la segunda, de los “mouvements”, muestra movimientos de gran envergadura, como los “movimientos de saludo”, el “arc de cercle” y contorsiones. Los movimientos son desarrollados con elegancia y coordinados y no torpes como los de los epilépticos. La tercera fase es alucinatoria, de las “attitudes passionelles “. Se caracteriza por posturas correspondientes a escenas apasio­nadas alucinadas. Lo más frecuente es que la consciencia* se mantenga durante casi todo el ataque, salvo momentos, semejan­tes al clímax de la excitación sexual. En algunos casos cualquier fase del ataque se puede presentar por sí sola y subrogarlo. Son importantes también los ataques apopléticos llamados “attaques de sommeil”. El ataque histérico está compuesto por fantasías* proyecta­das sobre la motilidad, representadas pantomímicamente y des­figuradas a la manera de los sueños*. Se expresan en dicho ataque múltiples fantasías condensadas y con identificaciones* múltiples (representándose en este caso dos o más personajes), a veces con actitudes opuestas entre sí, Asimismo tiene la facultad de invertir la secuencia temporal de los hechos fantaseados. El ataque puede ser convocado asociativa u orgánicamente y como tendencia primaria (consuelo) o beneficio secundario* (por ejem­plo: el ataque se produce ante determinadas personas) de la enfermedad. El ataque es el sustituto de una satisfacción autoerótica anterior resignada (masturbación*), que retorna sin ser registra­da por la consciencia. La pérdida de consciencia, la “ausencia” del ataque histérico, proviene de aquella pasajera pero inequívoca privación de consciencia que se registra en la cima de toda satisfacción sexual intensa (incluso autoerótica). Lo que señala a la libido* reprimida el camino hacia la descarga motriz en el ataque, es el mecanismo reflejo de la acción del coito. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Atención

José Luis Valls


[freud.] Energía libidinal (en un sentido amplio, que incluye el interés* de la autoconservación) del yo* (en realidad proveniente del ello*, pero ligada y almacenada por el yo) que inviste el sistema de percepción-consciencia (PCc.); es imprescindible para que algo sea registrado por la consciencia*. Funciona en dos niveles: uno libremente flotante, con bajo nivel de investidura y que registra todas las percepciones* posibles por igual; y un segundo copioso, con fuerte investidura; este último es el que otorga fuerte nitidez a la percepción. Cuando es descubierta una percepción que se puede vincular con algo deseado o temido, entonces en este segundo paso el sistema PCc. recibe una fuerte investidura de atención, tomando nitidez de consciencia. La atención sirve, ciertamente, para percibir el mundo exterior, pero también registra, a través de las representaciones* lingüísticas, la actividad de pensamiento* proveniente del mundo interior. Para hacer consciente un pensamiento se necesita de la representación-palabra* preconsciente* (Prec.) investida por la atención que la hace consciente. Esta investidura es manejada por el yo consciente principalmente desde la censura* consciente. Cuando a un paciente le pedimos que “asocie libremente”, en realidad le estamos diciendo a su yo que invista de atención a sus asociaciones* de palabra, que levante la censura crítica consciente que intenta desinvestirlas para evitar conflictos que generen angustia*. Le estamos pidiendo que no siga reforzando desde la censura consciente, la represión* inconsciente*, generadora de síntomas* y neurosis*. La percepción no es pasiva. La investidura de atención inclu­ye investidura de deseo* inconsciente, mediada por el yo, que como antenas tentaleantes (Nota sobre la “pizarra mágica”, 1924-25 y La negación, 1925) registran todas las percepciones posibles, pues lo deseado o lo temido pueden estar entre las mismas. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Atención libremente flotante

José Luis Valls


[freud.] Actitud que Freud aconseja tener a los analistas durante la sesión psicoanalítica, por lo menos en su iniciación. El ana­lista tratará de inhibir sus representaciones meta* y de estar parejamente dispuesto a percibir todas las percepciones*, sin buscar ninguna en especial. Es la aplicación en la técnica del primer nivel de atención* con baja investidura y libre desplazamiento, abierta tanto como se pueda a las percepciones, pues lo deseado puede estar entre ellas. Las situaciones deseadas por el analista son indicios de situaciones significativas que trae el paciente: recuerdos*, aso­ciaciones*, sueños*, actos fallidos*, en fin, vías de entrada hacia el Inc.* En este caso se pasa al segundo nivel de atención, la cual, entonces, se hará más copiosa y con mayor nivel de ligadura, se pondrá mayor grado de expectación. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]

autocastigo (automartirio)

[freud.] Trastorno hacia lo contrario* (transformación de la actividad en pasividad) del sadismo*. Hallamos la vuelta contra la persona misma* sin la pasividad hacia una nueva. Es una etapa interme­dia de la transformación del sadismo en masoquismo* para la que no se necesitará la presencia de un objeto* que haga las veces de sujeto sádico. En el autocastigo típico de la neurosis obsesiva*, aunque presente en la neurosis* en general, el verbo en voz activa no se muda a la voz pasiva, sino a una voz intermedia reflexiva. El objeto es resignado y sustituido por la persona misma. El autocastigo llega más lejos que el autorreproche*, pues implica acción (el castigo) pero está antes del masoquismo, que requiere la presencia de un sujeto sádico. El autocastigo permanece dentro del narcisismo*, el maso­quismo necesita por lo menos de una elección narcisista de objeto*, pero objeto al fin. Este concepto lo expone Freud en Pulsiones y destinos de pulsión (1915). Agregando elementos de obras posteriores, como Más allá del principio de placer (1920) y El yo y el ello (1923), podemos decir que hay en él elementos de mezcla pulsional* entre Eros* y pulsión de muerte*, cierto grado de mezcla que implica cierto grado de desmezcla* también. Por cierto que si bien no es necesaria la presencia del objeto en lo real, existe una identificación* del yo* con él, por lo que el superyó* castiga al yo, aprovechando la situación. En ocasiones el yo se defiende (neurosis obsesiva), en otras se entrega dulce­mente, como en la melancolía*, esta última neurosis narcisista por excelencia. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Autoerotismo

José Luis Valls


[freud.] Característica o modalidad de satisfacción predominante de la libido* de la sexualidad infantil*, por autoestimulación (toca­miento, frotación rítmica, compresión de mucosas, visualización de zonas erógenas*, etcétera) del propio cuerpo, que produce placer* de órgano. Aunque predomine -como se dijo- en las primeras épocas, en parte se extiende a toda la vida. Por el hecho de predominar en la sexualidad infantil, se dice que ésta es autoerótica. El autoerotismo es previo a la constitución del yo realidad definitivo*. Este yo*, si bien tiene un origen corporal y se basa en parte en la imagen del cuerpo, paulatinamente deviene en una entidad o estructura psíquica compleja, que parte del cuerpo pero que lo supera en otro nivel, con funciones cada vez más so­fisticadas. La libido que busca satisfacerse en esta estructura psíquica llamada “yo”, va a constituir el narcisismo*. Una vez instalado el narcisismo, el autoerotismo deviene una modalidad de satisfacción de la libido narcisista; aunque esto es más complejo aun, pues en la masturbación* adolescente, por ejemplo, se puede estar satisfaciendo libido objetal a través de las fantasías* masturbatorias. En este caso, la masturbación puede ser un tipo de satisfacción autoerótica que descarga, por la acción, libido narcisista y, por la fantasía, libido objetal (introvertida* de la realidad* y refugiada en la fantasía). Esto se hace todavía más complejo, pues la elección de objeto* narcisis­ta consta a la vez de libido objetal y de libido narcisista, o de una intermedia entre ellas denominada libido homosexual. En la esquizofrenia*, por otro lado, se produce una retracción libidinal* total (respecto de sus objetos deseados o de desear los objetos). No hay refugio en la fantasía del objeto, sino únicamen­te se sobrecarga de libido el yo (lo que se expresa clínicamente como vivencia de fin de mundo*, por la retracción, e hipocon­dría* o megalomanía*, por la sobreinvestidura* yoica). La regresión* libidinal puede llegar, en la forma clínica de la esquizofrenia “simple”, al autoerotismo, la cual sería entonces libido invistiendo al cuerpo sin que éste configure un yo, o haciéndolo con lo último que queda de él (el cuerpo), destruido el yo como entidad psíquica. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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