Diccionario de Psicoanálisis



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Angustia realista

José Luis Valls


[freud.] Estado afectivo displacentero particular que se siente frente a la percepción* de un peligro exterior. Se asimila al miedo, afecto* que queda después de la vivencia de dolor*. Dice Freud: “[...] la angustia realista aparece como algo muy racional y comprensible. De ella diremos que es una reacción frente a la percepción de un peligro exterior, es decir, de un daño esperado, previsto; va unida al reflejo de la huida, y es lícito ver en ella una manifestación de la pulsión de autoconservación” (1917, A. E. 14:358). Renglones más abajo pone en tela de juicio la adecuación de la respuesta angustia* ante el peligro, diciendo que la respuesta adecuada sería enfrentarlo o huir. Entonces la angustia realista es adecuada si es una simple señal que permite al yo* encontrar la acción adecuada, si la angustia por el contrario paraliza al yo, éste pierde la posibilidad de autoconservarse. En Inhibición, síntoma y angustia (1925) incluye como an­gustias realistas, las angustias sentidas por el niño en su proceso de reconocimiento del objeto* como fuente de placer*: como son la angustia de pérdida de objeto* y la angustia de castración*. Son angustias realistas desde que (en esa época) el peligro proviene del exterior. Dejan de ser realistas cuando son usadas a posteriori* por el yo, como señales basadas en recuerdos* para generar los mecanismos de defensa* contra las pulsiones* prove­nientes del interior del cuerpo. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Angustia señal

José Luis Valls


[freud.] Señal producida y sentida por el yo*, el que la utiliza para lograr dominar a la pulsión*. Esto lo hace mediante los mecanis­mos de defensa* ante ella. Utiliza para ello el principio de placer* en contra de la satisfacción pulsional, paradójicamente, pues tras la instalación de la represión primaria* la posibilidad de la satisfacción pulsional le generaría displacer* (angustia*) al yo. Al enviar el ello* una investidura de deseo* pulsional Inc. (o lo que es lo mismo, una representación-cosa* investida buscando representación-palabra* para poder ser conocida por la cons­ciencia* perteneciente al yo), el yo puede no aceptarla como propia produciendo la angustia señal, para lo que utiliza el recuerdo* de momentos de angustia que fueron reales en la infancia, por ejemplo: la visualización del genital femenino en el caso de la angustia de castración*. La angustia señal está basada, entonces, en la experiencia. Éste es el caso de la angustia de pérdida de objeto* cuando el bebé comienza a reconocer al objeto* como tal. También el de la angustia de castración que surge en la etapa fálica del varón, cuya contrapartida en la mujer es la angustia de la pérdida de amor* del objeto. En el adulto no neurótico (a excepción del neurótico obsesivo en el que predomina la angustia ante el superyó*, pero como amenaza de castigo inconsciente) las an­gustias señales suelen ser las que se producen ante el superyó* y la angustia social*. La angustia señal es para el yo un recurso sumamente eficaz para dominar a la pulsión, si bien muchas veces costosísimo, los daños en su estructura son un efecto no buscado (por lo menos dentro del principio de placer) que no puede atribuirse a la angustia señal sino a los mecanismos defensivos que produce el yo gracias a ella. Así y todo es de subrayar la eficacia defensiva; ante la señal automáticamente se desinviste* la representación* (de palabra o de cosa según el caso, lo que también va a indicar niveles de gravedad en la patología o alteración del yo) y la pulsión, “desactivada”, pierde su eficacia. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Anulación de lo acontecido

José Luis Valls


[freud.] Mecanismo de defensa* o forma de la represión secundaria* por la cual, utilizando el pensamiento* mágico, se hace “desaparecer” algo sucedido, en la mayoría de los casos realizado o fantaseado previamente por el mismo sujeto. La anulación de lo acontecido es un mecanismo yoico inconsciente* típico de la neurosis obsesiva* y produce en general los llamados “síntomas* en dos actos”, donde el segundo cancela al primero como si nada hubiera ocurrido. También es generador de ceremoniales obsesivos*. Ambos actos son compulsivos, a pesar de que el yo* del sujeto intenta explicarlos con racionalizaciones*. La representación-cosa* de la pulsión* del ello* prohibida por el superyó*, recibe investidura preconsciente* de palabra (aunque ligeramente desplazada* de la original, disfrazada) a pesar de no haber sido nunca aceptada como propia por el yo. Tenemos entonces una representación de deseo* preconsciente, aunque no aceptada como propia por el yo, al que se le impone como pensamiento compulsivo, incluso puede llegar a acción compulsiva (véase: compulsión). Ésta es la transacción a la que llega el yo con la pulsión al sentir la angustia señal* frente al superyó. Como para justificarse ante éste debe realizar el segundo acto, en el que consiste estrictamente la anulación; utilizando la magia*, el yo consigue hacer “desaparecer” el hecho realizado, o la fantasía* no actuada, como si nada hubiera sucedido. La anulación de lo acontecido es generadora de múltiples síntomas de la neurosis obsesiva: a) los síntomas de dos tiempos: lavarse y ensuciarse las manos, abrir y cerrar las llaves del gas (el famoso sacar y poner la piedra del “Hombre de las ratas”), etcétera, y b) los síntomas de un solo tiempo, un solo tiempo de acción, cuando el “primero” se ha quedado en fantasía. (Este último caso es el trasfondo de muchos ceremoniales obsesivos.) El síntoma en dos tiempos es expresión a su vez de la ambivalencia* afectiva, la expresión del amor*-odio* en dos momentos diferentes. Esta técnica cumple además un papel destacado en las prácticas de los encantamientos, en los mitos* de los pueblos y los ceremoniales religiosos, pues es tributaria de la primitiva actitud animista hacia el mundo circundante. Podemos decir que la anulación tiene relativamente poco ,éxito en reprimir a la pulsión, la que, especialmente en los síntomas de dos tiempos, puede llegar a la acción más o menos simbolizada, aunque luego sea anulada. Además, suele necesitar extenderse a la manera del parapeto fóbico*. En todo este lapso, hasta que se consigue la anulación, la angustia* se hace presente. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Añoranza, investidura de

José Luis Valls


[freud.] Intensa investidura de la libido* objetal que se produce ante la realidad* irreparable de una pérdida de objeto*. La añoranza es por la sobreinvestidura que al no poder satisfacerse, no tiene posibilidad de salida, produciendo el dolor* psíquico durante el proceso de duelo*. En el caso del dolor* físico hay para Freud una cantidad de excitación* proveniente de las “masas en movimiento” del mundo exterior (Proyecto de psicología, 1950a [1895]) que penetró en el cuerpo por una solución de continuidad de su superficie. También puede ser por una enfermedad de alguno de sus órganos, a la que se agrega un monto de libido narcisista que se agolpa en el órgano dolorido (1925). Algo análogo ocurre en el caso del dolor psíquico. Hay un agolpamiento muy intenso, pero ahora es de libido objetal, investidura de añoranza. La realidad muestra que el deseo* del objeto perdido no se satisfará nunca más como otrora, con lo que aquel se intensifica y choca ante la imposibilidad real, situación que se repite en cada ocasión que remeda al objeto perdido. El proceso de duelo consiste precisamente en el ir despegando de la realidad la investidura de añoranza. Este proceso se podrá realizar en tanto la investidura predominante haya sido de libido objetal, pues si la elección de objeto* previa fuera predominantemente narcisista* se producirá seguramente retracción libidinal*, la que volverá al yo*, como en el caso de la melancolía*. En esta última, el sentimiento de culpa* del yo ocupa el lugar de la añoranza por el objeto. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Aparato psíquico

José Luis Valls


[freud.] Modelo para representar el funcionamiento psíquico. Probablemente Freud lo tomó del materialismo mecanicista de fines del siglo pasado, principalmente a través de la escuela de Helmholtz, también siguiendo el modelo anatómico y fisiológico (aparato circulatorio, aparato respiratorio, etcétera). Al llevarlo hasta sus últimas consecuencias, muy rápidamente lo deslindó de localizaciones anatómicas o neurofisioquímicas, sin por eso dejar de pensar que de alguna manera éstas existieran, más bien lo enfocó desde otra óptica. Su terreno fue la psicología, generando una nueva manera de entenderla. Si bien el modelo es mecanicista predomina en la explicación de su funcionamiento la dinámica psíquica, su funcionalidad y su sistematización. Está constituido por un intrincado mecanismo con distintos elementos que se acoplan u oponen entre sí. Este aparato psíquico se “construye” paulatinamente y se hace más complejo a medida que se van teniendo nuevas experiencias. Su descripción corresponde a la metapsicología freudiana; por lo tanto tiene un sentido tópico, uno dinámico y uno económico. La teoría del aparato psíquico tiene, a lo largo de la obra freudiana, desarrollos, confirmaciones, agregados, rectificaciones y/o cambios. En el manuscrito Proyecto de psicología (1895) -publicado póstumamente en 1950, que forma parte de su correspondencia con Fliess y es contemporáneo a otros intentos similares de la época como el de Sigmund Freud y el mismo Breuer en la parte teórica de los Estudios sobre la histeria (1893-95)- expone un aparato psíquico con cierta raigambre anatómico-histológica, de la que en el transcurrir del texto paulatinamente va desprendiéndose. Habla ahí de neuronas * que alojan a las representaciones* primero y paulatinamente aquellas van deviniendo en éstas, lo que se hará explícito en el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900). Se observa en el “Proyecto” una metodología de pensamiento sumamente rigurosa, como la de un fisiólogo que pondrá bajo el microscopio a los temas psicológicos. Se vislumbran en esta obra ideas que serán desarrolladas muchos años después, y su lectura se torna imprescindible para poder entender razonamientos muy posteriores. Postula ahí un aparato psíquico compuesto por neuronas y cantidad de excitación*, una cantidad a la que no toleran, y toda la compleja defensa* que la red neuronal debe desarrollar, entonces, para no estar a merced de ella. Hay neuronas fi, neuronas psi y neuronas omega . Las neuronas fi están en contacto con el mundo exterior y reciben las grandes excitaciones provenientes de éste a las que atenúan, por medio de filtros o pantallas defensivas; la excitación atraviesa estas neuronas sin dejar rastros, los que pasan a quedar registrados en otras que son las encargadas de la memoria: las neuronas psi. Por último, la cualidad* perceptual es registrada por las neuronas omega, las que no registran las cantidades, sino la temporalidad de sus movimientos, el período*. El aparato psíquico se constituye en íntima relación con el vínculo objetal, pues se pone en movimiento después de las vi­vencias de satisfacción* y dolor* vividas con el objeto*. Estas vivencias dejan huellas mnémicas* en él, principalmente del objeto, que al unirse con las cantidades de excitación que pro­vienen de las vías de conducción corporales configurarán los deseos* objetales. Al nacer el deseo queda inaugurado el princi­pio de placer*. Se explica también en el “Proyecto” la actividad de pensa­miento*, la defensa primaria, la defensa normal y patológica, y todo su esquema se hace más complejo paulatinamente. También Freud habla aquí de un yo*, sede del proceso secundario*, forma de inhibición* de la alucinación* (esta última propia del proceso primario*), para lo que se necesita instaurar el principio de realidad*, que de esta forma se genera. Cinco años después, en La interpretación de los sueños (1900), se separa definitivamente del modelo anatómico pasando a hablar de tópica y lugares psíquicos virtuales (imaginarios). El aparato psíquico que describe en el capítulo VII de esta obra es completado en 1915 en su célebre “Metapsicología”. Tiene el arco reflejo como base dinámica del esquema, el que posee a su vez una puerta de entrada y una de salida de la cantidad de excitación (libidinal en general). La cantidad de excitación penetra por el polo perceptual*, deviene por un lado en quantum de afecto* y es percibida como displacer* en aquel, genera además una tendencia, que al irse ligando a representaciones, toma el nombre de deseo. Tales representaciones son de dos tipos: representación-cosa* primero y representación-palabra* después, cuando el sujeto aprende el lenguaje*. Gracias a las representaciones-palabra la consciencia* conocerá a las representaciones-cosa y por lo tanto podrá pensarlas y eventualmente conducir la libido* al polo motor*, donde debe terminar el circuito con una acción específi­ca* que descargue la pulsión* en la fuente. Descarga que será, entonces, sentida por el polo perceptual como placer*. Todo esto ocurre en el caso de ser la pulsión aceptada por el preconsciente*, o sea una vez superadas las censuras*. En cuanto a las censuras existen tópicamente dos: la de represión*, situada en el límite entre el Inc. y el Prec., es la que va formando el Inc. reprimido con las pulsiones de la sexualidad infantil* que cul­minó en el complejo de Edipo* y cuyos retoños (o sea deseos análogos o contiguos a los reprimidos e identificados por eso con ellos) son a su vez reprimidos, lo que genera los síntomas* neuróticos, la angustia*, los sueños*, los actos fallidos* en general, etcétera. La segunda censura es consciente y refuerza a la primera. Está basada en la sustracción de la investidura de atención* Cc., y es la que el analista le pide al paciente que suprima para cumplir con la “regla fundamental”* de la técnica psicoana­lítica*. Resumiendo: este nuevo esquema está compuesto por incons­ciente*, preconsciente* y consciencia*. Al Inc., sede de los deseos infantiles reprimidos por la represión primaria* (origi­nalmente, en la infancia), posteriormente se le van agregando los retoños análogos o contiguos, incluso opuestos y por eso identi­ficados con aquellos, por lo que pasan a ser reprimidos por la represión secundaria* o represión propiamente dicha. Ambas características (primaria y secundaria) corresponden a la repre­sión, primera forma Inc. de censura que escinde al aparato psíquico en un Inc. y un Prec. A ella se agrega como refuerzo, la segunda censura, consciente. En el inconsciente (Inc.) hay representaciones-cosa. Entre ellas la energía* fluye libremente (proceso primario) siguiendo las leyes de la asociación*, buscando identidades de percepción* y utilizando condensaciones* y desplazamientos*, para ello. Es el tipo de funcionamiento mental propio, pero no exclusivo, de los sueños. Escindido del inconsciente merced a la represión está el preconsciente (Prec.), compuesto principalmente de representa­ciones-palabra, las que entre otras funciones representan a las representaciones-cosa ante la consciencia, lo que les da el nivel más alto de ligadura, con fuerte investidura y débil desplaza­miento, característica del proceso secundario, de la actividad de pensamiento, gracias a la cual también busca la identidad con lo deseado, pero ahora la identidad de pensamiento*. Las representaciones-palabra pertenecen al lenguaje, forma creada por el género humano para que lleguen los deseos a la consciencia (circunscribiendo ésta, como hace Freud, a un mero aparato perceptual*), para lo que ésta lo único que debe agregar­le a ellas es una investidura de atención. Por lo tanto si la palabra es el medio más idóneo para conocer los deseos, también será el medio elegido por la represión para su propio objetivo, que es el de desconocer. Utilizará las leyes de la asociación para reemplazar las representaciones -palabra ori­ginales por otras contiguas o análogas y así conseguir sustraer la investidura Prec. alas representaciones que ahora pasarán al Inc. reprimido, o “al estado de represión”. Esta sustracción de investidura Prec. será uno de los mecanis­mos de la represión secundaria o propiamente dicha, que junto a la atracción de la compulsión de repetición* del Inc. y a la contrainvestidura* (éste a su vez único mecanismo de la repre­sión primaria), son los otros mecanismos que forman parte de aquella, también traducida como “a posterior¡* de la represión”. La representación Prec. debe a su vez también vencer una censura consciente para poder ser hablada, expresada y regida más firmemente todavía por el proceso secundario, al tener la palabra emitida, incluso escrita, un efecto real, social, de comu­nicación. Si no vence esta censura consciente, puede permanecer más en el terreno de la fantasía* y acercarse a las representaciones mestizas entre Prec. e Inc. regidas por el principio de placer, pero con palabras y con cierta lógica del proceso secundario. Estas fantasías o sueños diurnos se pueden convertir rápidamente en retoños del Inc. y generar síntomas neuróticos, sueños, etcétera. En el último artículo correspondiente a la metapsicología de 1915 al hablar del duelo* y la melancolía* aparece el tema de la identificación*, que reaparece poco después como uno de los mecanismos generadores de la masa* en Psicología de las masas y análisis del yo (1921). En estas dos obras (Duelo y melancolía y Psicología de las masas y análisis del yo) reaparece, desplegándose más, el tema de la identificación y también el del yo, el que es constituido básicamente por aquella. En la segunda obra lo hace a través de la conceptualización del líder de la masa, así como del ideal del yo* como una parte del yo diferenciada de él. En 1920 expuso su segunda teoría pulsional, tratando de ex­plicar fenómenos repetitivos en la conducta de los pacientes, que pareciera funcionan no regidos por el principio del placer, sino más allá de él. Todos estos factores, más la observación clínica de la resis­tencia* inconsciente a la curación, van haciendo que el objetivo terapéutico se amplíe en adelante y sea importante no sólo hacer consciente lo reprimido, sino también lo represor. Esto último, a pesar de ser desconocido por el paciente, no puede pertenecer sino al yo. Lo que lleva a replantearse o a complejizar el aparato psíquico, que ya no alcanza para explicar todos estos fenómenos. Por lo pronto se hace imprescindible la descripción del yo como estructura y el hecho de que una parte importante de él sea inconsciente; por lo demás hay que dar cuenta del ideal del yo y de la consciencia moral*, tan sobresaliente en algunos cuadros clínicos como la neurosis obsesiva* y la melancolía. En El yo y el ello (1923) se expone entonces la segunda tópica o teoría estructural. Ahora el aparato psíquico posee un ello* inconsciente, con la salvedad de que no todo lo inconsciente está en el ello. En el ello están todas las pulsiones provenientes del cuerpo con sus representaciones-cosa, además de las tendencias heredadas filogenéticamente. Las representaciones-cosa repri­midas son solamente una parte del ello. El yo surge en la periferia del ello, en el contacto de éste con la realidad*. Se forma esencialmente de identificaciones con atributos de los objetos (primarias, esencialmente). El yo es la sede principal de las representaciones-palabra y del proceso secundario. Se rige, en su parte Prec., por el principio de reali­dad, realiza entonces el examen de la realidad*, es también la sede del pensamiento el que posee, entre otras más, una función sintética, ésta debe hallar una síntesis entre amos opuestos a los que sirve permanentemente: las pulsiones, el superyó* y la realidad. En esta difícil tarea se puede resquebrajar y producir las escisiones del yo*. Tiene, hasta cierto punto, el control de la acción. Hemos anticipado que una parte del yo es Inc. Dicha parte lo provee, merced a la ayuda del principio de placer por el que pasa a regirse (reprime o se defiende de las pulsiones, pues el poder sentir a éstas como propias lo angustia), de recursos defensivos ante la angustia señal* que él mismo cultiva en su “almácigo” y emite como aviso del peligro que podría acarrear la satisfacción de las pulsiones provenientes del ello. Otra parte del yo se escinde de él, lo observa, se le enfrenta, lo critica, vigila y castiga al yo, si éste no es como lo quiere el ideal. Esta parte, esta tercera instancia (superyó-ideal del yo) tiene un triple origen. Es la experiencia heredada de la especie que se repite de alguna manera (simbólicamente) en la experien­cia individual. En esta hipótesis filogenética Freud incorpora muchos de sus pensamientos acerca del origen de la comunidad humana (parricidio, prohibición del incesto, alianza fraterna*, totemismo*, etcétera). Además de heredado, el superyó-ideal del yo resulta de la transformación, en el adulto, del narcisismo* infantil, para el cual era yo todo lo placentero (básicamente, esta transforma­ción corresponde al ideal del yo, la segunda parte de la expresión compuesta, “superyó-ideal del yo”). Por último, el superyó es de nuevo heredero, esta vez no de la especie, sino de la propia prehistoria del individuo, de su comple­jo de Edipo. En él quedarán como precipitado las identificaciones secun­darias* con los progenitores, ocupando el puesto principal el padre omnipotente de la infancia y sus sustitutos posteriores (maestros, guías espirituales, líderes de todo tipo). Se constituye así la consciencia moral. Podríamos decir que el superyó está hecho de aspiraciones y prohibiciones. La conscíen­cia moral prohíbe, básicamente, el incesto y el parricidio y sus derivados. El ideal del yo exige perfección, la perfección de la que gozaba el yo omnipotente de la infancia. Tanto en forma filogenética como tópica el superyó enraíza en el ello. Se genera así el “sentimiento inconsciente de culpa”*, también llamado por Freud “necesidad de castigo”*, producto de la desmezcla pulsional* generada por la desexualización* de la pulsión sexual* exigida por el ideal a través de la sublimación*. En aquella “resistencia del superyó” (Inhibición, síntoma y angustia, 1925), el Destino con mayúscula pone a prueba todos los recursos terapéuticos del psicoanálisis. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


A posteriori

José Luis Valls


[freud.] Característica particular de la pulsión sexual* por la cual se traslada en el tiempo una situación de excitación por lo genera traumática (cantidad de excitación* ocurrida a destiempo, cuando no hay posibilidades de ligadura psíquica), y por la que aquella sensación (o la defensa* ante ella), se hace actual. Se corresponde con la necesidad* de investidura* previa que poseen todos los órganos perceptuales, entre ellos las zonas erógenas*, para captar las sensaciones producidas por los estímulos (los objetos*), relacionar éstos con representaciones* de otras situaciones similares previas y encontrar cierto grado de identidad -por lo menos en lo que concierne a la sensación y conseguir ligaduras de pensamiento*, comprendiendo así sus experiencias. Este hecho (la necesidad de la investidura perceptual previa al estímulo) es causante de que la estimulación de una zona erógena, cuando ésta no está previamente investida (por ejemplo: una estimulación genital en un niño en que todavía predomina el erotismo anal* o el erotismo oral*), se torne traumática, y no precisamente cuando sucede el hecho traumático (aunque éste deje un punto de fijación*), sino cuando el sujeto haga su entrada en la etapa erógena correspondiente (o en su reedición en la pubertad). Sólo entonces estarán investidos el órgano y las representaciones ligadas con las vivencias de placer* que a través de él se produjeron, y estas vivencias retornarán desde lo reprimido*, y se tornarán traumáticas “a posteriori”, lo que generará síntomas* neuróticos. Este concepto fue trabajado por Freud en el Proyecto de psicología 1950a [1895] y retomado con todo su esplendor y brillantez en el caso del “Hombre de los lobos” correspondiendo a una revitalización de la teoría del trauma* sexual y a su vez una complejización de ella. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Apremio de la vida (ananke)

José Luis Valls


[freud.] También llamado necesidad*. Está referido al quebrantamiento del principio de inercia* al que están sometidos los organismos complejos al recibir estímulos desde el elemento corporal mismo, estímulos endógenos luego llamados pulsiones* que deben ser descargados, pues pugnan por ello. Éstos provienen de células del cuerpo y dan por resultado las grandes necesidades: hambre, respiración y sexualidad. El quebrantamiento del principio de inercia se crea por el desfase entre la cantidad de estímulo que provee la necesidad y la cantidad de energía necesaria que posee el organismo para satisfacerla. Al ser esta última menor es imprescindible el pasaje a un nuevo nivel que guarde energía para poder realizar la acción específica* en el momento oportuno. El organismo necesitará, entonces, mantener un nivel de energía constante (principio de constancia*). Esta cantidad de energía constante permanecerá ligada a representaciones*, dando origen al aparato psíquico* en general y al yo* en particular. La energía proveniente del cuerpo que demanda la acción acorde a un fin, se corresponde probablemente con lo que Freud en Pulsiones y destinos de pulsión (1915) llama el esfuerzo (Drang) de la pulsión. O sea “[ ... ] su factor motor, la suma de fuerza o la medida de la exigencia de trabajo que ella representa (reprasentieren). Ese carácter esforzante es una propiedad universal de las pulsiones, y aun su esencia misma” (1915, A. E. 14:117). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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