Diccionario de Psicoanálisis



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Alucinación

José Luis Valls


[freud.] Percepción* de un deseo, un pensamiento*, un recuerdo*, incluso un castigo o una- amenaza también provenientes del acervo mnémico, corno si provinieran del mundo exterior, regis­trados -corno cualquier percepción y, por lo tanto dándole creen­cia* de real- por el aparato perceptual (PCc.). Hay alucinaciones cuando el yo* se altera momentánea­mente, como en los sueños*, o se pasa por un estado de privación por causas externas. Otras veces la causa es tóxica (drogas alucinógenas). Puede deberse a una alteración del yo* más o menos profunda, como en los casos de las alucinaciones de las psicosis* histéricas y las psicosis alucinatorias agudas o amencia de Meynert*. En ellas la alteración consiste en 'no poder discriminar el yo entre las fantasías de deseo y las percepciones visuales reales. En el caso de la histeria*, más que deseos realizados, pueden ser alucinados castigos derivados de ellos, o también deseos dis­frazados que generan angustia*, a la manera de los sueños de angustia, por ejemplo: la alucinación de las víboras en Anna 0. * En la amencia o psicosis alucinatoria aguda las alucinaciones están más relacionadas con procesos de desmentida* de duelos* ante la pérdida de un objeto, desmentida producida junto a una regresión* del yo a la percepción, retirándole la investidura al PCc. (sistema de percepción consciencia). Merced a esto el PCc., perteneciente al yo, confunde el recuerdo deseante del objeto* con su percepción real. En los casos de esquizofrenia*, la esquizofrenia paranoide y la paranoia*, la regresión yoica es mayor: se perciben los propios pensamientos preconscientes* como proviniendo desde afuera, como si el yo ahora estuviera en máquinas (símbolos* del cuer­po,) o en otras personas que lo manejan. También como percep­ción de la parte crítica del yo (superyó*), que es sentida como percepción por el PCc., dándosele creencia en la realidad*. Lo que debiera ser un simple pensamiento propio es sentido como una voz exterior, lo que sucede por la regresión a la percepción, de la manera en que originalmente lo fuera (las voces observado­ras, críticas de los padres). En estas últimas afecciones con re­tracción libidinal* narcisista, predominan las alucinaciones audi­tivas, mientras que en la histeria y en la amencia predominan las visuales. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Amencia de Meynert (confusión alucinatoria aguda)

José Luis Valls


[freud.] Tipo de psicosis* mencionada por Freud varias veces en su obra y descrita por uno de- sus maestros, el psiquiatra Meynert. Es un tipo de psicosis aguda que se produce como reacción ante la pérdida de un ser querido (quizá con una previa discriminación incompleta entre yo* y objeto*), al desmentirse la percepción* de este aspecto doloroso de la realidad*. Freud trae el ejemplo de la madre que perdió su bebé y sigue acunando un leño, y el de la novia abandonada que sigue esperando la llegada de su novio en cada llamada de la puerta. Se desmiente* la pérdida del objeto*, al que se sigue perci­biendo, o mejor dicho, se recibe como percepción el recuerdo* de la imagen de aquel, Hay una alteración del yo* por la que éste retira investidura del polo percepción consciencia* (PCc.) y pasa a funcionar regido por el principio de placer* en vez de por el principio de realidad*, para el que es tan necesario el aparato perceptual; confundiéndose, entonces, la fantasía de deseo* de la presencia del objeto con la percepción real de su ausencia. La amencia de Meynert se diferencia de otro tipo de psicosis. Por ejemplo en la psicosis histérica, las fantasías* que se perci­ben como alucinación* son reprimidas (disfrazadas, angustiantes, retornan de lo reprimido*) mientras que en la amencia no, todo lo contrario, son queridas por el yo. En la esquizofrenia*, la investidura se retira de la represen­tación-cosa* con lo que se pierde el deseo* inconsciente del objeto, siendo que éste es el motor del aparato psíquico. Para que pueda suceder semejante hecho, o como consecuencia de él, el yo queda prácticamente arrasado e incluso se lo proyecta al mundo exterior, siendo percibido en forma alucinatoria retornando des­de él (sonorización del pensamiento*), también a través de ór­denes enviadas por máquinas (símbolos del cuerpo, origen del yo) u observaciones críticas (el superyó*, que también es pro­yectado y percibido alucinatoriamente) de sus actos. En la amencia la alteración es menor y mucho menos pro­funda, por lo tanto menos irreversible, aunque pueden existir cuadros intermedios, o un cuadro puede devenir en el otro y esto dependerá del grado de alteración y regresión* yoica que se produzca. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Amnesia infantil

José Luis Valls


[freud.] Proceso universal por el cual el ser humano no recuerda en general todos los sucesos acaecidos en su vida antes de los cinco años, más o menos, a pesar de haber poseído durante gran parte de ese período recursos, si bien incipientes, para recordar (len­guaje*, pensamiento*, yo*, principio de realidad*, angustia de pérdida de objeto*, reconocimiento de éste como fuente de pla­cer*, etcétera). La amnesia se produce después del sepultamiento* del com­plejo de Edipo* y la instauración definitiva del superyó* en el aparato psíquico, el que actúa como una inmensa contrainves­tidura* que engloba todas las contrainvestiduras previas (repre­siones primarias*) produciendo la represión* (también primaria, incluyendo todas las represiones primarias anteriores) y, por lo tanto, el olvido* de toda la sexualidad infantil*. Ésta podrá luego ser reconstruida merced al psicoanálisis de sueños*, síntomas*, recuerdos encubridores*, actos fallidos*, etcétera. Un interesante ejemplo de amnesia infantil es el de Hans, pri­mer paciente niño de la historia del psicoanálisis, que se trató entre los tres y los cinco años. A sus diecinueve años, Hans no recordaba casi nada de su proceso analítico y de todos los sucesos durante él acaecidos. El producto de la amnesia infantil no es ni más ni menos que la sexualidad infantil comandada ya por la zona erógena* fálica; con la unión bajo su supremacía de todas las zonas erógenas generando un yo realidad definitivo*, que definitivamente reco­noce al objeto* (centro de la realidad*) como fuente de placer, ahora con características diferentes del yo (tiene otro sexo, aunque la diferencia reconocida sea solamente la de posesión o no de falo), en fin, toda la problemática edípica. Ésta se “hundirá” o pasará al estado de represión y, junto con ella, toda la problemática anterior; así terminarán de constituirse la represión primaria, el superyó y el aparato psíquico en general. Se hunde o reprime la sexualidad infantil y nace el inconsciente* reprimido -descubrimiento crucial de Freud- conteniendo a toda esa sexualidad infantil en su interior. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Amor

José Luis Valls


[freud.] En Pulsiones y destinos de pulsión (1915) Freud define el amor como “[...] la relación del yo con sus fuentes de placer” (A. E. 14:130). Las fuentes de placer* del yo* pueden estar en su propio cuerpo, en sí mismo o en el objeto*. Cuando las fuentes están en el propio cuerpo, esto lleva el nombre de autoerotismo*. Una vez que el cuerpo se constituye en yo y la libido* se ubica en él, hablamos de narcisismo*. La libido que encuentra placer en el yo se llama narcisista. El narcisismo sería una forma del amor: el amor al yo. Cuando se comienza a reconocer al objeto como la fuente principal de placer del yo, la libido que busca complacerse en el vínculo con él se llama libido objetal*. Ésta constituirá el amor más elevado, el amor por excelencia, el amor objetal, el que puede a su vez poseer diferentes matices, clases o formas. La capacidad de amor objetal se va desarrollando junto con el yo de una manera muy compleja. “Luego que la etapa puramente narcisista es relevada por la etapa del objeto, placer y displacer significan relaciones del yo con el objeto. Cuando el objeto es fuente de sensaciones placen­teras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces habíamos también de la “atracción” que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que llamamos al objeto” (1915, A. E. 14:131). En las primeras etapas infantiles el amor es ambivalente, no se distingue totalmente del odio*. Tampoco se distingue el ser* y el tener*. De ahí que la forma primera del lazo afectivo sea la identificación*. El modelo analógico es el del canibalismo, en el que la tendencia amorosa hacia el objeto implica el incorporarlo, por lo tanto su desaparición y transformación en parte del propio ser. Es un tipo de amor que lleva implícita la destrucción del objeto como tal. En el apoderamiento de la etapa anal (véase: erotismo anal y pulsión de apoderamiento) la ambivalencia* es menor aunque más evidente, y mayor la diferenciación entre las categorías ser y tener. Cuando la síntesis de las pulsiones sexuales* se ha cumplido, estableciéndose la etapa genital (véase: genital), el amor deviene el opuesto de] odio y coincide con la aspiración sexual total. Existe toda una gradación de posibilidades dentro del fe­nómeno del amor. Durante el periodo del complejo de Edipo* el niño encuentra un primer objeto de amor en uno de sus progeni­tores; en él se reúnen todas sus pulsiones sexuales que piden satisfacción. La represión que después sobreviene obliga a re­nunciar a la mayoría de estas metas sexuales infantiles y deja como secuela una profunda modificación de las relaciones con los padres. En lo sucesivo el niño permanece ligado a ellos, pero con pulsiones que es preciso llamar de “meta inhibida”, Los sentimientos que en adelante alberga hacia esas personas ama­das reciben la designación de “tiernos”. Este amor de “meta inhibida” o ternura es el que logra crear ligazones más duraderas entre los seres humanos, 1.0 que se explica por el hecho de no ser susceptible de una satisfacción plena. El amor sensual está destinado a extinguirse con la satisfac­ción; para perdurar tiene que encontrarse mezclado desde el comienzo con componentes puramente tiernos, vale decir, de meta inhibida, o sufrir un cambio en ese sentido. El amor de meta inhibida es el que liga a los miembros de la masa* y es factor esencial generador de cultura*. El amor sensual es antisocial, la pareja quiere intimidad, no puede com­partir su amor. También “[...] el niño (y el adolescente) elige sus objetos sexuales tomándolos de sus vivencias de satisfacción. Las pri­meras satisfacciones sexuales autoeróticas son vivenciadas a remolque de funciones vitales que sirven a la autoconservación. Las pulsiones sexuales se apuntalan al principio en la satisfac­ción de las pulsiones yoicas, y sólo más tarde se independizan de ellas; ahora bien, ese apuntalamiento sigue mostrándose en el hecho de que las personas encargadas de la nutrición, el cuidado y la protección del niño devienen los primeros objetos sexuales; son, sobre todo, la madre o su sustituto”. En otros casos no se elige el objeto siguiendo el modelo de la madre, sino el de la persona propia: “Decimos que [el sujeto] tiene dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crió” (1914, A. E. 14: 84). De ellos saldrán los modelos de la elección de objeto* según el tipo de apuntalamiento* (más comúnmente masculino) y se­gún el tipo narcisista (más típicamente femenino). El amor, entonces, podríamos decir que deriva de com­plejizaciones realizadas por el yo de los destinos de la pulsión sexual. Ésta produce a su vez mezclas complejas con la tendencia a la vuelta a lo inorgánico, propia de la pulsión de muerte*. El principal obstáculo -casi podríamos decir el único- que encuentra la pulsión de muerte en su camino hacia lo inorgánico, es esta complicación que le surge con los fenómenos de la vida, de los cuales el principal exponente es el amor. A medida que aumenta la complejización, aparecen fenóme­nos diferentes. La pulsión sexual se mezcla* con la pulsión de muerte y con eso consigue domeñarla. El acto sexual genital lle­vado a su meta final, el amor sensual, resulta la principal forma de domeñamiento* de la pura cantidad (véase: cantidad de exci­tación), de la no-cualidad, de la pulsión de muerte. La cultura está edificada, básicamente, sobre la sofocación* de la pulsión sexual, específicamente del incesto. La represión* hace cabeza de playa en la represión del incesto y luego se va extendiendo hacia toda la sexualidad posible. También se sofoca la pulsión de destrucción* que resulta de un primer nivel de mezcla con la pulsión sexual, en el que no se distinguen el odio del amor, en cambio sí se perciben en la agresión* y el apodera­miento (en el primero se ve quizá más claro el, dominio de la tendencia destructiva sobre la -.morosa, no así en el segundo que retiene al objeto por amor, sin tener en cuenta que en esa retención está implícito el daño al objeto). Las ligazones libidinales sobre las que se forman las masas culturales, son de meta inhibida. Todas las creaciones culturales son fruto de esta libido que podríamos llamar sublimada. El domeñamiento de la pulsión de muerte en ellas es menor. Queda un plus de pulsión de muerte no mezclado. Así nace la paradoja de que esta complicación que le surgió a lo inorgánico y que generó los fenómenos de la vida, de los que a su vez nació la cultura, lleva incluida en su propio interior las pulsiones de muerte con cierta libertad, no domeñadas, en la esencia de la creación del hecho cultural. Cultura en la que entonces pareciera que por momentos predominaran las tendencias destructivas del ser humano sobre las del amor. [José Luis Valls, Diccionario freudiano] [sida]


Amor de transferencia

José Luis Valls


[freud.] Situación por la que pueden pasar algunos tratamientos psicoanalíticos. Consiste, según el ejemplo freudiano, en el enamoramiento básicamente sensual de la paciente mujer por su terapeuta hombre. Cabe que pueda enamorarse un paciente hombre de su terapeuta mujer aunque Freud, por alguna causa que no podemos adjudicar simplemente a machismo, no la men­ciona. También puede darse, obviamente, cuando paciente y terapeuta pertenecen al mismo sexo, pero en esos casos tendría­mos que pensar más detenidamente si entran dentro de la cate­gorización específica del fenómeno descrito, dada la libido* narcisista puesta en juego en ellos. En el caso de que el enamo­ramiento provenga desde el terapeuta se trata de un fenómeno de la contratransferencia*. El fenómeno descrito es considerado, desde luego, un obs­táculo para el análisis, parte de la “transferencia* negativa” y como tal expresión de la resistencia* del yo* del paciente con serios riesgos para la continuidad del tratamiento. Si bien en última instancia todo amor* es transferencial, en estas ocasiones lo que suele estar en juego es más la transferencia inconsciente que el amor. Cada caso tendrá su especificidad y cada terapeuta deberá recurrir a su creatividad para salvar la situación, pero básicamente la actitud debería ser la de siempre, la actitud analítica, no rechazando al paciente ni aceptándole sus propuestas. Simplemente a éstas se las tomará como un emer­gente más del inconsciente* que se está repitiendo en la transfe­rencia en forma vívida, por lo que el correcto análisis y construc­ción* de los hechos que se repiten permitirán avanzar más profundamente en el conocimiento del yo. Cierto grado de “enamoramiento” del terapeuta hay en cualquier análisis, y como cualquier otro implica el fenómeno de la idealización*, la que se va desvaneciendo con el progreso del tratamiento, pero este “enamoramiento” por lo general es deserotizado y por lo tanto más manejable, menos compulsivo, incluso puede tener momentos o cierto grado no desexualizado y participar de la transferencia positiva por “amor al terapeuta” como otrora lo fuera con los padres de la infancia. En ese caso las “mejorías” serán por amor a él. De todas maneras si no se debelara durante el curso del tratamiento no se generarían cambios en el yo, habría simples repeticiones, nada más. El tratamiento psicoanalítico busca conocer la verdad histórica* del yo y de la historia pulsional del paciente y en esa tarea el analista debe encontrarse con situaciones que ponen a prueba su propio yo, sus propios afectos*. De este y otros tipos de situaciones nació la necesidad de la institucionalización del análisis didáctico en las instituciones psicoanalíticas. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Anna O.

José Luis Valls


[psicoan.] Nombre figurado de la primera paciente a la que se le aplicó el método que dio a luz a lo que luego sería el psicoanálisis. El tratamiento fue realizado por J. Breuer entre 1880 y 1882. Es uno de los historiales publicados por Breuer y Freud en los Estudios sobre la histeria (1895). Se trata de un caso de psicosis histérica de una joven de veintiún años sumamente inteligente, razonadora, de una voluntad enérgica y tenaz, uno de cuyos rasgos de carác­ter principales era su bondad compasiva. Sus síntomas principales eran: parafasia, strabismus convergens, perturbaciones graves de la visión, parálisis por contractura, total en la extremidad superior derecha (con cierta anestesia especialmente en el codo) y en las dos inferiores, parcial en la extremidad superior izquierda, paresia de la muscu­latura cervical; también alucinaciones visuales, sonambulismo, tussis nervosa, asco ante los alimentos, imposibilidad de beber pese a tener sed, ataques de sueño a ciertas horas, etcétera. A medida que avanzó el tratamiento aparecieron nuevos síntomas: alteraciones progresivas del lenguaje, primero con pérdida de palabras, luego pérdida de gramática y sintaxis y conjugación del verbo, utilización de un infinitivo creado a partir de formas débiles del participio y el pretérito, sin artículo. Luego faltaron casi por completo las palabras, rebuscándolas trabajosamente entre cuatro o cinco lenguas, entonces apenas si se le entendía. Escribía también en este trabajoso dialecto. Hubo un período (dos semanas) en que estuvo en total mutismo. Breuer entiende que algo la había afrentado mucho y ella se había decidido a no decir nada. Al comunicarle esto a la paciente, ceden algunas contracturas y comienza a hablar en inglés y a entender el alemán, sin darse cuenta de que contesta en inglés. Esta sintomatología no era permanente, sino de algunas horas del día (a la mañana, a la tarde). Después de hablar con Breuer de ella, se sentía alegre y jovial pero no recordaba nada del episodio anterior, hecho al que Breuer llamaba “condición se­gunda”. La enferma estaba fragmentada en dos personalidades: a ratos era psíquicamente normal y a ratos entraba en “condición segunda”, alienada. Como desencadenantes de la enfermedad coinciden el descu­brimiento de una gran dolencia en el padre y la posterior muerte de éste. Cuidaba a su padre en el lecho de enfermo cuando, al comenzar a presentar un cuadro de debilidad con las contracturas, tos, espasmo de glotis, etcétera, se decidió separarla del pacien­te, el que un tiempo después falleció. Breuer realizaba sesiones con ella en las que reconstruía todos los hechos y fantasías que había tenido Anna 0. en relación con los síntomas, llegando al motivo de su origen. Por ejemplo, la paciente recordó en estado hipnótico, conducido por Breuer, que la contractura con parálisis y anestesia del brazo derecho había comenzado cuando una noche en que cuidaba a su padre en su lecho de enfermo, estando semidormida, tuvo una alucinación: “vio cómo desde la pared una serpiente negra se acercaba al enfermo para morderlo” (en el parque de la casa solía haber serpientes). “Quiso espantar al animal, pero estaba como paralizada; el brazo derecho, pendiente sobre el respaldo, se le había "dormido", volviéndosele anestésico y parético, y cuando lo observó, los dedos se mudaron en pequeñas serpientes rema­tadas en calaveras (las uñas). Probablemente hizo intentos por ahuyentar a la serpiente con la mano derecha paralizada, y por esa vía su anestesia y parálisis entró en asociación con la alucinación de la serpiente. Cuando ésta hubo desaparecido, quiso en su angustia rezar, pero se le denegó toda lengua, no pudo hablar en ninguna, hasta que por fin dio con un verso infantil en inglés y entonces pudo seguir pensando y orar en esa lengua” (A. E. 2:62). Tras estas reconstrucciones, la gravedad de los síntomas cedía. Luego podían surgir otros, hasta que se realizaba el mismo tipo de cura y demás. En el período que pasaba hasta que se lograba encontrar el recuerdo (hecho que al ser hablado con el terapeuta producía la mejoría), podía haber un cierto reagravamiento de los síntomas, “estos entraban en la conversa­ción”. Esta talentosa paciente se curó, al cabo de dos años de tratamiento, de su psicosis histérica y de todos los síntomas neuróticos que la acompañaban. A ella se debe el acertado nombre de “talking cure” (cura de conversación) y el humorís­tico de “chimney-sweeping” (limpieza de chimenea) para la tarea realizada por Breuer. En el historial los síntomas que surgían en la condición segunda se comparan con los mecanismos del sueño. Además se habla del soñar despierto o fantaseo diurno habitual de esta paciente como predisponente de la histeria y generador de síntomas. La paciente llamaba a su fantaseo su “teatro privado”. Dice Breuer: “Yo acudía al anochecer, cuando la sabía dentro de su hipnosis, y le quitaba todo el acopio de fantasmas (Phantasme) que ella había acumulado desde mi última visita. Esto debía ser exhaustivo si se quería obtener éxito. Entonces ella quedaba completamente tranquila, y, al día siguiente, ama­ble, dócil, laboriosa, hasta alegre” (A. E. 2:54-5) pero luego volvía al estado anterior, insistentemente. También son mencionadas en este historial como disparador de la “condición segunda” y aparición consecuente de los sínto­mas, las asociaciones por analogía o contigüidad. Además se exponen otros múltiples síntomas e interpretaciones teóricas dignas de ser reconsideradas y profundizadas. [José Luis Valls, Diccionario freudiano].

Aporte de Ricardo Bruno


“Joseph Breuer era un eminente médico vienés con el cual Freud trabó una estrecha amistad en el Instituto de Brücke. El tratamiento de “Ana O” (y de manera específica su comunicación a Freud de los detalles del caso) fue uno de los factores que llevaron al desarrollo del psicoanálisis.

Breuer trató a “Ana O”. (Bertha Pappenheim) desde diciembre de 1880 a junio de 1882. La paciente era una inteligente chica de 21 años que había desarrollado un conjunto de síntomas histéricos en asociación con la enfermedad de su padre, al cual quería apasionadamente. Estos síntomas comprendían parálisis de las piernas, contracturas, anestesias, alteraciones de la visión y del habla, incapacidad para ingerir alimento y una tos dolorosa de origen nervioso. Más adelante, su enfermedad se caracterizó por dos fases distintas de conciencia. Durante una, ella era normal, durante la segunda, adquiría otra personalidad. La transición entre estos estados de conciencia fue efectuada por auto-hipnosis, que Breuer suplementó luego con hipnosis artificial. Anna había compartido con su madre los deberes de cuidar a su padre hasta su muerte. Durante sus estados alterados de conciencia podía relatar las vívidas fantasías e intensas emociones que había experimentado cuando atendía a su padre, y ante el gran asombro de la paciente (y de Breuer) sus síntomas podían hacerse desaparecer si lograba recordar con una expresión asociada de afecto, las escenas de circunstancias en que habían aparecido. Cuando se dio cuenta del valor de esta “cura de habla”, Anna empezó a ocuparse de cada uno de sus múltiples síntomas, uno después de otro.

En el curso del tratamiento, Breuer se había ido preocupándose cada vez más por esta paciente insólita, y su esposa se había ofendido y puesto progresivamente celosa. Cuando se dio cuenta de esto, Breuer terminó bruscamente el tratamiento. Sin embargo al cabo de unas pocas horas fue llamado urgentemente al lado de Anna. Encontró a la paciente, que creía que estaba muy mejorada, en un estado de excitación aguda. Anna que nunca había aludido al tema prohibido del sexo en el curso del tratamiento, estaba experimentado un parto histérico (seudociesis) y el final lógico del embarazo fantasma que había desarrollado en respuesta a los esfuerzos terapéuticos de Breuer, el desarrollo del cual éste desconocía completamente. Breuer intentó calmarla mediante hipnosis. Sin embargo, la experiencia lo acobardó y, en consecuencia, tuvo que restringir posteriormente su participación en las investigaciones de Freud sobre el desconocido y, por tanto, impredecible y peligroso juego de la mente” (página 69).

Kaplan H y Sadock B (1992) Compendio de psiquiatría. México: Salvat. 2ª edición.






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