Diccionario de Psicoanálisis



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Afecto

José Luis Valls


[freud.] Sensación que es registrada por la consciencia* (PCc-polo percepción-consciencia*, 1915-17) correspondiente a los aumentos o disminuciones en la unidad de tiempo (el ritmo, 1924) de las cantidades de excitación* libidinal provenientes desde dentro de la superficie corporal. Los aumentos, en términos generales, son registrados como displacer* y las disminuciones como placer*; en las variaciones cualitativas (producidas por la forma o el tiempo en que se producen estos mismos aumentos o disminuciones) existentes entre cada uno de estos dos extremos, se sitúan los otros diferentes afectos placenteros o displacenteros. Dentro de los displacenteros, uno es la moneda corriente a la que los demás toman como referencia: la angustia*. En el Proyecto de psicología (1950a [1895]) Freud habló explícitamente del afecto refiriéndose al recuerdo* de la vivencia de dolor*, la que deja una elevación de la tensión cuantitativa Qη en Psi y con ello unos motivos compulsivos a la descarga. Es decir: tras la vivencia de dolor, queda como secuela la aparición del afecto (seguramente se refiere al miedo o angustia real) ante cualquier hecho que se asemeje al que otrora produjo dolor. En el mismo texto, al hablar de “alteración interna”* -forma corporal esencialmente vascular y respiratoria de expresión de los sentimientos, que acompañan al grito prototípico-, esa válvula de escape previa al aprendizaje de la “acción específica”*, estaba hablando también del origen del afecto o de la descarga afectiva como sentimiento que anuncia el deseo del objeto*. En los escritos metapsicológicos de 1915 habla de un psiquismo compuesto por representaciones-cosa* y representaciones-palabra* y un montante de energía libidinal (pulsión sexual*) que las inviste (representa éste la perentoriedad, Drang, o esfuerzo de trabajo de la pulsión*, al mismo tiempo que “enciende” a la representación* convirtiéndola en deseo*). A este montante de energía libidinal se lo llama también monto o “quantum de afecto”*. Corresponde al factor cuantitativo de la pulsión (invistiendo y siendo investido a su vez por la representación) y como tal es percibido por el polo percepción consciencia (o PCc.). Mientras no hay descarga de la fuente pulsional, a través de la “alteración interna” se lo percibe como afecto displacentero de diferentes tipos. Cuando se produce la descarga total o parcialmente merced a la realización de la acción específica, se sienten afectos esta vez placenteros, también de diversa índole. En el inconsciente* existen representaciones. La mayor o menor investidura de éstas es registrada directamente por la consciencia (PCc) como afecto. Por lo tanto, el afecto en rigor no es inconsciente dado que es sentido en forma inmediata por la consciencia. La que puede ser inconsciente es la representación que lo produce. Esto está siempre referido al afecto producido por causas representacionales, por lo tanto psíquicas, por lo tanto históricas. Algunos afectos son producidos por causas biológicas o mecánicas (como la angustia de las neurosis actuales*, producida por la acumulación de cantidad de excitación sexual somática, 1894-1925), en los que la problemática no está referida a lo representacional, por lo menos directamente. De todas maneras la angustia también en esta ocasión es consciente. Cuando Freud describe en Inhibición, síntoma y angustia (1925-26) la “angustia señal”*, dice que la angustia en ese caso no es producida como algo nuevo a raíz de la represión*, sino que lo es como estado afectivo siguiendo una imagen preexistente, el recuerdo de las situaciones traumáticas * de la infancia que ahora devinieron en situaciones de peligro*, señales de peligro que obligan al yo* Inc. a utilizar mecanismos de defensa* (o represiones en sentido amplio), automáticamente. Los estados afectivos además están incorporados en la vida anímica como unas sedimentaciones de antiquísimas vivencias traumáticas y, en situaciones parecidas, despiertan como unos símbolos mnémicos*. En ese mismo sentido, el trauma* del nacimiento prestaría el modelo que luego tomará el yo como símbolo mnémico de la angustia, al que usará como señal para conducir al ello* adonde el yo quiere; en otras palabras, le aplicará sus mecanismos de defensa inconscientes. A la angustia señal, en este caso, no le cabe una explicación económica pues consiste en una reproducción, un recuerdo, un símbolo mnémico, de una situación que fue traumática y ahora es peligrosa. No es más que una señal, es más representación que quantum de afecto en sí, de éste resulta solamente una pizca de lo que podría llegar a percibirse, en caso de persistir la pulsión del ello en la dirección en que iba y llegar al yo Prec., y con ello al hecho de ser pensada o a la posibilidad de la acción. Este tipo de angustia le da gran poder al yo, pues merced a ella consigue dominar al ello, usando a su favor el omnipotente principio de placer-displacer, y utilizando para esto los mecanismos de defensa inconscientes, que se rigen por el mismo. La explicación sería: lo que en un momento formó parte de una acción específica puede participar a posteriori* como símbolo afecto. Por ejemplo: lo que fue necesario para el bebé, para su autoconservación (respirar intensamente, taquicardia), queda como símbolo mnémico en la misma hiperpnea, taquicardia, hipersudoración, etcétera, componentes corporales de la angustia que expresan unas sensaciones de displacer muy particular, cuyo recuerdo será usado como señal por el yo Inc. para defenderse del ello. En un sentido más amplio del concepto de afecto se podría incluir a los sentimientos en general, los que tienen una explicación más compleja y más particular para cada caso (véanse: amor, odio, agresión, dolor, etcétera). Todos tienen una base común corporal en la “alteración interna” (expresión de las emociones, grito, inervación vascular), la que va tomando mayor dimensión psicológica a medida que se suceden las vivencias de satisfacción* y dolor que se viven con el objeto. Las huellas dejadas por estas vivencias forman los complejos representacionales cosa, compuestos por la imagen de un objeto luego generadora del deseo de él, y la de un movimiento a realizar con él para que se produzca una sensación (afecto) que es la esencia de lo deseado. La representación-cosa, investida por el (e invistiendo al) quantum afectivo, va a constituir la base del psiquismo inconsciente. La investidura es mutua, es el punto de unión de la cantidad de excitación con el representante estrictamente psíquico. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Agorafobia

José Luis Valls


[freud.] Tipo de fobia*, consistente en el temor a hallarse en espacio abiertos (miedo a salir “afuera”, “a la calle”). Es más común en los adultos que en los niños. Freud lo atribuye al temor del neurótico a la tentación de ceder a sus concupiscencias eróticas, lo que le haría convocar como en la infancia, el peligro de la castración o uno análogo. Pone el ejemplo de un joven que temía ceder a los atractivos de prostitutas y recibir como castigo la sífilis. La agorafobia gana terreno paulatinamente, como toda fobia, y va imponiendo limitaciones al yo* para sustraerlo de los peligros pulsionales. Puede conducir al encierro del sujeto y su aislamiento social (introversión libidinal*), para evitar los peligros de “la calle”. Se produce, a la vez, una “regresión* temporal” a la época infantil en que podía “salir a la calle” siempre que fuera acompañado por alguien que lo cuidara. Ahora este acompañante lo cuidaría, más que de los peligros reales, de sus propias tentaciones pulsionales que merced al desplazamiento* y proyección son sentidos como peligros provenientes de “afuera”, “de la calle”, lo que era de alguna manera “real” en la infancia. En esta misma formación sintomática se hace evidente e influjo de los factores infantiles que gobiernan al adulto a través de su neurosis*. En contraposición aparente a la agorafobia está la “fobia a la soledad”, una forma de la claustrofobia, que Freud explica como el querer escapar a la tentación del onanismo solitario. La agorafobia se instaura como enfermedad, por lo general, después de haber vivenciado un ataque de angustia en alguna de la circunstancias desencadenantes y luego temidas, a las que se dedicará a evitar. Cuando no lo logra, reaparece el ataque angustioso. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Aislamiento

José Luis Valls


[freud.] Mecanismo de defensa* o forma de la represión secundaria*, producido por el yo* Inc. ante la angustia señal* sentida por éste frente a una pulsión* que le ha sido prohibida por el superyó*. La representación-cosa* pulsional, sin embargo, puede tener acceso a la representación-palabra* (por lo tanto al yo Prec. y la Cc.), siempre que ésta permanezca desafectivizada; para lo que se la aísla de todas sus conexiones posibles (asociaciones*, ligaduras, etcétera) con las demás. Se logra así el efecto represivo sobre la pulsión por parte del yo y el impedimento del acceso a la acción específica*; en este sentido el mecanismo es eficaz. El paciente realiza acciones en las que están representadas la desconexión del vínculo entre las representaciones*. Dice Freud: “Recae también sobre la esfera motriz, y consiste en que tras un suceso desagradable, así como tras una actividad significativa realizada por el propio enfermo en el sentido de la neurosis, se interpola una pausa en la que no está permitido que acontezca nada, no se hace ninguna percepción ni se ejecuta acción alguna” (1925, A. E. 20:115). Es como si se cortaran los puentes con aquello que se quiere aislar, dejándolo exactamente así, como una isla. El sujeto realiza actos que representan este hecho (como la “rayuela” secreta que va jugando el obsesivo con las baldosas, o la dificultad de encontrar relaciones entre un tema y otro, o entre una sesión y otra, por ejemplo). Al conseguirse el aislamiento, la representación queda desafectivizada (el quantum de afecto* lo da, en estos casos, la investidura representacional y su posibilidad de asociación con otras representaciones), y no es posible que partícipe del comercio asociativo, de la actividad de pensamiento*. Por lo tanto queda fuera de la posibilidad de ser usada por el yo Prec. El aislamiento es un mecanismo de defensa típico de la neurosis obsesiva*. Cae dentro de uno de los mecanismos de la represión secundaría, la sustracción de investidura Prec., con la salvedad de que -en vez de desinvestirse* la palabra o desplazarse* su investidura a otra o a una inervación corporal- la palabra permanece en el preconsciente* pero desafectivizada y cortados sus puentes de asociación con el resto de las palabras. Incluso puede mezclarse o afianzarse con otros mecanismos como el desplazamiento a lo nimio, etcétera. El aislamiento pertenece, en medidas moderadas y usado con plasticidad, al pensamiento normal, es parte de la tendencia al orden, rasgo sublimatorio anal. En su contrapartida patológica, llevado a su extremidad, constituirá el “defire de toucher” (delirio de ser tocado), que en parte configura su esencia, el no ser tocado, lo que se extiende a que nada se “toque” entre sí. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Alianza fraterna

José Luis Valls


[freud.] En la hipótesis freudiana, expuesta en Tótem y tabú (1912-1913), consiste en los vínculos de unión homosexual que se establecieron entre los hermanos echados de la horda primitiva* por el padre primitivo. Así merced a la invención de un arma y a esos lazos de unión que se generaron en el destierro, lograron consumar el parricidio y devorar al padre omnipotente y cruel. Después del asesinato del padre, que descargó el odio* contra él, quedó como resabio la añoranza* del mismo y la culpa* por lo realizado, amén de un deseo* de mantener los vínculos conseguidos entre los hermanos en el destierro. Así fueron naciendo, desde dentro de su propio psiquismo, las leyes básicas de prohibición del incesto y del parricidio, leyes sobre las cuales se edificó la cultura*. El cambio de estructuras sociales generado por la alianza fraterna y su consecuencia, el parricidio, posibilitó así el progreso a un nivel más alto de nivel cultural, nuestra cultura actual en general, y configuró a su vez una nueva estructura del aparato psíquico* humano, dejando como legado para siempre en él al superyó*. Se pactó durante este período hipotético una suerte de contrato social: “Nació la primera forma de organización social con renuncia de lo pulsional, reconocimiento de obligaciones mutuas, erección de ciertas instituciones que se declararon inviolables (sagradas), vale decir: los comienzos de la moral y el derecho. Cada quien renunciaba al ideal de conquistar para sí la posición del padre, y a la posesión de madre y hermanas. Así se establecieron el tabú del incesto y el mantenimiento de la exogamia. Buena parte de la plenipotencia vacante por la eliminación del padre pasó a las mujeres; advino la época del matriarcado. La memoria del padre pervivía en este período de la "liga de hermanos". Como sustituto del padre hallaron un animal fuerte -al comienzo, acaso temido también-. Puede que semejante elección nos parezca extraña, pero el abismo que el hombre estableció más tarde entre él y los animales no existía entre los primitivos ni existe tampoco entre nuestros niños, cuyas zoofobias hemos podido discernir como angustia frente al padre. En el vínculo con el animal totémico se conservaba íntegra la originaria bi-escisión (ambivalencia) de la relación de sentimientos con el padre. Por un lado, el tótem era considerado el ancestro carnal y el espíritu protector del clan, se lo debía honrar y respetar; por otro lado, se instituyó un día festivo en que le deparaban el destino que había hallado el padre primordial. Era asesinado en común por todos los camaradas, y devorado (banquete totémico, según Robertson Smith). Esta gran fiesta era en realidad una celebración del triunfo de los hijos varones, coligados, sobre el padre” (1939, A. E. 23:79). Esta cita de Moisés y la religión monoteísta es la mejor definición y subrayado de la importancia otorgada por Freud, hasta el final de su obra, de sus hipótesis expuestas en 1913, dentro de las que se desarrolla el concepto de alianza fraterna, liga entre hermanos unidos para realizar el parricidio, consecuencia posterior de aquella. Germen de la cultura humana. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Aloplástica, conducta

José Luis Valls


[freud.] Es la que resulta adecuada a fines, la que a su vez se empeña en modificar la realidad*, sin desmentirla (véase: desmentida), en un trabajo sobre el mundo exterior que produce cambios en él. Dentro de ella podemos incluir todos los tipos de acción específica*, o sea acciones que descarguen la fuente de la pulsión*, en la forma más completa posible. Incluimos en ellas, por ejemplo, la producción o captura de alimentos, la posesión del objeto* sexual, y todas las sublimaciones*, generadoras de y generadas, por la cultura*. La aloplástica es un tipo de conducta que conduce a la descarga pulsional. Por el hecho de funcionar dentro del principio de realidad*, produciendo cambios en el mundo exterior, como por ejemplo los hechos de la cultura misma, podemos emparentarla con el concepto de salud. Cuando son desexualizadas, fruto de identificaciones* con atributos de seres que antes tuvieron investidura de objeto, constituyen las sublimaciones. Éstas son aquellas que justamente pierden su capacidad de realizar los paranoicos al resexualizárseles los vínculos homosexuales con los objetos, generando el yo* la defensa* paranoica contra éstos. La libido* homosexual desexualizada es aquella de la que están compuestos los vínculos sociales. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Alteración del yo

José Luis Valls


[freud.] Concepto expuesto por Freud en Análisis terminable e interminable (1937) y el Esquema del psicoanálisis (1938), donde expresa que el yo* cooperador del paciente es una ficción ideal. El yo está “alterado” directamente en relación con las marcas que le dejaron las experiencias vividas, especialmente las situaciones traumáticas* (cuanto más traumáticas y menos formado el yo en el momento de su vivencia, más alterado o más defendido y con defensas* más extremas quedará fijado el yo Inc.) y las situaciones de peligro* en las que sus defensas le sirvieron. Estas últimas si bien pueden permanecer actualmente en acción, en parte forman una infraestructura Inc. yoica, formándose sobre ellas una superestructura Prec., también yoica, que desconoce la anterior pero cuyas acciones pueden estar más o menos modeladas desde el yo Inc., en algunos casos de tal manera que el funcionamiento yoico total queda alterado. Constituyendo, entonces, especialmente cuando las defensas yoicas están muy consolidadas, una de las dificultades del progreso del tratamiento, pues en lugar de cooperar surgen como verdaderos obstáculos para ello. “Cada persona normal lo es sólo en promedio, su yo se aproxima al del psicótico en esta o aquella pieza, en grado mayor o menor, y el monto del distanciamiento respecto de un extremo de la serie y de la aproximación al otro nos servirá provisionalmente como una medida de aquello que se ha designado, de manera tan imprecisa, "alteración del yo"“ (1937, A. E. 23: 237). Está incluida dentro de los factores que hacen prolongar el período de análisis creándole inconvenientes, resistencias* o directamente generando imposibilidades de curación. La “alteración del yo” está formada, entonces, principalmente por los diferentes mecanismos de defensa* inconscientes del yo, los que pueden ser más o menos regresivos, más o menos comprometedores de las investiduras yoicas. Los mecanismos de defensa yoicos Inc. generan, amén de su función específica, y cuando la función defensiva contra lo pulsional especialmente se rigidifica o resulta extrema, diversos tipos de trastornos alteradores del yo. Ahí ubicamos los rasgos patológicos de carácter* (más o menos rígidos), la patología narcisista en general, desde las perversiones* homosexuales (cuando las fijaciones* producidas por las represiones primarias* se producen en el período del primer nivel de reconocimiento de diferencias sexuales, en el período fálico, y la fijación se basa en la desmentida de la diferencia, por ejemplo), hasta los fenómenos de restitución* psicótica. La función que cumplen los mecanismos defensivos yoicos, a pesar de la alteración yoica que puedan producir, es, entonces, la de defender al yo de los peligros generados a él por la pulsión*. En líneas generales lo consiguen, desconociéndola, devolviéndola al ello* inconsciente. Al proponerse justamente el analista como investigador y por consiguiente alguien que busca conocer la pulsión, el mecanismo de defensa perteneciente al yo inconsciente del paciente puede generar una resistencia del yo contra el progreso del análisis. No olvidemos que el yo llama en su ayuda al “omnipotente principio de placer*” para generar sus mecanismos de defensa inconscientes y que, por lo tanto, éstos se rigen por aquel. Ubicándonos en esa tesitura vemos que el desconocimiento de la pulsión resguarda al yo de la angustia*, por lo tanto, sería raro que de alguna manera no opusiera resistencias contra el conocimiento de la historia de su pulsión, Cuando esto es lo absolutamente predominante, dominando al yo, decimos que éste está alterado. El mecanismo de defensa es, en parte, un sistema de desconocimiento de sí mismo, de la pulsión, el deseo*, el “[...] núcleo de nuestro ser” (1900, A. E. 5: 593). Mecanismo que por un lado protege al yo, formando la parte inconsciente de él y dándole cierto nivel de ligadura que sofoca a la pulsión y le impide esencialmente el llegar a la acción, además de desconocerla y transformarla en “[...] tierra extranjera interior” (1933, A. E. 22: 53). Por otro lado, o por el mismo, empobrece al yo, pues todo lo que queda inconsciente pasa a no ser sentido como algo propio, de él; verbigracia no lo puede pensar, sublimar*, gozar, etcétera, en realidad deja de pertenecer al yo Prec. y pasa a engrosar las filas de lo reprimido, presente en el temido ello. Por cierto también cumple su objetivo principal: conseguir que la pulsión no acceda al yo y por lo tanto a la acción, constituyéndose así una infraestructura yoica Inc. que permite el funcionamiento de la superestructura Prec., menos apremiada por la pulsión, si bien en los casos en que la infraestructura defensiva es demasiado importante se lleva la mayoría de la investidura energética, alterando así tanto al yo, que éste resulta entonces muy difícil de modificar. La superación de las “alteraciones del yo” y sus resistencias concomitantes, pasan así a ser una de las metas del psicoanálisis y principalmente del análisis del yo, incluido su carácter. Un yo que funciona dominado por sus mecanismos de defensa inconscientes, es un yo empobrecido, un yo alterado ante sus capacidades de enfrentarse con las dificultades de la realidad, que es su esencia. , Este yo se enriquecerá cuando conozca aquello interior de lo que se defiende automáticamente y además sepa que se defiende. Entonces podrá elegir si defenderse o no, o sí vale la pena defenderse, la defensa podrá pasar a integrar su comercio asociativo, su actividad de pensamiento*, con lo que se logrará así un domeñamiento* en un nivel más alto de la pulsión, enriqueciéndose. Es interesante recordar que en el manuscrito K,* de 1896, Freud expone la alteración del yo como uno de los medios de formación de los síntomas* del yo, los que lo van alterando. Esta alteración consiste en el delirio* que va formando el paciente, a partir de los síntomas primarios (desconfianza) y de los síntomas de retorno de lo reprimido* (las alucinaciones*). En esta conceptualización se toma al delirio como alteración del yo. Lo que por otro lado resulta evidente: cualquier defensa altera aquello que está defendiendo; si la defensa es extrema, dificulta el retornar las cosas a su punto original. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Alteración interna

José Luis Valls


[freud.] Fenómeno conceptualizado por Freud en relación con la forma de expresión emocional, descrito en principio respecto del recién nacido, pero extensible a los adultos. Freud lo expuso en el Proyecto de psicología (1950a [1895]), La interpretación de los sueños (1900) y lo mencionó en otras obras, como Lo inconciente (1915), en donde dice: “La afectividad se exterioriza esencialmente en una descarga motriz (secretoria, vasomotriz) que provoca una alteración (interna) del cuerpo propio sin relación con el mundo exterior; la motilidad, en acciones destinadas a la alteración del mundo exterior” (A. E. 14:175. Nota al pie). También la menciona en Inhibición, síntoma y angustia (1925), como formando parte del síntoma* neurótico: “El proceso sustitutivo es mantenido lejos, en todo lo posible, de su descarga por la motilidad; y si esto no se logra, se ve forzado a agotarse en la alteración del cuerpo propio y no se le permite desbordar sobre el mundo exterior; le está prohibido (verwehren) trasponerse en acción” (A. E. 20:91). Esencialmente la alteración interna consistiría en la primera forma de descarga que tiene el cuerpo ante el Drang (esfuerzo, fuerza de trabajo) de la pulsión* que en lugar de producir una alteración en el mundo exterior (provisión de alimento, acerca­miento del objeto* sexual), produce una alteración en el interior del cuerpo mismo, expresándose ésta cualificada como emoción, a través del llanto y la inervación vascular. La alteración interna va a ser entonces la forma de expresión de las emociones (grito, inervación vascular), las que tendrán, así, una forma de expresión corporal principalísima. En Inhibición, síntoma y angustia (1925) describe para la angustia* tres partes constituyentes: una pequeña descarga cor­poral, la percepción* de esa descarga y por último la percepción de una sensación displacentera particular. Esta última es la percepción cualitativa de la cantidad por la que deviene esencial­mente sensación psíquica, La forma de descarga corporal está principalmente compuesta por taquicardia e hiperpnea y dice también que esta modalidad de descarga e.- adquirida durante el trauma* del nacimiento. En ese momento, esta reacción corporal es la adecuada, la específica, dado que es la forma de conseguir oxígeno, después del cambio de sistema respiratorio. Sin embar­go pareciera que el organismo quedara fijado a esta situación prototípica, y respondiera luego a toda otra situación de peligro* con este tipo de respuesta. Pasa así esta vía a ser expresión de angustia y expresión de las emociones en general. Al aumentar posteriormente la tensión de necesidad* en el organismo, el bebé expresa su emoción a través del llanto y la inervación vascular. Luego esta “alteración interna” es entendi­da por un “asistente ajeno”*, generalmente la madre, encargado en ese momento de realizar la acción específica*. Ésta hará descender la cantidad de estimulación en la fuente de la pulsión, produciéndole una “vivencia de satisfacción”*. La expresión de la emoción, simple descarga corporal al principio, se irá transformando paulatinamente en llamado, en el mismo vínculo que se irá estableciendo entre madre e hijo, y ésta será una de las bases sobre las que irá naciendo el lenguaje*. El concepto de “alteración interna” es, por lo tanto, un concepto dinámico, pues se refiere a un proceso que por un lado se va transformando (de expresión de emoción, deviene en llama­do y de éste en lenguaje) y por otro persistirá siempre como forma de expresión de la emoción, principalmente de la angustia. Una forma de respuesta biológica se va transformando en vínculos sociales con las sensaciones que éstos producen, man­teniéndose a su vez como respuesta corporal. Es interesante entonces volver a subrayar los diferentes te­mas, que nos llevan a otros insospechados, provenientes todos de este concepto: la expresión de las emociones (la angustia), el grito (el lenguaje), y la inervación vascular (patología psico­somática. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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