Diccionario de Psicoanálisis



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Lucy R

José Luis Valls


[psicoan.] El historial se puede leer en Estudios sobre la histeria. La de Lucy es una histeria leve con pocos síntomas, arquetipo de histeria adquirida sin “lastre hereditario”. Lucy es una inglesa de treinta años, que trabaja de gobernanta en la casa de un director de fábrica, con dos niñas de éste a su cargo. (La madre de las niñas había fallecido hacía unos años.) Sus síntomas son: desazón y fatiga, analgesia general, mucosa nasal sin reflejos y -su molestia mayor- unas sensaciones subjetivas consistentes en “olor a pastelillos quemados”. Como la paciente no respondía a la hipnosis, Freud renunció a ésta, lo que hizo que el análisis transcurriera en un contexto apenas distinto de una conversación normal. Este hecho provocaba una dificultad, pues la hipnosis producía un “ensanchamiento sonámbulo de la memoria [...] y justamente los recuerdos patógenos [...] están “ausentes de la memoria de los enfermos en su estado psíquico habitual” (A. E. 2:127). Este hecho se vuelve concreto cuando el paciente corta sus ocurrencias y deja de asociar. Freud apela, entonces, a un artificio: con la mano presiona la frente y la insta a continuar, lo que la mayoría de las veces consigue. Freud considera a este artificio técnico una “[...] hipnosis momentánea reforzada” (A. E. 2:277), que vence a la resistencia y deja libre el paso a las ocurrencias y recuerdos. Utilizando este método, en este caso, llega al recuerdo de la situación traumática en la que la paciente percibió de manera real el citado olor. Lucy recuerda una carta de la madre pidiéndole que vuelva, una escena de ternura de las niñas y el fantasear culposamente que debería abandonarlas a pesar de haberle prometido a la madre de aquellas el no hacerlo nunca. No toleraba más el clima de la casa (estaba peleada con el resto del personal). Simultáneo a esa escena, las niñas habían olvidado que cocinaban pastelillos y se percibía el olor de su quemazón. ¿Ésa es la escena traumática: el olor tomó el lugar de símbolo mnémico y es lo que se repite? Freud no queda satisfecho. Una condición indispensable para adquirir una histeria es que una representación sea deliberadamente reprimida de la consciencia, y eso falta. Freud arriesga una interpretación: Lucy está enamorada de su patrón y teme que sus compañeros de trabajo se rían de ella. Lucy contesta: “Sí, creo que es así, [...] yo no lo sabía o, mejor, no quería saberlo; quería quitármelo de la cabeza” (id. 134). En los días subsiguientes ese síntoma disminuye, y lo reemplaza otro, olor a tabaco. Freud insiste. Surge el recuerdo de un visitante que besa a las niñas y, el padre que se lo prohíbe enojado mientras miss Lucy siente que se le clava una espina en el corazón. Como los señores estaban fumando, permanece en su memoria consciente el olor a cigarro. Esta segunda escena en realidad sucede antes que la anterior, en la que leía la carta de la madre, en su cronología real. El análisis prosigue. Aparece una tercera escena más antigua aún: el director se había enojado con Lucy, y hasta había amenazado con despedirla. Esta escena había pulverizado sus esperanzas amorosas y probablemente era el verdadero núcleo patógeno, pues a partir de ese momento desaparecieron los síntomas, y miss Lucy se resignó y aceptó su realidad. El olor a tabaco, símbolo mnérnico de la segunda escena, sirve como contrainvestidura de la tercera escena (la verdadera escena traumática: el rechazo del patrón). El tratamiento se realizó en forma irregular, aparentemente en el intervalo entre pacientes, durante nueve semanas, lo que era mucho para esa época. Hubo remisión absoluta de todos los síntomas, los que cuatro meses después no habían reaparecido. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno


Masturbación

Juan Carlos Kusnetzoff


[freud.] Forma de satisfacción autoerótica de la pulsión sexual*. El placer* obtenido resulta de la autoestimulación rítmica de las zonas erógenas* del propio cuerpo. Freud describe tres períodos que derivan en tres niveles masturbatorios. El primero corresponde al autoerotismo* del bebé y al placer de órgano. El siguiente período se origina cuando la zona fálica toma la supremacía sobre el resto de las zonas erógenas a las que les da una unidad y una significación «a posteriori». Mientras tanto se redondea la formación de la fuente corporal del yo* al unirse todas sus zonas erógenas, se constituye el yo realidad definiti­vo, lo que también implica el reconocimiento definitivo del objeto* como sede del placer. La elección de objeto*, que también culmina en este momento, como se apuntala* en parte sobre la satisfacción de las pulsiones de autoconservación*, recae sobre la madre. Ya el niño posee el lenguaje*, se comienza a instaurar la represión*, se utiliza el juego como fórmula mágica de la satisfacción pulsional y por lo tanto hay vida de fantasía*. La fantasía es una producción mestiza entre proceso primario* y proceso secundario*; realización cuasi alucinatoria de deseos*, construida en base al pensamiento* con palabras y con las características que le son propias a éste. En este segundo período de la masturbación, el placer de la estimulación de la zona erógena se une a la fantasía realizadora de deseos, deseos que lo son del objeto por lo tanto provenientes de la libido* objetal, la que sin embargo se satisface de manera autoerótica, pero ahora también a nivel psíquico realizando una fantasía de deseo objetal. E1 problema es que este deseo objetal se ha vuelto incestuoso al llegar al nivel fálico, y esto es peligroso. Aparece la angustia de castración* y se despliega totalmente el drama edípico cuyo desenlace es la formación del superyó* y el pasaje al período de latencia*. Todo el período infantil previo es olvidado, en especial las fantasías incestuosas desplegadas en él, que quedan para siempre sepultadas*.Con el advenimiento de la pubertad reaparece la cantidad de excitación* sexual congelada durante la latencia y con ella lo que se entiende comúnmente como la masturbación propiamente dicha. Entonces la fantasía vuelve, disfrazada. En las alusiones se pueden inferir retoños de los deseos incestuosos y toda la sexualidad infantil* incluida en ellos, reprimidos.En la construcción* de estas fantasías masturbatorias de la pubertad actúan también los destinos previos de pulsión*, los puntos de fijación* generados por los pasajes de predominio de una zona erógena a otra, las situaciones traumáticas* vividas con los objetos, que produjeron hiperexcitaciones en determinadas zonas erógenas generadoras de fijaciones a la zona erógena y a las características del objeto, actuando por ello también en la posterior elección de objeto.La fantasía masturbatoria tiene otros destinos posteriores como la sublimación*, y logra transformarse, cuando no está reprimida, por ejemplo en obras artísticas, creadoras de nuevas realidades. Se alejarán entonces de lo autoerótico* para acercar­se a lo social. El pensamiento obsesivo en sí tiene características masturbatorias. Por ejemplo, en la manía* de duda, el mismo acto de pensar está erotizado y por eso en vez de preparar la acción, la reemplaza. La masturbación de los neuróticos desencadena sentimiento de culpa*. En el adolescente la culpa es consciente y genera un ciclo de masturbación‑culpa‑firme propósito de no repetir la masturbación‑recaída en ella‑nuevamente culpa. Es la «adicción primordial» dice Freud, comparándola con la del alcoholismo, a que actualmente podríamos agregar la drogadicción. El sentimiento de culpa aparentemente está ligado con el placer obtenido por las fantasías realizadoras de deseos de lo objetos, que se fueron construyendo hasta llegar a la adolescencia. En el tratamiento psicoanalítico se deben destejer, desarmar y reconstruir*, como a un síntoma*, hasta llegar así a aquellas ­fantasías verdaderas, origen del sentimiento de culpa: las relacionadas con el incesto, el descubrimiento de la diferencia de los sexos, la angustia de castración, la formación del superyó, etcétera. Aquellas de la infancia, de la época del conflicto edípico. [José Luis Valls, Diccionario freudiano] [sexolog.] Consiste en excitar con la mano los genitales propios o de la pareja, obteniendo o no el orgasmo* . Alrededor de la masturbación se han desarrollado, desde siempre, numerosos mitos* carentes, por supuesto, de comprobación científica. La condena de la masturbación, su reprobación o castigo, contribuyeron aun más a estos mitos y a perpetuar en la mente humana la ignorancia referente a lo sexual. Si denomináramos autocaricias, por ejemplo, a la masturbación, se terminarían algunos de los problemas creados por estos prejuicios.. [Juan Carlos Kusnetzoff www.e-sexologia.com] [sida]


Mathilde H.

José Luis Valls


[psicoan.] Paciente mencionada por Freud en una nota al pie de los Estudios sobre la histeria, a propósito de las “conmemoraciones solemnes”, o sea de la repetición de la sintomatología en el aniversario del hecho traumático. Se pregunta Freud si en estas conmemoraciones que retornan año tras año se repiten las mis­mas escenas o cada vez son detalles diferentes los que se presen­tan para su abreacción, se decide por esto último. Pone entonces el ejemplo de Mathilde, bella muchacha de diecinueve años, a la que trata en dos ocasiones. Primero, por una parálisis parcial de las piernas y, unos meses más tarde, por una alteración del carácter: desazonada hasta la desgana de vivir, se mostraba desconsiderada con su madre, irritable y hosca. Mediante la hipnosis descubre la causa de su desazón: la ruptura de su noviazgo, ocurrida varios meses antes. En la re­lación con su prometido habían aparecido muchas cosas desagra­dables para ella y su madre, pero el enlace le traería muchas ventajas económicas, lo que le generaba un estado de indecisión, con gran apatía. Por fin su madre pronunció, en lugar de ella, el “No” decisivo. Tiempo después despertó como de un sueño, pensó largamente la decisión ya tomada, haciendo pesar los pros y los contras, etcétera. Fue un largo período de duda con animad­versión hacia la madre fundada en aquella ocasión de la decisión. Al lado de esta actividad de pensamiento, la vida se le antojaba una pseudoexistencia, algo soñado. Un buen día, cercano al aniversario del compromiso, todo el estado de desazón cesó. Lo que fue interpretado por Freud como un estado de “abreacción reparadora”, como contenido de una neurosis de otro modo enigmática, en la que la conmemoración solemne había tenido efecto reparador. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno


Muerte, representación de la

Hanns Sachs


[freud.] La representación de la muerte ha sido desde siempre tan poco ajena a la religión como a la poesía. Ésta nunca pudo prescindir de la liberadora de todos los enredos y nudos, la que castiga y da felicidad al mismo tiempo, el punto de llegada desde el cual brilla un rayo de luz incluso sobre la más pobre de las existencias. De todos modos, Thomas Mann* ha hecho del motivo de la muerte, en su “nouvelle”. La muerte en Venecia [1914], un novedoso uso que le da derecho a anteponer su nombre en el título, como si fuera ésta el héroe de su narración. Lo nuevo aquí consiste en dos particularidades de la obra que se condicionan recíprocamente. Por una lado, el hecho de que la muerte aparece no sólo como término temático, llegado al cual el juego cromático de la vida se extingue, sino también como tema mismo, que a la manera de otro tema cualquiera, ya al comienzo, luego de una breve introducción, entra en escena para experimentar variaciones y desarrollos a través de todas sus formas y posibilidades, para ser enlazado con un contratema y al final, para ser aumentado a su más poderoso despliegue. Por otro, el hecho de que la muerte juegue un papel y aparezca configurada en la obra. La muerte, no el morir. Esta no sólo da la nota de afinación que se vierte sobre toda la obra sino también se corporiza en una serie de figuras que, mitad a la sombra, mitad realmente, se deslizan a lo largo de la narración y con las cuales el héroe va entrando en relación. Y el hecho de que la muerte no se encuentre vestida con su tradicional modelo como esqueleto con guadaña y reloj de arena sino que sea moldeada según la medida creadora del poeta, no puede merecer en otro lugar más atención que entre los discípulos del psicoanálisis. También la cuestión de si el intento ha resultado o no, no puede ser juzgada de manera más experta que por aquellos que se han puesto como objetivo investigar las leyes de la representación simbólica en el vecino más próximo al artista, esto es, en el soñante. En el caso que nos ocupa, además, fue voluntad consciente del poeta transmitir a determinados episodios de la “nouvelle” el carácter de lo onírico. Según los supuestos del psicoanálisis, sólo un camino puede conducir hasta allí; y éste no consiste en reemplazar la técnica del pensamiento inconsciente -que se adhiere a la fantasía creadora desde su surgimiento a partir del inconsciente- en tal manera por el pensamiento consciente, cercano al principio de realidad, como lo requeriría la elaboración secundaria en una obra de arte, sino dejar que la técnica del pensamiento inconsciente subsista en muchos puntos y subordinarse a su capricho. Intentaremos observar si éste es el camino elegido por Thomas Mann. La primera máscara con que la muerte rodea al escritor Aschenbach es la del turista extranjero que aparece cerca del Cementerio del Norte en Munich. Aquí, el tema debe sólo resonar, de modo que el lector intuya la cercanía de la muerte. El extranjero está parado junto al portal del cementerio y según las reglas de la interpretación de los sueños la contigüidad sirve para la representación de correspondencia interna; incluso para el ánimo más despreocupado esta figura conserva un colorido ominoso. También el hecho de que el paseante sea iluminado por el sol poniente, es un rasgo cuyo valor simbólico nadie puede ocultar. Un par de alusiones traen el recuerdo de la figura de la vieja creencia popular, según la cual la muerte es un muerto, un hombre de huesos. “Tenía la cabeza erguida, y en su cuello flaco, saliendo de la camisa de sport abierta, se destacaba la nuez fuerte y desnuda. Miraba a lo lejos con ojos inexpresivos, bajo las cenizas rojizas, entre las cuales había dos arrugas verticales, enérgicas, que contrastaban singularmente con su nariz aplastada. [...] sus labios parecían demasiado cortos, y no llegaban a cerrarse sobre los dientes, que se destacaban blancos y largos, descubiertos hasta las encías”. Con esto concuerda también “la mirada agresiva, cara a cara” del extranjero y su desaparición sin dejar huellas. Una contigüidad significa siempre una correspondencia interna; enseguida después de ver al extranjero, surgen en Aschenbach las ganas de viajar y, anudadas a éstas, la imagen fantasiosa de la voluptuosa exuberancia de aquellas junglas indígenas en las que fue incubado el germen del cólera. En caso de una interpretación de sueños concluiríamos que el viaje, la muerte y el sofocante apetito de procreación son “complejos” derivados del tronco de una misma representación base: ninguna otra cosa sino lo que el poeta intuitivamente quiere hacer adivinar. El segundo disfraz es el anciano maquillado, con quien Aschenbach se encuentra en la travesía desde Pola hasta Venecia. Aquí es tocado, de una manera especial y retenida, un contratema, el único que puede sonar armónicamente con el de la muerte, el amor. La pasión de Aschenbach es suficientemente singular, pues, ya en vías de envejecer, este defensor de la más severa autodisciplina y de la limitación moral se enamora del hermoso muchachito Tadzio. Ésta es, por cierto, la primera vez en la literatura alemana en que un amor, cuyo objeto pertenece al mismo sexo que el amante, no es caracterizado como perversión, deformidad o curiosidad psicológica, sino como excitación natural y evidente, que no falta del todo a ningún alma, aun cuando ya no pueda caminar sin disimulo en nuestra cotidianeidad. La pasión del artista, que solitario y sin hijos camina en descenso desde la plenitud de la vida, crece desde el agrado inicial, aparentemente limitado a lo estético hasta la monstruosa y exagerada pasión, y este proceso está representado tan magistralmente que el libro significa para el psicoanálisis la más valiosa confirmación, pues aquí sus tesis sobre la omnipresencia de la homosexualidad inconsciente y sobre las condiciones de su rebalse más allá de la barrera de la consciencia se encuentran fundidas en poesía, esto es, en verdad vital de jerarquía superior. El psicoanálisis se ha ganado la mayoría de sus adversarios gracias a la afirmación de que también aquellas relaciones humanas consideradas preferentemente por su “pureza” como dignas de honra reposan sobre una base que conserva, a pesar de todas las ramificaciones de nuestra conciencia cultural, toda la fuerza y pasión del instinto sexual. Quien sirviendo a la ciencia ha conocido los increíbles logros que han sido realizados a través del uso social de las fuerzas de instintos eróticos, tanto en la vida anímica del individuo como en el desarrollo de la humanidad, no puede suscribir el juicio común, según el cual la amistad entre hombres o la relación entre padres e hijos sería degradada por la intromisión de sentimientos eróticos. No se trata aquí del “de dónde” sino del “hacia dónde”, y si la pasión caracterizada por Thomas Mann es digna de condena, no lo es por tener su origen en la homosexualidad sino porque echando por tierra poco a poco todos los refinamientos y las sublimaciones, hace descender el alma del que ha sucumbido hasta el crudo nivel originario de los deseos primitivo-sexuales. Como preparación del nuevo tema funciona el hecho de que el viejo borracho balbucee cosas con doble sentido sobre el “amorcito” de Aschenbach. Más importante, sin embargo, es el conjunto de la figura y el marco que la incluye, pues el desagradable anciano imita los gestos, la vestimenta y el rostro de la juventud solo para poder vivir en íntima cercanía con los frescos jovencitos que a su vez “respondían sin repugnancia a sus palmadas afectuosas”. De esta manera y sin que haga mención alguna de ello, el anciano está recubierto por una atmósfera de amor homosexual, consciente o inconsciente; del mismo modo Aschenbach, llevado por el amor a Tadzio hacia lo sin medida, adopta la figura de éste. El ominoso gondolero tiene la nariz aplastada y la dentadura desnuda del turista. Ojalá el viaje en la góndola, parecida a un ataúd, dure para siempre, desea Aschenbach. “[...] aunque me mandes al Hades con un golpe de remo por la cabeza, me habrás llevado bien” La muerte en tanto balsero despierta como asociación obligada al Caronte de los griegos. Es un rasgo sutil aquí el hecho de que el gondolero traslade gratis a su pasajero, sin recibir recompensa, mientras que, según la creencia antigua, había que darle al muerto un óbolo en la tumba para pagar al barquero que lo llevaría a través de la laguna Estigia. Esta representación por lo contrario, que sabe recordara propósito el refrán “la muerte es gratis”, es un típico medio de expresión del inconsciente, muy corriente en la interpretación de los sueños. [Hanns Sachs*, 1914]


Neocatarsis

Ricardo Bruno


[léxico] Son conocidas las quejas de Sándor Ferenczi acerca de haber sido analizado insuficientemente por Freud. Quizá eso explique su dedicación constante por acortar los tratamientos psicoanalíticos, aunque en su época fueran mucho más breves que en la actualidad. Si por catarsis se entiende en medicina la expulsión de las sustancias nocivas, la esperanza en una cura rápida, repentina, fue abandonada rápidamente por Freud, muchas veces acusado de proponer una técnica lenta y/o costosa. En uno de los dos artículos que escribió para la Enciclopedia Británica, Freud explica por qué el psicoanálisis debió ir más lejos que el tratamiento catártico. [Bruno brunoricardo@ciudad.com.ar]


Neurastenia, según Freud

Ricardo Bruno


Escribe Freud en 1895b: “Mientras se continúe dando a la palabra «neurastenia» todos los significados en los que Beard hubo de emplearla, será difícil decir nada generalmente válido sobre la enfermedad a la que califica. A mi juicio, ha de ser muy ventajoso para la Neuropatología intentar separar de la neurastenia propiamente dicha todas aquellas perturbaciones neuróticas, cuyos síntomas se hallan más firmemente enlazados entre sí que con los síntomas neurasténicos típicos que por otra parte en su etiología y en su mecanismo difieren esencialmente de la neurosis neurasténica típica. Esta labor clasificadora nos proporcionará pronto una imagen relativamente uniforme de la neurastenia, y habrá de permitirnos distinguir de la neurastenia auténtica, con mayor precisión que hasta ahora, diversas seudoneurastenias, tales como el cuadro clínico de la neurosis refleja nasal, orgánicamente provocada; las perturbaciones nerviosas de las caquexias y de la arteriosclerosis y de los estadios iniciales de la parálisis progresiva y de algunas psicosis. Además, se hará posible separar - siguiendo la propuesta de Moebius - algunos estados nerviosos de los degenerados hereditarios, y se encontrarán razones para adscribir más bien a la melancolía algunas neurosis de naturaleza intermitente o periódica, a las que hoy se da el nombre de neurastenia”. [Ricardo Bruno brunoricardo@ciudad.com.ar]


Psicoanálisis de control

Ricardo Bruno


[freud.] Uno de los requisitos exigidos por la Asociación Psicoanalítica Internacional para acreditar a un psicoanalista. El estudiante (que en castellano suele ser llamado “candidato”), mientras realiza su formación, relata a un psicoanalista más experto los pormenores del tratamiento de uno de sus pacientes. [Ricardo Bruno brunoricardo@ciudad.com.ar]


Psicoanálisis de niños

Eduardo Salas


[freud.] Es la aplicación de la teoría y la técnica psicoanalíticas al tratamiento psicológico de los trastornos mentales, de comportamiento o somatopsíquicos que pueden llegar a perturbar al ser humano desde su más tierna edad hasta la entrada en la latencia (5-6 años). Cuando el niño tiene más edad, a su tratamiento, si es psicoanalítico, se lo denomina “psicoanálisis de niños en edad de latencia” o “psicoanálisis de la latencia”. Para los adultos, la técnica del psicoanálisis es verbal. Para los niños, debe necesariamente ser adaptada a sus diferentes, y no menores, posibilidades de expresión. Por eso se utilizan uno o más de estos elementos: lúdicos, narrativos, dramáticos, de expresión plástica, corporal, artesanal o artística. A veces se incluyen instrumentos musicales o aparatos que reproducen música o imágenes (grabadores, video, TV, etc.). La elección varía según el esquema referencial del terapeuta y, aun, según la inclinación del niño. En la Argentina predominan dos esquemas referenciales: el de Ana Freud o el de Melanie Klein, ambas de la escuela inglesa. La primera analista que aplicó en la Argentina tales métodos fue Arminda Aberastury, y su dedicación pionera repercutió en toda América latina. Su orientación, especialmente en el uso de la interpretación, era creativamente kleiniana. En la teoría y en la técnica fueron muchos sus desarrollos personales. Ante todo, propone tomar muy en cuenta las primeras sesiones. En ese lapso breve pero clínicamente importantísimo, el niño mostrar sus fantasías de enfermedad y de curación, normales o patológicas. Aberastury adhirió al enfoque kleiniano (véase más abajo) no sin preguntarse qué lugar debía dárseles a los padres del niño. En sus publicaciones postula cierta abstinencia, la suficiente para conservar la privacidad del pequeño paciente, pero a la vez diseñó una técnica grupal para madres y padres, especialmente dedicada a resolver o atenuar las ansiedades inherentes a la crianza. (El grupo de padres y madres está a cargo de otro analista.) En el caso de Ana Freud, la técnica que prefirió evita el uso de la transferencia desde el primer momento, en tanto piensa que es poca la distancia entre los objetos externos (en especial, los padres) y los internos, por lo que difícilmente se establezca una neurosis de transferencia. De ahí que su técnica sea más bien pedagógica. Recurre, sí, a los aspectos positivos de la transferencia, para vencer paso a paso las resistencias al tratamiento y crear las condiciones para una alianza terapéutica con el niño. (La norteamericana E. Zatzel desarrolló esa noción de alianza terapéutica, una alianza que algunos analistas -entre ellos, quien firma este artículo- concertan también con los padres.) Melanie Klein, en cambio, desde el primer momento del tratamiento utilizaba tanto la transferencia negativa como la positiva y abordaba las ansiedades profundas del niño toda vez que aparecían en sesión. “Valiéndome de técnicas grupales de orientación psicoanalítica fui confirmando en distintos medios (privados, hospitalarios y educacionales) que la inclusión de los padres, más que positiva, era imprescindible. Postura que se acerca a la de los analistas norteamericanos (en general, annafreudianos) e intenta acrisolar las dos tendencias.” (Salas) La alianza terapéutica ser concertada por un analista de experiencia (un analista consultor, por así decirlo), quien elige cuidadosamente el analista adecuado para ese niño singular. Asignado y aceptado el analista tratante, el consultor -responsable de las alianzas terapéuticas- se hace cargo de las ansiedades e inquietudes parentales. Una circunstancia muy común es que los avances del niño en tratamiento suelen producir resistencias en su medio habitual y a veces rivalidades con el terapeuta. En estos casos, el consultor se comunica con los padres y con el terapeuta. En la conferencia XXXIV de sus Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, al referirse a la aplicación del psicoanálisis a la pedagogía y a la educación, Freud decía que los primeros cinco años de la vida del hombre entrañan especialísima significación, pues en ellos florece “la flor primera de la sexualidad” , que incluye estímulos decisivos para la posterior vida sexual. Las impresiones de esta época recaen sobre un yo” -para Freud- inmaduro y débil y no pueden sino tener sobre él un efecto traumático. Esto lleva a la represión patológica, y el sujeto adquiere así, en la edad infantil, todas las disposiciones a enfermedades y trastornos funcionales posteriores. También afirmó Freud que en algunos individuos la neurosis no espera el período de la madurez, sino que aparece ya en la infancia. Entonces la aplicación de terapia psicoanalítica es de mucho provecho y tiene resultados fundamentales y permanentes. Por este motivo, afirma, es imprescindible muchas veces influir analíticamente en el medio familiar y social que rodea al niño. Freud desaconsejaba el psicoanálisis de niños para los trastornos leves, por ser un método penoso y prolongado, aunque también el más potente. Reconoció que todo el psicoanálisis se beneficiaba con la experiencia obtenida del psicoanálisis de niños, que confirma o rectifica en el “objeto vivo” lo que en el adulto es muchas veces especulación, deducida de “documentos históricos”. Hacia 1905 Freud trató a Juanito, un niño de cinco años que padecía de una fobia a los caballos. (El padre de Juanito estaba familiarizado con las ideas psicoanalíticas.) Al poner el caso por escrito y publicarlo dio algún asidero a la posterior noción de “alianza terapéutica” : “únicamente la unión de la autoridad paterna y la autoridad médica en una sola persona y la coincidencia del interés familiar con el interés científico hicieron posible dar al método analítico un empleo que hubiera sido inadecuado en otras condiciones”. Freud relató sus observaciones de niños, sus actos sintomáticos, e interpretó sus asociaciones. Un día le llamó la atención el juego de un niño con un carretel. El niño, de dieciocho meses, no sólo trataba de obtener placer con el juego sino que simultánemente elaboraba, jugando, la ausencia de la madre, angustiante -aunque transitoria- para su yo precozmente desarrollado por las circunstancias. “Comparto con Freud la necesidad de tener en cuenta las causas constitucionales, así como también los factores ambientales, a veces combinados genéticamente. Por eso, antes de recomendar un tratamiento habr que pasar por una etapa diagnóstica, no sólo para decidir el tipo de tratamiento y el terapeuta adecuado, sino incluso si el tratamiento es conveniente o no. Mi modalidad de diagnóstico toma en cuenta, del “perfil psicológico” del niño, los aspectos de respuestas más adecuadas a la realidad. Sólo después dirijo mi atención a las detenciones presuntas en el desarrollo, a las defensas utilizadas, y a la relación entre estas defensas y el contexto familiar. Estudiar el perfil de adecuación a la realidad brinda elementos seguros para el diagnóstico, el pronóstico y la indicación de tratamiento. A veces lo que indico no es el tratamiento individual del niño sino un previo estudio y tratamiento de sus vínculos con los padres.” [Eduardo Salas]


Psicoanálisis didáctico

Ricardo Bruno


[freud.] La relación del psicoanalista con la problemática de su paciente (no necesariamente “enfermo”) es distinta de la del médico con su paciente. Un cardiólogo no es siempre un cardiópata, mientras que un psicoanalista es siempre un neurótico, en tanto no haya alcanzado el mítico “final de análisis”, objetivo de máxima que llaman “atravesamiento del fantasma” los autores lacanianos. Por eso las instituciones fundadas por Freud exigen desde 1910 el psicoanálisis personal del que -médico, psicólogo o lego- aspira a formarse como psicoanalista. [Ricardo Bruno brunoricardo@ciudad.com.ar]


Rosalía H.

José Luis Valls


[psicoan.] Paciente mencionada por Freud en los Estudios sobre la histeria mientras se ocupa de los síntomas que se generan con efecto retardado, “a posteriori” (Nachträglich). Es decir que la conversión no es una respuesta a las impresiones frescas, sino al recuerdo de ellas. Rosalia tiene veintitrés años, y aprende canto. Se queja de que su bella voz no le obedece en ciertas escalas, también de sus sensaciones de ahogo y opresión en la garganta y de que las notas suenen como estranguladas, por lo que todavía no ha podido cantar en público. La imperfección, que sólo afecta su registro medio y que no es constante, no puede explicarse por un defecto de las cuerdas vocales. A través de la hipnosis Freud averigua que era huérfana desde niña y había sido recogida por una tía, madre de muchos hijos, casada con un hombre que la maltrataba y maltrataba a los hijos de una manera brutal y que mantenía descaradas relaciones sexuales con las muchachas de servicio. Falleció la tía y Rosalia fue la protectora de sus primos. Se esforzaba en sofocar las exteriorizaciones de su odio y desprecio hacia el tío. Fue en esa época cuando apareció la opresión en la garganta. Posteriormente tuvo un maestro de canto que la alentó y con quien tomó lecciones en secreto. Como a menudo llegaba oprimi­da por las escenas hogareñas, se consolidó un vínculo entre el cantar y la parestesia histérica. Incluso después que abandonó la casa de su tío, siguió la opresión de la garganta, principalmente al cantar. Freud trató de “abreaccionar” su odio al tío invitándola a insultarle en la sesión, y cosas similares, lo que le hizo bien. Mientras tanto pasó a ser huésped en casa de otro tío, lo que disgustó a su tía, quien pensaba que su marido tenía un especial interés en Rosalia y trató de arruinarle a ésta su estadía en Viena. Además le envidiaba las inclinaciones artísticas. Por eso la sobrina no osaba cantar ni tocar el piano si su tía estaba cerca. Como vemos, mientras Freud progresaba en el análisis se iban creando nuevas situaciones de excitación. En esos momentos apareció un síntoma nuevo, una desagradable comezón en la punta de los dedos le hacía hacer movimientos como de dar papirotazos, para sorpresa de Freud, quien pensaba que el análisis de un síntoma reciente resultaría más fácil. Surgió entonces una serie de recuerdos de escenas de la primera infan­cia, los que tenían algo en común: ella había tolerado una injusticia sin defenderse, en la que la mano podía actuar. Luego apareció otro recuerdo con el primer tío: éste le había pedido que le masajeara en la espalda y mientras ella lo hacía se destapó, se levantó y quiso atraparla; ella consiguió huir. No le agradaba recordar esa situación, pero al hacerlo surgió el recuer­do más reciente, tras el que se había instalado la sensación y los respingos en los dedos como símbolo mnémico recurrente. El tío en cuya casa ahora vivía le había pedido una canción. Ella, segura de que su tía había salido, tocó el piano y cantó. Pero la tía volvió y Rosalia se levantó de un salto, tapó el piano. La partitura cayó lejos. Se removieron entonces las huellas mné­micas de aquellas injusticias anteriores análogas a la actual, por la que debería irse de Viena, ya que no disponía de otro alojamiento. Mientras contaba esta escena Rosalia hacía movi­mientos con los dedos como si rebotara algo, o desechara una proposición (representación simbólica del rechazo yoico ante el deseo reprimido, que quiere retornar). Por lo tanto la vivencia reciente había despertado primero el recuerdo de parecidos contenidos anteriores, y el símbolo mnémico formado les dio validez a todos los otros en forma condensada. La conversión entonces fue costeada en parte por lo recién vivenciado y, en parte, por un afecto recordado. Llega Freud a la conclusión de que un proceso así en el que se unen el pasado y el presente, merced a un símbolo mnémico que los une como síntoma, debe ser la regla en la génesis de los síntomas histéricos. El síntoma va apareciendo en dos tiempos, hasta que se afianza luego del segundo trauma, recordatorio del primero. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno


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