Diccionario de Psicoanálisis



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Duelo

José Luis Valls


[freud.] Proceso doloroso normal que se produce ante la pérdida en la realidad* de un objeto* deseado, amado, «o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etcétera» (Duelo y melancolía, 1915-17, A.E. T.XIV, pág. 241). Se carac­teriza por el talante dolido, la pérdida del interés por el mundo exterior -a menos que recuerde lo perdido-, la pérdida de la capacidad de amar, de trabajar, etcétera. Esto muestra el esfuer­zo que tiene que hacer el yo* para realizar el proceso doloroso de despegue del deseo* de la presencia del objeto amado, el que la realidad muestra que ya no está. Es un proceso de la libido* objetal que no encuentra salida, pues el objeto no pertenece más a la realidad, lo que produce a su vez un aumento de la añoranza* (perteneciente a la libido objetal ) de él. - Por lo tanto el duelo es un proceso más o menos prolongado que necesita el yo esencialmente para poder llegar a aceptar la pérdida definitiva en la realidad del objeto. Debe despegar el deseo de él de cada uno de los momentos que lo recuerdan, aquellos en los que dejó su rastro. A veces este proceso afectivo es largo, casi interminable. Pero por lo general con el tiempo el dolor se va mitigando hasta casi desaparecer, dejando como conmemoración un rasgo en el yo que pertenecía al objeto, una identificación*, una regresión* a querer ser- el objeto, ya que no se lo puede tener* más. Hay, al mismo tiempo, una introversión libidinal*, un retiro de la libido de todo lo que no corresponde al objeto perdido y los recuerdos con él relacionados. En cada situación en la que el objeto tuvo una sobrecarga de investidura*, se reproduce la situación de dolor* psíquico, al comprobar la realidad la impo­sibilidad de satisfacción de los deseos así reactivados. A medida que la investidura se va desprendiendo de la repre­sentación- del objeto perdido, va pasando a otro objeto que lo reemplace junto a un proceso de identificación en el yo con atributos del objeto perdido que facilita o posibilita la resigna­ción del objeto. «Quizás esta identificación sea en general la condición bajo la cual el ello resigna sus objetos» (El yo y el ello, 1923, A.E. T. XIX, pág. 31). La pérdida de un ser amado puede desencadenar una neurosis­o cualquier otro tipo de patología, configurándose diferentes formas de duelos patológicos. Una forma grave es la desmentida* psicótica de la pérdida del ser querido, alucinando-1 su presencia, como es el caso de la confusión alucinatoria aguda o amencia de Meynert'k. Otra puede ser a través de las diferentes formas de neurosis, éstas seguramente permanecían latentes y asintomáticas, reapareciendo ahora en los síntomas*, como histerias*, neurosis obsesivas*, etcétera. El duelo debe ser diferenciado del dolor físico, aunque éste, si es causado por la pérdida de una parte corporal, secundaria­mente puede originar a su vez una situación de duelo, duelo por la pérdida de una parte del yo, duelo narcisista entonces. El dolor psíquico del duelo es causado por una sobreinves­tidura* de la añoranza del objeto sumada a la imposibilidad de satisfacerla, lo que genera el desvalimiento* característico del que está pasando por este proceso. Es como si por el hecho de tomar consciencia de que no se va a tener más al objeto, se pretendiera recuperar todos los momentos placenteros vividos con él, incluso los que se hubiera podido fantasear, esto de una manera ideal regida por el principio de placer*; por ello, entre otras cosas, de la persona fallecida sólo se recuerdan las virtu­des. Cuando la investidura de añoranza se mitiga y el deseo objeta] logra reemplazar al objeto perdido, el dolor psíquico disminuye. La melancolía* no es necesariamente desencadenada por un proceso de duelo. Es más bien un problema de la libido narcisista entre el superyó-ideal del yo* y el yo, que origina el sufrimíento del yo. En tal lugar aparece la forma inconsciente del vínculo de odio* con el objeto, pues este último está metido en el yo y en general es un objeto perteneciente a la historia de la sexualidad infantil*, que se introdujo de contrabando, merced a la identifi­cación. El talante de la melancolía en general es fenomenoló­gicamente similar al del duelo, pero predornina en ella el auto rreproche'1 y no la añoranza del objeto. El autorreproche es un reproche inconsciente al objeto que, sin éste saberlo, está en el yo.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Economía psíquica

José Luis Valls


[freud.] El económico es uno de los tres puntos de vista de la metapsicología freudiana, junto con el dinámico* y el tópico o estructural (véase: aparato psíquico). El punto de vista económi­co surge de las primeras concepciones freudianas del psiquismo como algo sujeto a las leyes generales del movimiento, por ejemplo al principio de inercia*. Éste es aplicado en el «Proyec­to» (1895-1950) a las neuronas* que procuran aliviarse de la cantidad de excitación. El punto de vista económico de todos modos permanece a todo lo largo de la teoría freudiana, con las complejizaciones y hasta aparentes contradicciones que eran de esperar. La economía psíquica se refiere a todo lo que está relacionado con la cantidad de excitación. En el esquema freudiano el psiquismo está compuesto de dos elementos esenciales: las representaciones-' y la energía*. Las representaciones pueden ser de dos clases, de cosa y de palabra. La energía circula entre las representaciones. En general provie­ne de las pulsiones*, que cuando éstas son sexuales* lleva el nombre de libido*. Es almacenada por el yo* como energía ligada* y desexualizada, la que va invistiendo* y desinvistiendo* a las representaciones. «[...] en las funciones psíquicas cabe distinguir algo (monto de afecto, suma de excitación) que tiene todas las propiedades de una cantidad -aunque no poseamos medio alguno para me­dirla-; algo que es susceptible de aumento, disminución, des­plazamiento y descarga, y se difunde por las huellas mnémicas de las representaciones como lo haría una carga eléctrica por la superficie de los cuerpos» (Las neuropsicosis de defensa, 1894, A.E. T.III, pág. 61). El aparato psíquico recibe entonces cantidades de energía, energía que se liga a representaciones que vienen de proce­samientos de las huellas perceptivas directas (véase: «Carta 52») de las huellas mnémicas* de las vivencias de satisfacción* y dolor*, o sea de la memoria* de hechos percibidos, que tuvieron en algún momento cualidad* perceptual. Al ligarse la cantidad con la representación se genera el deseo*, motor del aparato psíquico, el que ya es un cierto nivel de cualidad; cualidad representacional que como vimos es la huella que dejó la cualidad perceptual y quiere volver a ella. Es un deseo de volver a sentir lo que se sintió en la vivencia de satisfacción, por lo que busca repetirla. Es cantidad que se va cualificando a medida que se psicologiza y se psicologiza para convertirse en acción específica*. Esta acción culmina en una descarga de la carga que originó el circuito. En última instancia es una tremenda complejización del arco reflejo. Este arco reflejo es eje del punto de vista económi­co. El organismo genera cantidades que buscan descarga. Estas cantidades se unen a representaciones y toman los nombres de «deseos», « pulsiones», «libido», etcétera. Algunas son acep­tadas por el yo y otras rechazadas, reprimidas de diferentes maneras. En los trabajos de la metapsicología de 1915 se denomina a la cantidad circulante entre las representaciones «quantum de afec­to»*, y todos los afectos* son explicados como distintas formas de descarga. En Inhibición, síntoma y angustia (1925) Freud menciona un tipo de angustia* que no necesita explicación económica: la «angustia señal»*, angustia cultivada en pequeña cantidad por el yo para generar sus mecanismos de defensa* inconscientes. No la necesita, porque es un recuerdo*, una representación, de otra angustia (angustia automática*) que sí necesita explicación eco­nómica, y a la que por esta angustia señal, los mecanismos defensivos del yo, intentan evitar.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Elaboración secundaria

José Luis Valls


[freud.] Forma de reacción del sistema percepción consciencia (PCe.) perteneciente al yo*, ante todas las imperfecciones, incongruen­cias, errores, etcétera, de las percepciones* y hasta de las mis­mas actividades de pensamiento*. Tiende a rellenar, a tapar, no percibir las imperfecciones, y a darle una forma coherente y lógica adecuada al proceso secundario*. En La interpretación de los sueños (1900), Freud considera que la elaboración secundaria es el cuarto factor del trabajo del sueño* junto con el trabajo de condensación*, el sometimiento a una censura* del sueño y el miramiento por la figurabilidad. Sin embargo, en otros artículos como Psicoanálisis (1922-23) y Un sueño corno pieza probatoria (1913) dice que estrictamente no pertenece al trabajo del sueño, sino que es el trabajo del yo ante la alucinación* del sueño, por lo tanto una percepción a la que se le da creencia* y a la que se le trata de entender desde el mismo momento de la percepción y más aún, en el momento de ser contado el contenido manifiesto*. El efecto logrado es el contrario al aparentemente buscado por el yo consciente, pues con la elaboración secundaria el sueño se hace más coherente formalmente pero menos entendible en lo que hace a su lógica. Ello sirve a los fines de la censura, pues oculta el deseo* reprimido. A la elaboración secundaria recurren también los síntomas* neuróticos, especialmente los de la fobia* y la neurosis obsesi­va, en las que se confunde con la racionalización. Es también parte importantísima de la elaboración del deli­rio* paranoico.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Elección de objeto

José Luis Valls


[freud.] El reconocimiento por parte del niño de la importancia del objeto* para la obtención de placer* no es un proceso simple, lineal. Parcialmente lo reconoce como tal desde un principio (yo realidad inicial*, pulsiones de autoconservación*) aunque en forma predominante (pulsiones sexuales*) lo confunde con su yo* en la medida en que le produce placer (yo placer purifica­do*), y no lo distingue de las zonas del propio cuerpo que a su vez le producen placer (autoerotismo*). A este primer estadio libidinal se lo llamará narcisismo*, cuando el propio cuerpo unifique todas sus zonas erógenas y forme un yo. Reconocer un yo es reconocer un no-yo, un objeto, principal fuente del placer y de la calma de la tensión de ne­cesidad. A este objeto se lo elige luego, apuntalándose* en aquel objeto reconocido por las pulsiones de autoconservación. Éste es el primer nivel de elección de objeto* o elección primaria de objeto, elección que recae, por lo tanto, en la madre nutricia. Cuando hay fallas en el vínculo con ella puede el incipiente yo refugiarse en el autoerotismo, cuna del narcisismo. Aún el autoerotismo necesita un mínimo de vínculo objetivo previo que lo «inaugure», lo que no quita que a partir de ahí predominen las elecciones de objeto tipo narcisista, buscando reforzar al yo, básicamente endeble, en el vínculo con el objeto, y prevaleciendo este motivo en el tipo de elección. Como pronto llega el período del complejo de Edipo* -con el reconocimiento de la diferencia de los sexos, angustia de castración* y complejo de castración* concomitantes-, esta primera elección de objeto se torna incestuosa. Sucumbe entonces a la represión* o subsiste pero inhibida en su meta, como ternura. En la adolescencia al reforzarse el empuje pulsional se volve­rá a elegir objeto, una elección ya secundaria que llevará las marcas de aquella primaria reprimida, inconsciente. El otro tipo de elección de objeto que ya mencionamos es el que proviene del narcisismo. Se elige entonces en el objeto atri­butos del yo, o del ideal del yo*; tal es la elección de objeto narcisista. La elección de objeto por apuntalamiento y la narci­sista suelen darse mezcladas, pero una de ellas prevalece. La elección de objeto por apuntalamiento está más relaciona­da con los avatares de la libido* objeta], la narcisista con la libido narcisista aunque con la objetal también, en tanto resulta un refugio ante las dificultades de aquella e incluso surge por identificaciones* con los objetos.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Ello

José Luis Valls


[freud.] Una de las provincias anímicas de la «segunda tópica»; es la sede de las pulsiones*, de donde proviene la energía psíquica*. Al mismo tiempo pareciera ser una parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad. Se lo describe por oposición respecto del yo*, el ello en realidad corresponde a lo que en el Proyecto de psicología (1895-1950) Freud llamaba el «núcleo del yo» (A.E. 1:373) o sea la parte del aparato psíquico* que estaba más en contacto con los estímulos provenientes del cuer­po, estímulos que al investir* las representaciones* toman el nombre de pulsiones, y en La interpretación de los sueños (1900) mencionaba como el «núcleo del ser» (A.E. 5:593). El ello: « [...] en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión psíquica» (Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 1932, A.E. 22:68). El ello es inconsciente*, pero no es lo único inconsciente: partes del yo y del superyó* también lo son. Lo inconsciente en el ello no es sinónimo de reprimido, lo reprimido es sólo una parte del ello, éste tiene otras partes que no corresponden a lo reprimido. En el ello hay representaciones-cosa* con mayor o menor grado de investidura, vinculadas entre sí a través de asocia­ciones* por contigüidad* y analogía*. La energía* se desplaza* libremente entre ellas (energía libre*), regida por el principio de placer*, por lo tanto buscando la identidad de percepción*. «Las leyes del pensamiento, sobre todo el principio de contra­dicción, no rigen para los procesos del ello. Mociones opuestas coexisten unas junto a las otras sin cancelarse entre sí ni de­bilitarse» (1932, id. 69). Estas mociones opuestas producen condensaciones. En el ello no hay negación*, tampoco hay noción de espacio ni de tiempo. Las mociones de deseo* que nunca salieron del ello y las impresiones que fueron hundidas en él por vía de repre­sión, son virtualmente inmortales. «[...] el ello no conoce valoraciones, ni el bien ni el mal, ni moral alguna. El factor económico o [...], cuantitativo, íntimamente enlazado con el principio de placer, gobierna todos los procesos. Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es todo en el ello» (1932, id.). Rige el proceso primario* con la condensación* y el despla­zamiento propios de él, para sus vínculos entre representaciones­-cosa. El nombre de «ello» Freud lo tomó de Groddeck*. Lo eligió principalmente por el significado de extraño al yo que éste tiene, metafóricamente “una tierra extranjera interior”. Paradójicamente el ello, que sería lo más profundamente íntimo de nuestra vida interior, «el núcleo del ser», no es sentido por nuestro yo sino como algo ajeno a sí mismo, lo que ya nos muestra la «alienación» del yo en su misma estructura de for­mación. Dentro del ello está incluido todo el bagaje fílogenético de lo vivido por las generaciones anteriores, lo que queda resumido en las cinco fantasías primordiales* (escena primaria*, seducción, castración, retorno al vientre materno y novela familiar*) que, como las categorías kantianas del entendimiento (el tiempo y el espacio), funcionan dándole una orientación al entendimiento del niño (luego al adulto de manera inconsciente) sobre los fenómenos que se presentan a su percepción*, ubicándolos den­tro de algunas de aquellas «categorías» o fantasías primordiales (De la historia de una neurosis infantil, 1914). Son como un lecho premoldeado, que deberá ser rellenado con la experiencia, e incluso con otras huellas mnémicas heredadas (Moisés y la religión monoteísta, 1934-39), conduciendo así la manera de entender los fenómenos actuales, una especie de «saber instinti­vo» como el de los animales. Dentro de este haber filogenético, también pertenece al ello el simbolismo universal*, que es familiar a todos los niños pese a la diversidad de lenguas.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Emma

José Luis Valls


[psicoan.] En el “Proyec­to de psicología” (1895-1950) dice Freud que la compulsión histérica provie­ne de una forma de desplazamiento de energía que es un proceso primario. La fuerza que mueve este proceso es una defensa del yo, que rebasa lo normal. Pone entonces el ejemplo de Emma, quien no puede ir sola a una tienda. Emma fundamenta esta actitud en un recuerdo de los doce años (poco después del inicio de la pubertad). Había ido a una tienda a comprar algo, vio a los dos empleados reírse entre ellos y salió corriendo, presa de terror. Piensa que se reían de sus vestidos y que uno de los empleados le había gustado sexualmente. Freud encuentra esta explicación incomprensible. Surge un segundo recuerdo: a los ocho años había ido dos veces a la tienda de un pastelero y éste le pellizcó los genitales a través del vestido. El pastelero tenía una risa sardónica. Emma se reprocha haber ido por segunda vez, como si de ese modo hubiera querido provocar el atentado. Freud sostiene que al vincular una escena con la otra se explica mejor el temor. La conexión asociativa entre una y otra escena se hace por la risa (risa de los empleados y del pastelero). Una escena evoca a la otra, pero entretanto ella se ha hecho púber. El recuerdo de la primera escena despierta un desprendi­miento sexual que se traspone en angustia. Es como si en la sen­sación corporal actual se “comprendiera” la escena anterior, surgiendo la angustia como defensa del yo. Muestra luego Freud una cadena representacional en la que algunas representaciones (las más inocentes) llegan a la cons­ciencia y otras quedan inconscientes. Expone de una manera clara y didáctica el proceso de la represión patológica y el concepto del hecho traumático sexual “a posteriori” que des­plegará en el caso del “Hombre de los lobos” (1917) muchos años después, con mayor profundidad, y en el que incluye la ya descubierta sexualidad infantil, pero sin variar en demasía, salvo en su mayor nivel de complejidad, las ideas básicas ex­puestas en este caso. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno


Emmy von N.

José Luis Valls


[psicoan.] Primer paciente al que Freud aplicó el método de hipnosis catártica de Breuer. Emmy tenía cuarenta años, era vivida y madre de dos hijas adolescentes. El cuadro clínico es el de una neurosis mixta con síntomas de neurosis de angustia, de fobias y de histeria, entre los que predominan los estados agudos de delirio, con alucinaciones, que no son recordados después por la paciente, además de algunos síntomas permanentes como tics y tartamudeos, con pocas conversiones. La interpretación que hace Freud del material es bastante superficial comparándola con las posteriores. Nos interesa sobre todo para apreciar el proceso de descubrimiento que va realizando Freud, ya que la evolución del tratamiento se describe día a día. Además de aplicar la hipnosis catártica Freud analizaba el síntoma durante la hipnosis, hasta llegar a la conclusión de que la mejoría es más franca y duradera con este segundo sistema. Explica en esta ocasión los tics y tartamudeos como resultado de representaciones contrastantes, expresión de una voluntad contraria. El tratamiento de Emmy tuvo dos períodos y consiguió suprimir los síntomas de la paciente, aunque sin producir los cambios estructurales que le hubieran dado a ésta las armas necesarias para no necesitar enfermar ante nuevos sucesos traumáticos. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno


Energía indiferente

José Luis Valls


[freud.] Tipo de energía neutra (ni erótica ni destructiva) desplazable, que si se agrega a una moción erótica o destructiva cuali­tativamente diferenciada, eleva su cantidad de investidura* to­tal. Esta energía podría estar en el ello* o en el yo*. La provenien­te del yo sería Eros* desexualizado, o sea inhibido en su meta, que en general es el tipo de energía que inviste al yo. « [...] esta libido desplazable trabaja al servicio del principio de placer a fin de evitar estasis y facilitar descargas. En esto es innegable cierta indiferencia en cuanto al camino por el cual acontezca la descarga, con tal que acontezca» (El yo y el ello, 1923, A.E. 19:45). Mucho más difícil es explicar una energía indiferente en el ello, ya que para tener carácter de psíquica, de cualidad psíquica, una energía debe ligarse a una representación*. Sin la representación es mera cantidad. En todo caso se la podrá cualificar como displacer*, incluso como angustia* (auto­mática*). La indiferencia de la energía también se podría pensar si incrementara mociones de amor* u odio*, que en el principio de la vida anímica son casi indiferenciables entre sí y sólo lo logran claramente en la etapa fálica. De todas maneras el odio en aquel momento indiferenciado forma parte de la pulsión* libidinal. Freud se plantea en la primera teoría pulsional la existencia o no de una energía psíquica indiferente entre la libido* sexual o la pulsión de autoconservación*. Aquí la problemática giraría en torno de si el hecho o no de la existencia del carácter de la energía se definiera merced a la ligadura con una determinada representación-cosa*, entonces dependería de los atributos de ella el carácter de sexual o de autoconservación de esta energía.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Energía libremente móvil

José Luis Valls


[freud.] Dícese del estado de la energía en el ello* y en lo que entendemos globalmente como inconsciente* (Inc.). Desde don­de, regida por el principio de placer*, busca la identidad de percepción*, por medio de la cual alucina las condiciones de la satisfacción, o encuentra en pequeños atributos de las percepcio­nes, identidades con la representación* de objeto* deseada. Con esta energía trabajan los mecanismos de defensa* incons­cientes del yo*, los que también se rigen por el principio de placer, formando la infraestructura Inc. del yo sobre la que se edifica la superestructura Prec. Esta energía, al desplazarse libremente entre las representa­ciones-cosa*, origina desplazamientos* y condensaciones* per­manentemente. En este estado la energía es ineficaz, necesita ser domeñada, por lo menos en parte, para acercarse a la descarga. Cuando es sofocada*, la energía libre alcanza cierta eficacia si retorna desde lo reprimido* a través de los síntomas*, actos fallidos*, compulsiones*, etcétera. Cuando es ligada por la representación-palabra* y/o la acti­vidad de pensamiento* del yo Prec., pasa a convertirse en energía ligada*, menos libre pero con mayores posibilidades de alcanzar la acción específica*.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Energía ligada

José Luis Valls


[freud.] Estado de la energía psíquica (proveniente originariamente de las necesidades corporales), al ligarse con una representa­ción-cosa* y una representación -palabra* que represente a aqueIla. Puede así encontrarle un sinfín de relaciones con otras representaciones-palabra, pertenecientes al mundo del pensamiento* y moderar mediante esta tramitación inhibitoria* su pasaje a la acción. Es un tipo de energía merced a la cual quedan íntimamente unidos el Inc. con el Prec., el ello* con el yo*. Es el estado de energía que el analista busca que logre el paciente conociendo su inconsciente*, uniendo a éste con la actividad de pensamiento del yo Prec., para así entonces domeñar la energía y lograr la descarga específica en el momento adecuado a la realidad*. La energía ligada es el estado al que debe llegar la energía para que sea posible la acción específica*; esto se consigue relativa e indirectamente, pues en las sesiones no se accede a la energía sino a las representaciones* a las que aquella se liga. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Katharina

José Luis Valls


[psicoan.] Estando Freud de vacaciones, Katharina, muchacha de unos dieciocho años, le consulta por dificultades en la respiración. Freud diagnostica ataque histérico con contenido angustioso. Katharina siente además opresión en los ojos, zumbidos, cabeza pesada, mareos, opresión en el pecho, miedo a la muerte y al ser atacada por detrás. Además ve un rostro horripilante que la amenaza y atemoriza. Freud atento, la deja hablar. En el estrecho marco de una sola entrevista (hecha en esas condiciones especiales) Freud averigua el origen del rostro atemorizador. Su relato enmascara hechos de la vida de la paciente por razones éticas, algunos de los cuales son recuerdos conscientes y otros se volvieron conscientes du­rante la “conversación” con Freud; en ningún caso de todos modos eran reconocidos, previamente a ella, como que tuvieran relación con su sintomatología. Aparece entonces una historia con un tío (mejor dicho, con el padre, como se aclara al final del historial) con tendencia a realizar acciones incestuosas, incluso a tener relaciones sexua­les con su sobrina (hija). Se muestra claramente, en este pequeño historial, cómo los hechos traumáticos son comprendidos “a posteriori”, y cómo lo “incompatible” de esta comprensión para el yo, fuerza a éste a reprimir y derivar en síntoma conversivo la libido en juego. Al poder ésta ser abreaccionada en la “conversación” con Freud, se produce el alivio sintomático. Freud averigua que se habían sucedido una serie de hechos traumáticos (insinuaciones incestuosas del padre) que no son cabalmente comprendidas por la paciente. Ésta sí las com­prende cuando presencia una escena sexual del padre con su prima, esta escena calificada de auxiliar es a su vez traumática en sí y desencadenante de la neurosis que se venía incubando desde las situaciones traumáticas anteriores. La angustia que Katharina padecía no corresponde a una neurosis de angustia; es histérica, es decir, una reproducción acentuada de aquella angustia que emergió en cada uno de los traumas sexuales. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]
Aporte de Ricardo Bruno




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