Diccionario de Psicoanálisis



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Desesperación

José Luis Valls


[freud.] Investidura de añoranza* a la que se agrega angustia de pérdida de objeto* o viceversa; el afecto* correspondiente al duelo* (la ya ocurrida pérdida del objeto*), más la angustia* de la posibilidad de su pérdida. Es probablemente, dice Freud, el afecto sentido por el lactante (Inhibición, síntoma y angustia, 1925) al comenzar a notar la ausencia de su madre, sin distinguir todavía si la ausencia es transitoria o definitiva. En tanto transi­toria se corre el peligro de que no vuelva cuando uno sienta la tensión de necesidad* (angustia). En tanto definitiva produciría duelo, añoranza. La experiencia va separando el dolor* de la angustia, aunque en determinadas circunstancias (por ejemplo, cuando no se en­cuentra el cuerpo de una persona desaparecida, de la que la realidad muestra su ausencia definitiva) vuelven a juntarse y retorna la desesperación, al unirse el duelo y su añoranza con la angustia de pérdida de objeto. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Desestimación

José Luis Valls


[freud.] No aceptación, por parte del yo* consciente, de algún dato nuevo de la realidad*, al que considera poco importante, quedán­dose con juicios* establecidos anteriormente. Este rechazo, previo a un juicio de existencia*, es universal, < normal» en la infancia. Los niños son renuentes a reconocer la diferencia de los sexos o de la castración que lleva implícita la etapa fálica. La teoría de la cloaca* había explicado hasta entonces el nacimiento de los niños de un modo mucho menos conflictivo. En general el niño ante la amenaza de castración actúa como el pequeño Hans (Análisis de la fobia de un niño de cinco años, 1909), si le amenazan con la pérdida del “pipí” , no le produce angustia*: total, tiene el «popó» (en términos teóri­cos, la teoría de la cloaca). Aceptar como posible la existencia de la castración es el próximo paso. Una aceptación paulatina y tal vez siempre incom­pleta. La teoría de la cloaca en parte es superada al reconocerse la existencia de la castración correspondiente a la etapa fálica, pero nunca absolutamente, y en parte permanece en el inconsciente* reprimida como todo lo relativo a la sexualidad infantil*. Puede retornar desde ahí a través de un síntoma* intestinal con fanta­sía* de embarazo, como en el caso del «Hombre de los lobos» (1914-18), o como cualquier otro producto del inconsciente. Cuando el niño reconoce, siquiera parcialmente, la existencia 1. de la castración-] o que se vuelve inevitable al percibir el genital femenino y, por el complejo del semejante* comprende¡-* la diferencia- hace su entrada en el complejo de castración*. Una multitud de excitaciones y afectos* se enlazan, entonces, con la pérdida del pene; es el caso de la angustia de castración* en el niño y la envidia del pene* en la niña. El famoso sueño del «Hombre de los lobos» es una de las pruebas de que el niño había entrado, en el momento del sueño* al menos, en el complejo de castración. Por lo tanto había superado en parte la primera desestimación* de la misma, aunque la teoría de la cloaca sobre la cual se había instalado, podía retornar en cualquier momento y hasta convivir con el reconoci­miento de las diferencias sexuales que generaban la angustia de castración. En un mismo síntoma conversivo convivían el reconocimiento de la diferencia sexual (la angustia ante la disentería) con la teoría de la cloaca (la fantasía inconsciente de embarazo intes­tinal). Ésta incluía un reconocimiento de diferencia sexual al ser tomado el ano como si fuera una vagina, lo que volvía a generar angustia de castración, creándose aparentemente contradiccio­nes, las que como sabemos no tienen cabida en el inconsciente. Estas representaciones contradictorias, entonces, seguían perte­neciendo al Inc., logrando gracias a estas formaciones sus­titutivas* -embarazo intestinal simbolizado en la constipación- tener acceso al Prec. en forma disfrazada. Se desestiman también mociones pulsionales, siempre que sean conscientes o que tengan investidura* Prec. (representación-palabra*, investida con atención* o sin ella). En ese caso el yo puede desestimarlas a través de la emisión de un juicio, condenándolas. El «juicio de condenación o desestimación»* es una de las últimas defensas* que tiene el yo ante la pulsión*, una vez superada la negación* y siendo aceptada la pulsión por el yo como propia; quizá sea la más evolucionada, la más relacionada con la ligadura, el domeñamiento pulsional. Freud llama «desmentida»* a la no aceptación de datos de la realidad, en adultos, como la existencia de la diferencia de los sexos (parcialmente en los casos de perversiones* sexuales), o de datos de la realidad dolorosa (como la pérdida de un ser querido en la confusión alucinatoria aguda o amencia de Meynert*). En ambos se produce un enérgico mentís sobre los datos de la realidad, tapándolos con otra percepción*, el fetiche en el fetichismo*, el pene en la homosexualidad*, la alucina­ción* del objeto perdido en la amencia.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Desexualización

José Luis Valls


[freud.] Inhibición* en la meta de la pulsión sexual*. La libido* desexualizada* une a la masa* cultural, siendo base de la cultu­ra* misma e iniciándose con ella; es la que le queda al hijo, en el vínculo con sus padres y hermanos, después de la represión* y sepultamiento del complejo de Edipo*. Es libido a su vez homo­sexual, dado que si tiene inhibida la meta sexual no reconoce diferencias sexuales. La libido desexualizada forma los vínculos de ternura y amistad, y la sublimación*. Como su descarga completa está inhibida, mantiene los víncu­los más perdurables. El yo* funciona con libido desexualizada normalmente. Tal libido ha perdido algo de su perentoriedad (Drang) por haberse desplazado* su meta del objeto* u objetivo original, gracias a lo cual es más manejable por el yo. Cuando la libido en el yo se resexualiza, resultan las perversiones* narcisistas, como es el caso de la homosexualidad*, o se generan distintas formas de defensa* contra aquella, como en la paranoia*. Las patologías narcisistas tienen sexualizada la libido narci­sista u homosexual. Ésta se puede reprimir y originar neurosis* («Dora», 1901-05; el «Hombre de los lobos», 1914-18). Las neurosis son, además de otras cosas, trastornos en la desexualización de la libido objeta], lo que obliga a su represión. Por otro lado es por causa de la represión que la libido objeta¡ no se desexualiza y «crece en las sombras». En tanto toda sublimación implica una desexualización, im­plica una desmezcla* de pulsiones de vida* y pulsiones de muerte*, y así la desexualización, necesaria para la culturalización, paradójicamente libera pulsión de muerte. Los vínculos desexualizados, basados en una inhibición en la meta sexual, pueden volver a resexualizarse por diferentes causas y también transformarse en amorosos. Entonces se vuelven asociales nuevamente, pues la pareja busca exclusividad, cela* a su ser amado, no quiere compartir su amor*.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Desinvestidura (sustracción de la investidura)

José Luis Valls


[freud.] Forma de funcionamiento común a todos los mecanismos de defensa*, por el cual se le retira energía psíquica* (libido*): a representaciones-palabra* Prec. en las neurosis*; a representa­ciones-cosa* Inc. en las psicosis* narcisistas; al aparato perceptual o sistema percepción consciencia PCc. en las psicosis alucinatorias agudas, psicosis histéricas y, en parte, en el feti­chismo* y las otras perversiones sexuales*; o a todas las partes del aparato psíquico*, en el caso del sueño*. La desinvestidura corresponde al segundo paso de la repre­sión* o defensa*, o sea la represión propiamente dicha, comple­mentaria de la represión primaria* cuyo mecanismo único es la contrainvestidura*. Esta última también actúa en la represión secundaria* reforzándola y sosteniéndola. Cuando la energía corporal inviste una representación-cosa, se transforma en psíquica. Se la llama entonces «pulsión* Inc». Si es sexual se la llama también «libido» (poniendo en este caso el énfasis en la energía invistiente), principal representante de las pulsiones de vida*. Cuando además de la representación-cosa inviste la representación-palabra correspondiente, crea la precondición para el domeñamiento de la pulsión. Si se desinviste la representación-palabra, la investidura*, permaneciendo en la representación-cosa en estado de represión, genera el deseo* Inc. reprimido. En las psicosis narcisistas se retira la investidura de la representación-cosa Inc--- lo que deja al aparato psíquico sin deseo Inc., sin pulsión de vida; con cantidad de excitación* pura, sin poder ser ligada a una representación. Esto es liberación de pulsión de muerte*, tendencia a la vuelta a lo inorgánico, a la pura cantidad. Las representaciones-palabra están investidas entonces, como un puente sumamente endeble tendido hacia un mundo objetal, delirante, pero mundo al fin. Se formarán así los delirios*, las alteraciones sintácticas con tema hipocondríaco (lenguaje de órgano*). Se habrá perdido la metáfora en estas representaciones-palabra, retornarán a su sentido de representa­ción-cosa original.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Desmentida

José Luis Valls


[freud.] Mecanismo utilizado por el yo* ante una realidad* que le resulta intolerable. Retirando las investiduras* del polo perceptual* -también llamado sistema percepción consciencia PCc.-consigue no percibir, no acusar recibo de su percepción*. Como dice Freud, darle un «enérgico mentís» a su percepción. La desmentida no consigue ser absoluta, pues siempre en parte la realidad, incluso la que específicamente se quiere des­mentir, es en parte percibida. Esto implica la formación de una escisión en el yo* Prec, El que acepta y no acepta un mismo aspecto de la realidad al mismo tiempo. Acepta una contradic­ción que no molesta a su proceso secundario*. Si el predominio de la desmentida sobre el reconocimiento de la realidad es muy franco, se establece una confusión alucinatoria aguda o «amencia de Meynert» *. Sobre el retiro de la investidura del PCc., éste registra alucinatoriamente, previa regresión tópi­ca (de palabra a imagen), la presencia del objeto* deseado y no reprimido (sin disfraz). Objeto que en la realidad se perdió. Resulta así una defensa* psicótica ante el duelo*, defensa poco duradera a la que a veces recurren personas no psicóticas, con escasa o nula «alteración del yo» *, en situaciones en que la cantidad de excitación* resulta poco común. Cuando la desmentida de la realidad es pareja con el recono­cimiento de la misma, se percibe claramente un yo escindido. Un yo que en su actividad de pensamiento* consciente acepta contra­dicciones. Por ejemplo, en el fetichismo*, un tipo de perversión* sexual que evita al sujeto la homosexualidad* efectiva. La 1 libido* con la que se vincula el fetichista con el objeto es homosexual, o sea desmentidora de la diferencia sexual, y no desexualizada. No obstante, consigue en la acción la heterosexualidad merced a la existencia del fetiche, pues gracias a su presencia obtiene el refuerzo de la realidad, que sostiene el < enérgico mentís» puesto al reconocimiento de la diferenciación sexual. Tanto en la psicosis* alucinatoria aguda como en el fetichis­mo, la desmentida tiene dos pasos: 1) la no aceptación de lo real (la pérdida del objeto y la aceptación de la existencia de la castración respectivamente) y 2) el reemplazo activo de la rea­lidad (la alucinación* y la presencia del fetiche en la mujer, respectivamente). La escisión del yo en el fetichismo se observa clínicamente en el hecho de que, pese a que se logra la erección en el acto sexual, siempre que la mujer posea un fetiche (fetiche que se forma con representaciones* extraídas de las vivencias de la sexualidad infantil* desplazadas* por lo común por contigüidad*, o por simbolismo* del pene femenino), en otros momentos, sin embar­go, se siente angustia de castración*, lo que muestra que en parte el yo desmintió la castración y en parte la aceptó (en tanto le angustia una asociación* que a ella remita). La escisión del yo en este caso es intrasistémica, se produce en el mismo yo Prec. Es una falla de su poder sintético por laque caben contradicciones en el proceso secundario, sin que el yo las considere un error.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Desplazamiento

José Luis Valls


[freud.] Tipo de mecanismo característico del proceso primario*, por el cual la energía psíquica* (quantum de afecto*) pasa libremen­te de una representación* a otra, desinvistiendo* a una e invistiendo* a otra según las leyes de la asociación*. Para lograr la identidad de percepción* basta que una representación sea contigua a otra o análoga, u opuesta, etcétera. Una representación es la otra por compartir atributos super­ficiales. La tarea del proceso secundario* es precisamente inhibir* este mecanismo (que según la hipótesis freudiana es el original). Solamente así una representación es distinguible de otra. Enton­ces la investidura es fuerte y su desplazamiento débil. Caracte­rísticas éstas del proceso secundario, del proceso de pensamien­to* realizado por el yo* Prec. El yo Inc. puede sin embargo usar el desplazamiento con fines defensivos; lo hace mediante el libre movimiento de la investidura entre las representaciones siguiendo las leyes de la asociación, consiguiendo así un disfraz de la pulsión* o el deseo* prohibido. Así se observa el desplazamiento a lo nimio en la neurosis obsesiva*, el que puede convertirse en rasgo de carácter* del yo (la puntillosidad detallista). Además es el mecanismo característico de la fobia*: el yo desplaza el miedo al padre castrador a un animal, o el temor a sus concupiscencias eróticas en fobia a los lugares abiertos o cerrados, etcétera. Incluso la misma transferencia* resulta una forma de desplazamiento, si bien intersistémica, del Inc. al Prec. Los sueños* más complejos y más difíciles de entender son aquellos con más desplazamiento, con más disfraces.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Desvalimiento

José Luis Valls


[freud.] Estado de indefensión del lactante invadido por la tensión de necesidad*. Se produce una gran perturbación económica por el incremento de las magnitudes de estímulo en espera de tramita­ción. Este factor es el núcleo genuino del peligro. Corresponde al trauma* de nacimiento, cuando una tensión de necesidad invadió un aparato psíquico sin ninguna capacidad de ligadura de esta cantidad de excitación*, por no poseer representaciones:' sufi­cientes, o sólo las filogenéticas. En adelante ésta será la temida situación de peligro*. La experiencia va mostrando que el peligro se aleja con la presencia del objeto*. De ahí la angustia de pérdida del objeto''`, primer escalón de todas aquellas complejizaciones representacionales de la angustia*: la angustia de castración*, la angustia ante el superyó* y la angustia social*, que pasarán a ser señales de peligro de que el aparato psíquico puede entrar en la situación de desvalimiento* (angustia automática* arrepresentacional). De varios modos puede ser invadido el aparato psíquico por la tensión de necesidad: cuando fallan los mecanismos de defensa* (neuropsicosis de defensa*), o cuando existe invasión de la cantidad de excitación externa (neurosis traumáticas*) o interna proveniente de causas mecánicas por fallas en el mecanismo del acto sexual (neurosis actuales*), o por desinvestidura* de las representaciones-cosa* (psicosis* narcisistas). Se produce, en­tonces, el ataque de angustia automática, estado de desvalimien­to psíquico ante la invasión económica de la cantidad de excita­ción, repitiéndose así una situación similar al «trauma de naci­miento». Cuando existe un peligro real externo, si la magnitud de las fuerzas de éste son muy superiores a las propias, se produce una situación de desvalimiento material, esta vez no frente al estímu­lo interno sino frente al exterior.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Dinámica psíquica

José Luis Valls


[freud.] El punto de vista dinámico sustenta -junto al tópico y al económico-la metapsicología psicoanalítica. El dinámico mues­tra al aparato psíquico* como algo en acción con cambios constantes, con fuerzas que buscan descarga* y con otras que se oponen a ellas. Con progresiones y regresiones*. Con momentos de estabilidad y descompensaciones. Con fuerzas y representa­ciones* en conflicto*. La energía* del aparato psíquico proviene de las pulsiones*. Gracias a la ligadura de éstas con representaciones -cosa* primero y palabra* después-las pulsiones van siendo domeñadas. La energía libre* ha pasado a ser quiescente, ligada*. En general va a ser la utilizada por el yo*Prec., éste a su vez está compuesto, en parte, por ella. El yo utiliza el proceso secundario*, el '^ pensamiento*, forma mínima de acción con poco gasto, prepara­ción de la acción específica*, esta última sí demandará grandes cantidades de energía. Además el sujeto cuenta con una capa de protección antiestímulo* que le protege de las cantidades exteriores. Si éstas penetran en el aparato psíquico en cantidades tales que éste no pueda ligarlas a representaciones, originan dolor físico y/o situaciones traumáticas*. El aparato psíquico en su esquema estructural está compuesto por un ello*, un yo* y un superyó*. El yo tiene que conciliar las exigencias del ello con las del superyó, generalmente opuestas, lograr una síntesis y no cualquier síntesis sino una que sea adecuada a la realidad*. Éstos son los avatares dinámicos que suceden ante cada moción pulsional o ante cada percepción* de la realidad que reactive una moción pulsional. El yo debe procu­rar soluciones con poco gasto de energía y descarga suficiente de todas las tendencias opuestas a las que se enfrenta.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Displacer

José Luis Valls


[freud.] Sensación desagradable percibida en el sistema de percepción consciencia (PCc.) cuando se produce un aumento de la cantidad de excitación*. Tiene importancia el lapso en que el aumento se manifiesta, cuanto más rápido mayor el displacer. También es importante el ritmo. Por supuesto algunos aumentos de excita­ción son placenteros, por ejemplo el de la excitación sexual. Aquí probablemente tengan bastante que ver las pequeñas des­cargas que se van produciendo a través de cada zona erógena* (placer* preliminar*) y la recompensa del placer final buscado. El displacer genera la tendencia a huir de él. Existen diferen­tes formas del displacer. La forma común y de las que las demás se tiñen, es la angustia*. La angustia se explica por el aumento de cantidad de excitación, excepto aquella angustia que utiliza el yo* como angustia señal* para utilizar los mecanismos de defen­sa* ante las pulsiones* que eviten aquella anterior angustia, displacer por excelencia, debida al aumento de cantidad de excitación (angustia automática*). Otra sensación displacentera es el dolor* físico que también es causado por la acumulación de excitación en el aparato psíquico debida a una alteración de la barrera de protección antiestímulo*. En el dolor psíquico, el duelo*, la investidura de añoranza* se sobreinviste ante cada comprobación en la reali­dad* de la pérdida del objeto*, originando la sensación dolorosa. ¿Qué decir del masoquismo*? Parecería-especialmente en el masoquismo moral, con la reacción terapéutica negativa* que suele acompañarlo, proveniente del sadismo* del superyó* in­consciente y del masoquismo del yo- como que el aparato psíquico buscara el displacer, el castigo, que satisficiera o expiara una culpa* gracias al sufrimiento, preferentemente pro­ducido por la enfermedad psíquica, pero también por afecciones psicosomáticas, e incluso por cierta tendencia a los accidentes. Todas estas formas son las de las resistencias* mayores y más complejas a la cura. En términos generales las reglas de funcionamiento del apa­rato psíquico seguirían el principio de placer, o sea la búsqueda de placer y la huida del displacer, pero existiría, sin embargo, un más allá de éste que lo atrae hacia lo inorgánico oponiéndose al anterior principio; generado ahora por la pulsión de muerte*, que como resultado de esa oposición* producida en la forma de mezcla y desmezcla pulsional*, hace que el sujeto pueda buscar el displacer. Repitiendo compulsiva y hasta diabólicamente, situaciones que le conducen directamente en esa dirección.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Dolor

José Luis Valls


[freud.] El dolor físico consiste en la irrupción de grandes cantidades de excitación* en el aparato psíquico*. Cualquier excitación sensible, aun de los órganos sensoriales superiores, cuando el estímulo supera determinada franja, produce dolor. También se siente dolor cuando hay una solución de continuidad en el polo perceptual*; si se desborda la barrera de protección anti­estímulos*. Por último el estímulo doloroso también suele partir de un órgano interno, entonces se reemplaza la periferia externa por la interna y la cantidad de excitación generadora del dolor proviene del propio cuerpo. La causa del dolor en el aparato psíquico es un gran acrecen­tamiento del nivel de cantidad de excitación, el que es, dentro de ciertos márgenes, primero sentido como displacer* por el sistema percepción consciencia (PCc.) o aparato perceptual*. Más allá del margen se siente dolor. El dolor deja una inclinación a la descarga* y una facilitación* entre ésta y la huella mnémica* del objeto* excitador de dolor. La huella entonces de la vivencia de dolor* es el afecto*, el miedo, origen a su vez de la defensa* primaria, la tendencia a huir de cualquier situación que remita o se asemeje a la vivencia dolorosa. Lo hasta ahora descrito corresponde al dolor físico, éste puede participar a su vez de la excitación sexual. Por ejemplo en la etapa sádico anal*, a través de la pulsión de apoderamiento*, el dolor físico toma parte importante de aquella excitación. Cuando existen fijaciones* sádico-anales, por ejemplo en casos de perversiones* sádicas* o masoquistas*, el dolor se convierte en un elemento primordial para la excitación; no porque el dolor sea buscado como meta en sí, sino porque gracias a él el individuo se excita sexualmente, logrando sentir placer*. Donde el dolor sí es buscado por sí mismo es en el masoquis­mo moral, como una de las formas de mezcla* de la pulsión de vida* ligando a la pulsión de muerte* y a la pulsión de destruc­ción, teniendo como otro de sus ingredientes la culpa* a la que le sirve como mecanismo expiatorio. Veamos ahora el dolor psíquico, el que se siente en el proceso de duelo*. Como en el dolor físico, hay una concentración de investidura*, pero en el dolor físico la libido-1 es narcisista* yen el duelo es objeta]. Es la investidura de añoranza* de la representación* del objeto deseado, cuya imposibilidad de satisfacción indica el examen de realidad*. Esto se repite ante cada situación análoga a una en que el objeto fuera investido intensamente. El yo* en cada una de estas situaciones deberá tomarse el trabajo de realizar ese retiro libidinal de la representación del objeto, momento en el que el dolor psíquico se hace otra vez presente, pues aumenta el nivel de libido objetal de añoranza y la imposi­bilidad real de su satisfacción. Por último, también existe el dolor por conversión histérica*, formación sustitutiva* de fantasías* reprimidas que logran re­tornar como símbolo mnémico* o por asociación* histórica, como en el caso de la neuralgia facial de Cácilie M.", que expresaba una fantasía de bofetada, o el dolor de la astasia­abasia* de Elisabeth von R.* producto de asociaciones por contigüidad*, que todas juntas expresan simbólicamente una fantasía incestuosa con el cuñado. En todas estas fantasías participan tanto la satisfacción pulsional como el castigo por ella, merced a la condensación*.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Domeñamiento pulsional

José Luis Valls


[freud.] Decimos que una pulsión* está domeñada por el yo*, cuando éste la puede «manejar con sus riendas»; por lo pronto la recono­ce como propia, la acepta como un deseo*, ahora del yo, que le gustaría llevar a cabo, pero que puede resignarlo o postergarlo en aras de otras variables que entren en su consideración, más o menos importantes para él en ese momento. El domeñamiento implica representación-palabra* investida, representando a la representación-cosa* (también investida) ante el Prec. del yo. Por lo tanto la pulsión o su meta es conseguida como un deseo propio del yo y con esto también inhibida (véase: inhibición) en su acción, momentáneamente, hasta la decisión final de si convertirla en acción o no. El tema quizá más importante resida en la posibilidad de elegir que el domeñamiento pulsional, merced a las relaciones de las repre­sentaciones-palabra propias de la actividad de pensamiento* pertenecientes al yo Prec., le otorgan al yo. Éste ahora conoce a la pulsión, puede hablar de ella, lograrle un lugar en la lógica de su pensamiento, y entonces moderar su pasaje a la acción. En otras palabras, la representación-cosa perteneciente al deseo Inc. que estaba en proceso primario* es lograda pasar al proceso secundario* y éste es uno de los objetivos esenciales de la cura psicoanalítica. Es absolutamente diferente a lo que produce el proceso de la represión*; éste esencialmente origina un desconocimiento de la pulsión y transformación de ella en otra cosa (síntoma*, acto fallido*) compulsivo e irrefrenable para el yo, con lo que logra el objetivo de impedir su pasaje a la acción específica*, pero paga con su desconocimiento y consiguiente empobrecimiento del yo. El que sí se enriquece al conocerla y domeñarla con la actividad de pensamiento y desexualización* que esta última conlleva, a la vez que se libera del esfuerzo de contrainvestidura* que le demandaba la represión. Dice Freud en Análisis terminable e interminable: «Acaso no sea ocioso, para evitar malentendidos, puntualizar con más pre­cisión lo que ha de entenderse por la frase "tramitación duradera de una exigencia pulsionaV. No es, por cierto, que se la haga desaparecer de suerte que nunca más dé noticias de ella. Esto es en general imposible, y tampoco sería deseable. No, queremos significar otra cosa, que en términos aproximados se puede designar como el "domeñamiento" de la pulsión: esto quiere decir que la pulsión es admitida en su totalidad dentro de la armonía del yo, es asequible a toda clase de influjos por las otras aspiraciones que hay dentro del yo, y ya no sigue más su camino propio hacia la satisfacción» (A. E. T. XXIII, pág. 227).[José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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