Diccionario de Psicoanálisis



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Defensa

José Luis Valls


[freud.] Todo organismo vivo está expuesto a continuos estímulos, que en el caso de los organismos complejos provienen del mundo exterior y del propio interior del cuerpo (las pulsiones*). Los seres humanos poseen un aparato psíquico* que los defiende de los continuos estímulos a que están sometidos, los que les gene­ran un impulso a volver al estado anterior, el previo a la llegada del estímulo. La defensa, en este sentido, es como la razón de ser del psiquismo. Éste ante todo quiere defenderse de los estímulos. La• mejor manera de hacerlo, entonces, es realizando las acciones específicas* que acaben con ellos. Si son exteriores, huyendo de ellos o destruyéndolos. Si son estímulos interiores (es decir, pulsiones), satisfaciéndolos. Para ello deberá incluir el principio de realidad* en su funcionamiento y la instauración de un yo* que piense y maneje la acción en forma adecuada. Surgen sin embargo durante la evolución del ser humano serios problemas en la satisfacción de sus pulsiones (sexuales''` y destructivas*) pues éstas chocan con los ideales culturales primero y luego con los que existen en el mismo aparato psíquico (ideal del yo*-superyó*). Por esto se van formando otros tipos de defensa dirigidos a impedir la satisfacción de la pulsión, o a desconocerla. A los mecanismos inconscientes encargados de que el yo Prec. no conozca la existencia de pulsiones incompati­bles con él, se los ha llamado < mecanismos de defensa* del yo», los cuales pertenecen al yo Inc. Éste se encarga de defender al yo Prec. , sin que él lo sepa, del acoso de las pulsiones. Esta defensa tiene, por lo pronto, un precio: rasgos de carácter* y -cuando fallan- neurosis*. Hay algunas formas de mecanismo defensivo que permiten ciertas formas de placer-, pulsional, por ejemplo los mecanismos defensivos pertenecientes a las perversiones*. Este tipo de afec­ción consigue satisfacer pulsiones sexuales, parciales, infanti­les, homosexuales y narcisistas. Lo hace gracias a mantener relaciones sexuales reñidas con lo aceptado en el medio social (el sujeto sufre por ello angustia social*, de la que a su vez se defiende). Llevan incluidas en el mismo acto placentero ciertos mecanismos de defensa del yo contra los peligros que derivan del complejo de Edipo*, tratan de ahorrarse la angustia de castra­ción-, con la desmentida* de la diferencia de los sexos. La des­mentida comprueba la ausencia de la castración, entonces, en cada acto sexual (fetichista, homosexual, exhibicionista, etcéte­ra). No lo logran totalmente, porque el yo se escinde*; en parte acepta la castración y en parte no, perdiendo el yo la función sintética, pasando a ser dos yoes. Entonces, la manera más adecuada de defensa ante el estímulo pulsional, tendría que ser la síntesis que tiene que lograr el yo ante las presiones a que está sometido por el ello*, el superyó y la realidad*. Una vez conseguida esa síntesis, ha de llevarla a la acción (véase: acción específica). Respecto de los estímulos del mundo exterior, el organismo establece una barrera de protección antiestímulo* en el sistema percepción consciencia (PCc. ), al cual pertenece la investidura* de atención* que es en realidad (como apronte angustiado*), el último nivel de esta barrera. Si ésta es sobrepasada, se siente dolor* orgánico, pudiendo llegar a instalarse una neurosis traumática* si la cantidad de estímulo que penetra en el aparato psíquico va más allá de las posibilidades de ligadura de éste. En las neurosis traumáticas queda una compulsión* a repetir la escena, primero en los sueños* hasta llegar a los actos, en busca de que el aparato psíquico pueda, merced a la repetición, sentir el apronte angustiado que no sintió en el momento en que fue superada la barrera defensiva. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Defensa, mecanismos de

José Luis Valls


[freud.] Operaciones automáticas que realiza la parte inconsciente* del yo* para defenderse de las pulsiones*, o mejor dicho de los posibles peligros que la satisfacción de éstas podría generar. El yo Inc. , ante la aparición de la representación* de una pulsión incestuosa o parricida, o retoños de ellas, apela a una se­ñal, muestra de angustia en pequeña cantidad. Esta angustia señal* hace que el camino asociativo, guiado por el principio de placer*, cambie, huyendo de la angustia señal. Consigue así que la pulsión original o sus retoños retornen al ello* inconsciente, pasando al estado de represión*. De esta manera la defensa* yoica es eficaz en librarse de la pulsión, momentáneamente. Para que la pulsión se quede allí, para que no pueda volver a introducirse en el yo, y por este medio llegar a la acción, habrá que dejar como centinela, una contrainvestidura* permanente. El mecanismo de defensa por excelencia es la represión. En algunos momentos de la teoría represión es sinónimo de defensa, pero desde Inhibición, síntoma y angustia (1925) pasa a ser el mecanismo específico de la histeria de conversión*. La represión, en cuya esencia está el desconocimiento, tiene dos pasos. La represión primaria* consiste únicamente en la contrainvestidura que es el origen del resto de los mecanismos defensivos ulteriores o represiones secundarias*. En éstas se sustrae también investidura de la representación de la palabra (Prec. ), con lo que no puede ser nombrada por el yo y vuelve al ello inconsciente. La investidura retirada pasa a otra palabra o a una formación sustitutiva*, transacción entre el yo y la pulsión, que actúa como contrainvestidura. La contrainvestidura se instala también en el aparato perceptual* (PCc. ) -para evitar percibir en la realidad* todo lo que remita al conflicto-, o se desplaza a otras representaciones poco importantes, que pasan a ser obsesiones, por ejemplo. Además lo reprimido primariamente atrae al inconsciente a todo lo que puede remitir a él. Otros mecanismos de defensa clásicamente descritos son: la anulación de lo acontecido*, el aislamiento*, la formación reactiva*, la proyección*, la identificación* (histérica y melan­cólica), la desmentida* de la diferencia sexual y de la pérdida del objeto, la negación*, la escisión del yo*, etcétera. Lo común de todos ellos es la inconcientización de la moción pulsional para evitar la angustia señal que sentiría el yo. Si el mecanismo de defensa falla, la cantidad de excitación* puede arrasar con el yo y ocasionar la angustia automática*, similar al trauma* del nacimiento. Esto último es una de las causas por las que si bien los mecanismos de defensa producen alteraciones patológicas, en algún momento se constituyan en un mal necesario que evita males mayores, como la angustia automática, por ejemplo. Ade­más no debemos olvidar que a partir de los mecanismos de defensa inconscientes, el yo forma una infraestructura Inc. sobre la que se instala la superestructura Prec. , la que entonces puede funcionar sin tener que estar acosada por la pulsión, a la que ignora. Cuando el yo se apoya demasiado en sus mecanismos de defensa y éstos comandan a su proceso secundario*, puede quedar una alteración del yo* más o menos severa, la que será un fuerte obstáculo para la cura y que participa de la formación de las caracteropatías, dependiendo muchas veces el tipo de ésta, del mecanismo de defensa preferentemente usado, lo que a su vez tiene relación con los puntos de fijación*. Freud, en el Proyecto de psicología (1895-1950) describe cómo se va formando el yo a través de investiduras colaterales, cadenas de pensamientos* que le hacen crecer, aprender de la experiencia, acumular representaciones para poder comparar con los nuevos perceptos, etcétera. Cuando las cantidades de excitación exceden de cierto límite la investidura colateral es insuficiente para conducirla, y debe recurrir a una defensa primaria consistente en una contra-inves­tidura, que ahora impedirá el pasaje de la investidura a nuevas representaciones. Éstas, rechazadas por el yo, se acumularán en el inconsciente. La investidura colateral enriquece al yo, modera a la pulsión haciéndola propia. La contrainvestidura expulsa el estímulo pulsional al inconsciente. Una y otra van dando forma a partes diferentes dentro del yo: a) el proceso secundario, el pensamien­to, el yo con su función sintética, su principio de realidad*; b)una parte que quedará inconsciente, funcionará automáticamente, fuera de la voluntad* del yo Prec. y que será el yo de la defensa, o los mecanismos de defensa del yo, el yo Inc. En la cura psicoanalítica se hacen patentes los mecanismos de defensa, dando expresión a la resistencia* yoica. Debemos de habérnoslas con ellos, entonces, para poder llegar al cono­cimiento del deseo* reprimido, beneficiándose ahora el yo del deseo antes reprimido al colocarle investiduras colaterales. Ha­ciendo que participe del comercio asociativo, que vaya integran­do el yo del pensamiento, del proceso secundario, el yo Prec. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Degradación del objeto erótico (o sexual)

José Luis Valls


[freud.] Proceso que se produce por la bifurcación, en el desarrollo libidinal de un sujeto, de las corrientes tierna y sensual. La corriente sensual, totalmente reprimida durante el período del complejo de Edipo*, reaparece en la pubertad desplazada a w otros objetos*. Como éstos tienen su fijación* inconsciente en objetos incestuosos, el yo* se defiende de ello, limitando la elección de objeto*. La corriente sensual sólo busca objetos que no recuerden a las personas incestuosas prohibidas. Se produce así una degradación psíquica del objeto sexual al buscarse sexualmente un objeto opuesto al de la «madre pura» o madre nutricia. «Tan pronto se cumple la condición de la degradación, la sensualidad puede exteriorizarse con libertad, desarrollar opera­ciones sexuales sustantivas y elevado placer» (Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa, 1912, A. E. T. XI, pág. 177), incluso buscar metas sexuales perversas cuyo incumplimiento es sentido como una pérdida de placer* y cuyo cumplimiento sólo es posible en el objeto sexual degradado, menospreciado. En ocasiones la escisión de la vida amorosa es tal que si establecen una relación tierna son impotentes sexuales y la potencia sexual sólo surge cuando el vínculo tierno es imposible. Este tipo de trastorno es más común en el varón que en la mujer y además es más común de lo que aparenta. Freud dice: « [. . .] sustentaré la tesis de que la impotencia psíquica está mucho más difundida de lo que se cree, y que cierta medida de esa conducta caracteriza de hecho la vida amorosa del hombre de cultura» (1912, id. 178). En la mujer se nota apenas una necesidad de degradar al objeto sexual. En ella se produce una atracción mayor por lo secreto, lo prohibido. Esta condición de lo prohibido en la vida amorosa femenina es equiparable a la necesidad* de degradación del objeto sexual en el varón. Un sujeto que ha logrado superar el complejo de Edipo con pocas fijaciones incestuosas tiene mejores probabilidades de hacer coincidir ternura y sensualidad en la misma persona, soslayando la degradación que quizá quede en algún lugar del psiquismo y pueda regresar en momentos de frustración* o aumento libidinal interior (adolescencia y menopausia). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Delirio

José Luis Valls


[freud.] Fenomenológicamente y en términos generales, trastorno del contenido del pensamiento* que aparta al sujeto de la realidad*. Para ello el yo* debe estar severamente alienado o con una alteración muy profunda. Freud extiende el término a algunas ideas y actos obsesivos -algunos ceremoniales*, locura de duda- incluso a productos de la omnipotencia del pensamiento* (la magia* y la superstición del obsesivo, etcétera), quizá para remarcar el alejamiento de la realidad al que son sometidos los neuróticos obsesivos* por sus síntomas* y en algunos casos por el carácter* del yo, pero en los que de todas maneras nunca la alteración del yo* es tan significativa. Hay varios tipos de delirios en diferente tipo de afecciones. Freud describe un delirio histérico apropósito de Norbert Hanold, el personaje de la «Gradiva» de Jensen (El delirio y los sueños en la "Gradiva" de W. Jensen, 1906-07). En los delirios de Hanold -realizaciones de deseos diurnas, a la manera de los sueños* y con mayor creencia que en las fantasías* o ensoñaciones diurnas- se mezclan sus recuerdos* infantiles reactivados por el presente merced a sus sublimaciones*: cree ver un personaje vinculado con sus estudios de arqueología en una jovencita, con la que había tenido un vínculo afectivo en su niñez, reactivado en el presente. La represión* aparece en el enmascaramiento del personaje amoroso (que alude a su sexualidad infantil*) a través de una alucinación* a la que se le da creencia* y que transporta al sujeto en su arrobamiento a la época correspondiente a sus estudios de arqueología, lo que es ayudado por el lugar en que transcurre la acción, las ruinas de Pompeya. Freud describe otro delirio, propio de la confusión alucinatoria aguda o amencia de Meynert*. En ella la pérdida de un objeto* amado en la realidad, resulta tan insoportable para el yo del sujeto que la desmiente*. Cree ver al objeto, o presiente que vuelve, o está en el cuarto contiguo, etcétera. Se produce en este caso una desinvestidura* del sistema percepción consciencia (PCc.). Al quedar bloqueada la percepción* de la realidad el sistema PCc. puede ser rellenado con la reactivación, por regre­sión* tópica, de la percepción del objeto deseado en su estado bruto, igual que en el sueño. Se percibe, entonces, la alucinación, se le da creencia y sobre ella se elabora el delirio de la existencia del objeto perdido. El yo esquiva el examen de realidad* y a veces hasta se vale de elementos de la misma para probar la existencia de lo deseado, que es consciente y no reprimido. En la amencia probablemente la «alteración del yo» sea mayor que en la psicosis* histérica, pero en ambas porfía el deseo del objeto. Quizá eso ayude a que sean cuadros clínicos agudos, aunque en ocasiones den paso a otros trastornos durade­ros, más alteradores del yo. Examinemos ahora los principales tipos de delirio crónico, el delirio por antonomasia, el paranoico y el correspondiente a la esquizofrenia* paranoide. Éstos también son de diferentes tipos y se tramitan, en general, de la siguiente manera: primero la investidura* Inc. se retira de la representación* de objeto y por lo tanto del objeto mismo; luego la libido* se retrae al yo, de manera que la libido objetal deviene narcisista y desde el incons­ciente* desaparece el mundo objetal. Al quedar desinvestidas las representaciones-cosa* o representaciones-objeto desinvestidas, la libido también en parte deviene pura cantidad de excitación* sin representación. Esto último implica invasión de cantidad en el aparato psíquico, lo que provoca angustia automática*, fruto del desajuste económico en virtud de la desinvestidura de la ` representación-cosa. A todo este complejo que sucede al desinvestir la representa­ción-cosa, con lo que desaparece el deseo inconsciente del objeto, más la angustia automática concomitante, se lo denomina «vivencia de fin de mundo» *. Decíamos que la otra parte de la libido objetal deviene narcisista al ser retraída al yo, lo que clínicamente se expresa como delirio de grandeza. Cuando se retrae hacia el cuerpo lleva el nombre de «hipocondría» *. Con las investiduras que quedan en el aparato psíquico, en las representaciones-palabra* (Prec.) se intentará reconstruir el mundo objetal. Estas palabras, ahora, no significan a las cosas o a las representaciones de ellas: es como si las representaciones desinvestidas no existieran. Enton­ces las representaciones-palabra pasan a ser las representacio­nes-cosa y a ser tratadas como tal. Funcionarán en gran parte con proceso primario* usando asociaciones* por contigüidad*, ana­logía* u oposición*, incluso los símbolos universales*, para formar condensaciones* y desplazamientos*, que con una buena elaboración secundaria* podrán tomar cierta apariencia lógica. Así se armará el delirio paranoide, compuesto de libido homosexual, libido no reconocedora de la diferencia de sexos, a horcajadas entre la libido narcisista y la objeta]. Esta libido perderá su socialización, inhibición en su meta, o sublimación, pues será libido homosexual erotizada. He aquí un nuevo proble­ma intolerable para el yo y del que se va a defender, ya que por estar la libido erotizada no puede sublimarla, relevará el amor* por odio -en especial en el delirio persecutorio que está en la base de los otros, el erotomaníaco, el de celos* y el de grandeza- y proyectará* el deseo Inc. El paranoico sentirá que lo que era deseo homosexual proviene ahora del inconsciente del objeto, relevado por odio. 'De este modo se forma el delirio persecutorio, que resulta así una manera de no aceptar el deseo homosexual. Hay otros: los delirios de celos (véase: celos), el delirio erotomaníaco y el ya mencionado delirio de grandeza. Todos contradicen la frase «yo lo amo a él», en el caso del varón, por supuesto. Una «reconstrucción del mundo» muy penosa, por cierto, hasta que el delirio consiga mediante el proceso primario un disfraz lo suficiente­ mente aceptable para el yo y éste pueda tolerar, merced a ello, el deseo homosexual; en el delirio de Schreber éste llega a la conclusión de que es el elegido por Dios para darle hijos. Se logra así una paz endeble pero relativamente duradera, y hasta en algunos casos el yo, gracias a sus partes no alteradas, logra un cierto reacomodo con la realidad. Existen otros tipos de delirios típicos de la paranoia` y la esquizofrenia paranoide como el de ser observado, con alucina­ciones auditivas que señalan todos sus actos (sonorización del pensamiento) o sensación de ser mirado, en ocasiones vinculado con persecución o erotomanía. La alucinación auditiva autoobservadora se produce por una regresión a la percepción. La observación que en su infancia sus padres realizaban sobre él y que luego devino en superyó* por identificación*, retorna ahora por la regresión a la percepción, mostrando así sus orí­genes. En el delirio de influencia, la regresión es mayor. Todo el yo es proyectado al exterior, y el paciente siente que hay máquinas (símbolo universal del cuerpo, lugar de origen del yo) que influencian todos sus actos. El delirio, entonces, en la esquizofrenia paranoide y la para­noia, muestra la parte ruidosa de la enfermedad; pero en realidad es el intento de curación que hace el paciente, intento de reencontrar el mundo de los objetos. Que este logro sea más o menos apacible, tendrá cierta relación con cómo se haya trami­tado el complejo paterno* previo. El delirio hecho con palabras, siguiendo el proceso primario, se funda en una verdad histórica* que está en el fondo de todo delirio y que lo hace pasible de construcción* o interpretación* a la manera de un sueño o un síntoma. Esto lo practica en buena parte Freud en el estudio realizado sobre la autobiografía de Schreber, también lo intenta con algunas pacientes en los co­mienzos de su carrera, como se puede ver, por ejemplo, en: Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896). En el momento agudo de la enfermedad esto es imposible, pues la única posibilidad de transferencia* es negativa o predo­minantemente negativa, por lo menos en el delirio persecutorio. Quizá el delirio erotomaníaco o celotípico se presten mejor para intentar una reconstrucción del pasado que se revive a través del delirio. En el «Hombre de las ratas» habla también de cuna suerte de delirio o formación delirante», en la que el niño sentía que sus padres conocían sus pensamientos porque él los habría declarado sin oírlos él mismo. «Declaro mis pensamientos sin oírlos. » Esto Freud lo explica como una proyección del hecho de que él tiene pensamientos que no conoce, una percepción endopsíquica de lo reprimido. Freud también llama delirios a cierto tipo de forma­ciones obsesivas, como las series de pensamientos que ocupaban al paciente en el viaje de regreso de las maniobras militares; o al disparatado accionar descrito en el que trabajando hasta altas horas de la noche, abría las puertas al «espectro» del padre, miraba luego sus propios genitales en el espejo, y trataba de rectificarse con la amonestación: « ¿Qué diría el padre si real­mente viviera todavía?». Esta fantasmagoría cesó después de que la hubo puesto en la forma de una «amenaza deliciosa». Si volvía a perpetrar ese desatino, al padre le pasaría algo malo en el más allá. Este tipo de «delirio obsesivo» se inscribe como formando parte de la «omnipotencia del pensamiento» y sus consecutivas magia y superstición, típicas de la neurosis obsesiva. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Depresión

José Luis Valls


[freud.]Estado afectivo doloroso, displacentero, provocado a veces por una pérdida de objeto*, frustración*, fracaso, etcétera. En todas estas ocasiones el yo* Prec. está realizando el trabajo de duelo*, en el que cualquier objeto que recuerde en algo al objeto perdido reactiva la añoranza de él. Se incrementan, entonces, las investiduras de añoranza*, junto al hecho de que la realidad* muestra la imposibilidad de satisfacción, produciéndose así el dolor* psíquico. Y así se repite ante cada situación que recuerde al objeto perdido, cada lugar en el que se estuvo con él, cada momento que se parezca a momentos vividos con él. El talante es de tristeza y el yo está enfrascado en la tarea de ir desinvistiendo* uno por uno los recuerdos* del objeto o ilusión perdidos. Mien­tras permanece en este doloroso trabajo, el yo hace una introver­sión* de la libido* durante todo el período, apartándola de los deseos* Prec. de los objetos que no son el que se perdió. El yo podrá de esta manera, en forma paulatina, ir aceptando la reali­dad, tornándose ésta más soportable, lo que conseguirá en forma definitiva cuando la libido pase a investir a otro nuevo objeto y aparezca un nuevo deseo. Hasta aquí, la depresión* normal como respuesta a pérdidas exteriores que, por decirlo así, la justifican. Distinta es la depresión endógena: no hay causas exteriores o las causas exteriores aparentemente no explican la magnitud o lo prolongado de la misma. Entonces se dice que la pérdida es inconsciente*. La inconscientización consiste en una identifica­ción* del objeto en el yo. Es en realidad odio* (recordemos que en las primeras etapas se confunde con el amor*) al objeto, sin que el yo se aperciba de ello, ya que aparece clínicamente como autorreproche*. Pero en el tratamiento psicoanalítico el autorreproche se revela como un reproche al objeto, que está dentro del yo. El superyó*, ni corto ni perezoso, aprovecha para sumarse a estos reproches y aplicarle severo castigo al yo por < todo lo que se merece» al no ser como el ideal. Se agrega por otro lado una mayor retracción* libidinal, se rompe con el mundo exterior, lo que había comenzado con el inaceptable odio al objeto, desplazado al yo identificado con él. Esta descripción corresponde a la melancolía*. En un lugar intermedio entre el duelo y la melancolía se ubicarían los cuadros depresivos neuróticos con su sentimiento de inferioridad, con el sentimiento de culpa* inherente a la formación de su aparato psíquico*, en el que el yo difícilmente pueda satisfacer a un superyó que le exige lo ideal. Entonces el sentimiento de culpa casi es constante y por lo tanto el estado depresivo es de base. Ante cada nuevo fracaso frente al ideal, el estado depresivo se agrava, así como mejora cuando los éxitos lo acercan a lo pretendido por aquel. Salvo en el duelo, en el que el dolor psíquico se produce por la imposibilidad de descarga de la libido objetal, en los otros tipos de depresiones el trastorno es un destino de la libido narcisista. En la melancolía conduce a una psicosis* narcisista y en otras depresiones a trastornos del narcisismo* o de la autoestima*, producidos por no conformar el yo al superyó. En estos últimos no alcanzan para apartar al sujeto de la realidad, a retraer la libido de las representaciones Inc. de los objetos, de los deseos de éstos. En cambio, esto sí sucede en la melancolía. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Deseo

José Luis Valls


[freud.] El deseo, en la teoría freudiana, consiste en una propuesta psíquica que busca ser complacida. Ésa podría ser una manera de presentación del tema. En rigor no hay una definición del deseo dentro de la teoría que pudiéramos llamar demasiado rígida o estricta, pese a que la teoría freudiana, en términos generales y en toda su tremenda extensión, sí lo es. El concepto, sin embargo, es bastante claro y conciso. Freud lo usa en determinados mo­mentos de su desarrollo teórico más que en otros, pero nunca lo deja de lado. Lo usa para explicar más algunos fenómenos que otros, o algunos matices de éstos más que otros. Pero en ningún momento desarrolló una teoría específica del deseo, como sí lo hizo respecto de conceptos similares como el de pulsión* o de libido*. En términos vagos, podríamos decir que el concepto de deseo se mueve más cómodamente dentro de la así llamada «primera tópica» porque es en ella donde Freud desplegó toda su teoría representacional y el deseo está, como veremos, íntimamente relacionado con la investidura* de la representación*. Pero nadie dijo que en la llamada «teoría estructural», Freud haya dado de baja el tema de la representación. Muy por el contrario, sigue siendo tema hasta en el «Moisés». Es que al explicar algo nuevo, un nuevo nivel de un problema, el teórico no tiene por qué repetir cada vez lo dicho antes. Por otro lado, si no es mediante la teoría representacional, ¿cómo se explican los sueños*? Se sobreen­tiende que las estructuras de la «segunda tópica» son estructuras representacionales. El ello*, el yo* y el superyó* son estructuras psíquicas, y lo que da la característica de fenómeno psíquico a algo es justamente la representación. Por lo tanto, explícita o implícitamente en la teoría freudiana el deseo «siempre está». Puede ocurrir que aparezcan al surgir nuevos conceptos, diferentes matices, nuevas aristas, que obliguen a aparecer nuevos conceptos o complejizaciones y en ese camino surjan confu­siones, esto es verdad. No siempre es fácil diferenciar entre deseo y libido en algunos aspectos, y especialmente entre deseo y pulsión. El deseo nace en los momentos de formación del aparato psíquico*, luego de ocurridas las primeras vivencias de satisfacción*. En adelante la necesidad corporal surgirá unida a las representaciones que habían dejado en el aparato psíquico aque­llas vivencias. La necesidad* logró, entonces, representación psíquica. Ésta provino de la huella mnémica* que dejó la expe­riencia, deviniendo en deseo. A esta moción cine apunta hacia esta representación, a la ligazón que se establece entre la necesidad corporal y la repre­sentación, la llamamos «deseo». El surgimiento del deseo inaugura el psiquismo y será el motor del aparato psíquico. La vivencia de satisfacción deja en realidad un complejo representacional en el que se distinguen tres tipos de representa­ciones: 1) la que primero se activa cuando se reanima el deseo: la representación investida del objeto* satisfaciente: 2) la representación de los movimientos que se hicieron con éste y que éste hizo, y 3) la representación de la sensación de descarga en el r núcleo del yo («Proyecto», 1895-1950). El deseo será, por lo tanto, un deseo del objeto con el que se busca realizar actos y que el objeto realice otros, para poder volver a sentir la sensación de satisfacción o placer* en el núcleo. «Sólo puede sobrevenir un cambio cuando, por algún camino (en el caso del niño, por el cuidado ajeno), se hace la experiencia de la vivencia de satisfacción que cancela el estímulo interno. Un componente esencial de esta vivencia es la aparición de una cierta percepción (la nutrición, en nuestro ejemplo) cuya imagen mnémica queda, de ahí en adelante, asociada a la huella que dejó en la memoria la excitación producida por la necesidad. La próxima vez que esta última sobrevenga, merced al enlace así establecido se suscitará una moción psíquica que querrá investir de nuevo la imagen mnémica de aquella percepción y producir otra vez la percepción misma, vale decir, en verdad, restablecer la situación de la satisfacción primera. Una moción de esa índole es lo que llamamos deseo; la reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo, y el camino más corto para éste es el que lleva desde la excitación producida por la necesidad hasta la investidura plena de la percepción» (La interpretación de los sueños, 1900, A.E. 5:557-8). Entonces, el deseo es el deseo de volver a repetir la vivencia de satisfacción, aquella que se vivió en el vínculo con quien fuera el asistente ajeno* y ahora es el objeto deseado. Cada vivencia de satisfacción irá dejando nuevos deseos; las pulsiones de autoconservación* serán más repetitivas, el objeto será más fijo. Las pulsiones sexuales*, en cambio, irán teniendo diferentes tipos de deseos según las zonas erógenas* de predominancia, por lo menos hasta llegar la supremacía fálica cuando todas ellas se organizan bajo su dirección y cuando se realiza una elección de objeto* que por tomar características de incestuosa, será repri­mida. El objeto de las pulsiones sexuales será mucho más cambiante, característica que va disminuyendo a medida que se van produciendo fijaciones*. Pueden también complacerse en el propio cuerpo. La elección de objeto sexual exterior se apuntalará* en parte en las satisfacciones de las pulsiones de autoconservación y en parte en el propio cuerpo, en cuyas sensaciones el objeto tendrá un factor determinante de todas maneras, por lo que se irá eligiendo conforme a las fijaciones que irá dejando en el cuerpo la historia con el objeto (la historia del cuerpo y su representa­ción van deviniendo en yo). En este período* preedípico*, el niño aprende a hablar, se ensaya con el lenguaje*. Los deseos Inc. de los objetos podrán llegar al Prec. ligándose a las representaciones -palabra* y gene­rando así los deseos Prec. Después del complejo de Edipo* el aparato psíquico se escindirá y múltiples deseos (los incestuosos, parricidas y con ellos gran parte de los deseos infantiles) serán reprimidos, pasarán al estado de inconscientes* y a pertenecer al ello. No serán considerados parte del yo, el que les negará su aquiescen­cia, les quitará la investidura Prec., la investidura de la represen­tación-palabra. Estos deseos reprimidos nunca cejarán en su deseo de retor­no, directo o por medio de retoños Prec. que los representen y eviten la censura*. Ese retorno originará los sueños, los actos fallidos*, los síntomas* neuróticos, etcétera. Los deseos Inc. pueden también en algunas ocasiones superar la censura (desexualizándose*, por ejemplo) y transformarse en deseos Prec., por lo que en ese caso el yo los sentirá propios y luchará por satisfacerlos. Aquí es importante, además de los factores reales externos, su proximidad a los deseos incestuosos y parricidas prohibidos (a mayor proximidad, menor posibilidad de satisfacción, por lo menos en el terreno de la «normalidad» y la neurosis). Los deseos Prec. del yo que no han sido reprimidos por él son: los de su autoconservación en parte (el deseo de dormir por ejemplo), otros configurarán deseos con meta inhibida como la ternura o la amistad, o deseos desexualizados, podríamos decir. Otra parte serán aquellos deseos sexuales que, provenientes del ello, son aceptados por el yo, probablemente porque no le crean conflicto con el superyó o con la realidad*. Entonces podrá fantasearlos o llevarlos a la acción (bajo el rectorado del princi­pio de realidad*). También podrán ser condenados por el juicio* cuando el yo así lo considere, aunque algunas veces el yo simultáneamente los haga propios y los mantenga en el terreno de la fantasía*. Cuando los lleva a la acción, a costa de cierto tipo de escisiones en el yo*, estamos ante las «excentricidades de los normales», De todas maneras, el deseo será un deseo Prec. con mayor grado, en general, de ligadura y pasaje al proceso secun­dario. Freud también menciona deseos del superyó al atribuirle los deseos de los sueños punitorios*, de autocastigo*, los que se explicarían como realización de deseos del superyó (Nuevas conferencias de introducción. al psicoanálisis, 1933). De algún modo el sentimiento inconsciente de culpa* o necesidad de castigo*, funciona en algunas personas a la manera de un deseo, incluso reprimido en el sentido de desconocido por el yo, que se satisface periódicamente con el sufrimiento de éste. Probable­mente esto dependa de los diferentes grados de mezcla* o desmezcla* de Eros* y pulsión de muerte* que estén en juego en esos deseos (sadismo* del superyó y masoquismo* del yo). En términos generales, de cualquier manera, hablar de deseo remite a deseo sexual (no se confunda con genital*), aunque la posesión de representación (de cosa* y de palabra) le puede dar a la pulsión de autoconservación característica descante, Pero cuando nos referimos a deseo inconsciente, éste es sexual. ¿Puede haber un deseo correspondiente a la pulsión de muerte? Según Freud no, porque no hay en el Inc. representación-cosa de ésta. Es un contrasentido hablar de una «vivencia de muerte» que deje su huella en el aparato psíquico. En cambio, puede haber necesidad inconsciente de castigo, pero ella proviene del superyó. El deseo agresivo para con otro ya pertenece a la pulsión de auto­conservación o a la sexual, merced al sadismo o pulsión de apo­deramiento* y hasta el odio* al rival. Paradójicamente sabemos que «existe» una pulsión de muerte...«muda». Si «habla», es a través de las representaciones (de cosa y de palabra) del deseo sexual, con el que se mezcla. Podemos decir que la vemos, indirectamente, en los ejemplos ya mencionados de la agresión*, sadismo, apoderamiento, etcétera. El concepto de deseo se superpone con el de pulsión y hasta con el de libido en el deseo sexual. Por momentos parecen sinónimos, o distintos niveles del mismo fenómeno; por momen­tos, cosas diferentes. El de pulsión, para Freud, es un concepto límite entre lo so­mático y lo psíquico. Probablemente esté más del lado de lo somático y el esfuerzo (Drang) hacia la acción y el deseo más del lado representacional. De ahí que Freud describa una «satisfac­ción alucinatoria de deseos»*, no una «satisfacción alucinatoria de pulsiones», y que hable de deseos cuando debe explicar los sueños, las fantasías, incluso los síntomas, es decir cuando el énfasis está en el contenido representacional. En cambio, cuando debe explicar los mecanismos de defensa* del yo ante las angus­tias señales* frente al peligro pulsional, o cuando explica el ello, habla del apremio de la pulsión sobre el yo, también en la búsqueda de su satisfacción, que en última instancia es la misma que la del deseo. Veamos ahora qué diferencias hay entre deseo y libido. La energía sexual somática pasa a llamarse «libido» cuando se liga a una representación, es la energía que la inviste, el deseo está más ubicado en la representación (investida por libido), por lo tanto hay diferencias, pero un fenómeno es muy cercano al otro como para poder distinguirlos muy claramente. En La interpretación de los sueños (1900) habla de deseos, en Los tres ensayos de teoría sexual (1905) menciona la pulsión, en los escritos metapsicológicos de 1915 predomina el concepto de pulsión, aunque también habla de deseos, especialmente respecto de los sueños, en El yo y el ello se refiere casi únicamen­te a las pulsiones del ello (1923), también en Inhibición, síntoma y angustia (1925). El concepto de libido está en toda la obra. Sin embargo hay diferencias importantes que hacen que sean cosas diferentes. Por ejemplo se puede hablar de un deseo Prec., pero la pulsión por lo general está referida a un concepto Inc. También existen una libido objetal y una narcisista; sí se puede hablar de un deseo objetal pero es más difícil hablar de un deseo narcisista por lo menos puro, se puede hacerlo como extensión del concepto de deseo homosexual, por lo tanto referi­do al objeto. Por ejemplo tal es la dependencia del niño del amor* del objeto en el período de latencia* que puede hacer propios los deseos del objeto. La educación en general se basa en estos principios: el niño resigna sus pulsiones a cambio del amor materno, de una manera tan radical, a veces, que se transforman en deseos Prec., a través de identificaciones* en el yo y princi­palmente en el superyó, opuestos en general al deseo Inc., por lo tanto apoyando a la represión Inc. contra la emergencia de los deseos reprimidos. Podríamos pensar, entonces, que la necesidad del amor del objeto es narcisista y en alguna medida lo es, pero no en el sentido más estricto del término (la libido proveniente del ello invistiendo al yo). Uno no puede desearse, se tiene. Puede desear ser amado por el objeto, o desear ser el ideal, pero éste mismo está constituido por huellas de objetos del pasado infantil o de la omnipotencia infantil perdida. En ese sentido son deseos narcisistas, pero nunca falta el rastro del objeto en todas estas complejizaciones del deseo que a veces confunden el pensamiento*. Quede claro que la diferencia definitiva entre estos concep­tos, de todos modos, no está totalmente clara, non liquet, como diría en tantas ocasiones Freud. ¿Puede hablarse de una pulsión narcisista? A lo sumo de una pulsión sexual con satisfacción autoerótica. Cuando se habla de. narcisismo en sentido estricto, se habla de libido en el yo. Por último: nos apoyamos en lo expresado por Freud en el capítulo VII de Lo inconciente (1915) respecto de la investidura de la representación, para justificar un deseo preconscíente del objeto. Cuando está investida la representación-cosa del Inc. más la representación-palabra Prec., esta última significa o representa a aquella ante la Cc. Si se le retira la investidura Prec., el deseo pasa al estado de represión y a pertenecer al inconsciente. En las neurosis de transferencia*, la investidura de la representación-cosa Inc. está investida y quizá en demasía, pero no tiene la representación-palabra Prec. para poder llegar a la Cc. Uno de los objetivos en el tratamiento psicoanalítico es recuperar para la investidura de la representación-palabra Prec la energía libidinal que mientras el deseo permanece en repre­sión, pertenece únicamente a la representación-cosa Inc. La investidura en estas neurosis se ha desplazado o transferido a otras representaciones Prec. En la histeria de angustia* hasta constituir las fobias*. En la neurosis obsesiva* se han aislado* sus conexiones asociativas y afectivas con el resto de las representaciones Prec. o se ha recurrido a mecanismos mági­cos para no sentirlas pertenecientes al yo, en última instancia angustiándose ante estas obsesiones nunca aceptadas como de­seos del yo Prec., pese a estar ubicadas tópicamente en él. En la histeria de conversión*, ha hallado expresión merced a investiduras corporales elegidas asociativamente por leyes de contigüidad* o analogía*, convirtiéndose en el caso de las aso­ciaciones* por analogía en símbolo mnémico* de las representa­ciones-cosa, ahora reprimidas y que pugnan por retornar de ese estado. En las afecciones narcisistas (en especial en las psicosis*, cuyo máximo exponente es la esquizofrenia* con sus distintas formas clínicas), se desinviste* la representación-cosa del obje­to y se desvía esa investidura Inc. al yo. Este proceso consiste en el narcisismo* por excelencia, el deseo Inc. del objeto está desinvestido. Repitamos: no hay deseo Inc. del objeto en estas afecciones, se retiró la investidura de la representación-cosa Inc. (ésta configura el deseo Inc. del objeto, el motor del aparato psíquico). Quedan, sin embargo, representaciones Prec. que no representan a las Inc. sino que ocupan el lugar que dejaron aquellas al desinvestirse. Por lo tanto se rigen por sus mismas leyes (el proceso primario*). Así se configuran los delirios* paranoides que, quizá exagerando, hasta podríamos decir que son deseos Prec. del objeto sin sustento en un deseo Inc. Intentos de recons­trucción* del deseo del mundo objetal, pero no desde lo profundo del aparato psíquico, sino únicamente desde las palabras. Pala­bras que dejaron de ser significantes, y ahora remedan el signi­ficado.[José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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