Diccionario de Psicoanálisis



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Cosa (del mundo)

José Luis Valls


[freud.] La cosa del mundo es aquello referido al mundo exterior, a la realidad* externa, en la que ocupa un lugar privilegiado el objeto*, el semejante, pero en la que ciertamente participa la Naturaleza y el mismo cuerpo biológico. Freud en el Proyecto de psicología dice que el mundo exterior está compuesto por «masas en movimiento, y nada más» (1895-­1950, A. E. 1:353). Nuestro aparato perceptual* les presta cualidad* al percibirlas, haciéndolo con más precisión al descri­bir que en realidad se percibe una característica temporal de sus movimientos (el «período»*). La cosa del mundo, entonces, es la cosa objetiva percibida a través de la subjetividad. La ciencia pretende conocer cada vez más esta cosa objetiva, o quizá se conforme con una forma coherente y racional de subjetivizarla. Los complejos perceptivos que se nos presentan entonces, entre los cuales el del objeto o el semejante es el privilegiado pues es el que está más directamente relacionado con la satisfac­ción de los deseos*, están compuestos de una parte central y de atributos. La parte central se repite y es intrínseca a la cosa, no la podemos conocer, comprender*. Los atributos son la otra parte. A éstos los podemos aprehender, hacer nuestros a través de imitar sus movimientos, momento en el que los comprendemos. Sabemos lo que significa mover la mano cuando lo hacemos, comprendemos el significado de la risa cuando nos reímos, o del grito o el dolor (tanto es así que para poder sentir el placer sádico se debe pasar por la experiencia masoquista primero: el sádico goza identificatoriamente el placer* del masoquista). Compren­demos, entonces, al semejante cuando hacemos pasar por nuestro cuerpo -por una investidura* de un determinado movimiento corporal- sus atributos. Aquellas partes de él con las que no podemos hacerlo -sus rasgos, lo propio de él que no responde a su manera de moverse- corresponden a su núcleo cosa, intrínseca a ellos, incognoscible, inasible, por lo tanto, para nosotros. Esas cosas del mundo incomprensibles, que no podemos com­prender por no pasarlas por una investidura corporal, quedan entonces como objetivas, cantidad de excitación* no ligable por el aparato psíquico*, quedando fuera de él. Lo que al decir de Kant configuraría la «cosa en sí». Freud no agrega nada teórico a este concepto kantiano; lo que hace es integrarlo a su teoría de la cura. Es más, las partes no comprensibles, no ligables con una representación*, se pueden tornar traumáticas, fácilmente se unen con el monto libre de pulsión de muerte* pugnando por una repetición más allá del principio de placer*. El mundo interior al aparato psíquico empieza por tener representaciones de las cosas, no las cosas en sí sino las huellas subjetivas de éstas. Esencialmente son las huellas de los objetos, es más, podríamos decir que de la historia del vínculo con ellos. Vínculo que se hizo a través del aparato perceptual (recorde­mos que las zonas erógenas* son parte de éste) que las subjetí­vizó en el momento de su percepción* y mucho más a poste­rior¡*. Aquellas que no pudo subjetivizar, quedaron como las «cosas del mundo», «masas en movimiento», cantidades de exci­tación -traumáticas por lo tanto- que pueden compulsar al aparato psíquico a su repetición en un intento de comprenderlas, o aliarse con la pulsión de muerte y quedar en mera compul­sión repetitiva*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Creencia (en la realidad)

José Luis Valls


[freud.] Se dice que el yo* cree que algo es real cuando es percibido por los sentidos, cree en ellos, en lo que le muestran de la realidad*. Para ello el yo sobreinviste* el aparato percepción* consciencia (PCc.) con energía atentiva, e incluso puede realizar el examen de realidad*, por lo que deberá realizar movimientos, estudiar lo percibido, etcétera. Cuando se retira investidura* del aparato perceptual* (como en el sueño*, o en algunas psicosis* como la amencia de Meynert*, incluso la psicosis histérica), se puede producir una regresión* tópica de la actividad del pensa­miento*. Se pasa, entonces, de representación-palabra* a repre­sentación-cosa* (imagen), y al estar el polo perceptual* poco investido, se percibe el deseo* -o la contra¡ n vestidura* defensi­va contra él, como en la psicosis histérica- como real, como alucinación* (en los casos descritos aquí, generalmente visual). El polo perceptual (PCc.) registra en ese caso percepción* y el yo entonces le da creencia a esta percepción, la siente como real, y sus afectos* se expresan en consecuencia. En el sueño, la inmovilidad del aparato muscular hace que se saltee el examen de realidad, el que vuelve a surgir al despertar. En las psicosis anteriormente mencionadas -amencia de Meynert y psicosis histérica- la desinvestidura* del aparato perceptual por un lado, hace que se registre percepción de lo que es una fantasía* realizadora de deseos, y la fuerza del deseo que se realiza con la alucinación sumada a la momentánea debilidad yoica para inhibir la alucinación; por el otro, hace que se deje de lado el «examen de realidad»*. En la «esquizofrenia», en cambio, no hay regresión de palabra a cosa. Las alucinaciones son predominantemente de palabras, las que son escuchadas como provenientes del exterior. En esta afección el yo y el superyó* han sido proyectados al exterior, o sea devueltos a su lugar de origen (la identificación* se había producido con los objetos* exteriores). Pero de allí retornan como palabras escuchadas. En los grados avanzados de esqui­zofrenia el aparato psíquico* está casi destruido, y aunque los restos del yo intenten realizar el examen de realidad, éste no alcanzará para distinguir el adentro del afuera, dada la magnitud de la alienación (el yo es más exterior que interior, como cuando se era bebé). Para el aparato psíquico todo lo que es percibido por el sistema percepción consciencia es lo real. Él no se mueve en busca de la realidad sino de la identidad con lo deseado. Mejor dicho, quiere «reencontrar» a lo deseado en la realidad (Proyec­to de psicología, 1895; La negación, 1925). Por eso todo lo percibido es estudiado por el pensamiento, para lo que se realiza un juicio de existencia* y un juicio de atribución*. Se puede entonces llegar a la conclusión de que el objeto existe, y que tiene determinadas características. A través de estas características justamente, el yo tratará de encontrar la identidad de pensamien­to*. Buscará, utilizando el pensamiento y estudiando en forma minuciosa sus atributos, hasta dónde se acerca el objeto -ése en cuya existencia se creyó- al deseado. Así, con esta complejidad debida a que lo que se busca encontrar es lo deseado (incluyendo que lo que no se busca es lo temido) podemos hablar de un examen de realidad. Se complica más al incluirse la pulsión de muerte*, pues los deseos, entonces, incluyen mezcla pulsional* con ella; de todas maneras el examen de realidad no varía, lo que sí lo hace es aquello que se trata de hallar en la realidad. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Cualidad

José Luis Valls


[freud.] Característica que adquiere un fenómeno cuando es percibido por un sujeto a través de su sistema percepción consciencia (PCc.). La cualidad entonces es perceptual, es parte de la subjetivización de las «cosas de] mundo»*, incluso una manera que tiene el aparato psíquico de defenderse de las cantidades de excitación* exteriores. En el mundo real exterior no existen mas que «masas en movimiento» (Proyecto de psicología, 1895-1950). El aparato perceptual* las percibe como cualidades, lo hace hasta que llegan a un máximo más allá del cual son registradas como dolor*, y con un mínimo, debajo del cual no se perciben. En el medio todos los matices de las cualidades: los colores, las formas, los olores, en fin todo lo percibible por los sentidos. El PCc. percibe como cualidades las masas del mundo exte­rior y percibe también sus propios cambios energéticos, de manera que los aumentos de energía son sentidos como displacer* y las disminuciones como placer*. Cuando aparece el lenguaje*, la palabra puede ser percibida como una percepción* cualitativa exterior, pues ha sido emitida con el habla y por lo tanto ha sido oída. En consecuencia el sistema de percepción consciencia (PCc.) puede percibir de esta manera las relaciones entre sus representaciones -cosa* gracias a las representaciones-palabra* que las simbolizan, moderando merced a la acción inhibidora del yo* Prec., los pasajes entre ellas, característica propia del proceso secundario*, cuya máxi­ma expresión es la actividad de pensamiento*. Luego, gracias a la memoria sobre las emisiones de las representaciones-palabra, este proceso puede obviarse y percibirse el pensamiento sin necesidad de volver a ser emitido como palabra, tornándose automático. Toda cantidad de excitación que proviene del cuerpo al ligar­se a representaciones* (por ejemplo: la pulsión* o el deseo*), toma entonces cualidad representacional, la que no es cualidad perceptual, pero que nació de ella. Es el recuerdo ahora deseado, buscado, de volver a encontrarse con la cualidad perceptual, con el objeto* que la produjo. Para ello se requerirá realizar la acción específica*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Culpa, conciencia de

José Luis Valls


[freud.] Tipo de culpa también llamada «angustia* social»* que se produce cuando el sujeto realiza actos no bien vistos o prohibidos por la autoridad. Cuando en los niños todavía no se ha instaurado el superyó*, es el único tipo de culpa posible. En el adulto, se suma la angustia de la consciencia moral* o del superyó o sentimiento de culpa*, siempre que se realizan actos contrarios a las leyes que rigen la comunidad social. Éste es, por ejemplo, el caso de las perversiones*, como la homose­xualidad*, que puede producir consciencia de culpa o angustia social. El individuo se siente condenado por la comunidad, lo que aumenta su aislamiento* narcisista; o intenta contrarrestarla buscando ser aceptado por ella, sea con actitudes conciliatorias, sea con actitudes altaneras y desafiantes. También es el caso de las personas que cometen delitos conscientes contra las leyes sociales, de los que luego se arrepienten. La consciencia de culpa se expía con el arrepentimiento, merced al cual se recuperan el amor* de la autoridad, en el niño, y la reinserción en la comunidad, en el adulto, quien además deberá cumplir las penas impuestas por la comunidad humana para el delito cometido. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Culpa primordial

José Luis Valls


[freud.] En la hipótesis freudiana culpa originaria de la cultura* humana sentida por los hijos, hermanos aliados, que cometieron el asesinato del padre primordial de la horda primitiva*. Como la relación con el padre incluía admiración, y por lo tanto amor*, al descargarse el odio* quedan la añoranza* y la culpa por la cual se inhibe definitivamente la pulsión* incestuosa y parricida, instaurándose el superyó*. Estos sucesos, deducidos según la lógica freudiana, apoyada en los estudios antropológicos de la época -Darwin, Atkinson, Robertson Smith- pero avanzando sobre ellos a partir del descubrimiento de las fantasías* Inc. de sus pacientes, se deben haber producido en la prehistoria según la hipótesis freudiana. Freud piensa que por un lado son heredados por cada sujeto, a través de las «fantasías primordiales»* y los «símbolos universales»* y por otro vueltos a vivir por cada sujeto «haciéndolos suyos», durante el período de su complejo de Edipo*. Entonces los deseos de muerte hacia el padre suelen desplazarse a un animal (relicto totémico) y originar las fobias* infantiles. La culpa primordial habría sido generada por aquellos actos que hicieron posible la cultura. La humanidad deberá pagar esa conquista eternamente con esta sensación displacentera, que se hará carne al revivir cada individuo una historia similar. Las religiones hablan de «pecado original». En el cristianismo, religión del hijo, éste ofrece su vida como redención para pagar una ofensa de la humanidad a Dios Padre. ¿Y cuál puede ser la ofensa que se paga con la muerte si no la muerte misma (ley del talión)? La muerte del padre de la horda primitiva, que deriva primero en Tótem, animal sagrado y luego recupera la forma humana en el Dios Padre. Con esta culpa nacen la moral, las religiones, la ética, las prohibiciones máximas de toda cultura: la del incesto y la de matar. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Culpa, sentimiento de

José Luis Valls


[freud.] Tipo especial de angustia* que siente el yo* ante el superyó* cuando sus atributos se alejan del ideal del yo* exigido por aquel; también lleva el nombre de «angustia de la consciencia moral»* o «angustia ante el superyó»*. Al ser ésta una angustia yoica que se siente ante otra estructura interior al aparato psíquico, no cede con el arrepentimiento, pues el superyó, que proviene en parte del ello* y es en sí una contrainvestidura* contra sus pulsiones*, tiene noticias directas del deseo* inconsciente*, de la pulsión sexual*, que aunque reprimida sigue existiendo. Por lo tanto el sentimiento de culpa se sigue sintiendo en este caso independientemente de los actos y de las fantasías* conscientes o preconscientes*, pues proviene de las pulsiones reprimidas inconscientes. Dándose el efecto de que a mayor beatitud del yo -mayor contrainvestidura, formación reactiva* o incluso sublimación*-, mayor sentimiento de culpa. Se podría decir que una consciencia de culpa proveniente desde la autoridad exterior inicia la sofocación* de la pulsión. Luego, posteriormente a los sucesos edípicos, se instala el superyó, con su sentimiento de culpa o angustia ante la consciencia moral, consciencia moral que se dedica en adelante a sofocar más y más a las pulsiones y a castigar al yo por no conseguirlo. El sentimiento de culpa es inherente entonces -claro que en diferentes grados- a la estructura del aparato psíquico* humano, es universal. Se lo observa en todas las neurosis y origina el frecuente sentimiento de inferioridad, pero especialmente aparece en la neurosis obsesiva* y en una afección narcisista como la melancolía*. En la neurosis obsesiva se expresa en los autorreproches*, la escrupulosidad, en algunos síntomas* como ceremoniales*, etcétera, los que son producidos por mecanismos de defensa* ante esta angustia de la consciencia moral, y que en la neurosis obsesiva puede ser o no conocida por la consciencia*. En la melancolía, el sentimiento de culpa ocupa todo el cua­dro. Es culpa: consciente por lo tanto, lo que desconoce el sujeto Y es la causa. El superyó se ensaña sádicamente con el yo identi­ficado con el objeto*, yo que masoquistamente se somete al superyó sádico. El sentimiento de culpa es, paradójicamente, causa de delincuencia, como sí el yo buscara alivio teniendo una causa real para esta displacentera sensación; ésta resulta una explicación interesante para algunos casos de personalidades asociales (véa­se. «Los que delinquen por sentimiento de culpa»). Un integrante bastante común de las fantasías Prec. o Ce. que generan sentimiento de culpa es la masturbación* de la pubertad. A través de ella se esconde toda la sexualidad infantil* reprimi­da, cuya actividad es casi exclusivamente autoerótica* y de la que su segundo nivel de masturbación está cargado de fantasías incestuosas y parricidas, precisamente las edípicas. Las fantasías perversas onanistas y masoquistas de algunos adultos (como las fantasías de Pegan a un niño (1919) o fanta­sías de paliza), llevan entrelazados entre sus motivaciones procesamientos del sentimiento de culpa. Por ejemplo el masoquismo* femenino (presente más en el varón) y mucho más el masoquismo moral, en que el sentimiento de culpa es parte principalísima, aunque inconsciente. Respecto a los grados de mezcla* de las pulsiones Freud expone la hipótesis de que «cuando una aspiración pulsional sucumbe a la represión, sus componentes libidinosos son tras­puestos en síntomas, y sus componentes agresivos, en sentimien­to de culpa» (El malestar en la cultura, 1929-30, A. E. 21:134). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Culpa, sentimiento inconciente (o necesidad de castigo)

José Luis Valls


[freud.] Tipo especial de resistencia* a la cura de la enfermedad y al bienestar, generada por el superyó*. Éste quiere penalizar al yo* (culpable según aquel), con la permanencia del sufrimiento que le causa su enfermedad. Es probablemente la más difícil de superar de las resistencias. Se suele manifestar en la clínica como «reacción terapéutica negativa»*, es decir, cuando avanzado el tratamiento, al concluir una construcción* que devela el significado inconsciente de un síntoma* o de un rasgo de carácter* del yo, en vez de desaparecer el síntoma o producirse cambios en el yo, se agravan ambos, como si el paciente se aferrara a la enfermedad, sin saberlo. La culpa no es sentida. Es la deuda que se cobra el superyó con el sufrimiento del yo causado por la enfermedad. Se manifiesta también en un tipo de personas a las que Freud llamó «los que fracasan al triunfar»*. Cada vez que se les está por cumplir algo muy deseado, lo evitan o tratan por todos los medios de que no suceda; o enferman somáticamente o comienzan a tener accidentes. En éstos, la culpa se infiere de la conducta que denota la necesidad de ser castigado*. El término sentimiento inconsciente de culpa es incorrecto entonces, pues no hay aquí ningún sentimiento. Se llega a la conclusión de la existencia de la necesidad de castigo, por el aferramiento al sufrimiento producido gracias a la permanencia de la enfermedad, en algunos casos, o a los diferentes tipos de castigo sufridos, en otros. El grado de mezcla o desmezcla* de pulsión de vida* con pulsión de muerte* (con cierto predominio de esta última), están en directa relación con este tipo de fenómenos, prestos a agre­garse en las causales en cuanto éstas se lo permitan. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Cultura (humana)

José Luis Valls


[freud.] Freud la define como a todo aquello en lo cual la vida humana se ha elevado por encima de sus condiciones animales y se distingue de la vida animal. Se distinguen dos aspectos: por un lado, todo el saber y poder ­hacer que los hombres han adquirido para dominar las fuerzas de la naturaleza y arrancarle bienes que satisfagan sus necesidades; por el otro, comprende todas las normas necesarias para regular los vínculos recíprocos entre los hombres y, en particular, la distribución de los bienes asequibles. La cultura es, entonces, una creación del hombre; está edifi­cada sobre una compulsión* y una renuncia de lo pulsional. Paradójicamente es una creación humana y el peor enemigo de la cultura es el hombre mismo. Freud hipotetiza el origen de la cultura en el complejo de Edipo*, Tiene antecedentes: la bipe­destación, o sea el pasaje a la postura vertical que aleja al hombre de los estímulos olfatorios, y la separación de los perío­dos menstruales como forma de atracción del objeto* sexual. Pasan a tener mayor relevancia los estímulos visuales (ante la visualización directa de los genitales) y posteriormente los auditivos. (La alteración interna* como expresión de las emociones mediante el grito que deviene en llamado al objeto, los ruidos de la escena primaria*, y por último la aparición del lenguaje* y con ello la posibilidad del pensamiento* consciente y precons­ciente merced a la palabra y su significado.) Otro escalón en el acceso a la cultura es el aprendizaje del control de esfínteres, del que nace el afán cultural por la limpieza (El malestar en la cultura, 1930). En Sobre la conquista del fuego (1932) hipotetiza que la cultura se estructura también sobre la renuncia pulsional al placer* de extinguir el fuego mediante el chorro de orina. La hipótesis freudiana expuesta en Tótem y tabú (1913) explica el advenimiento definitivo a la cultura gracias a la represión* de los deseos* sexuales y agresivos provenientes del complejo de Edipo. Los hijos no soportan al padre omnímodo, jefe de la borda primitiva*. Se le rebelan. Le asesinan. Se establece la prohibición del incesto.. Toda cultura se edificaría sobre estas dos básicas prohibiciones: la del incesto y la de matar. El ser humano es apto para entrar en la cultura una vez que reprimió su sexualidad infantil*, una vez que se instaló en su aparato psíquico un superyó*. La historia de la humanidad desde sus orígenes es una lista interminable de matanzas y luchas por el poder. Así y todo la cultura perdura. ¿Cómo hace la cultura para dominar las pulsiones*? Les asigna un representante dentro del aparato psí­quico* de cada individuo, llamado superyó*, encargado de domi­nar las pulsiones sexuales* y destructivas, incluso apelando a armas a su vez más destructivas, pues este superyó liga pulsión de destrucción* y pulsión de muerte* en su interior para defen­derse de la pulsión sexual, ¿con el objetivo de adecuar ésta a la cultura? La masa* humana se vincula por pulsiones homosexuales de meta inhibida (la ternura, la amistad), que son las que establecen los lazos culturales. Las grandes creaciones de la cultura surgen también de la inhibición* de la meta de las pulsiones sexuales para que éstas sean aceptadas socialmente. Este producto y este proceso llevan el nombre de sublimación*. Tenga o no el hombre un «pecado original», la cultura tiene un «problema original». Ha sido edificada sobre la sofocación* de las pulsiones. La sofocación no puede sino generar un malestar, también la existencia de las neurosis y enfermedades mentales en general, como formas del padecer humano, un alejamiento de la posibilidad de felicidad. La sublimación desexualiza a la pulsión. Lo que implica desmezcla pulsional*, por lo tanto liberación de pulsión de muerte o destrucción, con lo que la cultura tendería radicalmente a la destrucción (El yo y el ello, 1923; El malestar en la cultura, 1929-30). En esta contradicción dialéctica se mueve la cultura, creación humana que cambia la naturaleza, que llena de prótesis al ser humano haciéndolo cada vez más poderoso, poder que puede generar su propia destrucción. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Curación por el amor

José Luis Valls


[freud.] Fantasía* de curación del neurótico (opuesta por lo general a la analítica y utilizada a menudo como resistencia* contra el tratamiento) que «busca, entonces, desde su derroche de libido en los objetos, el camino de regreso al narcisismo, escogiendo de acuerdo con el tipo narcisista un ideal sexual que posee los méritos inalcanzables para él» (1914, A. E..14:97). Se ama en estos casos a lo que posee el mérito que falta al yo* para alcanzar el ideal, característica del neurótico, quien inviste excesivamente sus representaciones* de objeto* en detrimento de las del yo. A veces el paciente llega al tratamiento en busca de esto, conseguir el amor* de un objeto. Si lo consigue, por algún levantamiento transitorio de la represión*, piensa que ya está curado. A veces esto se concreta en la persona del analista. Se genera en este último caso el amor de transferencia*, una de las resistencias más fuertes al tratamiento. «Este plan de curación es estorbado, desde luego, por la incapacidad para amar en que se encuentra el enfermo a conse­cuencia de sus extensas represiones» (Introducción del narcisis­mo, 1914, id.). Durante el tratamiento, al levantarse algunas represiones, el paciente suele elegir un objeto de amor idealizado. A la satisfac­ción de este amor confía, entonces, su completo restableci­miento. Ésta no es la curación psicoanalítica. Si no están levantadas la mayoría de las represiones, reconstruida toda la época de la sexualidad infantil* y la constitución del yo, no están cumplidos los objetivos del psicoanálisis. Éstos siguen siendo el levanta­miento de las represiones, de todas ellas, por lo menos las representaciones primarias*, y la posterior «reelaboración»* de lo reprimido, el relleno de las lagunas mnémicas -las que eran producidas por las represiones- y el advenimiento del yo sobre el ello* (el domeñamiento de la pulsión* del ello por parte del yo, conociéndola y aceptándola como propia). Podríamos contentar­nos con el desenlace de la curación por el amor «[ ... 1 si no trajera consigo todos los peligros de la oprimente dependencia respecto de ese salvador» (1914, id. 98). La curación psicoanalítica busca el desarrollo del proceso secundario* a través del conocimiento del proceso primario*, busca domeñar a las pulsiones merced a su conocimiento, a su ligadura. La posibilidad de vivenciar y expresar el amor, distinto de esta «curación por el amor», es buscada por el tratamiento. Una verdadera relajación de la represión de la sexualidad infantil con reelaboración de ésta, permite al yo, por ejemplo, la posibilidad de amar al objeto sin necesidad de tener que reprimir sus deseos* incestuosos inconscientes. De hecho el yo es fuerte, entre otras cosas, por su capacidad de amar, y porque no necesita tanto del ser amado para mantener su autoestima; es más libre del objeto aunque también necesite de amarlo y ser amado, enriqueciéndose en ese amor. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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