Diccionario de Psicoanálisis



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Condensación

José Luis Valls

[freud.] Una de las formas características de funcionamiento del proceso primario* respecto de las representaciones-cosa*, aun­que en ocasiones también respecto de las representaciones-­palabra*, propio del Inc. Se origina en la tendencia a la identidad de percepción* con que funciona el inconsciente*. Es un tipo de mecanismo que se ve clínicamente en los sueños*, en algunos síntomas*, actos fallidos*, mitos*, etcétera. Merced a la condensación los distintos elementos se unen por sus atributos, que permiten vinculaciones, sean de analogía*, sean de contigüidad*. Éstos son confundidos por el proceso primario con identidades. De manera tal que un elemento, por el hecho de estar cerca de otro, es éste y aquel, o por el hecho de tener un atributo similar, también ser los dos. Existen diferentes tipos de condensaciones: a) Un solo elemento es varios a la vez (elemento común intermedio de¡ sueño). b) Por el hecho de estar varios elementos unidos se genera una figura nueva con diferentes atributos de cada uno de ellos (persona de acumulación). e) Sumadas todas las características, los elementos comunes aparecen resaltados y los diferentes borrosos persona mixta. La condensación forma parte del “trabajo del sueño”* y sirve también a los fines de la censura* pues los elementos que apa­recerán en el sueño, condensados, serán inentendibles para la consciencia*. Por la condensación el contenido manifiesto del sueño* es escueto, en comparación con su contenido latente* (las asociaciones* que parten de aquel). Sufren condensación también los síntomas, principalmente los histéricos y todos los productos del inconsciente, como el chiste*, los actos fallidos, etcétera. La condensación se produce con energía libre*, con un nivel de ligadura entre energía de investidura* y representación*, que permite un libre desplazamiento* de la energía de una represen­tación a otra. Por efecto de la condensación una representación es muchas a la vez (lo que habla de sobredeterminación) y está entonces sobreinvestida*, o muchas representaciones se mezclan entre sí. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Conflicto psíquico

José Luis Valls


[freud.] Un conflicto se produce cuando existen dos tendencias de sentido opuesto que chocan. La noción de conflicto psíquico implica dinámica mental y pertenece a la esencia misma del psicoanálisis. Por supuesto no siempre los conflictos son patológicos o generadores de patología. Pero podríamos recordar que cual­quier conflicto consciente puede reactivar a conflictos incons­cientes que le subyacen y, en ese caso, ayudar a la aparición de neurosis*. Además, un yo* con un carácter* que en forma fre­cuente tiene tendencia al conflicto, es fuente potencial de pato­logía. Consideramos diferentes períodos de desarrollo libidinal. En cada uno predomina una determinada zona erógena* sobre las demás. A través de las zonas erógenas se suceden diversos ti­pos de conflicto: entre amor* y odio*, o entre activo y pasivo* (ambivalencia* con el objeto*, en ambos casos), entre libido* objetal y narcisista, o entre las pulsiones* libidinales y el yo que se angustia y defiende de ellas. También el yo debe afrontar continuos conflictos con el ello*, el superyó* y la realidad*. Debe mediar entre todos estos facto­res y lograr una síntesis. Cuando no lo consigue tendrá que escindirse (véase: escisión del yo). El conflicto por excelencia -una especie de núcleo al que los demás conflictos se van a referir- es el edípico, un complejo sumamente “complejo”. En el varón, se origina el conflicto de amor y odio al padre por sentirlo rival de su deseo* que se ha convertido en incestuoso (complejo de Edipo positivo); o un conflicto entre el deseo homosexual al padre y la angustia de castración* que aquel implica (complejo de Edipo negativo). También conflicto entre aceptar o no la existencia de la castra­ción, y otros más. Todos estos conflictos deberán ser superados por el yo me­diante una síntesis satisfactoria; de lo contrario se reactivarán cuando aparezcan situaciones semejantes en la vida, o ante una intensificación pulsional se potencien con ella conflictos que en otras circunstancias habían logrado cierto nivel de solución. En última instancia, todos los conflictos neuróticos suceden entre las tendencias libidinales y las exigencias de la realidad social, esta última ubicada dentro mismo del aparato psíquico (el superyó y el mismo yo, son marcas de lo social dentro de aquel), agazapada, buscando conflictuar, está la pulsión de muerte*. Sucede que las tendencias libidinales pertenecen a las pulsiones de vida* pero no dejan de estar mezcladas con diversas propor­ciones de pulsión de muerte, de las que probablemente provenga el diverso grado de ambivalencia y la mayor tendencia conflicti­va. Además, sabemos que el superyó es una contrainvestidura* libidinal que pide ayuda a la pulsión de muerte para acabar con la libido. Esta “ayuda” puede tornarse excesiva, como en la melancolía*. El superyó, entonces, resulta “una suerte de cultivo puro de las pulsiones de muerte” (El yo y el ello, 1923, A. E. 19:54). De esta manera compleja e intrincada, en la que la pulsión de muerte muda está representada por el grado de mezcla pulsional con la pulsión de vida y sus representaciones*, podemos entonces hablar de conflicto entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Construcción

José Luis Valls


[freud.] Una de las armas principales del arsenal terapéutico psicoanalítico. Consiste en el rearmado lógico de las verdades históricas* vivenciadas por un sujeto, a través del análisis minucioso y exhaustivo de un sueño*, un síntoma*, un acto fallido*, etcétera. En general el término «construcción» se refiere a los hechos no recordables. Por lo tanto las construcciones son hipótesis, pero hipótesis que surgen de pruebas valederas provenientes de los datos surgidos del análisis, por ejemplo de un sueño. Una secuencia lógica que sirve como explicación aclaratoria para una serie de conductas, hechos, síntomas, etcétera, posteriores. Se les encuentra nuevas relaciones lógicas a contenidos representacionales que el paciente posee en forma dispersa, no relacionados entre sí, o que están aparentemente olvidados y reaparecen merced a un síntoma, recuerdo encubridor*, acto fallido, sueño, etcétera. La construcción se hace, pues, sobre la historia y principalmente sobre la prehistoria infantil, previa al complejo de Edipo*, e incluso al aprendizaje del lenguaje*. Sin embargo, también se realizan construcciones de épocas posteriores olvidadas por lo traumáticas (ciertos períodos de la adolescencia, por ejemplo). La construcción la hace el analista gracias a los datos aportados por el paciente, en ocasiones es el paciente mismo el que la esboza a partir de asociaciones* previas. Es una manera del levantamiento de la represión*; de reencuentro con lo olvidado, víctima de aquella. La construcción suele despertar recuerdos* y éstos a su vez generar nuevas construcciones, nuevas maneras de comprensión* de la verdad histórica. Con la construcción lo reprimido es puesto en palabras y las palabras pueden ser pensadas, ligadas. Lo que era reprimido pasa a ser integrante del yo* Prec. , el que así se va fortaleciendo. No siempre una construcción despierta recuerdos. Pero si el paciente la acepta, si la siente real y le abre un panorama sumamente novedoso en la comprensión de sí mismo, a los fines de levantamiento de represión puede resultar algo similar al recuerdo. Lo importante es que una buena construcción producida durante el proceso analítico, puede hacer desaparecer síntomas, pero además puede modificar al yo, sus rasgos de carácter*, y generar cambios profundos en él. Pero también puede sucederlo contrario, por ejemplo luego de concluida una construcción, una persona con «reacción terapéutica negativa»*, puede reagravar su sintomatología, pues el sentimiento inconsciente de culpa* o necesidad de castigo* le obliga a permanecer aferrado a su enfermedad. En estos casos suele suceder lo mismo con cualquier otra arma terapéutica, como la interpretación*, el análisis de la transferencia*, etcétera. Otro elemento importantísimo en el armado de una construcción es la compulsión de repetición* que se genera en el tratamiento psicoanalítico. El paciente repite vivencias de su pasado olvidado transferidas a su analista. Cuando se produce en grado moderado la «neurosis de transferencia»* con el analista, se continúa con la construcción incluyendo la repetición transferencial en ella, pues el hecho de ser repetición muestra que su origen está en la historia. La construcción así se va haciendo a medida que aparecen asociaciones y recuerdos de escenas parecidas vividas con los objetos* primarios, o sucesos posteriores pertenecientes al período de latencia*, o a la adolescencia y que incluso ya habían surgido en otras ocasiones referidas a otras situaciones. Al hacerlo ahora en el vínculo terapéutico, dan una impresión acabada de lo vivido entonces por el paciente en su pasado olvidado, se encuentra así el significado de la repetición o nuevos matices de significado que hasta ese momento no habían aparecido. Ese pasado olvidado está presente en la transferencia y ahora es posible comprenderlo, pudiendo ser usado por el yo, por su proceso secundario*. La construcción es entonces un arma terapéutica para hacer consciente* lo inconsciente*, ella tiene connotaciones teóricas profundas, tornándose casi sinónimo de proceso de pensamiento*; pensamiento ejercido en este caso sobre elementos del proceso primario*, recuperando proceso primario y transformándolo en proceso secundario, en yo, el objetivo del psicoanálisis. La palabra «construcción» tiene además un sentido más laxo que la acerca al de interpretación. Por ejemplo: en el análisis de un síntoma, al reconstruir muchos de los hechos pasados en conexión con él y que contribuyeron a generarlo, se encuentra el significado reprimido del mismo. Estos hechos pueden ser recordables, y no por eso deja de ser ésta una tarea de construcción. Ocurre que prosiguiendo la tarea una vez develado el núcleo patógeno de un síntoma, se encuentran otros núcleos patógenos que pueden vincularse con el anterior. Si se analiza de la misma manera la historia de ciertas maneras de ser, características del yo del paciente, se van a descubrir nuevos significados y aparecerán a la luz otros recuerdos e incluso rasgos de carácter más o menos patológicos que hasta ahora no lo habían hecho, los que también traerán nuevos significados. Y el análisis se irá complejizando cada vez más. Pero llegarán momentos en que ya no se encontrarán más recuerdos, faltarán algunas piezas de] «puzzle». Entonces se esbozarán hipótesis que «encajen» con todo el trabajo previo. Tales hipótesis seguramente estarán más cerca de la verdad histórica cuando ensamblen en forma lógica con más piezas del análisis previamente realizado y cuando éste haya sido lo más completo posible. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Contenido latente (del sueño)

José Luis Valls


[freud.] Cantidad de asociaciones*, ocurrencias, recuerdos*, pensamientos*, que expresa el paciente a partir del contenido manifiesto* de un sueño*. Está compuesto por restos diurnos*, o sea por elementos tomados de hechos sucedidos el día anterior, aunque puede haber también en él recuerdos mucho más antiguos. El contenido latente o pensamientos del sueño tiene una extensión muchísimo mayor que la del contenido manifiesto. Es que éste ha sido condensado* en el proceso de «trabajo del sueño»* hasta que resulta terminado el contenido manifiesto. Del análisis y reelaboración* del contenido latente se llega al significado del sueño, al conocimiento de qué deseo* ínconsciente* se realiza gracias a él. Por extensión, a este significado que era inconsciente también puede llamárselo contenido latente, pero en forma estricta lo latente corresponde a los pensamientos preconscientes*, a partir de los cuales el analista puede llegar a los deseos inconscientes reprimidos. Se llegó al contenido latente cumpliendo con la «regla fundamental»*. Por ésta se le solicita al paciente que quite la investidura* de atención* a su censura* consciente* y se deje llevar por las ocurrencias que surgen a partir del contenido manifiesto. Estas ocurrencias son preconscientes y constituyen el contenido latente del sueño. A partir de ellas estará facilitado el camino para encontrar el significado inconsciente del mismo. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Contenido manifiesto (del sueño)

José Luis Valls


[freud.] Es el sueño* tal cual es percibido por el paciente y, por extensión, como lo cuenta al analista. En tanto percibido, el primer caso es un proceso mental que ha sufrido un trabajo por el cual regresa* a imágenes, recibidas como percepciones* por la consciencia* del sujeto durante el dormir. El sueño expresa un deseo* reprimido que se satisface en forma disfrazada. Como relato, el sueño es el retorno a palabras de lo percibido como imagen. Tanto en uno como en otro caso actúa la elaboración secundaria*. Obviamente al contar el sueño el paciente vuelve a darle un manto de inteligibilidad al servicio de la censura* que puede oscurecer más el significado ante la consciencia. Dice Freud en El interés por el psicoanálisis (1913): «El sueño tal como lo recordamos tras el despertar debe llamarse contenido manifiesto del sueño» (A. E. 13:174). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Contigüidad

José Luis Valls


[freud.] Una de las leyes de la asociación*, probablemente la más antigua en el aparato psíquico*. Hay contigüidad en el espacio y contigüidad en el tiempo. A ésta se la llama «simultaneidad». Un hecho se asocia a otro que ocurre simultáneamente o está al lado del que ocurre. Así almacenados en la memoria, pueden ser recordados luego el uno por el otro. Para el inconsciente* la contigüidad se transforma en identidad y entonces un hecho no es recordado por haber estado al lado de otro significativo, sino que pasa a serlo. Así en el «sueño de la inyección de Irma» de La interpretación de los sueños (1900) Irma es la amiga (preferida como paciente por Freud por su docilidad), por el hecho de figurar en el sueño* bajo la ventana contigua, donde había visto a la amiga de Irma. También en el fetichismo* por las pieles o las ropas interiores femeninas Freud atribuye la elección del fetiche al momento anterior (contiguo) al descubrimiento de la castración femenina; por lo que en este sentido no constituirían símbolos genuinos del pene (como analogías* de él), sino que lograrían una especie de retrotraimiento de las cosas a momentos previos al conocimiento de la diferenciación sexual, cuando todavía era válida la teoría sexual infantil* de la madre fálica*. El trabajo del pensamiento* preconsciente* está en distinguir entre contigüidad e identidad, cada vez que el inconsciente se valga de una de ellas para acercar un retoño del deseo reprimido. La contigüidad puede servir como medio para la instalación de otros fenómenos como la transferencia* por ejemplo, o síntomas* neuróticos, incluso delirios* paranoides. En todo delirio existen desplazamientos*, y una de las leyes por las que se desplaza la libido* entre las representaciones* es la de la contigüidad. Lo mismo el fenómeno de la transferencia, producto de «falsos enlaces», algunos establecidos por analogía, otros por contigüidad. A veces el paciente queda en silencio. Si se le pregunta dice que «no se le ocurre nada importante». Después suele admitir que su pensamiento versaba sobre objetos del consultorio del psicoanalista, en sus muebles, etcétera, en todo lo contiguo a él, lo que para su inconsciente es el psicoanalista. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Contrainvestidura

José Luis Valls


[freud.] Investidura* defensiva del yo* a una representación*, contraria por sus atributos, a los de una cantidad de excitación* que penetra en el aparato psíquico* proveniente en ocasiones del mundo exterior, rompiendo la protección antiestímulo* (vivencia de dolor*, situación traumática* actual), o en ocasiones del interior (pulsiones sexuales*, las que necesitan del «a posteriori»* para ser traumáticas). La formación de la contrainvestidura, defensa* extrema, único mecanismo de la represión primaria* (esfuerzo de desalojo), deja una fijación* y en algunos casos, como lo es el de la formación reactiva* -prototipo de contrainvestidura- la inversión de la forma de satisfacción, o mejor dicho, el trastorno del afecto*, respecto de la satisfacción pulsional original. La represión primaria (fijación) es el corolario final de múltiples contrainvestiduras defensivas ante los hechos traumáticos exteriores e interiores ocurridos durante la sexualidad infantil*. Se consolida definitivamente con la represión* del complejo de Edipo* y el establecimiento del superyó*. Del superyó podríamos decir también que es una enorme contrainvestidura, la que termina de instalar la represión primaria, unificando así todas las contrainvestiduras previas, formadas durante el predominio de cada zona erógena* (en unas se forman más contrainvestiduras que en otras, depende esto de los sucesos vividos con los objetos*, dando origen así a los diferentes puntos de fijación). Cada fijación previa -cuando se consolida la represión primaria edípica originando la amnesia infantil* y la culminación de la escisión del aparato en un inconsciente* y un preconsciente*- y toda la sexualidad infantil previamente reprimida es resignificada «a posteriori»* a la luz del complejo edípico quedando en estado de represión. Pugnará siempre por retornar desde lo reprimido, como deseo* Inc. ; a veces lo consigue, siempre que encuentre puntos débiles en la represión. Después de la institución definitiva de la represión primaria y la estructuración del superyó, la represión se realiza sobre los retoños de la pulsión* -incestuosa y parricida- original. Se la denomina, entonces, «represión secundaria»* o represión propiamente dicha. Ésa es la represión observable en la clínica, se establece en un sujeto con un aparato psíquico terminado de constituir, con un ello* inconsciente, y un yo y un superyó que tienen partes inconscientes, preconscientes y conscientes*. La represión secundaria (esfuerzo de dar caza) tiene tres mecanismos: 1) la sustracción de la investidura Prec. (de la representación -palabra*), 2) la atracción ejercida desde la represión primaria hacia el Inc. , y 3) también la contrainvestidura. En la represión secundaria la contrainvestidura es usada para reforzar a la desinvestidura* Prec. ; con el monto de investidura libidinal proveniente de la sustracción se inviste a otra representación, la que así desaloja al retoño de la reprimida, actuando como tapón e impidiéndole el acceso al Prec. También esta contrainvestidura se instala en el sistema percepción -consciencia (PCc. ). Se pueden percibir, en forma contrainvestida afectivamente, los estímulos exteriores de la pulsión sexual reprimida (por ejemplo, el asco* ante los estímulos sexuales) y a veces hasta no se los percibe (como en el caso de la ceguera histérica). La contrainvesfidura de la represión secundaría es a su vez la fuerza contraria al avance del análisis que se muestra clínicamente como una de las resistencias* del yo. Se define a la contrainvestidura principalmente desde dos puntos de vista: económico y representacional. . Es la investidura de otra representación diferente y hasta opuesta a la original. La original es desalojada al inconsciente, del que no podrá volver. , mientras la nueva representación esté actuando como contrainvestidura y el yo Inc. «tratando de dar caza» a toda otra representación cercana o parecida. En el dolor* o los hechos traumáticos externos, se contrainviste narcisistamente el órgano dolorido o dañado. Se percibe, entonces, un gran esfuerzo yoico. Éste retira libido* del resto de los lugares psíquicos y la ubica ahí, en el lugar del cuerpo dañado, luchando por evitar el dolor, restañando el cuerpo herido con el cariño narcisista, y tratando de alejarse de lo traumático. Esta explicación muestra a la contrainvestidura funcionando dentro del principio de placer*. En el caso de que en el hecho traumático la cantidad de excitación sobrepase sus posibilidades, puede entrar a tallar el «más allá» de la pulsión de muerte*, apuntando más, todo el fenómeno, hacia la tendencia a la repetición de lo traumático, como marca la fijación. . Esta repetición será por la necesidad* de repetir la situación traumática para reelaborarla* y recuperarla para el principio de placer, por un lado, o por mera repetición, por otro. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Contratransferencia

José Luis Valls


[freud.] Sentir inconsciente* del psicoanalista vinculado con los contenidos inconscientes o conscientes* del material expuesto por el paciente. Freud aconseja al psicoanalista discernirlo y dominarlo en sí mismo (Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia, 1914-1915). Un ejemplo en el tratamiento psicoanalítico. Cuando se despliega el amor de transferencia* de un paciente (dejo de lado de ex profeso la diferenciación de los sexos, a ese respecto creo que se pueden dar todas las situaciones posibles) por el analista, deberá ser discriminado por éste como. una compulsión repetitiva* en la transferencia* del paciente y no como efecto de sus aptitudes o encantos personales. Afirma Freud que ningún psicoanalista podría ir más lejos en el análisis de lo que le permiten sus propios, complejos- Recomienda, entonces, profundización de sus psicoanálisis personales en los analistas, principalmente en lo que hace a estos puntos. El tema de la contratransferencia fue posteriormente tratado por S. Ferenczi y en especial se puso mucho énfasis a partir de los. trabajos de Melanie Klein y sus discípulos (W. R. Bion, por ejemplo). En Argentina fue especialmente estudiado por H. Racker. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Conversión

José Luis Valls


[freud.] Síntoma característico de la histeria, la que por ello lleva justamente el nombre de «histeria de conversión»*. Fruto de la represión* de una fantasía* de deseo*, retoño, de otro deseo perteneciente a la pulsión sexual* infantil y reprimido primariamente, luego efecto del retorno de lo reprimido*. Genera como formación sustitutiva*, y al mismo tiempo como síntoma*, una hiperintensa inervación somática, unas veces de naturaleza sensorial y otras motriz, sea como excitación o como inhibición*. El lugar hiperinervado se revela como una porción de la representación* reprimida que ha atraído hacia sí, por condensación*, la investidura* íntegra. La conversión al condensar la realización de deseos pulsional con la contrainvestidura*, constituye una formación de compromiso de la que resulta el síntoma conversivo. La condensación predomina en la conversión histérica. En un mismo síntoma están representadas diferentes fantasías que remiten a distintas escenas en las que se vivieron situaciones vinculadas con las fantasías de deseo reprimidas. La conversión se puede formar por mecanismos de asociación* (véase: Elisabeth von R.) (contigüidad*, analogía*, etcétera), o lo hace como símbolo mnémico*, en este último caso no es necesario recurrir a las asociaciones para su interpretación* (véase: Cäcilie M.). La conversión consigue generalmente uno de los principales efectos buscados por la represión (producida por el yo* utilizando la angustia señal* para conducir la energía): el no sentir displacer*. «Lo sobresaliente en ella es que consigue hacer desaparecer por completo el monto de afecto. El enfermo exhibe entonces hacia sus síntomas la conducta que Charcot ha llamado la "belle índifférence* des histériques"» (La represión, 1915, A. E..14:150). El proceso represivo de la histeria de conversión se clausura con la formación de síntomas*. En cambio, los de la histeria de angustia* y la neurosis obsesiva* necesitan recomenzar en un segundo tiempo. En la conversión también existe una importante regresión* yoica, regreso a una fase sin separación de Prec. e Inc., por lo tanto sin lenguaje* y sin censura* (Manuscrito «Panorama de las neurosis de transferencia» 1915). En esa fase el nivel posible de lenguaje era corporal, a través de la mímica, tema éste también tratado por Freud en El chiste y su relación con lo inconciente (1905), cuando describe el fenómeno de lo cómico*. También existe cierto grado de regresión libidinal a la etapa fálíca* con sus objetos* incestuosos y su problemática edípica relacionada con lo fálico-castrado, corno el nivel de diferenciación sexual de ese momento. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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