Diccionario de Psicoanálisis



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Complejo del semejante

José Luis Valls


[freud.] Concepto vertido en el Proyecto de psicología (1950a [1895]). Consiste en una reflexión sobre el origen de la comprensión* de los actos expresivos ajenos. Freud plantea que en el acto de la percepción* se clasifica el complejo perceptivo. Se lo divide en dos partes básicamente: una central, que no cambia y que es esencialmente lo buscado, a la que llama la cosa*, y otra cambiante y factible de relacionar con características propias, que constituiría los atributos de la cosa. Freud extiende este mecanismo de juicio a los semejantes. En éstos hay partes que les caracterizan y que no son pasibles de comprender, simplemente son así y esto es lo central, lo no cambiante del objeto* (sus rasgos, por ejemplo), la cosa del objeto. En los semejantes además hay atributos: el movimiento de sus manos, sus gritos, sus actitudes en general. Los atributos son pasibles de ser comprendidos siendo relacionados con noti­cias del propio cuerpo, moviendo por ejemplo uno mismo las manos, gritando o recordando los propios gritos y lo que ellos significaban o a qué estaban vinculados. Tal es la manera de comprender al semejante, haciendo pasar sus atributos por el propio cuerpo, poniéndose “en su lugar”. Es el “valor imitativo” (1950a [1895]) identificatorio (véase: identificación y narcisis­mo), de toda percepción. El complejo del semejante corresponde al proceso secunda­rio*, a la actividad de pensamiento*, aunque participa en él también el afecto* (los gritos, la risa). Las representaciones­-palabra* no son imprescindibles para este tipo de pensar, ya funciona en el bebé prácticamente sólo con el pensamiento reproductor* basado en imágenes o representaciones-cosa*, y ciertos movimientos corporales (véase: yo). Obviamente, el apren­dizaje del lenguaje hablado, con su representación-palabra, lo complejiza en forma geométrica. El “complejo del semejante”, entonces, consiste en la emisión de un juicio de existencia* y de un juicio de atribución* sobre el semejante. Es realizado por el yo realidad definitivo* en ciernes, y pertenece, en parte, al “examen de realidad”*. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Complejo materno

José Luis Valls


[freud.] Tipo particular de relación de la hija con su madre. Ésta es la primera elección de objeto* sexual para aquella, por apoyatura de la pulsión sexual* sobre las pulsiones de autoconservación*. Es previa a la entrada en el período edípico (preedípica*) y luego deviene edípico-negativa cuando ya pertenece a él, al tomar valor vivencial las diferencias sexuales. En esta intensa relación, más prolongada que en el caso del varón, va creciendo paulatinamente su ambivalencia*, especial­mente al entrar en el período edípico. Es entonces cuando debe abandonarla y reconocer la diferencia de sexos (en este nivel de zona erógena* fálica, reconocerse castrada) cambiando de obje­to*, pasar al padre, de quien podrá recibir el pene-hijo anhelado. En todo este tiempo determinado, el vínculo con la madre se torna cada vez más hostil, generándose a veces fijaciones* que dificultan el pasaje al padre (el vínculo con el padre, de esta manera, de entrada es transferencial del anterior, materno), o este pasaje se realiza con matices pertenecientes a aquel. La niña acepta de mala gana la nueva situación. Debe pelear­se con la madre (hasta entonces primera elección de objeto) y hacerla responsable de su minusvalía, con lo que consigue a duras penas alejársele. Es un pasaje muy doloroso que, si no se supera, retorna en la adolescencia y la torna tormentosa. Como siempre, en su superación -siempre humanamente rela­tiva- intervendrán las series complementarias.“Cuando la madre inhibe o pone en suspenso la afirmación sexual de la hija, cumple una función normal que está prefigura­da por vínculos de la infancia, posee poderosas motivaciones inconcientes y ha recibido la sanción de la sociedad. Es asunto de la hija desasirse de esta influencia y decidirse, sobre la base de una motivación racional más amplia, por cierto grado de permi­sión o de denegación del goce sexual. Si en el intento de alcanzar esa liberación contrae una neurosis, ello se debe a la preexisten­cia de un complejo materno por regla general hiperintenso, y ciertamente no dominado, cuyo conflicto con la nueva corriente libidinosa se zanja, según sea la disposición aplicable, en la forma de tal o cual neurosis. En todos los casos, las manifesta­ciones de la reacción neurótica no están determinadas por el vínculo presente con la madre actual, sino por los vínculos infantiles con la imagen materna del tiempo primordial”. (Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica, 1915, A. E. 14:267). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Complejo paterno

José Luis Valls


[freud.] Tipo de relación del hijo varón con su padre, en ésta hay una importante coincidencia de sentimientos de amor* y odio* (ambivalencia*). Se origina durante el período del complejo de Edipo*, positivo y negativo, pues en ambos casos siente que el peligro de la castración proviene de él. En el adulto es inconsciente*, se apoya fuertemente en la “roca de base”* y, retorna de lo reprimido* a través de las rela­ciones que se establecen con las figuras correspondientes a la línea paterna (los maestros, el líder, Dios, etcétera). Incluso con el psicoanalista, y en este caso constituirse en una de las resistencias* más sustantivas a la cura. Fruto de esa fijación* a este tipo de vínculo ambivalente con la figura paterna original, aparecerán entonces, de manera transferencial, el miedo, el desafío y la desconfianza a cualquier posterior figura paterna sustitutiva. El complejo paterno juega también un rol importante como base de la constitución de la masa*, en la que existe una compul­sión a la repetición* de la historia hipotetizada por Freud; los hijos varones de la horda primitiva* asesinaron al padre (parri­cidio) y establecieron después la alianza fraterna*, generadora de la cultura*. La masa crea al líder al que se somete, al mismo tiempo que comienza a atacarle buscando ocupar su lugar. El complejo paterno puede estar también en la base del delirio* paranoico de persecución. Donde más claramente se lo ve es en la compulsión obsesiva, en la que hay una relación ambivalente del yo* con el superyó*, a la manera que en la infancia lo era la del niño con su padre. En Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica (1910) dice Freud:“En pacientes del sexo masculino las resistencias más sustantivas a la cura parecen provenir del complejo paterno y resolverse en el miedo al padre, el desafío al padre y la incredulidad hacia él” (A. E. 11:136). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Comprensión

José Luis Valls


[freud.] Actividad del pensamiento* por la cual una persona puede entender lo que le sucede a otra, poniéndose en su lugar, sintien­do lo que ella siente o haciendo lo que ella hace, pasando por una investidura* corporal propia (todo esto en forma mitigada y controlada por el yo*, por supuesto). Forma parte del “complejo del semejante”* por el cual el bebé comprende a su madre imitando sus actos. Si ella mueve una mano, comprende qué significa esto al mover la mano propia; si ella llora, la comprende al llorar, si ríe al reír. En adelante será una de las formas del aprendizaje humano. Corresponde, por lo tanto, al proceso secundario*, a la actividad del pensamiento, por el cual los atributos del otro, del semejante, se van haciendo yoicos. En esta forma de pensamiento se percibe el “valor imitativo de una percepción” (Proyecto de psicología, 1950a [1895], A. E. 1:379).Es un mecanismo consciente pero está íntimamente emparen­tado con la identificación* (incluso con la identificación prima­ria directa, en tanto el bebé repite lo que hace la mamá, sin considerar a ésta necesariamente un objeto* separado del yo). La comprensión implica no sólo lo intelectual, sino los sentimientos (la identificación es también la primera forma de amar) y la curiosidad, perteneciente a la pulsión sexual* infantil. Justamente la curiosidad sexual infantil le permite al niño ir descubriendo, a medida que se acerca a la etapa fálica, la diferencia de los sexos. Comprenderá entonces las “escenas primarias”* entre los padres y los hechos traumáticos sufridos previamente. Los com­prenderá “a posteriori”*, al poder sentirlos ahora corporalmente. El niño descubre el genital femenino deseado por la libido* objetal y no puede comprenderlo fácilmente, no puede ponerse en su lugar así como así, pues esto implica para su narcisismo* la aceptación de la posibilidad de la pérdida de su pene. Nada menos que la pérdida de la sede de todas las sensaciones placen­teras que dieron unidad a su yo. La curiosidad infantil sucumbe entonces a la represión*. Origínase así el período de latencia* que se extiende triunfal hasta la pubertad, en que nuevamente será abierto el expediente. Gracias al rebrote de la libido objetal podrá acercarse poco a poco a la mujer y comprenderla como a un ser con genitales diferentes a los propios. Un proceso activo que deberá realizar el yo Prec., con su actividad de pensamiento y su “examen de la realidad”*, los que deben superar sus temores infantiles a la castración, reprimidos, por lo tanto pasibles de hacerse nueva­mente presentes y tornarse eficaces. La comprensión también es usada por la persona adulta, si bien en ésta está mitigada su necesidad de acción para poder comprender. Usa, entonces, por un lado los recuerdos* en imáge­nes, vinculando sus atributos entre sí, utilizando también para ello el universo simbólico de las palabras o las representaciones de ellas, en fin, piensa. Pero en este pensar está incluido el afecto* (la expresión de las emociones), la comprensión, el “ponerse en el lugar del otro”, no es indiferente, conmueve, como dice Freud: “es reconducido a una noticia del cuerpo propio” (1950a [1895], A. E. 1:377). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Compulsión

José Luis Valls


[freud.] Característica irrefrenable propia de algunos actos, ocurren­cias, fantasías*, síntomas*, incluso rasgos de carácter* o limita­ciones del yo*; a raíz de una gran intensidad psíquica aunada a un intenso desplazamiento*. Es decir, representaciones* no inhibidas, no ligadas por el proceso secundario* del yo Prec., quien las siente como algo extraño a él, algo que se le impone desde dentro de sí mismo. Las compulsiones muestran además una amplia independencia respecto de la organización de los otros procesos anímicos correspondientes al yo Prec., estos últimos por lo común permanecen adaptados a los reclamos del mundo exterior real y cumplen las leyes del pensar lógico. Compulsiva es una acción que tiene la lógica del principio de placer*: la no existencia del tiempo y el espacio, de la contradic­ción, en fin, del principio de realidad*. La compulsión proviene de las pulsiones* o de la defensa* contra ellas, la contrainvestidura* superyoica; o lo que es más común, de ambas simultáneamente. Alíes el caso de los síntomas obsesivos, como los ceremoniales y las mismas obsesiones. El paciente suele no llevarse bien con sus compulsiones, las critica, abjura de ellas, en tanto no vayan siendo englobadas por el yo dentro de su carácter y perdiendo la egodistonía, lo que equivaldría a un triunfo del proceso primario* sobre el proceso secundario, del principio de placer sobre el principio de realidad, del ello* o del superyó* sobre el yo. Aunque esto también puede ser visto como lo contrario, como una victoria a lo Pirro del yo, en la que éste se limita a desconocer como propio lo que se satisface fuera de la razón, ya sea la satisfacción o el castigo, o una transacción entre ambos. Otros ejemplos de actos compulsivos son: la masturbación* compulsiva de la adolescencia, con su típico ciclo de autoprohibición-masturbación-culpa-autoprohibición y vuelta a empezar. La cleptomanía, incluso algunas adicciones como la tenden­cia al juego, al alcoholismo y drogadicciones, son, según Freud, derivados inconscientes del ciclo masturbatorio compulsivo (Dostoievsky y el parricidio, 1928b). [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Compulsión a la repetición

José Luis Valls


[freud.] Característica universal de las pulsiones* que esfuerza a retornar a un estado anterior. Es expresión del principio de inercia*, primera ley del movimiento de la física clásica, aplicado aquí a la vida orgánica en general y a la psíquica en especial. Clínicamente se expresa como tendencia a repetir determinado tipo de acciones complejas, recrear situaciones en forma involuntaria, las que son más o menos dolorosas o frustrantes para el sujeto, sin que éste pueda impedirlo.¿A qué estado anterior se quiere volver? A uno en el que el organismo permanecía previo a la aparición de cierto estímulo (pulsiones de vida*, Eros*), o bien a uno previo a la existencia misma del organismo (pulsión de muerte*). Entre estos dos extremos existen todas las variaciones de repetición, o todas las proporciones de mezcla o desmezcla pulsional* posibles. La compulsión repetitiva se presenta en el tratamiento psico­analítico como síntoma* neurótico (típicamente en la neurosis obsesiva*, aunque también en la fobia* y en la histeria), como rasgo de carácter*, también como perversión sexual*. Incluso es rastreable en los delirios* psicóticos. Cuando el hecho traumático es actual da origen a las neurosis traumáticas* con sus sueños* repetitivos típicos. En los “normales” puede aparecer como “neurosis de destino”.Además, especialmente, y éste es el punto más importante para las posibilidades terapéuticas, también se “repite” en la transferencia* que se establece con el psicoanalista. A veces el paciente “actúa” en transferencia episodios de su infancia, gene­ralmente hechos traumáticos reprimidos y a lo que está por lo tanto “fijado”, sea que los pase de pasivo a activo o que los repita tal cual. Aquella neurosis se transforma en esta neurosis, una neurosis transferencial* con su analista; neurosis artificial, si­tuación intermedia entre la enfermedad y la vida; sobre la que el psicoanalista podrá ahora influir en vivo conociéndola y ha­ciendo conocer al yo* del paciente a su pulsión*, de la que se defiende, por qué lo hace y cómo lo hace. La compulsión de repetición es un paradigma del tipo de funcionamiento del inconsciente* con sus “facilitaciones”* y su búsqueda de la “identidad de percepción*”, unas veces querien­do satisfacer el principio de placer*, otras más allá de él, y casi siempre con ambos fines en diversas proporciones. Lo más característico es, entonces, ese buscar la identidad, una situación idéntica, sea ésta una vivencia de placer o una vivencia traumática. Es también una forma de “recordar” después del “olvido”* producido por la represión*. Se transforma por ello en una de las fuertes resistencias* a la cura, la resistencia del ello*. El ello quiere repetir (una forma del recuerdo*), no recordar (en el sentido de recordar con la actividad de pensamiento*). El que quiere recordar con palabras es el yo Prec., el que busca la curación. La meta terapéutica principal, en este caso, es la “ree­laboración”* por el yo Prec. de la situación repetida que se hizo actual en la transferencia, utilizando para ello esta elaboración basada en las construcciones* de las historias de la sexualidad infantil* con sus situaciones traumáticas*. Se consigue así que estos sucesos olvidados y disfrazados reaparezcan en sus repre­sentaciones-palabra*, haciendo que las repeticiones se vuelvan pensables, comprensibles, vinculables con otras representacio­nes por el yo Prec. y su actividad de pensamiento. Recuperando así para la consciencia* del yo, el pasado “olvidado” que volvía en la mera repetición. Freud menciona una “repetición demoníaca”, la más rebelde a la cura, la más resistencial. Probablemente sea la que tenga en sus proporciones de mezcla, más tendencia al retorno a lo inorgánico o a todo lo que se le acerque (pulsión de muerte). Se atribuye a la repetición demoníaca que el paciente deje el trata­miento a mitad de camino, que enferme, luego de curada su neurosis, con afecciones somáticas más o menos graves, que comience a padecer accidentes. A veces es sinónimo de “reac­ción terapéutica negativa”*, cuando el paciente, a pesar del pro­greso del tratamiento, empeora sus síntomas. En estos últimos casos participa el sentimiento inconsciente de culpa* o necesidad de castigo*, el que se compone de pulsión de destrucción* ligada por el superyó* y vuelta contra el yo. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Conciencia

José Luis Valls


[freud.] Freud la define en La interpretación de los sueños (1900) como a “[. . . ] un órgano sensorial para la percepción de cuali­dades psíquicas” (A. E. 5:603) . Se ubica en toda la superficie corporal, por lo tanto es lo que limita al cuerpo con el mundo exterior. Corresponde a los conceptos de: polo perceptual* (véase el esquema del capítulo VII de aquella obra) y al polo percepción-consciencia (PCc. ) (del Complemento metapsico­lógico a la doctrina de los sueños, 1915). La consciencia registra las cualidades* de los estímulos pro­venientes del mundo exterior pero no tiene memoria, no guarda huella de aquellas, está siempre disponible para registrar nuevas cualidades. Las huellas son “archivadas” en otros “lugares psí­quicos” (Prec, Inc. ). Además de registrar los estímulos exteriores como cualida­des, la consciencia registra las sensaciones correspondientes al interior del cuerpo, en una gama que va del displacer* al placer*. Por lo común los aumentos de cantidad de excitación* interior son sentidos como cualidad “displacer” y las disminuciones como cualidad “placer”. En un principio no hay otro tipo de registro cualitativo del mundo interior, a excepción de la alucinación* que surge cuando la tensión de necesidad* en el bebé es muy grande y probablemente tienda a percibir momentáneamente las condiciones de la satisfacción. Pero la frustración*, real, le enseñará a inhi­bir* la satisfacción alucinatoria de deseos*, para lo que irá na­ciendo un yo* inhibidor, antecedente o primera forma del yo realidad definitivo*. Freud describe de varias maneras (no excluyentes) el aparato psíquico*. En la que dio en llamarse la primera tópica, la consciencia es uno de los tres “lugares psíquicos”: inconscien­te*, preconsciente* y consciente. En la llamada segunda tópica (1923) pasa a ser una parte del yo, del que es su núcleo. En el Proyecto de psicología (1950a [1895]) había hablado, quizá sea donde más lo hizo, de la consciencia. La describía, entonces, como compuesta por dos tipos de neuronas* que perciben el mundo exterior: las neuronas fi que registran las cantidades, y las neuronas omega que lo hacen respecto de la cualidad de las cantidades, el período* de la cantidad. Estas últimas serían las propias de la consciencia. A partir del Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños (1915-17) percepción* y consciencia son una misma cosa, la que lleva el nombre de sistema percepción-consciencia (Pcc. ). En Nota sobre la pizarra mágica (1924-25) el inconsciente, por medio del sistema PCc. , envía al mundo exterior unas antenas para tomar muestras de éste y retirarlas enseguida. Son inervaciones tentaleantes que muestran a una consciencia influi­da por el resto del aparato psíquico, básicamente por sus deseos* inconscientes (aunque en un artículo contemporáneo, La nega­ción, 1925, dice que esas inervaciones le llegan a la consciencia desde el yo). De todos modos, entonces, la consciencia no es un simple registrador pasivo de percepciones*, sino que va a la búsqueda de determinadas percepciones y huye de otras. Lo que está íntimamente vinculado con las diferentes magnitudes de atención* que el yo envía a la consciencia. Esquemáticamente los niveles de magnitud son dos: un bajo nivel de investidura* y otro con atención copiosa. Esta última da la nitidez de conscien­cia y es el registro consciente por antonomasia. Si la consciencia adquirió un nivel más alto en el ser humano es porque pudo registrar las huellas mnémicas* como lo había hecho con el mundo exterior en general. Así pudo relacionar a las huellas mnémicas, en formas complejas entre sí, gracias al lenguaje*. Las palabras son sentidas nuevamente como cualidad perceptual (por la audición). Este nuevo tipo de representacio­nes* (las representaciones -palabra*) representan a las represen­taciones de las cosas concretas ante la consciencia. A medida que el aparato psíquico se va complejizando, las representaciones­-palabra significan a cadenas de otras representaciones-palabra, las que de todas maneras tienen a las representaciones -cosa* como significados últimos. Apareció entonces en la consciencia la posibilidad de conocer el pensamiento*. No sólo se perciben las representaciones­-palabra significantes de las representaciones-cosa, sino también las diferentes formas de relaciones lógicas entre ellas (con representaciones -palabra asimismo), lo que utilizado por el yo Prec. , le dio un medio eficientísimo para perfeccionar la acción que cambió “la faz de la tierra”. La consciencia es una parte del yo que también se encarga de realizar el “examen de realidad”*, por el que se distingue entre un deseo interior y una percepción exterior. Al estar en contacto con el mundo exterior funciona como capa protectora de estímulos*, los que así moderados pueden ser procesados por el aparato psíquico. Resumiendo: el yo oficial se forma desde el exterior hacia el interior del aparato psíquico y posee en su porción más externa al PCc. Éste busca ciertos registros por un lado y registra todo lo que percibe por otro (pues lo deseado puede estar en cualquier percepción, lo que muestra la influencia Inc. en las percepciones Cc. ), con un bajo nivel de investidura general. Cuando algo atrae con más intensidad al yo, éste le envía al aparato perceptor (PCc. ) un mayor grado de investidura de atención, registrándose entonces cualidad consciente perceptiva con mayor nitidez. Respecto a los pensamientos, para llegar a la consciencia se va haciendo cada vez más imprescindible en determinado mo­mento de la evolución que se vehiculicen mediante palabras, las que deben estar investidas de atención. La representación-pala­bra sin investidura de atención, o con una muy baja, permanece en el preconsciente (Prec. ). Si a la representación-palabra, representante de la represen­tación-cosa ante la consciencia del yo, se le retira la investidura Prec. y se desplaza* la investidura a otra palabra, de significado análogo u opuesto, por ejemplo, o a una investidura corporal, etcétera, esta representación o inervación corporal funcionará como contrainvestidura*, pasando aquellas al estado de repre­sión*, dejando de pertenecer al yo, con lo que su acceso a la consciencia se tornará imposible si no es levantada la represión. Para las representaciones Prec. existe una censura* de la consciencia (la que funciona restándoles valor, prohibiéndolas, ocultándolas por vergüenza*, etcétera). En realidad esta censura pertenece al yo Prec. , por lo que es factible de hacerse fácilmente consciente con una simple investidura de atención. Por eso el analista le pide a su paciente que la suprima en lo posible (véase: asociación libre), buscando que los retoños de lo reprimido muestren el camino al Inc. , a las representaciones reprimidas. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]


Conciencia moral

José Luis Valls


[freud.] Una de las partes o funciones del superyó*, aquella que realiza la función de juez. La que en la prehistoria infantil y especialmente durante el desarrollo del complejo de Edipo* estuvo a cargo de la figura del padre, otrora admirado como objeto de identificación* anhelada y luego visto como rival en la posesión del objeto* que se ha tornado incestuoso (en el comple­jo de Edipo positivo del varón; en el negativo, se forma por el complejo paterno*; en la mujer en términos generales se va formando de manera diferente y más lenta, culminando hacia la pubertad). La figura de ese padre ya reconocido claramente como objeto con las características del rival (del odio* al rival, producto de la desmezcla* de pulsión de muerte*, viene precisamente la fortaleza extrema que alcanza el superyó, lo agresivo para con el yo* de su “imperativo categórico”) se entroniza en el aparato psíquico* del hijo, generando la estructura superyoica encargada de mostrarle al yo cómo debe ser y cómo no debe ser; por lo tanto, lo que está bien y lo que está mal, nada más y nada menos que las limitaciones éticas. La consciencia moral, en términos generales, se dedica a las prohibiciones, de las que la prohibición del incesto y la prohibi­ción del parricidio son las principales, las que originan todas las demás. La otra parte, subestructura o función del superyó, es el ideal del yo*. Éste se genera desde otra vertiente proveniente del narcisismo* infantil, exigente de omnipotencia, de perfección (como consecuencia de la indefensión infantil, “fuente primor­dial de todos los motivos morales” (Proyecto de psicología, 1895~1950, A. E. 1:363). Al ser partes de una misma estructura -el superyó-, tanto la consciencia moral como el ideal del yo trabajan juntos. La consciencia moral vigila que el yo cumpla con los requisitos del ideal. Sí cumple, lo premia con un aumento de la autoestima*. En caso contrario le castiga con la culpa*. La consciencia moral es heredera del complejo de Edipo. Se instala en el aparato psíquico y resulta de una identificación secundaria* con el padre castrador, la que pertenece al mismo complejo. En ese sentido es un destino de la pulsión sexual* humana o una forma especial de contra¡ n vestidura* que se forma en el aparato psíquico para impedir la satisfacción directa de la pulsión*. En otro sentido es una forma de ligadura que tiene el aparato psíquico para la pulsión de destrucción* (deflexión de la pulsión de muerte), usada por él para mantener a raya tanto a la pulsión sexual anticultural, como a la misma agresión* producto de la deflexión de la pulsión de muerte. En la primera infancia los padres observaban, daban órde­nes, juzgaban y amenazaban con castigos al niño, a partir de la instauración del superyó, éste cumplirá esas funciones con el yo del adulto. Otra vertiente del superyó, decíamos, viene del narcisismo infantil. Es el ideal del yo. La consciencia moral exige al yo ser perfecto como otrora lo era el yo ideal* infantil, ahora ideal del yo, pues esa perfección la aspira el yo para sí. Si las acciones del yo se acercan al ideal, se disipan las críticas de la consciencia moral y la autoestima crece. El yo se siente estimado por su ideal del yo. Pero si la distancia entre el yo y el ideal del yo es grande, crecen las críticas de la consciencia moral y la autoestima desciende, lo que produce sentimiento de culpa. La consciencia moral está formada principalmente de pala­bras, las recomendaciones, amenazas y reconvenciones de los padres. Se origina desde la percepción* Cc. , una parte permanece en la memoria del Prec. y otra parte enraíza fuertemente en el ello*, lo filogenético por lo pronto, y lo pulsional fruto de mezcla y desmezcla de pulsiones de vida* y muerte, que la componen. Por lo tanto también hay una parte Inc. de la consciencia moral y con ello representaciones-cosa* de ella (las representa­ciones temidas). En el Inc. no sólo está lo más bajo; también lo más elevado forma parte de él. [José Luis Valls, Diccionario freudiano]




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