Diario de una Madre de Familia, Conchita



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La Cruz

Abordemos ahora la segunda fase de este tríptico: la Cruz. Su Dios es un Dios Crucificado: es el punto central de su intuición. No Io analizará conceptualmente. Como todos los místicos, Conchita habla con el corazón. Para ella, la Cruz es el signo supremo del Amor. No diserta sobre la Cruz y sobre el Amor: vive de ellos. Es un vaivén constante de su pensamiento entre el Amor y la Cruz, inseparables el uno de la otra. Ve que las almas huyen de la Cruz para desgracia suya, ya que de esa manera huyen del Amor: "Muéstrales la Cruz. Muéstrales el Amor". A sus ojos es una misma cosa. Ella quisiera recorrer la tierra "levantando muy alto el estandarte de la Cruz" porque la Cruz es el único "camino del amor". Surgió entonces el hombre mágico: Jesús. El Amor es Él, y Él está clavado en una Cruz. En la base de su intuición directriz y en la hondura de su vida; para ella Jesús es el Amor Crucificado.

"El que es el Amor quiere hacernos felices por medio de la Cruz, escala única que después del pecado nos conduce, nos aprieta, une e identifica con el mismo Amor.

"¿Por qué, ¡ay!, el lamentable engaño de que las almas huyan de la Cruz y, por tanto, del amor, haciéndose desgraciadas?

"Yo he sentido en el alma lo que un alma vale y con razón el corazón divino se desgarra y sufre al verlas perderse sin remedio, siendo suyas por mil títulos de amor!

"Yo veo ahora, como con la vista iluminada, en todas las cosas creadas la huella del amor. La estela de Dios, las pruebas patentes de su infinita caridad que no se cansa de desbordarse en favor del hombre vil y miserable que nada merece, ¡Oh, y cuánta es la grandeza de ese Dios, abismo insondable de perfecciones! ¿Por qué no le damos todo entero el corazón y vivimos absorbidos por El, confundidos en El?

"¡Amor, Amor! me grita cuanto me rodea y cuando veo a las criaturas engolfarse en las vanidades de la tierra, en el vicio, y en todo lo que no es El siento una pena inmensa que me traspasa y una sacudida del corazón me grita: ¡Sálvalas..., muéstrales la Cruz... sacrifícate por ellas en el silencio y la oscuridad... Y crece en mi pobre pecho el amor de celo y quisiera correr y gritar y mostrarles el Amor, y decirles que cuanto el alma siente es sólo un destello, una ráfaga, un hilo que debe volverse a su centro, confundiéndose en El para hacernos felices. Quisiera levantar muy alto el estandarte de la Cruz y recorrer el mundo enseñando que ahí está el camino para llegar al Amor, que sólo por el Dolor, por las espinas y la sangre y el sufrimiento se sube a la unión con el Espíritu Santo. Que El, y sólo El, es la fuente de todo bien, y la que puede únicamente saciar las infinitas aspiraciones del alma.

"Dolor, Cruz, escalera divina, única por donde el alma sube al tálamo de los divinos amores, que aleja de la tierra y acerca al cielo del corazón divino, ¡Ven, ven a mis brazos, clávame en ti, remáchame contigo, que quiero sufrir, porque el Amor mismo inspiró a Jesús el padecer para enseñarme cómo se amaba! Van desde entonces tan unidos el amor y el dolor, que el que sufre ama y el que ama se goza en el sufrimiento. Jesús amó y sufrió. Yo no quiero, pues, amor sin sufrimiento: porque no es puro, ni verdadero, ni durable, el solo amor sin el sacrificio. Si grande es el dolor, grande tiene que ser el amor, si inmenso es el amor, inmenso también, ¡oh sí! tiene que ser el dolor. Pues venga, sí, sí, lo repito, la inmolación, el aniquilamiento completo, para que venga el amor a llenar Io que la tierra, la escoria de los vicios y las criaturas dejan manchado".

Una respuesta de amor

"No se corresponde al Amor sino por el amor", decía Teresa de Lisieux. En Conchita aparece el mismo ardor heroico por entregarse continuamente al Amor. Su vida es una incesante ofrenda al Amor, pero sobre la Cruz. Lanza este grito sublime: "Si pudiera a tu Ser algo robarte, sólo amor te robara, para amarte".

"Quiero vivir del amor, ¡oh sí! pero crucificándome. Continúa mi alma entre el abismo del amor, viéndolo todo bajo ese prisma. Mi espíritu se siente como absorbido dentro de su Dios y Señor, como viviendo de El, aspirando y respirando a solo El. Me siento como endiosada, en una atmósfera pura y divina, con ansias vivas de sacrificarme en aras del amor, por el Amor mismo.

"¡Oh qué cosa tan agradable es el amor! Quisiera sólo hablar de ese amor, y que todo lo que me rodee, todo lo creado, repitiera millones de veces: ¡Amor, Amor!...

"Iba yo en un tranvía cuando de repente oí la voz del Señor y dijo: 'Tú incendiarás a muchos corazones con el fuego del Espíritu Santo, y las herirás con el santo leño de la Cruz'. Me quedé confundida y avergonzada, pero sentí que todo eso lo haría el Señor, y que solamente sería yo su pobre y mohoso instrumento.

"¡Dios!... ¡Dios!.., ¡Dios!.., yo en estas palabras encuentro abismos de amor, de purísima y ardiente caridad. Yo siento, siento muy en el alma cómo la Cruz se deriva del amor!

"¡Ama!, ¡Ama! me gritan todas las cosas, y una voz interior que sale de la substancia misma del alma me impulsa al sufrimiento, a la humillación, al constante padecer, ¡qué filiación tan admirable tienen el amor y el dolor! Yo como que experimento remordimiento de haberme elevado a esas regiones de caridad divina, y busco la cruz, me quiero clavar en ella, y confiarme en sus queridos brazos; pero ¡cosa más extraña! yo cogida de la cruz y de mi propia miseria me siento arrebatada con miserias y cruz, arrojada dentro de aquel mar insondable de perfecciones.

"¡Ah, Señor, Señor! no tengo de mi parte sino podredumbre, lodazal y miseria! Permíteme poner mi frente en la tierra y clamar desde el profundo abismo de mis iniquidades: ¡misericordia, misericordia!

Las cruces son pedazos de amor que nos atraen hacia Dios, haciéndonos merecer.

"Un único suplicio tiene el amor, el cual consiste en no padecer lo bastante por el Amado, pero este es el gran secreto de la Cruz, que sólo se descubre a las almas que voluntaria y amorosamente se sacrifican en ella, sin descender jamás...

"¿Qué deberé hacer nadando en este abismo de luz y fuego? ¿Cómo deberé, pobre de mí, corresponder a ese Dios, Caridad por esencia, y que tan grande la ha tenido para conmigo? ¡Ah, Dios mío, Dios mío!, yo me muero de ver que nada soy y que te amo... "Si pudiera a tu Ser algo robarte, sólo amor te robara para amarte"...

"¡Oh, sí, sí!, tengo hambre de amor, sed de amor, anhelo de amor, y es muy poco mi corazón para hartarlo de esa inmensidad de amor que se desborda dentro de mí y fuera de mí.

"Es imposible hacer caber el amor de Dios en mi pobre alma y lo que hago es arrojarme yo dentro de ese mar sin riberas, dentro de esa inmensa hoguera, en el fondo sin fondo de la infinita esencia de Dios. No sé hacer otra cosa sino perderme en un pequeño punto, en el inmenso espacio de la posesión de Dios".



Los dos polos

Este tríptico que se despliega ante su mirada contemplativa como un inmenso fresco, se completa en una visión grandiosa y dramática, que le descubre el plan del Universo de la Redención en torno a dos polos: Dios y el hombre, el Amor infinito de Dios por el hombre y el rechazo al amor de una multitud de seres humanos invitados a amar. Entre ambos se yergue Cristo, clavado en la Cruz, entre los hombres y Dios.

"Se me ha aclarado el plan de la Redención, lo veo con lentes de aumento, diré, y con una luz asombrosa. De este mismo campo iluminado se desprende el inmenso, el incomparable amor de Dios para con el hombre, y del hombre para con Dios: son dos polos que se juntan en el abismo de su grandeza...

"Me da miedo ver esto porque me parece que Dios me tomará estrecha cuenta si no las aprovecho amándolo y agradeciéndole.

"Veo maravillada su paciencia eterna y la inconcebible dureza del corazón humano: me parece mentira contemplar a los hombres correr afanosos tras las vanidades de la tierra y el amor de las criaturas y que no se paren a considerar la tremenda deuda que tienen contraída de amor y de dolor, o sea de sangre.

"¿Cómo es posible lo que veo? ¿De qué substancia tan insensible estamos formados? iOh, no! lo que insensibiliza el alma es la vida de los sentidos, esa sensualidad que no busca satisfacerse sino en la molicie y comodidad, encadenando al espíritu y cortándole su vuelo.

"La ausencia de la cruz es la causa de todos los males. ¿Y qué hacemos los que amamos? ¿Por qué no correr y sacudir a las almas y despertarlas incendiándolas con el santo leño de la Cruz? ¡Ah, Dios mío! me siento tan impotente a satisfacer estos frenéticos deseos de mi corazón, que al ver que no puedo volar ni hacer resonar mi voz en las almas como una enorme trompeta, siento hambre de ensañarme contra mi misma y despedazarme y hartarme de cruz para siquiera satisfacer en lo posible conmigo misma, aunque nada valgo, esa necesidad de dar gloria a Dios, que consume a mi pobre y miserable alma.

"¡Amor!, me siento en los umbrales del amor y sin embargo éste me lleva tras sí el corazón, el alma y la vida.

"Veo con aclaramientos de luz, con repentinos destellos, ya lo vano y lo caduco de la tierra, ya Io grande, divino y santo de los atributos de Dios, conociendo como sus detalles, diré, sus movimientos, como agrandándose su bondad. Lo primero que creo que me pasa es que se digna el Señor recorrer ciertos velos, y con esto, claro está que percibo más luz, más calor, más fuego".



Se levanta el telón

Conchita podía concluir: "Siento a Jesús detrás de las puertas de mi entendimiento. Yo experimento hoy su calor, sus rayos, su luz, sus fulgores, como en la comprensión de sus misterios, viéndolos tan claros, tan necesarios y como tan naturales, diré, o en el orden, que sentía mi pecho la necesidad de la Iglesia, la victoria obrada por medio de la Redención, pero como de golpe, como quien alza el telón y toma todos los detalles de la escena" (Diario T. 18, p. 5 ss. enero 25, 1903).

Cristo presente en su inteligencia por su Espíritu de Amor, es quien le ha revelado esta visión del mundo. No es una visión completa: le falta el sacerdocio de Cristo, el papel de María, de la Eucaristía, de la encarnación mística, de la consumación de todo en la unidad de la Trinidad. No es más que un esbozo y como una intuición creadora aún inacabada. Conchita entrevé ya otros horizontes: el misterio de la lglesia y la victoria definitiva de Dios por medio de la obra de la Redención. Es ya, sin embargo, un bellísimo panorama de Dios y del universo. Como en el teatro la escena aparece repentinamente en plena luz, el Verbo había iluminado el alma de Conchita descubriéndole como en un relámpago, en el centro del mundo, su Cruz redentora en la irradiación del Amor infinito.

El destino del hombre

--"Si tamaña distancia nos separa, Jesús mío... si entre esta nada y tu inmensidad hay un abismo, un caos, ¿cómo es posible la unión de estos dos polos?

--"Entre estos dos polos, Dios y tú, estoy Yo hecho hombre. Sólo tu Jesús puede unirlos estrechísimamente. Sin pasar por Mí nadie llega a la inmensidad de Dios ni vislumbra su divinidad; como tampoco sin Mí nadie baja ni tiene luz para conocer la profundidad de su nada. Soy Yo el centro, la puerta, el camino, la luz que ilumina al conocimiento propio y a la contemplación divina. Soy el punto de unión, el Redentor, la Luz, la Vida, el foco de eterna perfección. Estudia este libro, a tu Jesús, y serás santa imitándolo.

"Me dijo cómo El tenía un brazo en la Cruz en un polo, y otro en el otro y que la unión o donde estos se juntaban era en su Corazón". (Diario T. 6, p. 160, agosto 25, 1895).

La visión de universo de Conchita, al igual que la de los místicos, no está orientada a un conocimiento científico de los seres creados, como la del filósofo o la del sabio, sino que desemboca en un itinerario espiritual que conduce al hombre hasta Dios. Es la "ciencia de los santos". Ella pertenece a la raza de los grandes espirituales como una Teresa de Avila, un san Juan de la Cruz, una Teresa de Lisieux, quienes escribieron, respectivamente, un "camino de perfección", un "sendero de la nada" que dirige a las almas hacia la cumbre del Monte Carmelo, o una Teresa de Lisieux, que revela un "caminito" enteramente nuevo, de confianza y de amor, para llegar a Dios. Conchita conduce a las almas hacia Dios por la Cruz. Para ella, la Cruz es el único "camino del Amor"

Una Catalina de Siena dirá que Cristo es el "puente" que nos permite llegar a Dios. Bajo imágenes diversas todos ellos profesan su fe en Cristo, "el único Mediador entre Dios y los hombres", como enseña la carta a los Hebreos. (cfr. Heb 9,15; 10,12.21). ¿Cómo no ver que el Crucificado se halla en el "centro" de esta doctrina de la Cruz?

Después de haber captado, cómo la óptica fundamental de esta espiritualidad es "Jesús y Jesús Crucificado" vislumbrado con la luz superior del Espíritu Santo, nos quedan por analizar los aspectos múltiples y las diversas etapas de este itinerario espiritual: el hombre pecador se aleja del mal por la expiación y la penitencia hasta alcanzar la muerte de su propio "yo", tiende positivamente hacia Dios por medio de la práctica de las virtudes cristianas y de los dones del Espíritu Santo, que encamina a las almas hacia las más elevadas cumbres de la vida espiritual: la encarnación mística, cuyo acto principal y actitud fundamental consistirá en la oblación continua del Verbo encarnado a su Padre, y en la ofrenda total de la propia vida por El, con El, y en El, para la gloria del Padre y la salvación del mundo. Es ésta una presentación nueva del Evangelio de la Cruz.

Si se quiere comprender la espiritualidad de la Cruz es indispensable comprender que el hombre, sujeto de la vida espiritual, es un ser esencialmente pecador. El pensamiento moderno, centrado totalmente en el hombre, nos presenta al hombre marxista, al sabio, al hombre ávido de libertad personal ilimitada, al hombre independiente de Dios y dueño de su propio destino en un universo construido por él y para él. Visión equívoca pero difundida en casi todas partes del mundo por las múltiples formas de humanismo ateo. El Concilio Vaticano II ha replicado a ello mediante la presentación, a la luz de la fe, de la vocación integral del hombre, imagen de Dios, llamado a asemejarse a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre: tanto más hombre cuanto más se parezca a Cristo y entre en comunión con su misterio pascual. Esta visión cristiana del hombre es la que nos revelan los escritos de Conchita.

El hombre solamente en Dios tiene explicación. Tiene su origen en la Trinidad. Pasa por la tierra imitando a Cristo y realiza su destino supremo en su "consumación en la unidad de la Trinidad". Visión sublime, realizadora de las más elevadas aspiraciones de la personalidad humana.

"Dios ha creado al hombre, feliz de formarlo "a su imagen" para atraerlo hacia el cielo" (Diario T. 23, p. 166, 23 de julio, 1906.

"¡Oh!, si el hombre comprendiera el endiosamiento en que vive no pecaría. El es el templo del Espíritu Santo y trasunto de la Trinidad en su alma; es de origen divino, es decir, inmortal y participa de ese Dios en cada acto y respiración; vive por El, y entonces, ¿cómo no vive de El? Aquí está el desorden en la criatura que quiere con el pecado sustraerse a Dios, cosa imposible, porque no podría vivir fuera de Dios, ni borrar de su alma a Dios, por más que manche y oscurezca con sus pecados el reflejo de ese Dios" (Diario T. 38, p. 162, abril 23, 1913).

"Dios creó al hombre sólo para gozar pero el pecado mató estos planes, porque lo manchado no podía ser inmortalmente feliz, necesitaba blanquearse, y para blanquear las almas es precisamente el dolor, que unido a la expiación divina del Verbo hecho carne abrió el cielo volviendo a hacer que el hombre pudiera gozar eternamente" (Diario T. 38, p. 128, abril 18, 1913).

"Inmortal es el alma que lleva en si la imagen de la Trinidad, el germen de la unidad y la tendencia a lo infinito, a lo divino, y por eso en la tierra no encuentra satisfacción completa" (Diario T. 38, p. 115, abril 15, 1913).

"Soy Yo hombre y si Yo no hubiera existido, el hombre tampoco hubiera existido. Ama Dios al alma como reflejo de la Trinidad y ama sólo al cuerpo por ser reflejo mío, hombre perfectísimo, tipo y modelo de todo hombre". (Diario T. 23, p. 249, julio 27, 1906).

A través de estos textos, espigados un poco al azar en el Diario de Conchita, encontramos los elementos de una antropología cristiana que nos presenta una solución al problema actual del hombre; a la luz de la fe de su bautismo, el hombre se le presenta como "una imagen de la Trinidad". Así se une a la corriente de los demás grandes maestros del pensamiento cristiano. San Agustín nos presenta el corazón del hombre insatisfecho mientras no descanse en Dios, porque ha sido creado para "gozar de la Trinidad". Siguiendo a San Agustín, Santo Tomás precisa: "La visión de la Trinidad en la Unidad es el fin y el fruto de toda nuestra vida". "Cognitio Trinitatis in Unitate est finis et fructus totius vitae nostrae" (III Sent. 29,8,1).

Como el Concilio Vaticano II, para comprender al hombre el diario espiritual de Conchita nos invita a mirar a Cristo. Cuanto mayor sea el parecido con El, tanto más se es plenamente hombre. (Cfr. G.S. No. 41).

Ascesis y Penitencia

La visión cristiana de la vida es realista. La fe nos descubre una humanidad pecadora. Todos los libros de la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, hablan del pecado, sin pesimismo desesperado pero con la conciencia de que el hecho central de la Revelación divina es el dogma de la Redención: "Cristo murió por nuestros pecados" (I Cor. 15,3). La predicación evangélica de Jesús y de los Apóstoles, al igual que la de los Profetas del Antiguo Testamento, es una incesante exhortación al arrepentimiento y a la penitencia. Por este motivo la espiritualidad cristiana se encuentra totalmente penetrada del espíritu de la Cruz y se expresa por medio de una antitesis vigorosa, base de todo el cristianismo y formulada por San Pablo: muerte y vida. La vida cristiana es una muerte al pecado y una vida en Dios, en comunión con el misterio pascual. Mientras más se muere al pecado más se resucita con Cristo, para la gloria del Padre.

La lucha contra el pecado está en el corazón de la doctrina de la Cruz como del Evangelio. El Señor lo ha recordado con vigor a Conchita: "Es la penitencia una gran virtud y el espíritu de penitencia es don gratuito que Dios da a quien le place". Su influencia es universal, no solamente para liberar al hombre del pecado sino para facilitarle la práctica de todas las virtudes: "A ti desde muy niña te fue dado. La penitencia es la muralla que protege la castidad. La penitencia desarma la justicia de Dios y la convierte en gracias: ella purifica a las almas, apaga el fuego del Purgatorio y en el cielo tiene un premio muy subido. La penitencia redime los pecados propios y ajenos. La penitencia es hermana de la mortificación y ambas caminan siempre unidas y de la mano. La penitencia ayuda al alma a elevarse de la tierra. La penitencia es la cooperación a la redención del mundo. La penitencia humilla al hombre y le infiltra el sentimiento íntimo de su bajeza y miseria. La penitencia lo eleva de la tierra haciéndole gustar delicias desconocidas y puras. Pero esta penitencia debe ser hija de la obediencia y existir en el alma, oculta a todas las miradas humanas" (Diario T. 6, p. 201-202, septiembre 24, 1895).

Todos los maestros de espiritualidad recuerdan la necesidad de un combate espiritual contra sí mismo y contra las tendencias que permanecen en cada uno de nosotros, aún después de una sincera conversión. Es preciso luchar hasta la muerte: "Tengo que trabajar para derribar a ese "yo" poderoso que se levanta a cada instante dentro de mí queriendo reinar. Gracias a la gracia lo siento ya débil y fácil para rendirse, pero yo quisiera matarlo y enterrarlo muy profundamente.

"De veras que es el peor enemigo nuestro para la perfección ese "yo" en su amor propio, gustos y comodidades: rendido él es nuestra plaza y entonces también será todo nuestro ese Jesús, que no entra donde hay otros huéspedes. Entonces será nuestro el Espíritu Santo que no forma sus nidos sino en la soledad de un alma pura. Entonces las miradas del Padre descansarán en la morada quieta y tranquila donde vea reflejarse su divina imagen, ¡Oh delicioso vacío, completo vacío el cual envuelve a todo un Dios! ¡Oh soledad y dichosa quietud, bendita entrega total de la criatura al Creador! ¡Oh verdadera pobreza espiritual perfecta en la cual el alma nada tiene de sí y lo que del Señor encierra no se lo apropia sino que humillada y agradecida lo vuelve al Dueño eterno de todas las cosas! Bienaventurados los pobres de espíritu porque con esta pobreza posee el cielo desde la tierra, puesto que se posee al mismo Dios". (Diario T. 10, p. 7-8, septiembre 5, 1897).

Pueden notarse dos cosas en este texto: siempre se presenta la doctrina de la Cruz con referencia al Espíritu Santo y en el espíritu de las bienaventuranzas.

En el hombre pecador la purificación de todo el ser humano prepara la unión divina. Los Padres del desierto formaban a sus neófitos en la pureza total para encaminarlos hacia la contemplación divina. Así toma todo su sentido la "pureza espiritual perfecta".

"Es la pureza espiritual perfecta no sólo la limpieza de cuerpo y mente, sino el depuramiento de todo afecto y efecto menos puro. Este es el grado más sublime de esta virtud divina: es lo que más acerca a la pureza angélica, es decir, a la semejanza de Dios. La pureza es el reflejo de Dios. La pureza en Dios es innata porque Dios es Pureza. Dios es un cristal sin mancha y nada menos que en esta transparencia divina (comprendo esto sin poder explicarlo) se ve reflejada la imagen de la Trinidad Santísima.

"Dios es luz... Dios es claridad... Dios es limpieza. La esencia de Dios es, repito la Pureza, porque la pureza es la esencia de la luz, de la claridad, de la limpieza. En donde hay pureza ahí esta el reflejo de Dios, es decir, la santidad. De este foco de eterna pureza, Dios, brota la luz, la claridad, la limpieza angélica; y no brota la pureza de la luz, sino la luz de la Pureza: por esto en las almas puras se encuentra la luz del Espíritu Santo". (Diario T. 8, p. 162-163, diciembre 19, 1896).

Virtudes Cristianas y Dones del 


Espíritu Santo

El santo avanza hacia Dios "con pasos de amor", "gressibus amoris", dice san Gregorio. Cuando la Iglesia desea colocar a una persona sobre los altares a fin de que sea modelo para todos los demás miembros del Cuerpo místico, procede, a lo largo del proceso de canonización, al minucioso examen de la heroicidad de sus virtudes. El Señor mismo nos ha recordado esta ley fundamental: "Si alguno me ama, guardará mis mandamientos" (Jn. 14,15). Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento no cesan de recomendar al "justo" la práctica de todas las virtudes, no solamente de la fe, de la esperanza y de la caridad, sino de una multitud de otras virtudes: Ia paciencia, la longanimidad, la oración, la adoración, el respeto a las personas y a los bienes del prójimo. Yahveh, había promulgado el decálogo como código de la Alianza, el Sermón de la Montaña, carta magna de la perfección evangélica, animada por el Espíritu Santo, habla de los preceptos que hay que observar y de los vicios que deben evitarse. El eje de la santidad pasa por el ejercicio de las virtudes cristianas y de los dones del Espíritu Santo en el espíritu de las bienaventuranzas.

Es significativo señalar que el Señor tuvo gran cuidado en "dictar" a Conchita todo un tratado de Virtudes y de Vicios, acompañado de una exposición de las bienaventuranzas y de los dones del Espíritu Santo.

Ese tratado le fue "dictado" durante la tifoidea de su hija Concha: "Por aquellos meses de la enfermedad tan larga de Concha dictó el Señor aquellas virtudes que años atrás me había ofrecido, ¡Cuántas noches, velando a mi enfermita, frente a la Iglesia de la Encarnación y entre comuniones espirituales y actos de amor me hacía el Señor coger la pluma vaciándose El por su pobre criatura!" (Aut. I, 146-147).

De esta manera le dictó el Señor la descripción de noventa y tres virtudes y de ciento diez vicios, de las bienaventuranzas evangélicas y, un poco más tarde, de los dones del Espíritu Santo. El conjunto constituye una obra maestra práctica de espiritualidad.

No es posible aquí citar sino unos cuantos ejemplos espigados un poco al caso entre las virtudes teologales.




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