Diario de una Madre de Familia, Conchita



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Ama de Casa

Igual es el testimonio de sus hijos con respecto a la actitud perfecta de Conchita con los familiares y con las personas del servicio, que había en todas las grandes haciendas de México en esta época. Interrogué a una anciana criada y a otros empleados; todos me hablaron con una gran veneración de la Señora Concepción Cabrera de Armida. Era de una extrema cordialidad para con todos, firme, se enojaba algunas veces, pero jamás lastimaba.



Su modo de vivir

Para verla vivir en medio de sus hijos nada vale tanto como el testimonio directo de cada uno de ellos.

El testigo mayor sigue siendo el primogénito: Pancho. Era una madre de familia "maravillosa". "La adorábamos, pero como a una mamá ordinaria, completamente normal, no como un ser extraordinario. Dios lo permitió, a propósito pienso yo: no hubiera sido muy cómodo vivir con una santa, con una persona a la que hay que rodear de veneración, sin poderla tratar de 'tú a tú', como hacíamos con mamá. En ella todo era normal. Ninguna exageración en su conducta: no, jamás. Por ejemplo cuando asistía a Misa, sí, ciertamente manifestaba una gran devoción, pero como cualquier otra persona. No se imagine que hablaba directamente con el Señor en presencia nuestra. Nosotros no nos enterábamos de nada".

"En sus relaciones sociales encantaba a todo el mundo. Era una persona muy amable y muy agradable. Tenía una vida familiar y social completamente normal, a tal punto que nosotros, que vivíamos en su intimidad no nos dimos cuenta de su santidad".



Madre de familia y educadora

Sus hijos no se cansan de elogiar sus cualidades de esposa, de madre y de educadora. "Fuimos nueve hermanos. Puedo afirmar, como hijo primogénito, que mi madre fue un modelo en todos los aspectos. Como esposa primeramente, pues mi padre era exigente en todo lo que concernía a la vida del hogar. Como madre velaba para darnos a cada uno una formación completa en todos los planos: no solamente religioso, sino profano, cultural y social. Después de la muerte de mi padre no éramos ricos. Su hermano Octaviano nos ayudó. Ella misma se impuso grandes sacrificios para asegurar nuestra educación en los mejores colegios: con los padres Jesuitas para los varones y con las Damas del Sagrado Corazón para las niñas. Como hermano mayor yo le ayudé en esta tarea difícil. Ella misma, la primera, nos daba ejemplo y nos corregía con energía, sin perder jamás la serenidad. A pesar de todo el tiempo que pasaba en sus asuntos espirituales nunca descuidó sus deberes de esposa y de madre en el hogar. Ninguno de sus hijos se desvió" (Pancho).

"Lo más admirable en la vida de mi madre era lo natural y sencillo de su existencia. Sus oraciones y sus comuniones me parecieron siempre normales. No sustraía momentos libres a sus obligaciones para su vida de oración. Nunca constaté fenómenos extraordinarios en su comportamiento cotidiano. Pienso que mis hermanos dirían lo mismo. En sociedad se encontraba a gusto tanto con la gente grande como con los pequeños. No noté nada especial en su alimentación, que comprendía lo que ordinariamente se acostumbraba en las familias mexicanas. Todo en ella era perfectamente normal. Debo confesar que durante toda la existencia de mi madre estuve como envuelto en un velo que me impidió descubrir su santidad. No fue sino después de su muerte cuando nos percatamos de la madre que habíamos tenido".

"No puedo recordar a mi madre sin volverla a ver escribiendo. Escribió libros que se vendieron en gran cantidad. Tenía también una cuantiosa correspondencia".

Al terminar, su hijo mayor tuvo una palabra magnífica, que nos entregaba el secreto de esta vida: "Amaba a Jesucristo por sobre todas las cosas".

Ignacio Armida tiene la misma visión que su hermano, pero conforme a su propio temperamento: "Tuve la dicha de vivir con ella cuarenta y dos años de mi vida, teniendo cuarenta y cuatro cuando murió. Durante los dos primeros años de mi matrimonio no vivía con ella pero teníamos las casas colindantes y nos veíamos a la hora de las comidas". Es pues un testimonio de valor excepcional el que podemos recoger de él. Conchita se había retirado a su casa, en medio de sus hijos y murió entre sus brazos. "Mamá era una mujer muy activa. Recibía visitas a todas horas. Era de una actividad increíble. Nada de fenómenos extraordinarios en ella. Nada de llamativo o de insólito. Tenía un carácter muy dulce pero firme y enérgico. Cuando había tomado la decisión de caminar por tal línea, no había poder humano que la hiciera retroceder... Con ella había que obedecer. Lo mismo respecto a las obras que emprendía. Ella tenía su plan, su inspiración, su ideal y lo seguía hasta el fin.

"Su vida era la más normal del mundo. Siempre alegre, muy alegre, multiplicaba los rasgos humorísticos, 'los chistes', como decimos en México; y aún los recogía en una libretita y los traía a cuento con mucha gracia y sencillez. Cuando iba a San Luis a visitar a su hermano Octaviano, hombre importante y rico que recibía mucho, mamá era siempre el centro de esas reuniones. Conversaba con los invitados, dirigía hábilmente las conversaciones encaminándolas a Cristo. Los entretenía con mucha gracia. Si se le convidaba dirigirse a una hacienda en un paseo a caballo estaba siempre dispuesta a todo... Siempre con los pobres: cuando alguno de ellos estaba en artículo de muerte, así fuese un ser indeseable, ella estaba allí... para todos los servicios. A sus ojos eso importaba poco... Yo no sé si algún día se la proclamará santa o no, pero sin duda alguna, era un alma de Dios. Siempre la sonrisa. Era una sonrisa que le atraía las simpatías. Y sus ojos azules, color de cielo. ¡Cuando ella le plantaba a uno esos ojos en los suyos, uno se sentía adivinado!. Ella penetraba en el interior, estoy seguro de ello.

"Un equilibrio absolutamente perfecto, ¡Sí, era ella muy equilibrada! En las situaciones difíciles su serenidad lo pacificaba todo. Nadie podrá decir de ella que era desequilibrada, ni que era nerviosa, excesiva, celosa. Muy sensible para compadecerse de las penas de los demás, pero esto me parece más bien una virtud.

"Con ella la vida de familia no era triste, ni dolorosa, ni con lágrimas. Ciertamente ella sufría mucho, pero lo guardaba para sí misma.

"He aquí, Padre, los recuerdos que he conservado de mi madre. Era una mamá como la suya, como todas las mamás".

Salvador, el benjamín, me repitió las mismas cosas a su modo: "Un gran equilibrio en sus juicios. Muchos la consultaban: nunca se equivocaba. Nada de excéntrico en su conducta: la vida más ordinaria, la más normal del mundo. Cuando enviudó salía frecuentemente de la casa, visitaba a las personas, a los otros miembros de la familia, a los amigos. Venían a visitarla a menudo. Era muy afectuosa pero reprendía con firmeza cuando uno se comportaba mal. Amaba mucho a la Santísima Virgen y se dirigía con frecuencia a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

"Viví con ella hasta mi matrimonio a los treinta y tres años. Fui testigo de su carácter alegre, sencillo, equilibrado.

Su caridad con los demás fue realmente admirable. No podía descubrir una pena sin remediarla en la medida de sus posibilidades. "Practicó la caridad con todo el mundo, aún con las personas que la habían ofendido o que se habían opuesto a sus obras. Cuando ella sabía que algunas personas se encontraban distanciadas o peleadas se las arreglaba para reconciliarlas. Con los enfermos de la familia o con los extraños se mostraba de una ternura extrema, haciendo todo para auxiliarlos en sus enfermedades. Se ofrecía siempre para asistir a los moribundos, yendo a su entierro aún cuando se tratara de personas de su familia que no la estimaban... Se prestaba voluntariamente a todos los oficios propios de una criada. "Todo el mundo la amaba".

Veamos ahora el testimonio de su hija Lupe, siempre franca y espontánea, un testimonio femenino que nos descubre muchos detalles que escapan a las miradas de los varones. Ella también ha conservado de su madre el recuerdo de una mujer como las demás, perfectamente equilibrada. La conocía íntimamente. "Siempre viví a su lado y me acosté con ella después de la muerte de mi papá hasta que me casé. Siempre me pareció la mujer más normal del mundo. Tuvo que hacerme muchas amonestaciones. Jamás la vimos en éxtasis. Modelo de suegra: una vez casada no se entremetió jamás con sus consejos de moral; nos dejaba en plena libertad".

Su hija Lupe recogió un día una confidencia capital de Conchita a su nuera, la esposa de Salvador: "Yo fui muy feliz con mi marido". Sobre todos los puntos las declaraciones de Lupe concuerdan con las de sus hermanos: sobre sus cualidades de esposa, de madre y de ama de casa, su simpatía y sociabilidad; sobre su fuerza de espíritu en medio de las dificultades de la vida; su notable piedad.

"Ella nos pareció a todo lo largo de su vida de una admirable espontaneidad natural. Durante su matrimonio la sumisión a mi padre fue absoluta. Tenía la costumbre de decir: 'Primero lo que quiera Pancho'. Era con él muy atenta y llena de amabilidad. A los sirvientes de la casa les daba siempre lo que era justo. Cuando yo me casé me recomendó hacer otro tanto y aún me indicó por escrito el salario justo que debería dárseles. Manifestaba mucha gratitud por las más pequeñas cosas.

"Todos se sentían amados por ella, aún las personas extrañas que se le acercaban". El único defecto que subrayaba su hija Lupe en su madre era una cierta debilidad por las golosinas: "Le gustaban mucho, tal vez demasiado, los dulces: "Si paso delante de una joyería me da lo mismo, pero cuando paso delante de la dulcería de Celaya se me hace agua la boca", decía.

"Una vida absolutamente normal, como todo el mundo, en familia y en sociedad. Reía, decía chistes, platicaba, tocaba el piano, cantaba y divertía a sus sobrinos más que su propia madre. Pasaba a través de todas las cosas con la sonrisa en los labios, y me daba este consejo: 'Lo que Dios te pida, hazlo con una sonrisa'. Nos repetía: 'Todo pasa, menos el haber sufrido por Dios con amor".

"Por su parte yo la he sentido siempre presente en todos los momentos de mi vida".

-- ahora, Lupe, ¿la siente usted siempre presente en su vida?

-- Sí, padre, ella nos protege y nos ampara a la sombra de la Cruz.

Testamento de una madre

Conchita estuvo con frecuencia enferma. En una ocasión en que sintió más inminente el peligro dirigió a sus hijos una carta admirable, testamento de una madre y de una santa:

"Si me muero, si ya Dios quiere llevarme, les recomiendo a todos sigan siendo cristianos valerosos y de fe, sin respetos humanos y practicando fidelísimamente las enseñanzas de la Iglesia, orgullosos de pertenecerle.

"Cuidando con cumplir sus preceptos, siendo además generosos con Jesús que tanto nos ama, a quien tanto le deben v que quiere salvarlos. Les encargo que pasen su fe con enseñanzas y ejemplos a sus hijos, no escatimando sacrificios para educarlos cristianamente teniendo especial cuidado en formar sus almas y en que se eduquen en la religión.

"Les recomiendo la unión, la unión, la unión..." (carta junio 28, 1928).

México: una terrible persecución

Existe en la ciudad de México, en Tlaltelolco, una "Plaza de las tres culturas", reveladora de las tres civilizaciones que explican los orígenes, los conflictos y la grandeza de la nación mexicana, heredera de las antiguas civilizaciones indígenas, especialmente la azteca y la maya, enriquecidas por la colonización española que puso en ella la impronta europea, y la promesa también de un gran porvenir a causa del dinamismo creador de su genio moderno.

Es en este contexto en el que hay que situar el film de la vida de Conchita. Es una mujer santa, fuertemente enraizada en su nación, con todas las fibras de su ser; como Cristo, a través de su Persona divina, conservaba los rasgos de un oriental. Como una santa Rosa de Lima, patrona del Perú, Conchita no puede explicarse adecuadamente sino por el medio en que vivió. No pueden comprenderse sus reacciones psicológicas, la expresión y las formas de su piedad o de su penitencia más que en el ambiente y en las costumbres de México.

Cuando ella se encontraba en pleno período de madurez, México atravesaba por una época de mutación decisiva de la que Conchita fue testigo y de la cual encontramos un eco en su "Diario espiritual". En 1914 la revolución social toma un tinte antirreligioso que inquieta su alma de "hija de la Iglesia".

"Agosto 1914. Comenzamos este mes con las zozobras de la guerra y persecución que se nos viene encima, ¡Dios nos ayude! Nada sé de mis hermanos que están en San Luis, Oaxaca y Querétaro.

"Agosto 15. Día angustioso. Querían la Casa de la Cruz para cuartel y alojamiento de oficiales. Hoy entraron veinte mil carrancistas y faltan tres o cuatro veces más. He sentido en mi alma una tristeza mortal, como si hubiera entrado a México Satanás: es una opresión terrible: el azote de Dios. La guerra desenfrenada contra la Iglesia se acentúa, mi director ha tenido que esconderse y los sacerdotes vestirse de seglares. La persecución viene espantosa. Dios ha puesto unos vecinos que son del gobierno, quieren a las Madres y ofrecen salvarlas.

"Agosto 17. Las cosas cada vez peor. Blasfemias horribles. Los atropellos, muertes, allanamiento de moradas y fusilamientos están a la orden del día. Se han arrebatado muchachas, da miedo salir. Se deja venir una hecatombe contra el clero. Se ha expulsado a los religiosos, se confiscarán los bienes de la Iglesia, préstamos forzosos y mil cosas que lamentar".

Persecución contra el Clero

"Las cosas políticas empeorando. Mil abusos y la guerra al Clero en todo su esplendor. ¡Oh Dios mío, Dios de mi corazón! En Ti hemos puesto nuestra esperanza, no seremos confundidos. ¡Pobre México! Está recibiendo el azote de Dios y ojalá nos sepamos aprovechar. (Diario T. 39, pp. 234-235, agosto 27, 1914).



"La prueba pasará"

"Un nuevo mes de zozobras hemos empezado hoy. Puebla en poder de los anticlericales; profanan esa Catedral tan amada de mi corazón, echaron a los clérigos, quemaron los confesonarios. Viven en el Palacio Episcopal y cometen mil vejaciones con los sacerdotes. Comienzan los cateos y se cometen horrores. Quejándome yo al Señor de lo que pasaba en Puebla, me dijo:

---"La prueba pasará" (Diario T. 39, p. 237-238, septiembre 1º , 1914).

La Iglesia en México perseguida

"La lglesia mexicana combatida, tiranizada, perseguida. Quieren limitar templos y sacerdotes, las comunidades echadas, los sacerdotes extranjeros corridos, expulsados con salvajismo inconcebible. Los Obispos apenados. Muchos seminarios cerrados. ¡Dios de mi corazón. Verbo divino, ten piedad de México! Virgen de Guadalupe, Madre amorosa y tierna, alcánzanos el perdón" (Diario T. 46, p. 254, marzo 9, 1926).

Vemos cómo en 1926-1927 reaparece el mismo tema en su Diario en el momento en que la persecución alcanzaba su paroxismo.

Los horrores de la persecución continúan

"Hoy fueron a ver si había religiosas en el Mirto. Escondieron a Jesús y no les pasó nada. Vieron la Capilla llena de tierra y dijeron 'Aquí no hay culto'. El infierno desatado contra la Iglesia. Los más días llegan presos sacerdotes que traen de otros Estados para concentrarlos aquí en México. Los Obispos en grande peligro. Revoluciones, combates y muchos jóvenes engañados, traicionados y martirizados. A uno en León que alababa a Dios y animaba a sus compañeros a morir por Él, le cortaron la lengua antes de fusilarlo". (Diario T. 47, pp. 328-329, enero 6, 1927).



Tenemos numerosos mártires

"Ya tenemos muchos mártires en México que están haciendo favores. Bendito sea Dios, y Él sabe su cuento. Hay que adorar sus designios. ¿Para qué andar confiando en este o aquel medio?... Para Dios todos son medios y cuántas veces se complace en hacer las cosas contra todos los medios humanos, para que resplandezca más su gloria. En buena hora que suframos y roguemos, pero también debemos adorar sus tardanzas, amar sus miras y esperar contra toda esperanza el triunfo y la paz que nos dará sin duda. México no perderá la fe mientras tenga a María". (Fragmento de una carta a una amiga, mayo 26, 1927).

Todos los extractos de su Diario o de su correspondencia epistolar en esta época nos permiten constatar que juzgaba todos los acontecimientos, aún los más trágicos, a la sola luz de la fe. En lugar de maldecir a los perseguidores oraba v ofrecía su vida por su conversión, confiándolos a la misericordia divina. Sus más ardientes súplicas se elevaban a Dios particularmente por los sacerdotes:

"Ofrécete Conmigo como víctima por la Iglesia"

"Ofrécete en oblación por mis sacerdotes; únete a mi sacrificio para alcanzarles gracias. Es necesario que unida al Sacerdote Eterno, hagas tu papel de sacerdote, ofreciéndome al Padre y arrancándole gracias y misericordias para la lglesia y sus miembros. ¿No recuerdas cuántas veces te he pedido que te ofrezcas de víctima, en unión de la Víctima por la Iglesia amada? ¿No ves que eres suya porque eres Mía, y eres Mía porque eres suya? Entonces, por la unión especial que tienes con mi Iglesia tienes derecho a participar de sus amarguras, y tienes deber sagrado de consolarla sacrificándote por sus sacerdotes" (Diario T. 49, p. 26-27, septiembre 24, 1927).

A menudo esconde valerosamente a sacerdotes, obispos, religiosos y religiosas en su casa.

Ni una palabra de amargura o de recriminación, sino la más pura caridad cristiana para con todos. Desde su fundación la Iglesia de Cristo pasa en todas las naciones por horas de sufrimiento, de persecución, de traición y de martirios. Es Cristo, siempre crucificado en los miembros de su Cuerpo místico, quien continúa salvando al mundo.

La soledad del ocaso

"Al regresar de las exequias de Monseñor Ramón Ibarra, con la frente apoyada contra el Sagrario, el corazón destrozado, me ofrecí a la voluntad divina. Entonces comenzó para mí la gran "soledad" y, con ella, la última etapa de mi vida".

Al morir su director, el 19 de febrero de 1917, el Señor mismo le había anunciado a Conchita: "A ti te queda por recorrer la última etapa de tu vida, imitando a María y alcanzando gracias para las Obras. Vendrán tempestades para ellas como para la Iglesia, pero triunfarán siendo tu corona. Animo y valor que sólo he hecho continuar mi voluntad en ti. Hazte cargo de tu papel, imita las virtudes de María en su soledad, que aumentó su unión Conmigo, su adhesión a mi voluntad y sus ansias por el cielo".

El camino estaba trazado por el Señor, Conchita terminó su existencia sobre la tierra como la Madre de Jesús después de su Ascensión, en la soledad y en el aislamiento del atardecer: veinte años de "soledad" del 2 de febrero de 1917 al 3 de marzo de 1937, día en que murió.

Progresivamente verá disminuir su apostolado exterior. En adelante será apóstol por la oración y la inmolación. Dios la desprenderá de todo. Conocerá, y cada vez más, la soledad del corazón y sobre todo la soledad del alma, por un alejamiento aparente de Dios, como Jesús fue abandonado por su Padre sobre la Cruz.

Sus hijos se fueron casando, uno tras otro, dejándola cada vez más sola. Tal es la ley ineludible de la vida, pero el corazón sensible de Conchita sufrió por ello dolorosamente, a veces hasta el exceso. Sus hijos la rodean de cariño y atenciones pero tienen su trabajo, sus propias responsabilidades en su nuevo hogar y en su lucha por la existencia. Ella se siente cada vez más sola, cuando se acerca la noche.



Todo pasa...

"Estoy en la soledad del alma más completa, pero es la voluntad de Dios y Dios para mí no está sino donde está su voluntad. No me entiendo, soy un caos. Aquella necesidad de comunicar mi espíritu, mis deseos e impresiones, aún cuando fuera al papel, ha desaparecido. Tiendo a ocultar mis impresiones, gustos, y hasta dolores y lágrimas. ¿Qué cambio se ha operado en mí? Como que todo lo quiero tapar con Jesús, todo para El sólo. Un claro conocimiento de todo lo que pasa, lo que cambia, lo que acaba, Io que no es. En la tierra todo es tierra, todo sombra y vanidad y aún mentira. Lo real, lo verdadero, lo que vale, lo que dura, lo que es, todo está en el cielo. La tierra con todas sus cosas, todas, no son sino un escalón para ir a Él. Todo se pierde en Dios. Los amores, los dolores, las ilusiones, las esperanzas, los deseos, los anhelos, todo, todo se abisma en Él.

"Recorro mi vida, tomo el pulso a mi corazón, veo mis cariños, ¡pasaron!, sus anhelos más ardientes, ¡pasaron!, sus vanidades y hasta pecados y desorden de operaciones y exagerados ardores por tal o cual cosa, ¡pasaron, pasaron! Yo quise mucho a mi marido, ¡pasó! Yo anhelé con viveza ser del Oasis, ahora me es igual ser o no ser, morir ahí o morir en un muladar, en mi casa, sola, acompañada, querida o aborrecida, honrada o despreciada. Sólo anhelo que en mi se cumpla la voluntad divina". (Diario T. 42, p. 171-173, noviembre 16, 1917).

Sería inexacto pensar que su corazón de esposa y de madre está desprendido de todos los afectos legítimos. Por el contrario, cuanto más avanza Conchita en la vida y en la unión divina, más humana la encontramos; todos sus afectos se encuentran ya transfigurados en Cristo. Su corazón es fiel a todos los aniversarios de familia, a las menores fiestas y reuniones de sus hijos, a sus alegrías, a sus pruebas, a sus tristezas. Sigue siendo la mamá de todos y cada uno de ellos. Cuando sus negocios se ven amenazados en mil novecientos treinta y uno por la crisis financiera americana, suplica a Dios que los salve; son honrados, han trabajado toda su vida, luchan con valor contra las consecuencias de la devaluación del dólar: "Enfermedades que no me han dejado, dolores íntimos, penas de familia viendo cada día más cerca la ruina para mis hijos, acompañada de humillaciones. Esto me tortura el alma, aunque acepto la voluntad santísima de Dios. Sin embargo esto no me quita el dolor maternal que abarca un mundo de dolores" (Diario T. 57, p. 54, mayo 22, 1931).

"Penas hondas y como espadas me traspasan el corazón. Vi llorar a un hijo que va a cumplir treinta años de trabajar y que se le viene encima un fracaso en sus negocios, que a todos les toca. Cada hijo, aparte de la vergüenza de una próxima liquidación en su negocio, quedará en la calle y con familia. Señor, sólo dame fortaleza y sostén la fe de mis pobres hijos" (Diario T. 57, p. 56, mayo 28, 1931).

Esta madre admirable de sesenta y nueve años de edad, consumada en santidad, hace subir hacia Dios un grito de angustia y una súplica ardiente.

"Penas al ver a mis hijos sufrir, parece que Dios no quiere que se arreglen sus asuntos y se orillan al desastre. ¡Oh Señor! que se haga tu voluntad que adoro, aunque me crucifique y me triture el corazón. Para mi nada quiero, Jesús mío, a mí échame a la basura, arrimada, viviendo de caridad, sabes que soy toda tuya en cuerpo y alma; pero olvidada de mí, no puedo olvidarme de mis hijos, y lloro al verlos llorar y sufro al verlos sufrir". (Diario T. 57, p. 230, noviembre 11, 1931).

¿Cómo hubiera podido Dios rechazar este grito de una madre? ¿El, que a la súplica de su propia Madre hizo su primer milagro en Caná? El valor de sus hijos volvió a enderezar victoriosamente la situación.

Así transcurrían dolorosamente los últimos años de Conchita. Después del matrimonio de su último hijo, anotaba tristemente en su Diario: "Todo ha concluido para mí. Nueve hijos me dio Dios y nueve me quitó ¡Bendito sea! Religiosos, muertos y casados, pero todos uno por uno arrancados del corazón maternal. Diez camas he quitado con la de mi marido y ya estoy sola, sola! Pero no, lo tengo a El que ni se muere, ni se va, ni me deja jamás.

"Una madre es para los hijos que se casan sólo un suplemento de ternura, pero la madre es feliz renunciándose, y sólo goza con la felicidad de los hijos" (Diario T. 53, p. 318, 24 septiembre, 1929.

Nunca olvidará a su marido. Año con año, el 17 de septiembre, aniversario de su muerte, su Diario da pruebas de su fidelidad a su recuerdo.

"Hace tres años que murió mi marido, que les faltó el padre de la tierra a mis hijos, ¡Qué tristes recuerdos! Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Mis hijos fueron al sepulcro, yo no pude ir por lo mala del pie. Mi corazón continúa en la lucha. Mis lágrimas riegan el pan que como, de veras, materialmente: el pavimento, el crucifijo. ¡Oh, mi Jesús! lo que Tú quieras eso también lo quiero. Me siento en espantosa soledad... ¡María del alma! ¡ten compasión de mí!" (Diario T .20, p. 509-510, septiembre 17, 1904).

"Hoy cumplo veinte años de viuda. Señor, ten y acrecienta la gloria de mi esposo en la tierra que tan bueno fue conmigo y que nunca me impidió tu amor. Llena de Ti a este padre de mis hijos, modelo de padres, de caballeros, de honradez, de cristianos" (Diario T. 43, p. 140, septiembre 17, 1921).

"Hace treinta y un años que enviudé, que se llevó mi Jesús al esposo querido que me dio en la tierra. Señor auméntale la gloria y salúdalo de mi parte, ¿verdad que sí? cómo no, si eres tan bueno para los encargos. Allá en el cielo están con él cuatro hijos: Carlos, Pedro, Pablo y Concha. ¡Oh, mi Jesús, bendito seas!" (Diario T. 59, p. 148, septiembre 17, 1932).

Conchita pasó por la tierra siempre fiel a su esposo, a sus hijos y a Dios.

La soledad del alma superaba a la soledad del corazón. Esta soledad del alma alcanzó proporciones aterradoras; en el curso de esos últimos veinte años de su vida se fue identificando cada vez más a los sufrimientos íntimos del Corazón de Jesús y a su abandono en la Cruz. Fue entones:

-- cuando Conchita conoció por revelación divina los méritos inmensos de la "soledad" de la Madre de Dios después de la Ascensión de su Hijo, al servicio de la Iglesia militante (1917),

-- cuando recibió las "Confidencias" de Cristo sobre la grandeza y las debilidades del sacerdote (1927-1929), en fin,

-- cuando recibió las supremas claridades sobre la "consumación" de todo el universo "en la Unidad de la Trinidad''.

El Rostro del Crucificado

Al dirigir una mirada retrospectiva sobre el desarrollo del fin de la vida de Conchita, uno se siente maravillado de la unidad de su itinerario espiritual. A través de todos los acontecimientos Dios imprime en ella la imagen del Crucificado: "Siempre marcada mi vida en todas sus épocas, por el sello de la cruz..." (Diario T. 45, p. 261, julio, 1925). Puede seguirse a lo largo de su existencia la progresiva toma de posesión del Crucificado.

"Oh Jesús, que yo muera por Ti desolada, abandonada, desamparada, crucificada" (Diario T. 1, p. 385, 1893).

"El pensamiento del Crucificado, ¡qué ligeras hace todas las penitencias del cuerpo y también los dolores internos!" (Diario T. 2, p. 13, marzo-abril, 1894).

"He encontrado a Dios en la Cruz..." (Diario T. 4, p. 94, agosto 26, 1894).

Desde 1895, cuando Conchita es una señora joven de treinta y tres años, el Señor le traza claramente su programa de vida espiritual: ser un reflejo del Crucificado.

Quiero ser un espejo que refleje al Crucificado

"Me dijo Jesús: 'Como Yo estoy en mi Padre y soy uno con Él, así quiero que tú estés y seas conmigo. Quiero que seas un espejo purísimo en donde se reproduzca la imagen de tu Jesús crucificado; como estoy en la cruz, así me quiero reflejar en ti; sólo préstate para tomar mi imagen, y como estoy Yo, así quiero que estés tú: coronada, azotada, clavada, desolada, traspasada, desamparada... Medita una a una todas estas cosas y sé mi retrato vivo, para que mi Padre se complazca en ti y derrame gracias sobre los pecadores" (Diario T. 5, p. 109, abril 6, 1895).

Pasan los años. Todas las gracias que Dios le concede sobre todo la encarnación mística, tienden a obrar en ella esa transformación en Cristo Crucificado:

"Debo reproducir en mí a Cristo crucificado" (Diario T. 43, p. 138, 16 septiembre, 1921).

Esto es lo que Dios va a realizar en ella en el curso de los últimos años de su vida y sobre todo en el momento de su muerte. Sufrimientos físicos y morales, enfermedades y angustias interiores, tentaciones contra la fe y la esperanza, horas de abandono, harán de ella una llaga viva, un reflejo del Crucificado. Conchita esta dispuesta a todo. Pide esa identificación total con el Crucificado del Calvario. Comparte todas las condiciones de la vida humana y de la ancianidad, pero su alma resplandece cada vez más divina. "!Soy de Jesús! Mi cuerpo, mi alma, mi vida, mis dolores, mi tiempo. Que disponga de lo suyo con plena libertad, en favor de los sacerdotes" (Diario T. 53, p. 125, 31 enero, 1929).

Después de los últimos ejercicios espirituales que en Morelia le dirigió su director espiritual, Monseñor Luis M. Martínez, sobre la 'perfecta alegría', Conchita volvió a México y pasó los postreros tres meses de su vida entre su cama y su sillón, con atroces dolores físicos: bronconeumonía, erisipela, uremia, etc. sin contar las penitencias suplementarias que en su ardiente amor a Cristo y a los hombres, imponía a su pobre cuerpo agotado.

En su alma reinaba la desesperanza. Su oración se refugiaba en la oración de Cristo en Gethsemaní. Comulgaba con los sentimientos del Crucificado, abandonado por su Padre. Para ella, su Jesús tan amado había desaparecido totalmente: "Es como si nunca nos hubiéramos conocido", repetía a sus íntimos.

Dos de sus hijos, Ignacio y Salvador, sostenían cada uno un brazo de su madre para facilitar la respiración. "Hubiérase dicho que era un Cristo en agonía sobre la Cruz". Al grado que en el momento mismo de la muerte se produjo un fenómeno extraño, que atestiguaron firmemente los presentes: sus hijos y el P. José G. Treviño, M.Sp.S., confirmado además por los otros testigos.

Un fenómeno se produjo en la muerte de Conchita, imprimiendo en ella el sello de Dios sobre su vocación y su misión de Iglesia, síntesis concreta y desconcertante de la espiritualidad de la Cruz: se vio cómo se transformaban las facciones de Conchita: ya no era un rostro de mujer, sino el Rostro del Crucificado.

La Escritora Mística

"Lo más admirable en Catalina, más que su misma vida, es su doctrina", declaraba el bienaventurado Raimundo de Papua, confesor de santa Catalina de Siena, quien no sabia ni leer ni escribir. No se conservan de ella sino cuatro cartas autógrafas, escritas hacia el ocaso de su vida y sin embargo es Doctora de la Iglesia: sus palabras, sus enseñanzas y sus ejemplos iluminarán a la Iglesia hasta el final de los tiempos. Podríamos hacer una reflexión semejante en el caso de Conchita.

Su cultura básica fue muy elemental. Nunca recibió instrucción literaria o teológica, aunque escuchó de su tío sacerdote, Luis Arias, hermano de su madre, la traducción de la Historia de la Iglesia de Darrás. Conchita amaba mucho la lectura, no solamente por afán de cultura, sino sobre todo con el deseo de encontrar alimento para su alma. "Toda la vida recuerdo haber visto claro el fondo de mi alma y grande disposición para retener todo lo que concierne al espíritu, como lecturas místicas, sermones; y si no las retengo en la memoria que la tengo malísima, sí como que penetran las verdades en el fondo de mi alma; el sentimiento místico existe en lo más escondido de mi espíritu y vibra como una cuerda al simple contacto de las cosas de Dios... Siempre me ha gustado leer y en los libros místicos he encontrado descanso, luz, recreo" (Diario T. 2, p. 32, 1º abril 1894). Conchita posee un temperamento místico, es éste el rasgo más característico más constitutivo de su ser.

Siempre soñó con escribir; era una verdadera vocación: "Siempre he tenido inclinación a escribir. De dieciséis años escribí una historia de la vida que llevábamos en 'Peregrina', muy llena de Dios; le rompí la mayor parte" (Aut. I, p. 102). Más tarde invocará a santa Teresa de Avila para obtener la gracia de escribir.

Su primer director, el P. Alberto Mir, S.J. le prohibió toda lectura espiritual excepto el Evangelio y la Imitación de Cristo, y releer lo escrito por ella. Conchita obedece fielmente. 

Este mandato pone de relieve la intención especial de Dios y las luces del Espíritu Santo, el Maestro interior.

Sus directores espirituales le ordenaron escribir su "Diario". Las circunstancias tan variadas de su existencia la obligaron a escribir numerosas obras, pequeñas y grandes, y una voluminosa correspondencia prolongada hasta la edad de setenta y cuatro años. El Señor mismo, repetidas veces, la presionaba a tomar la pluma: "Escribe, escribe si quieres darme gloria" (Diario T. 14, p. 11, junio 18, 1900).



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