Diario de una Madre de Familia, Conchita


Desposorios Espirituales con Cristo



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Desposorios Espirituales con Cristo

Los primeros frutos de su acto heroico de pertenencia total y de consagración a Cristo por medio de una entrega firmada con su sangre, fueron para la misma Conchita.

"Parece que el Señor con el monograma abrió la puerta para derramarse en gracias. Desde ese día: ¡qué persecución, diré, qué ternuras, qué gracias, qué estupendas bondades con este barro vil! No me dejaba ni de día ni de noche, ni en la oración ni fuera de ella. Te quiero mía, lo eres ya, pero aún más quiero que lo seas, me repetía; acércate, quiero hacer contigo unos desposorios, quiero darte mi nombre y prepararte a grandes gracias" (Aut. I, p. 208).

Monseñor Luis M. Martínez sitúa en esta época la gracia insigne de los desposorios espirituales de Conchita con Cristo. Los teólogos no cesan de comentar el caso inédito de una mujer, comprometida a fondo en la vida conyugal y madre de numerosa familia, auténticamente elevada por el Señor a los estados místicos superiores. Dios es dueño de sus dones.

Una Nueva Etapa: El Gozo en el Dolor

Un segundo resultado en su vida espiritual más maravilloso aún fue el de experimentar el gozo en el dolor. De igual manera Cristo Crucificado gozaba en su alma de la visión beatífica de la Trinidad, al mismo tiempo que por sus dolores físicos y morales era el "Varón de dolores" (Is. 43,3).

A partir del monograma, Conchita es inundada de gracias y de favores divinos. Quiere asemejarse a Cristo en la Cruz. No tiene sino un deseo: "Todo lo sacrificaría con el mayor gusto por El, sólo por El, y por puro amor..., quisiera ser apóstol y publicar y hacer ver y dar a conocer quien es Jesús" (Diario T. 2, p. 7, abril-mayo 1894). Daría su vida por procurarle "un átomo de gloria". Vive en Dios, "toda en Dios y siempre en Dios" (Diario T. 2, 84, 2 abril, 1894). Da cuenta a su director de este nuevo estado de su alma: "Me siento como si hubiera traspasado una atmósfera... No puedo pensar ni moverme sino en Dios y dentro de Dios, y Dios en toda yo, y yo en todo El, pero en una esfera de campo de luz y de cosas divinas" (Diario T. 3, p. 25, abril-junio, 1894).

Ahora Conchita lo sabe ya por experiencia: la unión divina es inseparable del dolor.  A medida que se acerca a Cristo la cruz se levanta más y más cercana en el horizonte.  Hay en su interior un cambio profundo: "Hay momentos preciosos en que me siento, ¡qué raro!, gozar en el dolor y entonces se me va el alma con una delicia enteramente desconocida, se suaviza la pena sin disminuirse, pero este efecto lo produce el acto de abandono a la voluntad de Dios y el gusto de complacerlo... jamás experimentado por mí. He experimentado hoy en mi alma una cosa extraordinaria: la unión de dolor" (Diario T. 3, p. 75, 30 de abril, 1894).

"Rarísimo encuentro en mí estos efectos sobre el dolor. ¡Gozar en el sufrimiento!, si me parece increíble, yo que siempre le he sacado mil vueltas a pesar de haber puesto en mí Dios cierta inclinación al sufrimiento y oculto. ¡Cómo no extrañar que de la noche a la mañana, casi de repente, cuando mi alma siente ahogarse en el dolor, en esos mismos instantes casi desesperados, viene una brisa nueva como a transformar el dolor seco y árido en fresco y agradable, con solo la consideración de agradar al Amado, sin más dichas ni esperanzas futuras: esto se hace o parece, digo, como secundario ante la felicidad de complacerlo, iOh maravillas de la gracia! Mi alma se abisma en unos espacios tan desconocidos a mi miseria, que jamás imaginaba siquiera poder tocar con mis manos. Estos favores de veras son gratuitos y no merecidos. ¡Qué bondad de Dios, tampoco tiene límites, infinita e inmensa como todo El!... La unión en la Cruz tiene que hacer brotar del alma el amor más sublime y desinteresado. Este amor purísimo sin mezcla de egoísmo o amor propio. El amor al dolor es el amor a Jesús, sólido y verdadero. Que nadie me quite este mi tesoro escondidísimo, quiero ocultar mi dolor, este es ahora mi tesoro que me une a mi otro tesoro: Jesús... Estoy dispuesta hasta la última gota del cáliz apurar, sí, sí, sólo para darte gloria aunque miserable" (Diario T. 3, p. 79-81, 2 de mayo, 1894).

Apóstol de la Cruz

El monograma que vino a transformar su vida personal preparó a Conchita para su vocación de apóstol de la cruz.  En la inscripción del santo Nombre de Jesús sobre su pecho realizada por santa Juana de Cantal y por Conchita es notable el sentido diferente de este gesto de amor. Para una era la afirmación suprema de su amor único a Cristo Jesús; para la otra, la explosión inesperada y por decirlo así, la irrupción al exterior de su fuego interior, de su indivisible amor a Dios y a los hombres.  Con razón su familia religiosa tiene como fecha del nacimiento de las Obras de la Cruz la del monograma.

Algún tiempo después del monograma, estando Conchita en oración en la Iglesia de la Compañía de Jesús, en San Luis Potosí, su ciudad natal, de repente se le apareció el Espíritu Santo, el que es el Amor, iluminado y abarcando desde la cumbre todas las Obras de la Cruz.

"Estaba recogida, cuando de repente veo un inmenso cuadro de luz vivísima y más clara en su centro.  Luz blanca, qué raro, y encima de este mar o abismo de luz miles de rayos como de oro y fuego, vi una paloma blanca, extendidas sus alas, abarcando no sé cómo todo aquel torrente de luz".

"Lo vi todo muy claro, puesto que era luz, pero entendí ser visión muy alta y oscura, profunda y divina.  Me quedó una impresión de suavidad, de paz, de amor, de pureza y humildad: ¡qué voy a saber explicar la inexplicable!"

"A los dos o tres días de esta visión o cosa que no supe explicar voy viendo una tarde en la misma iglesia de la Compañía -- ¡feliz tarde! -- otra vez una paloma blanca en medio de un gran fuego como de rayos de luz claros y brillantísimos.  En el centro estaba la palomita otra vez con las alas extendidas y bajo de ella en el fondo de aquella inmensidad de luz una cruz grande, muy grande, con un corazón en el centro" (Aut. I, 221-213).

"Parecía que flotaba en un crepúsculo de nubes como con fuego dentro.  Debajo de la cruz salían miles de rayos de luz los cuales no se confundían ni con la luz blanca de la palomita, ni con el fuego de las nubes.  Eran como tres tonos de luz -- ¡qué encanto! -- El corazón era vivo, palpitante, humano pero glorificado; estaba rodeado de fuego como material, parecía movible, como dentro de una hoguera; y por encima brotaba de él otra clase de llamas como lenguas de fuego de más calidad o grados, diré.  Además estaba el corazón rodeado de rayos luminosos como anchos al principio y delgados al fin, sin confundirse con las llamas que quedan debajo, con la sombra de luz o disco brillantísimo que lo rodea.

"Las llamas que brotaban para arriba del corazón subían con violencia como despedidas con mucha fuerza, cubriendo y descubriendo la cruz chiquita plantada en el corazón.  Las espinas que rodeaban el corazón dolían al ver como lastimaban aquello tan delicado y tierno.

"Puedo así descifrar todo esto porque en incontables ocasiones de día y de noche se me presentaba esta hermosa cruz, aunque sin la Palomita. ¿Qué será esto?, me preguntaba, ¿qué querrá el Señor?  Le di cuenta a mi director y primero me dijo que no hiciera caso y después, yo creo inspirado de Dios, me escribió un papel para mi alma y me decía: 'Tú salvarás muchas almas por medio del apostolado de la Cruz'.  El se refería a que por mis sacrificios unidos a los del Señor, pues nunca le ocurrió que éste fuera el nombre de la Obra. Pero yo al leer esto no sé qué sentí, comprendiendo después que este nombre debía llevar la grande Obra que iniciaba el Señor y de la que hablaba ya" (Aut. I, p. 213-214 ).

Dios acababa de escoger a esta joven casada y madre de familia, simple seglar, para recordamos el misterio de la salvación del mundo por la Cruz.  El Señor le dijo: El mundo se hunde por el sensualismo; y el sacrificio ya no se ama casi ni se conocen sus dulzuras". "Quiero que reine la Cruz y hoy se presenta al mundo con mi corazón para que éste, sirviendo de anzuelo, las atraiga al sacrificio" (Aut. I, p. 216). "No hay amor sólido sin cruz, me decía, y sólo en el Corazón de la Cruz se puede gustar de las inefables dulzuras de mi Corazón.  Por de fuera la Cruz es áspera y escabrosa pero comiéndola, penetrándola y empapándose de ella no existe mayor dulzura, porque ahí está el descanso del alma enamorada, su delicia, su vida" (Aut. I, p. 217-218).

Y en seguida el anuncio profético de las Religiosas de la Cruz, consagradas totalmente a una vida de inmolación por amor: "Una mañana que estaba haciendo mi oración repentinamente se presentó a mi vista interior una inmensa procesión de religiosas con una gran cruz roja en la espalda. Iban en fila de dos en dos y tardaron en acabar de pasar" (Aut. I, p. 221 ).

A toda la lglesia debe ser anunciado el mensaje de la Cruz: "Sí, este Apostolado de la Cruz se extenderá por todo el mundo y me dará mucha gloria" (Diario T. 2, p. 2).  En fin el Señor revela a Conchita que tendrá que continuar en la Iglesia la obra de santa Margarita María; e inmediatamente lo comunica a su director: "Me da vergüenza mentarle esto, padre mío, porque volvió Jesús a recordar a Margarita Alacoque.  Dijo que a aquellas personas las había escogido para una cosa y a otras para otra, a unas para dar a conocer al mundo el Amor, y a otras para el Dolor. Usted me entiende" (Diario T. 3, 89, mayo 4, 1894).

En una carta al Padre José Alzola, Provincial de los jesuitas, Conchita precisará un poco después: "El Apostolado de la Cruz, que es la obra que continúa y completa la de mi Corazón que fue revelada a la beata Margarita.  Dile que no se trata solamente de mi Cruz externa como el divino instrumento de la redención; que esta Cruz que se presenta al mundo es para atraer a las almas a mi Corazón clavado en ella; que lo esencial en esta Obra es dar a conocer los dolores internos de mi Corazón, los cuales no son atendidos y fueron para Mí de mayor pasión que la que mi Cuerpo padeció en el Calvario por su intensidad y por su duración y que aún continúan místicamente en la Eucaristía.  Dile que hasta este día el mundo conoce el amor de mi Corazón demostrado a la beata Margarita, pero que reservaba para estos tiempos el dar a conocer su dolor, el cual mostré entonces sólo con las insignias y superficialmente.  Dile que se debe ahondar en este mar sin fondo de amargura y darlo a conocer al mundo, haciendo que se una el dolor de los fieles al inmenso de mi Corazón, pues que se desperdicia esa riqueza en su mayor parte y quiero que se aproveche por medio del Apostolado de la Cruz en favor de las almas y consuelo de mi Corazón".

"Hará un mes, entre el día, de repente me dijo: "La Obra de la Cruz es la continuación de las revelaciones hechas a la beata Margarita" (Carta al Padre José Azola, S.J. 14 de noviembre, 1899).

Vida Cotidiana Transfigurada

No hay que imaginarse a Conchita como una mística con los ojos extáticos y actitudes fingidas. Sus hijos me lo repitieron con frecuencia: 'No había nada más natural que su porte exterior'. Tal era el punto sobre el que insistían más: 'Hasta en la iglesia sentíamos que estaba con nosotros'.

Se leen en el Diario páginas reveladoras de su manera de concebir la perfección cristiana según el verdadero espíritu del Evangelio. Es interesante analizar sus propósitos de ejercicios hechos al terminar los del 20 al 30 de septiembre de 1894.  Conchita tiene treinta y dos años. No son los propósitos de una religiosa, sino los de una mujer casada, madre de familia y ama de casa. De acuerdo con su Director los divide con método: diecisiete puntos para sus relaciones con su marido, veintitrés para su comportamiento cotidiano con sus hijos y en una página final, siete puntos para orientar su actitud de justicia, de bondad y de caridad con los sirvientes de la casa.

Ponemos aquí algunos extractos:

"Con mi marido: tendré cuidado de no perder su confianza antes ganármela más y más; informándome de sus negocios, pediré luz a Dios para aconsejarlo rectamente.

"- Procuraré que siempre encuentre en mí consuelos santos, dulzura y abnegación completa. Igual de carácter en todas las circunstancias, y él sí que vea traslucirse a Dios en todas mis obras para su provecho espiritual.

"- Jamás hablaré mal, en lo más mínimo, de su familia; siempre la disculparé, teniendo cuidado de que respete la mía.

"- Velaré por las economías sin descender a extremos, teniendo cuidado de que nada falte a los demás y haciendo personalmente muchas cosas que implicarían gastos. Estaré siempre despierta a todas las circunstancias. Daré del gasto las limosnas que pueda.

"- En cuanto a la educación de mis hijos haré porque siempre caminemos de acuerdo, habiendo energía y rectitud de ambas partes, con especialísimo cuidado.

"Con mis hijos: tendré especial cuidado y vigilancia.

"- Les fomentaré la caridad para con los pobres, haciendo que, quitando un poco de lo que tienen, les participen personalmente.

"- No les fastidiaré cargándoles de rezos y haciéndoles pesada la piedad; todo lo contrario, procuraré hacerla agradable a sus ojos y que naturalmente la busquen comenzando a dar vuelo al alma con pequeñas jaculatorias.

"- Estudiaré sus caracteres, y apretaré donde convenga, sin dejarme arrastrar por el cariño natural. No los consentiré en general, y recto, sin cambiar un ápice mis resoluciones o mandatos. Sabré imponérmeles a la vez que atraerlos a la confianza.

"- Haré que vean en su padre ciertos actos de piedad y que su ejemplo les sea útil en todos sentidos. Con la niña especialísimo cuidado.

Con los sirvientes de Ia casa: seré dulce y recta. "Vigilaré su moralidad en cuanto pueda.

"- Les asistiré pecuniaria y personalmente, si puedo, en sus enfermedades.

"- Tendré especial cuidado de sus almas, procurando que escuchen algunos sermones, dándoles algunas instrucciones religiosas y cerciorándome que cumplan con el precepto de oír Misa". (Diario T. 4, p. 227 ss. 6 octubre. 1894).

Así se nos muestra Conchita: un modelo de esposa, de madre de familia y de ama de casa. Ella misma hace un 'Reglamento de vida' que orienta su conducta, pero sin rigidez, con una preocupación de fidelidad a Dios y de servicio a los demás por amor.

He aquí algunas anotaciones más que evocan el espíritu que las anima:

"- Propongo hacer siempre lo más perfecto.

"- Propongo buscar en todas las cosas a Jesús y su cruz, conforme a su voluntad santísima.

"- Propongo buscar prácticamente los intereses de Cristo y no obrar según mis intereses o amor propio".

Pero añade con realismo y gran espíritu de adaptación: "No me inquietaré si las circunstancias impiden mi reglamento de vida, sino que tranquilamente continuaré. Seré flexible ante las dificultades, siempre humillándome y siempre ¡adelante, adelante!" (Diario T. 4. p. 80 agosto de 1894).

Sus relaciones sociales, la llevan a reuniones y a varias diversiones como mujer de mundo y madre de familia. No se sustrae a ellas, va a todas partes sonriendo, pero su corazón está todo en Cristo: "Anoche tuve que ir al circo" (Diario T. 4, p. 64, agosto 12 de 1894). "Y voy al teatro dentro de breves momentos, yo que huiría del mundo con todo mi corazón tengo que presentarme a él, y reír y estar alegre y lejos de mí manifestar desagrado, lo que bastaría para causar a mi marido un gran disgusto. Me encuentro por todas las partes sobre la cruz. ¡Oh, Jesús mí, ayúdame! Concédeme saber conformar mi exterior y guardar mi corazón inviolablemente fiel, sabiendo dominarlo para que nada me traicione en presencia de aquellos que no pueden comprenderme" (Diario T. 3. p. 161, mayo 17, 1894).

En medio del bullicio de las fiestas del carnaval escribe: "Ayer no pude escribir; por la tarde tuve que condescender con mi marido a ir al paseo cuatro horas en coche abierto, entre una barahunda de mundo atroz. Hice actos, cuantos pude, de amor y reparación y mortificación" (Diario T. 12, p. 121, febrero 28, 1900). Pero no es una mujer mundana sumergida por el torbellino del carnaval; por encima de los hombres y mujeres que se divierten locamente ella lleva en su alma la mirada del Crucificado.

Se encuentra a gusto en su hogar y en el círculo de su familia y amistades. En ese ambiente es la animadora de las reuniones y de las fiestas. Todos la solicitan. Tiene plena conciencia de que su lugar de madre y educadora está, ante todo, en medio de sus hijos: "Tengo que formar ocho corazones, que luchar con ocho caracteres, quitando lo malo y plantando y fomentando lo bueno; grande paciencia y grande prudencia y virtud necesito para cumplir santamente esta misión de madre. En todas mis oraciones el primer grito del corazón es para pedir gracias para mi esposo e hijos, claro está que espero todo de lo alto, todo de ese Dios infinitamente bueno y de esa María, Madre de todos, a quien se los tengo especialmente encomendados. Ella será su escudo, su luz, su guía, su protectora amadísima. La santa devoción que sus corazones le profesan los salvará de todos los peligros de este miserable mundo tan lleno de escollos. ¡Madre, Madre, ayúdanos, cobíjame bajo el manto de tu pureza y no nos dejes jamás hasta asegurarnos en esa eternidad feliz! ¡María, tu pureza para mis hijos!, ¡que nunca manchen su alma tan querida!, que sean todos para Dios, que El solo sea su aliento y su vida. ¡Míralos, Virgen, son tuyos antes que míos!" (Diario T. 11, p. 193, agosto 16, 1899). 

Así se deslizaba la vida cotidiana de Conchita, como la de todas las madres, con alternativas de penas y alegrías "Ayer cumplí treinta y siete años, tuve un día lleno de las satisfacciones exteriores que pudiera yo desear respecto a mi marido, hijos y demás familia, y sin embargo la tristeza y el vacío llenaba mi corazón haciéndolo sufrir, luchando por dominarme. Tuve el gusto de ver a mis hijos con muchos premios de la repartición del colegio y muy aplaudidos, y algunos saltos de vanidad me dio el corazón, aunque procuraba rechazarlos. Las cuelgas que recibí, todas se las entregué al Señor, quedándome en mi querida pobreza. Tiemblo ante mi debilidad sobre el particular pues en el mundo hay muchas ocasiones de fallar y soy capaz de todo. Ayer renové mi ofrecimiento total a la voluntad de Dios, entregándome sin reserva a sus divinas manos" (Diario T. 12, p. 35, diciembre 9, 1899).

Las preocupaciones no faltaban en la casa y las pruebas de salud pesaban a veces dolorosamente. Ella misma o sus hijos se encontraban gravemente enfermos y la muerte se cernía sobre la existencia familiar. "De las puertas de la eternidad, del borde del sepulcro me ha vuelto el Señor por sus altos fines y pudiendo apenas escribir, tomo hoy la pluma para continuar mi Diario. Una pulmonía terrible iba a concluir con mi vida y estoy ahora en una convalecencia muy delicada y penosa, llena además de mil penas. Se iba a morir la última niña; otro niño grave de enfermedad contagiosa lo cual me priva de ver a la primera, sufrimiento que despedaza el corazón de madre. ¡Vágame el Señor! (Diario T. 10, p. 132-133, abril 21, 1898). 

"Muchas otras cruces me ha puesto Jesús sobre los hombros que sólo con la ayuda divina puedo soportarlas con paciencia... Vi muy de cerca la muerte y tuve que practicar de veras y de lo más intimo del alma el abandono total en los brazos de Dios y el desprendimiento de mis hijos, madre, esposo, que siempre a la naturaleza le cuesta bastante. Tuve mucha paz esperando a cada instante verme en la presencia de Dios: a veces venía a turbarme el miedo a su juicio y una noche arrojándome en sus brazos le dije: "Señor, tengo miedo". 'No temas, me contestó, 'tranquilízate', y, como estas palabras obran, desde ese momento sentí un sosiego de alma como de ilimitada confianza y la seguridad de que no me iba a morir" (Diario T. 10, p. 134, abril 21, 1898).

Así, transcurría su vida, las enfermedades y los achaques aumentaban. Llevaba sola su dolor en el corazón y en los labios su inalterable sonrisa: "Me dijo el Señor: 'No te quejes de tus padecimientos delante de los extraños, ni les dejes ver tus penas porque aminoras su mérito; sufre en silencio, déjame obrar en ti y pasa por la tierra ocultamente crucificada" (Diario T. 10, p. 138, abril 30, 1898).

Su hogar era alegre y bullicioso: "Mamá sonreía siempre", me decían sus hijos; y cuando al terminar mi primera estancia en México, en 1954, después de una encuesta minuciosa declaraba yo a sus hijos: "Su mamá era una gran santa y una gran mística", me respondieron ellos inmediatamente: "santa o mística, no lo sabemos; pero mamás como ella ya no las hay".

"El Claustro Interior"

¿Dónde encontrar el secreto de su vida interior? Indudablemente en el amor de Dios y su increíble amor a Cristo.  Su vida cotidiana está transfigurada por la fe.  Exteriormente no hay en ella nada que suscite admiración.  Es una mujer cuya existencia se asemeja a las demás. Dios está forjándola como un modelo para las mujeres de hoy que viven en su hogar, en su ambiente de trabajo y en sus ocupaciones cotidianas, con sencillez evangélica, fieles a todos sus deberes, generosas, a menudo heroicas, sin sospecharlo siquiera.  Es un tipo nuevo de santidad femenina, que necesita el mundo actual.  El Señor lo decía a Conchita: "Quiero hacerte santa y que sólo Yo lo sepa; por esto te cuido, te aviso, te dirijo y por ti velo.  Te quiero espejo de virtudes ocultas, nada exterior, que estoy cansado de este escollo en que perecen o detienen muchas almas que debieran ser mías.  Tú sí serás mía si me oyes, si te pisas, si todo lo traspasas, si te detienes, en fin, si con tus ojos y tu corazón fijo en Mí haces siempre lo que Yo quiero de Ti" (Diario T. 6, p. 14, 19 abril. 1895).

El Maestro sabía que su humilde sierva, en respuesta a su llamado, caminaría siguiendo sus huellas por las sendas de una vida oculta.

"Quiero, sin embargo, ser santa: esta infinita aspiración no me deja a pesar de palpar mi miseria, pero llena mi alma el deseo, el grande anhelo de santidad de esta manera, y así se la pido al Señor con toda la vehemencia de mi corazón.  Quiero una santidad oscura como entre las tinieblas de la noche, de modo que sólo Dios la vea.  Quiero que la luz sólo haga ver en mi alma una cosa despreciable y fastidiosa; todavía más: arde mi corazón con el deseo de que el mundo me tenga por el 'desecho de la plebe, el oprobio de los hombres, 'gusano y no hombre' (Ps. 22,6). (Diario T. 10, p. 18, 19 septiembre, 1897).

Para poder permanecer unida con Dios en medio de las agitaciones exteriores y de sus deberes cotidianos Conchita se refugia en su "claustro interior", como santa Catalina de Siena en su "celda interior" en la que volvía siempre a encontrar a Cristo por la fe y el amor. Bajo formas diferentes se trata de las mismas consignas de unión, que Cristo da a todos sus discípulos, como en otro tiempo en su discurso de despedida a sus Apóstoles: "Permaneced en mi amor. Permaneced en Mí y Yo en vosotros... Sin Mí nada podéis hacer" (Jn. 15,4-5). No cesaba de repetir a Conchita: "No quiero que te derrames en el exterior de las criaturas, no, tu misión es otra, a la cual debes corresponder fidelísimamente. No más conversaciones ni pensamientos vanos, tu vida debe estar encerrada en el santuario de tu alma, todo interior, porque ahí reside el espíritu Santo... Dentro de ese santuario debes vivir y morir. Ahí tus delicias, tus consuelos, tu descanso, no lo busques en otra parte porque no lo encontrarías puesto que para él te crié muy especialmente.  Entra pues hoy dentro de tu alma, dentro de esas regiones desconocidas para muchos y en donde está la felicidad que soy Yo; entra para no salir jamás.  Allá te conducirá un camino: el de la modestia, recogimiento y silencio; no existe otro... Enciérrate en ese claustro interior del que tantas veces te he hablado y ofrecido que María será tu Maestra... Ahí encontrarás al que es todo pureza y sentirás el ensanchamiento de esta virtud en toda su plenitud.  Ahí alcanzarás el reflejo divino con la pureza del alma.  Ahí te esperan los dones y frutos del espíritu Santo para santificarte y dar por tu medio gloria a Dios.  Ahí tomará tu alma alas y fuerzas para hundirte en aquella inmensidad de Dios que algo conoces.  Un campo muy vasto de virtudes te espera ahí para que las practiques y entiendas, crucificándote.  Ahí está tu claustro... tu perfección religiosa; no basta encerrar el cuerpo para ser religiosa... El encierro interior es el esencial para la santificación del alma que quiere ser mía... no debes salir nunca de ese santuario interior, aún en medio de tus obligaciones exteriores.  Este continuo recogimiento interno se te facilitará a medida que lo practiques y la presencia de Dios que esto produce te ayudará grandemente para tu santificación...

"¿Quieres la perfección para acercarte a Mí? Pues aquí tienes el camino práctico para alcanzarla.  El alma limpia y recogida vive en Mí y Yo en ella; pero no en el ruido y la vanidad, sino en la soledad interior y en el sacrificio de su propio desprecio.  Acá está, en este santuario que nadie ve, la verdadera virtud y por tanto la mirada de Dios y la morada del espíritu Santo" (Diario T. 9, p. 387-390, agosto 15, 1897).

Iluminaciones Divinas

Conchita vive en medio del mundo enclaustrada en Cristo.

Nuevos horizontes se le descubren entonces. Su corazón se ensancha a dimensiones de lglesia: "El Señor me pone enfrente unos panoramas de la vida espiritual que me dejan abriendo la boca de admiración. De repente me encuentro metida en los más profundos secretos de la vida interior y contemplo sus hermosuras encantadoras, sus escollos terribles, sus delicias y sus peligros, y yo no sé con qué objeto, ni qué mano me conduce a esos parajes, tan desconocidos del mundo exterior. ¿Por qué esos relámpagos de luz interna que me salen al encuentro a cualquier hora? ¿Por qué lo sobrenatural y divino se me presenta con tal esplendor y claridad que no puedo dejar ni de verlo ni de entenderlo? A veces pienso que es todo ello puramente cosa natural que mi inteligencia alcanza; pero veo su rudeza y limitación y no puedo menos que confesarme a mí misma que tales claridades son extraordinarias y demás gracias del cielo, aunque no sé con qué fin (Diario T. 16, p. 149-150, marzo 21, 1901).

Dios había predestinado a una mujer seglar, sin alta cultura, para iluminar a la Iglesia. Este es el porqué indiscutible de estas enseñanzas divinas que nos asombran y que no pueden explicarse sino por una luz especial del Espíritu Santo: intuiciones sobrenaturales acerca de los misterios más fundamentales del cristianismo. No citaremos sino algunos ejemplos, para no hacer pesado este sencillo relato del film de su vida, reservando para la segunda parte la exposición de sus grandes temas espirituales. El Señor la ilustró acerca de los caminos de la santidad, sobre los misterios de la Iglesia, con respecto a los sacerdotes, más aún, progresivamente la fue introduciendo en el misterio de Dios y los abismos de la Trinidad, no de una manera especulativa y abstracta, sino siempre en relación con su vida personal concreta para ayudarla en su ascensión hacia Dios.

Luces sobre la Inmensidad Divina

He aquí algunas de esas elevaciones dogmáticas sobre la inmensidad de Dios, sobre la esencia de Aquel que es, sobre la Trinidad y la Encarnación y sobre la generación eterna del Verbo.

"Tuve sentimientos y luces muy claras sobre la inmensidad de Dios, ¡le veía tan grande, tan infinito en todos y cada uno de sus atributos! Me arrojaba en aquel mar como si fuera una gota de agua, en aquel inmenso horizonte como el más imperceptible átomo. Me sumergía en mi Dios, lo abrazaba llenando la infinita sed de mi corazón y sus inmensos senos y me gozaba al sentir cómo no se disminuía, igual, siempre igual..., ¡Qué hermoso es esto que no puedo yo explicar, sólo sentir!... Y experimento también una alegría espiritual inexplicable al ver mi nada y tamaña grandeza, mi impotencia y debilidad, junto a su grandeza y poder. Cómo me encantaba verme tan pequeña y tan débil y tan enferma y agotada, y a El, a este mi Dios tan grande, tan infinito y siempre y por todos los siglos".

"Yo experimentaba más que otras veces aquel destellito del mismo Dios dentro de mi ser; una sed infinita, un arrastramiento impetuoso y sostenido hacia ese ser único capaz de satisfacerme... Sentía dentro de mí como una especie de simpatía, un reflejo del mismo Dios. ¿Cómo hay, pues, me digo, quien dude de la existencia del alma o de su inmortalidad? ¿Qué estos pobrecitos no habrán sentido esto que voy explicando?

"Otras veces sentía este lanzamiento del alma como un gran fuego que tendía siempre hacia arriba: como un tiro de chimenea o de un gran vapor que todo lo traspasaba; para él no había obstáculos e iba a perderse, a estrecharse con el objeto de sus ansias. Dios, Dios, me repetía yo. ¿Dios, mi Dios, este Ser tan grande, mío? ¡Mi Creador y después mi Redentor, y aquella vida toda divina, y presa de sufrimientos y a morir para darme la vida y en una Cruz, y por mí! ¿A quién no arrancan el corazón estas reflexiones? Nunca había sentido con tanta vehemencia esta inmensidad de nuestro Dios" (Diario T. 5, 48-50, marzo 10, 1895).

"Yo Soy El que Soy"

Con una seguridad doctrinal impecable el espíritu de Conchita se eleva hasta la cumbre suprema de la Revelación divina en la que, según el Exodo (3,14) Dios manifestó a Moisés sobre el Sinaí su naturaleza íntima como el Dios de la Alianza con su pueblo escogido.

El genio científico y arquitectural de un santo Tomás descubrirá en este texto privilegiado "la Verdad Sublime" (Contra Gentes) de la que hará la clave de bóveda de su Suma Teológica: "Yo soy la existencia misma". Toda la síntesis tomista se ordena en torno a esta verdad fundamental. Si Dios habla a una mujer, si le revela el secreto de su Ser, es para cimentarla en el conocimiento de su nada como punto de partida de su ascensión espiritual. ¿No había enunciado el Señor esta misma verdad fundamental a Santa Catalina de Siena...? al principio de sus visiones divinas, es decir cuando Nuestro Señor comenzaba a manifestarse a la santa, se le apareció un día estando ella en oración y le dijo: "Sabes hija mía, quién eres tú, quién soy Yo? Si tienes este doble conocimiento serás feliz. Tú eres la que no es: Yo soy El que soy. Si guardas en tu alma esta verdad, el enemigo jamás podrá engañarte, escaparás de todos sus lazos; no consentirás nunca en hacer un acto contrario a mis mandatos y adquirirás sin dificultad toda gracia, toda verdad, toda claridad" ("Vida" por el B. Raymundo de Capua, C. 10).

Dios se dirige de la misma manera a la gran mística mexicana, quien lo relata en su Diario, profundamente impresionada por la revelación de esta verdad suprema.

"Yo siempre SOY, esta palabra "soy" encierra las eternidades. Para Mí no existe el antes ni el después, el pasado ni el futuro. Yo no puedo decir "he sido" o "seré", sino siempre "soy".

"-¿Para qué me dices esto, Señor, si no lo entiendo?

"-Antes de la creación, en el fondo eterno sin principio, soy, después de la creación y en el fondo eterno sin fin, soy, y ahora y siempre soy, y soy por Mí mismo y nada se me ha dado, porque Yo soy el dador de todo y llevo en mi Ser todas las perfecciones y atributos que Yo mismo produzco de mi misma esencia, y soy feliz porque soy eterno, recreándome eternamente en Mí mismo: Verdad eterna, Padre, Hijo y Espíritu Santo, conjunto unidad. Verdad: las tres Personas en una sola substancia, eterna Verdad. Este es tu Dios tres veces ¡Santo, Santo, Santo!

"Yo la verdad estoy atarantada, se me pierde el pensamiento, se me marcha la razón y cuando siento estas alturas sólo me humillo hasta la sima sin fondo de mi nada, cierro los ojos, creo y adoro. Creo que no existen mayores lecciones de humildad que estas, ¿cómo creerse uno grande, miserable átomo, ante tamaña grandeza?, ¿cómo bueno ante aquella bondad sin límites?¿cómo perfecto ante semejante luz de perfecciones infinitas?, ¿cómo puro ante aquella eterna Verdad? ¡Oh, qué locos somos los del mundo cuando nos tenemos en algo, o nos creemos capaces de la menor cosa! ¡Yo a la verdad que después de sentir a Dios y vislumbrar esa pequeñita parte de lo que es siquiera apretar mi frente y mi corazón en el polvo y no levantarme de ahí jamás!" (Diario T. 7, p. 253-254, agosto 8, 1896).



Trinidad y Encarnación

La Santísima Trinidad también se le revela, pero por el camino de la Encarnación. Así es siempre en los místicos: por la humanidad de Cristo van hacia los esplendores de la Trinidad.

"Me llevó después el Señor el pensamiento al punto de la Encarnación del Verbo y me hizo entender unas cosas muy profundas relacionadas, claro está, con la Santísima Trinidad, cuya segunda Persona es".

"El Padre, me dijo, desde toda la eternidad El produjo de Sí mismo, de su misma substancia y de su misma esencia al Verbo, también desde toda la eternidad porque en el principio ya era el Verbo Dios, y el Padre Dios, siendo dos Personas en una misma substancia divina. Pero nunca, ni un instante estas Personas, Padre e Hijo, aunque producido por el Padre y el Hijo era también el Espíritu Santo, reflejo, substancia y esencia del Padre y del Hijo y también Persona. Es el Espíritu Santo el reflejo divino de la misma divinidad, es el reflejo del Amor en el Amor mismo, el reflejo de la luz en la Luz misma, el reflejo de la Vida en la Vida misma, y así de todas las infinitas perfecciones en la eterna perfección".

"Esta comunicación de la misma substancia, de la misma esencia, de la misma vida y perfección que forman y es una sola esencia, substancia y vida y perfección, constituye la felicidad eterna del mismo Dios y las complacencias sin término de la augusta Trinidad".

"¡Oh qué grande, qué grande es Dios y qué arcanos ininteligibles para el hombre y aún para el ángel encierra en Sí mismo! Me contemplo ante esa grandeza en la última expresión del átomo, pero al sentir mi alma infinita, recibiendo un pequeño reflejo de aquella misma grandeza, se ensancha gozosa al ver la felicidad, la eternidad, la incomprensibilidad de la inmensidad de su Dios".

"Y, ¿ahí está el Verbo?, me digo emocionada y desde aquel trono descenderá al vil átomo de la tierra. Oh mi eterno Dios, ¿cómo aceptar semejante dignación?"

"Prosiguió Jesús: El Verbo, que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad descendió al seno purísimo de María y por obra del Espíritu Santo, que es el que fecundiza, como ya otras veces te he dicho, tomó carne y se hizo hombre, ¡profundísima humillación que sólo el amor divino podía realizar!  El Verbo se envolvió de la naturaleza humana aunque ese Cuerpo recibió un alma también, santa y purísima, que lo animaba, pero el Verbo se hizo hombre y bajó a la tierra morando como Persona divina en la humanidad del Redentor".

"Entendía yo unas cosas tan hondas en este sublimismo misterio que sólo son para mi alma y no puedo explicar porque no encuentro palabras".

"-Dime, Jesús, qué entonces (pensando en la santísima Encarnación) me pregunto, ¿cómo se hizo? ¿Quieres explicármelo?"

"En Dios, se dignó responderme el Señor, aunque hay tres Personas distintas hay una sola voluntad, una misma substancia, un mismo poder.  Con esa voluntad y omnipotencia se obró este misterio de la Encarnación del Verbo siendo el Espíritu Santo, es decir el Espíritu del Padre y del Hijo quien Io produjo, siendo la tercera Persona el lazo de luz y amor entre el Padre y el Verbo y la fuente divina de toda fecundación.  Por esto estando en el Jordán y apareciendo a la vista humana una Paloma, la cual representaba al Espíritu Santo, se escuchó la voz del Padre que dijo: "Este es mi Hijo amado en el cual me complazco" (T. 9, p. 67-71, 25 febrero, 1897).

La Generación Eterna del Verbo

"Una noche me llamó el Señor a la oración, levantando mi alma esas alturas de la divinidad que me causan miedo por mi grande miseria.  Resistí esa noche cuanto pude, quedándome en el alma como castigo una frialdad glacial.  Al día siguiente, luego que comulgué volví a sentir el impulso divino y volví a resistir cuanto pude; pero no pudiendo entrar en ninguna meditación abrí por fin mi pecho y me dejé llevar a la voluntad de Dios. Apenas hice esto me vi sumergida en un abismo de luz, de claridad inexplicable y que arrebata todo sentido, quedando el alma suspensa en un punto fijo: ese punto era Dios, Dios, abismo de pureza y de infinitos resplandores"

"Ahí vi, digo vi para explicarme de algún modo, ahí vi, sentí lo que no se me había ocurrido: ¡La Generación eterna!  Yo no sabía que Dios tuviera generación, es decir no lo había pensado. Generación eterna, Generación divina, ¡Oh, si pudiera explicar lo que yo siento con estas palabras, lo que traen a mi memoria y a mi corazón!

"Fue tan viva la impresión de lo que vi o entendí sobre esta Generación divina que aún tiemblo y me enfrío y como que enmudezco al recordarla.

"Vi un gran foco de vivísima y purísima luz, de aquella luz increada, como derramándose en ardientes rayos de claridad divina: todo aquello era divino, era la misma Divinidad allá en su eternidad sin principio.  Así, como transportada mi alma a aquel lugar, vi que aquel torrente de luz, de fuego, de vida, se volvía a un punto, a un disco, al mismo foco de donde partían, como reflejándose, no sé cómo decir, pero en aquel reflejo de la luz, del fuego, de la vida, de la misma Divinidad, entendí cómo se produjo el Verbo, ¡el Verbo aquel que en el principio ya era!

"Yo sé muy bien que ninguna de estas tres Personas divinas es antes que otra pero yo no alcanzo a explicar esto que vi y de qué modo.

"Al producirse el Verbo con todas las perfeccionas del Padre, quedando dos Personas divinas, pero con una sola substancia, con una misma voluntad, con un solo poder y hermosura y luz y vida, y en este mismo momento se trabó entre estas dos Personas divinas una complacencia, una felicidad y una unión de amor, una unión que produjo a la tercera Persona divina, el Espíritu Santo.

"Esta unión, esta comunicación, este lazo, sentí, como que produciendo al Espíritu Santo, El mismo lo continúa.  Es como indispensable entre el Padre y el Hijo, como que sin El no podrían ser.  Es esta una unidad tan hermosa, tan perfecta y tan pura que en la tierra no se puede entender, ni aún en el cielo enteramente, sino el mismo Dios.  Esta unidad divina forma la felicidad de los santos, la pureza de los ángeles, el ardiente fuego de los abrasados querubines, ¡Y este Dios en tres Personas distintas, pero con un solo corazón, diré, con una sola ternura, con un eterno amor, infinito, este Dios inmenso es el que está encerrado en el más pequeño punto de una hostia consagrada!

"¡Oh Trinidad!, ¡Trinidad beatísima!, Luz de luz en donde no hay la más leve sombra, hazme pura como el cristal para que me traspasen esos rayos de la Divinidad. ¡Oh Generación eterna!, ¡Oh Padre, Hijo y Espíritu Santo!, yo me gozo en el secreto sublime de tu felicidad incomprensible.  Te amo tanto, tanto, que si me fuera dado aumentar un átomo tu dicha, aún a costa de mi vida, de mi condenación, (si en ella no te ofendiera), lo haría.  Yo no sé, no sé lo que siento al vislumbrar ese foco de felicidad en que vive la misma Vida.

"Veo las tres Personas divinas con misión distinta pero con un mismo centro, un solo amor, una misma substancia y dicha y perfecciones infinitas" (Diario T. 9. pp. 366-371, 17 julio, 1897).

Ante tales elevaciones dogmáticas, un día en Roma me sentí impulsado a decir a su Eminencia el Cardenal de México, que conoció personalmente a la Sierva de Dios: "Esto no es de una mujer, sino de una inspirada por Dios". El estuvo plenamente de acuerdo.

"Me Aseguran que mi Espíritu es de Dios"

No obstante la discreción personal de la Sierva de Dios en la fundación de las Obras de la Cruz, este caso excepcional de Conchita, lleno de confidencias secretas, de acogida entusiasta o de oposiciones, no podía dejar de plantear algunos interrogantes.  El Arzobispo de México, Mons. Alarcón fue consultado y ordenó un examen de su vida y de sus escritos.  Conchita se manifestó siempre dócil a las enseñanzas y a las directrices de la Iglesia: "Creo en la Iglesia, en su divinidad, en su indisolubilidad; daría mi sangre por defender la pureza de su doctrina y de sus dogmas". (Diario T. 12, p. 209, marzo 31, 1900).

En octubre de 1900 Conchita fue examinada por teólogos y hombres de gran experiencia.

"Octubre 1: 1900.  Hoy, después de un riguroso examen y previa oración el R.P. Melé, Visitador de la Congregación del Corazón de María, resolvió o me aseguró que mi espíritu era de Dios y que estaba dispuesto a afirmarlo".

Al día siguiente, 2 de octubre, añade sencillamente: "Hoy el Padre del Moral, Visitador y Provincial de los Paulinos me confirmó que mi espíritu era de Dios".

La Muerte de mi Esposo

"El día 17 a las siete menos cinco minutos de la noche se llevó el Señor a mi esposo que me había dado en la tierra durante dieciséis años diez meses y nueve días. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó ¡Bendito sea su santo Nombre! Aquella horrible puñalada de la noche del 11, en la cual entendía sin querer entender, que el Señor me pedía el sacrificio de la vida de mi marido, al cual el espíritu estaba pronto mas el corazón de carne luchaba y se resistía: aquel dolor dentro del cual, postrada, me ofrecí a la divina Voluntad, continuó, continuó creciendo a la vez que yo comprendía y veía las realidades del sacrificio.

"¡Cuántas luchas, cuántas penas, cuánto sufrimiento! Aquella daga me traspasaba el alma sin lenitivo, sin consuelo. Aquella noche me presentó el Señor el cáliz y trago a trago me hizo apurarlo hasta las heces.

"Todos aquellos días me lo iba a traer del Sagrario a que me ayudara y fortaleciera, ¡Oh! si no hubiera sido por Él mi grande debilidad hubiera sucumbido. Veía, palpaba por momentos, que perdía la vida mi marido, y cómo fue modelo de esposos, de padres y de caballeros, cómo tan fino y delicado había sido para conmigo, tan respetuoso en sus actos, tan cristiano en sus pensamientos, tan honrado y cumplido en todas sus obras, iOh Dios mío!, mi corazón se despedazaba de pena y a fin de remordimientos por haberle guardado los secretos de mi espíritu. A la vez que veía más próxima su separación, crecía, se agigantaba el cariño de mi corazón. Sentía yo que no tenía cabeza, ni fe, ni razón, sino tan solo corazón. Sentía como horror a la vida espiritual... ¡Qué días, qué horas, qué noches!...

"¡Oh gracia del Señor de lo que eres capaz! Cierto que yo no hacía durante todos aquellos días, ni podía hacer más oración que ésta: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo", pero desde aquel momento sentí la fortaleza del Espíritu Santo para aceptar con serenidad el terrible golpe que venía directo a partirme el corazón, y a arrancar el padre a mis hijos". (Diario T. 17, pp. 213-218, 27 septiembre 1901).

"Ya con anticipación me había ocupado de que se confesara y de que recibiera el santo viático... Le recé muchas veces las oraciones de los agonizantes, la recomendación del alma; lo exhorté cuanto pude hasta el instante de su muerte, con jaculatorias, actos de contrición, actos de amor y de fe y de esperanza, infundiéndole valor y confianza, que mil veces repetí con toda mi alma. Así pasé horas hasta que expiró, sufriendo con él mi corazón en su terrible agonía, asfixia y dolor. Pero no, no era yo sola la que entonces sufría, sino Dios conmigo, el cual me sostenía.

"Cuatro de mis hijos, los mayorcitos, rodeaban su cama hasta verlo morir. Impuse silencio en momentos tan solemnes y dos sacerdotes lo absolvieron. En seguida recé la estación de los difuntos, ¡Oh Dios mío! lo que mi corazón sintió sólo Tú lo sabes. Luego inmediatamente ahí, de rodillas, ofrecí al Señor con todo mi corazón la perpetua castidad y pureza.

"Después le pedí perdón de cuanto lo hubiera ofendido, y ya que él veía todas las cosas, me pareció que comprendería el por qué de mis secretos espirituales para con él. Después de la extremaunción hice que aconsejara y bendijera a cada uno de sus ocho hijos y después se la pedí para mí, pidiéndonos ambos perdón. Y también, después que expiró, fueron uno a uno todos sus hijos e hice que me ofrecieran, ante el cadáver de su padre, ser buenos e imitar sus virtudes para tener una buena muerte. Después con mi hijo mayor bajamos a la caja al que fue mi compañero.

"¡Oh noche de soledad, de dolor, de sufrimiento!" (Diario T. 17, pp. 219-221, 27 septiembre 1901).

Visita al Cementerio

“Día penosísimo para mi corazón de esposa y madre. Era el santo de mi esposo.  Hice el acto, venciendo a la naturaleza, de ir a su sepulcro con mis hijos y pasar ahí la mañana, junto a sus despojos, rezando y llorando. Me acordé de cuando el Señor lloró por Lázaro... ¡Qué realidades, Dios mío, qué puntos de meditación, qué terrible y seria es la muerte!  Ahí se pesa el tiempo y la eternidad, el bien y el mal, lo fugitivo y transitorio con lo real y eterno. ¡Oh Dios mío, Dios mío! Cuánto pensé, cuánto sufrí, cuánto entendí. Todavía está la tierra que cubre al que me fue tan querido, húmeda y recientemente removida.  Las lágrimas de mis hijos y las mías mojaron aquella tierra de donde fuimos formados y a donde hemos de volver. Pasaron por mi imaginación, volando, a los años de mil recuerdos, penas, felicidad, ilusiones. Todo en un instante desvanecido como el humo por el soplo de la muerte. 

“¡Oh, qué efímera es la vida, qué corta nuestra existencia, qué cerca se encuentra el presente del pasado! ¿Qué hacemos cuando este tiempo no lo empleamos en solo Dios?” (Diario T. 17, pp. 241-242, 4 de octubre 1901).  

"Ese fue mi Esposo"

"Muy bueno, cristiano, caballero, honrado, recto, inteligente y con un gran corazón.  Sensible a cualquier desgracia, cariñoso conmigo, excelente padre que no tenía más distracción que sus hijos; eran su dicha y sufría mucho cuando se enfermaban.  Era muy correcto en el vestir, muy fino en su trato, muy obsequioso conmigo, un hombre de hogar, muy sencillo y respetuoso y delicado.  Tenía un carácter fuerte, enérgico, que con el tiempo se le endulzó.  Me tenía grande confianza y con frecuencia me hablaba de sus negocios tomando mi opinión aunque nada valía.  Era hombre de orden y metódico.

"Desde el día siguiente de casados hasta que murió me dejó ir a comulgar diariamente; cuando me casé le puse esta condición que cumplió.  Me cuidaba los niños mientras yo volvía de la Iglesia y ya muy grave me decía: "Anda a comulgar".  Como quedaba enfrente la casa del templo de la Encarnación iba a la hora de la consagración y me volvía luego a su lado.  Nunca me leía lo que escribía, que a veces me encontraba haciendo mis "Cuentas de Conciencia".  "Son cosas de espíritu que tú dices y yo no entiendo", me decía.

"Tenia que condescender en ir al teatro y bailes con él algunas veces, (más en San Luis).  Nunca iba solo.

"Le tenía mucho miedo a la muerte y leyéndole el Kempis a menudo le salía ese capítulo y creía que yo lo hacía de propósito.  Dos años antes de su muerte sí sentí que pronto se moría y se lo dije, rogándole que hiciera más por su alma.

"Era un poco celoso. Cuando me enfermaba de gravead, que fueron varias ocasiones, él me asistía de día y de noche, sin querer persona que velara.  Todos los domingos iba a la Villa a encomendarse a la Sma. Virgen de Guadalupe.

"Para morir hizo confesión general y su miedo a la muerte se cambió en un perfecto abandono a la divina voluntad.  "Según yo, decía, es el momento que más falta hago a mis hijos, pero Dios sabe lo que hace, y yo sólo quiero su voluntad".  Desde ese instante me consagré a Dios para ser siempre toda suya, con la frente sobre la frente del que fue tan bueno conmigo". (Autob. Pp. 379-381).

Sola, con mis ocho hijos huérfanos

Los primeros días de su viudez fueron terribles para Conchita.  Los médicos creyeron que iba a morir.  El pensamiento de su marido la seguía a todas partes. "Lo que más me consuela en el recuerdo del drama pasado, aparte de haber sido la voluntad de Dios, es la conformidad tan grande con que aceptó él la voluntad divina, por más que miraba é humanamente hablando no concluida su misión al dejar tan pequeños a sus hijos.  "Estoy indiferente a vivir o a morir, me decía, Dios sabe lo que hace".  Y cuando yo le decía que tenía mi corazón atravesado de dolor me contestaba: "Que no piensas en la voluntad de Dios?" (Diario T. 17 p. 223, 27 septiembre 1901).

Otra versión más detallada nos ha conservado el recuerdo conmovedor de las últimas conversaciones íntimas con su marido: "¡Concha! Me decía - ¡me muero!... - "Vas a ver a Dios" (Aut. T. 4, p. 66).  Después de haber recibido el viático les dio la bendición a todos sus hijos.  "A Pedrito, el más pequeño, mucho me lo encargó; después yo se la pedí rogándole que me perdonara en lo que lo hubiera ofendido; él hizo lo mismo y me la dio.  Le dije también: "Yo siempre he procurado darte gusto y si Dios te lleva quiero seguir tu voluntad: ¿qué quieres de mí?" - "Que seas toda para Dios y toda para tus hijos'. (Aut. T. 4, p. 60-66).

La muerte de su marido cambió bruscamente su vida dejándola desamparada pero valiente: "Hoy cumple mi hijo mayor dieciséis años.  Aún cuando me sobrepongo, tengo ratos muy pesados y mis lágrimas corren muy a menudo sin poder detenerlas.  Mi corazón de carne tiene mil tristes recuerdos y sufre y se bebe el dolor a grande tragos. ¡Bendito por todo sea el Señor!

"El llanto de mis hijos que derraman por su padre me traspasa el alma... Mal del cuerpo y ahora estoy resistiendo la fatiga, pues ni de día ni de noche me aparté de mi enfermo, asistiéndolo en todo personalmente hasta su muerte.  Tengo enfermo a mis hijos, sobre todo el más pequeño.  ¡El Señor me ayude con la Cruz!" (Diario T. 17, pp. 231-232, 28 septiembre 1901).

El 30 de septiembre añade dolorosamente: "Hoy concluye el mes en el cual más he sufrido en mi vida" (Diario T. 17, p. 232).

En su extrema aflicción se vuelve a María: "Acuérdate, Madre, que no se ha oído decir hasta ahora que alguno que recurriese a tu patrocinio haya sido desamparado... En ti espero, en ti confío, a tu protección me acojo. ¡Oh, María, ayúdame con mis ocho huérfanos!" (Diario T. 17, p. 240, 2 octubre 1901).

Encuentro Providencial con el
Padre Félix Rougier

En el momento en que Conchita tenía necesidad de un nuevo apoyo espiritual conoció al Padre Félix Rougier.  Ambos refieren en su Diario espiritual este encuentro providencial del cual había de nacer la fundación de los "Misioneros del Espíritu Santo", llamados por Dios para ser en la época actual los apóstoles de una renovación del mundo por la Cruz, bajo el impulso del Espíritu Santo.

En México los Misioneros del Espíritu Santo conservan como preciosa reliquia el confesionario en el que tuvo lugar dicho encuentro.

"El día tres (de febrero de 1903) supe que existía en el Colegio de Niñas (nombre que se daba al templo de la Parroquia Francesa), un sacerdote, superior de los Padres Maristas, de muy buen espíritu.  Esto lo supe a las cuatro de la tarde y no sé qué ansia me entró de hablarle de la Cruz...

Al día siguiente, cuatro, una fuerza interior me impulsaba a esa iglesia; fui y llamé con botón eléctrico y al bajar un sacerdote desconocido que apenas vi, me acerqué al confesionario y me confesé.  Sentí un impulso extraordinario para abrirle mi alma, para hablarle de la Cruz, de los encantos del padecer, de los primores del dolor.  Yo veía, yo sentía el repercutir de mis sentimientos en su alma, veía cómo penetraban hasta el fondo mis palabras, que creo que entonces no eran mías, porque yo me oía hablar con un fuego, con una facilidad, con algo muy grande que no era mío, era de la Palomita divina.

"Le hablé de las Obras de la Cruz y lo sentí enamorarse de ellas.  Yo vi el fondo de su alma y sus actuales impresiones; desde luego sentí que aquella alma daría mucha gloria a Dios en sus Obras, lo sentí, en fin, herido por la Cruz, herido en lo más hondo de su alma. Lo sentía yo impresionadísimo, santamente tocado en lo más vivo del corazón.  Le hablé del Oasis y me preguntó luego si en México se encontraba y que si había para hombres.  No hay para hombres, le contesté, pero lo habrá.

"Llegué a casa muy impresionada por aquel encuentro tan raro y que yo veía claro ser para la gloria de Dios; sin embargo, mucho le pedí al Señor que si no era su voluntad no me encontrara ni diera con la casa el Padre; pero preguntando y no sé cómo llegó y nos saludamos sin conocernos; pero en seguida nos pusimos a hablar de Dios y de las Obras.  Seguí viendo las impresiones del Espíritu Santo en su alma y sus anhelos de perfección; le propuse que si quería hacer al Señor una entrega total y accediendo, ansioso de su perfección, quedé de escribírsela para el día siguiente.  Lo invité a presentarlo en el Oasis al día siguiente a las diez de la mañana y así nos despedimos". (Diario T. 18, pp. 26-30, 4 febrero 1903).

El resultado de este encuentro con el Padre Félix fue que por señales manifiestas llegó a ser director espiritual de Conchita. Así entró en su vida para siempre.  Desde luego fue consejero de las Religiosas de la Cruz en una hora difícil y delicada, en la que, a la mano de hierro de su primer director que no admitía ningún otro fuera de él, Dios sustituyó el apoyo de un hombre comprensivo y prudente que mucho le ayudó en su ascensión hacia Dios y en la orientación de las Religiosas de la Cruz.  El Padre Félix, perfecto religioso de la Congregación de los Padres Maristas, con toda lealtad dio cuenta a sus superiores de este inesperado encuentro en el que creía descubrir un llamamiento particular de Dios para él.  El Padre General de los Maristas juzgó de distinta manera y  lo detuvo en Europa en donde el Padre Félix, con una obediencia heroica y una fe inquebrantable "como la de Abraham", esperó, en silencio, la hora de Dios.

Dios había colocado a un santo cerca de Conchita.  Cuando el Padre Félix volvió a encontrarla después de diez años de ausencia, sus primeras palabras fueron sencillamente: "Soy el mismo para las Obras de la Cruz".  En el momento en que regresó a México - desembarcaba en Veracruz el 14 de agosto de 1914 - encontró algunos obispos mexicanos desterrados de México por la persecución que iban a tomar el mismo vapor.  Conocían al Padre y lo querían; no le ocultaron su sorpresa, pero el Padre les contestó con valor: "El Señor quiere que funde en la agonía de la Nación".

El Padre Félix no era un soñador sino un hombre equilibrado y realista, de sólido buen sentido, inquebrantable como la roca de las montañas de su Auvernia nativa.  El alma de un santo.  El Reverendísimo Padre Gillet, Maestro General de los dominicos, que había conocido en Paris, en Roma y durante sus viajes a través del mundo eminentes personalidades, atestiguaba en 1938: "De todos los hombres que he encontrado en mi vida nadie me ha producido una impresión tan grande de santidad".

Hasta el ocaso de su vida, el Padre Félix y Conchita trabajaron juntos en la fundación y desarrollo de las Obras de la Cruz, pidiéndose mutuamente consejo; los dos se visitaban para comunicarse sus proyectos y hablar largamente de Dios en una purísima y santa amistad, como la de san Francisco de Sales y Santa Juana Francisca de Chantal.

"Sentí en mi alma el Bisturí Divino"

A través de sufrimientos y alegrías cotidianas, sin llamar la atención en su vida de viuda, llena de sencillez, entregada totalmente a la educación de sus hijos, Dios perseguía en esta alma de elección su obra de purificación y de unión, y preparaba en ella un modelo para los hogares cristianos.  La muerte de su marido la había destrozado: "He sentido el bisturí divino en mi alma cortando todo Io que la ataba a la tierra".

Inmediatamente comprendió que debía acercarse más a Dios.  Ese es el verdadero sentido de la vida. "Me impulsa la gracia poderosamente a emprender en mi nuevo estado una nueva carrera de perfección, de sacrificios, de soledad, de vida oculta... Entiendo que el Señor quiere purificarme para hacerme más de El" (Diario T. 17, p. 229, 27 septiembre 1901).

"En un abrir y cerrar de ojos ha cambiado la vida para mí, he volteado una hoja en el libro de mi existencia... Ahora palpo cuánto mi corazón estaba pegado a la tierra, cuánto amaba a mi marido, aunque con un amor verdaderamente puro y santo, mas no aquilataba, ni siquiera me imaginaba su intensidad, hasta que lo perdí... En mi vida de hija de familia encuentro muchos lunares, en mi vida de esposa mucho también de qué arrepentirme: no he sabido ser hija ni esposa; a ver si en mi nuevo estado me santifico.  A ver si en la viudez sigo la perfección y me hago santa cumpliendo con los sagrados deberes de madre". (Diario T. 17, p. 247, 9 octubre 1901).

Su camino de perfección no es el de una religiosa, sino el de una madre, en todo el sentido de la palabra.  Por ahí Dios la elevará rápidamente hasta las más altas cumbres de la santidad.

Favores Divinos

De esta manera avanza hacia Dios. Sus hijos la necesitan en casa.  Sin descuidar nunca los deberes de estado encuentra tiempo para continuar su apostolado de la Cruz.  Hace oración, escribe su Diario por obediencia al director espiritual.  Camina hacia Dios a través de alternativas de luz y oscuridad, de dificultades cotidianas y de alegrías.  La gracia divina la invade más y más. Hace esta confidencia a un obispo que fue para ella un padre y un amigo: 

"¡Oh, son innumerables los favores que Dios se ha dignado hacerme a pesar de mis ingratitudes! 

"Me lleva, me envuelve en su inmensidad, en sus atributos; me descorre como los velos de los misterios, y me hace, no sé cómo, sentir y como palpar, sin necesidad de la fe el misterio de la Santísima Trinidad, de la felicidad de Dios en la comunicación de las tres divinas Personas; de la Generación eterna; del origen altísimo de las virtudes teologales y de la virginidad; de aquel conjunto-unidad de la substancia divina, del Verbo, del Espíritu Santo, de la gracia de la luz, en fin, cosas indecibles, que, si no son de Dios serán del diablo, pero mías no. 

"Me da seguido luces de propio conocimiento que no me dejan levantar de mi propia miseria. Su presencia es a veces sensible, sobre todo en la Sagrada Comunión, traspasándome su luz, sus rayos, purificándome.  Me dictó así, con su divina voz, aunque yo me resistiera, un tratado de virtudes muy perfectas y de vicios.  Me hace escucharlo, aún cuando yo me disimule entenderlo, y después no me deja descanso hasta que escribo. 

"Dice que me ha regalado el don de la pureza y de la humildad; dicen mis confesores que esto es cierto, porque ciertamente no entiendo la impureza, ni puedo levantarme, ¡Oh no! por su divina gracia, con lo que es suyo, puramente suyo.  Entre tantas obligaciones, de marido antes (pues enviudé hace cuatro años) y de hijos, etc., no me deja el Señor, sino que siempre por medio del sacrificio me empuja a crucificarme, a anhelar el dolor, el martirio, a darle la sangre todos los días por la salvación de las almas, por las Obras de la Cruz que tanta gloria le darán. 

"Me han mandado a que examinen mi espíritu varios jesuitas (dos provinciales), el P. Visitador de los Misioneros del Corazón de María y otros varios sacerdotes, a beneplácito de mi confesor, de ciencia y virtud; y después de hacerme volver, y de pedir luz en sus oraciones me han asegurado todos que mi espíritu es de Dios, que las Obras de la Cruz son de El, y que debo confiar y esperar, tomando los medios que están a mi alcance en su favor. 

"En los papeles que tengo escritos de cosas tan altas que yo no entiendo, como del Verbo, del Espíritu Santo, efectos espirituales, etc. me han dicho que en nada se apartan de las enseñanzas y doctrina de la Santa Iglesia (a la cual amo más que a mi vida y quiero someterme sin reserva, con todo el corazón), y que debo continuar los impulsos del Señor y la vida de martirio, ese voto de siempre procurarme padecimiento que hace años me pidió el Señor y Él me ayuda a cumplirlo. 

"Estos son los favores; pero mis pecados y mis miserias los sobrepujan.  No sé cómo el Señor se ha valido de este pobre caño para hacer pasar sus gracias" (Relación hecha a Mons. Leopoldo Ruiz y Flores, 1905).



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