Diario de una Madre de Familia, Conchita


Debo vivir dentro de María



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Debo vivir dentro de María

"Debo vivir dentro de María, imitando sus virtudes y su amor a la Santísima Trinidad.

"La encarnación mística pone al alma en contacto íntimo con las tres Personas Divinas. En ellas y en María debo fundir mi vida, no tan sólo mi vida espiritual, sino la material también, fundiéndola además en el ofrecimiento del Verbo al Padre.

"Debo, dentro del mismo ofrecimiento comer, dormir, alegrarme, sufrir, etc., toda mi vida simplificada en ese ofrecimiento constante que glorifica a toda la Santísima Trinidad. Toda mi vida, en unión con María, sin salir de María, imitándola en su amor a Jesús, en su total sumisión al Padre, y moviéndose sólo por el Espíritu Santo". (Diario T. 46, p. 93-94, octubre 27, 1925).

La vida espiritual de Conchita estuvo siempre guiada por la perfecta obediencia a sus directores y a medida que avanza en la perfección que Dios quiere de ella su docilidad es más perfecta.

"Quiero realizar, escribe, los consejos de mi Director, sobrenaturalizándolo todo, personas y cosas, idealizando mi vida práctica con el tinte espléndido de la luz del cielo viendo en todas las criaturas y acontecimientos el amor de Dios, la estela de Dios, a Dios mismo.

"Entraré pues de lleno a la Divinidad como Jesús lo quiere. No cerraré los ojos ante los arcanos insondables de la Santísima Trinidad que Él me enseña. Penetraré hasta donde Él quiera en los misterios divinos, en la felicidad de Dios, en la generación eterna, en el Amor del Espíritu Santo, en aquel flujo y reflujo de misericordia y bondades, en las íntimas comunicaciones de las Personas Divinas, en sus atributos, en la Unidad perfectísima, en el interno santuario de la Trinidad, cuando Él quiera y hasta donde quiera Él.

"¡Oh, qué unión tan Única! ¡Qué estrechamiento tan singular, qué unidad en las Tres Personas, qué un solo Dios infinito en esa Unidad de la Trinidad" (Diario T. 59, p. 284, marzo 11, 1933).

La Unidad de la Trinidad

"La unidad es el centro de la Divinidad, es el misterio más consentido de Dios, es Dios mismo, porque Dios es unidad por esencia.

"En ese misterio que unifica las Divinas Personas, en esa similitud de substancia y esencia, se goza la Trinidad. Todas tres tienen no tan sólo un solo querer, un solo poder, sino que se funden, diré, en una sola Divinidad, en la substancia misma de esa Divinidad sin partes, en un fondo infinito, en una inmensidad sin limites de perfecciones, sin salir de su unidad.

"Y esa unidad la forma el amor, porque el amor unifica los seres y las voluntades; de ese centro infinito, forma el amor su unidad; y en las Tres Divinas Personas el amor las une, el amor las hace fecundas en la plenitud de su Ser, el amor las simplifica, y Dios es amor, es simplicidad, es unidad.

"Ninguna Persona Divina ama más que otra, ni tiene más que otra, ni quiere, ni desea más que otra. Hay entre Ellas una consonancia deleitable que las embelesa, las embriaga y que forma todas sus delicias, por la unidad que las envuelve, que las penetra, que es su mismo Ser.

"En las Divinas Personas nada disuena, todas vibran con un sólo sonido íntimo, suavísimo, fecundo y de cuya armonía se forma el cielo.

"Y esa eterna armonía no sólo vibra entre las tres Divinas Personas sino que tiene resonancia en toda la Creación, unificando todo cuanto existe.

"Lo que sale de la Trinidad reviste el sello mismo de la Trinidad, e imprime el carácter propio de la unidad; pero, aunque digo que sale de Dios, no sale, porque todo lo que fecunda Dios se queda dentro del mismo Dios, y no puede ser de otro modo, por la unidad de Dios.

"Es un misterio que se produce, primero en la eterna generación de las Divinas Personas, y después en todas las cosas que llevan la fecundación de la Trinidad en su unidad.

"Es un misterio de unidad, multiplicándose infinita y eternamente dentro de la Trinidad. Es misterio de unidad, el más fecundo por el amor, porque toda fecundidad procede del amor infinito.

 "El amor engendró al Verbo en el mismo Seno del Padre. Del infinito amor entre el Padre y el Hijo, con una sola Divinidad, procedió el Espíritu Santo; y la intensidad infinita de ese amor lo Personificó, no haciéndolo otro Dios sino otra Persona Divina en Dios; es decir, asimilándolo a las otras Divinas Personas y siendo una sola Divinidad, una sola y eterna e indivisible unidad.

"¿Y por qué? Porque en Dios no hay tres substancias, tres esencias, tres vidas, tres amores, sino una sola esencia, substancia, amor y vida en una sola unidad, en una única Divinidad" (Diario T. 60, p. 375-382, abril 3, 1933).

Trinidad y misterio Cristiano

El misterio de la Trinidad es el misterio fundamental del cristianismo, el alma del Evangelio, la substancia del Nuevo Testamento. Misterio primordial, raíz y cumbre de todos los misterios cristianos.

Conchita contempla a la luz de la Trinidad todos los misterios de la fe en su maravillosa conexión y admirable armonía.

La Trinidad es el misterio de un Dios que es Amor.

El misterio de Dios

Dios es Amor es por esencia donación, comunicación "dentro de Sí mismo". Es el misterio de la vida íntima de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

"Dios no podía ser singular, aunque lo es, y Unico, no podía, digo, quedarse en una sola Persona divina, por razón de ser Dios, es decir, infinito y no limitado. En virtud de su potencia infinita, en orden a su caridad, tuvo que comunicarse con todas sus perfecciones y por ser tal y tan intenso e infinito su amor, no puede caber, diré en toda una Persona divina también infinita, en el Padre mismo y necesitó producir al Verbo y como si creciera esta potencia de Amor en las dos Personas divinas, tuvo que personificarse el Amor mismo en el Espíritu Santo, produciéndose ese Ser de Caridad, ese Fuego del mismo Fuego devorador entre el Padre y el Hijo, formando el lazo de unión que los recrea, que los deleita, que los complace, que los unifica y refleja en toda la plenitud de sus perfecciones.

"Todas las tres Personas Divinas se comunican sus atributos y perfecciones que son los mismos, formando la Unidad que es Dios y con esta palabra Dios, se dice todo" (Diario T. 38, p. 149-151, abril 22, 1913).

Creación - Alianza

Dios Amor es donación y comunicación gratuita "fuera de sí mismo". Es el misterio de la creación y de la participación de su vida divina a las criaturas.

"También de esa potencia fecunda e infinita de Dios que hace reflejarse y unirse entre sí a las Personas divinas, en aquellos efluvios eternos de amor, también de esa Eterna Caridad se deriva su amor al hombre y haberle dado su Verbo para salvarlo.

"Como que no le bastaba a Dios vaciarse, diré, dentro de sí mismo, como que no quería ser feliz sin el hombre, en razón a que llevaba éste impresa la imagen divina, esto lo arrastraba poderosamente desde ab aeterno, porque la creación, la redención, todo era presente para Él en su entendimiento. Su mismo ser de caridad fecundísima, lo impelió a buscar en donde más derramar su amor para ser amado. Por esto creó el cielo y la tierra y millones de ángeles y siempre está difundiendo y dándose sin mermarse.

"Decía que derrama su amor para ser amado; y esta es una propiedad del amor, el hacer amar, el de atraer al objeto en el que se produce ese amor" (Diario T. 38. p. 105-167, abril 24,1913).



Encarnación redentora

Dios Amor vuelve a crear el universo destruido por el pecado enviando a su Hijo. Es el misterio del Verbo Encarnado y Redentor" concebido por el Espíritu Santo y nacido de María".

"Y el Verbo se hizo carne, ¿Y para qué?

"Para unificar con Dios a la humanidad culpable, purificando su carne en Él mismo al hacerse hombre, y lavar a las almas con su mérito y con su Sangre.

"Este fue el fin de la encarnación del Verbo, el fin de la redención, y de toda la vida de ejemplos y humillaciones: el unir la tierra con el cielo.

"Esto prediqué siempre, la ley del amor; y todos los actos de mi vida hasta mi muerte en la cruz, tendieron a la unificación de las almas en Dios.

"Siempre a mi paso por la tierra relacionaba mis potencias y mis enseñanzas con el Padre y con el Espíritu Santo en quien unificado vivía. Nada hacía independiente de ellos, todo el Antiguo y el Nuevo Testamento tendieron a hacer de todas las almas una en la caridad y unificación con Dios" (Diario T. 38, p. 179-181, abril 26, 1913).

"¿No comprendes algo del amor de Dios al hombre, de la locura de amor del Verbo al encarnarse en María para tomar tu sangre, para asemejarse a ti, para lavar tus pecados, para servir de Mediador y llevarte al cielo?

"¿Entiendes ahora más la sublimidad de ese amor que irradiando en la creación se consumó en la redención, en la Eucaristía y en la unión de cada alma por el Espíritu Santo, con la esplendidez de un Dios?

"¿Comprendes algo de la grandeza del sacrificio de la Cruz y el infinito ardor de mi Corazón al enseñarlo al mundo en estos últimos tiempos clavado en ella?

"¿Ves ahora el valor de las almas y lo que me cuesta cada una, y el imán que atrajo del cielo a la tierra a todo un Dios a hacerse hombre, sólo por llevar en sí misma la imagen de la Trinidad?

"¿Ves a un Dios satisfaciendo la ofensa del mismo Dios con cuerpo humano para poder padecer y expiar el crimen del pecado y poder borrar el decreto de condenación con el sacrificio, con la Sangre en la Cruz?

"¿Ves claro ahora el plan de Dios, campeando siempre su infinito amor y toda esta serie de bondades realizadas en favor del mundo ingrato, sólo por atraerlo a la unidad?" (Diario T. 38, p. 178-179, mayo 4, 1913).

"La Redención fue misterio del amor más puro, de la condescendencia más tierna y amorosa, de una explosión eterna de amor entre el Hijo anhelándola y entre el Padre condescendiendo, interviniendo en ello en su principio, en su medio y en su fin altísimo el Espíritu Santo, todo amor y sólo amor" (Diario T. 61, p. 276, agosto 19, 1934).

"El Verbo se ofreció inmaculado al Padre porque quiso su caridad expiar los pecados de una carne que quería purificar y salvar para premiar y eternamente remunerar.

"¿No contemplas la elevación del hombre y sólo debido al contacto del Verbo de Dios con la carne humana, abajamiento incomparable e incomprensible, aún en la pureza de un seno inmaculado de mujer?

"Se hizo carne para que la carne se endiosara con Él, se elevara con Él, se purificara en Él. Se abajó, se anonadó hasta el hombre para que el hombre se hiciera, en cierto sentido, Dios, consumiéndose en su Unidad" (Diario T. 52, p. 150.152, junio 24, 1928).



María en el designio de amor de Ia Trinidad

"María fue la criatura indispensable a la Trinidad para realizar sus planes; y en esa lnmaculada Virgen vinculó secretos y misterios para la realización de sus ideales respecto de la humanidad perdida.

"Ella correspondió desde el primer instante de su ser, creciendo siempre en gracia, poseída por la Trinidad. Y llegó la Encarnación y fue Madre Virgen por medio del Espíritu Santo, con la fecundación purísima del Padre, y llenó su papel de Madre con la perfección más grande que la de todas las madres, identificándose con su Hijo divino. Ni un solo pensamiento, ni un solo deseo tuvo María que no fuera enderezado a ejecutar la voluntad del Padre en Mi. Y aún en los actos naturales de una madre para con su hijo fue María sobrenatural y perfecta porque sabía muy bien que su Hijo era Dios.

"Y Ella al pie de la Cruz vio nacer a mi Iglesia y aceptó en Juan a todos los sacerdotes en su Corazón en lugar Mío y además a la humanidad entera como su Madre.

"Y Ella, con sus martirios de Soledad compró en unión e mis méritos todas las gracias para sus nuevos hijos que tenían que pasar por el Corazón de mi Madre.

"Y ¿por qué? Porque Ella fue la Corredentora, la primera que continuó mi Pasión en la tierra, la que fundó con mis Apóstoles la lglesia, la Protectora y Madre de los Sacerdotes, la Reina de todos los santos.

"María es la que más conoce, la que más se ha acercado a la contemplación de esa Trinidad Santísima por la afinidad y parentesco que la liga con las tres Divinas Personas. Ella se goza y tiene sus delicias en esa unidad de esencia y simplicidad de substancia, porque a Ella más que a ninguna criatura creada le llegan tan luminosas y profundas esas claridades divinas que penetran y que la envuelven. Nadie ha entrado al santuario de la Divinidad como Ella y contemplado los ideales divinos de la Trinidad, en su Iglesia y en sus sacerdotes.

"Por eso María, Hija, Madre y Esposa de la Trinidad es directamente encargada de armonizar esa Iglesia, unificando a los sacerdotes y consumiéndolos en la Unidad de la Trinidad" (Diario T. 51, p. 307-314, abril 7, 1928).

La lglesia del Amor

Dios Amor envía a su Espíritu Santificador para que sea Alma de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo "pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu".

"El Espíritu Santo es mi promesa, la impetración mía al Padre en favor de mi Iglesia y de la humanidad entera, la Condescendencia del Padre, es decir, del Amor, dando al Amor mismo.

"Es el Espíritu Santo para el hombre el fruto de mi oración, de mi ardiente plegaria; es decir, el grito inefable del amor de mi Corazón de Dios-hombre, la mayor de mis ternuras en favor del mundo.

"Sin el Espíritu Santo no podría existir la Iglesia, pero como eternamente estaba concebida y realizada en la mente de la Trinidad, eternamente también ya el Espíritu Santo era el señalado por el Padre para regirla.

"¿Qué haría la Iglesia sin el Espíritu Santo? No existiría; pero el infinito amor de Dios para con el hombre ya cernía sobre el mundo de las almas ese Espíritu vivificador y transformador.

"Si mi Padre engendró en su Seno a la lglesia amada, el Espíritu Santo, tomando en Mí a lo que era suyo, formó y asentó la Iglesia en la tierra sobre las bases redentoras. Por eso la Iglesia es amor, y sus leyes y todas sus enseñanzas son de amor, de puro amor.

"Vino el Espíritu Santo no por un día, no por un tiempo fijo, no sólo por siglos y más siglos, sino para quedarse en la lglesia eternamente" (Diario T. 52 - 213 - 226, agosto 29, 1928).

Como cuando salen las estrellas


en el cielo...

Conchita nota los efectos que en ella producen estas luces de Dios en la noche de su "soledad".

"Al estar recibiendo esas cosas altas de la Trinidad siento que como cuando salen las estrellas en el cielo, van brotando en mi alma, en mi entendimiento, en no sé donde, misterios y luces y primores de esa eterna Trinidad, abismándome en sus profundidades y deslumbrándome sus resplandores" (Diario T. 50, p. 79, diciembre 27, 1927).

"¿Por qué será que al tocar algo de la Santísima Trinidad me invade Dios de una luz clarísima? Lo que alcanzo a decir con el impulso de Él es como sombra, pero el piélago se me queda dentro" (Diario T. 64. p. 11, octubre 15, 1935).

La vida espiritual es una espiral ascendente de luces y de sombras. Conchita experimenta este admirable contraste y escribe:

"Siento en mi alma como con mucha claridad los misterios, sobre todo el de la Santísima Trinidad; como si alzaran un velo ante mi vista, como si un foco vivísimo de luz me iluminara de repente unos arcanos insondables, en donde contemplo muy claro, muy hondamente, muy por menudo, diré, el abismo de perfecciones en Dios.

"Esto por un lado, y por otro penas desoladoras y dolores íntimos. Amo a Dios pero con amor de lágrimas. ¿Pero cómo puede ser esto si lo siento tan cerca y debía estar feliz?" (Diario T. 55, p. 28-129, mayo 20, 1929).

"¿Por qué tengo al mismo tiempo dolor en medio de la luz?

Y el Señor le da la clave del misterio:

"Porque así lo tuve Yo en la tierra, luz y dolor, amor y dolor, gozo y dolor" (Diario T. 55, p. 195, mayo 27, 1930).

No hay que pensar que la intimidad con la Trinidad en esta vida se consuma en una felicidad sin sombras, preludio del cielo.

La santidad auténtica es la configuración con Jesús que siendo Uno con el Padre consuma su vida en el abandono y desamparo de la Cruz. El Amor es oblación, inmolación, servicio, donación de la vida para redención de muchos.

La consumación de la vida espiritual se encuentra en la "perfecta alegría" de la donación plena al misterio de la Redención del mundo por la Cruz.

La más alta santidad accesible


a todos

Al concluir estas páginas en que hemos intentado presentar, aunque de manera incompleta e imperfecta, la figura y la doctrina de Conchita se impone una visión sintética, una visión de conjunto.

Un teólogo ante todo debe preguntarse: ¿qué ha querido Dios realizar en esta humilde sierva suya para bien de toda su Iglesia?

La más alta santidad accesible a todos

"Ser esposa y madre no fue nunca un obstáculo para mi vida espiritual", afirmaba ella. Hablando como mujer declaraba a una de sus nueras: "Fui muy feliz con mi marido".

En la última conversación con su marido gravemente enfermo le preguntó: ¿Cuál es tu última voluntad para mí? --"Que seas toda de Dios y toda de mis hijos".

El Señor mismo le dijo un día: "Te casaste para mis altos fines, para tu propia santificación y para ser un ejemplo para muchas almas que creen incompatible el matrimonio con la santidad".

Las más grandes gracias místicas descritas por los maestros espirituales no son el privilegio de los consagrados a Dios en la vida sacerdotal o religiosa sino que son ofrecidas a todos los cristianos cualquiera que sea su condición.

Nos parece que Dios ha querido darnos una demostración viva, histórica, de esta verdad, en Conchita.

El Concilio Vaticano II lo ha afirmado con toda claridad y fuerza (cfr. Cha. V, en particular el No. 40, de la L.G.). "Es pues completamente claro que todos los fieles de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana, y a la perfección de la caridad". No hay cristianos de segunda categoría. Todos estamos obligados a tender a la más alta santidad.

Conchita recibió las gracias eminentes del desposorio y del matrimonio espiritual descritos por los grandes místicos en su condición de "pobre casada", como se decía a sí misma.

Como instrumento de Dios, Conchita, como se le llamaba familiarmente, tiene una misión profética para el mundo de hoy:

El Señor mismo le había anunciado que sería:

-un modelo de esposa y de madre de familia,


-pero que su misión se extendería más allá para hacer resplandecer el poder santificador de Cristo y del Espíritu Santo "en todos los estados de vida".

-Sí, es un modelo de esposa, de madre, de educadora... pero es también una de las más grandes místicas de la Iglesia que conduce a las almas hasta la consumación en la Unidad de la Trinidad.

Su mensaje llama al laicado entero, hombres y mujeres casados, a la más alta santidad.

Un nuevo estilo de santidad

No es un tipo de santidad que aleje del Evangelio, sino que por el contrario, es un retomo a él mediante una nueva aplicación del mismo.

Alejarse del espíritu del Evangelio y de la doctrina de la Cruz sería negar a Cristo; más bien nos referimos al sentido en el que Teresa de Lisieux hablaba de "un caminito nuevo". Nos encontramos, indudablemente, en una nueva edad de la espiritualidad.

Lo que contiene de nuevo este mensaje espiritual es:

1. Un llamamiento a todos, también a los Iaicos, a los casados, a todos, a la más alta santidad.

2. Por la transfiguración de la vida cotidiana, la consagración de Io profano, la divinización por la fe, por el amor y por el espíritu de sacrificio, de la vida ordinaria.

3. La más alta santidad. Trascendencia del mensaje de la Cruz. Aún las acciones más sencillas adquieren un valor infinito por la ofrenda de amor en unión con Cristo, imitando los últimos años pasados sobre la tierra por la Madre de Dios en el atardecer de su vida al servicio de la Iglesia naciente.

En el ocaso de su vida el Señor pidió a Conchita que iniciase una nueva obra en favor de la santidad de los hogares. "Te voy a pedir una cosa. Una Cruzada de almas víctimas en favor de Ia gloria de mi Padre, siguiendo el espíritu de la Cruz.

"Quiero muchos actos de expiación por los divorcios que tanto daño traen a los hogares, a los esposos, hijos, sociedad.

"Quiero expiación por tantos pecados ocultos y por tantas faltas de omisión en la formación cristiana de los hijos.

"Quiero una 'Cruzada de almas víctimas por la santificación de los hogares' " (31 de octubre, 1935).

¿Quién no ve la oportunidad providencial de esta obra?

Eres de mi Iglesia

"Cada alma trae su misión a la tierra y la tuya, por mi bondad es la misión sublime de ofrecerte como víctima por mi Iglesia, seguir tu vida de sacrificio amoroso en favor de la lglesia y especialmente por sus Pastores".

La misión personal por excelencia de Conchita es ofrecerse por la Iglesia, por la santidad de los sacerdotes.

"Tú ya no te perteneces, eres de la Iglesia, y el Verbo te utilizará en su favor; sola nada vales pero en mi unión, Dios hará grandes cosas por tu medio. Repite a menudo: ¡He aquí la esclava del Señor!" (5 de febrero, 1911).

Desde los albores de su entrega a Dios sintió una atracción particular de la gracia para orar y sacrificarse en favor de los sacerdotes, pero a medida que su vida espiritual se desarrollaba la voluntad del Señor se manifestaba cada vez más clara.

"¿No quieres salvar al mundo y no me lo pediste desde antes de las Obras con toda tu sangre? ¿A qué vinieron al mundo estas obras? Pues si quieres salvar almas, hemos llegado al poderoso y único medio, los sacerdotes santos.

"¡Oh, sí!, este es el coronamiento de las Obras de la Cruz, este será el verdadero consuelo de mi Corazón, el de darme sacerdotes santos: dime que sí aceptas, que pertenecerás conmigo a los sacerdotes para siempre, porque en el cielo seguirá tu misión en su favor.

"Pero mira otro martirio: lo que los sacerdotes hagan en contra de Mí, tú lo sentirás, porque en esto consiste en su fondo el asociarte al sacerdocio mío en ellos: en que sientas y en que te duelan sus infidelidades y miserias.

"De esta manera das gloria a la Trinidad. Tendremos las mismas causas de padecer" (Noviembre 29, 1928, T. 53, p. 38).

La gracia central de la encarnación mística tiene como finalidad cumplir esta misión.

Conchita se ofrece como víctima, pero el valor de esa oblación no proviene de ella, sino de Cristo que vive en su alma.

La Cadena de Amor es fuente de gracias para la lglesia.

En los últimos años de su vida el Señor le confía el extenso mensaje y apremiante llamamiento a la santidad sacerdotal que el Señor mismo llamó "Confidencias" porque son los secretos íntimos de su Corazón y contienen una doctrina sacerdotal de extrema actualidad.

Pienso como varios obispos mexicanos y algunos teólogos que cuando el mundo entero conozca estos escritos quedará sorprendido y maravillado y dirá: "Esto no viene de una mujer sino de una inspirada por Dios, de un doctor de la lglesia". Aquí mismo en México fue examinada por la autoridad de la Iglesia en diversas ocasiones, por teólogos y por hombres de gran valor. Todos concluyeron que el Espíritu de Dios era quien la inspiraba. En Roma en 1913 con mayor fuerza aún opinaron: "En lo extraordinario, extraordinaria".

Actualmente la Iglesia romana examina sus virtudes y sus escritos. Sólo la Iglesia es juez. De antemano nos adherimos con fe y de todo corazón a su decisión. El juicio de Ia Iglesia será para nosotros el juicio de Dios. Pero tengamos la firme esperanza, según la magnífica expresión del Eminentísimo Cardenal Miguel Darío Miranda: "Que la Iglesia descubrirá en la Señora Concepción Cabrera de Armida "un nuevo astro" en el firmamento de la Iglesia y la comunión de los santos".

Pero esta misión tan personal de Conchita es también un mensaje para todos los cristianos, porque manifiesta el aspecto más íntimo del misterio de la Iglesia que es "comunión" así como las relaciones íntimas entre las diversas participaciones del único Sacerdocio de Cristo.

La misión de Conchita respecto a la Iglesia y en especial con relación al sacerdocio ministerial manifiesta la realidad más íntima de todo cristiano.

Ciertamente el Iaico se santifica en su "secularidad" que es su campo específico pero el valor más profundo del ser cristiano es ser miembro vivo de Cristo por la gracia de la filiación divina; por encima de la santificación y de la ordenación de lo temporal está el misterio de gracia y santidad.

Él es hermano y sostén espiritual del sacerdote ministerial (cfr. L.G. No. 32; P.O. No. 9) y este a su vez es servidor del pueblo de Dios, servicio que debe realizar en el amor y santidad de vida.

Lo "nuevo" en lo "antiguo" de la misión de Conchita es poner de relieve la acción fundamental del laicado en el designio salvífico.

Todo cristiano participa del Sacerdocio de Cristo y tiene la misión de colaborar en la salvación del mundo.

Que Conchita sea modelo de madre, de esposa y de educadora de sus hijos es por "añadidura". Ella nos dice ante todo que una existencia cristiana sólo es digna de vivirse cuando no se vive "para sí misma", sino para la IgIesia.

Este me parece uno de los aspectos más "originales" de su vocación, particularmente elocuente en el momento presente.

Conchita nos enseña cómo amar a la Iglesia.

Amar a la Iglesia no es criticarla, no es destruirla, no es intentar cambiar sus estructuras esenciales, no es reducirla a un humanismo, a un horizontalismo y a una finalidad de liberación naturalista.

Amar a la Iglesia es colaborar a la obra de la Redención por la Cruz y de esa manera hacer que el Espíritu Santo venga a renovar la faz de esta pobre tierra y lleve a su consumación el designio del inmenso amor del Padre.

Conchita, mujer seglar, lejos de criticar a los sacerdotes, da su vida por ellos.

En una sublime elevación a la Trinidad exclama: "Te hago una entrega absoluta, total, sin condiciones, de mi misma en favor de los sacerdotes.

"Quiero llevar en mi corazón al Santo Padre con todo el peso de la Iglesia amada: a los Cardenales, Arzobispos, Obispos, Párrocos, Sacerdotes y aún a los Seminaristas con sus vacilantes y combatidas vocaciones.

"Soy nada pero te tengo a Ti y te ruego que me utilices en bien de tu Iglesia amada y de todas las jerarquías que amo y respeto con todo mi ser".

En seguida, como Teresa de Lisieux que profetizaba: "Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra", Conchita terminaba su oración diciendo a Cristo, después de haber ofrecido su vida, hasta su postrer agonía, por los sacerdotes:

"Seré víctima por ellos en la tierra y convertiré mi cielo en su servicio por tu amor" (Diario T. 53, p. 49-52, noviembre 30, 1928).

El Evangelio de la Cruz

Como Teresa de Lisieux o Juan XXIII, Conchita es una gracia de Dios para nuestro tiempo.

Del estudio objetivo de los documentos se impone al teólogo esta conclusión: Conchita es "una palabra de Dios a nuestro tiempo".

La Providencia ha confiado a una mujer seglar un mensaje profético para el mundo de hoy. Su misión en la Iglesia es la de anunciar "un nuevo Pentecostés": el reinado del Espíritu Santo en nuestra época desacralizada; y de recordar a los hombres, para salvarlos, el Evangelio de la Cruz.

Cuando el Señor comenzó la realización de su obra en Conchita, le manifestó en una visión sintética la doctrina o más bien el Evangelio de la Cruz, en el símbolo de una cruz coronada e iluminada por el Espíritu Santo. Una cruz grande, muy grande, escribe, y en su centro el Corazón de Cristo traspasado por la lanza.

¿Qué significa esa cruz misteriosa?

Significa:

Que la Cruz ha cambiado de significado, que el dolor y la muerte ya no son maldición y condenación. Que el sufrimiento humano tiene un valor positivo, valor de salvación, que la Cruz constituye "el comienzo primicial" de la liberación definitiva del hombre y del universo.

El símbolo de la espiritualidad, del mensaje y de la misión de Conchita es la "Cruz del Apostolado".

Una Cruz grande, muy grande; en el centro: el Corazón de Jesús: el Amor del Verbo Encarnado.

Y todo bajo las alas de luz y de fuego del Espíritu Santo: el Amor personal de Dios.

El mensaje tiene dimensión universal. Jamás el hombre ha sufrido como en el mundo presente. Jamás como ahora todo este sufrimiento es inútil.

El mundo actual está bajo el imperio de la cruz pero, desgraciadamente, no es la Cruz de Jesús, porque es una cruz sin amor.

Todos los hombres sufren, pero cuán pocos son los que saben sufrir. El dolor humano debe ser transfigurado por el amor: en ese momento se convierte en una fuerza dinámica, constructora del Nuevo Universo. La Cruz transfigurada por el amor es una Cruz iluminada por la esperanza que es certeza nuestra plena liberación; Cruz que conduce a la gloria de la Resurrección.

El mensaje de Conchita es un llamamiento a vivir la Cruz de Jesús, cruz transfigurada por el Espíritu Santo, cruz que es la gloria perfecta del Padre.

El símbolo de la Cruz del Apostolado nos da la clave para comprender la espiritualidad de la Cruz, que es recordar el Evangelio.

- la espiritualidad de la Cruz exige la santidad,

- una santidad "apostólica" al servicio de los demás, no replegada sobre sí mismo, sobre sus estados de ánimo y sobre las operaciones de Dios en las almas purificadas,

- una santidad con horizontes de lglesia y de catolicidad en vista a colaborar a su razón de ser y su finalidad: la salvación, la santificación de los hombres y, por tanto,

- una santidad encaminada a una entrega y oblación total de sí mismo en favor de la santidad sacerdotal,

- una santidad realizada en la fidelidad de la propia vida, santidad accesible a todos, ya sea en el hogar, ya en la vida familiar y en el trabajo profesional. Santidad a través del "terrible cotidiano" en la primacía del amor, pero bajo el sello de la cruz y del espíritu de sacrificio.

Este sentido de la Cruz se encuentra en el trasfondo del Evangelio: toda santidad se consuma en la Cruz. Pero cada uno, de acuerdo con su lugar y su misión en la Iglesia, tiene su cruz personal, marcada como filigrana en la trama de una existencia humana vivida con sencillez evangélica y total docilidad al Espíritu Santo.

Sólo el Espíritu Santo da sentido a la Cruz de Jesús, nos introduce en su misterio? nos revela su valor salvífico y lo ilumina y transfigura con esplendor de gloria.

La historia del mundo tiene su centro en el Gólgota donde se levanta siempre la Cruz de Cristo entre dos humanidades crucificadas, una en el odio y la otra en el amor.

Cristo invita a todas las generaciones humanas a participar de su Cruz.

En la respuesta personal a este llamado del Crucificado se juega el destino de cada hombre.

La espiritualidad de la Cruz no es un dolorismo, ni una pasividad, es una colaboración activa a la salvación, cooperación a la construcción del "mundo nuevo".

Pero lo más admirable de la doctrina que el Señor manifestó a Conchita no está en el sentido de la Cruz como

- sufrimiento expiatorio (reparación de la culpa por una compensadora ofrenda de amor para devolver a Dios Padre toda la gloria en cambio de la ofensa del pecado), 

- ni solamente como satisfacción,

- o como purificación del hombre culpable, sino en su profundo significado de redención por el amor, de santificación, transfiguración y configuración con Cristo que "nos amó hasta el exceso".

Es en pocas palabras, el redescubrimiento de la Cruz de Cristo, de su valor salvífico: es entrar en la profundidad del misterio de la Redención, es un llamado a comprender, a honrar, a participar de la Cruz íntima del Corazón de Cristo, y, por tanto, a comprometerse personalmente en la corredención de los hombres para la gloria de Dios:

"Es un grande honor de predilección el de asociar almas a mi redentor sacrificio, más para que sea perfecta la donación de estas almas, necesito transformarlas en Mí para que así, completando mi Cuerpo Místico perfecto, sean una sola cosa Conmigo para la gloria del Padre" (Diario T. 64, p. 155 A, noviembre 10, 1935).

Y porque es la "Cruz de Jesús" trae como fruto la efusión del Espíritu Santo.

Un nuevo Pentecostés

Nuestro mundo secularizado y desacralizado muere por la ausencia de Dios. Se ha sumergido en el espíritu de confort y de goces. Hay un solo remedio: el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Sólo Él podrá "revitalizar" a la Iglesia y "revivificarla" por un "nuevo Pentecostés".

Juan XXIII, Vicario de Jesucristo, lo proclamó con fuerza: la lglesia necesita un "nuevo Pentecostés".

Cincuenta años antes del Concilio, Conchita no cesaba de repetirlo en sus escritos: "la Iglesia y el mundo tienen necesidad de un nuevo Pentecostés, un segundo Pentecostés, un Pentecostés sacerdotal, un Pentecostés interior.

La Sierva de Dios, que tenía una ardiente devoción a la Virgen María nos lo ha asegurado: "el Espíritu Santo y María salvarán a la Iglesia".

Si, la misión profética de Conchita es recordar al mundo moderno y materializado, ávido de libertad, que "sólo será salvado por 'UN NUEVO PENTECOSTES' " y por el EVANGELlO DE LA CRUZ.

Este "nuevo Pentecostés", esta acción santificadora del Espíritu debe iniciarse en los sacerdotes y extenderse por todo el Pueblo de Dios. Como en el primer Pentecostés el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y sobre la Comunidad reunida en el Cenáculo.

"Quiero volver al mundo en mis sacerdotes, quiero renovar el mundo de las almas manifestándome primero en mis sacerdotes. Quiero dar un poderoso impulso a mi Iglesia infundiendo como en un nuevo Pentecostés al Espíritu Santo."

Pero el Espíritu Santo sólo puede venir al mundo por la Cruz de Cristo, porque las dos misiones: la del Hijo y la del Espíritu son inseparables.

"Reinará el Espíritu Santo el día que reine el dolor, el sacrificio, o sea la Cruz en los corazones y mientras no reine la Cruz en las almas no reinará, no, el Espíritu Santo". (Diario T. 16, p. 257-277, mayo 26, 1901).

María, Madre de Jesús, y Madre de la Iglesia hará por su intercesión y su plegaria que se renueve el prodigio de Pentecostés, para que toda la Iglesia, ese "pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" realice el designio de amor fontal del Padre y sea verdaderamente la Iglesia Santa.



Fechas principales de
Concepción Cabrera de Armida





Diciembre 8

1862

Nacimiento

Diciembre 10

1862

Bautizo

Diciembre 8

1872

Primera Comunión

Septiembre 16

1881

Deseo de perfección

Noviembre 8

1884
1889

Matrimonio
Primer retiro espiritual

Enero 14

1894

Inscripción del Santo Nombre de Jesús. Nacimiento de las Obras de la Cruz

Enero 23

1894

"Entrega total".  Desposorios espirituales

Mayo 3

1894

Erección de la primera Cruz del Apostolado. Nacimiento del Apostolado de la Cruz, primera de las cinco Obras de la Cruz, que agrupa al pueblo de Dios en diferentes secciones; finalidad: unir los propios sufrimientos y trabajos a los de Cristo para continuar su obra de salvación del mundo

Febrero 9

1897

Matrimonio espiritual

Mayo 3


1897


Fundación de las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, segunda obra de la Cruz: Contemplativas de adoración perpetua que ofrecen su vida por la Iglesia, especialmente por los sacerdotes

Septiembre 17

1901

Muerte de su marido

Febrero 14

1903

Encuentro con el R.P. Félix Rougier

Marzo 25

1906

Gracia de la encarnación mística

Noviembre 30


1909


Fundación de la Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús, tercera obra de la Cruz para las personas que en su propio estado de vida se comprometan a buscar la perfección según la espiritualidad de la Cruz

Enero 19


1912


Fundación de la Fraternidad Cristo Sacerdote, cuarta obra de la Cruz, para los obispos y los sacerdotes que desean vivir conforme a esta espiritualidad y ayudar a las obras de la Cruz

Agosto-Diciembre

1913

Peregrinación a Tierra Santa y a Roma

Noviembre 17

1913

Audiencia con San Pío X

Abril 10

1914

Fundación de la Comunión Dominical en favor de los sacerdotes

Diciembre 25


1914


Fundación de los Misioneros del Espíritu Santo, quinta obra de la Cruz: congregación religiosa clerical especialmente consagrada a las obras sacerdotales y a la dirección espiritual de las almas

Febrero 2

1917

Ultima etapa de su vida: profundiza en la "soledad" de María durante su soledad personal

Octubre 31


1935


Fundación de la Cruzada de almas víctimas en favor de los hogares: en su propio estado de vida se ofrecen, conforme a la espiritualidad de la Cruz, por la gloria del Padre y para expiar los pecados del matrimonio y de la sociedad

Marzo 3

1937

Santa muerte

Septiembre 29

1959

Apertura canónica del proceso de beatificación en Roma



Diciembre 20

1999

Declarada Venerable por Juan Pablo II

Sus directores espirituales





1.


Primer director espiritual: el R.P. Alberto Mir S.J. (13 dic. 1892 - 22 dic. 1916). La dirigió durante diez años a partir de principios del año 1893. Profundo conocedor de las vías espirituales la cimentó sólidamente en la vida ascética, en las virtudes de obediencia y de humildad.

2.



El R.P. Félix Rougier, S.M. (17 dic. 1859 - 10 ene. 1938) la fundamentó en un profundo amor a la Iglesia y a sus representantes, en la obediencia más sencilla y heroica, de la cual él mismo fue un ejemplo viviente. Su dirección, comenzada el 10 de junio de 1903, se vio interrumpida el 25 de agosto de 1904 por su viaje a Europa para promover la Fundación de los Misioneros del Espíritu Santo. Sus superiores religiosos lo retuvieron allí diez años. El 25 de diciembre de 1914 fundó al fin la Congregación. Su causa de beatificación está introducida en Roma.

3.


El Señor Canónigo don Emeterio Valverde y Téllez (1ro. marzo 1864 - 26 dic. 1948), nombrado después Obispo para la Diócesis de León; la dirigió a partir del 22 de septiembre de 1904 hasta el mes de mayo de 1905. Era un hombre muy culto.

4.


Esta dirección es entonces continuada por el Padre Maximino Ruiz (19 agosto, 1875 - 11 mayo 1959) desde el mes de junio de 1905 hasta el de septiembre de 1912. Era un gran teólogo y jurista notable en su tiempo. Fue preconizado Obispo de Chiapas y después Obispo Auxiliar de México.

5.



Excmo. Sr. Dr. Don Ramón Ibarra y González (22 oct. 1853 - 1 feb. 1917 ) primeramente obispo de Chilapa y luego de Puebla, de donde después fue nombrado primer Arzobispo. Brillante estudiante en las Universidades romanas en las que conquistó los títulos de Doctor en Teología, en Derecho Eclesiástico, en Derecho civil y en Filosofía. Personalmente estimado por S.S. León XIII. Su dirección comenzada en octubre de 1912 se terminó el día 1ro. de febrero de 1917, fecha de su santa muerte. Su causa de beatificación está introducida en Roma.

6.

Nuevamente Mons. Emeterio Valverde y Téllez desde el año de 1917 hasta el de 1925.

7.



Su último director espiritual fue el Excmo. Sr. Don Luis María Martínez (9 jun. 1881 - feb. 1956). Arzobispo Primado de México y Encargado de los Asuntos de la Santa Sede en una época especialmente difícil en el país. Primeramente había sido Obispo Auxiliar de Morelia. Renombrado escritor espiritual y místico experimental, la dirigió a partir del 7 de julio de 1925 hasta el día de su santa muerte el 3 de marzo de 1937, en la época más madura de su vida espiritual. Explicará luego como teólogo la Doctrina de la Cruz.






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