Diario de una Madre de Familia, Conchita



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Santidad de la Iglesia

La lglesia es indefectiblemente santa, pues Cristo amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cfr. Ef. 5,25-26). La unió a Sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios (L.G. N°. 39).

Todo en la Iglesia se ordena a la santidad porque es el fin del designio salvífico del Padre. La Iglesia Apostólica, una y católica debe realizar la Iglesia Santa.

Una de las joyas del Vaticano II es el capítulo V de la Lumen Gentium en el que se nos recuerda nuestra vocación universal a la santidad.

En febrero de 1911 escribía Conchita: "Todos los hombres nacen para ser santos. Si las almas fuesen interiores, si se dieran al Espíritu Santo, cuántas más vida mística, cuántos más conductos celestiales tendrá mi Iglesia. Que se den al Espíritu Santo los corazones y El los poseerá, mis santos se multiplicarán: la Iglesia tendrá vasos de elección y la faz del mundo cambiará" (Diario T. 35, p. 96-97, febrero 24, 1911).

Pero el destino del Pueblo de Dios depende ante todo de la santidad de sus Pastores: "Dios que es solo Santo y santificador quiso tomar a los hombres como compañeros y ayudadores que le sirvieran humildemente en la obra de la santificación" (P.N. No. 5).

El sacerdote participa de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna su cuerpo" (P.O. N° 2). Cristo mismo construye a su Iglesia en colaboración con sus ministros.

Conchita, mujer seglar, fue escogida por Dios para comunicar a la Iglesia un mensaje de importancia: un llamado a la santidad sacerdotal, que es la única solución a la actual crisis de la Iglesia.

Más de mil páginas de su Diario están llenas de las confidencias del Señor, las cuales nos descubren a la vez que la sublime grandeza, la fragilidad del sacerdote. Se encuentran ahí páginas sin precedente en la historia de la literatura cristiana.

Este llamado apremiante a la santidad sacerdotal escrito treinta años antes del Concilio es el punto culminante de la "misión profética" de Conchita en la Iglesia.

El Vaticano II nos ha recordado que todo cristiano participa de la misión profética, sacerdotal y regia de Cristo. Es una ley constante en la Historia de la salvación: Dios escoge gratuitamente lo que hay de más pequeño, de más humilde para realizar sus obras admirables.

Conchita es una "palabra de Dios para la lglesia de hoy".

"Los sacerdotes tienen la culpa"

"Los sacerdotes tienen la culpa de que la vida interior se extinga, de que las puertas de las comunicaciones divinas, por medio de la vida mística, se cierren. ¿Y por qué'? Por su apatía en mi servicio, por la disipación de la vida, por su inmortificación, por la reclusión de estudios de esta clase, por el poco trato interno y concienzudo con las almas, por la carencia de espíritu de sacrificio, porque no me aman lo suficiente.

"Esos son los motivos, y ¿cuál es la causa o causas que provocan y sostienen esos motivos?

"La falta de oración, de vida interior, de pureza de alma, de relaciones íntimas Conmigo, de su falta de amor y devoción al Espíritu Santo, de unión con Dios. El mundo abre ahora mucha brecha en el corazón de los sacerdotes y ya sabes cuantos son los vicios que acompañan a enemigo tan formidable.

"El demasiado trato con las criaturas los enfría y la falta de recogimiento externo e interno los hiela. En donde entra el mundo sale el Espíritu Santo del corazón del Sacerdote, es su ruina, porque si alguien tiene, no sólo necesidad, sino obligación crecidísima de vivir y respirar dentro de este Espíritu Santo es el Sacerdote; y a medida que El se aleja, la materia entra y viceversa; pero ¡ay del sacerdote que vive de materia!, puede contarse como perdido. ¡Y es tan fácil esto en un alma disipada, en un corazón que no ora ni se mortifica!

"Satanás por su odio infernal hacia mi Iglesia, a este punto de capital trascendencia para tantas almas y para el sacerdote mismo, dirige sus más envenenadas flechas. Y el trabajo es que encuentre alguna rendija por donde meter al mundo en el corazón del sacerdote, en cualquier forma; que después desliza a esa desgraciada alma por suavísimas pendientes hasta el pecado" (Diario T. 25, p. 280-282, febrero 14, 1907).

"Mis ministros duermen"

"Te haré una íntima confidencia. Las gracias se ciernen sobre mi Iglesia, los tesoros, las riquezas, los manantiales fecundísimos de los méritos del Verbo hecho carne, y cada día, como que los hombres y los mismos que se llaman míos cierran las puertas al Espíritu Santo.

"Mina Satanás a la lglesia por la debilidad y la disipación de los que debieran guardar el Santuario: las almas languidecen por falta de Directores poseídos del Espíritu Santo. Mi Iglesia tan hermosa y rica tiene que guardar sus tesoros porque no encuentra en donde derramarlos. Y es muy triste que estos tesoros infinitos de gracias que Yo he comprado con mi Sangre estén inactivos en mi Iglesia por falta de obreros santos.

"Entienden muchos a su modo la vida espiritual y faltan estudios profundos sobre esta materia, y por ignorancia y flojedad dejan truncos los designios de Dios en muchas almas.

"Mi corazón se contrista en este punto en el que mis ministros duermen. Son los primeros en muchas ocasiones que se conforman con una piedad superficial, pero ni inculcan a las almas la Cruz, ni menos enseñan al Espíritu Santo.

"La rutina, te repito, aquí íntimamente, ha entrado muy hondamente en el Santuario, y ese culto en Espíritu y en verdad casi se ha extinguido por completo en muchas comunidades.

"Que reaccionen mis Ministros por el Espíritu Santo, que hagan mucho aprecio de la vida interior, que la posean y que la comuniquen por ese Santo Espíritu y la Iglesia florecerá en su primitivo vigor.

"Le falta a mi Iglesia la savia del Espíritu Santo; le falta a los Seminarios y clérigos y de ahí viene que le falte a las almas que viven y alientan de este jugo vital, que debe darles la vida de la gracia.

--"Señor de mi alma, mi divino Jesús, ¿pero yo qué hago?

"¡Oh Dios mío! pues que venga cuanto antes ese Santo Espíritu a prender el fuego en los corazones. Yo quisiera ser misionero, mi Jesús, valer por mil y cien mil, para poder recorrer el mundo y dar todas esas veces mi sangre en favor de la causa de la Iglesia que amo cada día más con celo devorador, con fuego desconocido, iOh Jesús, Jesús, Jesús!... (Diario T. 35, p. 97-100, febrero 21, 1911).

Llamamiento a la santidad

"Quiero amor en mis sacerdotes, quiero vida interior, intimidad Conmigo en esas almas consagradas.

"Quiero desterrar la apatía de sus corazones, y hacerlos arder en celo de mi gloria. Quiero activar la vida divina en tantas almas de los Míos que desfallecen. Quiero destruir la indiferencia que paraliza la acción de Dios y aleja de los sacerdotes mis gracias.

"Es necesario volver a encender el fuego y esto sólo se hará por el Espíritu Santo, por el divino medio del Verbo, ofreciéndolo al Padre clamando misericordia" (Diario T. 49, p. 15-18, septiembre 23, 1927).

Sólo el Espíritu Santo santifica

"Quiero una reacción viva, palpitante, patente y poderosa del clero por el Espíritu Santo.

"Un sacerdote ya no se pertenece, es otro Yo y tiene que ser todo para todos, pero santificándose primero, que nadie da lo que no tiene y sólo el santificado santifica. Por tanto si quiere ser santo, como es su deber ineludible: debe estar poseído, impregnado del Espíritu Santo porque si el Espíritu Santo es indispensable para la vida de cualquier alma, para las almas de los sacerdotes debe ser El su mismo aliento y vida.

"Si son Jesús los sacerdotes, ¿cómo no han de tener el Espíritu de Jesús?, y, ¿cuál es éste sino el Espíritu Santo?" (Diario T. 49, p. 111-112, octubre 9, 1927).

Actualidad apremiante

"Yo acudo siempre a tiempo y oportunísimamente en las épocas del mundo en favor de mi Iglesia militante; y ahora en los momentos presentes necesitan esta reacción divina mis sacerdotes para resistir a los embates del enemigo para rechazar el mundo que se ha introducido hasta el Santuario; para prevenir futuros males, para consolar a mi corazón y dar gloria a mi Padre, purificando y santificando más y más los elementos de mi Iglesia amada.

"Como te dije, vendrán épocas peores para mi Iglesia y esta necesidad de sacerdotes y ministros santos que la hagan triunfar de sus enemigos con el Evangelio de paz, de perdón y de caridad; con mi doctrina de amor que vencerá al mundo.

"Pero necesito un ejército de santos sacerdotes transformados en Mí, que respiren virtudes y que atraigan a las almas con el suave olor de Jesucristo. Necesito otros Yo en la tierra formando un solo Yo en mi Iglesia por su unidad de miras, de intenciones y de ideales, formando un solo Cuerpo místico Conmigo, un solo querer con la voluntad de mi Padre, una sola alma con el Espíritu Santo: una unidad en la Trinidad, por deber, por justicia, por amor" (Diario T. 50. p. 101-102, diciembre 29, 1927).

La Transformación en Cristo Sacerdote

Este llamamiento a la santidad sacerdotal tiene como meta la realización de su vocación personal, la Transformación en Cristo Sacerdote.

"Mi fin en los sacerdotes es realizar la transformación en Mí, quitando los elementos que la impiden y unificarlos en la Unidad de la Trinidad para la que fueron engendrados en el seno del Padre, creados y ordenados para mi servicio con la unción y la acción divina del Espíritu Santo" (Diario T. 50, p. 100. diciembre 29, 1927).

"Pido esta reacción en mis sacerdotes, que no puede haberla en las almas si ellos primero no tienen mi mismo Espíritu, si ellos antes no se transforman en Mí" (Diario T. 50. p. 383, febrero 13, 1928).

No se trata solamente de copiar algunos rasgos de Cristo o de imitar algunas de sus virtudes, la transformación que realiza la santidad sacerdotal es la identificación plena con Cristo Sacerdote.

"La transformación del sacerdote en Mí que se opera en la Misa, debe continuarla él en su vida ordinaria, para que sea esta vida interior, espiritual y divina.

"Cuando un sacerdote no está transformado en Mí, o en vía de transformarse por sus esfuerzos continuados por lograrlo, estará en la Iglesia, pero, en cierto sentido, separado de la intimidad de la Iglesia, separado en su Espíritu del núcleo transformante de mi Iglesia.

"¡Y cuántos sacerdotes hay que ni piensan en esto, ni lo procuran, ni ponen de su parte un solo ápice para adquirirla! Toman la dignidad incomparable del sacerdocio como una profesión material cualquiera; y ese no es el sublime fin y santo del sacerdocio que consiste en la transformación perfecta en Mí por el amor y por las virtudes.

"Mi Padre quiere ver al sacerdote transformado en Mí, no tan sólo en la hora de la Misa, sino a todas horas; de tal manera que en cualquier sitio, y a cualquier hora pueda el sacerdote decir con verdad en el interior de su alma estas bendita, palabras realizadas constantemente en él por su transformación en Mí: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre" (Diario T. 50. p. 122-123. diciembre 31, 1927).

En otras palabras: el sacerdote en la Misa está transformado en Cristo en virtud de la acción del Espíritu Santo, en cuanto que es "instrumento" y realiza la acción sagrada en virtud del poder participado de Cristo Cabeza. Esto pide, exige la unión por el amor para ser instrumento "vivo" y entrar en la comunión perfecta con Cristo. La falta de caridad no invalida el sacramento pero constituye la realidad más absurda y abominable.

La transformación pedida por Cristo es "realizar en la vida" lo que Cristo realiza en la Eucaristía.

"Aquí está el fondo de la procedencia de todos los males que lamento en mi lglesia, la falta de transformación en Mí de sus sacerdotes: que sí esto fuera qué distintos se hallarían pueblos y naciones y almas que resienten materializadas la falta de influjo divino que debieran comunicarles los sacerdotes y que se hunden y se despeñan por la sensualidad y la falta de fe en abismos insondables de males.

"Si el demonio ha ganado terreno en mi Viña es por falla de obreros santos, en esa viña; por sacerdotes tibios, disipados, disipados, mundaneados y aseglarados que se han dejado llevar por la corriente y el ambiente actual, sin oponer resistencia, sin hacerse violencia a sí mismos y sin preocuparse en lo principal que debiera preocuparles: en su perfecta transformación en Mí" (Diario T. 50. p. 129-130, diciembre 31, 1927).



Transformación en Cristo Víctima

"Una de las cosas que faltan en muchos de mis sacerdotes es el Espíritu de mortificación, clamor a la cruz, el conocimiento de las riquezas que encierra el dolor.

"Muchos predican la Cruz y no la practican; aconsejan la abnegación y el propio renunciamiento y ni sueñan para sí mismos esas virtudes tan necesarias en los sacerdotes, porque el sacrificio es uno de los puntos culminantes y como el cimiento para la transformación en Mí que fui Víctima desde el instante de mi Encarnación hasta mi muerte.

"Una víctima para ser acepta a mi Padre debe ser pura y sacrificada. Mi vida entera se redujo a esta hermosa palabra que sintetiza el ser de cristiano y más el de sacerdote: ¡inmolación! Fui inmolado voluntariamente en la tierra y continuó esa vida de inmolación en los altares.

"Yo vine al mundo a santificar el dolor y a quitarle su amargura: vine para hacer amar la Cruz, y la transformación más perfecta en Mí tiene que operarse por el dolor amoroso, por el amor doloroso.

"Por tanto, un sacerdote que quiera asimilarse a Mí, como es su deber, debe ser amante del sacrificio, debe tender a la voluntaria inmolación abnegándose, negándose a sí mismo y sacrificándose constantemente en favor de las almas.

"Sacerdote quiere decir que se ofrece y que ofrece; que se inmola e inmola.

"Los sacerdotes deben amar la cruz y enamorarse de Mí crucificado. Soy su modelo" (Diario T. 50, p. 138-143, enero 1°, 1928).

Esta vida de inmolación es la vida que exige el ministerio, el servicio de las almas. El sacerdote es como Jesús el Buen Pastor que debe dar su vida por sus ovejas.

"El amor que tengo a mis sacerdotes es infinito, pido correspondencia y si su vocación en mi Iglesia es para salvar almas, deben amarme, deben poseer mi Espíritu, impregnarse de mi Espíritu, vivir de mi Espíritu que es vivir de amor.

"Pero amarme no consiste sólo en hacer actos de amor sino en entregarse al amor, sin condiciones, para todas las inmolaciones que exige el amor de Dios y el amor a las almas.

"Yo no engaño. La transformación implica dolor, vencimiento, sacrificio, muerte. Pero el amor es más fuerte que la muerte, que esa muerte que da la vida. El Espíritu Santo me inclinó a la Cruz y desde que la abracé voluntariamente, la Cruz se convirtió en amor" (Diario T. 51, p. 93-97, marzo 4, 1928).

"El Espíritu Santo me inspiró la muerte de cruz que fue obra de infinito amor hacia mi Padre y hacia las almas, pero con el noble fin de asociar muy especialmente a mi cruz, a una vida de sacrificio, a todos mis sacerdotes futuros que siendo otros Yo, unos en Mí perpetuaran mi sacrificio en sí mismos y en los altares y todo para honrar a mi Padre ofreciéndome y ofreciéndose transformados en Mí como una sola víctima santa y pura que lo glorificara" (Diario T. 57, p. 255-256, diciembre 12, 1931).

La transformación en Cristo exige ser con El al mismo tiempo sacerdote y víctima. La grandeza del sacerdote es por esencia una grandeza eucarística.

Una oración, del Misal Romano expresa admirablemente esta espiritualidad:

"Recibe Señor estos dones que te ofrecemos y al mirar a tu Cristo, Sacerdote y Víctima, concédeme a mí que participo de su sacerdocio la gracia de ofrecerme cada día como víctima agradable en tu presencia" (Oración sobre las ofrendas por el propio sacerdote B).

Sólo el Espíritu Santo transforma en Cristo

"Sólo el Espíritu Santo hace santos a los sacerdotes; sólo ese Divino Espíritu los eleva de lo terreno a lo divino, sólo El es capaz, con su soplo de impulsar a las almas sacerdotales a lo heroico, a lo sublime de su vocación. El es el eterno lazo deleitable y candidísimo que une eternamente a la Trinidad; y el lazo también, la cadena dulce y amorosa que debe unir suavemente, como todo lo de El, a los sacerdotes en Mí para llenar ese infinito deseo de mi Padre, la Unidad en la Trinidad, por este perfecto medio, el Espíritu Santo.

"Cuánto ansío el perfecto reinado del Espíritu Santo en el corazón de los míos. Ese reinado interior en las almas de mis sacerdotes en donde tenga su asiento y su nido. Y si son otros Yo deben mis sacerdotes tener el mismo Espíritu que Yo, el Espíritu Santo" (Diario T. 50, p. 210-212, enero 12, 1928).



En la Unidad del Espíritu Santo

El designio salvífico del Padre al enviar a su Hijo es unir a todos sus hijos que estaban dispersos (cfr. Jn. 11,52) y constituir un reino sacerdotal con los hombres de cada raza, lengua, pueblo y nación (cfr. Ap. 5,9).

"Vine al mundo sólo con el fin de unir a todos en la Unidad de la Trinidad, por el Espíritu Santo, es decir, por el Amor" (Diario T. 50, p. 95, diciembre 28, 1927).

"Mi Padre al fundar la Iglesia sólo tuvo un fin, fin de unidad, porque El, ni en Sí mismo, ni en sus concepciones eternas, ni en su fecundidad asombrosa, ni en sus deseos, ni en sus obras puede tener pensamientos e intenciones fuera de su unidad. Pues bien, al fundar su Iglesia, su ideal fue no hacer sacerdotes que se disgregan saliéndose de su unidad, sino un solo Sacerdote en Mí, un solo santo en Mí, por el Divino Espíritu" (Diario T. 50, p. 397, febrero 13, 1928).

En un texto de una densidad doctrinal extraordinaria san Pablo pone de relieve la Unidad de la Iglesia: "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos que está sobre todos, por todos y en todos" (Ef. 4, 4-6). La Unidad es el rasgo más divino de la Iglesia. No es pues de extrañar que el poder del mal dedique todo su esfuerzo a destruirla.

"El demonio tiende a desunir porque rompe la fuerza: el Espíritu Santo tiende a unir, a estrechar los brazos paternales, filiales, fraternales de cuyo desmembramiento vienen tantos males a mi Iglesia. Si Yo soy la Unidad en la Trinidad, ¿por qué mis pastores y sacerdotes entre sí no tienen una sola alma, un solo parecer por mi gloria, un solo corazón en mi corazón?

"Yo me ofrecí de Víctima por ellos muy especialmente, y sólo les pedí que perseveraran en mi amor, y mi amor es unitivo; y quiero que los hombres se amen los unos a los otros, ¿cómo no querer ante todo que los sacerdotes se amen entre sí, y que entre ese grupo escogido de elección no tenga Yo que lamentar odios, disturbios, apartamientos, lejanías de pareceres y de afectos, todas esas miserias que enfrían, que entibian, que separan los corazones?

"Y si este es tremendo mal para mi Iglesia, que puede llegar hasta el cisma, es para mi corazón lo más doloroso, lo que más lamento, puesto que se aparta de mi gran mandamiento, de aquel amaos los unos a los otros, porque Yo al pronunciar esas palabras, quise que fueran particularmente por mis sacerdotes, que son humanos y no están exentos de las pasiones humanas.

"Y si dije que conocerían que eran míos si se amaban los unos a los otros, cuando las almas puedan ver esos enfriamientos de afectos, esa falta de calor entre sí, el mundo se escandalizará y no los tendrá por míos.

"Yo insisto, e insistiré siempre en esa unidad de la Trinidad; en esa unidad de la caridad, que es el amor, que es la estrechez por medio del Espíritu Santo.

"Es muy humano el que haya que lamentar Yo, que Iamentar la Iglesia, esa división entre los suyos, que llegan a muy grandes, a muy hondos males, que Yo sólo sé medir en su extensión. Esto es descender al mundo, y mis sacerdotes no son del mundo, no deben ser del mundo, no pueden seguir las máximas del mundo, no deben contaminarse con el mundo. Y del mundo son tantas cosas, tanta tierra y pasiones y vicios, de los que mis sacerdotes debieran estar ajenos.

"Y mundo son las divisiones, las desavenencias, los respetos humanos, las envidias, el buscarse a sí mismos, y el alejamiento de corazón a corazón.

"El Papa, los Cardenales, Pastores y sacerdotes, toda la jerarquía eclesiástica forma un solo bloque divino, una piedra en Pedro, una roca en donde las olas del mundo y los enemigos se estrellarán. Pero ese bloque debe ser uno, no debe desmembrarse, y de ahí su fuerza divina contra todo el infierno. Y es que está resguardada por la unidad de conjunto, por la unidad de la Trinidad" (Diario T. 51, p. 337-340, abril 22, 1928).

"Insiste en esa unidad de quereres y de pareceres en Mí. Cierto que por diversas vías los arroyos van al mar, y que de diversos manantiales toman vida esos arroyos: pero quiero en mi Iglesia que esos arroyos sean uno solo en unión de caridad, es decir, que mis Obispos y sacerdotes formen un solo caudal que desemboque en el mar que soy Yo. Quiero que mi Iglesia en sus derivaciones forme una sola derivación en quereres y pareceres.
"La unidad, la unidad de juicio, la unidad de voluntades en la Mía, es lo que trae la paz a la Iglesia y a los corazones.

"Cuántos Obispos lamentan esta falta de unidad en su clero, no tan sólo para con ellos, sino aún los miembros entre sí, divergiendo en opiniones que acarrean consiguientemente faltas de caridad y murmuraciones de trascendencia, apuñalando mi Corazón, todo obediencia y caridad.

'Y mira: si el sacerdote tiene tan alto origen, nada menos que en el amoroso seno de la Trinidad, tiene el deber ineludible de asimilarse a la Trinidad muy principalmente en su unidad. Y como la Iglesia ha sido creada para El, por la Trinidad, en ella debe aspirar y beber la unidad, simplificándose en mi voluntad manifestada por los superiores, es decir, por el Papa y los Obispos de quienes el sacerdote depende.

"Esa unidad falta en el mundo, y por esto tantos males que asolan la tierra. Se desvían las almas de su Centro, y de ahí todas las desgracias que llora la humanidad caída. Este es el punto central y capital de su ruina, el vivir apartado de la unidad, en doctrinas erróneas, en el orgullo de las opiniones, en la multiplicidad de las sectas, en la bruma y obscuridad de los compuestos. El día que el mundo vuelva a su centro, de la unidad de la Trinidad y en su Iglesia, será salvo.

"Pero Io más triste y lo que más lastima mi Corazón es que en los míos existe esa desigualdad que los aparta de su centro, en la unidad de la Trinidad y en su Iglesia, será santísima y plenísima, en las tres Divinas Personas". (Diario T. 49, p. 374-378, noviembre 28, 127).

La unidad no puede ser realizada por las solas fuerzas humanas: es un don que viene de lo alto, por eso Cristo en el momento culminante de su vida elevó su oración al Padre para alcanzar para su Iglesia la Unidad.

"En aquella plegaria tiernísima a mi Padre en la última Cena, plegaria salida de lo más hondo de mi alma ---en la que quise expresar a mis Apóstoles y en ellos a mis sacerdotes futuros toda la sublime ternura, la quintaesencia de mi alma hacia ellos-- pedí lo más grande, lo más bello que podía solicitar de mi Padre, que fuéramos uno, consumados en la Unidad de la Trinidad.

"Aquella plegaria de la consumación de la Unidad en mi Padre y en Mí, no quedó estéril, sino que vinieron sus frutos a la tierra especialmente sobre mis sacerdotes y por eso son ellos otros Yo; y por eso, sólo por esa les di a mi misma Esposa, la Iglesia, pero con los mismos deberes de fidelidad y de purísimo amor hacia ella; con el deber de servirla, de consolarla, de darle hijos espirituales y santos, de extender su reinado, de respetar sus jerarquías, de constituir aún en la tierra aquella unidad que es eco de esa unidad santa, fecunda, y purísima, de la unidad de los sacerdotes en Mí, de la única Unidad en la Trinidad.

"Todo lo que salga de esta unidad es diabólico: todo lo que no tienda a esa unidad es falso; todo lo que se aparte de esa unidad será nulo para el cielo" (Diario, T. 51, p. 160. 162. 168, marzo 14, 1928.

Conchita experimentará siempre hacia los sacerdotes un profundo respeto y un amor de predilección; ella no los critica, ofrece su vida en expiación por sus debilidades y para obtenerles la gracia de una eminente santidad. Mira, sufre, calla. Se inmola constantemente como víctima por la Iglesia y sobre todo por los sacerdotes.




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