Diario de una Madre de Familia, Conchita


"Tu misión será salvar almas"



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"Tu misión será salvar almas"

"Los primeros ejercicios que yo oí predicar fueron unos que dio el Padre Antonio Plancarte el año 1889.

"Yo iba de entrar y salir pues no podía dejar mis niños.

"Un día, como bajado del cielo, preparándome con toda mi alma a lo que el Señor pidiera de mí, escuché claro en el fondo de mi alma sin poder dudarlo: "Tu misión es la de salvar almas" (Aut. I, 51).

Esta primera palabra del Señor nos da la clave para comprender el sentido de la vida de Conchita: será totalmente para la Iglesia.



"Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos"

Hay momentos decisivos que transforman definitivamente una vida. El monograma que Conchita se grabó el 14 de enero de 1894 la orientó hacia la salvación del mundo por la Cruz. Pero la importancia de este hecho no radica en el acto heroico que una mujer realizó como signo de su amor a Cristo, sino en lo que Dios hizo en ella como respuesta: el cambio de su amor, infundiéndole un nuevo Amor, participación de su mismo Amor salvífico que trae consigo el germen de las Obras de la Cruz.

"Una fuerza sobrenatural me derribó por tierra, escribe, y olvidándome del gozo de que estaba poseída, solo pensaba en la salvación de los hombres. Ardía mi alma en el celo por la salvación de las almas y con un fuego que no era mío repetía: ¡Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos, sálvalos!, y no podía decir más" (Aut. II, 33. Cartas 10, 1886).

Toda la Obra y la doctrina de la Cruz nace de esta experiencia viva de la realidad más íntima y constitutiva del misterio de la Iglesia: la asociación a la Redención de los hombres realizada por Cristo.

Perspectiva sintética inicial

Conchita descubrió la Iglesia a través de la Cruz:

"En diferentes ocasiones me ha dado el Señor a entender la relación tan íntima que tiene la Iglesia con la Cruz, tanto, que sin la Cruz no habría Iglesia... Dice que en la Cruz nació la Iglesia, viniendo el Espíritu Santo después a confirmar su doctrina y a darle vida" (Diario T. 10, p. 193, mayo 28, 1898).

La primera revelación del misterio de la Iglesia es la de la Iglesia del Crucificado, y esto trae consigo el llamamiento a un compromiso.

"Sacrifícate por la Iglesia", me ha dicho el Señor varias veces.

"Mi Iglesia es lo que más amo y es la que más me ha hecho sufrir..., verdaderamente vivo crucificado en ella... (entendía que se refería a los malos sacerdotes y otros ministros de ella que no buscan el interés de Jesucristo, sino el propio, con mil debilidades y culpables procederes).

--"Quiero que seas, me dijo hoy, víctima por la Iglesia; no sabes lo que esto vale, déjate hacer, que es un regalo que te obsequio, las almas víctimas, sacrificadas por la Iglesia, tienen un premio especial". (Diario 10, 194-106, mayo 28, 1898).

"Las almas víctimas en favor de la lglesia deberán unirse a mi Corazón, la Víctima por excelencia, para presentarse al Padre eterno en favor de esta Iglesia tan querida, con el fin de expiar los pecados. Me es tan amada mi Iglesia, que busco víctimas que en unión de mi Corazón se santifiquen para cambiar la justa ira que le amenaza, en lluvia de gracias...

"Quiero más que martirio exterior el martirio íntimo de los corazones: por esto pido se unan al Mío tan destrozado como ningún otro... quiero dar esta gloria a mi Padre y el Espíritu Santo bendecirá a las almas víctimas que se unan a Mí con este santo fin" (Diario T. 10, p. 212, junio 14, 1898).

La expresión "víctima", almas víctimas, en el lenguaje de Conchita carece por completo de sentido dolorista, de cierta carga emotiva egocéntrica que falsearía su contenido y llegaría incluso a reducirla a una auténtica caricatura, a una deformación psicológica de tipo narcista.

Toda la doctrina de la Cruz se funda en una espiritualidad de entrega, de donación que hace salir de sí mismo: imitar y asemejarse a Cristo que "vino a dar su vida como rescate por muchos" (Mt. 20,28). Orientada por las exigencias del designio redentor, se abre a una perspectiva Trinitaria que se manifiesta de pronto, como inesperadamente.



"La Iglesia de la Trinidad"

"La lglesia es la depositaria de todas las gracias del Espíritu Santo, ahí ha fijado su morada, y la ama con entrañable amor; sólo por ahí se entra al cielo. Él sella todas sus ceremonias y faltando este sello divino no habría nada cabal, ni posible salvación. En la Iglesia es donde se da constante alabanza a la Trinidad Santísima; ahí tiene el Padre Eterno sentadas sus miradas; el Hijo su sacratísima Humanidad junto con la Divinidad y su sacrificio constante en la Eucaristía.

"¡Qué bello se presenta este conjunto-unidad, esta Trinidad beatísima en su divina comunicación con la Iglesia. Ahí veo yo ahora su inmenso amor que despliega un Dios para con sus criaturas de una manera tan admirable!

"¡Ah! yo confieso que jamás había entendido esto con tan clara luz, ni tampoco agradecido esa cadena no interrumpida de beneficios que desde el bautismo hasta el sepulcro nos proporciona la Iglesia santa... Qué cuenta tendremos que dar al Señor por tantas gracias y tantos medios de santificación que su eterna bondad nos ha puesto en su Iglesia" (Diario T. 10, p. 193-194, mayo 28, 1898).

Esta perspectiva Trinitaria, lejos de ser una visión horizontal de la Iglesia, sus estructuras y sus múltiples actividades en medio de los hombres, por ser una mirada desde la cumbre, contiene una muy alta visión de sabiduría enfocada sobre la Iglesia a la luz de la Trinidad. La percepción inicial de conjunto puede expresarse de esta manera: la Iglesia, al mismo tiempo que es la Iglesia de la Cruz es la Iglesia de la Trinidad.

La Iglesia del Verbo Encarnado

"La Iglesia brotó de mi Corazón en la Cruz; ahí nació la Iglesia pura y bella, de mi costado, como Eva del costado de Adán para que fuera Madre de todos los cristianos, de las almas todas, para salvarlas por mis infinitos méritos que en su seno inmaculado deposité" (Diario T. 51, p. 161-162, marzo 14, 1928).

Este tema clásico y fundamental de la eclesiología es contemplado por Conchita desde la "óptica característica" de su propia gracia. La expresión "cruz" tiene para ella una resonancia eminentemente "personalista", Cruz significa para ella ante todo: Cristo Crucificado, Cristo Sacerdote y Víctima que por amor se ofrece al Padre por nuestra salvación. Cruz designa también al cristiano que quiere configurarse a Cristo en la identificación de sus sentimientos más íntimos y con frecuencia afirmará que el cristiano auténtico debe ser una "cruz viva".

Mas aún, la cruz, origen de la Iglesia, no es tan sólo la cruz externa, visible, que se levantó en el Calvario, sino la cruz interior, íntima del Corazón de Cristo que comenzó en su Encarnación y que se consumó cuando entregó su Espíritu en manos de su Padre.

"En la cruz exterior que todos ven fui víctima agradable a mi Padre en el derramamiento de mi sangre, pero por la cruz interna principalmente se obró la Redención" (Diario T. 7, p. 333, septiembre 7, 1896).

Hemos visto que la "cruz íntima" es tema central de la doctrina de la Cruz que nos lleva al corazón y a lo esencial del misterio de la salvación.

La cruz interna es el dolor purísimo nacido y alimentado de sólo amor: "Amaba a mi Padre y quería glorificarlo pagando la deuda de la humanidad culpable, amaba a los hombres con amor infinito y humano y quería hacerlos felices y salvarlos" (Diario T. 50, p. 276, enero 23, 1928).

Estos dos amores en uno solo, en el Espíritu Santo, forman el corazón de la Redención.



La Cruz se perpetúa en Ia Eucaristía

--"Si la Redención basta a tu justicia para borrar el pecado; si con ella quedaba salvada la distancia entre el hombre y la Divinidad, ¿por qué perpetuarse ese mismo sacrificio de la Cruz en tus altares?

--"Sólo por el Amor, hija: sólo por un fin de caridad. Me quedé en los altares por una sed sublime que consume al Verbo hecho carne, gozándose en la inmolación por el hombre...

"Me quedé para completar a las almas, con mi vida de Víctima en los altares, lo que a ellas les falte de sacrificio...

"Me quedé para seguir expiando las ingratitudes del hombre con sacrificio perpetuo...

"Me quedé por ser la única Víctima pura...

"Sin Mí toda inmolación sería nula y de esta manera perpetuándose mi sacrificio, se perpetúa también el perdón, tomando valor, en mi unión, los sacrificios del hombre.

"Me quedé para atraer a las almas con mi ejemplo a enamorarse del dolor en todas sus formas...

"Me quedé por el placer que causa al Verbo hecho carne, la cercanía con la criatura" (Diario T. 23, p. 222-223, julio 25, 1906).

"En la Misa se perpetúa la misma inmolación de la misma Víctima, Yo, en el Calvarlo; no es como la prolongación o repetición de mi sacrificio sino el mismo sacrificio, aunque incruento, en las Misas, pero es la misma crucifixión viviente con la misma y única voluntad amorosa del Padre en crucificarme, en dar a su propio y único Hijo para salvación del mundo". (Diario T. 61, p. 113, agosto 2, 1933).

Toda Ia lglesia es sacerdotal

Cristo, Único Sacerdote ha suscitado una Iglesia, pueblo todo él sacerdote, sacramento de salvación para el mundo.

'Vosotros sois una nación elegida, una residencia real, una comunidad sacerdotal, una nación santa, un pueblo que Dios ha adquirido" (1 P. 2,9).

Esta visión de la Iglesia toda sacerdotal es un dato esencial de la doctrina espiritual de Conchita cincuenta años antes del Vaticano II.

"Hay almas consagradas con la unción sacerdotal y también en el mundo hay almas sacerdotales que, aunque sin la dignidad o consagración del sacerdote, tienen una misión sacerdotal: se ofrecen en mi unión al Padre para la inmolación que a Él le plazca. Estas almas ayudan poderosamente a la Iglesia en el campo espiritual.

"Los sacerdotes imprescindiblemente tienen que ser víctimas, tienen que convertirse en don, renunciándose y ofreciéndose puros a mi Padre en mi unión y entregándose también en donación a las almas, como Yo" (Diario T. 50, p. 189, enero 8, 1928).

Sacerdocio espiritual

Pero si el sacerdocio de Cristo es único, la participación es diversificada. El sacerdocio espiritual es carácter y carisma de toda la comunidad eclesial.

El sacerdocio ministerial perpetúa la oblación de Cristo al realizar la Eucaristía "in persona Christi" y de esta manera hace posible que toda la Iglesia ejercite el sacerdocio espiritual al ofrecer a Cristo realmente presente en medio de su Pueblo y al ofrecerse juntamente con Él.

"Cuando dije: "Haced esto en memoria Mía" claro está que no me dirigí tan solo a los sacerdotes. Cierto que ellos solos, por las palabras de la Consagración, tienen poder para cambiar la substancia de pan en mi Cuerpo santísimo y la substancia de vino en mi Sangre. Pero el unir todas las inmolaciones en una, es para todos los cristianos; el asimilarse por la fe y por las obras a la Víctima del altar, el ofrecerse al Eterno Padre como pararrayo de la divina justicia, como hostia de propiciación, esto les toca a todos los cristianos, miembros de un mismo cuerpo" (Diario T. 40. p. 301-302. junio 7, 1916).

Esta doble participación del Sacerdocio de Cristo forma la estructura de la Iglesia de la Cruz, de la Iglesia de Cristo Sacerdote y Víctima.

"Yo no puedo separarme de esta fibra santa y celestial pues que constituyó mi venida al mundo: mi sacerdocio universal que no es otra cosa que una caridad infinita, para salvarlo. No encontró el Padre, diré, una forma más adecuada para la salvación del mundo que el sacerdocio que forma el cuerpo de la Iglesia cuyo centro o corazón es la Trinidad misma: y por esto el Verbo se hizo carne, para ser sacerdote muy principalmente y esparcir su sacerdocio en las almas.

"Pues de esa derivación viene el Sacerdocio espiritual y místico: los religiosos y los Iaicos en el mundo forman parte del sacerdocio místico, por sus manos o menos grados de unión Conmigo" (Diario T. 53, p. 86, noviembre 29, 1928).



El Sacerdocio Ministerial, eje de la Iglesia

"El Sacerdocio Ministerial configura a "Cristo como Cabeza de la Iglesia".

"Mi eterna mirada sobre mis sacerdotes, mirada purísima de un amor de elección, los concibió eternamente y abarcó no sólo a su alma predilecta, sino a miles de almas también, pues cada sacerdote es cabeza de otras muchas almas.

"Yo al mirar eternamente a un Sacerdote, vi en él a un escuadrón de almas por él engendradas con la fecundación del Padre, por él redimidas en unión de mis méritos, por él formadas, santificadas y salvadas, que me darán eternamente gloria" (Diario T. 49, p. 338-339, noviembre 14, 1927).

"No creas que la vida de un Sacerdote es una o sola, no; en la vida de un Sacerdote Yo veo muchas vidas en el sentido espiritual y santo, muchos corazones que me darán eternamente gloria "(Diario T. 49, p. 339, noviembre 14, 1927).



El Sacerdote es otro Jesús

En la presente crisis de pérdida de la identidad sacerdotal el mensaje de Conchita es de una actualidad palpitante. "Al tomar la naturaleza humana, tomé el amor al hombre, por llevar la sangre del hombre, la fraternidad con el hombre y conjuntas las dos naturalezas, la divina y la humana, divinicé con el contacto del Verbo al hombre, elevándolo de lo terreno para que aspirara al cielo.

"Pero entre todos los hombres distinguí a los que deberían ser Míos, "otros Yo", que continuaran la misión que me trajo a la tierra, y que fue llevar a mi Padre lo que de El salió: almas que lo glorificaran eternamente" (Diario T. 50, p. 199-200, enero 11, 1928).

"Nunca acabaría de decir lo que son los Sacerdotes para Mí: mis manos, mis obreros, mi mismo Corazón y el centro de innumerables almas. En el Sacerdote veo Yo el reflejo de mi Padre... me veo a Mí mismo y al Espíritu Santo. En el Sacerdote contemplo los misterios: el de la Unidad por su ser íntimo con la Santísima Trinidad. Veo el misterio de la Encarnación que el Sacerdote perpetúa en cada misa. Veo el de la Eucaristía que no se produciría sin su concurso. Veo a los Sacramentos en fin y a mi Iglesia amada, y a miles de almas engendradas en la suya para gloria de Dios. Me veo a Mí a cada paso en mis Sacerdotes. Pero debería verme en ellos como Yo soy, Santo entre los Santos y no desfigurado por sus pecados" (Diario T. 54, p. 36-.28, noviembre 20, 1929).

La lglesia debe continuar la Pasión

"Yo soy la Cabeza y el alma de la lglesia y todos los míos son miembros de ese mismo Cuerpo y deben continuar en mi unión la expiación y el sacrificio hasta el fin de los siglos" (Diario T. 23, p. 195, julio 24, 1906).

"Concluyó mi pasión en el Calvario... pero los que forman mi Iglesia deben continuar en ellos la pasión... ofreciéndose en reparación propia y ajena a la Trinidad, en unión mía, siendo víctimas con la Víctima, pero con las mismas cualidades de las Víctimas" (Diario T. 23. p. 196-197, julio 24, 1906).

"Esta es la ley del amor, la que rige a mi Iglesia, toda amor, expiación y unión" (Diario T. 23, p. 198, julio 24, 1906).

"Yo no necesito de nadie para salvar al mundo: pero todos los cristianos deben sufrir en mi unión cooperando a esa misma Redención para la gloria de Dios y glorificación propia" (Diario T. 27, p. 175, mayo 16, 1907).

Una oración de la "Liturgia de las Horas" expresa esta espiritualidad: "Dios omnipotente y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos; haz que inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como víctimas vivas" (Oración Vísperas IV).

María Madre de la Iglesia

La Iglesia sacerdotal del Verbo Encarnado tiene como Madre a María, Madre del Eterno Sacerdote.

"María fue la escogida entre todas las mujeres para que en su virginal seno se obrara la Encarnación del Divino Verbo y desde aquel instante Ella, la sin mancha, la Madre Virgen, la que aceptó con el amor y la sumisión más grande que ha existido en la tierra hacia mi Padre, no cesó de ofrecerme a Él como víctima que venía del cielo a salvar al mundo, pero sacrificando su corazón de Madre a la divina voluntad de ese Padre amado.

"Y me alimentó para ser víctima consumando la inmolación de su alma al entregarme para ser crucificado. Y un mismo sacrificio era el Mío en la Cruz como el que se obraba en su corazón: continuando después en el martirio de su Soledad, ofreciendo sus dolores al Eterno Padre en mi unión.

"Al dejar Yo el mundo, al alejarme de mis discípulos les dejé a María, representándome en sus virtudes, en sus ternuras, en su corazón, eco fidelísimo del Mío y elemento necesario para el fundamento de mi Iglesia, a la vez que para sostén espiritual de mis Apóstoles y primeros discípulos.

"En María se apoyaba la naciente Iglesia y María la sostenía con sus dolores y sus virtudes y sus oraciones y su amor.

"Y por eso, al enviar al Espíritu Santo a mis Apóstoles, no excluí a María, aún cuando Ella estaba plena de gracia, llena de mi Espíritu. Fue con el fin de que la lglesia la tuviera por Reina, de que los Sacerdotes la consideraran indispensable, de que a ellos y a los fieles no les faltara el calor y la protección de una Madre" (Diario T. 51, p. 281-283, 286-287, abril 6, 1928).

La Iglesia del Espíritu Santo

El Verbo Encarnado por su muerte y resurrección ha congregado a los hombres para constituirlos místicamente en su Cuerpo, comunicándolas su Espíritu. El Espíritu Santo es uno solo en la Cabeza y en los miembros y de tal manera vivifica todo el Cuerpo, lo une y lo mueve que viene a ser en él, principio de vida: alma del Cuerpo Místico (cfr. L.G. N° 7-8).

"El Espíritu Santo es quien rige a la Iglesia, desde que Yo me fui y lo envié después de mi Ascensión" (Diario T. 2, p. 4, marzo, 1894).

"Al Espíritu Santo que obró la Encarnación debía pertenecer el fruto de ella que es mi Iglesia. A El pertenecía iluminar, dar sentido, inflamar, fortalecer y dar la vida de la gracia" (Diario T. 40, p. 204, enero 29, 1915).

De la riqueza doctrinal de Conchita sobre la Iglesia del Espíritu Santo solamente indicaremos tres aspectos:

a) el Espíritu Santo es el Alma de las "estructuras", 

b) El realiza la "Santidad" de la Iglesia y

c) es el principio de "Unidad" y conduce a la Iglesia a la consumación en la Unidad de la Trinidad.



La Iglesia está fundada en el amor

En la presente crisis en la que se pretende oponer la lglesia jerárquica a la Iglesia pneumática; la Iglesia de la Autoridad a la lglesia de la Caridad, Conchita nos recuerda el principio que resuelve el falso problema: no puede haber oposición entre estructura y carisma, porque la Iglesia de la Encarnación y la Iglesia del Espíritu es la misma.

El Espíritu es el principio que anima y vivifica las "estructuras".

"Yo necesité sólo una cosa para establecer mi Iglesia en la tierra sobre un fundamento indestructible, ¿y sabes cuál fue?: el Amor, sólo el amor, porque mi Iglesia debía fundarse, crecer y desarrollarse en el amor, y por el amor, y por el amor que es su corazón, sus arterias, su alma y su vida; el Amor, es decir, el Espíritu Santo, todo amor. Y por eso hice aquellas preguntas memorables, que se recordarán en todos los siglos, al que iba a ser Jefe Supremo de mi Iglesia amada, y que repercuten aún en el corazón de todos los Papas: ¿Me amas más que éstos? Y, asegurado mi Corazón de Dios-hombre de ese amor, entregué al amor mis amores, es decir a las almas y eso solamente necesita tener el Papa, y eso sólo le pido Yo, porque el amor lo hace Padre y el Padre no puede hacer más que amar porque aún en sus rigores es amor, sólo amor!

"Mira la ternura de mi Corazón para con las almas todas; pero ahora cómo esa pregunta tiernísima que hice a san Pedro de si me amaba para entregarle el mundo redimido, no se dirigía tan sólo al primer Jefe de las almas, sino muy especialmente también a todos mis Sacerdotes. Le entregaba la Iglesia Conmigo mismo, y en Mi a todos los sacerdotes que la componen desde el primero hasta el último. Y el Papa delega sus facultades envueltas en amor paternal a sus ovejas predilectas, y amadas, a sus sacerdotes, que forman Conmigo y con él un solo Jesús Salvador de las almas. El Papa es el primero en su transformación en Mí, en la unidad de la Trinidad, a quien mi Padre ha dado lo más exquisito de su fecundación; a quien el Verbo, Yo, se la ha entregado para que me represente en la Iglesia, en la más perfecta transformación en Mí. Y el Espíritu Santo lo cobija, lo penetra, lo impregna, lo transforma, lo ilumina, lo deifica, lo fortalece, lo sostiene, le comunica sus dones y lo asiste en sus decisiones, dando a sus palabras el sello santo de la verdad infalible que no puede engañarse.

"Pero todo esto sólo exigió una condición: ¡el amor, el amor, el amor! Tres veces me aseguré de ese amor, sólo un alma amor es digna de representarme, de llevar la fecundación del Padre amor; el parecido y la personificación del Verbo hecho carne, amor y de mi Espíritu Amor. Y todo este conjunto de amor une, en la unidad de la Trinidad, infaliblemente, a la Cabeza de mi Iglesia; y en él a todos sus delegados. Y todos ellos, sólo son Yo, en distintas escalas y jerarquías. Porque mi Padre, en el Papa me ve a Mí; y en la unidad de la lglesia a todos los sacerdotes en Mí: un solo Jesús, un solo Pastor, un solo Sacerdote, un único Salvador.

"Es hermoso y divino este encadenamiento íntimo y único en el mundo de mi lglesia amada. Y, por lo divino de Ella, nada ni nadie es capaz de conmoverla, de bambolearla, ni de manchar su estructura, ni de romper su unidad. Es divino su origen, divina su fecundación; y el Hombre-Dios que habita en ella, la defiende, la ampara, la sostiene y la glorifica. Mientras sostenga a la Iglesia el amor, en su Cabeza y en sus miembros; mientras su Pastor sea amor (que lo será siempre por la asistencia íntima del Espíritu Santo), pasará por todas las tempestades y perfidias y cismas y guerra del infierno, pero bogará sobre todos los mares de rectos y falsos principios y maldades, sin conmoverse, sin hundirse.

"Yo soy su Piloto, y con esto, pasarán los siglos y llegará tan pura, tan santa, tan Madre, tan toda amor y caridad mi Iglesia, como salió de mis manos, hasta tocar las playas del cielo. No importan las traiciones y persecuciones hasta de los suyos (que son las que más duelen), Ella proseguirá majestuosamente su marcha entre mil tormentas que sólo han servido, sirven y servirán siempre para darle más brillo y glorificarla. ¿Quién contra Dios? Las generaciones pasan; las persecuciones se derrumban, los cismas caen, y sólo mi lglesia hermosa y pura, santa e inconmovible, llegará al fin tan santa y perfecta e inconmovible como salió de mis manos, apoyada en el amor que no se muda porque es divino, por el ser de unidad que lleva consigo, impregnada de amor, y sólo esparciendo amor.

"Pero ha llegado el tiempo de exaltar en el mundo al Espíritu Santo, alma de esa Iglesia tan amada, en donde esa Persona Divina se derrama en todos sus actos con profusión. Esta íntima etapa del mundo quiero que se le consagre muy especialmente a este Santo Espíritu, que no obra sino por el amor. Comenzó a regir a la Iglesia en su principio, por tres actos de humilde amor en san Pedro; y quiero que en estos últimos tiempos se acentúe este amor santo en todos los corazones, pero especialmente en el corazón del Papa y de mis sacerdotes. Es su turno, su época, es el final amoroso en mi Iglesia para todo el universo. Por eso vuelvo a pedir que el mundo se consagre al Espíritu Santo muy especialmente, comenzando por todos los miembros de la Iglesia, a ese Espíritu que me anima, a esa Tercera Persona de la Trinidad que enlaza y une a la Trinidad misma, que hace a Dios ser Dios, porque Dios es amor, y el Espíritu Santo es la Persona del amor, el mismo Amor Personificado en Ella. Por eso el Espíritu Santo es el alma, el gran motor divino de la Iglesia; su energía, su corazón, su latido, porque es el Amor". (Diario T. 51, p. 75-83; marzo 2, 1928).




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