Diario de una Madre de Familia, Conchita



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Su horizonte Mariano

La piedad de Conchita es esencialmente dogmática. Gusta de contemplar a la Madre de Jesús dentro del plan eterno de Dios y en su desarrollo histórico a través de los principales misterios de la salvación. Su mirada de fe la descubre ya en su preexistencia eterna en el pensamiento de la Trinidad. El Señor le explica así este misterio: "Para ti hay existencia, para Dios todo es preexistente: en El no hay tiempo. Ya María era desde toda la eternidad, porque la había forjado en su entendimiento la Trinidad misma: ya era su delicia: un ideal realizado al concebirlo, porque así son las cosas en Dios, que al preconcebirlas son realizadas. Ya María era la Reina de los cielos..."

"Era bella con la belleza de un Dios . . . virgen con la fecunda virginidad de la Trinidad... criatura sin mancha y perfectísima... alma preservada ya en el seno del Padre, que jamás sería contaminada, ¡qué digo!, ni tocada con sombra de pecado. Era ya ahí, desde aquella eternidad, Hija, Esposa y Madre, recreándose las tres divinas Personas en aquella obra perfectísima, que maravillaría al cielo y a la tierra en todos los siglos...

"¡Qué grande es María en sus múltiples perfecciones y sobre todo en la Encarnación virginal del Verbo, que desde la eternidad la preparó! Enamorada la Trinidad de esa criatura incomparable, por eso, el Verbo se hizo carne... Él la preparó con todas las gracias y primores del Espíritu Santo, con la abundancia de un Dios, para hacerla su templo vivo". (Diario T. 23, p. 175-176, julio 23, 1906).

El misterio de la Encarnación del Verbo y de la maternidad divina es el centro de la reflexión mariana de Conchita.

Después de la Encarnación, el misterio del Gólgota es el que ocupa preferentemente su pensamiento. El Señor se lo ha explicado claramente: "Ella, al pie de la Cruz, vio nacer mi Iglesia y aceptó en san Juan a todos los sacerdotes, en su corazón, en lugar Mío, y además a la humanidad entera, como su Madre" (Diario T. 51, p. 310, abril 8, 1928).

Uno de los temas más familiares de su contemplación es el de la participación de María en nuestra redención, por la Cruz: "Hoy volví a entender las penas indecibles del corazón purísimo de María, la única que leía y comprendía los padecimientos internos, los sufrimientos de su Hijo divinísimo... cómo sólo Ella sabía medir sus penas, entender su pureza, su inocencia, sentir también el peso infinito de la ingratitud humana que llevaba sobre sí.

"María vivió una vida de dolor inocente, que en unión de su santísimo Jesús alcanzaba gracias para los culpables... María, desde que aceptó la divina Encarnación, no se separó de su mente el plan divino y, lacerado su purísimo corazón de Madre, contempló, resignada al martirio, al Mártir inocente y divino.

"La vida de esta Virgen Madre fue la vida más crucificada después de la de Jesús... la meditación constante del futuro siempre tenía lacerada a su alma en aquella casita de Nazareth. ¡Quién hubiera visto a aquellos purísimos Corazones viviendo al parecer una vida común y llevando en sí el martirio más cruel por la salud del género humano!, ¡oh María tuvo inmensa parte de la redención del hombre!, ¡qué grande es María y cuánto le debemos!" (Diario T. 10, p 274-275, septiembre 1º, 1898).

"María, impregnada de todos los misterios toma parte muy activa en el concurso de la Iglesia, en implorar perdones y derramar gracias" (Diario T. 49, p. 93, octubre 6, 1927).

Conchita admira en María a la criatura "que está más cerca de Dios porque es la más pura criatura que ha existido y existirá... Vi, cómo ni un pequeño polvo manchó su purísima alma... cómo prevenida con la gracia jamás desperdició una sola, cooperando siempre sobre todo con la humillación y el dolor". (Diario T. 10, p. 169, agosto 29, 1898).

El Concilio Vaticano II se empeñó en ponderar el lugar de María en el plan divino, en el interior de la Iglesia, pero en la cumbre: "aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas" (L. G. N° 53), "después de Cristo ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros" (L. G. N° 54). El Señor se complacía en descubrir a Conchita la grandeza divina de su Madre: "María es después de la Trinidad y de mi gloriosa Humanidad la más grande criatura que existe y que podrá existir en el cielo, porque Dios con ser Dios no podrá hacer cosa más digna, más perfecta, ni más hermosa, pues que lleva en su ser el reflejo de todas las perfecciones de Dios comunicadas. Por esto la gloria que en el cielo tiene María excede a toda la de los ángeles y santos". (Diario T. 24, p. 42, agosto, 1906).

"Ella también perteneció a la Iglesia militante..., es ahora la depositaria de los tesoros de la Iglesia, como en la tierra lo fue del Verbo hecho carne, en donde se reúnen y de donde brotan todos esos tesoros" (Diario T. 41, p. 102, febrero 27, 1927).

Así el panorama mariano de Conchita coincide con los horizontes del Vaticano II. Contempla a María en el desarrollo del plan divino. Pablo VI hacía notar, con razón, que jamás la Iglesia había contemplado a María en el interior del misterio eclesial en una síntesis tan vasta y poderosa (Discurso de clausura, noviembre 21, 1964). Esta mirada de sabiduría ordena todo su misterio desde las cumbres como un faro luminoso que dirigirá todos los progresos de la doctrina mariana del futuro.

La Virgen de la Cruz

En todos los santos la intimidad con María reviste la actitud y la forma de su gracia personal. Teresa de Lisieux dirá de María: "Ella es más Madre que Reina". Bernardita venerará en Ella a la Inmaculada. Conchita, desde su "óptica característica", contempló a María en el misterio de su asociación íntima a la Cruz de su Hijo para la gloria del Padre en la salvación del mundo. Para Conchita, la Virgen María es ante todo la Virgen de la Cruz.

Ya desde el principio de su Diario se nota este atractivo de gracia: "Mucho me impresionaron los sermones sobre los dolores de la Sma. Virgen... La Pasión de Jesús fue la Pasión de María, sólo Ella comprendió aquel grito de Jesús en su abandono. La medida del dolor es la del amor y la medida del amor es la de la gracia y María está llena de gracia, de amor y de dolor. Yo me enamoré anoche de la Virgen Dolorosa" (Diario T. 1, p. 347-348, marzo 17, 1894).

La gracia central de la vida de Conchita: la encarnación mística le hizo descubrir los sentimientos más íntimos de la Madre de Dios. Consagrada totalmente a la persona y obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención con El y bajo El, cooperando a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres.

La Virgen de la Encarnación es la Madre de Jesús Sacerdote que al entrar a este mundo dice: "He aquí que vengo a hacer tu voluntad" (Heb. 10,5.7). La misión propia de María en la salvación es tan inseparable de su maternidad divina como la función redentora de Cristo es inseparable de su Encarnación.

"María fue la escogida entre todas las mujeres para que en su virginal seno se obrara la Encarnación del Divino Verbo y desde aquel instante Ella, la sin mancha, la Madre Virgen, la que aceptó con el amor y la sumisión más grande que ha existido en la tierra hacia mi Padre, no cesó de ofrecerme a El cómo víctima que venía del cielo para salvar al mundo, pero crucificando su corazón de Madre a la divina voluntad de ese Padre amado.

"Y me alimentó para ser víctima consumando la inmolación de su alma al entregarme para ser crucificado. Y un mismo sacrificio era el Mío en la Cruz, como el que se obraba en su corazón..."

"Siempre María me ofreció al Padre, siempre hizo oficio de sacerdote; siempre inmoló su Corazón inocente y puro en mi unión para atraer las gracias de la Iglesia" (Diario T. 59, p. 282-283, abril 6, 1928).

Su Misterio preferido:


La Presentación de Jesús al Templo

Nada es más revelador del secreto interior de un místico como el adentrarse en su experiencia espiritual y colocarse en su perspectiva personal. Su gracia propia se manifiesta en su diversa actitud ante los misterios de la vida de Cristo y de María.

A primera vista, ya que la "encarnación mística" es la gracia central de Conchita, pudiera pensarse que el misterio de la Encarnación fuera el centro de su contemplación mariana, sin embargo su misterio preferido es la Presentación de Jesús al Templo.

Encontraba en este misterio privilegiado la actitud fundamental de la encarnación mística y de la ofrenda de amor, quintaesencia de la doctrina de la Cruz: la oblación del Verbo a su Padre y la ofrenda total de sí misma por amor en unión con Cristo, pero por las manos de María.

El 2 de febrero de 1907 el Señor decía a Conchita: "El misterio que se celebra hoy concreta tu misión, la cual es ofrecer constantemente la Víctima en tu corazón, para que sea inmolada en favor del mundo. El dolor que esto produce es un dolor santo, sublime, especial y purísimo, porque no entra en él la criatura buscándose a sí, sino que sufre sólo por mi sufrir y esta es la perfección del dolor y del amor.

"Yo debo ser ofrecido por ti, a cada instante, como víctima en favor de los demás; unificándote tú a la gran Víctima con todas sus propiedades; Como fue el de María con sus mismas virtudes y cualidades. Imítala, estúdiala y modela tu corazón con esta bella imagen" (Diario T. 25, p. 124-128, febrero 2, 1907).

A Io largo de su Diario encontramos el recuerdo de este misterio: "Febrero 2. La Purificación. Misterio tierno y lleno de enseñanzas para mi alma. Ese, me ha dicho el Señor que es mi papel, que purificada lo ofrezca al Eterno Padre constantemente, en favor de la salvación del mundo" (Diario T. 38. p. 19).

"Febrero 2, 1922. La Presentación. Es mi día, cuántas veces, hasta en los misterios del rosario, cuando toca éste, he llorado de dolor y de amor" (Diario T. 44, p. 24 A)

Es interesante observar que la gran reforma litúrgica prescrita por el Vaticano II, al substituir la fiesta de la Purificación de María y la Candelaria, por la Presentación de Jesús al Templo, le ha restituido su verdadero sentido. No es ésta solamente la Fiesta de la Luz, simbolizada en los cirios encendidos, en recuerdo de Cristo, "Luz de las naciones": es ante todo el cirio que se consume ante Dios, simbolizando la oblación del Verbo encarnado ofreciéndose al Padre para su gloria y para la salvación de los hombres. Este año el Papa Pablo VI ha querido celebrar este rito él mismo, subrayando la significación profunda y nueva de esta ceremonia litúrgica: la oblación del Verbo, y con El, la de su Cuerpo místico, por las manos de María, Madre de Ia Iglesia y de todo el Pueblo de Dios.

Soledad de la Madre de Dios

El aspecto más original de Conchita en la contemplación de María fue el de penetrar bajo la luz del Espíritu Santo en la profundidad de su asociación a la Obra Redentora de su Hijo durante los últimos años de su vida terrestre.

El Vaticano II afirma que "la Tradición Apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo, es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cfr. Lc. 2,19.51), cuando comprenden internamente los misterios que viven" (Const. "Del Verbum" No. 8). La experiencia mística de los espirituales es un camino a la explicación de la fe.

El aspecto nuevo de la doctrina mariana según la espiritualidad de la Cruz está en la imitación de la soledad de la Madre de Dios, en los últimos años de su existencia sobre la tierra, cuando su vida espiritual había alcanzado el grado máximo de amor que le permitió obtener por medio de su martirio interior, hasta ahora insospechado, la aplicación a la Iglesia de todas las gracias merecidas por Cristo, necesarias a la Iglesia como institución y a cada uno de sus miembros hasta el final de los tiempos.

La palabra "soledad" es intraducible; significa a la vez "soledad", "aislamiento" y martirio silencioso en la pura fe, en la ausencia aparente de Dios y de su Hijo que ha partido al cielo, en una suma inconmensurable de sufrimientos que se miden por la plenitud siempre creciente de su amor inmenso.



"Debo imitar a María en su soledad"

A partir de 1917, en el transcurso de los últimos veinte años de su vida, por inspiración divina, se vio desarrollarse en Conchita una forma nueva de devoción mariana: la imitación de la "soledad" de la Madre de Dios, en el atardecer de su existencia terrena en el momento en que la vida de amor de la Madre de Dios alcanzaba el máximo de su plenitud, en beneficio de la Iglesia naciente y de todos los combates de la lglesia peregrinante y militante hasta el fin de los siglos.

"Dios me quiere sola, mi papel ahora es el de la soledad. Debo acompañar a María, imitar a María en su soledad, en la última parte de su vida" (Diario T. 41, p. 45, febrero 14, 1917).



"Que María sea tu modelo"

En mi vida espiritual para con las almas, nunca mi Madre se aparta de Mí; es decir, tiene que ser simultánea la imitación de nuestras vidas en la tierra, aunque la suya estuvo fundida en la Mía. Y así como Yo fui Redentor, Ella fue la corredentora y las almas que más la aman y que más a Ella se asemejan son las que con más perfección toman mi parecido.

"Tú tienes que imitarla en las virtudes, te he dicho siempre sobre todo en la humildad y pureza de corazón. Estudia las que practicó en su soledad y en la última etapa de su vida, siempre con su mirada y toda su alma puestas en el cielo, dándome, en su ocultamiento, gloria en la tierra".

"Con su pasión de cielo, es decir, con su pasión de amor anhelando el cielo, alcanzaba las gracias del cielo para la naciente Iglesia" (Diario T. 41, p. 62-63, febrero 18, 1917).

"Ha comenzado una nueva etapa de tu vida"

"Cada vez que María, mi Santísima Madre sentía el dolor de mi ausencia en cualquier forma (que era continuamente) luego lo ofrecía al Padre por la salvación del mundo y de la naciente Iglesia. Ese apostolado del dolor (que es el de la cruz) en Ella, en el tiempo de su soledad, fue el más fecundo e hizo al cielo derramarse en gracias".

"Así tú: has comenzado en esta nueva etapa de tu vida un reflejo de la de María, y te toca imitarla sin desperdiciar tus penas, que en su unión y la Mía, tendrán valor. Así en esta forma sobrenaturaliza tus dolores de Soledad, para que fecundicen en favor de tus otros hijos" (Diario T. 41, p. 135-136, marzo 21, 1917).

La Soledad es la participación de la Pasión íntima del Corazón de Cristo y es la consecuencia de la encarnación mística.

"Yo he dado a algunas almas la gracia de asimilárseme con estigmas exteriores de mis llagas pero a mi Madre le di mi semejanza absoluta en su interior, después de mi Pasión, con todos mis dolores, llagas y penas que sufrió mi Corazón".

"En esto la imitarás tú: se imprimirá mi imagen en tu alma, pero dolorosa, que este es el paso que sigue o llega en la encarnación mística y en el cual estás. Gustarás de las amarguras de María, no sólo acompañándola o siendo compañera de su soledad sino sintiendo en tu corazón el eco de sus dolores, el reflejo de sus lágrimas y con el mismo redentor y glorificador fin: la salvación de las almas" (Diario T. 41, p. 217-218, junio 11, 1917).

El 29 de junio recibe una grande iluminación. María está en el corazón de la Iglesia y lleva a toda la Iglesia en su Corazón. Al pie de la Cruz fue constituida Madre espiritual de los hombres y la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés causa en Ella una nueva plenitud de gracia para cumplir su misión maternal.

Toda su fe, su entrega incondicional a los designios de Dios, su amor ardiente, su obediencia humilde, la impulsan a continuar la Obra de su Hijo "completando Io que falta a los sufrimientos de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia" (Col. 1,24).

María, Madre de la Iglesia, engendra con sus dolores, que proceden de su amor, a todos sus hijos, para Dios. Pero esto es un secreto de María.

"Su Corazón se representa con rosas, pero debajo están las espinas. Rosas que significan las gracias para sus hijos, pero compradas con dolores como infinitos. Y es que una Madre y más María, las espinas, y los dolores los esconde para ella y las rosas y las caricias y no los sacrificios, es lo que enseña a sus amados hijos" (Diario T. 41, p. 285, junio 30, 1917).

Los últimos años de María fueron los más fecundos

"Para estos últimos tiempos destinados al reinado del Espíritu Santo y triunfo final de la Iglesia estaba reservado el honrar los martirios de soledad de María, su Esposa amadísima, Martirios que sólo la virtud y la fortaleza de este Divino Espíritu pudo sostenerla con vida.

"Vivió como milagrosamente María, y sólo para comprar las gracias que su maternidad exigía para la humanidad.

"Vivió para dar testimonio de Mí, en mi Humanidad, como el Espíritu Santo la dio de mi Divinidad.

"Vivió para ser el instrumento material del Espíritu Santo en la naciente Iglesia, como Él era el divino y espiritual.

"Vivió para dar el primer alimento a esa Iglesia única verdadera y merecer en el cielo los títulos de Consoladora, Amparo, Refugio de sus hijos.

"Esa etapa de la vida de María es casi ignorada, siendo para su corazón el manantial de la amargura, la quintaesencia del martirio, el depuramiento de su amor. Y para el mundo fuente inagotable de las gracias y la vida de las misericordias.

"Al pie de la cruz nacieron sus hijos: mi muerte les dio la vida en el Corazón de María, pero Ella, antes de morir debía en la tierra manifestar esa maternidad comprando con los crueles dolores de mi ausencia las infinitas gracias presentes y futuras para sus hijos.

"La aureola especial de Madre de la humanidad la conquistó María con sus martirios de soledad después de mi muerte: "y acaso el mundo conoce, aprecia y agradece esto? Pero ha llegado el tiempo de que los hijos sean hijos y estimen ese corazón destrozado con los martirios más finos y sensibles, para hacerlos felices. Ahí entonces compró María los millones y millones de gracias para todos y cada uno de los hombres y es tiempo de que se lo agradezcan" (Diario T. 41, p. 286-288, junio 30, 1917).

Una de las fuentes del dolor de la Soledad de María es la ausencia de su Hijo. No es un dolor egoísta que se encierre sobre sí mismo, sino un dolor purísimo que brota de la caridad encendida que tiende a la posesión de Dios.

San Juan de la Cruz habla de este amor en la "Llama de amor viva" (cfr. Coment. 1a. estroga). Si esto se verifica en los pobres pecadores que han sido transformados por la caridad divina, ¿qué decir de la caridad de la Inmaculada Madre de Dios?

Esta etapa culminante de la vida de María es la perfecta realización de su existencia siempre abandonada a la voluntad de Dios como la "humilde sierva del Señor"

Las virtudes y los sufrimientos de María han permanecido ocultos

"Como las virtudes de María fueron ocultas por su humildad, por ejemplo en la Purificación, pues nunca Ella los externó, así sus dolores fueron también ocultos, sin queja, sin reproche, aceptándolos todos, abrazándolos todos sin perder uno solo, y hasta amándolos, adorando en ellos la voluntad de Dios que era su vida. Esa adhesión a mi voluntad adorable que te dije ejercitó María después de mi Ascensión fue especialísimamente íntima, en su vida de dolor sin nombre, en sus martirios de ausencia y en sus tormentos de soledad.

"Adhesión, simplificación, unificación altísima y estrecha de voluntades, de mis quereres con sus martirios (que tenían vida) que subyugaba Ella y unificaba a mi deseo y designios de sacrificarla, ese fue el matiz más vivo de María, esta fue su adhesión sublime, santísima y divina que la absorbía en mi voluntad humillándola, torturándola, quebrantando su corazón con afinamientos increíbles de dolor, en el amor mismo.

"No se valoriza el título de Reina de los Mártires en María porque está muy lejos el hombre de entender su amor.

"Tú, como un reflejo de su vida y de sus dolores debes asimilártele en esta adhesión a mi voluntad que tritura tu corazón y lo traspasa" (Diario, T. 41 p. 291-292, julio 2, 1917).

A medida que Conchita va progresando en la imitación vivida de la Soledad de María, su mirada contemplativa irá penetrando en la profundidad de este misterio.

La maternidad de María es una maternidad comprometida: María se une en la fe y en el amor a la intención profunda del Verbo que se hace hombre para glorificar a su Padre en la salvación de los hombres. La asociación de María a la Redención del mundo no es un privilegio nuevo que viniera a agregarse a su Maternidad divina, sino simplemente un aspecto que integra la totalidad de la misma en su realización existencial. María es corredentora, Madre de la Redención, porque es la Madre de Jesús, Madre de "Yahveh que salva".

La "Soledad" de María es la asociación más profunda al acto redentor de Cristo. El drama de nuestra salvación se decide en el momento mismo en que Jesús abandonado misteriosamente por su Padre, se abandona a su vez con confianza y amor en sus manos. Es el "sí" del hombre en la suprema angustia.

"Tú te habías hecho cargo de la primera soledad de María, es decir, de la exterior, pero no habías pensado en la interior, la más cruel y amarga, la desgarradora en la que el espíritu agoniza presa del desamparo.

"El martirio de María después de la Ascensión no fue tan sólo por la falta de mi presencia material, sino que sufrió los crisoles más tremendos del desamparo cómo el mío de la cruz y uniéndolo el Eterno Padre al Mío que compró tantas gracias.

"Como corredentora que fue María sintió en su alma purísima el eco de todas mis agonías, humillaciones, injurias y suplicios, el peso de los pecados del mundo que hicieron sangrar su corazón y el vibrante dolor del abandono del cielo que compra gracias.

"Tú tienes que ser un eco fiel de esa Madre dolorosa, te faltaba el martirio del puro abandono, del abandono Mío, de ese desamparo que purificando compra gracias.

"Cierto es que María no tuvo nada que purificar en sí misma, pero sí en la humanidad, es decir en sus hijos, conquistando con ese dolor una nueva corona de Madre Mártir. Así se desmembraba por sus hijos, así daba la vida sobrenatural, así les compraba el cielo" (Diario T. 42, p. 281-283, junio 22, 1918).

María es verdadera Madre de los hombres, su maternidad espiritual es una maternidad comprometida. Ella, la Inmaculada, sufre por los pecados de sus hijos.

"El Corazón de María compró estas gracias en el martirio de su Soledad desamparada, no de los hombres porque tenía a san Juan, a los Apóstoles y a muchas almas que la amaban intensamente; no de mi presencia material, que Ella se consolaba con la Eucaristía, siendo su fe muy viva y perfectísima, sino con el desamparo espiritual, desamparo divino de la Trinidad que se le escondía...

"María sufrió más que todas las almas desamparadas, porque sufrió el reflejo del desamparo Mío de la Cruz que no tiene comparación ni lenguaje humano para expresarlo. No es honrado este desamparo de María, este vivo y palpitante martirio de su soledad, el martirio desolador del divino desamparo, que padeció con heroico esfuerzo, con resignación amorosa y sublime abandono a mi voluntad.

"Imítala en tu pequeñez y corto alcance: procura imitarla con todas las fuerzas de tu corazón que tienes que hacerlo para comprar las gracias y purificarte. Grande honra es cuando escojo a las almas para secundar la redención y corredención en mi unión y en la de María, este Apostolado de la Cruz, es decir el del dolor inocente, del dolor amoroso y puro, del dolor expiatorio y salvador en favor del culpable mundo" (Diario T. 42, p. 284-288, junio 23, 1918).

Cercana ya a la consumación de su existencia, escribirá en su Diario: "Madre Dolorosa a quien tanto amo, enséñame a sufrir como tú sufriste y a amar a Jesús como tú lo amaste en tu terrible Soledad" (Diario T. 65, p. 327-328, octubre 13, 1936). "Lo prometo con todo el corazón: abandonarme en el Dios que me abandona" (Diario T. 65, p. 204, octubre 6, 1936). "Virgen María, sé tú mi fortaleza enséñame la Perfecta alegría del Calvario, de tu Soledad espantosa en todos los momentos que me restan de vida. Alcánzame más y más vivas en mí las virtudes teologales y el no morir sin haber cumplido en la tierra los designios de Dios. Sólo por El, por ser quien es, por la gloria de su Padre Amado" (Diario T. 65, p. 397-398, octubre 20, 1936).

La imitación de la "soledad de María" fue la consumación de la vida espiritual de Conchita durante los últimos veinte años de vida.

Este aspecto nuevo de la doctrina mariana según la espiritualidad de la Cruz es de una profundidad teológica incomparable.

Todo el misterio de María se desarrolla en el tiempo. Su asociación a la obra redentora de Cristo no se reduce tan solo a su presencia al pie de la Cruz en donde "sufrió profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (L.G. No. 58). Continuó y creció a la medida de su amor hasta el fin de su fase terrestre hasta llegar a la consumación de la plenitud de gracia que es en María la disposición última según el designio de Dios para su glorificación y su Asunción a los cielos.

La "Soledad" de la Madre de Dios es la configuración suprema con Cristo Crucificado, el sentido profundo de su maternidad espiritual por el sufrimiento salvífico que nace del amor y de la caridad consumada y que produce la perfecta alegría, el gozo que nace de la Cruz de Cristo y que es fruto del Espíritu Santo.

Riqueza pastoral de esta nueva devoción

Señalemos tres aspectos principales:

1. La "Soledad" de la Madre de Dios ilumina la participación de la Iglesia en el misterio de la Cruz de Cristo.

En la asociación de María a Cristo en la obra de nuestra salvación se deben distinguir dos aspectos: 

--la fase de adquisición, y


--la fase de aplicación.

La primera se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo y culmina "junto a la Cruz donde no sin designio divino se mantuvo erguida" (L.G. No. 5, cfr. Jn. 19,25).

Este aspecto es propio, único, personal de María porque se basa en su maternidad divina y en su maternidad espiritual de todos los hombres.

La glorificación de Cristo inicia la fase de aplicación y la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés realiza en María una nueva plenitud de amor en vista a su misión como "Madre de la Iglesia". María simboliza a la Iglesia en la misteriosa Mujer del Apocalipsis que da a luz en el dolor (cfr. Ap. 12,2).

La Iglesia peregrina en el tiempo existe ante todo para continuar la obra de la Redención que Cristo realizó en la Cruz una vez por todas. He aquí el gran misterio de la Corredención. La Iglesia, a imitación de María, continuará la pasión de su Señor en sus mártires, en sus santos, en sus miembros todos aún en los más imperfectos cuando aman a Cristo de verdad.

La Corredención es algo capital en la vivencia cristiana. No se puede amar a Jesús sin desear participar en la salvación del mundo.

2. La "Soledad" de la Madre de Dios muestra el valor salvífico del sufrimiento humano cuando se une al sufrimiento de Cristo.

El dolor en sí no tiene valor alguno, es consecuencia y fruto amargo del pecado, pero el amor realiza el prodigio de convertirlo en valor de redención, el apostolado más fecundo es el "Apostolado de la Cruz".

Más aún: la participación en la Cruz de Cristo no es sólo purificación y expiación personal, es ante todo llamamiento a colaborar en la salvación del mundo. A medida que el sufrimiento es más inocente y más puro es más salvador para los hombres y más glorificador de Dios.

Sólo los santos que han pasado por las Noches Oscuras de la purificación y que han llegado a la unión transformante participan plenamente, a semejanza de María en su Soledad corredentora y apostólica, en el misterio de la Cruz.

3. María en su Soledad es un modelo para las existencias humanas aparentemente inútiles, que encontrarán su plenitud de realización cristiana al imitarla.

En una época en la cual la vejez plantea a la Iglesia un nuevo problema de pastoral, esta modalidad nueva de la devoción a María proporciona una solución a la aparente inutilidad y al desaliento de tantas existencias humanas de las cuales los seres más jóvenes o en plena fuerza y madurez ya no se preocupan: devolver ánimo y valor a tantos esforzados cristianos, cuya vida, que se acerca a su consumación, debe ser una ascensión, siempre más cercana a Dios y a los hombres.

Existe igualmente el problema análogo y enorme de todos los hombres y de todas las mujeres a quienes las condiciones de vida privan en apariencia de una actividad apostólica exterior. A todos ellos la vida de "Soledad" de la Madre de Dios les recuerda la ley profunda de la comunión de los santos.

El puro amor es de mayor fecundidad apostólica que las obras más deslumbrantes realizadas con menor amor. Fue en el atardecer de su vida, en el silencio y en el aislamiento, en la plegaria y en el sacrificio, cuando la Madre de Dios alcanzó su cumbre en el amor y su plenitud de fecundidad apostólica al servicio de la Iglesia, así como Cristo salvó al mundo no en el esplendor de su Palabra y de sus milagros, sino sobre la Cruz.

"Y no creas, decía el Señor a Conchita, que va a ser triste para la humanidad esta manifestación de María en su Soledad, en sus martirios de ausencia y acerbos dolores para la Madre. Quedará lo que se ve en las rosas, los frutos conquistados con sus lágrimas; pero se avivará la gratitud y saldrán del olvido tantos martirios cuantas coronas tienen sus hijos en el cielo" (Diario T. 41, p. 307-308, julio 4, 1917).

La devoción a la "Soledad" de María es la devoción a la Virgen de Pentecostés, a María, Madre de la Iglesia.

Perspectiva Sintética Inicial

La Iglesia, sacramento universal de salvación, es la realización del designio salvífico del amor del Padre, que ha querido congregar a todos los hombres en su Hijo en virtud de su sacrificio consumado una vez para siempre. Cristo amó a su Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella para darnos su Espíritu.

En la doctrina espiritual de Conchita sobre la Iglesia hay un desarrollo progresivo que culmina en su mensaje de santidad sacerdotal para la renovación de todo el Pueblo de Dios por medio de un "nuevo Pentecostés".

En una época en la cual la piedad era predominantemente individualista, en la que no se tenía conciencia reflejada de la dimensión Iglesia, es admirable constatar cómo Dios manifiesta a Conchita este aspecto esencial y constitutivo del misterio eclesial y ya desde el principio de su vida espiritual le abre horizontes sin límites.




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