Diario de una Madre de Familia, Conchita


"Hoy, quiero hablarte de la fe"



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"Hoy, quiero hablarte de la fe"

"Hoy quiero hablarte de la fe". Entonces me vi envuelta y encantada entre una luz, pero en el entendimiento, más bien intelectual y en aquel recogimiento interno comencé a entender sobre le fe cosas divinas e inexplicables. Diré como pueda, así de feo, lo que entendí tan hermoso.

"La fe es el fundamento de la santidad; es una luz especial del cielo con que el alma ve a Dios en este mundo; es un rayo de luz que hiriendo el rostro de Dios lo hace visible al alma; es la vida, la fortaleza del espíritu; es el sol que lo calienta, lo ilumina, haciéndolo crecer siempre en perfección y santidad.

"Ama Dios tanto esta virtud, emanación directa de su misma divinidad, que el alma que la posee dispone, por decirlo así, de la voluntad de Dios, inclinándola a concederle lo que desea. Es una virtud a la que Dios no puede resistir, a la que tiene dado su poder, pero a la fe, se entiende, del alma humilde.

"La fe es una antorcha que ilumina con su luz la oscuridad del espíritu; solo con esta luz camina el alma firme por en medio de las espinas de la vida de perfección. De manera que la fe espiritual perfecta es indispensable y el punto capital del alma que se entrega a la vida interior. Consiste esta fe espiritual perfecta en un traspasamiento de todo lo creado e increado, de todo lo natural y sobrenatural del alma, fijando su mirada firme en un solo punto: Dios, y jamás separándose de El en ninguna circunstancia de la vida y de la muerte. Y si esta fe en otras almas derrama su luz e influencia divina, en las almas espirituales como que la afirma más y lleva todos los actos y movimientos mas allá de la tierra, a esas regiones oscuras en donde ella se sustenta, haciéndola adquirir grandes méritos.

"La fe, aunque es luz, vive en la oscuridad, se envuelve en las sombras y pocas veces la mira el alma; irradia dentro de ella haciéndola conocer o vislumbrar los tesoros y las riquezas del espíritu, pero muy pocas veces se exterioriza. Esta vida de oscuridad que purifica y da luz a las almas es la que hace adquirir el hermoso titulo de mártires de la fe; porque, verás, la vida del espíritu es vida de martirios, es decir, vida de Cruz, aunque en el ejercicio de las virtudes.

"La fe rasga el velo de los Misterios y el alma que posee esta virtud toca, siente y a veces mira mi presencia real en la Eucaristía. Este es el Misterio de fe por excelencia, eI Misterio del amor. El alma pura se ve arrastrada por este Misterio de fe y si no contempla en él la visión cara a cara, sí la deslumbra su esplendor, la consume su mismo ardor, y con la viveza de la fe se anonada ante el amor de un Dios que tan cerca contempla" (Diario T. 6, p. 236-239, octubre 31, 1895).

La virtud de la esperanza

"La virtud de la esperanza no es la que desea y pide ningún bien de la tierra, ni nombre, ni riquezas, ni honores: tiende su vuelo más alto y espera la posesión del mismo Dios, no por los méritos propios del alma, sino por los míos copiosísimos. El alma que posee esta santa esperanza se goza en ella, pero no por el bien propio que le resultará eternamente, sino que traspasando su bienestar justo y permitido pasa más allá y se regocija no en su gloria, sino en la gloria que por su pobre medio recibirá el mismo Dios.

"La virtud de la esperanza espiritual y perfecta consiste pues en suspirar constantemente por la posesión del Amado (no por el bien propio, sino por la gloria de Dios) trabajando prácticamente para dársela tomando y abrazando el Camino de la Cruz. Porque a este propósito me dijo Jesús: 'Como Yo soy tu Esperanza, también soy tu Camino. El que me sigue no anda en tinieblas, pero el Camino que Yo represento es la Cruz y el que quiera venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, que tome su Cruz y que me siga, poniendo sus pies en mis huellas ensangrentadas". Dice que esa Cruz es el edificio de la perfección: que ahí están los Misterios todos, los dones y los frutos del Espíritu Santo". (Diario T. 6, p. 250-251, noviembre 3, 1895).

Primacía del Amor

"El amor, dice, es la vida de toda oración y buena obra. Son muertas las obras del hombre y sus oraciones si no las acompaña el amor. El amor es fuego que todo lo inflama, fuego ardentísimo de Caridad divina que cuanto toca purifica. Cuando este amor santo se posesiona de un alma aviva en ella la fe y la esperanza, impulsándola a la práctica de todas las virtudes morales. El alma que me ama corre por los caminos de la perfección sin importarle las espinas que va pisando; llega pues a volar sin que para esto le impidan los mil obstáculos que se le interponen; ella los traspasa con el ardor interno de la viva fe y de la santa esperanza.

Las virtudes teologales tienen su asiento y su desarrollo en el amor, la Caridad les da vida y las impulsa hasta el cielo. No tiene el mundo idea de la grandeza de estas tres virtudes teologales que se fundan en el amor divino. Las almas no me aman y por eso se pierden; y de las almas que me aman o se llaman mías, ¡qué pocas son las que me dan todo su corazón!, siempre, casi, recibo parte de él, pero entero, ¡cuán pocas veces! Y sin embargo, quiero que se me ame con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. El corazón humano se reparte con las criaturas, con el mundo y consigo mismo; el amor propio se lleva la mayor parte, vive de él y respira por él. Exijo Yo el amor sobre todas las cosas; Io he impuesto como mandamiento para hacer feliz al hombre y salvarlo, y a pesar de esto, aún pocas, repito, son las almas que llevan a cabo mi soberana voluntad. Yo quiero su bien y ellas lo resisten; Yo les presento un tesoro y ellas lo desdeñan; Yo les doy la vida y ellas corren a la muerte. Amar y sacrificarse: ésta es la única felicidad del hombre sobre la tierra. Amar y gozar, la eterna dicha del cielo.

"Para arrancar los vicios y practicar las virtudes es necesario sacrificarse, pero sacrificarse amando; el alma que esto hace me ama con todo el corazón y Yo seré su eterna recompensa. Dame amor de esta clase, dame almas que me amen en el dolor, que se gocen en la Cruz; de este amor está sediento mi corazón; quiero amor puro, amor expiatorio, amor desinteresado, amor sólido el cual casi no existe en la tierra, y sin embargo es el verdadero, el que salva, el que purifica y el que Yo exijo en mis mandamientos. A Mí no me satisfacen otros amores de oropel; todos ellos vanos, ficticios y aún culpables; sólo los que te dejo explicados.

"Amame como Yo te amé, en la Cruz interna desde el primer instante de mi Encarnación; ámame en el dolor y en el sacrificio amoroso; ámame por ser Dios y únicamente por complacerme; este amor anhelo y deseo. Feliz del alma que esto haga, Yo le prometo que desde la tierra comenzará a gustar las delicias del cielo" (Diario T. 15, p. 378, septiembre 11, 1900).

Voluntad divina y abandono total

Su cuadro de virtudes y de vicios contiene no solamente virtudes específicamente definidas, introduce también virtudes sintéticas que son como la armonía de varias virtudes. Así por ejemplo, incluye la voluntad de Dios y el abandono total.



La voluntad de Dios

"La voluntad divina es el broche de oro que encierra y lleva en su seno a todas las virtudes ordinarias y a las espirituales perfectas. Ella las diviniza y hace que brillen con más esplendor ante la presencia de Dios. Aquilata el valor de cada una en las balanzas eternas y baña a las acciones del alma pura con un tinte especial en que el Espíritu Santo se complace.

"Es la más grande de las virtudes que un alma puede llevar consigo esta sujeción total y perfecta a la voluntad santísima de su Dios y Señor. Implica esta virtud sublime la completa práctica de todas las otras virtudes. Ahí concluye la escala de las virtudes morales, y el espíritu raya en la perfección al tocar este punto culminante en la vida del espíritu.

"Añadió el Señor: 'No fue otra mi comida y bebida espiritual desde el primer instante de mi Encarnación, que esta voluntad divina, por la cual y dentro de la cual ardía mi Corazón anhelando a todas horas su más perfecto cumplimiento. Por ella vine al mundo, por ella subí a la Cruz hasta concluir mi vida en el martirio más cruel. Ella endulzaba mi agonía y fue el único recreo de mi vida en mi paso por la tierra. Mil veces hubiera padecido por cumplirla. El amor activo y divino que en mi pecho ardía, su objeto principal elevaba a cumplir la voluntad divina en favor del hombre. La Redención no fue otra cosa más que el fiel cumplimiento de la voluntad divina. Su eco repercutía constantemente en el fondo de mi corazón amantísimo haciéndolo vibrar en favor de las almas y en glorificación hacia mi Padre.

"Hay un grado más alto en esta voluntad divina y consiste en el abandono completo dentro de esta misma voluntad de Dios. Este abandono llega totalmente a la cumbre más elevada de la perfección: es el peldaño más alto de toda virtud" (Diario T. 13, p. 377-379, junio 6, 1900).

El método es claro, fruto de una sabiduría divina comunicada por la experiencia de las cosas de Dios, bajo la moción personal de los dones del Espíritu. En un breve y sabroso tratado de los siete dones, los analiza uno por uno de esta misma manera igual que al presentar las Bienaventuranzas evangélicas.

El Amor es todo

No hay rastros de dolorismo en esta espiritualidad de la Cruz en la que el sufrimiento es la expresión suprema del amor.

Todo empieza y se consuma en el amor por la presencia vivificante y continua del Espíritu Santo. El largo tratado de virtudes y de vicios, de los dones del Espíritu Santo y de las Bienaventuranzas, se concluye con la afirmación rotunda del valor único del amor. Lo cual es muy significativo y entronca con la corriente del más puro Evangelio.

Cuando el Señor terminó sus "dictados", Conchita escribió en su Diario, subrayando su convicción personal: "El amor es el que da vida a todas las virtudes y obras buenas: EL AMOR ES TODO. (Diario, T. 15, p. 395, 19 de septiembre de 1900).

La Encarnación Mística

Al subrayar el valor único del amor, Conchita apunta a lo más esencial del Evangelio: "amarás a Dios con toda la mente, toda la voluntad y todas las fuerzas" es el primer mandamiento al cual todo se orienta: la Ley y los profetas. Los maestros espirituales han descrito las tres etapas clásicas de esta ascensión a Dios por medio del amor.

Santo Tomás de Aquino, siempre cuidadoso de explicar las cosas por sus causas, ha sabido enlazar estas tres fases con otros tantos efectos del amor.

--en los principiantes el esfuerzo primordial es desechar el pecado y las imperfecciones, purificarse de las faltas pasadas y librarse de ellas en adelante: el primer efecto del amor es luchar contra los obstáculos;

--en los proficientes el amor se dedica ante todo al ejercicio de las virtudes, medios indispensables para nuestra a unión con Dios.

--en los perfectos el amor descansa en su término: el gozo de las tres Personas divinas y la consumación en la unidad de la Trinidad (Cf. III Sent. 29, 8, 1).

Los grandes místicos han descrito extensamente estas etapas superiores de la vida espiritual. Así los dos maestros incomparables del Carmelo: san Juan de la Cruz y Teresa de Avila. En forma no menos genial santa Teresa de Lisieux ha simplificado todo en el amor. Si, no son solamente dos los grandes doctores que el Carmelo ha entregado a la Iglesia, sino tres y de primera magnitud.

La unión transformante no es uniforme. Hay mil formas o más bien una infinidad de realizaciones posibles, de acuerdo con la libertad creadora del Espíritu de Dios y las diversas necesidades, siempre cambiantes, en las diversas épocas del Cuerpo místico de Cristo.

Conchita nos presenta un nuevo tipo de unión transformante. También ella experimentó la nostalgia de Dios y de las cumbres. Adolescente aún, subió rápidamente los primeros peldaños de la vida espiritual. A los diecinueve años, después de la muerte de su hermano Manuel, se estabiliza, primero en su vida de jovencita, después como recién casada, en la firme y resuelta exclusión de todo pecado y en la ascensión hacia Dios cada vez más heroica. En 1894, a los treinta y un años, después de haber grabado el monograma de Jesús en su pecho, tuvieron lugar los desposorios espirituales (23 de enero de 1894) y tres años más tarde (9 de febrero de 1897) el matrimonio espiritual, sobrepasado más tarde por la encarnación mística (25 de marzo de 1906), la cual "más allá" del matrimonio espiritual, es una forma superior de "unión transformante", ya que existe una infinidad de grados posibles de unión entre la criatura y Dios.

Los especialistas de la vida mística deberán examinar minuciosamente este punto que abre nuevos horizontes a las ciencias de la vida espiritual.

La encarnación mística, a pesar de ser tan poco frecuente, es una gracia de transformación en Cristo recibida en germen en el bautismo.

En 1913, cuando Conchita fue examinada en Roma, el Señor, le manifestó el sentido profundo de la encarnación mística:

La encarnación mística es una gracia de transformación en el Crucificado.

"La encarnación mística es una gracia transformativa en el sentido de asimilar a la criatura con su modelo Jesús, que soy Yo. Es gracia transformante unitiva que no repugna en nada con las infinitas misericordias mías. El Verbo hecho carne toma posesión íntima del corazón de la criatura como tomando vida en él por cuanto a la unión transformativa, aunque siempre dándole Él la vida, esa Vida de la gracia, asimilante por medio de la inmolación principalmente. Encarna, nace, crece y vive en el alma Jesús, no en el sentido material, se entiende, sino por la gracia unitiva y transformante. Es muy especial este favor y el alma que lo recibe siente más o menos periódicamente los pasos de la vida de su Jesús en ella. Se marcan estas etapas de vida siempre envueltas en dolor, en calumnias y humillaciones, en sacrificio o expiación, que esa fue la vida de tu Jesús en la tierra".

"Cuando el Espíritu Santo toma un alma de este modo, le va imprimiendo poco a poco la fisonomía de Jesús, en ese sentido que te dejo dicho. De suerte que al decir encarnación mística debe considerarse que el alma entra en un período de gracias transformativas que la llevarán, si corresponde, a la identificación de su voluntad con la mía, a simplificarla, para que la unión con Dios sea la más asimilable posible.

Este es el fin que la encarnación mística con que el Espíritu Santo regala a ciertas almas.

"En concreto, la encarnación mística no es más que una gracia potentísima transformativa que simplifica y un, por medio de la pureza y de la inmolación con Jesús haciendo al alma, a toda la criatura, en lo posible, semejante a El. Con este parecido del alma con el Verbo hecho carne, el Padre eterno se complace; y el papel de Sacerdote y Víctima que tuvo Jesús en la tierra se le comunica a esta alma para alcanzar las gracias del cielo sobre el mundo. Porque mientras más un alma se asemeja a Mí más el Padre eterno la escucha y no por lo que ella vale, sino por el parecido y unión Conmigo y con mis méritos, que es lo que vale para alcanzar gracias" (Diario T. 38, p. 591-592, diciembre 11, 1913).

La encarnación mística, en resumen, es una gracia de identificación con Cristo, Sacerdote y Hostia, por la cual quiere continuar en los miembros de su Cuerpo místico su misión de glorificador del Padre y de Salvador de los hombres; es una gracia especial de transformación en el alma sacerdotal de Cristo.

Este es el tipo de unión transformante descrito por la doctrina de la Cruz.



La ofrenda de amor

El acto principal de la encarnación mística es una oblación realizada no en los actos sino en un mismo impulso indivisible: la oblación de Cristo a su Padre y en unión con El, por El y en El la ofrenda total de nuestra propia vida para la salvación del mundo y la mayor gloria de la Trinidad; el movimiento principal consiste en la oblación del Verbo a su Padre, acompañada de la ofrenda personal e inseparable de nosotros mismos, oblación sin reserva, constantemente renovada, de todo nuestro ser a Io largo de todas las etapas de nuestra vida espiritual, en unión con Cristo.

En muchas ocasiones el Señor explicó claramente a Conchita este doble aspecto de la única ofrenda de amor de Cristo con su lglesia. Esta ofrenda de amor, quintaesencia de la espiritualidad de la Cruz es una oblación indivisible del Verbo encarnado y de todos los miembros de su Cuerpo místico. En la Cruz Jesús estaba solo en la ofrenda a su Padre en expiación por todos los pecados del mundo; ahora El se ofrece con toda la Iglesia, consciente de la unidad de esta oblación de amor del Cristo total. "El Verbo sólo se encarnó y se encarna místicamente en las almas para ser sacrificado. Es el fin de todas las encarnaciones místicas... Tu Verbo acaba de encarnar místicamente en tu corazón... para ser sacrificado constantemente en un altar, no de piedra, sino en un templo vivo del Espíritu Santo, por un sacerdote y por una víctima que por gracia inconcebible ha recibido el amor de participación del Padre. Quiere el Padre que Yo, unido con tu alma de víctima, haga que me sacrifiques e inmoles con ese su mismo amor en favor de un mundo que necesita una conmoción y una gracia de esa naturaleza para volver en sí, abrazarse de la Cruz y salvarse" (Diario T. 28, p. 129-131, octubre 22, 1907).

El alma así crucificada está llamada a vivir, no en las perspectivas estrechas de sus preocupaciones cotidianas, sino en unión con Cristo y la mirada abierta a los amplios horizontes de la redención del mundo. Su vida recibe un valor proyectado a lo infinito; aún cuando sea tan poca cosa en sí misma ella posee un valor infinito de glorificación de Dios y de salvación de todos los hombres a causa de su unión con la Persona misma del Verbo encarnado, Sacerdote y Víctima. De aquí brota el incalculable valor apostólico de esa vida. Es el secreto de la fecundidad sin límites de la comunión de los santos. La existencia oscura y silenciosa de la Madre de Dios en el atardecer de su vida, en beneficio de la Iglesia naciente, revestía un inmenso valor corredentor en la aplicación de los méritos de Cristo, incomparablemente superior a todos los trabajos de los apóstoles y a los sufrimientos de todos los mártires.

"La encarnación mística lleva por fin el que me ofrezcas en tu corazón como víctima expiatoria, a cada instante, deteniendo la justicia divina y alcanzando gracia del cielo". (Diario T. 35, p. 25, febrero 2, 1911). Cristo y la Iglesia son uno solo en la misma Obra de Redención y de glorificación.

Conchita lo había comprendido perfectamente y había hecho de este ofrecimiento del Verbo para la gloria del Padre y del ofrecimiento constante de sí misma por amor, el todo de su vida.

"Este es mi Cuerpo"

"Volví a ofrecerme a la voluntad de Dios y le dije:

"Señor: acepto esa gracia de la encarnación mística con todas sus derivaciones de gozos y penas porque Tú así lo quieres, no porque soy digna.

"Insistiendo en que El me indicara el modo de usar de esa gracia me dijo: "El fin principal de esta gracia es la transformación, uniendo tus quereres a los míos, tu voluntad a la mía, tu inmolación a la mía. Debes, toda pura y sacrificada en tu cuerpo y en tu alma, ofrecerte y ofrecerme al Padre celestial a cada instante, a cada respiración a ser posible, en favor primeramente de mis sacerdotes y de mi Iglesia, de las Obras de la Cruz, del mundo entero, de los buenos y de los malos. Debes transformarte en caridad, es decir en Mí, que soy todo caridad, matando al hombre viejo y teniendo conmigo un solo corazón y sentir.

"Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, le repito Yo a cada momento en los altares al Eterno Padre: pues hazte digna en lo posible de ofrecer tu cuerpo y tu sangre y tu alma y cuanto eres, como alguna vez te dije, en esa inmolación continua en favor del mundo. Reproduce mi vida en ti, pero con el tinte del sacrificio, siendo un vivo holocausto para mi gloria. Sola nada vales pero en mi unión cumplirás tu misión en la tierra salvando almas en el secreto holocausto que sólo Dios ve.

"El fin de la encarnación mística es fundir mi vida en ti, en todos los pasos de la tierra. Déjate hacer, te dije un día y ahora te lo repito. Déjame vaciarme en ti, identificarte conmigo, transformarte por medio de mi vida divina en tu corazón, poseerte, simplificarte en Dios, en esa Unidad sin partes, por medio del Espíritu Santo. Todo eso quiero de ti por mis altos fines. Mira: si correspondes serás el canal de muchas gracias para el mundo, porque no serás tú sola quien pidas y te inmoles, sino Yo en ti atrayendo los dones y los carismas para las almas. Tú debes salvar muchas almas, llevarlas a la perfección, atraer vocaciones, alcanzar muchos celestiales favores a los sacerdotes, pero por este medio que te he dado, es decir por medio del Verbo con el Espíritu Santo" (Diario T. 39, p. 166-169, junio 30, 1914).

Esta ofrenda de amor es la quintaesencia de la espiritualidad de la Cruz.

"Quiero que seas mi hostia y que tengas intención renovada muchas veces de noche y de día de ofrecerte en mi unión, en todas las patenas de la tierra: que transformada en Mí por el dolor, por el amor y por las virtudes, se levante al cielo este grito de tu alma en mi unión: 'Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre'. Así, unificada por el amor y por el dolor con el Verbo hecho carne, y con sus mismas miras de caridad alcanzarás gracias para el mundo ofreciéndome y ofreciéndote por el Espíritu Santo y con María al Eterno Padre.

"Mira, este es el fin, la esencia de mis Obras de la Cruz: un conjunto de víctimas, unidas a la gran víctima, Yo, toda pura y sin levadura de concupiscencias, todas reflejando en sí mismas mi pasión, para que se levante al cielo un grito unánime que diga: 'Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre'. Es decir, transformarse en sacerdotes en unión del Sacerdote eterno, ofreciendo al cielo por la Iglesia y los sacerdotes sus hermanos, unos cuerpos crucificados, formando un solo cuerpo con el Mío, una sola sangre expiatoria e impetratoria con la mía, como miembros que son del que es la Cabeza, Cristo tu Redentor... Una hostia, una víctima, un sacerdote que se inmole y me inmole en tu corazón en favor del mundo. El Padre recibirá esta ofrenda que le presente el Espíritu Santo con agrado y lloverán las gracias del cielo en la tierra".

"Este es el núcleo, el globo, el conjunto concreto y esencia de la perfección en mis Obras de la Cruz. Claro está que mi inmolación basta y sobra para aplacar a la divina justicia de Dios, pero el cristianismo neto, la flor del Evangelio, ¿qué otra cosa es o a qué tiende sino a unir las víctimas en UNA, los dolores y las virtudes y los méritos en ese UNO que soy Yo para que tengan valor y alcancen gracias?; ¿qué otra cosa pretende el Espíritu Santo en mi lglesia sino esa unificación conmigo de voluntades, de sufrimientos, de corazones en un mismo corazón que es el Mío? ¿A qué otra cosa tendió toda mi vida sino a formar ese UNO conmigo por la caridad, por el amor? ¿A qué bajó al mundo el Verbo sino a formar con su carne inmaculada y con su sangre purísima una Sangre que expiara y alcanzara gracias? ¿Qué otro objeto tiene la Eucaristía sino unificar los cuerpos y las almas conmigo transformándolos y divinizándolos?"

"Y no tan sólo en los altares de piedra sino en los corazones, templos vivos del Espíritu Santo debe ofrecerse al cielo esta Víctima asimilándose, siendo las almas también hostias, siendo también víctimas... y Dios se conmoverá". (Diario T. 40. p. 289-295, junio 6, 1916).

En definitiva: la ofrenda de amor es el ejercicio continuo del "sacerdocio regio" del Pueblo de Dios.

Si releemos atentamente los textos bíblicos y los pasajes clásicos de san Pedro y de san Pablo sobre el "sacerdocio de los fieles" veremos que esta doctrina es la esencia misma del cristianismo.

San Pedro recuerda a los primeros cristianos su "sacerdocio santo", en vista de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (I P 2, 5). "Vosotros sois una raza elegida, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable, vosotros, que antes no erais pueblo, sois ahora el Pueblo de Dios" (I P 2. 9-10).

San Pablo, por su parte, exhorta a los discípulos de Cristo "a ofrecer sus personas como hostia viva, santa, agradable a Dios" (Rm. 12, 1). Mejor todavía: "Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados y andad en el amor como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante" (Ef. 5, 12).

Esta doctrina del "sacerdocio regio" de todo el Pueblo de Dios fue uno de los puntos culminantes del Concilio Vaticano II. Es impresionante la identidad de algunas de las expresiones conciliares con los textos mismos de Conchita. La concordancia, aún verbal, es notable.

"Es pues la celebración eucarística el centro de la congregación de los fieles que preside el presbítero. Enseñen los presbíteros a los fieles a ofrecer al Padre en el santo sacrificio de la misa la víctima divina y a ofrecer la propia vida juntamente con ella" (P. O. No. 5).

Nos sentimos aquí en el corazón mismo del cristianismo, y cómo un mismo Espíritu anima la fe de todos.

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"Mi doctrina es siempre universal", declaraba el Señor poco tiempo después de la encarnación mística. Conchita era consciente de esta catolicidad de la doctrina de la Cruz. En el prólogo de su opúsculo sobre las virtudes perfectas (Arco Iris) destinado a la formación de las contemplativas de la Cruz apuntaba que sus páginas estaban también destinadas a todas las demás religiosas porque el "espíritu de la Cruz: es el Evangelio". Juicio que será ratificado por Jesús mismo más tarde, como lo hizo con santo Tomás de Aquino hacia el final de su vida.

"La doctrina de la Cruz es salvadora y santificadora: su fecundidad asombrosa, porque es divina. En ella está el germen de muchas vocaciones, de grandes santidades, pero está inexplotada. No fue dada esta doctrina de la Cruz para que esté oculta, oprimida, sino para que se extienda, enfervorice y salve... Tesoros ocultos ha puesto ahí mi bondad: pero ¿acaso para que quede esa luz bajo el celemín? No, que esa doctrina santa de la Cruz, que es mi Evangelio, debe esparcir su fecunda semilla y Yo te prometo que germinará y que dará frutos para el cielo... Esta preciosa mística, salida de mi corazón, deshará muchos errores espirituales y aclarará muchos puntos oscuros, llenándolos de brillante luz". (Diario T. 54, p. 8-11, noviembre 18, 1929).

Es, pues, el mismo Cristo quien vino a marcar esta doctrina con el sello supremo de la Verdad: "La Doctrina de la Cruz: es mi Evangelio".

Su Horizonte Mariano

Intuición genial, o más bien inspiración divina la del Concilio Vaticano II al haber hecho pasar el misterio de María del plano puramente devocional al piano dogmático de la historia de la salvación, indisociable del misterio de Cristo y de su Iglesia. El papel central de la Madre de Jesús en la Obra de la Redención se destaca claramente en el Calvario, cuando Cristo pronunció estas palabras creadoras: "He aquí a tu Madre". Todas las generaciones cristianas y todos los pueblos la han reconocido como su madre.

México, particularmente, desde las célebres y milagrosas apariciones de la Madre de Dios al pobre indio Juan Diego, la venera con un fervor excepcional como Madre de la Nación. Para comprender la devoción filial, extraordinaria hacia la Virgen de la colina del Tepeyac, Nuestra Señora de Guadalupe, es preciso haber estado en su Basílica. Cuántos peregrinos llegan allí rendidos por la fatiga. Acuden de toda América. En los momentos difíciles de su vida cada mexicano toma como dichas para sí las palabras de María al pobre indio, su hijo: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?"

Conchita, Hija de México, espiritualmente formada en el ambiente mariano característico de su patria; nos muestra a la Sma. Virgen de Guadalupe siempre presente en su vida.

Acudía a menudo, sola o con su marido y sus hijos, al santuario mariano para "vaciar allí su corazón", como una hija con su madre. (Diario, marzo 24, 1894).

Su Diario nos la presenta recurriendo constantemente a María en sus penas y en sus alegrías hasta el fin de sus días. La devoción filial a la Madre de Dios tiene raíces profundas, en lo más íntimo del corazón mexicano.

Las Obras de la Cruz nacieron bajo la protección maternal de Nuestra Señora de Guadalupe. Su imagen estuvo en la pobre y humilde capilla del primer Oasis de las Contemplativas de la Cruz; los Misioneros del Espíritu Santo fueron fundados en la Capilla de las Rosas, en el lugar de la última aparición de la Madre de Dios; y el mismo día de la Coronación Pontificia de Nuestra Madre de Guadalupe se erigió en la cumbre del Tepeyac el símbolo de las Obras de la Cruz, la Cruz del Apostolado, que desde entonces domina toda la ciudad de México.

Toda la vida espiritual de Conchita está envuelta en el amor a la Madre de Dios. Recordando sus primeros años escribe: "Sentimientos muy tiernos me los dio el Señor para con la Sma. Virgen. En los caminos guardaba yo silencio encantándome repetir, pensando en lo que decía, oraciones y plegarias a esta Virgen benditísima: fue una devoción que me infundió mi buena madre en sus rodillas" (Aut. I, 30). 

La verdadera devoción a María es:

-consagración y entrega: desde las primeras páginas de su Diario escribe: "María, mi Madre querida y tierna me consagro a ti de una manera especial para servirte siempre"...

--es sobre todo imitación de sus virtudes: "Jesús me dijo: la criatura más santa y perfecta que en el mundo ha existido fue María; ¿y sabes por qué? Porque correspondió desde el primer instante de su ser a las inspiraciones del Espíritu Santo... María es la mejor maestra de la vida espiritual (Diario T. 6, p. 192-193, septiembre 22, 1895).




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