Diario de una Madre de Familia, Conchita



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CONCHITA

Diario Espiritual
de una
Madre de Familia


 Marie-Michel Philipon, O.P.

A la Madre del Verbo Encarnado cuya vida fue la más sencilla y la más divina


Indice


Carta de su Eminencia el Cardenal Miranda, Arzobispo Primado de México



Presentación

Prólogo


PRIMERA Parte
El Film de su Vida
"Ante mis ojos se desarrolla mi vida como un film:
alegrías y sufrimientos, mi matrimonio y mis hijos, y las obras de la Cruz"

Capítulo I
Hija de México
"Crecí como la hierba de los campos"




  1. La tierra de volcanes: el ambiente familiar 

  2. Inclinaciones

  1. Elegante Amazona

  2. Novia a los trece años

  3. Nostalgia de Dios

  4. Trágica muerte de su hermano Manuel



Capítulo II
Esposa y Madre
"Ser esposa y madre no me impidió jamás la vida espiritual"


  1. Mi Matrimonio 

  2. Con mi marido y mis hijos

  3. Relaciones de familia y amistad

  4. Ascensión Espiritual

  5. "Tu misión es salvar almas"

  6. El monograma de Jesús

  7. Desposorios Espirituales con Cristo

  1. Una nueva etapa: el gozo en el dolor

  2. Apóstol de la Cruz

  3. Vida cotidiana transfigurada

  4. El claustro interior

  5. Iluminaciones divinas

  6. "Me aseguran que mi espíritu es de Dios"




Capítulo III
Viuda
"Oh noche de soledad, de dolor, de sufrimiento...!"




  1. La muerte de mi esposo 

  2. Visita al cementerio

  3. "Ese fue mi esposo"

  4. Sola con mis ocho hijos huérfanos

  5. Encuentro providencial con el padre Félix Rougier

  6. Sentí en mi alma el bisturí divino

  7. Favores Divinos

  8. La "gracia central" de su vida espiritual

  9. Viaje a Tierra Santa y Roma

  1. Educadora de sus hijos

  2. Manuel, su hijo Jesuita

  3. Su hija Conchita, religiosa

  4. Los cuatro hijos que sobreviven

  5. Semblanza de una madre por sus hijos

  6. Testamento de una madre

  7. México: una terrible persecución

  8. La soledad del ocaso

  9. El rostro del Crucificado



SEGUNDA Parte
Los Grandes Temas Espirituales
"Todos los Misterios se encuentran en la Cruz"

Capítulo I
La Escritora Mística
"Voy a escribir por obediencia"

La Escritora Mística

Capítulo II
La Doctrina de la Cruz
"La Doctrina de la Cruz es mi Evangelio"




  1. El Evangelio de la Cruz

  2. Óptica Fundamental: Jesús y Jesús Crucificado en sus
    dolores internos como Sacerdote y Víctima


  3. Primacía del Espíritu Santo

  1. La intuición clave

  2. El destino del hombre 

  3. Ascesis y Penitencia

  4. Virtudes Cristianas y dones del Espíritu Santo

  5. La Encarnación Mística




Capítulo III
La Virgen de la Cruz
"María fue la primera en continuar mi pasión"




  1. Su horizonte Mariano

  2. La Virgen de la Cruz

  1. Su misterio preferido: La Presentación de Jesús al Templo

  2. Soledad de la Madre de Dios

  3. Riqueza Pastoral de esta nueva devoción



Capítulo IV
El Misterio de la Iglesia
"Yo fundé mi Iglesia sobre el Amor..."




  1. Perspectiva sintética inicial

  1. La Iglesia del Verbo Encarnado

  2. La Iglesia del Espíritu Santo

  3. Un nuevo Pentecostés



Capítulo V
Los Abismos de la Trinidad
"Con esas luces contemplo los abismos de la Trinidad"




  1. "Tengo una gran devoción a la Santísima Trinidad"

  2. Las primeras experiencias

  1. Hacia la unión 

  2. Trinidad y encarnación mística

  3. De la unión a la unidad

  4. Trinidad y misterio cristiano

  5. Como cuando salen las estrellas en el cielo...



Epílogo
Su Misión en la Iglesia
"Un nuevo Pentecostés por la Cruz"




  1. La más alta santidad accesible a todos

  1. Eres de mi Iglesia

  2. El Evangelio de la Cruz

  3. Un nuevo Pentecostés



Anexos




  1. Fechas principales de Concepción Cabrera de Armida

  2. Sus directores espirituales

Carta de su Eminencia el Cardenal Miranda,


Arzobispo Primado de México

Conocimos a la Sierva de Dios. La vimos en Roma y en Coyoacán. Leímos algunas de sus obras. Mucho oímos hablar de sus virtudes. Era un alma hermosa, muy sencilla, encantadora a los ojos de Dios y de los hombres.

La Sierva de Dios por muchos años aquí vivió, oró, amó, sufrió y lo que es más, en fuerza de su unión con Jesús, aquí triunfó y las Obras por ella fundadas aquí nacieron y se desenvuelven ahora con admirable fecundidad.

Por nuestras manos pasaron los numerosos documentos cuyo conjunto señala la terminación del proceso diocesano informativo para la causa de beatificación y canonización de la Sierva de Dios.

Tan preciosos documentos contienen además de sus innumerables escritos, los testimonios de numerosas personas que la trataron de cerca y que conocieron su vida ejemplar santificada por las virtudes propias de su estado y su docilidad y correspondencia a las maravillas que el Espíritu Santo obró en su alma pura y generosa.

Tan valiosos documentos están ya en poder de la Santa Sede y al Vicario de Jesucristo corresponde el juicio supremo acerca del heroísmo de sus virtudes y llevar a su término feliz, si es para gloria de Dios, el proceso de beatificación y canonización.

A nosotros toca tan solo orar, por ahora, para que, si Dios Io quiere, podamos verla un día sobre los altares, convertida en intercesora nuestra.

Quien contempla por la noche el cielo estrellado se recrea al ver aparecer en el horizonte una tras otra todas estrellas y los astros más remotos. Nuestro deber pastoral nos induce a invitar a todos nuestros amados diocesanos fijar la vista en el horizonte y a contemplar un astro nuevo que comienza a levantarse y cuya órbita ha sido marcada videncialmente por Quien regaló nuestro cielo con tantas y tan preciosas estrellas. Ese astro nuevo es la Sierva de Dios que comienza a brillar sobre nuestro cielo con los encantos maravillosos y sobrenaturales de la gracia. Sigámosla atentamente en su ascensión y mirémosla con ojos bien abiertos para que nuestras almas se inunden de la luz de sus ejemplos, pues ella está llamada a iluminar los senderos de la vida cristiana.

Pensamiento felicísimo ha sido el de encerrar la visión de esta alma privilegiada dentro del fiero marco de la familia donde la hemos admirado al vivir su vida hogareña con sencillez y fidelidad, y santificarse en el cumplimiento de su misión como esposa y como madre. Al seguirla paso a paso en su vida familiar bendecimos a Dios porque en su Providencia ha reservado a nuestra Patria y especialmente en nuestros tiempos, a través de esta alma privilegiada alumbrar las inteligencias para descubrir y apreciar los tesoros incomparables de sabiduría, de fuerza y de amor que contiene la vida cristiana de la familia.

Al proyectar su vida ejemplar sobre el vasto territorio de nuestra patria nos llena de alegría y de consuelo el pensamiento del bien inmenso que producirá en todas las familias de México.

Oremos todos para que Dios se digne glorificar a esta Sierva suya.

Miguel Darío, Cardenal Miranda, Arzobispo primado de México.

Presentación

Por medio de estas líneas quiero presentar a nuestros lectores la obra póstuma del gran teólogo espiritual M.M. Philipon, O.P., a la que tituló sencillamente: CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia.  Se trata de la visión de un teólogo acerca del alma y la doctrina de la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida.

La mayor parte del tiempo, durante sus últimos años, la ocupó en estudiar a esta extraordinaria Sierva de Dios, pues descubrió que era portadora de un mensaje espiritual importantísimo, regalo de la Providencia para la Iglesia de hoy.

El primer contacto del P. Philipon con la vida y la doctrina de Conchita tuvo lugar en ocasión de su visita a México en 1954, con el fin de sustentar un ciclo de conferencias sobre espiritualidad, en nuestro Escolasticado de Misioneros del Espíritu Santo.

Su genio intuitivo descubrió, según sus palabras, ese gran tesoro para la Iglesia y en él nació el deseo de darla a conocer, especialmente a sus lectores europeos.

Muchas causas retardaron no sólo la aparición del libro, sino aún su redacción.  No fue la menor la falta de dominio de una lengua extranjera, sobre todo si se tiene en cuenta el estilo característico, tan personal, de Conchita, así como la documentación extraordinariamente extensa y abundante.

Pero Dios en su Providencia fue abriendo caminos y el espíritu de obediencia del P. Philipon fue un factor decisivo.  Grandes personalidades eclesiásticas y los superiores de su Orden de Predicadores le manifestaron que al dar a conocer la doctrina espiritual de Conchita haría un servicio a la Iglesia, particularmente en el momento actual en que se percibe cierto olvido y pérdida de sentido de valores cristianos esenciales.

En varias ocasiones el P. Philipon regresó a México para conocer mejor el ambiente y recoger, según su método, los testimonios vivos y auténticos; y cuando tuvo ya una visión de conjunto se dedicó a redactar esta obra.  Sin embargo en el momento en que estaba a punto de concluirla Dios quiso llamarle a su seno, pero la obra estaba casi terminada.

La primera parte: el Film de su vida fue totalmente redactada por él.

En cuanto a la segunda parte: los grandes temas espirituales, los dos primeros capítulos: La escritora mística que él hubiera deseado desarrollar con mayor amplitud, pero que presentamos respetando el texto que dejó, y La doctrina de la Cruz, considerada por él como capitulo central, son originales de su pluma.

Sólo queda señalar, o más bien destacar, algunas perspectivas en los tres últimos temas: La Virgen de la Cruz, El Misterio de la Iglesia y Los abismos de la Trinidad.  Cuando estaba escribiendo sobre María, Dios lo llevó a su lado.  Pero dejó notas, esquemas, selección de textos; yo tomé sobre mí la responsabilidad de darles forma para facilitar su lectura de manera que pueda ser captada con claridad la riqueza espiritual de su contenido.

Esto lo hago público por elemental honradez literaria.

Quiero además manifestar con sinceridad la razón por la cual me resolví a dar término a esta tarea.

Desde que conocí al P. Philipon el año de 1954, siendo yo prefecto de estudios en nuestro Escolasticado, surgió entre nosotros una profunda afinidad de pensamiento y a partir de ese momento me escogió como su principal colaborador y asesor, debido al conocimiento que yo tenía sobre los escritos de Conchita.

Después de largas conversaciones me dijo varias veces con aquel buen humor y sinceridad que lo caracterizaban "Yo conservo mi completa libertad y mi manera de pensar". Y en sus notas comenta: "He conversado con el P. de la Rosa centenares de veces". Creo pues conocer su pensamiento con objetividad y ése fue el motivo de echarme a cuestas la tarea de concluir su labor, ajustándome con máxima fidelidad a sus ideas que espero haber comprendido a fondo.

El P. Philipon pensaba redactar unas páginas introductorias para explicar algunos principios del método utilizado, e ilustrar el sentido, la intención y los límites de su obra.  Como es bien sabido, esas páginas, por regla general, son lo último que redacta el autor cuando ya puede emitir un juicio global de su propia obra.  Por fortuna ya había escrito las ideas principales para darles más tarde una redacción cuidadosa y más elaborada de acuerdo con su estilo literario tan personal.  Presentamos a continuación estas notas suyas que juzgo indispensables para la mejor inteligencia de la obra póstuma del P. Philipon.

"Yo no quería escribir sobre Conchita.

Me vi obligado a ello y a pesar mío, por los acontecimientos, es decir: por la Providencia.

Grandes personalidades eclesiásticas que conocieron a Conchita o que conocen su doctrina, me convencieron de que escribiera.

Sin la menor pretensión de querer decirlo todo, sino por el contrario reconociendo el carácter parcial e imperfecto de este libro, quise sencillamente responder al llamado manifiesto de Dios y ser la pluma que intentase presentar el mensaje espiritual de una admirable hija de la Iglesia de Dios.

El documento fundamental: La cuenta de conciencia, no es una biografía, sino un Diario; y no un diario completo que va anotando día a día los acontecimientos de una existencia humana, sino un Diario espiritual que relata principalmente las relaciones íntimas de un alma con Dios, consignadas con fidelidad durante más de cuarenta años, para obedecer a un mandato expreso de sus directores espirituales.

Hecho único, providencial, que nos permite seguir paso a paso, desde Ia edad de treinta y un años hasta los setenta y cuatro, la ascensión progresiva hacia Dios de un alma privilegiada, de heroísmo excepcional, dotada de un mensaje espiritual para la Iglesia entera y para todos los hombres de hoy.  Alma que recibió de Dios la misión de recordar al mundo que no hay salvación sino por la Cruz.

No hay ninguna preocupación literaria en este relato verídico donde se entremezclan sin orden alguno, tal como se van presentando, las más sublimes elevaciones místicas al lado de los pendientes cotidianos de una madre y las recetas de cocina de una perfecta ama de casa.  Mientras escribe sobre la Generación del Verbo y la eternidad de Dios, vienen a llamarIa para el desayuno.  Ella se apresura a participar gozosa en la mesa junto con sus hijos; y en seguida vuelve a tomar la pluma y continúa escribiendo la explicación que le dicta el Señor sobre los abismos de la Trinidad y otros misterios de Dios.

Su diario no dice todo, pero lo explica todo.  Era necesario comenzar por datos psicológicos y concretos de los que han brotado las intuiciones místicas y la doctrina espiritual. Ambos son inseparables.  Este es el por qué de las dos partes complementarias de nuestro libro:



  • El Film de su vida y,

  • la Doctrina, los grandes temas espirituales.

Era imposible decirlo todo y hacer figurar en un solo volumen los millares de páginas de esta escritora mística posiblemente la más fecunda en la literatura contemporánea.

¿Hemos logrado expresar lo esencial de un Diario espiritual que cuenta con no menos de sesenta y seis gruesos cuadernos manuscritos?

No nos ha guiado otra ambición o, mejor dicho, otro deseo, que el de revelar al mundo las inagotables riquezas de Ia Cruz y de los misterios de Dios, contenidos en estos escritos que constituyen, a nuestro parecer, uno de los tesoros actuales de la Iglesia de Cristo.

Sólo a la Iglesia corresponde el juicio y el fallo, ya que el Señor la ha encargado de conducir a los hombres hacia Dios y que El Ie ha otorgado con la asistencia de su Espíritu, el don de discernimiento de espíritus.

Sometemos a la IgIesia, sin reservas, este esfuerzo de recordar al mundo el misterio de la Cruz, que se sitúa en lo más íntimo del Evangelio: en el corazón mismo del misterio.

Ciertamente sobre algunos aspectos de la existencia y la doctrina de una mexicana que pasó su vida lejos de Europa, se experimenta una sensación de asombro y desconcierto al confrontarla con nuestra mentalidad moderna.

El peligro hubiera estado en tratar de proyectarla conforme a nuestras categorías actuales que, por otra parte, serán pronto superadas.  Nos desasosiega leer la interpretación del pensamiento chino o de la mística hindú hecha por un autor occidental y desconfiamos de ella. Siempre existe el riesgo de la europeización y, por consiguiente, de la adulteración.  No se puede europeizar un pensamiento chino, sin deformarlo.

Creemos preferible y más legítimo, guiar al lector para que pueda lograr un contacto personal con el texto a través de una traducción lo más fiel posible y que exprese al mismo tiempo las reacciones psicológicas y la mentalidad tan peculiar de Conchita, cuyo original español se encuentra lleno de mexicanismos.

El folklore mexicano está hoy de moda en el turismo. La radio, la televisión, magníficas revistas y colecciones de arte evocan las civilizaciones azteca o maya, o exhiben el México moderno. Esto ha facilitado mucho el acercamiento internacional a este país.

La cultura actual reviste, cada vez más, un sentido universal que nos hace comprender mejor y sentir las afinidades y las diferencias que unen o separan a los hombres, sus civilizaciones o culturas, y las diversas expresiones de sus sentimientos religiosos.

El Concilio Vaticano II nos ha hecho comprender que la catolicidad de la Iglesia no radica en la uniformidad, sino que es la unidad dentro de la diversidad. Jamás los hombres habían aquilatado con tanta comprensión y objetividad su profunda unidad y sus legítimas diferencias. Cristo era un oriental y sin embargo, todos los hombres se reconocen en este hombre.

Sucede lo mismo con los santos de la catolicidad.  Cualquiera que sea su origen, su raza, y el color de piel, cualquiera que sea su clase social o su cultura, o aún su ignorancia, nos sentimos uno con ellos en Cristo.

Conchita, una mexicana, es una santa nuestra.  Es nuestra hermana en Cristo.  Por su ardor apostólico y su inmolación heroica se ha convertido en madre espiritual de una multitud de almas que, en pos de ella, quieren seguir las huellas de Cristo y con El ser crucificadas, y con El salvar a los hombres.

Conchita está cerca de nosotros. Esta hija de México se encuentra ligada, por la comunión de los santos, a todos sus hermanos y hermanas en Cristo. Es un modelo para todos; no en carismas personales e inimitables, sino en su amor Cristo, en su vida ofrecida en favor de la Iglesia.

Con este espíritu de catolicidad es como hay que acercarse a sus ejemplos y sus escritos. Y queda uno maravillado ante las riquezas multiformes de la gracia inconmensurable de Cristo.

Desconfiemos de nuestras mentalidades cartesianas, hegelianas, existencialistas y occidentales.  El núcleo central de la Iglesia permanece en Roma, pero su irradiación se extiende no solamente a Europa, sino a todos los países del mundo.

Conchita es un testigo de esta catolicidad.  Su mensaje se dirige a los sacerdotes y a las almas consagradas, pero también a los Iaicos.  Es un modelo para todos.

Así se nos manifiestan los designios de la Providencia".

Hasta aquí las notas y observaciones del P. Philipon.

Pido al Espíritu Santo que este libro póstumo del Padre M.M. Philipon sea, para muchos, fecundo en bien espiritual.

Que el Espíritu Santo que realizó en María, Madre de la Iglesia, el misterio de la Encarnación Redentora, siga realizando en la Iglesia Madre el prodigio de formar a Cristo en los corazones para que perpetúe en nosotros su inmolación amorosa y obediente para la gloria del Padre en la salvación del mundo.

Roberto de la Rosa, Misionero del Espíritu Santo.

Prólogo

La Iglesia es de una asombrosa riqueza en la innumerable variedad de sus apóstoles, de sus doctores, de sus maestros espirituales, de sus tipos de santidad de hombre o de mujer, no tan sólo en el pasado sino en nuestra época y en todos los tiempos.

Después de los Apóstoles y de los santos de oriente, después de un san Agustín, de una santa Catalina de Siena, de un san Juan de la Cruz y de una Teresa de Avila, nos presenta un Don Bosco o a un Padre de Foucauld y más cercana a nosotros, al lado de las figuras virginales de una Teresa de Lisieux y de una María Goretti, nos descubre ahora a una delicada joven mexicana, de mirada pura y trasparente, más tarde madre de nueve hijos y abuela de numerosa posteridad; que pasó por la tierra con sencillez y rodeada de su familia y de sus amistades, incorporada a la vida cotidiana de su esfera social, una mujer como las demás, pero que oculta en las profundidades de su alma una extraordinaria llama apostólica, un ardor heroico para imitar a Cristo e identificarse con el Crucificado y salvar a los hombres con El. Ama a la Iglesia con pasión, se ofrece como víctima por ella. Modelo incomparable de la mujer en el hogar y gloria del laicado, cuya misión en la Iglesia y vocación a la más alta santidad ha venido a recordar. Sin haber vivido nunca en un claustro es, sin embargo, la inspiradora de dos Congregaciones religiosas: las Religiosas de la Cruz y los Misioneros del Espíritu Santo, y deja en pos de sí un mensaje de renovación del mundo por la Cruz.

Durante demasiado tiempo la santidad ha sido considerada como el monopolio de la vida religiosa y del sacerdocio. Numerosos Padres conciliares del Vaticano II reaccionaron contra este concepto exclusivo. Toda la Iglesia, todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo deberán ser santos. El Pueblo de Dios es "una nación santa, un pueblo de sacerdotes y reyes" (Ex. 19,6). El Sermón de la Montaña es un código de perfección para todos, sin excepción. La Iglesia de hoy tiene necesidad de santos en todas partes, no solamente en el claustro y al pie de los altares, sino en la familia, en los medios de trabajo, en todos los sectores de la actividad humana. La santidad es un don de Dios ofrecido a todos los hombres.

El laicado en particular está llamado hoy a dar ante el mundo entero el testimonio de una espléndida santidad. ¿No nos ofrece Dios un ejemplo en esta madre de nueve hijos, ya en camino hacia los altares?

Conchita pasó por el mundo con sencillez y alegría entre los suyos, entregada totalmente a Dios, en el secreto de su alma habitada por el Espíritu Santo vivió una intensa irradiación apostólica con amplios horizontes de Iglesia, es creadora de un nuevo tipo de santidad accesible a todos.

Lo que más llama la atención en Conchita es su polivalencia. Conchita realizó todas las vocaciones de la mujer: novia, esposa, madre, viuda, abuela, bisabuela y aún por indulto especial de Pío X, sin abandonar nunca su ámbito familiar, murió canónicamente religiosa, entre los brazos de sus hijos.

Se dirige a todas las categorías del Pueblo de Dios: a los Iaicos, a los sacerdotes y a los obispos, a los religiosos y a todos los que llevan una vida consagrada.

No trata solamente de las relaciones del alma con Dios, sino que aborda los grandes temas del cristianismo: Dios, Cristo, la Madre de Dios, el misterio de la Iglesia, el sentido eterno de toda vida humana. Su "Diario espiritual", con sus sesenta y seis volúmenes manuscritos, alcanza la amplitud de la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, elevándose sin esfuerzo y a menudo sin transición desde las más modestas ocupaciones del hogar hasta la Generación del Verbo en los esplendores de la Trinidad. Por la profundidad y sublimidad de sus escritos, Conchita es émula de una Catalina de Siena o de una Teresa de Avila. "En lo extraordinario, extraordinaria", declaraba uno de los miembros de la Comisión encargada de examinarla en 1913, en Roma.

Presentaremos la fisonomía integral de Conchita en un díptico inseparable:  

I    El Film de su vida y,  
II  Los grandes temas espirituales.

México, 3 de marzo de 1972, 35 aniversario de la muerte de Conchita.

La "Tierra de Volcanes":
El Ambiente Familiar

Conchita es hija de México. Hay que verla cabellera al viento por los campos mexicanos, esa tierra de violencia y de contrastes: "tierra de volcanes" y también tierra de la "vera cruz"; la nación de la Cruz y de nuestra Señora de Guadalupe. A lo largo de su existencia aparecerá el contraste de una vida cada vez más divina bajo las apariencias más ordinarias. Una palabra afloraba constantemente a los labios de aquellos que la conocieron y a los que interrogué durante mi primera estancia en México: "sencillez", Conchita era de una sencillez evangélica.

Al evocar su infancia y su adolescencia en las haciendas y ranchos, la vemos surcar en barca remansos y riachuelos, arrojarse al agua o lanzar a ella a sus compañeros o a las empleadas de su padre; reír de buena gana, convivir indistintamente con todos. Apasionada por la música y el canto, dotada de una voz muy hermosa, más tarde compondrá los primeros cantos a la Cruz y los cantará acompañándose ella misma al piano.

Es joven, es bonita, tiene una mirada que atrae y que conservó una fascinación extraordinaria sobre todos los que la conocieron, hasta los últimos años de su vida.

Ella misma nos cuenta en su Diario, con su estilo espontáneo de incomparable frescura, sus primeros años vividos en el medio familiar:

"Mis padres se llamaron Octaviano de Cabrera y Clara Arias, los dos de San Luis Potosí; ahí se casaron y nací yo.

"Mi madre, muy enferma, no pudo criarme y batalló en mi lactancia. Por fin un día que me estaba muriendo, mandó el médico que violentamente me sacaran fuera de la ciudad, a una hacienda. Entonces de lástima se ofreció la esposa del portero a seguirme criando, dejando su hijito con otra nodriza. Esta mujer me salvó la vida; se llamaba Mauricia, yo la quise mucho, y cuando tuve uso de razón y comprendí lo que le debía, mucho más... Iba yo tan grave en aquel camino, me decía mi madre, que no se atrevía a descubrirme la cara, creyéndome muerta entre sus brazos". (Aut. T. I. p. 6-8).

"Mi patria es San Luis Potosí, en donde nací en una casa propia de mis padres frente a la Iglesia de San Juan de Dios... donde me bautizaron... En esa casa viví siempre, salvo un poco de tiempo que nos cambiamos mientras la componían. De ahí salí para casarme, y ahí, por cuestión de salud, nació Ignacio mi hijo. Ahí murió mi padre y mis hermanos Carlota y Constantino" (Autob. 367).

"Mis padres fueron excelentes cristianos. En las haciendas siempre rezaba mi padre el rosario con la familia y los peones y la gente del campo, en la Capilla. Cuando por alguna ocupación urgente no lo hacía, quería que yo lo supliera. A veces llegaba antes de concluir y a la salida me regañaba por mi poca devoción. Decía que mis padrenuestros y avemarías andarían paseándose en el purgatorio y nadie los querría de lo mal rezados.

"Era mi padre muy caritativo con los pobres; no podía ver una necesidad sin aliviarla. Era de carácter alegre y franco. Le ayudé a bien morir y nos dio ejemplo de entereza. Él arregló el altar para su Viático, nos pidió perdón a cada uno de sus hijos de todo en lo que nos hubiera dado mal ejemplo o desedificado, agregando un abrazo, un beso y un consejo. Encargó por obediencia en su testamento que lo enterraran sin ponerle nunca lápida, ni piedra, ni su nombre, sólo una cruz. Así se ejecutó con la pena de todos". (Autob. p. 365).

"Mi madre era una santa: quedó huérfana de dos años y sufrió mucho. De diecisiete años se casó y fuimos doce hermanos, ocho varones y cuatro mujeres; yo fui el número siete, entre los hombres, Juan y Primitivo el jesuita".

"Infundió en mi alma mi madre el amor a la Sma. Virgen y a la Eucaristía. Me quería con predilección y sufrió mucho cuando me casó. Sin embargo me decía que mi marido era excepcional, que no eran así todos. Siempre lloró en mis penas y se gozó en mis alegrías. Tuvo muchas penas y era muy amante de la pobreza. Tenía muchas virtudes ocultas y martirios ignorados. Le dio un ataque y perdió doce horas el conocimiento. A fuerza de oraciones Dios se lo volvió el tiempo preciso para confesarse; repitiéndole el ataque de que murió. Le ayudé y puse en la caja". (Autob. p. 366).

"Sólo en tres colegios estuve: primero de pequeña con unas viejitas: las Sritas. Santillana. Más tarde, serían dos meses, con una Sra. Negrete, y luego con las Hermanas de la Caridad; mas como las expulsaron estando yo muy chica aún, --tendría ocho o nueve años--, mi madre, enemiga de mandarnos a ninguna parte, nos puso maestras en la casa de instrucción, de bordado y de música". (Autob. I, p. 23).

"En cuanto a instrucción la tengo muy escasa, no por culpa de mis padres y maestros, sino por mi tontera, pereza y tantos cambios y viajes en la edad de aprender. Yo me dediqué más a la música, porque me encantaba, al piano y al canto; muchas horas de mi vida perdí en eso. Dios me las perdone".

"De cosas de casa sí nos enseñó mi madre desde fregar suelos hasta bordar. A los doce años llevaba yo el gasto de la casa. En la hacienda: desde ordeñar, hacer pan, cosas de cocina. Nunca nos dejaba mi madre en la ociosidad teniendo sobre esto un cuidado especial. Remendar, y coser cuanto hay, dulces y adornos de repostería lo mismo, cuidando además de humillarnos mucho y de no dejarnos levantar la vanidad. En modales y eso, no se diga: mucho trabajó la pobrecita sobre el particular".

"Cuánto nos enseñó a contrariar la voluntad. Muchos domingos nos llevaba como paseo al hospital, a ver muertos y heridos. Apenas había un enfermo grave en la familia, desde muy niña me llevaba a velar y a servirles en cuanto podía. Me hizo ver morir a hombres, mujeres y niños; ricos y pobres, enseñándome a no tener miedos, ayudarles con oraciones, vestirlos, tenderlos".

"Ni a mi padre ni a mi madre les gustaban los melindres. De seis años me subieron a caballo sola, y la primera vez se espantó sobre parado, y me caí. Acto continuo, sin dar importancia a mis lágrimas, mandó mi padre que tomara un vaso de agua y otra vez arriba. Así les perdí yo el miedo a los caballos, llegando a tener hasta vanidad de montar los muy briosos y que a otros tiraban. Los caballos me han gustado siempre mucho y varias veces aquí en México, que me llevaba mi marido al paseo, lo único en que me fijaba era en los caballos: las gentes me parecían todas iguales". (Aut. I, p. 5-6).

Inclinaciones

"Gracias a Dios me las dio buenas el Señor, por lo cual soy más culpable no habiendo sabido aprovecharlas como debiera. Sentía ya muy niña en mi alma una grande inclinación a la oración, a la penitencia y a la pureza sobre todo. La penitencia era mi felicidad desde que alcanzo a recordar. Cuando aprendí a leer me encerraba en una biblioteca que había casa y cogía los "Años Cristianos" y de ellos el lugar en donde hablaba de la penitencia de los santos. Así gozaba y se me pasaban las horas recreándome en ver sus padecimientos, envidiándolos y viendo cómo los imitaba". (Aut. I, p. 11-12).

"Cuántas veces en mis largas excursiones por el campo, con mi padre y Clara mi hermana, me pasaba las horas a caballo pensando cómo podría yo vivir en una cueva, entre aquellos montes, muy lejos de toda mirada humana, haciendo penitencia y oración sin estorbos, sin testigos y a todo mi sabor. Esta idea me encantaba, acariciándola con toda el alma. A veces por los caminos, (pues vivíamos con frecuencia en las haciendas de mi padre), iba saboreando con decir palabra por palabra, muy despacio, las oraciones o plegarias al Smo. Sacramento o a la Sma. Virgen, que me aprendía de memoria. Era un inefable consuelo el que llenaba a mi corazón de niña con estas cosas. Creía yo, hasta después de casada, que toda la gente hacía penitencia y oración y que unos a otros nos ocultábamos las cosas; que terrible la decepción que sufrí cuando supe que no había tal cosa: que muchas gentes hasta aborrecían mortificarse: iOh, Dios mío!, ¿por qué será así?" (Aut. I, p. 16-18).

"La primera confesión la hice entre los siete y los ocho años. Me habían aconsejado que dijera unos pecados muy grandes y los dije; ahora calculo que sin haberlos cometido. El Padre hasta se asomó a verme y yo apenas parada alcanzaba a la reja; me regañó muy fuerte y me dio cuatro rosarios de penitencia, que era mucho para una chica" (Aut. I, p. 24).

"La primera comunión la hice el día de la Inmaculada que cumplía diez años, o sea el 8 de diciembre de 1872. No recuerdo por mi tibieza y tontera nada de particular ese día sino un inmenso placer interior y gusto del vestido blanco. Mi amor desde entonces a la Sagrada Eucaristía iba siempre en creciente y desde entonces tenia particular gusto en frecuentar los sacramentos hasta que llegando a los quince o dieciséis años me dejaron comulgar cuatro o cinco veces por semana y poco después diariamente. Yo era feliz, felicísima, recibiendo al Smo. Sacramento; sentía el ser una necesidad indispensable para mi vida y cuántas veces después de bailes y teatros fui a comulgar al día siguiente por no encontrarme manchada. Por las noches pensaba en la eucaristía, y en mi novio después. Cuántas veces en mis comuniones y visitas al Santísimo le decía a mi Jesús: "Señor, yo no sirvo para amarte; quiero casarme y que me des muchos hijos para que ellos te amen mejor que yo". Esto no me parecía feo sino una justa petición para saciar mi sed de amarlo, de verlo amado de mejor manera y sin embargo con algo mío, mío, con mi misma sangre y mi vida". (Aut. I, p. 27-29).

Elegante Amazona

Crecí yo tan pronto, que tuve un desarrollo tan violento que me enfermé y los médicos me recetaron un método higiénico en la ciudad y ejercicio a caballo.  Trajeron todo lo necesario, me hicieron un traje a propósito y salía todas las mañanas y a veces por la tarde con mi padre o hermanos.  Era yo tan encerrada que en San Luis, población chica, en donde lo más del tiempo había vivido, no me conocían y decían que si era esposa del hermano que generalmente me sacaba a paseo.  Tenía trece años y apenas conocía a unos cuantos señores: el primer día que uno me llamó señorita me puse de mil colores y lloré... yo me sentía feliz siendo chica y le tenía horror a ser grande; en casa me ponía de corto y en la calle de largo.  Se nos juntaban en los paseos a caballo el Gobernador de ahí; le gustaba mucho que le platicara, me hacía la corte y yo le contaba algún cuento pues no encontraba otra cosa de qué hablarle: ¡que simple era!... En esta época, y a caballo, me conoció mi marido según me contaba". (Aut. I, p. 67-69).

Novia a los trece años

"Me repugnaban los bailes pero ya con vestido largo era costumbre concurrir a ellos. Recuerdo que para el primero, que fue un día 12 de diciembre, en la familia, ya era hora y yo no me quería vestir, mejor acostar; pero tenían en mi casa compromiso y fui.  Ahí me presentó uno de mis hermanos al que fue mi marido.  El 24 de diciembre fui a otro baile, ahí me volvió a hablar, y yo mortal de oír flores y tonterías.  No me sentía en mi centro, pero me agradaba gustar y tener muchos señores que me iban a sacar a bailar, ¡qué vergüenza!  No sé por qué les caía yo en gracia, sería por boba; pero, ya en relaciones con Pancho, me hacían mucho caso, yo no me encontraba el chiste, y un día, por no dejar conté veintidós pretendientes, muchos ricos, pero yo no quise más que a Pancho y nunca le hice caso a ningún otro". (Aut. I, p. 69-70).

"Diré aquí cómo comenzaron mis relaciones con el que más tarde me casé.  El día 16 de enero de 1876 me llevaron a un baile de familia (en San Luis se usa mucho bailar) y ahí se me declaró Pancho en toda forma y acto continuo le correspondí.  Yo nunca había oído hablar de amores y voy oyendo que sufría si yo no lo quería, que sería muy desgraciado si yo no le correspondía y cosas por el estilo, que me dejaron fría.  Yo no me creía capaz de inspirar cariño; se me conmovió el corazón y se me hizo tan raro que sufriera aquella persona porque yo no lo quisiera que le dije que sí lo querría, pero que no sufriera por tan poco.  Volví a mi casa intranquila y con peso, ¡qué raro!..., tenía yo zozobra, pendiente, susto; por fin, habiéndole prohibido que me escribiera, lo hizo hasta mayo, y con las relaciones más o menos cortadas en temporadas exteriormente, porque a mi familia le parecía yo muy joven, y con razón, duramos nueve años de novios hasta que nos casamos. Tengo que agradecerle a Pancho que jamás abusó de mi sencillez; fue un novio muy correcto y respetuoso y yo, siempre, desde mi primera carta lo llevé a Dios.  Me cabe la satisfacción de haberlo inclinado a la piedad siempre; le hablaba de sus deberes religiosos, del amor a la Sma. Virgen, etc.  Él me regalaba oraciones y versos piadosos: el Kepis en un estuchito hermoso.  Lo hacía frecuentar los sacramentos en lo posible, y desde aquel instante yo no dejé su alma". (Aut. I, p. 70172).

"A mí nunca me inquietó el noviazgo en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios: ¡se me hacia tan fácil juntar las dos cosas!  Al acostarme, ya cuando estaba sola, pensaba en Pancho y después en la Eucaristía, que era mi delicia.  Todos los días iba a comulgar y después a verlo pasar: el recuerdo de Pancho no me impedía mis oraciones.  Me adornaba y componía sólo para gustarle a él; iba a los teatros y a los bailes con el único fin de verlo; todo lo demás no me importaba.  Y en medio de todo esto no me olvidaba de mi Dios, las más de las veces lo recordaba y me atraía de una manera indecible.  Cuántas veces, debajo de la seda de mis vestidos, que me importaban igual que si fuera jerga, llevaba a los bailes y teatros un fuerte cilicio en la cintura, gozándome en su dolor por mi Jesús". (Aut. 1, p. 73-74).

Nostalgia de Dios

"En medio de todo este mar de vanidades y fiestas sentía mi alma un deseo vehemente de saber hacer oración.  Preguntaba, leía y como podía me ponía en la presencia de Dios, y esto bastaba para que comenzaran a aclarárseme muchas luces de la nada de las cosas de la tierra, de lo vano de la vida, de la hermosura de Dios y mucho amor hacia el Espíritu Santo.  Cogía mi crucifijo al irme a acostar y no sé qué me pasaba al contemplarlo: una conmoción interior profunda, un elevamiento del corazón en Él, imposible de explicar.  Me atraía, me absorbía, me anonadaba y luego acababa llorando. Pero me pasaba la impresión y volvía a mi vida ordinaria de tibieza, vanidad y tonteras. Sin embargo yo sufría, y aún en medio de tantas adulaciones, diversiones v cosas, sentía mi alma un vacío: una voz interior que le decía: ¡Tú no naciste para esto!; ¡en otra cosa está tu felicidad!  Cuando recuerdo ésto me parece que debí haber tenido vocación, pero yo casi no había oído esa palabra, ni siquiera fijado la atención.  Me encantaban en el Año Cristiano las religiosas, pero ni las conocía y aún me figuraba que ya no existían, lamentándolo.  Con mis primas seguido me gustaba jugar a las monjas, y me estaba grandes ratos postrada sintiendo en mi alma la atracción de Dios, pero a las compañeras les fastidiaba este juego y pasábamos al de los novios".

"¡Vocación, virginidad!, yo no me daba cuenta lo que querían decir estas cosas y sí de que yo había nacido para casarme y no se me ocurría otra cosa que llegar a realizarlo aunque no entendía la trascendencia y obligaciones de esto.  Los sacerdotes con quienes me confesaba tampoco me hablaban de otro camino para mí.  Sólo mi tío el Padre me leía a veces cosas muy hermosas de vírgenes y mártires, pero a mí no se me pasaba que fuera eso para mí...  Pensaba que casada tendría más libertad para mis penitencias y esto me encantaba y tranquilizaba...  Me confesé en Santa María del Río con un sacerdote muy bueno que me dijo un consejo el cual me llamó la atención. "El alma de usted es tan dócil, me dijo, que necesitaba tener mucho cuidado para escoger el confesor. Hasta entonces supe que tenía yo docilidad.  Con este Padre me parece que adelantó algo mi espíritu".

"Así, entre miserias y vanidades a la vez que llamamientos divinos pasé muchos años de mi vida.  Me hacían mucho caso en los bailes, sería por tonta; siempre tenía las etiquetas o programas llenos desde que llegaba, y después, ¡qué flojera tener que bailar tanto! Dicen que hay peligro en los bailes y ahora lo comprendo... Las modistas me adulaban de buen cuerpo. Tenía vanidad pero no inclinación a ella; seguía la corriente, me gustaba agradar a mi novio con suma sencillez y no más.  Me adornaba sólo en los minutos que pasaba o iba a visita Pancho, y en seguida, apenas iría en la esquina, luego me despojaba de todo.  Me estorbaban los aretes, los anillos; así era mamá.  Recuerdo que el día que me tomé el dicho, día de san Rafael (24 de octubre de 1884), me regaló Pancho una pulsera con llave, me la cerró y yo sentía angustia de aquello; en muchos años no me la quité".

"Me fastidiaba todo lo caduco, lo que brillaba, lo que no era sólido, lo vano y ficticio. Nunca los trapos me llenaron el corazón; yo sentía otra cosa muy grande dentro del alma, un vacío inmenso que pensé llenarlo casándome con un hombre tan bueno y que me quería como Pancho, y ese era mi anhelo y mis peticiones a Dios, a san José y a la Sma. Virgen". (Aut. I, 75-81).

Trágica Muerte de su Hermano Manuel:


Punto de Partida para una Nueva Vida

"Un terrible golpe vino a sacarme del mundo y sus vanidades para acercarme a Dios. 

"Mi hermano Manuel, el mayor de todos y que mucho me quería, fue muerto violentamente de un balazo que le llevó los sesos al techo del comedor en done acompañaba a una visita, a don Pancho Cayo, a quien se empeñó en detener a comer.  Fue una desgracia terrible pero inculpable: al pararse y volverse a sentar tomando el café se atoró el gatillo de la pistola que llevaba al cinto ese señor; disparó y entrando la bala por un carrillo y saliendo por la cabeza de mi hermano lo dejó al instante muerto.  Dejó a su esposa con tres niños. 

"De golpe supimos la noticia y emprendimos el camino a Jesús María.  Mi madre, luego que se enteró de lo que pasaba, se arrodilló a rezar primero que dar rienda suelta a su dolor. Esto aconteció a las dos de la tarde y a las diez de la noche estaba yo a la cabecera del cadáver... Mis padres estaban locos, sin culpar a nadie.  Yo sufría atrozmente; el Sr. Cayo desesperado; mi hermano Primitivo que había estado presente al suceso, entre relámpagos y truenos daba vueltas por la azotea, desolado.  Ahí le nació la vocación, ¡Qué cosas, Dios mío! Fue muy cruel este golpe pero muy saludable para mi pobre alma, tan divagada y distraída; y aún para toda mi familia.  Volví con el luto a darme más a Dios, a pensar más de cerca en Él, desprendiéndome de la corriente que me llevaba a las vanidades de la tierra".

"Yo siempre he sufrido mucho por querendona: he tenido muy pegajoso el corazón.  No tan sólo en casos de muerte sino aún en ausencias, desde muy niña, que iban y venían mi padre y mis hermanos, ¡Cuántas lágrimas me costaban!  Mucho ha sufrido mi alma por su sensibilidad.  Yo creo que nunca he sido comprendida sobre el particular; ha sido uno de mis mayores martirios el corazón, por más que en apariencia parezca fría e indiferente". (Aut. I, p. 82-85)



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