Déficit de valores como factor de vulnerabilidad en estudiantes universitarios rené Elizalde Salazar Giovanna Xolocotzi Peña



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DÉFICIT DE VALORES COMO FACTOR DE VULNERABILIDAD EN ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS

René Elizalde Salazar

Giovanna Xolocotzi Peña

México

Universidad Autónoma de Tlaxcala

RESUMEN

En el contexto internacional los jóvenes enfrentan condiciones sociales adversas, como falta de oportunidades de educación y empleo, violencia, ingresos precarios, desintegración familiar, migración, delincuencia organizada, criminalización, entre otras. En este difícil contexto social, la desestructuración del conjunto de valores que durante mucho tiempo dio sentido y rumbo a nuestra sociedad, constituye un factor adicional de riesgo y vulnerabilidad, que limitan sus posibilidades de enfrentar el entorno hostil en el que viven nuestros jóvenes. Bajo este escenario, recuperar el proyecto humanista de educación, como mecanismo de socialización y transmisor de valores asertivos, puede constituir un factor fundamental de protección para los jóvenes. De esta manera, el propósito de este trabajo es reflexionar sobre algunos resultados relevantes de una investigación ya concluida, en torno a la educación y valores en jóvenes universitarios, tomando como referentes de estudio una universidad pública de México, la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

Algunos de los aspectos más importantes a destacar de la investigación es el enfoque sociológico que aborda el tema de los valores como un sistema complejo, vivo, que se encuentra en permanente tensión y ajuste. Se reflexiona a los sistemas axiológicos como parte del hábitus que los jóvenes tienen que construir y ajustar de acuerdo a los campos sociales en donde se desenvuelvan.

Palabras clave: jóvenes, educación, crisis, valores, sistemas complejos, hábitus
Crisis de valores o crisis social reflejada en los valores

Frente a los graves problemas que enfrenta la humanidad en todos los órdenes, existe una idea que se ha difundido con amplitud en el sentido de que el mundo enfrenta una profunda crisis de valores, cuyas repercusiones generan un grave debilitamiento de aquello que le confiere sentido a nuestros actos y en general a nuestra vida.

Una de las interpretaciones de esta crisis social, vincula esta situación con el proceso de mundialización o globalización, que prioriza como fuerza fundamental que lo sustenta y dinamiza el progreso técnico, el cual ha detonado un vertiginoso desarrollo de nuevas tecnologías informáticas y satelitales y un avance generalizado de la ciencia y la técnica aplicada al incremento de la producción industrial. Empero este progreso es visto como un proceso material “sin alma”, y por lo tanto, sin capacidad para orientar las acciones humanas, toda vez que se supone indiferente ante la presencia de los valores. Frente a este escenario, pensadores como Habermas, Taylor, H. Jonas, entre otros, han planteado que la gran influencia que la tecnociencia ejerce en nuestras sociedades ha propiciado que en ellas comience a dominar la razón instrumental, es decir, aquella razón que se aplica a descubrir y aplicar los medios más eficaces para realizar determinados fines, los cuales generalmente no son cuestionados; por ejemplo, el logro de máxima producción, consumo máximo de bienes, éxito profesional según los parámetros sociales que generalmente son referidos a la cantidad de ingresos que se obtengan, sin cuestionar los medios. De esta manera, se soslayan claramente dos cuestiones decisivas, que desde una perspectiva ética son fundamentales. La primera de ellas se refiere a que antes de discernir sobre los medios hay que reflexionar sobre los fines a los que deberían servir, pues ciertamente, los medios se dignifican moralmente cuando sirven a fines dignos, lo cual supone que en principio habría que cuestionar los fines que encontramos como algo ya dado, que aparece como cierto e indiscutible. La segunda cuestión, que fue de gran importancia para Kant, es que la utilización de estrategias e instrumentos al servicio de los fines que se persigan, no deben considerar la instrumentalización propiamente dicha del ser humano, reduciéndolo solo a un medio, olvidando que el hombre es un fin en sí mismo.

Ahora bien, el planteamiento sobre la existencia de una crisis de valores, de igual manera puede ser entendido como una supuesta escasez de valores en la sociedad, sin embargo, podemos afirmar que nunca en la historia de la humanidad ha habido tantos valores presentes (vinculados a los derechos humanos, ciudadanía, género, ecología y medio ambiente, etc.)

Precisamente uno de los efectos de la globalización es revelar la existencia de una pluralidad de culturas y por lo tanto una diversidad de valores que antes no se conocían. “Por lo tanto, lo extraño del fenómeno de la mundialización no proviene de la desaparición ilusoria o retórica de los valores. Es posible incluso que hoy en día existan demasiados valores, ya que la crisis que estamos atravesando indica que hemos perdido nuestra orientación ética y que ya no vemos el horizonte al que debemos dirigirnos. No hay tanto una crisis de valores –porque no nos faltan- como una crisis del sentido mismo de los valores, y de la aptitud para gobernarnos. Por lo tanto, la cuestión urgente es saber cómo debemos orientarnos en medio de estos valores” (Bindé, 2010: 13).

Otra interpretación en este contexto de debate sobre la naturaleza del malestar que prevalece en la sociedad frente a los crisis de sistemas axiológicos, es la de algunos filósofos posmodernos que señalan que uno de los graves problemas del mundo contemporáneo radica en la presencia de un gran vacío existencial que se ve reflejado en la pérdida de horizontes compartidos y en la carencia de visiones colectivas vinculantes, que socialmente suelen verse reflejadas en los valores asumidos por la sociedad; en su opinión, los sistemas axiológicos se transforman aceleradamente, lo cual no solo afecta a las personas en lo individual sino que genera un impacto global en el conjunto de la sociedad, generando la “conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo de la era del consumo masificado, la emergencia de un modo de socialización y de individualización inédito, que rompe con el instituido desde los siglos XVII y XVIII…mutación histórica aún en curso…(que caracterizada por) los valores hedonistas, permisivos y psicologistas que se le asocian, han generado una nueva forma de control de los comportamientos, a la vez que una diversificación incomparable de los modos de vida, una imprecisión sistemática de la esfera privada, de las creencias y los roles, dicho de otro modo, una nueva fase en la historia del individualismo occidental ” (Lipovetsky, 2009: 5).

En este contexto que se percibe como una crisis generalizada de valores, México se encuentra además, inmerso en una profunda crisis social caracterizada no solamente por las dificultades económicas, con un exiguo crecimiento que repercute en una incapacidad estructurar para generar los empleos que la sociedad demanda. .Aunada a esta situación, la sociedad padece de una profunda polarización social en donde un grupo reducido concentra la mayor parte de la riqueza que se produce mientras que cerca del 60% de la población se encuentra en situaciones de pobreza o pobreza extrema.

Todo esto en medio de una creciente situación de violencia delincuencial provocada por bandas del crimen organizado que han generado un grave deterioro en la seguridad de los ciudadanos y una creciente corrupción e impunidad que erosiona la credibilidad y legitimidad de muchas instituciones del país.

Uno de los sectores sociales que más ha sido afectado por esta situación de crisis social, económica y de violencia que enfrenta el país es el de los jóvenes, con lo cual el país está desaprovechando el bono demográfico que posee. De acuerdo a cifras presentadas en un estudio del Banco Mundial en Junio del 2012 sobre la violencia juvenil en México, se informa que en la última década, 2000-2010, el 38% del total de las víctimas de violencia en el país fueron jóvenes de entre 10 y 29 años, que representan 53 mil muertos por homicidio.

En estas circunstancias, son los jóvenes el sector social en donde es más sensible la erosión del entramado axiológico y los efectos perniciosos de la crisis social que los lastima con problemas como desempleo, abandono de estudios, criminalización, entre otras formas de exclusión; problemas que generalmente son reflejo o están determinados por la desigualdad social existente. Respecto a las dificultades de acceso a la educación y la deserción escolar, diversas investigaciones han analizado ampliamente la relación tan estrecha que existe entre el contexto social y familiar, el capital cultural del estudiante y el éxito o fracaso escolar, (Bourdieu, 1997; 2008).

Ciertamente, la situación que se vive obliga a plantear la cuestión de los valores en el marco de una crisis generalizada, cuyos efectos alteran estructuras, articulaciones y procesos de la sociedad en general. En esa alteración la "crisis de valores", instalada en los intersticios del tejido social, aparece especialmente vinculada con la educación, pues como sabemos ella detenta y a la vez es vehículo para inculcar valores que inciden en la dinámica de la vida social, al mismo tiempo que contribuye a legitimar las condiciones sociales de existencia.

A través de la educación los individuos construyen nexos con los diversos ámbitos de la sociedad y asimilan los valores que dan sentido a cada espacio social en donde interactúan. En un nivel macrosocial, contribuye a prefigurar una ética pública que se articula con el proyecto de desarrollo social, de igual forma, en un contexto microsocial proporciona los conocimientos, habilidades, capacidades y hábitos para aplicar en el mundo del trabajo y de la convivencia social más amplia.

Ciertamente, “es importante reconocer que aún cuando el tema de los valores ha cobrado relevancia en la actualidad, no es un tema nuevo en el debate educativo ya que las distintas visiones de la educación han tenido posiciones muy claras al respecto. Un acercamiento a tres autores, que han desempeñado un papel fundamental en la estructuración de la disciplina educativa: Comenio, Herbart y Dewey, permite afirmar que el proyecto educativo siempre estuvo enlazado a un tema de valores. Esto es, en todos los casos se negaron a que se considerase la educación como instrucción” (Díaz-Barriga, 2006:1).

Sin embargo, es importante enfatizar que paralelamente a los efectos perniciosos provocados por la crisis social, se ha generado un efecto no menos negativo en la institución escolar y la función educativa que esta cumple: Algunos efectos que la situación de crisis han generado entre los jóvenes, son las heterogeneidades culturales, una redefinición de los patrones de consumo y agudización de las diferencias en el acceso de oportunidades lo que repercute negativamente en las condiciones de vida de los grupos juveniles, abonando así en la confección de un estereotipo de joven que privilegiaría desarrollar una actitud pragmática de corto alcance, con una función meramente utilitarista, en función y conveniencia de las instituciones o espacios sociales en que actúan.

En este mismo horizonte de reflexión, para la filósofa Martha C. Nussbaum, la situación que se vive en campo escolar, tiene que ver con una crisis mundial en materia de educación, que además afirma, puede llegar a ser mucho más perjudicial para el futuro de la democracia en nuestras sociedades, en la medida en que la falta de una sólida formación ética y de una consistente cultura democrática en los estudiantes , debilita los cimientos de nuestra sociedad y sus posibilidades de desarrollo armónico y equitativo.

EL ANÁLISIS SOCIOLÓGICO DE LOS VALORES MORALES

Desde la perspectiva sociológica, el orden social, la moral y los valores que lo producen y sustentan son indisociables en la medida en que los valores en una sociedad se transmiten históricamente a través de las generaciones (Touraine, 1995). En este sentido, vía la socialización se adquieren costumbres, tradiciones, motivaciones, pautas rectoras de la conducta y modos de elección de las opciones de vida. No obstante, cada generación posee un perfil valorativo propio para enfrentar sus circunstancias, en función de las prioridades, fines y objetivos que la sociedad va marcando en cada punto de su evolución.

En consecuencia, la moral y los valores no son algo dado pues se modifican y ordenan de manera diferente según la clase, edad, sexo, escolaridad, lugar de residencia y la pertenencia a grupos étnicos, religiosos o políticos.

En la medida en que divergen y se orientan a fines alternos, reflejan intereses y demandas distintas y, en tal virtud, expresan las potencialidades de conflicto social. Cuando por el contrario, son expresiones de las ideologías (v.gr. liberalismo, nacionalismo socialismo, modernidad, etc.), de los principios rectores en que se funda la convivencia social o de los marcos de convivencia básica en que se finca la existencia de una colectividad, los valores compartidos demuestran capacidad de integración, cohesión e identidad sociales.

El enfoque aquí planteado se sustenta en una concepción de la moral como resultado del conflicto, cuyo punto de partida es una visión de la moral como fruto de una lógica situacional. Así, se asume que la moral vigente en cada caso depende de la lógica propia de la situación en la que tiene lugar.

Ello significa que esa moral y los valores que estructura es producto de la interacción sistémica de tres elementos: la estructura social, las intenciones e intereses de sus miembros, y las creencias y actitudes por ellos poseídos.

Por ello, considero que algunos conceptos de la teoría de sistemas complejos de Edgar Morin, Bertalaffy, L.V., así como la perspectiva sociológica, de W. Buckley.W., resultan ser de utilidad y me permiten enriquecer el abordaje de los procesos de configuración y reconfiguración de los sistemas axiológicos de los grupos de estudiantes de la licenciatura en medicina que son objeto de mi trabajo de investigación. Y en esta mismo horizonte, el uso de conceptos como el de habitus de Pierre Bourdieu, posibilitan un mejor encuadre de los valores que integran los sistemas axiológicos, en cuanto a entenderlos como sistemas dinámicos y complejos, con una eficacia real en la interacción individual y de grupo y en los procesos sociales que contribuyen de manera significativa a la reproducción de la sociedad.

Precisamente, “la virtud sistémica es haber puesto en el centro de la teoría, con la noción de sistema, no una unidad elemental discreta, sino una unidad compleja, un todo que no se reduce a la suma de sus partes constitutivas” (Morin, 2005: 42).

Sin duda, el énfasis de Buckley al modelo procesual resulta de utilidad para el abordaje de los sistemas axiológicos, es decir, el observar los sistemas de valores no como entidades estáticas, sino como un conjunto de relaciones entre relaciones. Al respecto es relevante destacar la naturaleza relacional de los valores. Para efectos de nuestra investigación, utilizamos esta noción de sistema y entendemos el conjunto de valores que detentan los individuos o cualquier grupo social -en la investigación nos referimos a los estudiantes de medicina de la UATx- como un sistema axiológico, es decir, como un conjunto de valores estructurados que están vinculados e interactúan entre ellos en diferentes niveles y jerarquías, por lo que resulta totalmente pertinente el empleo de este concepto en virtud de que el conjunto de valores que asume un individuo o una colectividad no se presentan aislados, yuxtapuestos o desordenados. Por el contrario, los valores se encuentran relacionados entre sí, y si bien son independientes, interactúan y en conjunto forman un sistema complejo.

Esta perspectiva, nos permite analizar los valores de los individuos y grupos sociales, atendiendo a la naturaleza relacional del valor no como fenómeno que es estructurado en sistemas axiológicos de una vez y para siempre, sino por el contrario, nos posibilita un acercamiento dinámico, procesual, de los sistemas axiológicos, lo cual implica considerar una interacción permanente de los valores que lo integran y de estos con el conjunto de la estructura y contexto social en donde son estructurados.

El enfoque nos proporciona recursos para analizar los procesos de estructuración y reconfiguración de los sistemas axiológicos: “las sociedades y los grupos modifican constantemente sus estructuras adaptándolas a las condiciones internas o externas. Por lo tanto, el proceso concentra la atención en los actos y las interacciones de los elementos integrantes de un sistema en desarrollo, de modo que diversos grados de estructuración de éstos surgen, persisten, se disuelven o cambian” (Buckley, 1982: 37).

Precisamente un elemento que dinamiza estos procesos de modificación y cambio en los sistemas y estructuras sociales es la existencia de tensión entre sus elementos e interacciones. De esta manera, la tensión es una realidad del sistema social en general y de los diversos subsistemas que lo integran -como el axiológico-, normal, necesaria y omnipresente.



ALGUNOS RESULTADOS DE INVESTIGACIÓN

La investigación partió del supuesto de que la universidad tiene como función la formación de profesionistas de diversas disciplinas para atender las necesidades y problemas sociales, lo cual supone que la formación que se recibe debe contemplar elevados contenidos morales disciplinares y una clara conciencia de la responsabilidad ciudadana implicada en el ejercicio de cada disciplina, particularmente de la medicina. Para el desarrollo de la investigación se trabajo con dos grupos de estudiantes, uno de formación inicial (158 estudiantes) y otro de formación de servicio social (48 estudiantes)

Es importante destacar que el marco conceptual interpretativo comprende la perspectiva sicogenética que propone Salvador Giner, que visibiliza socialmente el surgimiento, tensión y desarrollo de la moral y los valores. Así como el enfoque sistémico de Morín, que articulado con las categorías de Bourdieu de habitus, campos, capital cultural, hacen posible una comprensión más integral y profunda del fenómeno de los valores en los procesos educativos, pues va mas allá de la visión general, ahistorica y sin contexto social de los enfoques meramente filosóficos y de la visión empírica meramente descriptiva que solo constata la presencia o ausencia de los valores o de aquellas perspectivas que desde la psicología consideran la formación y el desarrollo moral como un proceso lineal progresivo, sin poder aproximarse a la complejidad de los sistemas axiológicos.

El principal resultado de la investigación derivado de la contundencia de la prueba estadística nos confirma que existe un proceso significativo, de reestructuración de los sistemas axiológicos condicionado por los procesos y características formativas diferenciales de cada grupo de estudio. El componente moral del habitus del estudiante de licenciatura de médico cirujano se somete a reconfiguración cuando el proceso formativo modifica las tensiones morales existentes en el campo universitario, a las existentes en el campo médico institucional, que estarían exigiendo la estructuración de un habitus distinto al que asumían al inicio de su formación universitaria profesional. La reestructuración del habitus observada en los dos grupos de estudio muestra una tendencia a la modificación antagónica de los valores ciudadanos cuando se encuentran inmersos en el campo profesional de hospitales, y paralelamente una reestructuración del sistema axiológico con una dinámica de fortalecimiento de los valores ético profesionales, sin que esto contrarreste el sentido antagónico del sistema valorativo, que estaría próximo a una postura de indiferencia moral.



Los resultados obtenidos en la investigación muestran que la universidad no está atendiendo, con la debida atención que se requiere, la formación valoral de los estudiantes, particularmente en la dimensión ciudadana que lejos de ser fortalecida durante la trayectoria universitaria, pierde consistencia frente a la formación de la especialización y competencias profesionales. Situación que abre un nuevo frente de vulnerabilidad para los jóvenes, pues como señala Nussbaum “se están produciendo cambios drásticos en aquello que las sociedades democráticas enseñan a sus jóvenes, pero se trata de cambios que aún no se sometieron a un análisis profundo. Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, posee una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos. El futuro de la democracia escala mundial pende de un hilo” (Nussbaum, 2010: 20).

De igual manera, los resultados de investigación hacen posible una comprensión más sistémica de la dimensión axiológico en la formación de los jóvenes, en tanto fenómeno social, configurado y reconfigurado dentro de los procesos de interacción colectiva, situación que permite un conocimiento más claro del papel que debe jugar la escuela en general y la universidad en particular en el contexto de crisis global que enfrenta la humanidad, no solo en el terreno económico, también ambiental, político, religioso, los flujos migratorios, crimen organizado, y una gran lista de etcéteras. Problemas que solamente pueden ser afrontados a través de un dialogo y cooperación multinacional lo cual exige no solamente la voluntad política de los gobiernos sino una acción social más amplia en donde las instituciones escolares de todos los niveles pueden contribuir a través de una educación en valores humanos a construir una solida base de cooperación internacional inculcando en los estudiantes la capacidad de concebirse como integrantes de una nación diversa, pero también de un todo, un mundo interdependiente y heterogéneo, como lo son todas las naciones modernas. Las universidades pueden contribuir a posibilitar la comprensión de la historia y diversidad cultural de las diferentes sociedades y grupos con los que coexistimos en el planeta. Educar para comprender y ejercitar una ciudadanía mundial, sin duda resulta una tarea ardua y compleja en la que se requiere fortalecer valores como el sentido de la responsabilidad individual para que cada estudiante aprenda a responsabilizarse de sus actos; fomentar valores de respeto a los demás para concebirlos como individuos en sí mismos y no como medios para alcanzar otros fines. “La escuela puede enseñar contenidos reales y concretos sobre otros grupos raciales, religiosos y sexuales o sobre las personas con capacidades diferentes, a fin de contrarrestar los estereotipos y la repugnancia que suele acompañarlos”(Nussbaum,M.C.2010:74). Avanzar en estos propósitos haría posible contribuir a desarrollar una ciudadanía crítica y reflexiva, que haga posible revertir la dinámica prevalente en nuestras sociedades de amplia tolerancia a las conductas transgresoras en la vida cotidiana, que reflejan una creciente pérdida de sentido normativo que hace evidente sino la ruptura, la no vigencia de leyes y marcos normativos, aceptados discursiva e idealmente, pero inoperantes en la práctica. Esta dinámica propicia contextos de una débil o nula respuesta o sanción no solo de los ciudadanos sino de manera particular de las autoridades que tienen la responsabilidad de cuidar la vigencia normativa, vulnerando así los más elementales principios de convivencia civilizada. En este escenario de anomia social se incrementan las condiciones de vulnerabilidad para los jóvenes y la sociedad en su conjunto, por ello la educación universitaria debe retomarla esencia humanista para desarrollar una formación integral de los jóvenes que vaya más allá de la formación disciplinar y se preocupe por una sólida formación ciudadana.

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