Despiadados amantes de la humanidad (Paul Johnson)



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Despiadados amantes de la humanidad
(Paul Johnson)1

No se olvide nunca de que las personas son más importantes que las ideas, y no al revés.


Ha crecido constantemente, en los últimos doscientos años, la influencia de los intelectuales. Siempre han estado presentes, desde luego, ya que en sus versiones anteriores como clérigos, escribas y adivinos, los intelectuales han pretendido, desde el principio, proclamarse como los auténticos orientadores de la sociedad. Del tiempo de Voltaire y Rousseau para acá, el hueco dejado por el declive de los clérigos ha sido ocupado por los intelectuales seculares, y éstos se están mostrando mucho más arrogantes, permanentes y, sobre todo, más peligrosos, que sus antecesores.
Imponer ideas
Fue el poeta inglés Percy Bysshe Shelley quien, en su opúsculo “En defensa de la poesía” de 1821, articuló por vez primera lo que yo llamaría el Derecho Divino de los Intelectuales. «Los poetas —escribió— son los legisladores no reconocidos del mundo». Esta proclamación es aceptada sin discusión hoy en día por aquel cuerpo grande y amorfo de gentes que se autoproclaman como intelectuales, como la intelligentsia. La influencia práctica de los intelectuales se ha visto acrecentada grandemente a partir de esta aceptación. Como dijo una vez Lionel Trilling: «El intelecto se asocia con el poder como en ninguna época de la historia, y se ha llegado a considerar que el intelecto sea, en sí, un tipo de poder».
Yo creo que la humanidad se subdivide en dos grupos de personas dadas a la reflexión: aquellas que se interesan y se preocupan por los demás y aquellas que se fijan en las ideas. El primer grupo engloba a los pragmáticos y tiende a producir los mejores hombres de Estado. El segundo grupo es el de los intelectuales, y cuando a su pasión por las ideas se añade un ideal programático, es casi seguro que abusarán del poder que lleguen a ostentar, sea del tipo que sea. Porque en vez de permitir que las ideas acerca de cómo hay que gobernar salgan de las personas, y se moldeen de acuerdo con cómo actúan de hecho, y qué es lo que realmente desean con base en la observación, los intelectuales invierten el proceso: deducen sus ideas primero desde los principios, y luego intentan imponerlas a la fuerza a la persona.
Es raro encontrar un intelectual que no profese un amor a la humanidad y el deseo de trabajar para su perfeccionamiento y su felicidad. Pero lo que aman ciertos intelectuales es la idea de la humanidad, y no a los individuos de carne y hueso que la constituyen. Aman a la humanidad en términos generales, y no a los hombres y mujeres en términos particulares. Amando a la humanidad como una idea, pueden producir soluciones como ideas. Ahí reside el peligro, porque desde el momento en que los hombres se oponen a la solución como idea, son ignorados primero, y luego rechazados como no representativos. Cuando los individuos siguen obstinándose en obstruir la idea, entonces son tratados por los intelectuales con una hostilidad creciente y catalogados como enemigos de la humanidad. De este modo, se allana el camino para lo que W. H. Auden, un típico intelectual «duro» de su época, llamaba «el asesinato necesario». La «liquidación de los enemigos de clase», como decía Lenin, y la «solución final» de los nazis: son ambas dos el punto terminal de semejante proceso intelectual.
La insensibilidad frente a las necesidades y puntos de vista de los demás es, sin lugar a dudas, una característica de todos aquellos que se enamoran apasionadamente de las ideas. Su primera preocupación es, naturalmente, la de la evolución de esas ideas en su propia cabeza; se convierten, en el sentido estricto de la palabra, en egocéntricos. La indiferencia u hostilidad de este intelectual no se dirige meramente hacia aquellos que no se amoldan a su esquema de la humanidad en términos generales, sino hacia aquellos otros intelectuales de su propio ámbito que, por la razón que sea, se niegan a conformarse al papel que él mismo les ha asignado con respecto a su propia vida.
Conforme profundizo en el estudio de las vidas de algunos intelectuales prominentes, percibo con creciente claridad los estragos de un azote común y debilitador, que yo llamo la falta de corazón de las ideas. El auge del nuevo intelectual secular ha producido unos ejemplares notables.
Percy Shelley (1792-1822) ha sido el prototipo, por lo que se refiere al ámbito anglosajón, del intelectual progresista occidental de la era moderna. Acuñó la noción del derecho de los intelectuales a ejercer una influencia sobre los asuntos de interés público. El poeta, y por extensión la clase intelectual en su conjunto, es el verdadero legislador porque posee una pureza en su devoción a las ideas que es vedada a los hombres del mundo, al común de los mortales, para los que Shelley no tenía el más mínimo interés. Shelley hizo gala, en su propia vida, de lo que puede considerarse como un fallo característico de los intelectuales progresistas: la incapacidad de acomodar su benevolencia general a su comportamiento particular. Su modo de tratar prácticamente a todos los seres humanos sobre los que de un modo u otro llegó a tener algún poder físico o emocional, era, según el baremo que utilizamos el común de los mortales que él despreciaba, simplemente atroz.
Cualquier polilla que se acercara mínimamente a su llama enfurecida quedaba irremisiblemente chamuscada. Su primera esposa, Harriet, y su amante, Fay Godwin, se suicidaron cuando él las dejó. En sus cartas, Shelley vociferó ácidamente su desaprobación rotunda de estos suicidios, por cuanto que a él le habían causado pena y molestias. Parece que estaba a punto de abandonar a su segunda mujer, Mary (la autora de Frankenstein), cuando su muerte accidental puso fin a su capacidad para hacer daño a los demás. Los hijos de su primera mujer habían sido confiados al tutelaje del Estado. Los había borrado completamente de su mente; jamás recibieron una sola palabra de su padre. Otra hija suya ilegítima murió en Nápoles, en un hospital para niños abandonados.
Shelley tenía un don especial para explotar también a la servidumbre. Dejó tras de sí un camino sembrado de otras víctimas, en su mayoría patronas humildes y trabajadores honestos. Tuvo a su servicio a muchos sirvientes, los cuales raramente veían un real.
La obra depredadora de Shelley no fue capaz de hacerle perder su magnífica confianza en lo que él mismo llamaba «mi integridad probada e inalterable». La crítica, por muy razonada que fuese, le dejaba absolutamente frío: «Pronto adquirí la indiferencia —escribió— que se merece la opinión de cualquier cosa o de cualquier persona que no se conforma a mi propia percepción».
Karl Marx (1818-1883) es otro ejemplo de un hombre que se convenció de su deber de exponer ideas. Su crueldad despiadada e incesante con respecto a la gente que le rodeaba viene a representar un reflejo distante de la crueldad masiva que alumbraron sus ideas cuando se convirtieron en la base de la política del Estado soviético. Su padre, que le tenía un temor reverencial, detectó este fallo fatídico; en una carta a su hijo escribió: «En tu corazón predomina el egoísmo».
Indiferencia acusada
Marx acarreó sobre sí el desprecio de su propia madre, que le censuraba por su desinterés en proveer por su familia y por sus intentos incesantes de pedir dinero prestado. ¡Qué pena –decía su madre­– que en vez de escribir sobre el capital, no intentara hacerse con un poco de capital!.
Entre las ideas igualitarias de Marx y su manera de comportarse mediaba un abismo. De alguna manera u otra, heredó una considerable suma de dinero. Jamás tuvo menos de dos sirvientes a sus órdenes. Le horrorizaba lo que llamaba «una vida puramente proletaria». Hizo que su mujer imprimiera unas tarjetas de visita en las que constaba que de nacimiento era la Baronesa Westphalen. No permitió que sus hijas aprendieran ninguna profesión o estudiasen carrera alguna, excepto la de piano. Guardaba las apariencias, hasta tal punto de vender la cubertería de plata de su mujer.
El estudio de la vida de Marx hace pensar que la raíz de la miseria humana, especialmente la miseria producida por la explotación, no reside en la explotación por parte de categorías o clases, sino en la explotación de tú a tú producida por individuos sin piedad. Esta indiferencia para con los demás no era un mero defecto humano en un hombre público de renombre, sino que constituye el núcleo de su obra. El no tenía ningún interés en los seres humanos de carne y hueso, ni en sus sentimientos ni en sus anhelos. Jamás conversó con un miembro del proletariado, salvo desde el estrado, en un mitin político. Jamás visitó una fábrica, a pesar de la insistencia de Engels. Nunca tuvo interés en buscar o interpelar a un capitalista, con la sola excepción de un tío suyo en Holanda. Del principio al final, su única fuente de información fueron los libros, especialmente los informes publicados por los distintos gobiernos.
No es accidental, en mi opinión, que Lenin jamás pisara una fábrica hasta después de convertirse en el amo de la Unión Soviética, ni que nunca tuviera ningún contacto, según se sepa, con los trabajadores sobre los que se otorgaba el derecho de efectuar una transformación. Lenin, igual que Marx, era un socialista de butaca de biblioteca. Tampoco Stalin se empeñó jamás en entrevistarse con los obreros o los campesinos de su tierra para descubrir sus necesidades verdaderas; él también era un gran devorador de datos estadísticos. ¡Cuántos kilos de datos devorarían estos monstruos, antes de pasar a devorar carne humana! Se podría decir que el camino hacia el gulag está pavimentado con tesis doctorales no escritas.
Ideas o personas
Muchos, por supuesto, lamentan el hecho de que el marxismo refleje la indiferencia de su fundador hacia los sentimientos y las vidas de los demás. Suelen comentar: «Si Marx hubiese podido leer los escritos de Sigmund Freud...!» Pues bien, si examinamos la vida de Freud (1856-1939), nos encontramos con la misma dicotomía: un abismo infranqueable entre la teoría y la práctica, entre las ideas y las personas. De nuevo nos topamos con el caso de un hombre que jamás permitió que sus ideas penetrasen el ámbito de sus relaciones personales o mejorasen su trato con los demás. A diferencia de Marx, no estudiaba los informes de ningún gobierno. El penetraba dentro de su propia mente, y allí encontró un sinfín de razones para considerarse a sí mismo por encima del bien y del mal. Fue, durante toda su vida, un típico patriarcal dominante. Su esposa nunca pasó de ser su sirvienta, hasta el extremo de colocarle la pasta dentífrica en el cepillo, como hacían los mayordomos de antaño. Jamás habló con ella de sus teorías, ni le alentó a aplicar sus ideas en la educación de sus hijos. Tampoco se interesó en aplicarlas el propio Freud. Su familia numerosa giraba enteramente en torno a sus propias necesidades y manías. Cuando un invitado sacó un tema que versaba sobre algún aspecto de las teorías de Freud, su mujer le cortó rápidamente: «No tocamos temas como éste en esta casa...».
Freud dejaba tras de sí un sendero de explotación, no sólo en su vida familiar, sino sobre todo en su trato con los colegas. Acusó a hombres como Jung y Asier de «juego sucio» y les denunció como «herejes». Llegó hasta el extremo de escribir de su «demencia moral». No podía creer que nadie que hubiese sido beneficiario de su influencia pudiera ser capaz de romper con él y seguir en su sano juicio. Pensaba que «apóstatas» como Jung de hecho necesitaban el tratamiento psiquiátrico de su invención.
Los intelectuales modernos y progresistas sienten las mismas frustraciones ante aquellos que no comparten sus ideas. He leído un libro de Robert L. Heilbroner titulado “La naturaleza y lógica del capitalismo”. Pues bien, no veo de ninguna manera que el autor, igual que Marx, sepa nada acerca de los capitalistas y de lo que les motiva. El simplemente supone que el capitalismo es esencialmente el ejercicio del poder sobre las personas. A mí me parece que este planteamiento es pura y simplemente una tontería. Me inclino más bien hacia el planteamiento de Samuel Johnson, cuando observó que la tarea más inocente que puede desempeñar un hombre es la de ganar dinero. Esta opinión era compartida por John Maynard Keynes: «Es mejor que un hombre sea un tirano para con su cuenta bancaria, que para con los demás».
Johnson y Keynes se cuentan entre los innumerables intelectuales que no cayeron en la tentación de tiranizar a los demás. Esta tentación también puede seducir a intelectuales que llamaríamos de derechas. Por ejemplo, Ayn Rand, la novelista y filósofa que luchó denodadamente en favor de la dignidad del hombre y de la libertad del individuo frente al control ajeno, humillaba y dominaba a muchos que la conocieron personalmente.
Ejercer el poder
Con todo, existen muchas razones que explican por qué determinados intelectuales se asemejan a los socialistas. Keynes pone el dedo en la llaga, ya que la avaricia es mucho menos peligrosa que el deseo de ejercer el poder, ante todo sobre los demás. No es la formulación de ideas, por muy desviadas que sean éstas, lo que constituye el pecado capital de tales intelectuales, sino el deseo de imponerlas a los demás. Esto explica por qué resultan atractivas para los de izquierdas. El capitalismo simplemente ocurre, y sigue hasta que alguien intenta frenarlo. Lo que hay que construir es el socialismo, y, normalmente, hay que imponerlo a la fuerza. Así, en su génesis, el socialismo otorga un papel mucho más preponderante a los intelectuales.
El intelectual progresista normalmente se entretiene con visiones chatas del ejercicio del poder. Freud, por ejemplo, se solía describir a sí mismo como un conquistador (utilizaba la palabra castellana) en potencia, blandiendo la pluma en vez de la espada y cambiando la historia con ejércitos de seguidores en vez de soldados. Tal vez por llevar, precisamente, vidas sedentarias, los intelectuales tienen una curiosa pasión por la violencia, al menos en lo abstracto. Unos cuantos, claro está, la abrazan en la práctica. Pero lo típico es que la mayoría, con un encogimiento incómodo y una retahila de palabras altisonantes, apoyen y justifiquen la violencia con el fin de imponer sus ideas por la fuerza a una humanidad que no se da el brazo a torcer.
En el siglo veinte, y sobre los cimientos del diecinueve, la apetencia de la violencia en la búsqueda y realización de las ideas, se ha convertido en el pecado original de ciertos intelectuales. Considérese, por ejemplo, las repetidas expresiones de admiración, por parte de algunos, hacia hombres de acción despiadados y una larga lista de héroes violentos: Stalin, Mao, Castro, Ho Chi Minh.
Ocasionalmente, algunos intelectuales vacilan ante el volumen de la matanza, del número aplastante de asesinatos necesarios, aunque casi siempre han aceptado el principio de que las utopías socialistas sean construidas, si fuese necesario, sobre la base de la violencia. Me acuerdo perfectamente de lo que escribió en el Statesman mi antiguo editor, Kingsley Martin, a modo de leve reprobación de Mao, que había masacrado a tres millones de personas: «¿Era realmente necesario matar a tantos?» Esto provocó una carta de su viejo amigo liberal Leonard Wolf: «¿Sería tan amable el señor Martin, como para decirnos el número máximo de muertos que considera como apropiado?».
Prepotencia y socialismo
Mientras que los hombres de violencia, atrincherados en sus butacas en Occidente, aplaudían y exoneraban, otros intelectuales, en otra parte, participaban en las grandes matanzas de la era moderna, y muy a menudo las dirigían. Muchos ayudaron en la creación de la Cheka, el precursor de la actual KGB.
Fueron prominentes los intelectuales en todas las etapas de los acontecimientos que dieron lugar al holocausto nazi. Y los hechos en Camboya en los años setenta, cuando entre la quinta y la tercera parte de la población fue masacrada o dejada morir de hambre, fueron enteramente obra de un grupo de intelectuales, en su mayoría discípulos y admiradores de Jean Paul Sartre: los hijos de Sartre, como los llamo yo.
Allá donde los hombres y los regímenes intentan imponer ideas a la gente, allá donde el proceso inhumano de ingeniería social se pone en movimiento, removiendo carne y sangre humanas como si fueran tierra o cemento, allá, abundan tales intelectuales. La prepotencia es una característica típica de toda forma de socialismo, sea el soviético, o el nacional socialismo alemán; o, por ejemplo, aquella forma particular de socialismo étnico, conocido como apartheid, que encontramos en África del Sur. Nótese que esta última idea siniestra fue enteramente la invención de un grupo de intelectuales del Departamento de Psicología de la Universidad de Stollenbosch. Otras ideologías totalitarias africanas suelen ser la obra de intelectuales locales, normalmente sociólogos.
Una de las lecciones de nuestro siglo es ésta: ¡cuidado con los intelectuales! No sólo habrían de ser alejados de los centros de poder, sino que habrían de ser considerados como especialmente sospechosos cuando se ofrecen como portadores de consejos colectivos. ¡Ojo con los comités, las conferencias y las ligas de intelectuales! Porque algunos, lejos de ser inconformistas e individualistas, son de hecho ultra-conformistas dentro de los círculos formados por aquellos cuya aprobación buscan y agradecen. Esto es lo que les hace especialmente peligrosos en masa, porque les permite crear climas culturales que muy a menudo generan acontecimientos irracionales, violentos y trágicos.
No se olvide nunca de que las personas son más importantes que las ideas, y no al revés.


1 Publicado en el nº 397 de Nuestro Tiempo. Paul Johnson es periodista e historiador británico, autor entre otros libros de “Intelectuales”, editorial Javier Vergara.



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