Deseo agradecer profundamente al Dr. Gregorio Klimovsky su incondicional apoyo y confianza. A la Dra



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1.1. Patologías Psicosomáticas

Las patologías llamadas psicosomáticas desafortunadamente cobran día a día un lugar de mayor protagonismo, tanto por su variedad como por el aumento de su incidencia negativa en la salud de las poblaciones en general. A las siete enfermedades llamadas "clásicas": asma, úlcera, colitis, hipertensión, artritis, eccema e hipertiroidismo, se han agregado los trastornos de la alimentación, la vulnerabilidad a patologías oncológicas, las colagenopatías, nuevas patologías autoinmunes, la vulnerabilidad y desorganización frente al estrés en su forma crónica o traumática, la psoriasis, etcétera. En especial, las patologías cardiovasculares, como es de público conocimiento, han ascendido al primer lugar entre las causas mundiales de mortandad. En nuestro país más de cien mil personas fallecen al año por alguna afección cardíaca (Consultor de Salud, 8 de agosto de 1997, N. 176: 5).

A pesar de que el término psicosomático no es simple, ha pasado al vocabulario cotidiano. Para el sentido popular, como para la comunidad médica, el concepto habitual consiste en asimilar lo psicosomático a lo psíquico. Aquellos pacientes designados así, son considerados falsos enfermos, más o menos histéricos, eventualmente hipocondríacos, o simuladores. Delante de un síntoma somático, decir "es psicosomático" resulta en negarle toda fuente orgánica, es decir su causalidad corporal. Si el síntoma parece organizado en el seno de una enfermedad manifiesta en los órganos y en las pruebas de laboratorio, la locución "es una enfermedad psicosomática" prejuzga su origen psíquico y su status de condición incierta. Sin embargo, para que la enfermedad "psicosomática" se instale y desarrolle es preciso que entren en juego componentes orgánicos, genéticos, inmunitarios, etcétera, que se podrán observar en los análisis de laboratorio.

El sentido común encuentra a menudo concebible que ciertos acontecimientos como la pérdida de un ser querido, o un fracaso sentimental o profesional puedan crear las condiciones de desarrollo de una enfermedad somática. En todos esos sucesos, la noción de psicosomático es regularmente asimilada a la de causalidad psíquica. Es también plausible aceptar que un estado de tensión psíquica pueda desencadenar una migraña, un dolor de columna, o cólicos, por ejemplo, y hasta incriminar al psiquismo en el desencadenamiento de infartos de miocardio o de úlceras; o de igual modo, entender que una lesión difusa o localizada en el cerebro, o la ingesta de psicofármacos o de sustancias tóxicas que actúan sobre el cerebro sean capaces de modificar las emociones que se vivencian o las conductas que expresan. Sin embargo, tales conclusiones podrían implicar que se asume cierta polarización entre lo orgánico y lo psíquico, o alguna creencia de subordinación entre ellos, más que enfatizar su interacción.

Podríamos decir respecto de la pareja psique-soma, que, en realidad, conforma algo así como una mezcla indisoluble, pero en la cual los dos términos presentan estrategias de abordaje, características que dificultan acceder a su verdadera integración y mutuo compromiso.

La división cartesiana mente-cuerpo ahondó la distinción entre esas dos dimensiones que originaron más y mayor focalización y especialización, corriendo el riesgo de considerarse estancas (Canteros, 2003). Somos, sin embargo, en tanto seres humanos, expresión somática, ya que el cuerpo es nuestro sostén y medio. En grado diverso nuestro sostén somático se lesiona, afecta o perturba, y podemos caer enfermos, restablecernos o devenir y configurar modos de expresión y funcionamiento reconocibles en la llamada clínica de la expresión somática. La expresión somática, tanto como la psíquica, forma parte de las potencialidades y capacidades que todos tenemos para regular las alternativas y demandas de las excitaciones internas y externas en el curso de la vida. Los seres humanos somos seres de la comunicación, y nuestra capacidad de comunicación está íntimamente ligada a nuestra capacidad de expresión somática. Lo que damos a escuchar en el decir, y a ver en el actuar es indisociable de la participación de nuestros músculos faciales, de la tonalidad de la voz, de la tonicidad de nuestros movimientos, de nuestro cuerpo. Los sucesos vitales en los que intervenimos se sostienen o acompañan en y con los estados del cuerpo, tanto en lo que se dice como en lo que no se encuentra expresado verbalmente. Como sostiene Rosine Debray: "Cómo disociar lo que se dice de quién lo dice?" (Debray, 1996: 15). Sólo cuando la expresión somática adopta un lugar sintomático privilegiado y estable, comprometiendo la salud de los órganos o de su funcionamiento, nos hallamos frente a los llamados "cuadros psicosomáticos".

El término psicosomático ha sido utilizado tanto en el campo médico como en el psicoanalítico para referirse a una serie de trastornos orgánicos en los que era reconocida como esencial la incidencia de los factores psíquicos. A pesar de que el término psicosomático, en apariencia, subraya la básica unidad psique-soma del ser humano, en realidad alude a pacientes que al mostrar un serio daño corporal se manifiestan como si negaran o no tuvieran registro psíquico del mismo. Al decir psicosomático se trata de un modo de funcionamiento que se caracteriza por el no reconocimiento de la dimensión psíquica, dimensión que no se encuentra ligada a lo somático. Para D. Winnicott (Winnicott, 1979) ésta es la verdadera enfermedad. Para ilustrar esta situación podemos ejemplificar con la característica posición de los sujetos obesos: se los describe como muy adaptados y carentes de la angustia del registro de su sobrecarga, se dice de ellos "que padecen de cordura y no padecen su gordura" (Liberman, 1991), se relacionan con su propio cuerpo como si fuera de algún modo "ajeno". En realidad, la condición de la salud es la integración de ambas realidades, la psíquica y la corporal, en la experiencia del sujeto. Las características mencionadas, cierta desarticulación entre lo somático y lo psíquico, son las condiciones de vulnerabilidad, pero aunque implícitas no son exclusivas para el desarrollo de una enfermedad orgánica. Podríamos decir que, en el caso de las enfermedades psicosomáticas, los factores psíquicos en juego son necesarios, pero no suficientes. Para que la enfermedad se instale y desarrolle es preciso que intervengan componentes orgánicos, genéticos, inmunitarios, etcétera.

Son determinantes, para desarrollar una enfermedad psicosomática típica, los factores genéticos y hereditarios, pero, paralelamente, se encuentran aportes que acentúan dimensiones de la personalidad: a) enferman quienes tienen determinados perfiles de personalidad, por ejemplo el descripto Tipo A entre los cardíacos1 ; o b) los que tienen tipos específicos de conflictos, esta última postura ilustrada por Angel Garma (Garma, 1957), de la escuela kleiniana argentina, Flanders Dunbar en Chicago (Dunbar, 1955), y más recientemente entre nosotros, con el mismo énfasis, L. Chiozza (Chiozza, 1970). En el campo del psicodiagnóstico, autoras como Lydia Burde y Elisabeth Sorribas (Burde y Sorribas, 1993) han sostenido, además, el reconocimiento de ciertas posiciones fantasmáticas características en los enfermos psicosomáticos.

Cuando hacemos referencia entonces a "cuadro psicosomático" quedan excluidas las "manifestaciones somáticas" o los "síntomas somáticos", ocasionales y normales modos de expresión por medio del cuerpo de todos los seres humanos (Debray, 1996). Tomemos en cuenta que ellos, sin embargo, no conforman dinámicas estables, largamente consolidadas en el curso de la vida. Tampoco en las "manifestaciones somáticas", por ejemplo cambios ocasionales de la presión arterial, o cólicos digestivos en situaciones especiales, se halla el compromiso característico del conjunto de la personalidad, ni la lesión del órgano.

Reconoceremos, en cambio, a los pacientes que verdaderamente conforman un cuadro psicosomático de modo abarcativo y típico, cuando utilizan la enfermedad para darse identidad: "soy diabético", "soy cardíaco", "yo soy asmático".

Creemos importante, sin embargo, señalar que la incidencia de factores psíquicos vuelve decisiva la intervención de los psicoterapeutas para la prevención, atención o remisión de la enfermedad. A su vez, las intervenciones terapéuticas avaladas por una comprensión amplia de las enfermedades se benefician adquiriendo mayor precisión (Ricart, Cohen, Alfonso, Hoffman, Quiñónez, Cohen, Indyk, 2002), (Crofford, Casey, 1999), (Rice, Pisetsky, 1999), (Schanberg, Sandstrom, 1999).El equipo constituido por J. Kielcolt Glaser, L. Mac Guire, T. Robles y R. Glaser, luego de una revisión de las investigaciones realizadas desde 1939 en medicina psicosomática en la cual analizaron la modulación psicológica de la función inmune según la duración de los estresores y sus características, la psicopatología, la personalidad, las relaciones interpersonales y particularmente la respuesta del sistema inmune a las intervenciones psicoterapéuticas habitualmente de carácter conductual, afirman: "actualmente disponemos de suficientes datos como para concluir que la modulación inmune puede llevar a cambios saludables reconocibles, las evidencias directas más fuertes para registrar se hallan en las enfermedades infecciosas y en la curación de las heridas" (Kielcolt Glaser, Mac Guire, Robles, y Glaser, 2002).

1.2. Status de los síntomas de los enfermos psicosomáticos.

Hemos dicho que es importante la intervención del psicólogo en estas enfermedades. Sin embargo es necesario anticipar, que si abordamos enfermos psicosomáticos nos hallamos en un campo de intervención dificultosa, especialmente por la relación que establece el paciente con su sintomatología. Si el problema, por ejemplo, es la hipertensión o el asma, el que habla, se muestra y da a ver y a cuidar es el cuerpo, no el sujeto. Para el sujeto se trata de procesos ajenos a su propia vida afectiva: simplemente son "denuncias" de que algo anda mal orgánicamente. Podemos entonces, llamar síntomas a los malestares propios de los enfermos psicosomáticos?

Diferenciamos este tipo de relación de las manifestaciones del enfermar como signos o marcas, pero en ausencia de síntoma investido. Es decir, esto último, cargado de significado subjetivo, aunque este significado pueda ser desconocido. Reservaremos el uso del término ‘síntoma’ al propio de la teoría psicoanalítica. La Medicina, en cambio, utiliza también el concepto de signo y se distingue síntoma de signo. Como síntoma se entiende, en Medicina, cualquier modificación anormal en los órganos, o en las funciones o comportamientos normales, las que se considerarán indicaciones de la presencia de patología. El signo (por ejemplo, el de Babinsky) no es visible, como los síntomas, pero se lo obtiene mediante estimulación e igualmente indica presencia de alteración, o patología.

Haremos entonces a continuación una revisión breve del uso del concepto de síntoma desde el punto de vista psicoanalítico, entendiéndolo dinámicamente, como efecto del conflicto psíquico. Este concepto de síntoma supone suficiente integración entre los procesos de la mente y el cuerpo; dimensiones que –recordamos– se hallan disociadas en los psicosomáticos.

S. Freud, en 1916, fue terminante al enunciar que "el síntoma somático está desprovisto de sentido", al distinguir las neurosis actuales, en las cuales el síntoma está localizado anatómicamente y no cede a la interpretación de lo reprimido2 , de las psiconeurosis de defensa, cuyo modelo es la histeria de conversión, en la cual la interpretación de lo reprimido lleva a la disolución del síntoma. Freud mantuvo su afirmación durante toda su obra. También J. Lacan en 1960, al hablar del fenómeno psicosomático, señaló que no integra la cadena significante por ser efecto de una forclusión. Se trataría de algo del orden de la marca, que no tuvo por destino su borramiento, o represión, en términos freudianos. Sin embargo Lacan, sobre el final de su enseñanza en la Conferencia de Ginebra (Lacan, 1997), insistió en que sólo por medio del trabajo del inconciente "se podrá revelar algo del goce específico fijado a la marca, que da lugar al síntoma somático". Queda abierta así la posibilidad de que, al menos en ciertos casos, la intervención analítica podría ser apropiada, postura con la que coincidimos. Lo hacemos porque la descripción de las enfermedades psicosomáticas que hemos ofrecido es válida, particularmente como modelo teórico. Empero también, debemos considerar la necesaria heterogeneidad psicológica de todos los casos, los cuales a menudo comparten y discrepan en algunos rasgos de los modelos. Como veremos en detalle más adelante, es posible observar organizaciones psíquicas psicosomáticas que disponen de ciertos recursos de elaboración psíquica (mentalización). Como ilustra la Escuela Psicosomática de Paris y hemos tenido oportunidad de comprobar en nuestra propia experiencia, una franja dentro de los enfermos psicosomáticos, que dispone de mejores niveles de mentalización, se beneficia claramente mediante el trabajo analítico.

Si consideramos a la enfermedad en relación con la estructura psíquica subjetiva del que la padece, será más grave la consecuencia cuando el sujeto se halle restringido en sus recursos de acomodación y respuesta. En este caso hablamos de limitación para "mentalizar", es decir, elaborar la representación psíquica, por ejemplo del efecto del estrés. Dicha representación le permitiría organizarse: estimar, posponer, mediar, regular las acomodaciones y respuestas que le resulten más adecuadas.

Adelantando un poco el concepto de "mentalización", que profundizaremos más adelante (Modelo de Pierre Marty), cuando hay en los sujetos severas limitaciones para mentalizar, la inscripción de la sobrecarga de excitaciones excesivas y negativas se efectúa en el cuerpo, a menudo de modo no reversible. Al respecto, es útil que diferenciemos los dos caminos extremos, seguidos por las violencias estresantes: su elaboración sintomática o su carácter de "marca", es decir, una manifestación del cuerpo, pero en la que el sujeto no habla.

Estos términos pueden ser confusos, ya que se puede considerar a la hipertensión, por ejemplo, como un "síntoma" de estrés. Y no es así, porque el sujeto que padece de hipertensión permanece ajeno, meramente constatando y tratando de controlar medicamentosamente lo que su sistema circulatorio expresa. En este caso, más bien se tratará de una "marca" impresa que habla desde el daño a los órganos, articulaciones, tejidos, con escasa posibilidad de ser asumido como problema subjetivo.

Reservamos entonces, el concepto de “marca” a lo no investido o no subjetivado. Empleamos el término "síntoma" para el síntoma investido, en términos psicoanalíticos, a la formación de compromiso producto de la interacción intrainstancias. El sentido del síntoma es susceptible de ser descifrado en transferencia mediante el dispositivo psicoanalítico y su instalación psicopatológica puede ser modificada mediante la interpretación y reconocimiento consciente.

1.3. Psiconeuroinmunoendocrinología

El reconocimiento de los problemas y los resultados acumulativos de numerosas investigaciones, con características como la que citamos anteriormente, desarrollada por el equipo de Kielcolt Glaser, fueron reflejando una concepción integradora respecto del organismo humano, y determinaron que actualmente la medicina se encuentre con la necesidad de replantear esquemas, paradigmas y abordajes que tradicionalmente han marcado su definición como ciencia. Entre tales cambios surge la Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), como una de las principales neo­conceptualizaciones. Es entonces que las relaciones entre los cuatro sistemas de control que tiene el organismo humano: el psicológico, el neurológico, el inmunológico y el endocrinológico, se ven definitivamente integrados como un todo, en activa relación con el ambiente.

La PNIE pretende estudiar a la enfermedad como el resultado de la ruptura de todo un sistema. Tradicionalmente, cada especialidad médica entiende a la enfermedad sólo parcialmente, parcialidad producida por un pensamiento unicausal y simplista. El ser humano es una complejidad de sistemas que nosotros dividimos para entender, pero no debemos perder de vista el concepto de que el todo es más que la suma de las partes. La preservación de la especie y la autopreservación son siempre influenciadas por la interacción con el medio.

Nos dice Andrea Márquez López Mato (Márquez López Mato, 2004; pág. 14) que: "La PNIE recupera entonces la versión holística de la medicina hipocrática pero sin olvidar la singularidad de cada ser. Sólo en la interacción del hombre biológico, psicológico y social con su medio se entiende que no hay enfermedades sino enfermos". Y más adelante explica: "La PNIE debe inclinarse hacia la demostración de hechos verificables, cuantificables y reproducibles como ostenta la ciencia y el pensamiento racional cartesiano (sensatez), pero sin dejar de lado otras formas intuitivo simbólicas (sensación y sentimientos) de percepción de la realidad", afirmando entonces que: "La mente surge como parte del cuerpo con el fin de poder integrar lo que siento y pienso con el cómo actúo desde y hacia el medio ambiente que me rodea, con el cual interacciono" (Márquez López Mato, 2004; pág. 10) y continúa: "Planteamos incluso la incompletud de este nuevo paradigma relacional proponiendo un nuevo modelo a repensar donde se incluyera no sólo la indivisibilidad cuerpo-mente sino el espíritu. En este sentido es de vital importancia recordar que la mente trasciende el cerebro; que la mente es, al decir de Fisher, nuestro maestro argentino de psiquiatría biológica, no sólo el cerebro sino también su producto. Cuerpo, mente, espíritu, en el orden que cada uno quiera darle acorde con su sistema de creencias, están indisolublemente integrados en mi persona como ser único e irrepetible." (Márquez López Mato, 2004; pág. 11).

Hoy se sabe que cada uno de los componentes que forman la PNIE es capaz de interrelacionarse con otro, o bien actuar sobre sí mismo (automodulación) mediante todos los idiomas PNIE. Así debemos comprender que citoquinas, neuropéptidos, neurotransmisores y hormonas pueden actuar o ser sintetizados en cualquiera de los tres sistemas implicados (cerebro, hipófisis, tejidos glandulares y células del sistema inmune). Todos los órganos que forman el sistema PNIE poseen receptores específicos para las diferentes sustancias biológicas que permiten la interrelación de los subsistemas implicados. Así la Psiconeuroinmunoendocrinología comprende el estudio de los mecanismos regulatorios y de control del organismo.

El sistema PNIE está constituido por distintos subsistemas con bases anatómicas y funcionales propias interrelacionadas. Así podemos hablar de un sistema psicológico, uno neurológico, uno endocrino y uno inmunológico, en constante interacción con su medio y en el cual la mente juega a su vez, recursivamente, un activo rol. De este modo, la mente intervendría en tanto proceso recursivo, es decir, aquellos propios de los productos capaces, a su vez, de afectar al productor. Los autores del modelo integrativo en PNIE que describen las interacciones entre los factores psicosociociales y biológicos, en la etiología y progresión de las enfermedades han empíricamente demostrado que "Cómo un individuo interpreta y responde a su ambiente determina su respuesta al estrés, influye sus conductas saludables, contribuye a su respuesta inmune y neuroendocrina y puede por último afectar el desenlace saludable" (Lutgendorf y Constanzo, 2003). Se comprobó claramente así una afirmación a veces difícil de creen : no son los hechos como tales los que producen estrés sino los significados que los sujetos atribuyen a sus percepciones. De este modo sabemos, que lejos de intentar modificar sólo la realidad externa, se trata de modificar también, los esquemas cognitivos con que se la aborda.

Sin pretensión de exhaustividad, cabe mencionar a dos autores que anticiparon en sus épocas a la disciplina PNIE: F. Alexander, en la década del cuarenta, y H. Selye, en 1956 (Selye, 1992).

F. Alexander, psiquiatra y psicoanalista norteamericano, preocupado por conceptualizar el proceso de enfermar, propone la posición más integradora que se conoció en su época. Postuló relaciones dinámicas entre varios componentes: a) un tipo específico de conflicto, más b) una predisposición particular del cuerpo llamado factor somático X, más c) una situación actual de conflicto (Alexander, 1950).

Hans Selye (Selye, 1992) por su parte, en 1956 introdujo científicamente el concepto de estrés y del Síndrome General de Adaptación. Lo definió "como el estado que se manifiesta por un síndrome específico, constituido por todos los cambios no específicamente inducidos en un sistema biológico". Se basó en pruebas experimentales de laboratorio con animales, y estableció así las bases para el reconocimiento de la interfaz de efectos orgánicos sobre el tejido nervioso y los órganos a causa de factores no materiales como, por ejemplo, la frustración y el miedo. No es específica la causa (pueden ser variadas), ni tampoco la respuesta del órgano: hay una manifestación sistémica, por ejemplo: el miedo, en las ratas, en 24 horas simultáneamente provocó la disminución del timo y de los nódulos linfáticos a la mitad de su peso, cambió de color la corteza suprarrenal por hipersecreción de corticoides, úlceras con hiperkemia y hemorragias en el estómago (Selye, 1992).

Puede sernos útil recordar que el término ‘estrés’ fue acuñado por el británico especialista en construcción de puentes Robert Hooke en el siglo XVII, quien lo utilizó por primera vez para referirse a la resistencia de los materiales respecto de la carga a la que eran sometidos. Evocamos este antecedente, pues instala en nuestra comprensión la necesidad de ligar estrés con un trípode de agentes o componentes: la carga, el "terreno" (puente) y el modo en que ese terreno expresa su efecto (hundimiento, rajadura, ruptura, debilitamiento, etcétera), es decir los estresores, la estructura subjetiva con su atravesamiento temporo-vincular y sus modos peculiares y propios de expresión o resistencia.

Selye definió al estrés "como un estado que se caracteriza por un síndrome general de adaptación, que es la manifestación somática de un trabajo de adaptación general". Reconociendo la complejidad del concepto, Selye lo resume afirmando: "el estrés es la velocidad de desgaste vital".

Para aclarar este concepto complejo, Selye evoca a Hipócrates, quien hace veinticinco siglos ya conocía el estrés y distinguió la presencia de dos fenómenos frente a la enfermedad: el sufrimiento y el trabajo de la enfermedad. El trabajo de la enfermedad se opone al sufrimiento, es una reacción. Todos los agentes que actúan sobre el organismo o cualquiera de sus partes ejercen efectos dobles, acciones específicas sobre el órgano y respuestas de acomodación y resistencia ante el estímulo. Explica:

“Por una vía no del todo conocida marcha un estímulo desde la zona afectada hasta la hipófisis anterior comunicando el estrés. Siendo probable que el primer mediador de la defensa hormonal no sea siempre el mismo: en algunas ocasiones, puede ser una descarga de adrenalina, en otras una liberación de metabolitos tisulares tóxicos del tipo de la histamina, un impulso nervioso e incluso, deficiencias súbitas en algún componente importante del organismo, tal como la glucosa. […] Agentes muy variados son los causantes de enfermedades, por ejemplo un trauma, una quemadura, una excitación nerviosa, una infección, una alergia, etc.”

Lo que fue realmente renovador del hallazgo de Selye, y lo que justifica el espacio que le dedicamos, fue, precisamente, anticipar cómo las emociones afectaban el cuerpo. Demostró en los estudios histológicos de sus animales de prueba que el miedo y la frustración producían daños irreversibles sobre sus órganos.

Actualmente, "La Biología, la Medicina y la Psicología han incorporado el término estrés –fuerza que deforma los cuerpos o provoca tensión–, entendiendo a la fuerza, como el proceso o mecanismo con el cual el organismo mantiene su equilibrio interno, adaptándose a las exigencias, tensiones e influencias a las que se expone en el medio en el que se desarrolla" (Pérez-Jáuregui, 2000; pág. 16).

Para Lazarus y Folkman (1984) (citado por Pérez-Jáuregui, 2000: pág. 17): "El estrés es una relación entre la persona y el entorno, que es percibido por la persona como impuesta o excediendo sus recursos y poniendo en peligro su bienestar".

Podemos retomar entonces, en síntesis, el significativo aporte de H. Selye, Qué es el estrés? Las respuestas no específicas, que implican notable esfuerzo y desgaste de un organismo al enfrentar adaptativamente a agentes variados que vulneran y sobrecargan su resistencia. Vemos aquí las bases del concepto de cargas excitatorias excesivas no moduladas que será explicado por el psicoanalista P. Marty, como su propuesta para la explicación del desencadenamiento de las enfermedades psicosomáticas, que profundizaremos más adelante en este capítulo.

Por lo tanto de la Psiconeuroinmunoendocrinología podemos concluir que:

a) Contamos con notables progresos en neurobiología respecto de la interacción cuerpo>

b) Las tomografías por emisión de positrones permiten visualizar los daños que produce el estrés en el tejido nervioso. Llamamos estrés a la sobrecarga emocional de origen interno y externo que soporta el organismo.

c) Se postulan procesos de regulación básica entre pautas neurales innatas (tallo cerebral e hipotálamo) que preservan la supervivencia mediante procesos neurales-bioquímicos entre el cerebro, las glándulas endocrinas y los órganos que tienen a cargo la función metabólica asegurando la homeostasis del sistema interno y el sistema inmune que protege al organismo de los microdepredadores (virus, bacterias, parásitos). La regulación que ejerce el organismo intenta preservar la homeostasis.

d) También intervienen en los circuitos reguladores sistemas como el límbico, modificables o influíbles por la experiencia del individuo y asociados con la regulación de las emociones, impulsos y sentimientos.

e) A su vez, el hipotálamo y las estructuras interrelacionadas están regulados no sólo por señales neurales y químicas procedentes de otras regiones del cerebro, sino también por señales químicas que surgen en diversos sistemas corporales.

f) La vida depende de que estos procesos bioquímicos se mantengan dentro de un rango adecuado, puesto que las desviaciones excesivas de este rango en puntos clave del perfil compuesto pueden producir enfermedad o muerte.

g) El estrés mental crónico, un estado relacionado con el procesamiento en numerosos sistemas cerebrales a nivel de la necorteza, del sistema límbico y del hipotálamo, parece conducir a la sobreproducción de una sustancia química que afecta la función inmunológica. El resultado final es que el cuerpo es más vulnerable a la infección cuando una vía de entrada principal está peor defendida.

h) La tristeza y la ansiedad pueden alterar en forma notable la regulación de las hormonas sexuales. La congoja, que es otro estado que depende del procesamiento a nivel cerebral, conduce a una depresión del sistema inmune, de manera que los individuos son más propensos a la infección y a desarrollar distintos tipos de cáncer.





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