Desenfocar el pasado: las fotografías americanas de Aby Warburg y la mirada postcolonial



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Desenfocar el pasado: las fotografías americanas de Aby Warburg y la mirada postcolonial

Luis Vives-Ferrándiz Sánchez

Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias “González Martí”
Cuando Aby Warburg viajó al sudoeste de los Estados Unidos entre 1895 y 1896, la historia del arte efectuó un giro hacia la antropología. Los historiadores que han comentado el viaje, desde Saxl, Gombrich hasta Didi-Huberman, han coincidido en señalar que el contacto que Warburg estableció con arqueólogos y etnólogos del Bureau of American Ethnology influyó en su posterior manera de abordar la psicología del Renacimiento. Allí, en Nuevo México, conoció a los padres fundadores de la arqueología americana, asistió a rituales y ceremonias indias para propiciar las cosechas o la lluvia y entró en los recintos sagrados de los indios Pueblo. La experiencia americana le sirvió a Warburg para entender por qué en el Renacimiento pervivían restos de la Antigüedad pagana.

Cuando Warburg atravesó los Estados Unidos desde la costa este hacia las tierras de Arizona, Colorado o Nuevo México, lo hizo acompañado de una cámara Bull’s Eye Kodak, una de las primeras cámaras portátiles de la historia que le posibilitó capturar los recuerdos de su experiencia india como si de un antropólogo se tratara.

El viaje americano de Aby Warburg no hubiese pasado de una anécdota en su biografía a no ser por el episodio de su internamiento en la clínica Bellevue de Kreuzlingen (Suiza) en los años 20 del siglo pasado. Warburg consiguió el alta del Dr. Ludwig Binswanger tras pronunciar una conferencia en el mismo sanatorio sobre el viaje a América que hiciese 27 años atrás, una conferencia que le permitió demostrar que había recobrado la lucidez. El tema de la conferencia versó sobre los rituales paganos y danzas mágicas que había podido presenciar en distintas localidades de su viaje, como la danza de los antílopes en San Ildefonso o la Hemis Kachina en Oraibi, aunque se centró especialmente en uno de ellos: el ritual de la serpiente que los indios Hopi realizan durante la luna llena del mes de agosto para propiciar la lluvia.

Cuando se cumplió el centenario del viaje a América, el Warburg Institute preparó la publicación de una monografía bajo la dirección de Nicholas Mann y Benedetta Cestelli Guidi, texto que contó con la participación de especialistas en el viaje como Ulrich Raulff o Philippe-Alain Michaud y que incluía las fotografías que el mismo Warburg tomó junto a fragmentos de su diario personal en los que narraba su experiencia. El trabajo de edición de Photographs at the frontier. Aby Warburg in America 1895-1896 se vio interrumpido por la negativa de los indios Hopi a que se publicasen ciertas fotografías, episodio que podemos reconstruir gracias a la correspondencia que mantuvo el Hopi Cultural Preservation Office y el director del instituto, Nicholas Mann. La primera de las cartas objeta que la publicación de fotografías de las ceremonias Hopi es una violación de sus derechos y un paso más en la mercantilización de sus ceremonias. Una segunda carta defiende que las fotografías de Warburg recogen una información privilegiada para la tribu y que se transmite exclusivamente de manera oral a los iniciados en las ceremonias kachinas. La respuesta del Warburg Institute consistió en defender que los editores y autores del volumen no se aprovechaban de la religión Hopi para obtener beneficios y que las fotografías formaban parte del dominio público desde hacía años.

La recepción de las fotografías en la crítica postcolonial abre un debate acerca de la ética de nuestro trabajo como historiadores y nos obliga a plantearnos la conveniencia de mostrar y publicar ciertas imágenes, conveniencia que está determinada por los valores cambiantes que diferentes épocas aplican a las imágenes. En el mundo postcolonial, muchos pueblos han redescubierto con orgullo su propia cultura y han abandonado sentimientos de inferioridad engendrados por el proceso colonial. Los pueblos indígenas quieren discutir su cultura con otros pueblos del mundo, convencidos de que no necesitan outsiders que interpreten sus formas de vida. Nuestro mundo actual es consecuencia de la expansión colonial europea de los últimos siglos, y los pensadores postcoloniales reclaman una actitud crítica que no se mantenga neutral ante la situación de nuestro mundo presente. Los “saberes” que producimos están ética y políticamente contaminados ya que están ligados a discursos opresivos. Para una posición crítica se trataría de privilegiar o construir discursos que produzcan verdades que no estén al servicio de los intereses dominantes, sean económicos, políticos, étnicos, raciales o de género. La supuesta objetividad del conocimiento occidental ha sido sustituida por la creencia en que el conocimiento es provisional e íntimamente ligado a relaciones de poder.

Para el pensamiento postcolonialista, el punto de vista occidental debe dejar de ser el único punto de vista posible, pues con ello se mantienen implicaciones colonialistas que reflejan estructuras de dominación colonial y, además, contribuyen a crearla entre los lectores. La historiografía del viaje no ha permitido a los indios Hopi ni representarse a sí mismos ni hacer escuchar su voz. Todo ello nos invita a pensar distinto lo que hasta ahora hemos visto y conocido. Con un marco colonial y evolucionista de referencia, el viaje y los rituales se han visto como fases primitivas de la evolución humana. Sin embargo, si pensamos distinto, si el marco deja de ser colonial y vemos las cosas desde una óptica postcolonial, el resultado es diferente: se desenfocan algunas cuestiones y vemos con mayor nitidez otros aspectos que habían pasado desapercibidos. En este sentido, y relacionado con el viaje, las cuestiones identitarias de los indios atacan las bases de nuestras convicciones más arraigadas. Debemos asumir que el avance de la investigación o el derecho a la información científica no pueden estar por encima de consideraciones que se han calificado como supersticiones. Para los indios, los objetos sagrados, sus rituales y danzas deben permanecer escondidos para mantener su valor y sus propiedades, un valor que se pierde cuando éstos son estudiados y manipulados.



Los indios reclaman que las imágenes se oculten, se desenfoquen, digamos. Ante estas reclamaciones, ¿qué hacemos los historiadores?, ¿cómo combinamos nuestra necesidad de imágenes con las solicitudes de los Hopi? El caso de las fotografías americanas de Aby Warburg nos habla de cómo las imágenes se estudian en diferentes épocas en función de valores cambiantes. Y, lo más importante, que los historiadores ya no somos meros estudiosos de procesos de censura o iconoclastia sino que, en este caso, somos los protagonistas.


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