Desde mediados del siglo XIX un hecho destacado se produce en el mundo: la importancia creciente de la escolarización que pasa a constituir un fenómeno de masas durante la segunda mitad del siglo XX



Descargar 15.72 Kb.
Fecha de conversión16.12.2018
Tamaño15.72 Kb.
Vistas61
Descargas0

EL OCASO DEL PADRE




Domingo Caratozzolo*


Si en otros tiempos la familia era la encargada de la educación del niño,desde mediados del siglo XIX un hecho destacado se produce en el mundo: la importancia creciente de la escolarización que pasa a constituir un fenómeno de masas durante la segunda mitad del siglo XX.


El mundo moderno exige individuos capacitados. La familia, incapaz de atender las crecientes demandas educativas, las resigna en manos de especialistas. La escolarización avanza inexorablemente, es así que primero se hace obligatorio un ciclo que luego se amplía; paulatinamente, se registra un ingreso a edad cada vez más temprana al aparecer la escuela de párvulos. La prolongación de la escolaridad provoca cambios profundos, pues la escuela se convierte en una sociedad en miniatura donde el niño se socializa.
Antes era la familia, auténtica célula básica de la sociedad, la que educaba al niño. Ahora que la escuela se hace cargo de muchas de sus funciones, los padres se vuelven menos autoritarios y más condescendientes porque cesan las razones para imponer al hijo una normativa que de ahora en más será dictada por la escuela. La educación familiar se liberaliza puesto que el aprendizaje de la vida social es transferido a la escuela. La autoridad paterna se vacía de contenido, pierde atribuciones, funciones y se debilita.
Los padres retroceden y ceden su lugar porque no saben que hacer con sus hijos en momentos en que la vida social les exige cada vez más conocimientos y una mayor preparación para poder afrontar las necesidades complejas y especializadas que impone el mercado de trabajo.
Las colonias de vacaciones constituyen otra delegación de funciones. Si en otra época se enviaba al niño para que estuviese al aire libre, en contacto saludable con la naturaleza; ahora, a esta pretensión se le ha sumado la conciencia de que el niño se encontrará en un mundo educativo y socializante que la familia no puede brindarle.
Gradualmente toda una serie de funciones antaño destinadas a la familia pasan a ser asumidas por otras instituciones. La conciencia creciente de su importancia, conduce al poder a través de sus representantes, Estado, Iglesia, fundaciones, asociaciones, a rodearla de cuidados y ejercer su tutela. La esfera política controla cada vez más el espacio que antes le era privativo, ésta ya no tiene la responsabilidad exclusiva del niño.
No es tarea del padre definir los derechos del niño, es al poder público, al conjunto de la sociedad a quien le corresponde legislar y proteger a la criatura. Es así que el niño sale de la jurisdicción limitada de la familia para entrar a la jurisdicción de la sociedad toda que se encargará de cuidarlo, formarlo, educarlo; la sociedad en conjunto es la responsable de todos los hijos.

Si en primer lugar esta intervención se dirige a las familias pobres, indefensas, a las que se siente incapaces de desempeñar su rol, sobre todo en lo que respecta al cuidado de los hijos y a su educación, paulatinamente el control y la tutela se extiende a todo el conjunto social; a principios del siglo XX, jueces, puericultores, psicólogos, maestros, asistentes sociales, médicos, policías, en aras del interés del niño, futuro ciudadano, tienden a intervenir en el seno de la familia.


La participación pública no se limita a la educación de los niños ni a la escuela, el niño apenas concebido interesa a la sociedad que brinda a éste y a la madre, los cuidados médicos necesarios, vacunas, salario familiar, vacaciones post-parto, horario para la lactancia en las empresas, etc.
El parto ha pasado de ser un acontecimiento que se producía en el hogar, con la ayuda de una señora mayor que tenía experiencia en esas “cosas de mujeres”, a convertirse en un acto médico realizado en centros especializados. El bebé es recibido por obstetras y neonatólogos que le protegen apenas nacido, más adelante será el pediatra el encargado de la salud y el desarrollo del niño, de administrarle las vacunas, de controlar su crecimiento corporal.
Las enfermedades infantiles que antes eran tratadas en casa mediante remedios caseros, friegas, té calor, vahos, purgas, fomentos, cataplasmas o ventosas, donde el único específico solía ser la aspirina, han pasado al territorio del especialista de dolencias infantiles.
El conjunto social será responsable de la adecuada atención médica; el pedido de certificados de salud para el ingreso a la escuela o al trabajo, es una forma de control social de un aspecto que antes estaba reservado a la esfera íntima de la familia.
El padre tenía una función, un rol, que era ocuparse realmente del hijo, de brindarle los cuidados necesarios para conservar su vida e integrarlo en el conjunto social. Pero como esa tarea puede ser cumplida más eficazmente por personas especializadas, ese rol del padre declina. Los jueces defienden los derechos de filiación del niño, la protección de su vida. Los pediatras cuidan su salud, los puericultores le abren las puertas de la sociedad, los maestros lo forman para que sea un buen ciudadano; el padre se ve incapacitado para cumplir determinadas funciones frente a la eficacia de los especialistas.
El poder paterno, entendido en términos ocupacionales ha estallado y se ha dividido en múltiples fragmentos. Este rol, transformado ahora en roles múltiples, es ocupado por especialistas que son intercambiables y que actúan como agentes del poder que rige la sociedad.
Es más, no solamente declina la función paterna, sino que se “sospecha” del padre: de no proteger en forma debida a sus hijos, de no brindarles afecto, seguridad, estabilidad, de maltratarlos, ya sea psicológica o físicamente, o también, porqué no, de que puede estar abusando sexualmente de las hijas. El padre, de ahora en más, es un objeto de observación.
Hoy en día el padre, para actuar correctamente, deberá seguir el consejo de los especialistas en lo que a su función se refiere. Un gran número de revistas se encargan de indicarle cómo debe comportarse respecto de su criatura. Le enseñarán sobre las necesidades afectivas del niño y cómo satisfacerlas, la estimulación que el mismo necesita y los consejos para sacar de ese proyecto humano un ciudadano con todos los atributos que la sociedad reclama. De esta manera, puericultores, pediatras, profesores de párvulos, maestros, antropólogos, psicólogos se ocupan del futuro de los niños educando y supervisando a los padres.
Y la sociedad y los “expertos” seguirán opinando y enseñando a los padres según crece el niño. Cuando se transforma en adolescente también le indican lo que deben hacer, que no hay que darle mucha soga a los chicos, que ellos también quieren autoridad, que no hay que pecar quedándose a un costado. Son “verdades” que la gente que “sabe”, los “expertos” dicen con toda la seguridad que antes emplearon para decir cosas completamente diferentes. Y a los padres, dueños de un rol cada vez más limitado, víctimas o cómplices de esta situación, les puede quedar la esperanza de que esta transferencia de funciones propias a otras instituciones sociales pueda servir, con el paso de las generaciones, de apertura a un mundo mejor.


*Pssicoanalista


Compartir con tus amigos:


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos