Desarrollo socio-afectivo desarrollo afectivo-social y vínculo



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CAPÍTULO II
DESARROLLO SOCIO-AFECTIVO


  1. Desarrollo afectivo-social y vínculo.

Podemos entender el desarrollo afectivo, como un elemento fundamental para la adecuada socialización del niño. Siguiendo a López, F. (1990), podríamos decir que los procesos de socialización son fundamentalmente tres:



  • Procesos mentales: valores, normas, juicio moral, costumbres…cultura que irá siendo transmitida por distintos agentes: familia, escuela, amigos, sistemas de información y facilitado por la adquisición del lenguaje. Muchos de estos procesos son adquiridos a muy temprana edad y están presentes en algún grado antes de los dos años. No señalaremos todos los conceptos relacionados con el conocimiento social, pero sí indicaremos que los más importantes que el niño necesita son el reconocimiento de las personas y el reconocimiento de sí mismo.

  • Procesos afectivos: que permitan la formación de vínculos. Los más importantes son el apego, la empatía y la amistad, sin olvidar otros que irán apareciendo, como la atracción, el deseo o el enamoramiento. Las relaciones que el niño establece en primer lugar con su contexto más cercano, que generalmente es la familia, son una de las bases más sólidas para su desarrollo social.

  • Procesos conductuales: el niño necesita aprender cuáles son las conductas consideradas socialmente aceptables y deseables, así como evitar las que no lo son. Esto requiere la adquisición de un cierto control sobre su conducta y la motivación necesaria para llevarlo a cabo. Aquí se incluye además el aprendizaje de hábitos sociales, como comer, vestir y el aprendizaje de habilidades sociales.

Si el niño se vincula afectivamente, adquiere los conocimientos sociales necesarios y si su comportamiento se adecua a lo que la sociedad espera de él, el niño estará socializado.


El primer elemento que tiene que ir generándose para que los demás vayan apareciendo es el de la vinculación afectiva, dentro de un contexto familiar y social, que pueda dar respuesta a sus necesidades. El niño necesita de lazos afectivos seguros, predecibles, sensibles y estables que le permitan vincularse en un principio a sus padres o cuidadores, y paulatinamente a los miembros de su familia y a los seres humanos en general. Necesita protección, cuidados, afecto, juego y exploración. Necesita ser educados. Necesita ser aceptado, reconocido y valorado en su experiencia emocional, donde la expresión de los afectos sea posible.
Si son provistos de esto, serán personas capaces de establecer relaciones con otros; si han sentido el cuidado, aprenderán a cuidar y a colaborar; si viven en un contexto familiar que les hace sentir seguros, podrán desarrollar todos los aprendizajes necesarios para su adecuado desarrollo personal y social.
Durante los dos primeros años, el niño entra en contacto con las figuras a partir de las cuales desarrollar todos los procesos mentales, afectivos y conductuales que hemos señalado, que configuran el contexto social de transmisión de esos valores, normas y conductas a través de la identificación con ellas, y las que , si todo va bien, permitirán al niño satisfacer la necesidad de vincularse, de ser aceptado y de ser importante para alguien: las figuras de apego.
Bowlby (1989) dirá que “podemos deducir sin ninguna duda que los bebés humanos, al igual que los de otras especies, están preprogramados para desarrollarse de manera socialmente cooperativa; que lo hagan o no depende en gran medida de cómo son tratados” (ps21). De aquí la imposibilidad de separar el estudio del apego del desarrollo personal y social del niño.



  1. El apego y su importancia fundamental

En el área de maternidad de un hospital de Madrid, había unos carteles por todas las paredes que decía: “todo empieza en la piel...” Y es verdad... Los famosos experimentos del psicólogo Harry Harlow en los años 50 sobre las madres sustitutas con crías de chimpancé así lo empezaban a dejar de manifiesto. Trabajaba con crías alejadas de sus madres desde el nacimiento, y comenzó a observar que cuando se les limpiaban las jaulas, se resistían a que les quitaran el pañal que había en el suelo de la misma. Comenzó a deducir que aquel trozo de tela tenía que ver con necesidades básicas del mono. Realizó entonces un experimento: ponía en contacto a monos recién nacidos sin relación con su madre, con una figura de alambre que daba de comer y una figura de felpa que no daba alimento. El experimento dejó claro que las crías preferían a la madre de felpa, y acudían a la otra el tiempo justo para alimentarse. Se había establecido un vínculo muy fuerte entre el mono y el muñeco de felpa, de tal manera que cuando Harrow introducía un objeto terrorífico en la sala, las crías se lanzaban a los brazos de la madre de felpa y parecían sentirse lo suficientemente seguras, como para amenazar al intruso. El contacto con una figura a la que acudir en situación de estrés les diferenciaba de aquellas otras crías que no habían estado en contacto con la figura de felpa y manifestaban comportamientos similares a los de los niños autistas en esa misma situación. Este vínculo se mantenía incluso seis meses después de haber separado al mono de la madre de felpa.


Todo esto parecía indicar que la necesidad de contacto físico era algo básico y fundamental y que el afecto no se establecía a través de la alimentación. (Harlow y Zimmermann, 1959)
¿Ocurriría esto también en los humanos?
La respuesta la encontramos en los estudios del psiquiatra psicoanalista Jhon Bolbwy. Interesado en la influencia del contexto familiar en la delincuencia juvenil, estudió el vínculo que se establecía entre madre e hijo (con y sin problemas de delincuencia) y analizó cuantiosos experimentos de otros investigadores. Llegó a la misma conclusión que Harrow: la necesidad d contacto del niño con un individuo adulto que le proporcione seguridad, calor y cariño es tan importante como la alimentación, no estableciéndose a través de ella. Es decir, es una necesidad primaria e independiente de la alimentación.
Los estudios que realizó Rene Spitz en 1952 sobre la deprivación emocional en niños en orfanatos le daban la razón: aunque estuvieran alimentados, la ausencia del contacto materno y del cuidado afectivo, les llevaba a lo que él denomino depresión anaclítica. Más tarde, Bowlby (1989) citaría a Ainsworth y otros (1978) diciendo “los niños que desarrollan un apego seguro a la madre son aquellos que en la primera infancia fueron tomados en brazos durante más tiempo de modo tierno y cariñosos” (pg. 28, 29)
Comenzaba así el estudio del apego, del vínculo que se establece entre el bebé y su cuidador y que garantiza su supervivencia.
Desde entonces, se han desarrollado multitud de estudios sobre cómo es este vínculo, las consecuencias de su adecuado desarrollo, los estilos de crianza y su relación con el apego que generan, su relación con la posterior salud mental del niño, con su cociente intelectual, con su comportamiento prosocial, con su capacidad para establece vínculos de amistad y relaciones de pareja, con la expresión emocional o el desarrollo de las funciones ejecutivas, entre otros.



  1. ¿Qué es el apego?

Conducta de apego es “cualquier forma de conducta que tiene como resultado el logro o la conservación de la proximidad con otro individuo claramente identificado al que se considera claramente mejor capacitado para enfrentarse al mundo” (Bowlby, 1989, pg. 40).


Cuando vemos a un recién nacido, vemos a una persona indefensa y que necesita de los demás para garantizar su supervivencia. Esto es cierto, pero también lo es que vienen con un gran potencial de aprendizaje y con un interés innato por los estímulos sociales, lo que facilitará su vinculación emocional con aquellas personas que se acerquen a él. El vínculo emocional más importante que establecen en un primer momento con la persona o personas (cuidadores significativos) que le cuidan es el apego.
Mediante el vínculo de apego se garantiza la supervivencia y la seguridad emocional del niño, por lo que la perdida de esas figuras le hará sentir desprotegido y amenazado. Para evitarlo pondrá en marcha toda una serie de conductas, llamadas conductas de apego, que intentarán que esa figura vuelva o no se vaya.
El apego es un proceso dinámico, no es una situación: no es el juego, no es el alimento. Estos son instrumentos que pueden facilitar el apego, según se realicen.
Es un proceso fundamentalmente de regulación del estrés: el niño se siente triste, expresa a través de conductas esa situación (conducta de apego), y un adulto (figura de apego) es capaz de leer, interpretar (mentalizar), contener y regular ese estrés. Esto es lo que determina la calidad del apego que va a tener con ese adulto: su capacidad para calmar y contener el estrés del bebé. Si el padre regula adecuadamente (baja el estrés del niño), el niño comienza a desarrollar confianza básica, seguridad emocional. Genera la expectativa (representación mental) de que ese adulto le va a calmar. Si ha sido bien cuidado, bien calmado, desarrolla posteriormente habilidades para contenerse él solo, para regular en la vida su propio estrés.
Si el niño está tranquilo, tiene el apego desactivado y por lo tanto puede dedicarse a la exploración de los demás, de sí mismo y de lo que le rodea.
En condiciones normales hay un balance entre activación y desactivación.
Si el vínculo está bien construido, encontraremos, como dicen Feeney y Noller (1996) que el niño busca y mantiene la proximidad de su cuidador, que se resiste a la separación y protesta si esta se produce, que usa a la figura de apego como base de seguridad desde la que explorar el mundo físico y social y se siente seguro buscando en la figura de apego bienestar y apoyo emocional.
Es tan importante que este vínculo se forme bien, es decir que las relaciones de apego tempranas sean de calidad, por tres motivos:

  • la autoconfianza y la ausencia de ansiedad que iremos experimentando en nuestra vida tienen parte de su base en la calidad de las relaciones de apego actuales y pasadas: si un niño aprende que puede confiar en que va a tener disponible esa figura principal de apego cuando la necesite, tenderá a experimentar menos temor intenso que el que no ha experimentado esta situación.

  • La confianza en el disponibilidad de las figuras de apego se va construyendo poco a poco durante los primeros años de vida y las expectativas desarrolladas en ellos tenderán a persistir relativamente estables durante el resto de la vida: Las relaciones de apego afectan al desarrollo de la personalidad

  • Las expectativas sobre la disponibilidad o no de sus cuidadores están basadas en hechos reales: hablan de experiencias reales con sus padres, abuelos…




  1. Desarrollo del apego

“… la capacidad de estar solo se basa en una paradoja: estar a solas cuando otra persona se halla presente…” (Winnicott, D.W. ,1996)


Ya hemos señalado la naturaleza eminentemente social del ser humano. Tanto es así, que el niño cuando nace cuenta con dos sistemas relacionales: el sistema exploratorio y el sistema afiliativo. Por el primero, el niño muestra esa tendencia a interactuar con el mundo sin miedo, cogiendo las cosas y metiéndoselas en la boca, cogiendo todo lo que está a su alcance, y están alerta ante todo lo que se les va presentando. Mediante el segundo, los niños, sin manifestar preferencia por unas personas u otras, buscan la interacción con los demás.
Hacia la primera mitad del primer año, aparecen otros dos sistemas relacionales: el vínculo de apego y el miedo ante los desconocidos. Mediante este último los niños muestran ya cautela a relacionarse con unas personas u otras, dependiendo de factores como la presencia o ausencia de la figura de apego, relación con el desconocido, su intrusividad…

El vínculo de apego, el que establece con su cuidador o cuidadores principales, el que va a regular en gran medida los tres anteriores.


Por todo esto, para Bolbwy la conducta de apego del bebé humano no es una conducta instintiva fija, sino una respuesta más compleja que se va modificando y adaptando según la retroalimentación que va recibiendo del contexto: los bebés no son meramente pasivos. Actúan, exploran y buscan. Y sus conductas se activan y desactivan, son unas u otras, y con una intensidad u otra, dependiendo de factores contextuales e individuales.

Bolbwy, según lo recogen Cantón, J. y Cortés, M.R. (2000) señala que el apego con el cuidador principal se va desarrollando en cuatro fases:



  • De la semana 8 a la 12: el bebé no discrimina aún y acepta independientemente de quién venga todo lo que le genere comodidad, emitiendo sus señales de forma indiscriminada

  • De la semana 12 a los 6-8 mese: su sociabilidad se hace más discriminada y comienza a organizar a sus personas familiares, dirigiéndose principalmente hacia su figura de apego principal, aunque todavía no protesta cuando esta se va.

  • Del mes 6 a los tres años: aparece el apego propiamente dicho. Se hace activo en la búsqueda de la figura de apego a quien utiliza como base segura para su exploración y como protección en momento de estrés. A los ocho mese protesta si se marcha y a los diez aparece el miedo a los extraños.

  • A partir de los tres años, el niño establece una relación de regulación mutua. Puede entender de alguna manera los sentimientos y motivos del otro y también puede hacer cosas para influir en ellos: puede hablar, llorar, moverse, abrazar… Si la figura de apego se va, pero sabe dónde ha ido y cuándo volverá, el niño se sentirá seguro en su ausencia.

Con el apego nos jugamos que el niño vaya experimentando la seguridad y la confianza o el temor y la ansiedad. Va a intentar ajustar su respuesta (conducta de apego) para acercarse a la persona de apego o que éste mantenga la proximidad. Es activo y va valorando su necesidad de contacto con la proximidad del otro. Cuando se plantea si su figura de apego, por lo que ha venido experimentando ya, es accesible, cercana, dispuesta a responder, se sentirá seguro y confiado y podrá explorar, jugar, sonreír, ser sociable. Pero si lo que se plantea es que no, aparecerán el miedo y la ansiedad, y el llanto, y el correr hacia la figura de apego y pegarse a él, y las suplicas, y las llamadas… Si aún haciendo todo esto, no consigue una respuesta adecuada y continúa conviviendo con la ansiedad, buscará una salida defensiva, apareciendo como más autónomo de lo que es en realidad, desapegándose.


Podemos encontrar que según autores estas cuatro fases fluctúan más o menos, constituyéndose el segundo año de vida como el momento de consolidación del apego, enriqueciéndose con las nuevas habilidades cognitivas y lingüísticas.
Pero lo que parece claro, es que para que estas fases se vayan desarrollando de forma adecuada, tienen que ir dándose unas condiciones básicas, que Lecannelier, F. resume asÍ:


    • La relación afectiva debe ser duradera en el tiempo (duración de años, de lo contrario no se fortalece el apego).

    • La relación afectiva debe ser estable y consistente en el tiempo (carencia de separaciones prolongadas, ni cambios bruscos en la conducta de crianza).

    • La relación afectiva debe comprender un patrón de protección/regulación del stress (considerado como cualquier estado que desequilibre la homeostasis biológica, afectiva y social del organismo).


  1. Protagonistas del apego

Todos los estudios sobre el apego citados van a llegar a la misma conclusión: las relaciones de apego van a tener dos protagonistas fundamentalmente:



  1. La madre y su forma de mostrarse accesible o no al bebé, es decir, sus pautas de crianza (interacción con el bebé, sensibilidad y rapidez en la respuesta ante las demandas o señales del bebé). Técnicamente nos referimos a su sensibilidad, que se constituye en un organizador psíquico básico. Si este tipo de respuesta sensible es ofrecida a lo largo del primer año de modo continuado, es el mejor predictor de la seguridad de apego del niño (Gamarnik, Y., 2005).

Esta respuesta sensible, continúa Gamarnik, implica “ser capaz de notar las señales del bebé, interpretarlas en forma adecuada y responder apropiada y rápidamente.” (pg. 113).


La gran mayoría de las madres, encuentran agradables los intercambios que realizan con sus hijos. Hay un intercambio de miradas y sonrisas. Lo mejor que puede ofrecer una madre (y por extensión cualquier cuidador significativo) a sus hijos es una BASE SEGURA (término desarrollado por Ainsworth): aquella a partir de la cual el niño puede salir a explorar y a la que puede regresar sabiendo que será bien recibido, física y emocionalmente, y por quien será calmado o consolado si se encuentra triste o asustado. Es una persona accesible, que interviene activamente sólo cuando es necesario, y que está preparado para cuando se le pide alivio o consuelo. Una madre se constituirá en base segura si es capaz de leer la conducta de apego de su hijo y responder adecuadamente al respecto.
La falta de sensibilidad no tiene que implicar necesariamente una conducta violenta. Puede ser una mala lectura del estado y necesidades del bebé o un fracaso en su apoyo para el logro de los mismos. Esto ha sido muy estudiado por la psicología cognitiva, y autores como Crittender avalarán la idea de que la negligencia de mucho padres se debe a esta déficit en la lectura de las demandas y necesidades del niño.


  1. Determinadas características del bebé (temperamento, nacimiento prematuro, déficit sensoriales…).

En relación al temperamento, generalmente su habla de tres tipos:




  • Temperamento agradable: son bebes con buen humor, que se adaptan rápidamente a las situaciones y cambios de rutina, comen bien y cuando están inquietos lo manifiestan de forma amena o incluso se calman ellos mismos.

  • Temperamento reservado: son normalmente tímidos, les cuesta adaptarse a los cambios y personas , son precavidos y se agitan con facilidad.

  • Temperamento difíc¡l: suelen ser bebés muy inquietos, duermen mal, requieren de atención constante, cuando sienten malestar lloran intensamente y son difícilmente consolables.

Con Thomas y Chess (1997), nos inclinamos a pensar que en esta interacción entre el temperamento del niño y las características de los padres, la seguridad del apego va a resultar de la personalidad y circunstancias del adulto, más que del niño. De tal manera que aunque el temperamento difícil no implique directamente la generación de un vínculo inseguro, sí limita las posibilidades de desarrollo de uno seguro (Oliva, A., 2004), dependiendo de la estabilidad o no del adulto.


Con los niños prematuros, las exigencias del cuidador aumentan. Estos niños suelen estar menos alerta, interactúan menos y tienen más dificultad para expresar sus necesidades. Además, la situación hospitalaria y los tratamientos son elementos intrusivos en el establecimiento de la relación. El aumento de la ansiedad de la madre y su percepción de sí misma como no capaz hacen pensar en si las pautas de apego pueden ser diferentes a cuando el niño ha llegado a los nueve meses de gestación. Esto también depende de los riesgos de complicaciones posteriores. Pero el elemento que hay que considerar es la situación estresante que supone para la madre, y para la familia en general. Cuando el riesgo de complicaciones es bajo, no parece haber diferencias en la consolidación de vínculos entre madres con niños prematuros o normales (Sobotková, Dittrichová y Mandys, 1996).

Con niños con dificultades auditivas, éstas no parecen afectar a la calidad de las relaciones ( Lederberg y Mobley, 1990; Koester y Mac Turk, 1991).


Parece ser que, como con el temperamento, es la estabilidad de las figuras de apego, su manejo de la nueva situación, su capacidad y recursos para cubrir las necesidades del niño y su apoyo social y familiar, lo que facilita o dificulta en mayor grado el establecimiento adecuado del vínculo, como sugiere el siguiente punto.


  1. Justicia (2000), añade que también habría que introducir un tercer elemento es el de otras variables contextuales, como la relación entre la pareja, el apoyo social, la economía o el nacimiento de otro hijo.

Diversos estudios (Davies y Cummings,1994, por ejemplo), revelan como las tensiones entre la pareja y estrés familiar pueden desbordar a madres potencialmente sensibles a las demandas del niño.
Un buen apoyo social puede ayudar en momentos de estrés y conflicto, permitiendo un mejor desarrollo de la función paterna (Crockenberg, 1988).
Y por ello se considera la relación existente entre buen ajuste de la pareja, buen apoyo social y apego seguro (Belsly e Isabella, 1988).


  1. Mamá, papá y los hermanos.

Es verdad que el apego se establece con la persona de referencia significativa, y que esta no tendría que ser obligatoriamente la madre. Lo es, normalmente por distintos motivos:



  • porque si todo ha ido bien, lleva ya tiempo, antes de que nazca el bebé, vinculándose con él física y emocionalmente, y sintiendo no sólo los movimientos del bebé, sino la sincronización con él, quien discrimina ya la voz de su madre a partir de los seis meses de embarazo y a quien reconocerá antes que a nadie por su olor, su voz y su cara. Este inicio del vínculo antes del nacimiento lo desarrollaremos más en el apartado 9.

  • Porque normalmente es la persona que más tiempo pasa con el bebé, y ya sabemos lo importante que es el tiempo en el establecimiento primero del vínculo de apego, junto con la calidad de las interacciones.

  • Porque las actividades que suelen desempeñar padres y madres con los hijos, suelen ser diferentes, dejando normalmente para la madre lo que tiene que ver con el cuidado del bebé y dejando más al padre lo relacionado con las actividades lúdicas. Incluso cuando juegan, lo hacen de forma diferente. Parke, Power, Tinsley y Himel (1981), señalan que las madres se inclinan más por juegos verbales y en torno a juguetes y los padres por juegos que implican actividad física.

Por lo demás, esta unión no es teóricamente obligatoria. De hecho el apego se establece con la persona que le atiende y calma en momentos de angustia y miedo. Este puede ser la madre, el padre, la abuela o cualquier otra persona.

Si bien esto es cierto, también lo es que la evolución cultural y la asignación de roles en relación al género está cambiando y también las pautas de crianza, de modo que ahora es más fácil ver a padres implicados en tareas que generalmente habían sido ligadas a la madre.
Lo normal es que el niño establezca relaciones de apego con los dos, pero con una jerarquía, donde normalmente es la madre el cuidador principal.
Esto implica que el niño pueda buscar una figura de apego, u otra, dependiendo de las situaciones: si está enfermo, es probable que acuda a la madre y si quiere jugar acuda al padre, o que en otras ocasiones quiera ir con la abuela. El que el niño cuente con distintas figuras de apego con las que establece una jerarquía de preferencias es un factor que va a ayudarle en distintas situaciones familiares, como la elaboración de los celos, aumenta la estimulación, facilita el aprendizaje por observación e identificación y ayuda en momentos difíciles y estresantes como las pérdidas, las enfermedades o las ausencias.
También es normal que cuando viene un hermanito antes de los dos años, es decir, cuando se está consolidando el apego, aparezcan los celos. Desde una perspectiva del apego, estos son entendidos como una amenaza a la disponibilidad de la figura de apego y tienen sentimientos ambivalentes en relación al hermano. Hacerles ver que esa disponibilidad no está en juego es la mejor manera de ayudarles en estas situaciones de rivalidad que puede conllevar incluso algún tipo de regresión.
Por eso conviene explicarle lo que está sucediendo, hacerle partícipe de la espera, la llegada y el cuidado del bebé y ofrecerle la disponibilidad de más figuras de apego.
Este momento de reorganización del sistema familiar, hace que en ocasiones se fortalezca la relación entre el padre y el hijo mayor, mientras la madre se dedica a los cuidados que necesita el bebé recién nacido.
Entre los hermanos, aunque hay pocos estudios al respecto, también parece que se generan relaciones de apego. Así, por ejemplo, podemos observar como hermanos mayores cuidan de sus hermanos pequeños de manera similar a como lo haría su madre, o se proveen mutuamente de seguridad en situaciones desconocidas, en momentos tristes o en separaciones de los padres.



  1. El vínculo bien establecido: apego seguro.

Hasta ahora hemos ido señalando las características de lo que terminaría dando lugar a un apego seguro: presencia, disponibilidad, accesibilidad, predictibilidad. Eso que, cuando se ha desarrollado, dirá Dantagnan, M. (2005) permite al niño discriminar familiares de extraños, evocar la representación mental de sus figuras de apego cuando no están disponibles, y por eso se angustia cuando se van y se alegra cuando vuelven. Irá internalizando esta figura estable y podrá poco explorar a los demás y a su entorno, y desarrollar la empatía, la modulación de sus impulsos y deseos, la construcción del sentimiento de pertenencia, el desarrollo de la capacidad de dar y recibir, desarrollar una conciencia ética, manejar situaciones emocionalmente difíciles como pérdidas y rupturas y ofrecer un apego seguro a sus futuros hijos.


¿Qué podemos decir de los padres que generan un apego seguro en sus hijos?
Los estudios sobre transmisión intergeneracional del apego, demuestran a través de una técnica llamada Entrevista de Apego en Adulto (George, Kaplan y Main, 1985), que los padres que integran su capacidad de cuidar y proteger a sus hijos con la reflexión sobre sus experiencias con sus figuras de apego pueden tener una imagen adecuada de las demandas, comunicaciones y necesidades de sus hijos (Fonagy, 1995). Son, en la escala derivada de la entrevista, padres autónomos/libres, quienes suelen mostrarse sensibles y afectuosos y quienes gracias a esa capacidad de reflexión, muestran coherencia en la valoración de sus propias experiencias infantiles, buenas y malas, sin idealizaciones ni satanizaciones de sus padres. Y por ello ayudan a que sus hijos vayan formando una imagen de sí mismos como valiosos y amados, generando una buena autoestima (Sroufe, 1997), y a que vean a los demás como predecibles y confiados. Suelen mostrarse sensibles y afectuosos.



  1. ¿Qué pasa si no se establece un buen apego? Dificultades en el vínculo

Pero no siempre es el niño el protagonista de la relación y el que ve cubiertas sus necesidades de forma adecuada. Nuestro psiquismo y sus necesidades también buscaran una salida... Qué ocurre cuando la que tiene la necesidad de cuidado es la madre y lo pone en el bebé (Casado u Berlín 1994). Qué ocurre cuando los padres establecen un patrón de comportamientos que en lugar de ayudar a regular el estrés del niño, lo aumentan. Qué ocurre cuando conductas que podrían ser buenas, se tiñen de un tono que hace entender significados implícitos en la relación con el niño, que le confunden y le ponen en una tesitura de elección ante la que no están preparados. Qué ocurre con nuestros errores comunicativos afectivos. Qué ocurre cuando el cuidador tiene traumas no resueltos o conductas atemorizantes. Qué ocurre cuando los padres se sienten con poca capacidad para cuidar a sus hijos. Qué ocurre si confundimos roles y límites, cuando somos demasiados intrusivos o demasiado fríos o evitamos el contacto.
Nos referimos, no a cuando lo hacemos alguna vez. Ya hemos visto cuando hablábamos de los protagonistas del apego, que los factores son muchos y que no siempre estamos en condiciones perfectas. No hablamos de eso. Hablamos de cuando estas situaciones se convierten en patrones de comportamiento y por lo tanto en la forma normal de establecer el vínculo de apego con el niño, quien intentará, por su parte, regularse para adaptarse a él, porque para él es absolutamente necesario ese vínculo.
Vamos a recurrir a la clasificación de los tipos de apego para poder analizar un poco más este aspecto


  1. Tipologías de apego y su efecto

El interés tanto de Bolbwy como de Mary Ainsworth por el estudio del desarrollo de la personalidad y la importancia de las interacciones tempranas, les llevó a una fructífera colaboración. Ainsworth diseñó una situación experimental que ayudó a comprobar experimentalmente y ampliar la teoría del apego.
Ainsworth había viajado a Uganda en 1953 estudiando las interacciones entre las madres y sus hijos , entre uno y dos años, en un escenario natural. Comenzó a prestar especial importancia a la sensibilidad de la madre a las señales de su hijo, su disposición a responder cuando era demandada, y observó tres tipos de patrones de relación: el seguro, el inseguro y el no apegado. Siguió haciendo investigaciones en este sentido en Baltimore.

Para observar y valorar las conductas de apego y de exploración de bebés de hasta dos años en situaciones de estrés, diseñó la Situación Extraña (Ainsworth y Witting,1969), y encontró los mismos resultados que había observado en el contextos naturales.


El experimento se dividía en ocho fases:

        1. Madre, niño, observador (inicio del experimento)

        2. Madre y niño

        3. Extraño, madre y niño

        4. Extraño y niño

        5. Reencuentro madre e hijo

        6. Niño solo

        7. Reencuentro extraño y niño

        8. Reencuentro madre e hijo.

Basándose en indicadores como la ansiedad por separación, la reacción en el reencuentro y la utilización de la figura de apego, Ainsworth describió tres patrones de conducta que se correspondían a tres tipos de apego:


- Niños de apego seguro: Lo que se pudo observar en esta situación era que los niños exploraban más en presencia de la madre, disminuyendo cuando entraba la extraña y más aún cuando desaparecía la madre. Es decir, las conductas de apego se activaban ante la presencia de algún peligro y disminuían las conductas exploratorias, ya que para estas últimas la presencia de la madre se constituía como una base segura desde la que poder explorar. En casa, las madres se mostraban sensibles y acudían a la llamada del bebé, mostrándose disponibles. Los niños lloraban poco en casa. Cómo son los padres que generan este tipo de apego con sus hijos, lo hemos explicado en el apartado 7.
- Niños de apego inseguro-evitativo: Estos niños se mostraban muy independientes y rápidamente se ponían a explorar al margen de su madre. Tampoco parecían mostrarse afectados ni cuando la madre se iba ni cuando volvía. Ainsworth interpretó que este desapego e indiferencia, reflejaba dificultades emocionales similares al de los niños que habían sufrido pérdidas. En casa, las madres eran relativamente insensibles a las peticiones del niño, y éste se mostraba muy inseguro, con una preocupación excesiva hacia la presencia de la madres y llorando intensamente cuando ésta se iba. Por ello, lo visto en el experimento reflejaba la actitud defensiva de un niño que intentaba negar la necesidad de su madre para no sentir la frustración de otro rechazo.
Ampliando este punto un poco más, y siguiendo a Lecannelier, F., podemos decir que los padres que generan hijos con un patrón de apego inseguro evitativo, son padres indiferentes, castigadores o desviadores de toda expresión de apego cuando el niño se encuentra en una situación de estrés. Tienen dificultad en al intimidad afectiva con el niño, le refuerzan conductas autónomas precoces y tienen una tendencia a reaccionar de un modo retrasado o dilatado a las respuestas que presenta el niño cuando necesita del apego.
Indica además que estos niños tendrán la siguiente trayectoria según se van acercando a la edad escolar:

  • Niños inhibidos y complacientes en la infancia, pero agresividad y descontrol en el contexto preescolar y escolar (Sroufe et al., 2006).

  • Niños con dificultad en la expresión, comunicación, cercanía y empatía con los otros (Crittenden, 1997).

  • Escolares y adolescentes con tendencia a defenderse y minimizar los afectos relativos a la relación con los padres y pares (Target et al., 2002; Main et al., 1999).

- Niños de apego inseguro ambivalente: Estos niños presentaban una preocupación tal sobre dónde estaba su madre, que no podían explorar, y aunque pasaban un muy mal rato cuando la madre si iba, a su regreso se mostraban indiferentes, moviéndose entre el rechazo y el acercamiento. En casa las madres se mostraron inconsistentes a la demanda del niño: unas veces acudían y eran cálidas y otras veces eran frías e insensibles, con lo cual el niño no estaba seguro de la disponibilidad de su madre.


Además, cuando el niño explora, interfieren en lo que hace, interviniendo. Esto, más lo anterior aumentan su dependencia. Por lo que el niño, ante esta necesidad inconsciente de la madre de generar dependencia, se muestra dependiente. Con ello garantiza la cercanía de la madre, pero también pone en jaque su desarrollo evolutivo. Ampliando un poco más, además de lo señalado, los padres que generan un patrón de de apego ansioso ambivalente tienen un patrón inconsistente entre lo verbal y no verbal y entre lo privado y lo social en relación al niño.
Su trayectoria puede ser la siguiente: (Lecannelier,F.)

  • Niños ansiosos, hipersensibles, y con claras dificultades para enfrentar los problemas y el stress (Sroufe et al., 2006).

  • Niños con tendencia a establecer relaciones de coerción (pasiva o activa), manipulación y alta demanda (Crittenden, 2002).

  • Escolares y adolescentes “sobre-preocupados”, ansiosos, exagerados en los afectos, y controladores en las relaciones (Target et al., 2002; Main et al., 1999).

Posteriormente Main y Solomon (1986) han añadido el apego inseguro desorganizado/desorientado, recogiendo muchas características de los dos grupos de apego inseguro que eran inicialmente inclasificables. Estos son los niños que presentan una mayor inseguridad. Se reúnen con la madre mostrando conductas confusas y desorganizadas, como acercarse a ella con cara triste, volver la cara hacia otro lado mientras la madre le sostiene, pasan de la tranquilidad al llanto, adoptan posturas rígidas y tienen movimientos estereotipados.
Este patrón ha sido estudiado por investigadores como Lyons-Ruth (1999), Bernier y Meins (2008), Solomon y George (1999), Main y Hesse (1990) y muchos otros han investigado sobre esto.
Estos padres pueden moverse entre un estilo más atemorizante/autorreferente o uno más atemorizante/inversión de roles.
El primer estilo corresponde a padres agresivos, intrusitos, incapaces de ver y calmar la angustia del niño. Tienen una representación negativa y agresiva del niño que “llora todo el día para molestarle” (autorreferente).
El segundo es más típico de padres que depositan la responsabilidad de la educación en el niño. Tienen una alta tendencia a la evitación y a no asumir su rol de padre. Puede haber “sexualización”, no necesariamente a través de actos, y pueden ser padres asustados y desorientados ante sus hijos.
La evolución de estos niños, puede ser la que se refleja en los siguientes puntos (Lecannier,F.), según sean de un tipo o de otro:

  • Tipo Desorganizado activo:

    • Niños agresivos, extremadamente manipuladores, “simuladores”, punitivos.

    • Niños con reacciones descontextualizadas, y sobre-reacción frente a situaciones impredecibles.

    • Tendencia a la agresividad extrema (delincuencia, maltrato familiar, etc.)

  • Tipo Desorganizado pasivo:

    • Niños complacientes y cuidadores con sus padres.

    • Alta inhibición, soledad y pseudo-adaptación.

    • Dificultad en sentir y pensar.

La razón por la que los niños van a terminar adquiriendo un tipo de apego u otro, es que a través de esas interacciones y de la vivencia de la disponibilidad de la madre, van generando lo que Bolbwy llama modelos internos de trabajo, esquemas mentales que se hacen de aquellos con los que se relacionan y de sí mismos. Es decir, van interiorizando lo que pueden esperar de su figura de apego y lo que tienen que hacer para mantenerla. Así, si viven a la figura de apego como segura, se sienten tranquilos y pueden explorar, sabiendo que si les ocurre algo pueden acudir a ella: desarrollaran patrones de seguridad y de confianza respecto a sí mismos y a los demás.


De estos cuatro tipos de apego, el peor es el desorganizado, porque a diferencia de los otros tres, éste no ofrece ninguna posibilidad de predecir lo que va a ocurrir.



  1. Las cosas no empiezan cuando empiezan…

Mi querido recién llegado (o llegada, claro está):

No sé muy bien cómo empezar esta carta, tan emocionada estoy desde que, hace días, regresé del médico con la noticia de que tú estabas dentro, en el calor de mi vientre, dispuesto a compartir conmigo todo esto que parece tan simple- respirar, comer, moverse- pero que, en realidad, debe de ser muy difícil para alguien que se encuentra en un espacio tan reducido. O a lo mejor no es tan difícil, y vas a pasarlo bien en mi interior. Te confieso que yo, cuando en mi trabajo las cosas se ponen muy feas, o cuando afuera no veo más que guerras y muerte, pienso en lo bonito que sería poder regresar, aunque fuera por momentos, al útero materno, estar ahí, envuelta, protegida, con el alimento asegurado y un buen clima, calentita, sin que nada ni nadie pudiera invadir ese pequeño espacio. Es una idea loca. Ya sabrás, por experiencia, que una vez que se sale del vientre de la madre es imposible regresar, por mucho que lo deseemos.” (pg 25).
Así comienza la primera carta que la madre de Juan escribe a su hijo en el momento en el que sabe que está embarazada. Se abre para ella un mundo distinto donde comienza ya a compartir con otro alimento y expectativas. Comienza un gran cambio, sin vuelta atrás.
La experiencia, la clínica y la cotidiana, nos pone de relieve que el vínculo entre la madre y el bebé empieza mucho antes de que este vea la luz. Y cómo se va gestando también todo ese proceso de asunción de la nueva realidad y de apertura a la vida de otro va a influir en cómo la madre acoge al bebé recién nacido.
Y lo mismo podríamos decir del padre, quien de forma mediada va pasando también por un proceso de vinculación que estará disponible cuando el bebé llegue.


Es cierto que después este proceso dinámico cambiará y tomará todas las características que hemos visto ya en este capítulo. Pero es innegable que no se empieza de cero: hay quienes llevan años intentándolo, hay quienes se alegran de la noticia, y a quienes les pilla a contrapié; hay quienes se alegran y quienes dudan o reniegan…Todo esto forma ya parte de lo que llegará a ser la relación con el bebé.
Los estudios al respecto no son tan numerosos como los que encontramos en relación al establecimiento del vínculo mismo con el bebé ya nacido, quitando la transmisión intergeneracional del propio vínculo a través de los padres.

Muchos de estos aspectos son los que Fernández, L.M. (2005), llama variables que mediatizan el proceso de apego: percepción de los movimientos fetales, embarazo deseado o no deseado, parto prematuro, embarazo de alto riesgo, satisfacción conyugal, dificultades psicológicas y emocionales, edad de la mujer gestante o grado de aceptación de la imagen corporal. A ella me remito para un mayor acercamiento a los estudios que acompañan a estos factores. Además, habla del desarrollo del vínculo afectivo prenatal a través de consideraciones evolutivas y canales de comunicación y la estimulación temprana. Para hacer una revisión de las investigaciones al respecto, remitimos a esta autora.
Propongo no obstante las siguientes pistas para la reflexión, porque en este apartado no queremos quedarnos únicamente en el proceso del embarazo, sino en aquellos aspectos previos incluso al momento físico que pueden influir.
Son las siguientes:
        1. Punto de partida
        2. El niño deseado, el niño temido, el niño real y su integración
        3. Momento de cambio y toma de decisiones
        4. Nueva situación, nuevas emociones
        5. El cuerpo que acoge y cambia
        6. Acontecimiento vital estresante
        7. El lugar que ocupa en la familia
        8. ¿Sabré hacerlo?
        9. El tercero acompañante y protagonista


  1. Punto de partida
Desear o no desear tener un niño, y con ello lo que conlleva un embarazo es un punto de partida que no por obvio deja de ser fundamental. Su deseo por parte de la pareja genera emociones positivas tanto hacia el embarazo como hacia el futuro hijo, facilita la incorporación de los cambios que hay que realizar a distintos niveles (como veremos en el apartado siguiente) y los que se realizan solos, como los cambios corporales, reduce el impacto de desordenes emocionales en la madre y en el hijo y pronostica una mejor vinculación.
Por ello, volvamos a la pregunta: ¿cuál es el punto de partida ante la noticia del embarazo?. Es una situación ante la que es imposible no sentirse afectado en toda la amplitud de la palabra. Es indudable que dependiendo de la situación personal, de pareja, familiar, de lo deseado o no de ese embarazo, las emociones generadas (unas u otras) van a impregnar al proceso del embarazo. Algunas preguntas importantes que habría que hacerse en torno a este punto de partida serían las siguientes:
  • ¿Desde cuándo quiero tener un hijo?
  • ¿Por qué quiero tener un hijo?
  • ¿Mi pareja lo quiere igual?
  • ¿Cómo afecta mi estilo de vida actual al hecho de tener hijos?
  • ¿Tengo el suficiente apoyo económico y social?
  • ¿Cuál es mi situación personal (edad, estado…?
  • ¿Cuáles son mis expectativas
  • Sobre el embarazo?
  • Sobre el niño?
  • Sobre mí?
  • Sobre la maternidad?
  • Sobre la pareja?
  • Sobre el contexto?
  • Sobre el parto?
  1. El niño deseado, el niño temido, el niño real y su integración
Podríamos decir que el bebé comienza a ser , cuando comienza a ser pensado, ampliando lo que le transmitimos mucho más allá de una simple herencia genética. Le hacemos partícipes y protagonistas de nuestros deseos, miedos, expectativas, ilusiones. Para algunas ese momento será el del propio embarazo. Para otras será mucho antes, y para algunas ese momento se dilatará tanto que dudaremos de su establecimiento de vínculo.
Ya desde el comienzo del embarazo, la madre puede encontrarse con sentimientos conflictivos hacia él. El deseo de quedarse embarazada o no, la preocupación sobre si el bebé será sano o no, si sabrá ejercer el papel de madre o no… configuran lo que podríamos llamar el triángulo niño deseado (o idealizado), el niño temido y el niño real.
Si preguntamos por ejemplo si prefieren que sea niño o niña, qué nombre han elegido y por qué, entre otras preguntas, nos estarán hablando del niño deseado. Todo lo que ponen en él de expectativas, de cómo querrán que sea, si lo necesitan para curar a un hermano… completa ese niño idealizado.
Si el embarazo se produce en situaciones complicadas o conflictivas, si las experiencias previas en relación a otros embarazos o a su propia relación materna, si hay posibilidad de transmitir alguna enfermedad, o en las mujeres avanzadas en edad, el riesgo al síndrome de down… forma parte de ese niño temido.
Estas dos concepciones del niño tienen que entrar en contacto con el niño real, con el concreto, y aceptarlo en su individualidad. Si no es así, todas esas expectativas, muchas de ellas de prolongación de deseos no realizados en las vidas de los propios padres o esos temores o conflictos no resueltos, harán que la labor de los padres, la de contribuir a educar a personas autónomas y originales, fracase, y el tipo vínculo que forjen con sus hijos tal vez no sea el adecuado.
Además, ya hemos visto cuando hablábamos del cuerpo, cómo este se organiza tanto en función del bebé, que la madre pasa a ser una contenedora y una productora de hormonas que se ponen al servicio de otro. Pero, y a nivel psíquico ¿cómo aceptar esa presencia?. Desde sentirlo como algo extraño, a parte de una misma, pasando por lo señalado anteriormente, a vivirlo como algo con lo que están absolutamente fusionadas cuando nacen, tanto, tanto, que si no fuera por ese tercero simbólico que es la pareja o alguien que les haga ver que el mundo va más allá de la simbiosis, sería imposible tanto la primera socialización del niño como la vuelta a esa nueva forma de autonomía en la que finalmente se sitúa la madre.
Cuando el niño es prematuro, la distancia entre el niño ideal y el real es grande, y es un momento delicado. Lo que tienen no es con lo que habían fantaseado y se añaden elementos de estrés y de preocupación por la evolución. Cuando pensaban en cómo relacionarse con el niño y cómo desarrollar su labor de padres, posiblemente no pensaban en esto, y pueden generarse problemas de interacción, problemas psicosomáticos reflejo de la ansiedad y la posibilidad un debilitamiento del vínculo afectivo, que se verá también afectado por la menor reactividad del bebé a los estímulos de la madre.
Por eso ese momento es un momento delicado que hay que cuidar e intervenir si se requiere. En este sentido creemos que la red de apoyo con la que cuentan los padres es fundamental.


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