De Procusto a Podemos. Ensayo sobre la desigualdad



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Alarmistas igualitarios

La colección de consignas alarmistas a propósito de la desigualdad no tiene límites, ni tampoco tienen rubor quienes las esgrimen, como un catedrático de la Universidad de Cambridge, Göran Therborn, que concluyó: “la desigualdad mata”. También provoca temor Joseph Stiglitz: “Las sociedades sumamente desiguales no funcionan de forma eficiente y sus economías no son estables ni sostenibles a largo plazo”. Las explicaciones de tales diagnósticos dejan mucho que desear.

Piketty es alarmista, porque pronostica que el capitalismo tenderá a crecer poco y a ser muy desigualitario: los rendimientos del capital aumentarán más que el crecimiento económico, y esto generará una especie de casta o trama patrimonialista, cada vez más rica y poderosa, frente a las masas empobrecidas y desheredadas (literalmente, porque los ricos se perpetuarán mediante herencias). Con lo cual tendremos una riqueza “desbocada en favor de los poderosos”.

Las consignas de este tipo podrían multiplicarse indefinidamente, pero siempre son alarmistas y no siempre tienen respaldo. Varios autores, como Phillip W. Magness y Robert P. Murphy, revisaron las estadísticas de Piketty y comprobaron que, al revés de lo que se cree, son deficientes. Carlos Góes dice que las cifras apuntan en sentido contrario a las alarmistas tesis de Piketty.

Martin Feldstein señaló que otro de los fallos del francés es ignorar los cambios en la fiscalidad registrados en las últimas décadas. Asimismo, el joven economista Matthew Rognlie demostró que en las cifras de Piketty la clave del aumento en la desigualdad es el patrimonio inmobiliario, y los demás capítulos de la inversión no tienen una tendencia clara.

La desigualdad no debería suscitar alarma en términos generales, porque puede ser buena o mala, en el sentido de beneficiar o perjudicar a la sociedad. La buena desigualdad es la generada en libertad y competencia, mientras que la mala es la derivada de los privilegios, las regulaciones y los monopolios; el rescate a la banca, por ejemplo, o el proteccionismo comercial.

Como dice Angus Deaton, no toda la desigualdad es mala, en particular no lo es la desigualdad que brota de la innovación y la inventiva: “Estar en contra de esa clase de desigualdad es estar en contra del progreso mismo”.

Por desgracia, esta distinción crucial entre desigualdades no es subrayada, del mismo modo que no generan ninguna alarma unos Estados cada vez más grandes y desiguales con respecto a sus súbditos.

Quizá la alarma mayor debería provenir de la propia noción de que la igualdad económica es algo que debe alcanzarse mediante la imposición política y legal. Esto es una incoherencia moral, porque las personas somos inviolables en todo, no sólo en nuestros cuerpos o nuestra dignidad.

Una de las contradicciones del pensamiento único antiliberal estriba precisamente en esto: en creer que debemos ser respetados en nuestra propiedad personal y física, en nuestro honor y nuestra libertad de expresión, pero no en la propiedad de nuestros recursos y nuestra libertad para contratar voluntariamente con nuestro prójimo.



Empresarios y trabajadores

El ex presidente norteamericano Barack Obama llegó a referirse a los empresarios exitosos como “ganadores de la lotería de la sociedad”.

Son dos errores. Primero, el empresario que triunfa es cualquier cosa menos un jugador de lotería, porque la característica fundamental de la lotería es que la probabilidad de ganar o perder es conocida de antemano y puede especificarse con precisión. El empresario no es así, y por eso podemos contratar un seguro contra muchas cosas, pero ninguna compañía nos asegurará el beneficio de nuestra empresa. El segundo error es pensar que esa “lotería” del empresario es de la sociedad, porque el empresario crea riqueza y empleo a través de contratos que las personas libremente establecen con él: la propiedad de todos es privada, no es de la sociedad. Este truco es utilizado ampliamente (como cuando se habla de “riqueza social”) para usurpar los beneficios empresariales, como si no tuvieran legítimos dueños.

La labor creativa del empresario es sistemáticamente devaluada o ignorada por los igualitaristas antiliberales al estilo de Piketty, que tiene una “hostilidad medieval” al beneficio del capital, como dice Daniel Shuchman, y que sólo considera al empresario como un mero rentista, sin riesgo, como denunciaron, entre otros, Tyler Cowen y Anthony de Jasay.

El antiliberalismo, al desconocer las fuentes de creación de riqueza, sistemáticamente invita a la violación de los contratos que permiten crearla. De ahí que siempre los matice o los niegue, atribuyéndoles una letal desigualdad que sólo la coacción estatal puede reparar. Y esto, que durante mucho tiempo se dio por supuesto entre empresarios y trabajadores, ahora se ha multiplicado para todos los conflictos que los antiliberales creen que hacen imposible la sociedad libre, desde hombres vs. mujeres hasta compradores vs. vendedores de cualquier bien o servicio.

Eso explica también el desprecio general a los trabajadores, que comparte Piketty al negarse a incluir en el capital al capital más importante de la economía, y a menudo el único que poseen los trabajadores: el capital humano, que es el germen de la movilidad social y lo que explica la creación de la clase media en el último siglo.

Deirdre McCloskey afirma que Europa prosperó no por el capital acumulado antes, ni por la tecnología ni por la estabilidad institucional: todo eso regía en China. Pero en Europa surgieron ideas. Una fue la libertad: “La gente libre es ingeniosa. No lo son los esclavos, los siervos, las mujeres sometidas, las personas petrificadas en una jerarquía de señores y burócratas”. Ese ingenio creativo del pueblo es la clave: “el 95 % del enriquecimiento de los pobres desde 1800 no se ha debido a ninguna ayuda sino a la economía más productiva”.

Y cómo es él

Hemos visto que el igualitarismo no se encuentra avalado ni por las teorías ni por los datos. Consideremos otra hipótesis, que recurre a la psicología. ¿Tienen los igualitaristas algunos rasgos comunes? O, en palabras de José Luis Perales: ¿Y cómo es él?

Mi conjetura es que los que más están preocupados por la desigualdad son los más desiguales, pero no los más desiguales porque tienen poco, sino porque tienen mucho.

Los economistas que más alarman con la desigualdad son personas célebres, como Thomas Piketty, que vendió más de un millón de ejemplares de su libro, o Stiglitz, Solow y Krugman, tres premios Nobel de Economía. Son personas francamente desiguales.

Warren Buffett pidió pagar más impuestos, alegando que su secretaria pagaba más que él, lo que era muy desigual (por cierto, un matiz: muchos millonarios cobran beneficios por dividendos del capital, cuya fiscalidad suele ser más baja porque el dinero pagó ya impuestos antes, como Sociedades).

Bill Gates alabó a Piketty, que quiere subirles aún más los impuestos a las personas como él. Mark Zuckerberg, el multimillonario fundador de Facebook, acudió a Harvard, universidad que abandonó para ser empresario, y recibió un doctorado honoris causa. Allí pidió luchar contra las desigualdades imponiendo una renta básica, “para que todo el mundo tenga un colchón para probar cosas nuevas”. Elon Musk, el CEO de Tesla, desbarró sobre las amenazas de los robots, y reclamó también una renta básica.

Lo mismo sucede con las grandes burocracias internacionales, supuestamente “neoliberales”. Jonathan D. Ostry, Director Adjunto del Departamento de Investigación del IMF declaró: “Para salvar la globalización, sus beneficios deben ser compartidos con más amplitud”, y esto lo dijo en el Foro Económico Mundial, otro sitio de privilegiados que están muy inquietos por la desigualdad.

Y así, todo. Los medios de comunicación destacados en subrayar la desigualdad suelen ser importantes y desiguales. Los periodistas, también. Leí a un catedrático escribiendo en un importante periódico que la desigualdad es nuestra principal “enfermedad social”. Otro diario editorializó sobre la desigualdad llamándola “perversa”.

Mi conjetura es que, aparte de que puedan tener vergüenza de su propia riqueza e importancia, puede que quizá sean narcisistas, que se vean como quienes empujan con su sabiduría a la sociedad, mientras que a las pobres masas hay que darles algo para que se queden tranquilas, vagueando. Ellos, los desiguales, son los líderes, los ingenieros de la nueva sociedad, los médicos que nos curarán la enfermedad social. Y los demás somos realmente muy poca cosa. Vamos, que no se nos puede dejar en paz y libertad.

En mi experiencia personal me ha pasado algo parecido. Entre mis amigos, los que más insisten en la gravedad de la desigualdad son los más ricos, los profesionales más destacados, los más desiguales.



De Podemos a Procusto

Pablo Iglesias, preocupado por la desigualdad, declaró que es “algo que no nos podemos permitir” por la “fractura social” que comporta. Cuando despotrica contra el PP, tiene claro cuál es un punto principal de su queja: “en España hay más desigualdad”. Es falso, pero las personas llegamos a creer cosas absurdas durante mucho tiempo más allá de su refutación.

Johan Norberg ironiza sobre el escaso porcentaje de personas que son capaces de reconocer que el mundo mejora: son apenas el 6 % en Estados Unidos: “Más norteamericanos creen en la astrología y la reencarnación que en el progreso”. Pero esto también sucedió antes, como lo enunció Herbert Spencer en 1891 en lo que después fue conocido como Ley de Spencer: “Cuanto más mejoran las cosas, más arrecian las protestas contra su empeoramiento”. Recuerda Norberg que Marx afirmó que el capitalismo hacía más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Pero cuando Marx murió, el inglés medio era tres veces más rico que cuando había nacido, hacía 65 años: nunca la población había experimentado nada parecido. El futuro iba a ser mucho mejor: la renta per capita en el mundo aumentó en los pocos años que han transcurrido desde el final de la Guerra Fría casi tanto como lo había hecho en los 25.000 años anteriores. Y la pobreza extrema bajó del 37 % al 9,6 %; concluye Norberg: “cayó a cifras de un dígito por primera vez en la historia”.

No obstante, seguro que estos datos no hacen mella en Podemos y los demás partidos que abrevan en el pensamiento único antiliberal. Proclamarán que los países capitalistas son crecientemente desiguales, cuando lo cierto es que, a pesar de la reciente crisis económica, la renta mediana de las familias de ingresos medios y bajos en Estados Unidos, país siempre señalado como paradigma de la desigualdad, ha aumentado en más de un 30 % en el último medio siglo.

Sea como fuere, la consigna de acabar con la desigualdad recorre toda la historia de las agresiones a la libertad humana, que cabe rastrear hasta el cruel y proto-igualitarista Procusto en la mitología griega.

Continuó hasta nuestro tiempo: los anticapitalistas afirmaron que el mercado empobrecía a los pueblos o el comunismo los enriquecía, dos patentes falsedades. Precisamente, dada la creciente imposibilidad de sostener que el capitalismo empobrece, los anticapitalistas esgrimen, o más bien rescatan, en nuestros días la consigna de que el capitalismo es una fuerza peligrosa, por desigualadora.

Las ideas que subyacen giran en torno a antiguas falacias, como la de la suma cero, que nos invita a pensar que, si alguien se enriquece, entonces algunos otros se empobrecen. Esta falacia, que recogió el marxismo con su fábula siniestra de la lucha de clases, llega hasta hoy de la mano de la desigualdad con consignas pueriles como la de Oxfam: “una economía al servicio del 1 %”, lo que jamás es posible en el mercado, o con mensajes delirantes como que ocho personas son tan ricas como la mitad de la humanidad, lo que simplemente es un truco estadístico para provocar alarma e indignación.

Aparte de los errores, no hay que olvidar los intereses: hay mucha gente que vive del cuento de la desigualdad, no sólo políticos y burócratas nacionales e internacionales, que también, sino multitud de intelectuales, analistas y grupos de presión de todo tipo, todos interesados en endilgarle al capitalismo algo que justifique la intervención pública.

Se alegará que los liberales exageramos, porque ya no se recomienda el comunismo, sólo faltaba, sino la socialdemocracia, el intervencionismo moderno, para que “la desigualdad se mueva dentro de unos límites razonables”. Por supuesto, “razonables” no es definido nunca, porque es indefinible.

Dice Sancho Panza: “Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía”. Según Daniel Johnson, fue el primer uso literario de la frase haves and have-nots. Como se ve, las falacias antiliberales son antiguas y gozan de buena salud. Terminemos recordando la sabiduría liberal de Tocqueville, que a propósito del tema que nos ha ocupado en este ensayo escribió: “Por un depravado apetito de igualdad preferimos la igualdad en la servidumbre antes que la desigualdad en la libertad”.



Lecturas seleccionadas

Alberto F. Alesina y George-Marios Angeletos 2005. Fairness and Redistribution: US versus Europe, American Economic Review, Vol. 95, Nº 4, septiembre, 960-980.

Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu 2015. The Myth of Dynastic Wealth: The Rich Get Poorer, Cato Journal, Vol. 35, Nº 3, otoño, 447-485.

Nicholas Capaldi y Gordon Lloyd 2016. Liberty and Equality in Political Economy. From Locke versus Rousseau to the Present, Cheltenham, UK y Northampton, Ma: Edward Elgar Publishing.

Julio Carabaña 2016. Ricos y pobres. La desigualdad económica en España, Madrid: Los Libros de La Catarata.

Edward Conard 2016. The Upside of Inequality. How Good Intentions Undermine the Middle Class, Nueva York: Portfolio/Penguin.

Adam Corlett 2016. Examining an elephant. Globalisation and the lower middle class of the rich world, Resolution Foundation, septiembre.

Jean-Philippe Delsol, Nicolas Lecaussin, y Emmanuel Martin 2017. Anti-Piketty. Capital for the 21st Century, Washington: Cato Institute.

Galbraith, James 2016. Desigualdad, Barcelona: Deusto.

Carlos Góeas 2016. Testing Piketty’s Hypothesis on the Drivers of Income Inequality: Evidence from Panel VARs with Heterogeneous Dynamics, IMF Working Paper 16/160.

Peter Lindert y Jeffrey G. Williamson 2016. Unequal gains: American growth and Inequality since 1700, Princeton: Princeton University Press.

Branko Milanovic 2012. Los que tienen y los que no tienen: una breve y singular historia de la desigualdad global, Madrid: Alianza Editorial.

Branko Milanovic 2012. Global Income Inequality by the Numbers: in History and Now. An Overview, The World Bank, noviembre.

Ignacio Moncada y Juan Ramón Rallo 2016. La desigualdad en España. Mitos y realidades, Madrid: Instituto Juan de Mariana.

Johan Norberg 2017. Progress, Londres: Oneworld Publications.

Thomas Piketty 2014. El Capital en el Siglo XXI, San Diego: Fondo de Cultura Economica.

Joseph E. Stiglitz 2015. La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales, Madrid: Taurus.

Don Watkins y Yaron Brook 2016. Equal is Unfair. America’s Misguided Fight Against Income Inequality, Nueva York: St. Martin’s Press.



1 Una primera versión de este ensayo apareció en el diario Expansión durante el mes de agosto de 2017.



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