De Procusto a Podemos. Ensayo sobre la desigualdad



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De Procusto a Podemos.

Ensayo sobre la desigualdad

Carlos Rodríguez Braun1

Procusto era según la mitología griega un posadero que vivía en las colinas del Ática. Los desgraciados a quienes ofrecía alojamiento eran invitados a tumbarse en su lecho de hierro. Una vez allí, el realmente muy poco hospitalario Procusto los amordazaba y ataba a esa cama y, a continuación, los estiraba a martillazos si medían menos que él, o les aserraba las piernas si medían más. Ignoramos cuántas víctimas padecieron a manos de Procusto hasta que Teseo, con buen criterio, acabó con él.

Sin embargo, ni Teseo ni nadie ha podido acabar con nuestra propensión igualitaria. Como dice Oliver Wiseman: “los seres humanos tenemos una preferencia instintiva por la igualdad antes que por la desigualdad. Incluso hay partidarios del mercado libre que tienden a describir la desigualdad como un mal necesario del capitalismo, y sostienen que, aunque les encantaría hacer algo para suprimirla, las soluciones más evidentes hacen más mal que bien”.

El valor que asignamos a la igualdad no parece haberse atenuado entre Procusto y Podemos. Muchos presumen hoy de “luchar” contra la desigualdad, pero ni está claro qué quieren decir cuando nos hablan de igualdad y desigualdad, ni tampoco que las personas ansiemos vivir en un mundo igualitario. Las cifras con las que pretenden avalar las tesis de un mundo peligrosamente escindido tampoco son tan sólidas e incuestionables como nos dicen que son.

Martin Wolf, el analista económico del Financial Times, está lejos de ser un crítico tajante del célebre Thomas Piketty, pero incluso Wolf admite que el libro del economista francés tiene debilidades, y la más importante es que no explica por qué es importante la desigualdad: “Básicamente, Piketty se limita a suponer que lo es”.

Nosotros procuraremos no suponer sino observar y constatar. Por ejemplo, se puede constatar que importantes pensadores han lamentado las disparidades económicas, y casi treinta años antes de que Marx publicara El Capital, ya señaló John Stuart Mill “el efecto desmoralizador de las grandes desigualdades en la riqueza” en su ensayo sobre Coleridge de 1840.

Revisaremos la crítica anticapitalista por mor de la desigualdad, y nos preguntaremos si las ideas han cambiado realmente de Procusto a Podemos. De entrada, tomemos nota del narcisismo del ático criminal y proto-igualitarista: no sólo quería que todos los humanos fuéramos iguales, sino que debíamos ser iguales a él.

Decía Toynbee que los que mandan son los que descubren soluciones a los problemas de la sociedad. En realidad, son los que descubren problemas que la sociedad no tiene, y se presentan como los únicos que pueden resolverlos, con el dinero de la sociedad.

Desigualdad de qué

No es fácil definir la desigualdad. En política es habitual que se hable de que deben pagar más impuestos “quienes más ganan” y “quienes más tienen”, lo que confunde renta con patrimonio.

Dice Nicholas Eberstadt: “Es patente que hay unas tendencias mundiales muy notables que no sólo certifican la mejoría de la condición humana en el planeta, sino que están haciendo que esa condición sea significativamente menos desigual. Entre esas tendencias se destacan las actuales revoluciones globales en la longevidad y la educación”.

La esperanza de vida, en efecto, se ha más que duplicado en el siglo XX, pasando de 30 a más de 60 años. La mejora ha continuado en el siglo XXI. Pero además “podemos estar seguros de que la explosión mundial en la esperanza de vida ha venido acompañada de un espectacular estrechamiento en las diferencias…las desigualdades en la edad de la mortalidad en el planeta han caído en dos terceras partes durante el siglo XX”.

En cuanto a la educación, los estudios de Robert Barro y Jong-Hwa Lee, y otros, prueban que la desigualdad en educación, el índice Gini de los años de escolarización, cayó a la mitad entre 1950 y 2010.

P. Dutt e I. Tsetlin, del Insead, nos invitan a ir más allá de Gini. Las dimensiones de la desigualdad son muchas: renta, riqueza, bienes primarios, consumo, funcionalidades, oportunidades…y hasta tiempo. Trabajos recientes han recuperado la vieja idea de Friedman de la función del consumo y la renta permanente: “identificar una renta baja con ‘pobreza’ y una alta con ‘riqueza’ está justificado sólo si la renta medida puede ser considerada como una estimación de la renta esperada a lo largo de la vida o de una fracción abultada de la misma”.

Se observa también que en muchos países la dimensión importante de la desigualdad radica en la parte baja de la distribución, no en la alta, lo que invita a concentrar los esfuerzos políticos allí y no en la obsesión políticamente correcta de las burocracias internacionales y ONGs como Oxfam contra el odioso 1 % más rico.

Y, por supuesto, las personas somos desiguales en muchos aspectos, como la belleza o el talento, que a nadie se le ocurriría igualar a la fuerza. Lo ilustró el escritor inglés Jerome K. Jerome en La nueva utopía de 1891, en la que generaliza el ideal socialista y describe un infierno igualitario en donde el Estado mutila a los físicamente mejor dotados para igualarlos con el resto.



El anhelo humano

Si atendemos sólo a los mensajes de políticos, intelectuales, organismos internacionales, medios y ONGs, daría la sensación de que la desigualdad no sólo es el principal problema del mundo, sino que además todos nosotros lo consideramos efectivamente así.

Asombra cómo pudo generalizarse la idea de que estamos preocupados por la desigualdad cuando en la práctica casi nadie lo está. Los seres humanos en nuestra conducta habital no buscamos la igualdad. El que unas disciplinas que otrora se denominaban bellamente “humanidades” y ahora, con fatal arrogancia, “ciencias sociales”, no sean capaces de reconocer cómo son realmente los seres humanos en la sociedad, no habla precisamente bien de nuestros supuestos sabios.

En efecto, no hay ninguna disciplina que trate de la acción humana y que pueda concluir algo solvente ignorando lo que los humanos hacen. Y las personas no queremos ser iguales. Queremos ser mejores.

No queremos simplemente ser mejores que el vecino, aunque también, sino ser mejores que nosotros mismos. Curiosamente, en un mundo donde es difícil encontrar regularidades en la conducta, esa regularidad, que es antigua y sistemática, es también sistemáticamente ignorada. Pero no por todos. Reivindiquemos la memoria de Adam Smith, que en el siglo XVIII habló del “deseo de mejorar nuestra condición, un deseo generalmente calmo y desapasionado que nos acompaña desde la cuna y no nos abandona hasta la tumba”. A ese deseo atribuyó Smith la fuente del crecimiento económico: “El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada persona en mejorar su condición, el principio del que originalmente se derivan tanto la riqueza pública como la privada, es con frecuencia tan poderoso como para mantener el rumbo natural de las cosas hacia el progreso, a pesar tanto del despilfarro del Gobierno como de los mayores errores de la Administración. Actúa igual que ese principio desconocido de la vida animal que frecuentemente restaura la salud y el vigor del organismo no solo a pesar de la enfermedad sino también de las absurdas recetas del médico”.

Pero, entonces, si las mujeres y los hombres no queremos ser iguales sino desiguales, ¿es que la igualdad no tiene ningún valor para nosotros? Sí que lo tiene, y mucho, pero no es la igualdad de la que nos hablan todo el rato quienes la identifican con la agresión a nuestros derechos.

El que las personas queramos ser mejores no significa que no valoremos la igualdad. Lo que sucede es que valoramos la igualdad compatible con la libertad y la justicia: la igualdad ante la ley, reflejada en la clásica imagen de la justicia con una venda delante de los ojos. No puede inclinarse en favor de unos y en desmedro de otros según nuestras características personales, y un culpable es un culpable, ya sea el rey o el más modesto de sus súbditos. Nótese que esta idea, clave de la comunidad de mujeres y hombres libres, la idea de que la justicia estriba en no diferenciar entre las personas, estuvo pensada desde el principio para proteger al débil.

La Ilustración racionalista arrasó con esta noción liberal. La igualdad que rige ya no es ante la ley sino mediante la ley. Ahora la justicia ha de arrancarse la venda y mirarnos a cada uno para darnos lo que merecemos, y para quitarnos lo que al poder le parezca conveniente. La noción de derecho ha sido análogamente pervertida por intelectuales y políticos, que han alumbrado los modernos “derechos sociales”, una célebre concreción de la moderna igualdad mediante la ley. Antes yo tenía derecho a su casa de usted si se la compraba. Ahora, en cambio, el “derecho a la vivienda” estriba en que, en determinadas condiciones, yo tengo derecho a una vivienda y a que usted me la pague.

Como era de esperar, todo esto animó un espectacular crecimiento del Estado, que ha alcanzado cotas inéditas de intrusión en las vidas, libertades y derechos de los ciudadanos. Como dicen Don Watkins y Yaron Brook, el llamado Estado de bienestar no es la plasmación política de la igualdad sino al revés, porque no hay relación entre retribución y logro: “el Estado de bienestar declara que si usted logra algo, no tiene derecho a su retribución; pero si no lo logra, sí tiene derecho a la retribución de los demás”.

A pesar de todo, las personas seguimos apreciando la vieja igualdad ante la ley. Ironicé sobre estas fábulas políticas hace años, en un artículo titulado “Fútbol y justicia social” (incluido en la primera entrega de Panfletos Liberales, LID Editorial, 2005). Proponía que las porterías del Barça y del Real Madrid fueran más grandes que las de sus adversarios con menos presupuesto, y otras medidas de “derechos” y “justicia social” que, por supuesto, nunca aceptaríamos en el deporte, pero muchos aplauden que el poder le quite el dinero a nuestra vecina, porque es más rica que nosotros, y hay que “igualarnos”.

El atractivo de la igualdad estriba en su asimilación con la justicia, pero la desigualdad sólo es injusta cuando es fruto de la violencia, el robo o el fraude. A menudo, el discurso igualitario se apoya en la falacia de la suma cero: se afirma o sugiere que los ricos sólo pueden hacerse ricos robando, con lo que su desigual riqueza es injusta, con lo que lo justo es quitársela.

Pensar que el éxito del 1 % conspira contra las posibilidades de los demás, bajando salarios y empobreciendo a la clase media es demagogia: de no haber sido por ese 1 %, el empleo y la prosperidad habrían crecido menos.

Amancio Ortega, un modesto trabajador sin formación académica que llegó a ser uno de los grandes empresarios del planeta, es sin duda excepcional, pero hay muchos empresarios que también empezaron de cero y han creado riqueza y empleo. Esto irrita a quienes sólo ven la riqueza como algo que se hereda, pero no se crea. Los datos, empero, cuentan otra historia. Nicolas Lecaussin repasó la lista de los Bloomberg Billionaires, las 200 personas más ricas del mundo, y observó que 140 eran empresarios hechos a sí mismos. De los 50 más ricos, 40 son empresarios. De los 10 más ricos, 9 son empresarios. Y, al revés de lo que sostiene el pensamiento único políticamente correcto, que insiste en la “hiperfinanciarización” de la economía, resulta que de los 80 individuos más ricos del mundo, solo 5 se han dedicado al sector financiero.

En vez de odiar al 1 % habría que preguntarse cómo mejoró el 99 %. Recuerda Jean-Philippe Delsol que en 1990 el 47 % de la población vivía con menos de un dólar por día. En 2010, el 22 % vivía con menos de 1,25 $/día (equivalente a un dólar en 1990). En esos veinte años 700 millones de personas salieron de la pobreza extrema. “En América Latina los pobres son hoy iguales en número a la clase media, mientras que hace apenas una década eran 2,5 veces más que la clase media”. El economista Ron Askin demostró que dos tercios de los estadounidenses tienen hoy un mejor nivel de vida que el de sus padres. Un estudio del Banco de la Reserva Federal de Dallas revela que el 98 % de las familias que eran pobres en 1975 no lo eran en 1991.

Además, las diferencias salariales no son arbitrarias. Las mediciones del economista de Harvard, Robert Lawrence, ponderan la renta de todos los trabajadores, incluyen las retribuciones no monetarias y realizan otros ajustes estadísticos que concluyen que los salarios reales siguen orientándose por la productividad, como sugiere la teoría económica tradicional, y no por injustos privilegios.

Quién merece qué

Thomas Piketty afirma que su inspiración y su ideología no provienen de Marx sino del artículo primero de la Declaración de Derechos del Hombre, de 1789, que dice: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad pública”. Esta idea tiene que ver con John Rawls, que escribió: “las desigualdades sociales y económicas son justas sólo si de ellas se derivan compensaciones para todos, y en especial para los miembros de la sociedad menos favorecidos”.

Dice Pedro Schwartz: “Lo que los revolucionarios franceses querían decir es que los privilegios legales, como los que tenían entonces los aristócratas y el clero, debían ser abolidos, de modo que la gente fuera igual ante la ley. Pero la forma de expresarlo indujo a igualitaristas posteriores como Piketty a reclamar que la riqueza debía pertenecer sólo a quienes se hubiesen esforzado en conseguirla”. Por tanto, se podían y se debían suprimir las herencias, y de ahí se fue quebrando el principio de igualdad ante la ley: era bueno quitarle al rico para darle al pobre.

De ahí la larga historia de la hostilidad a la herencia. James Galbraith, entre muchos otros, la identificaron con dinastías, oligarquías y plutocracias. Y siempre con la desigualdad como sinónimo de injusticia.

Todo esto ignora la naturaleza humana, el hecho de que nos esforcemos para lograr una propiedad no sólo para nosotros sino también para nuestros hijos. Y también ignora que la idea misma de la utilidad pública o la justificación social viola el derecho humano a conservar lo propio. Watkins y Brook citan la trampa retórica de Obama: “El 10 % más rico ya no obtiene la tercera parte de nuestro ingreso, sino la mitad”. La trampa está en eso de nuestro ingreso, como si fuera de todos; como cuando hablamos de “riqueza colectiva”. Estos autores denuncian a los que “parten de un marco colectivista que supone que la riqueza pertenece a la sociedad, y que las personas deben demostrar, no que han obtenido su riqueza honradamente, sino que el poseerla genera ‘beneficios sociales’. Una de las peores facetas del llamado debate sobre la pobreza es que hemos terminado equiparando luchar contra la pobreza con redistribuir la riqueza. Pero la pobreza no es un problema de distribución: es un problema de producción. En última instancia, la gente pobre lo es porque no ha creado la riqueza suficiente para prosperar. Lo único que ha conseguido reducir sustancialmente la pobreza es la libertad y el progreso económico que desencadena”. En el momento que aceptamos que lo nuestro no es nuestro, abrimos la puerta a que sea el poder el que determine quién merece qué.

Desigualdad en España

La desigualdad ocupa el centro de la agenda política, no solo de la izquierda sino de todas las variantes del antiliberalismo, incluyendo las burocracias internacionales, tontamente acusadas de “neoliberalismo”. Es normal leer cosas como: “España es uno de los países ricos donde mayor es la desigualdad”, o “es difícil negar que España es uno de los países más desiguales de Europa”. Algunos incluso incurren en el tic totalitario de sostener que quienes plantean visiones contrarias no son “independientes” o tienen “sesgos ideológicos”.

Los datos no avalan estos diagnósticos. L. Lorente, D. Muñoz Lagarejos y C. Navarro observan que España es relativamente desigual en renta, pero muy igualitario en riqueza y consumo. En su estudio sobre sobre la desigualdad en España, Ignacio Moncada y Juan Ramón Rallo sostienen que medida por la riqueza, con un índice Gini de 0,67, la desigualdad en España es de las más bajas del planeta, por el peso de una dispersa y generalizada propiedad inmobiliaria. En cuanto a las rentas, el Gini es de 0,346, lo que es una desigualdad elevada, pero estos autores aclaran dos cosas: 1) no aumenta, se mantiene estable en los últimos 40 años; 2) está sesgado al alza porque “no incluye los servicios en especie que reciben aquellas familias que poseen una vivienda en propiedad y por tampoco incluir los servicios que se reciben del sector público”. Si los incluimos, España sería tan igualitaria como Alemania o Francia. En cuanto a la desigualdad de consumo, con un Gini de 0,22, es de las más reducidas del mundo.

Julio Carabaña documenta que la desigualdad en nuestro país se mantuvo estable durante el último ciclo de expansión y recesión; en 2013 “la desigualdad era la misma que a comienzos de los noventa”. Y la desigualdad en las últimas recesiones “es menor que la estimada para antes de 1985”.

Como era de esperar, la desigualdad tiene que ver con el ciclo, a todos los niveles de renta: los más ricos, el odiado 1 % de la población, vieron cómo su renta media caía un 9 % entre 2004 y 2011: “Las cifras no ofrecen base alguna para afirmar que hayan contribuido a aumentar la desigualdad durante la crisis”. La desigualdad se ha mantenido más o menos en niveles parecidos en Europa en las últimas décadas. Y en España se ha movido entre la de los países grandes europeos: Francia, Italia, Alemania y Reino Unido.

Otro dato que da el profesor Carabaña llama la atención porque rara vez es destacado: los capitalistas no siempre ganan, y en la crisis “los pobres que aumentaban y se hacían cada vez más pobres no eran solo salariados, sino también empresarios”.



Desigualdad en el mundo

Josep Mèstres Domenech, economista de CaixaBank, dice: “cuando se analiza la desigualdad entre todos los habitantes del mundo se constata que esta ha disminuido en las últimas tres décadas: el índice de Gini bajó entre 1988 y 2013 más de siete puntos, un descenso que se acentuó a partir de 2008”. La explicación la sugirió hace tiempo Xavier Sala-i-Martín: no podía aumentar la desigualdad en el planeta cuando estaban prosperando sus países más poblados, China, India e Indonesia.

Branko Milanovic coincide: “Quizá por primera vez desde la Revolución Industrial la desigualdad global puede estar cayendo”. Añade que hay otros factores que presionan al alza la desigualdad en el mundo, como las mayores desigualdades dentro de algunos países.

Históricamente, el capitalismo llevó a la mejoría de los trabajadores. Kevin H. O’Rourke y Jeffrey G. Williamson afirman que hubo un cambio estructural en los niveles de vida en Europa entre 1750 y 1850: los salarios reales y el producto per cápita estaban estancados antes de ese cambio, y crecieron apreciablemente después. El propio Williamson junto con Peter H. Lindert analizan el impacto de la globalización desde la liberalización que se impuso con la apertura del mercado del Reino Unido en 1846, que favoreció a los trabajadores, tanto británicos como del resto del mundo, mientras que los perdedores fueron los terratenientes británicos, “el grupo más rico del mundo”. Los trabajadores ganaron por la importación de alimentos baratos.

La globalización en tiempos más recientes ha sido una fuerza positiva en todo el mundo, y no lo ha hecho más pobre y desigual, a pesar de lo que se dice sobre las sweatshops, y el trabajo infantil: “El empleo de niños y de otra mano de obra no cualificada por las multinacionales probablemente reduce la brecha de ingresos entre países”. De todas maneras, con la globalización, desde 1950 la tasa de empleo infantil por debajo de los 15 años ha disminuido en todos los países de la OIT y la tasa de escolarización ha aumentado sin cesar.

Muchos analistas argumentan que la desigualdad crece de forma alarmante en la mayoría de los países, especialmente en los desarrollados, donde aparentemente se estaría beneficiando a un rico 1 % a expensas del 99 % restante. James Galbraith asegura que los datos no avalan esta tesis: “Las únicas cifras que respaldan la tesis del estancamiento de la clase media son los salarios antes de impuestos y antes de transferencias, que no incluyen compensaciones de mercado de todo tipo, y no toman en cuenta la composición cambiante de las familias y de la población activa, y que no se ajustan correctamente a la inflación. Empleando cualquier otra medición, se ha registrado un progreso sustancial, aunque se debate sobre su magnitud exacta”.



Desigualdad y crecimiento

Otra de las supuestas evidencias que jalea el pensamiento único es que la desigualdad repercute de manera negativa sobre el crecimiento económico; se nos asegura que existe al respecto un “amplio consenso” y una “evidencia contundente”. Sin embargo, eso no está claro.

El FMI ha sugerido que si aumenta en un punto porcentual la desigualdad, medida por el porcentaje de la renta total que recibe la quinta parte más rica de la población, el crecimiento baja en 0,08 puntos porcentuales. La OCDE también ha hecho estudios parecidos. Anna Campos, de CaixaBank, advierte que sus resultados no son concluyentes “debido a que es difícil aislar el impacto de la desigualdad sobre el crecimiento económico del impacto de otros factores”. Y añade: “no existe un mecanismo único y transversal que pueda explicar la relación entre desigualdad y crecimiento”. Sobre las investigaciones de las burocracias internacionales subraya: “estas estimaciones son ilustrativas y no deben interpretarse como el efecto causal de un cambio de la desigualdad en el crecimiento de cada país”.

Otra cosa distintinta es la desigualdad fruto del intervencionismo o de las alianzas entre políticos y grupos económicos no competitivos. Sutirtha Bagchi y Jan Svejnar concluyen que existe una relación negativa entre desigualdad y crecimiento cuando las fortunas son producto de conexiones políticas, mientras que la desigualdad de riqueza independiente de la política no guarda ninguna relación significativa con el crecimiento.

William Easterly distinguió entre desigualdades estructurales y de mercado. Sólo las primeras son nocivas, las dependientes de la política, los favores y privilegios del poder. Las del mercado no.

Acemoglu, Johnson y Robinson subrayan el papel de las instituciones y cómo los países cuya formación institucional estuvo protagonizada por colonos europeos han tenido un mayor crecimiento que los países con instituciones extractivas diseñadas para capturar la renta de los colonos.

La visión institucional explica no sólo el crecimiento sino la perdurabilidad de la desigualdad. Calculan Lindert y Williamson que el Gini en Inglaterra en el siglo XVII era como en 1995, y el de Estados Unidos en 1776 era como el de 1983. De esta forma, dice Easterly que el peso de las granjas familiares en 1858 es un buen predictor de la desigualdad actual.

Los valores que defiende la población son importantes, dice Dani Rodrik, como el libre comercio. Mientras que las políticas públicas, como el crédito barato a las familias pobres, pueden convertirse en un caramelo envenenado tanto para el crecimiento como para la desigualdad, según argumenta Raghuram Rajan.

No hay una relación evidente entre crecimiento y desigualdad. Algunos estudios sugieren que es negativa, otros que es positiva, otros que cambia con el propio crecimiento, y otros concluyen que lo que cuenta es la tendencia más que el nivel de la desigualdad.

Los que viven por sus manos

A la hora de morir, dicen los versos de Manrique, “allegados, son iguales/los que viven por sus manos/y los ricos”. Esta separación tajante es propia de tiempos pasados, mientras que los modernos están marcados por la movilidad, mientras que el mercado permite el enriquecimiento de muchos gracias a la innovación y los incentivos. Como dice Edmund Phelps: “No es inherentemente injusto que en el capitalismo moderno aparezcan grandes desigualdades de riqueza; es en las sociedades tradicionales donde las grandes desigualdades de riqueza tienden a no ser justas”.

Edward Conard señala que en el mercado es precisamente cuando la mayor parte de la desigualdad es merecida y no arbitraria ni heredada. El 70 % de los ricos de la lista Forbes hizo su propia riqueza, sin heredar nada. En nuestro tiempo, con el auge de las nuevas empresas tecnológicas, la rotación en las listas de los opulentos es mayor que nunca. En la década de 1920 las empresas permanecían en el S&P 500 durante 65 años, y ahora sólo diez años. Ver la lista de nombres es ver nombres que cambian. Como dice Juan Ramón Rallo: es difícil mantener el capital en las mismas manos y preservando su valor. Mientras que aumenta el porcentaje de millonarios que lo son porque crearon su propia empresa, resulta que más del 90 % de los apellidos de los ricos de 1982, cuando empezó la clasificación de Forbes, se han caído de la lista. En 1982 los Rockefeller ocupaban 13 lugares. En 2014 sólo había uno: David. El 20 de marzo de 2017 murió, y ya no hay más de la familia en la lista. Los Du Pont ocupaban 25 lugares en 1982. Desde 1999 no ocupan ninguno.

Tampoco es verdad que las altas retribuciones de los directivos deriven de la falta de competencia, porque en el sector tecnológico es feroz. Según la consultora McKinsey, los beneficios de las empresas tecnológicas controladas por sus fundadores han crecido pero sus márgenes han disminuido con respecto a los de las empresas cotizadas, es decir, lo contrario de la conducta anticompetitiva y oligárquica.

Alberto F. Alesina y George-Marios Angeletos señalaron en el American Economic Review la importancia de los valores: el 71 % de los americanos piensan que los pobres pueden salir de la pobreza por sus medios, pero solo el 40 % de los europeos lo creen. EE UU es más móvil que Europa: “puede ser que la movilidad social sea menor en Europa porque se aplican más políticas redistributivas, y no al revés”. Hay una fuerte correlación entre el peso del gasto social y el porcentaje de la población que cree que “los que viven por sus manos” no pueden enriquecerse, y que la riqueza es producto del azar o el latrocinio, y no del esfuerzo y la inventiva.




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