De la Propiedad Intelectual a la Economía del Conocimiento



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De la Propiedad Intelectual a la Economía del Conocimiento1


If nature has made any one thing less susceptible than all others of exclusive property, it is the action of the thinking power called an idea”2

Thomas Jefferson, 1813
The goal of copyright is to encourage the production of, and public access to, cultural works. It has done its job in encouraging production. Now it operates as a fence to discourage access.” 3

James Boyle, The Public Domain


Ladislau Dowbor

17 de noviembre de 2009


Resumen: El eje central de generación de valor se desplaza del contenido material hacia el contenido del conocimiento incorporado a los procesos productivos. Con eso se creó una batalla ideológica y económica en torno del derecho del acceso al conocimiento. El acceso libre y prácticamente gratuito al conocimiento y a la cultura que las nuevas tecnologías permiten es una bendición y no una amenaza. Constituye un vector fundamental de reducción de los desequilibrios sociales y de la generalización de las tecnologías necesarias a la protección ambiental del planeta. Intentar trabar el avance de este proceso, restringir el acceso al conocimiento y criminalizar a los que de él hacen uso no tiene el mínimo sentido. Tiene sentido sin estudiar nuevas reglas de juego capaces de asegurar un lugar bajo el sol a los diversos participantes del proceso. Vale la pena que prestemos atención al universo de transformaciones que se revela: son los trabajos de Lawrence Lessig sobre el futuro de las ideas, de James Boyle sobre la nueva articulación de los derechos, de Joseph Stiglitz sobre la fragilidad del sistema de patentes, de André Gorz sobre la economía de lo inmaterial, de Jeremy Rikin sobre la economía de la cultura, de Eric Raymond sobre la cultura de la conectividad, de Castells sobre la sociedad en red, de Toffler sobre tercera onda, de Pierre Lévy sobre la inteligencia colectiva, de Hazel Henderson sobre los procesos de colaboración y tantos otros innovadores. En estas propuestas, veremos que los cambios no están esperando que se diseñen utopías, otro mundo se está tornando viable.

Abstract: As the value of goods and services moves from material to knowledge content, the rules of the game are changing. Knowledge can be easily shared, for the benefit of all, and trying to prevent the natural curiosity we all feel in understanding how things happen, and the pleasure of creating and sharing cultural innovation, simply makes no sense. The different stakeholders of the creative process have a very legitimate right to earn their living, but certainly not by placing tollbooths at every step of innovation. We need more creativity in the rules of innovation. The present paper is an attempt to make good sense of the contributions of Manuel Castells on the network society, of Alvin Toffler on the megatrends of the knowledge society, of Lawrence Lessig on the future of ideas, of André Gorz on the creative economy, of Jeremy Rifkin on the era of access, of Eric Raymond on the connectivity culture, of Pierre Lévy on the concept of collective intelligence, of Joseph Stiglitz on the limitations of the patent system, of Hazel Henderson on the “Win-Win” collaborative process, of James Boyle on the rules of the new game, for it is a new game, and just looking for “pirates” and “criminals” is not helping.


1 – Los términos del debate

Es importante dejar en claro desde el inicio que en la visión de este artículo, no vivimos tiempos normales, del “business as usual”. Vivimos el tiempo del caos climático, de la exclusión efectiva de cuatro billones de personas de lo que el Banco Mundial llama simpáticamente de “beneficios de la globalización”, de la fase final del petróleo y de la necesidad de transformación del paradigma energético-productivo, de una injusticia planetaria que se fue acumulando y agravando –un billón de personas con hambre, un tercio de la población mundial aún cocinando con leña, diez millones de niños muriendo a cada año de hambre, de falta de acceso a agua limpia y semejantes, de medio millón de madres que mueren anualmente durante el parto cuando técnicas baratas y elementales son conocidas, de 25 millones de personas que ya mueren de Aids en cuanto las corporaciones discuten las ventajas de las patentes, esto sólo para mencionar algunos de nuestros dramas – y que las soluciones no pertenecen al pasado bucólico, pero sí al futuro denso en conocimiento y tecnologías que tenemos hacia delante. Las tecnologías y el conocimiento en general deben servir antes que todo a construir respuestas a estos desafíos.


La cuestión del acceso al conocimiento, es por lo tanto, uno de los vectores básicos de la democratización de la economía y del reequilibrio planetario, se volvió central. Reestablecer el equilibrio entre la remuneración de los intermediarios, las condiciones de creatividad de los que innovan, y la ampliación del acceso planetario a los resultados – objetivo estratégico de todo el proceso – es el desafío que tenemos que enfrentar.
Las nuevas tecnologías permiten que el conocimiento adquirido por la humanidad, bajo la forma de ciencia, obras de arte, música, filmes y otras manifestaciones de la economía creativa sea universalmente accesible, a costos virtualmente nulos. Se trata evidentemente de un inmenso bien para la humanidad, para el progreso educacional, científico y cultural de todos. Pero para los intermediarios del acceso a los bienes creativos que controlaban la base material da su disponibilidad, hubo un cambio profundo. En vez de que se adecuaran a las nuevas tecnologías, se sienten amenazados, y buscan trabar el uso de las tecnologías de acceso, acusando a quien las usa de piratería, y hasta de falta de ética. Se generan así, dos dinámicas, una que busca aprovechar las tecnologías para generalizar el enriquecimiento cultural, y otra que busca a través de leyes, de la criminalización y del recurso al poder del Estado, trabar su expansión. La tecnología torna los bienes culturales cada vez más accesibles, en cuanto las leyes, por presión organizada de los intermediarios, evolucionan simétricamente para cada vez más dificultar el acceso.
El mundo corporativo está avanzando de manera dura y organizada: “En septiembre de 1995, la industria de contenidos, trabajando con el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, comenzó a diseñar una estrategia para proteger un modelo de negocios frente a las tecnologías digitales. En 1997 y 1998, esta estrategia fue implementada a través de una serie de nuevas leyes destinadas a extender el tiempo de copyright de la obra, reforzar las penalidades criminales para los que infringen el copyright, y para punir el uso de tecnologías que intentaban evitar las trabas digitales colocadas en el contenido digital”.4 Hoy ya no podemos encender la radio o la TV sin oír denuncias de piratería y apelar a la “ética”.
El resultado práctico es conocido: solamente tenemos acceso digital a una obra 70 años después de la muerte del autor (por ejemplo después de 2050 para Paulo Freire). Lo que significa que el 90% de las obras del siglo pasado quedarán indisponibles para la investigación digital, esto cuando la realización de ganancias sobre el copyright se limita casi integralmente a los 5 o cuanto mucho 10 años después de la publicación. Inmenso perjuicio social para pequeños lucros privados. La solución no es liquidar los derechos de propiedad intelectual, pero limitarlos a 5 años prorrogables por más 5 para el dueño de los derechos, en caso que crea que vale la pena. Gran parte de las obras se volvieron indisponibles porque no se consigue siquiera identificar al dueño de los derechos, esto para quien está dispuesto a pagar para reeditar.
El argumento presentado, es que se trata de proteger los derechos del pobre músico que está luchando para sobrevivir (“help struggling musicians”). La figura conmueve, pero una mirada en el tamaño de las corporaciones que se esgrimen como defensores de los humildes tiende a cambiar el enfoque. Se trata, como lo califica uno de los juristas más importantes del área en los EUA, James Boyle, de proteger una renta de monopolio (monopoly rent). Y la culpa es jugada por encima de quien acceda y propaga cultura sin pagar. El autor, en realidad, poco tiene que ver con esta historia. Los derechos de autor son ampliamente asumidos por quien retiene el copyright o las patentes, y en este caso se trata casi siempre de intermediarios. La realidad es que al aplicar la economía creativa leyes derivadas de la propiedad de bienes físicos, desequilibramos radicalmente el proceso de creación, que precisa de nuevas reglas de juego.
Diversas investigaciones en el mundo universitario muestran que la aplastante mayoría de los estudiantes recurre a formas de acceso a los bienes científicos y culturales que pueden ser consideradas ilegales. ¿Debemos criminalizar a la juventud?5 Para una persona que descubre una linda música en Internet, enviarla para un amigo es la reacción más inmediata, porque la felicidad no se goza solo. ¿Vamos a criminalizar esto? Lessig constata una cosa obvia: una ley que parece estúpida no es respetada. Y llevar jóvenes a perder el respeto por la ley puede si ser una cosa muy seria. En la realidad, debemos enfrentar este hiato creciente entre lo que las tecnologías permiten, y lo que la ley prohíbe. Probablemente, de manera menos ideológica, o menos histérica. El uso educacional y científico sin fines lucrativos debe ser liberado. El uso personal e interpersonal no comercial debe ser facilitado.
Según James Boyle, “la mayor parte de las grabaciones de sonido hechas hace más de cuarenta años atrás están comercialmente inaccesibles. Después de cincuenta años, apenas un minúsculo porcentaje aún está siendo comercializado. Es extremamente difícil encontrar los dueños de los restantes. Pueden haber muerto, cerrado el negocio, o simplemente haberse desinteresado. Mismo si el compositor pudiera ser encontrado, el pago por medio de una asociación coleccionadora, sin el consentimiento del dueño del copyright sobre la grabación musical, la obra tiene que quedar en la biblioteca. Estas son las “obras huérfanas”, una categoría que probablemente constituye la mayor parte de los productos culturales del siglo XX. Mientras tanto, como ya fue mencionado, sin la autorización del dueño del copyright es ilegal copiar o redistribuir o ejecutar estas obras, mismo sobre una base sin fines lucrativos. El objetivo del copyright es de alentar la producción y acceso a obras culturales. Desempeñó su papel fortaleciendo la producción. Ahora opera como una cerca para impedir el acceso. Conforme pasan los años, continuamos a cerrar hasta el 100 por ciento da nuestra cultura registrada de un determinado año para beneficiar un porcentaje cada vez menor – los ganadores en la lotería – en una política cultural grotescamente ineficiente”.6
En otro nivel, es curioso constatar la fragilidad de los argumentos según los cuales la libre disponibilidad de los libros impide su venta. Paulo Coelho, que recientemente pasó a poner en disponibilidad online íntegramente sus libros, gratuitamente, constató no la reducción sino el aumento de las ventas.7 En un muy buen artículo, Cédric Biagini y Guillaume Carnino recuerdan que “el libro de papel, en su linealidad y finitud, en su materialidad y presencia, constituye un espacio silencioso que pone en jaque el culto de la velocidad y la pérdida de sentido crítico. Es un punto de anclaje, un objeto de registro para un pensamiento coherente y articulado, fuera de la red de los flujos incesantes de informaciones y de solicitudes: permanece siendo uno de los últimos puntos de resistencia.”8 Una persona que gustó del libro tras la lectura de algunas páginas, probablemente se sentirá estimulada a comprarlo. Hay espacio para todos, sin monopolizar los frutos.
En el caso de las músicas, los perjuicios son significativos pero limitados: las corporaciones calculan cuantos downloads gratuitos están siendo hechos, multiplican la cifra por el precio que cobran por los discos (absolutamente exorbitantes frente al costo de producción y promoción), imaginando que se no hubiese downloads toda esta gente compraría los discos. La cifra que resulta es imaginaria, pero suena bien en la propaganda que oímos todos los días.
En el caso de patentes, la cuestión es aún más lamentable, y cada vez más se constata, conforme veremos abajo, que el enmarañado de restricciones legales llegó a un nivel tal que atrapa más de lo que estimula la investigación. Un monopolio de 20 años sobre una idea podía ser concebido hace medio siglo atrás, pero en el ritmo moderno de innovación.
La verdad es que el contexto de la economía creativa cambió radicalmente, pues aunque haya costos en la producción de una obra creativa, una vez creada, esta obra puede tornarse en factor de enriquecimiento de toda la humanidad, ya que la disponibilidad es prácticamente gratuita. Cuando la disponibilidad exigía soporte material – el libro impreso, el disco, la cinta – era natural que fuese cobrado el costo incorporado. Sin la editora, sin la emisora de TV, las personas no sabrían de la creación. La disponibilidad y generalización del conocimiento se hacía gracias a ellas. Hoy, estas mismas corporaciones intentan evitar la disponibilidad, pues con la era digital, podemos apreciar un libro, una música, un film, sin precisar de soporte material. En vez de adaptarse a las nuevas tecnologías, y buscar otra forma de agregar valor, las mismas corporaciones buscan trabar su acceso, y criminalizar su uso.
La IBM, para dar un ejemplo de evolución, intentó impedir que se diseminase el “clon” (así era designado el PC “pirata”) a través de la tecnología propietaria microchannel, al final de los años 1980. Creyó que el patrón IBM sería la opción de todos, por la dominación que tenía del mercado. Pero vio que todos huirán hacia los “clones”, para la libre creación tecnológica. La IBM asimiló la lección, y pasó a vender software. Con el software volviéndose un bien libre (la propia empresa hoy usa el Linux), pasó a vender servicios de arquitectura de información para empresas. Se adaptó. Trabar el avance tecnológico a través de monopolios no da buenos resultados, y no está dando en nuestro caso.
Lo que tenemos por delante, son menos apelaciones dramáticas a la ley y la ética, y más buen sentido en la redefinición de las reglas de juego que protejan al autor de innovaciones, los diversos intermediarios, y sobre todo el interés final de toda creación, que es el enriquecimiento cultural y científico de toda la población. El hecho de que bienes culturales y educacionales se volviesen casi gratuitos gracias a las nuevas tecnologías, no debe constituir un drama, y sí una inmensa oportunidad. En una era en que se destinan inmensos recursos para la educación en el mundo, intentar trabar el acceso no sólo no es legítimo, ni ético, como constituye un contrasentido.
2 – La sociedad del conocimiento

Para las grandes corporaciones, las nuevas tecnologías implican una pirámide más alta, con el poder central extendiendo dedos más comprimidos para los lugares más distantes, gracias al poder de conectividad de transmitir órdenes más lejos. Implican también una fuerte presencia planetaria de poder represivo buscando el control de la propiedad intelectual crecientemente apropiada por las propias empresas transnacionales. Las “tele-comunicaciones” corresponde una “tele-gestión”, gestión a distancia, global, que generó por ejemplo el poder descontrolado de los grandes intermediarios financieros. La corporación de la información y del conocimiento, que por definición trabaja con una materia prima no material, navega con confort en este ambiente. Vistas desde este ángulo, las nuevas tecnologías aparecen como una oportunidad mayor de control y de apropiación.


Observando desde otra perspectiva, las mismas tecnologías que favorecen la globalización pueden favorecer los espacios locales, las dimensiones participativas, una conectividad democrática. Para nosotros usuarios no corporativos, estas tecnologías permiten una red más amplia y más horizontal, con cada localidad – mismo pequeña – recuperando su importancia al cruzar la especificidad de los intereses locales con el potencial de la colaboración planetaria. Dedos más largos de las mismas corporaciones no descentralizan nada, apenas significan que la misma mano tiene alcance mayor, que la manipulación se da en mayor escala. La apropiación local del potencial de conectividad representa una dinámica de democratización. La base tecnológica es la misma, la materialización política es inversa. Donde el choque, las denuncias de “piratería”, o hasta curiosas apelaciones hacia la “ética” y las fuerzas represivas del Estado, por parte de quien el Estado fue presentado como un estorbo y la falta de ética cosas practicadas por los otros.
La transformación en las tecnologías de la información y de la comunicación que abre las nuevas opciones, mientras tanto, está articulada con transformaciones tecnológicas más amplias, que están elevando el contenido del conocimiento de todos los procesos productivos, y reduciendo el peso relativo de los insumos materiales que otrora constituyan el factor principal de producción.
¿El conocimiento es un factor de producción? ¿Cómo se desenvuelve la teoría de lo que Castells llamó del “nuevo paradigma socio-técnico”? Castells introduce la categoría interesante de factores informativos de producción, lo que nos lleva a una cuestión básica: ¿el conocimiento se regula de manera adecuada a través de los mecanismos de mercado, como por ejemplo los bienes y servicios en el cuadro de una economía industrial? 9
El desplazamiento del eje principal de formación del valor de las mercancías de capital fijo hacia el conocimiento nos obliga a una revisión en profundidad del propio concepto de modo de producción. André Gorz coloca el dedo en el punto preciso al considerar que “los medios de producción se tornaron apropiables y susceptibles de ser repartidos. El computador aparece como el instrumento universal, universalmente accesible, por medio del cual todos los saberes y todas las actividades pueden, en principio, ser compartidos”.10
Yochai Benkler trae como fuerza esta comprensión de que en la sociedad de la información mucha más gente puede generar su espacio, de creación, no precisando de una “fábrica” para ser productiva: “La economía de la información articulada en red mejora las capacidades prácticas de los individuos en tres dimensiones: 1) mejora su capacidad de hacer más para y por sí mismos; 2) aumenta su capacidad de hacer más en conexiones sueltas con otros, sin sentirse avergonzados a organizar las relaciones a través de un sistema de precios o en los modelos jerárquicos tradicionales de organización social y económica; y 3) mejora la capacidad de los individuos de hacer más en organizaciones formales que operan fuera de la esfera del mercado.”11
La teoría que corresponde a la economía del conocimiento está apenas naciendo. Lawrence Lessig, en su The Future of Ideas, nos trae un análisis sistemático y equilibrado de este desafío mayor que hoy enfrentamos: la gestión de la información y del conocimiento, y la distribución equilibrada de los derechos. Enfocando de manera precisa como se desenvuelve la conectividad planetaria, el autor lleva cada cuestión – la de la apropiación de los medios físicos de transmisión, al del control de los códigos de acceso, al del gerenciamiento de los contenidos – a un nivel que permite una evaluación realista y la formulación de propuestas prácticas. El libro anterior de él, Code, ya marcó época. El The Future of Ideas es simplemente brillante en términos de riqueza de fuentes, de simplicidad de exposición, de ordenamiento de los argumentos en torno de las cuestiones clave.12
Andamos todos un tanto débiles en la comprensión de estas nuevas dinámicas, oscilando entre visiones tétricas del Gran Hermano, o una idílica visión de multiplicación de las fuentes y medios que llevarían a una democratización general del conocimiento. La realidad, como en tantas cuestiones, es que las simplificaciones no bastan, y que debemos hacer la lección desde casa, estudiar lo que está aconteciendo.
Tomemos como punto de partida el hecho que hoy, cuando pagamos un producto, 25% de lo que pagamos es para pagar el producto, y 75% para pagar la investigación, el diseño, las estrategias de marketing, la publicidad, los abogados, los contadores, las relaciones públicas, los llamados “intangibles”, y que Gorz clasifica en la amplia categoría de ‘lo inmaterial’. Es una cifra vaga pero razonable, y no es la precisión que nos interesa aquí. Nos interesa el hecho del valor agregado de un producto reside cada vez más en el conocimiento incorporado. O sea, el conocimiento, la información organizada, representan un factor de producción, un capital económico de primera línea. No basta, por lo tanto, referirse de manera tradicional a la tierra, capital y mano de obra como factores de producción. Formas más inteligentes de su integración y articulación, permitidas por las nuevas tecnologías, pasan a constituir el principal factor de valorización de los procesos productivos. ¿A qué parámetros teóricos pertenece el valor “conocimiento” incorporado en los productos?
La lógica económica del conocimiento es diferente del que rige para la producción física. El producto físico entregado por una persona deja de pertenecerle, en cuanto un conocimiento pasado a otra persona continúa con ella, y puede estimular en la otra persona que irán a generar más conocimientos e innovaciones. El conocimiento forma parte de lo que llamamos en economía de bienes “no rivales”. En términos generales, por lo tanto, la sociedad del conocimiento se acomoda mal de la apropiación privada: envuelve un producto que, cuando socializado, se multiplica. Es por eso, inclusive, que en los copyrights y patentes, solo se habla en propiedad temporaria. Mientras tanto, el valor agregado al producto por el conocimiento incorporado sólo se transforma en precio, y consecuentemente en lucro mayor, cuando este conocimiento es impedido de difundirse. Cuando un bien es abundante, sólo la escasez genera valor de venta. La batalla del siglo XX, centrada en la propiedad de los medios de producción, evoluciona hacia la batalla de la propiedad intelectual del siglo XXI.
De cierta manera, se forma una gran tensión, entre la sociedad realmente existente cada vez más centrada en el conocimiento, y el sistema de leyes basado en productos materiales característicos del siglo pasado. Lo esencial aquí, es que el conocimiento, una vez desarrollado, es indefinidamente reproducible, y por lo tanto sólo se transforma en valor monetario cuando alguien se apropia de él, impidiendo que otros puedan tener acceso sin pagar un peaje, “derechos”. Para los que intentan controlar el acceso al conocimiento, este sólo adquiere valor de venta al crearse artificialmente, por medio de leyes y represión y no por mecanismos económicos, la escasez. Por simple naturaleza técnica del proceso, la aplicación a la era del conocimiento de las leyes de la reproducción de la era industrial traba el acceso. Curiosamente, impedir la libre circulación de ideas y de creación artística se volvió, por parte de las corporaciones de pedidos de mayor intervención del Estado. Los mismos intereses que llevaron a la corporación a globalizar el territorio para facilitar la circulación de bienes, llevan a fragmentar y a dificultar la circulación del conocimiento. Es sin duda libertad económica para la corporación, pero a costa de la libertad del usuario.
3- ¿Derechos de quien?

La cuestión central de como producimos, utilizamos y divulgamos el conocimiento envuelve un dilema: por un lado, es justo que quien se esforzó para desarrollar el conocimiento nuevo sea remunerado por su esfuerzo. Por otro lado, apropiarse de una idea como si fuese un producto material termina por matar el esfuerzo de innovación. Lessig nos trae el ejemplo de directores de cine en los Estados Unidos que hoy filman con abogados en el equipo: filmar una escena de calle donde aparece por acaso un outdoor puede llevar inmediatamente a que la empresa de publicidad exija compensaciones; filmar el cuarto de un adolescente exige un largo análisis jurídico, pues cada banderín, afiche o cuadro puede envolver uso indebido de imagen, generando otras respuestas. ¿La propiedad intelectual no tiene límites?


En una universidad americana, con la compra de las revistas científicas por grandes grupos económicos, un profesor que distribuye a sus alumnos copias de su propio artículo fue considerado culpado de piratería. Podría cuando mucho exigir de sus alumnos que compren la revista donde está su artículo. Todos conocen el absurdo intento de la Amazon, de prohibir a otras empresas de utilizar el “one-click” para compras. Un racionamiento del buen sentido es que si en “one-click” es bueno, debe haber dado lucro a la Amazon, que es la forma normal de una empresa se ve retribuida por una innovación, y no impidiendo otras de utilizar un proceso que ya era de dominio público. Estamos en la realidad trabando la difusión del progreso, en vez de facilitarla.
Lessig parte de la visión – explícita en la Constitución americana – de que el esfuerzo de desarrollo del conocimiento debe ser remunerado, pero el conocimiento en sí no constituye una “propiedad” en el sentido común. Por ejemplo, numerosas patentes son propiedad de empresas que por alguna razón no tiene interés en utilizar o desenvolver el conocimiento correspondiente, quedando así un área congelada. En otros países, prevalece el principio de “use it or lose it”, de que una persona o empresa no puede paralizar, a través de patentes o de copyrights, un área de conocimiento. El conocimiento tiene una función social. Mi auto no deja de ser mío si yo lo olvido en el garaje Pero ideas son diferentes, no deben ser cerradas, o su desenvolvimiento por otros no debe ser impedido. Esto es así porque el derecho de propiedad intelectual no está basado en el derecho de propiedad, pero sí en su potencial de estimular la creatividad futura.
Este argumento debe ser bien entendido, pues a pesar de que los profesionales del área tienen en general la claridad de la referencia jurídica diferenciando lo que los bienes intelectuales representan, en la argumentación se juega con la confusión de personas en cuanto a lo que es la propiedad intelectual. Un bien físico, mi bicicleta por ejemplo, es una propiedad que se justifica por el hecho de que yo lo he adquirido, no expira después de 20 años, no es condicionada. En el caso de los bienes intelectuales, la premisa básica es de que se trata de bienes de dominio público, que deben circular hacia el enriquecimiento de la sociedad, y la figura da apropiación privada (vía copyrights o patentes) asegura apenas derecho temporario, y sólo se justifica porque se consideró que conceder un título temporario de propiedad estimularía a las personas a producir innovaciones, y por lo tanto a enriquecer aún más a la sociedad en términos culturales y científicos. Todo el concepto de propiedad intelectual reposa por lo tanto no en el concepto de propiedad en sí – con lo cual se intenta inculcar un sentimiento de culpa en quien “hurta” una música al oírla en Internet – pero en la utilidad del control en términos de generar más riqueza cultural para todos. Hoy, con copyrights asegurados hasta 70 años después de la muerte del autor (en algunos casos hasta 90 años), y patentes de 20 años indefinidamente extendidos a través de apéndices, ¿este derecho está ayudando a producir y difundir cultura e innovaciones, o al contrario, está trabando el proceso? Esta es la cuestión central.
Según el jurista James Boyle, “más derechos de propiedad, mismo cuando se supone que ofrecen mayores incentivos, no necesariamente llevan a más y mejor producción e innovación – a veces justamente lo contrario es verdadero. Puede ser que derechos de propiedad intelectual restrinjan la innovación, al colocar múltiples trabas en el camino de innovaciones posteriores. Usando una buena inversión de la idea de la tragedia de los comunes, Heller e Eisenberg se refieren a estos efectos – los costos de transacción causados por una infinidad de derechos de propiedad sobre los necesarios componentes de alguna innovación posterior – como ‘la tragedia de los anti-comunes’”.13
Es importante recordar que el concepto de copyright nació para regular relaciones comerciales de empresas. Si una empresa imprime el libro, ¿cómo queda si otra empresa también lo imprime? “En el mundo de los años 1950, estas consideraciones tenían algún sentido – aunque podamos disentir de la definición de interés público. Muchos asumirían que el copyright no precisaba y probablemente no debía regular actos privados no comerciales. La persona que presta un libro a un amigo o lleva un capítulo para la clase es muy diferente de la empresa con máquinas impresoras que decide reproducir mil copias y venderlas. La máquina fotocopiadora y el VCR volvieron la distinción más confusa, y la computadora en red amenaza apagarla completamente. (...) En una sociedad en red, copiar no solamente es fácil, y una parte necesaria de la transmisión, del almacenamiento, del caching, y algunos hasta dirían de la lectura”.14
En la base de esta visión está el hecho de que el conocimiento no nace aislado. Toda innovación se apoya en millares de avances en otros períodos, en otros países, y con el creciente enmarañamiento jurídico se multiplican las áreas o los casos en que realizar una investigación envuelve tantas complicaciones jurídicas que las personas simplemente desisten, o la dejan para mega-empresas con sus amplios departamentos jurídicos. La innovación, el trabajo creativo, no es sólo un “output”, es también un “input” que parte de innumerables esfuerzos de personas y empresas diferentes. Precisa de un ambiente abierto de colaboración. La innovación es un proceso socialmente construido, y debe haber límites a su apropiación individual.

La empresa que desenvolvió un proceso tiende a decir: este proceso es mío, durante los próximos 20 años nadie puede utilizar lo que yo desarrollé. Gar Alperovitz y Lew Daly hacen un excelente contrapunto a esta visión. ¿Cómo se desenvuelven los procesos de innovación? Se trata de una amplia construcción social, de la creación de un ambiente denso en conocimiento e investigación, que envuelve todo nuestro sistema educacional, inmensas inversiones públicas, y un conjunto de infraestructuras que permiten que estos avances se generalicen, incluyendo desde la producción de electricidad, hasta los sistemas modernos de comunicación y así sucesivamente. O sea, el progreso productivo que verificamos constituye una gigantesca marea que levanta todos los barcos.

Levanta todos los barcos, pero la remuneración va hacia algunos propietarios, que colocan una cerca, y dicen tener derechos exclusivos, en lo ha sido llamado de nuevo “enclosure movement”. Las minorías que se apropian de una exorbitante porción de la riqueza generada por la sociedad, se presentan como “innovadores”, “capitales de la industria”, “emprendedores” y otros calificativos simpáticos, pero la realidad es que mientras crece de manera impresionante, durante el último siglo, el conocimiento acumulado y el nivel científico general de la sociedad, el porcentaje de ideas que estas elites acrecientan en el stock general es mínimo, en cuanto a su apropiación se volvió absolutamente gigantesca, porque colocan un peaje en el producto final que va al mercado.

La apropiación de los intangibles tanto se da en la mano de pocas corporaciones, en el nivel por ejemplo de los Estados Unidos, como de pocos países en el mundo. Este proceso está directamente ligado a las formas modernas de concentración de la renta. El 1% de familias más ricas de los Estados Unidos se apropia de más renta que los 120 millones en la base de la sociedad.15 En el mundo, 97% de las patentes está en la mano de empresas de países ricos.

O sea, hay un inmenso enriquecimiento en el tope de la pirámide, basado no en lo que estas personas aportan, pero sí en el hecho de que se apropien de una acumulación históricamente construida durante sucesivas generaciones. Se trata de enriquecimiento sin los aportes productivos correspondientes. En la terminología del libro, Unjust Deserts, se trata de una apropiación no merecida (not deserved), y que está deformando cada vez más las dinámicas económicas y la funcionalidad de lo que hemos llamado de mercado.16

Para dar un ejemplo traído por Alperovitz y Daly, cuando la Monsanto adquiere control exclusivo sobre determinado avance en el área de semillas, como si la innovación tecnológica fuese un aporte apenas de ella, olvida el proceso que sustentó estos avances. “Lo que ellos no precisan considerar – nunca – es la inmensa inversión colectiva que llevó a la ciencia de la genética de sus inicios aislados al punto en que la empresa toma su decisión. Todo el conocimiento biológico, estadístico y otro sin el cual ninguna de las semillas altamente productivas e resistentes a enfermedades podrían ser desarrolladas – y todas las publicaciones, investigaciones, educación, entrenamiento e instrumentos técnicos relacionados sin los cuales el aprendizaje y el conocimiento no podría haber sido comunicado y fomentado en cada estadio particular de desarrollo, y entonces repasado durante el tiempo apropiado, también en una fuerza de trabajo entrenada de técnicos y cientistas – todo eso llega a la empresa sin gravamen, un presente del pasado.” Al colocar un gargajo en el producto final, se cobra un peaje sobre el conjunto de los conocimientos anteriormente desarrollados.17

Es importante resaltar que no se trata aquí de criticar ni las tecnologías ni la justa remuneración de quien contribuye hacia su avance. Los técnicos en las más variadas áreas están desenvolviendo, en esta era de la revolución tecnológica, instrumentos impresionantes de progreso. Pero no sólo los técnicos ni los cientistas ni los artistas que desarrollan las leyes que rigen la comercialización, la apropiación y uso de los aportes creativos: son grupos de presión, lobbies políticos, estudios de abogados, especialistas en marketing y otros negociadores que dictan reglas de juego sin mucha preocupación con la utilidad final en términos de sociedad o con la motivación de los creadores. Y estos intermediarios, al intentar maximizar los intereses de un grupo apenas de actores, no están prestando un buen servicio.18



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